20.3.19

Aragón musical culto, fuente de vida cotidiana

Santiago Jiménez Lacima y Teatro de Alcañiz, por la excelencia cotidiana y el apoyo a nuestros creadores

Dos de los momentos más asombrosos que he vivido sin ambages en los últimos años tienen relación con Aragón y son de índole musical.

El primero fue toparme con una ceremonia de mayoría de edad en Safed, Galilea. En la que la concertina judía que cantaba las correspondientes canciones tradicionales estaba compuesta por primos hermanos míos que me miraron fijamente a los ojos. Me dediqué a seguirlos e incluso hablé con alguno de ellos inglés macarrónico. Se llamaban Caro, Toledano, Sevillano, Rambán…

Eran sefardíes aragoneses de vigésima generación. Hablamos, cómo no, de la música que estaban ejecutando. A veces cantada en ladino, y fue compuesta en Alcañiz, Zaragoza o Tarazona

Se refinó en las ciudades del Rif como Tánger y desembocó en los deltas de Salónica y Estambul, antes de incorporarse al repertorio de cancionero tradicional pero popular judío. Sería equivalente a comerte una torta de alma en Getsemaní. Me atreví a cantar el “Hava, Naguila, Hava” y me hubiera quedado a la comida kosher con la familia y grave riesgo de seguir viviendo para siempre a 200 kilómetros de Alepo. Eso sí, os llevaría a todos vosotros.

El segundo ha sido doble. Tener el placer de entrar a la Colegiata de Daroca sin que te cobren para disfrutar de esa casi catedral top 5 del arte sacro aragonés, top 3 del Renacimiento descontadas La Seo y Tarazona-Catedral. Cuando estaba a punto de irme, una de las hermanas que la mantienen se puso Bach a todo trapo para fregar.  

Detuvo el tiempo y me devolvió mi conversación posterior con ella, a compartir los momentos que ambos habíamos vivido del Festival de Música Barroca de agosto de la localidad.

La música, la pintura, la Sala de Exposiciones permanente de Ejea, la Fundación Uncastillo, el teatro de Tarazona o Borja o Caspe, así como los ciclos de vermús musicales de las Armas, los privados de la Casa del Loco o públicos del Mercado de Pescados de Zaragoza, el Festival Periferias y la programación musical y cultural del Matadero de Huesca y el Teatro Olimpia, la del Teatro Marín de Teruel y el de Alcañiz, antiguo mercado, dinamizan Aragón fuera de las puntas turísticas.

Son para quienes vivimos todo el año, dotan de fraternidad y convivencia.

Se ha demostrado que incluso en la era Neardenthal nuestros antecesores se hacían flautas quitando el tuétano de los huesos para no agredirse cuando estaban aburridos. Para pacificar, dar sentido de grupo y permitir la evolución que nos ha llevado hasta el homo sapiens ultrasapiens somardis aragonensis.

A lo tonto modorro, sin la tradición valenciana de músicos de viento y construcción de instrumentos, sin la vasco-navarra coral ibera, allí estamos los del centro del Valle del Ebro con una solidez de olivera y sin contar con que caiga el Patrimonio de la Humanidad para la jota, marca pero también cliché que opaca otras calidades.

Se ha hecho mucho y muy bien en potenciar ese Aragón de John Ford-Paula Ortiz como escenario de historias impactantes.

Precisamente, queda reforzar desde el Gobierno de Aragón una política musical estable y permanente como una inversión en vida cotidiana y también necesaria para atraer músicos de toda Europa, coros y pequeñas orquestas a ensayar entre nosotros.

Los abanderados deben ser por jerarquía, importancia y pertenencia a distintas generaciones tres aragoneses: Antón García Abril, Eduardo López Banzo y Santiago Jiménez Lacima. No podemos perder más tiempo las conversaciones que nos queden pendientes con el primero para resituar Aragón a su nivel musical mudéjar.

El trabajo del último y genial compositor de bandas sonoras ejeano se está desarrollando ligado al incipiente y premiado cine de autor latino-americano. Os recomiendo una revisión de su magnífica y contemporánea obra.

19.03 Luis Iribarren

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