Tenemos en la ciudad de Zaragoza, en el parque José Antonio Labordeta, una serie de circuitos de running ya preparados para practicar deporte. Son conocidos por los deportistas y no tanto por el ciudadano en general, quien también puede hacer uso de ellos. Precisamente y como son varios tipos y de variada longitud, están adaptados para diferentes edades y resistencias.
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23.10.26
Circuitos de Running en Zaragoza
Tenemos en la ciudad de Zaragoza, en el parque José Antonio Labordeta, una serie de circuitos de running ya preparados para practicar deporte. Son conocidos por los deportistas y no tanto por el ciudadano en general, quien también puede hacer uso de ellos. Precisamente y como son varios tipos y de variada longitud, están adaptados para diferentes edades y resistencias.
29.9.26
Antiguo Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza
Aquel Hospital de Nuestra Señora de Gracia que atendió a los zaragozanos infectado por la peste de 1564 no era simplemente «un hospital antiguo» de Zaragoza. Durante casi cuatro siglos fue una de las instituciones asistenciales más importantes de la Corona de Aragón y, en determinados periodos, una de las grandes instituciones hospitalarias españolas.
El Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia se creó en el año 1425 y duró en su ubicación, en la plaza de España de la que luego señalaremos mejor, hasta su destrucción en los Sitios de Zaragoza, en concreto en1808/1809. El actual edificio de Madre Rafoll era originalmente el Hospital de Convalecientes o de Nuestra Señora de la Piedad y heredó el nombre y funciones del antiguo después de su destrucción en 1808.
Estaba en el extremo meridional de la Zaragoza medieval, inmediatamente fuera del antiguo recinto romano, frente a la Puerta Cinegia, ocupando una enorme superficie junto al Coso. La actual plaza de España se llamaba entonces plaza de San Francisco.
El conjunto ocupaba aproximadamente un gran espacio comprendido entre el Coso en donde hoy está el Banco de España, el inicio del actual paseo de la Independencia, la calle Porcell (en honor a su insigne doctor) y llegaba hasta la zona de la calle Jerónimo Zurita atravesando San Miguel y las huertas de los conventos de Santa Catalina y Jerusalén.
La entrada principal estaba aproximadamente donde hoy se levanta el Banco de España. La iglesia del Hospital ocupaba el ángulo del Coso con la antigua calle del Hospital/Santa Engracia. Por tanto, cuando hoy estás delante del Banco de España en la plaza de España, estás prácticamente sobre una parte fundamental del antiguo hospital.
Había crecido durante siglos mediante compras, construcciones y anexiones, formando un conjunto irregular de pabellones, patios, huertas y dependencias. Precisamente porque el archivo del Hospital desapareció en gran parte con el incendio de 1808, su planta exacta en diferentes siglos no puede reconstruirse documentalmente con absoluta certeza.
Su fundación data del año 1425, y la iniciativa parece haber surgido del propio Concejo (Ayuntamiento) de Zaragoza, que buscó inmediatamente la protección real. Alfonso V el Magnánimo convirtió la iniciativa en una fundación regia. El 27 de febrero de 1425 los jurados de Zaragoza se reunieron con el franciscano Francisco de Berbegal, hombre de confianza del rey, quien comunicó la adquisición de unas casas próximas al convento de San Francisco para establecer el nuevo hospital. La administración inicial quedaba representada por el concejo zaragozano y el cabildo de La Seo.
Aquellos terrenos fueron adquiridos a Simón de Auerro por 500 florines. La forma del apellido varía en alguna bibliografía posterior, por lo que conservaría «Auerro» si se cita la fuente municipal. En aquel momento (principios del siglo XV) Zaragoza ya tenía hospitales pequeños relacionados con parroquias, órdenes religiosas, peregrinos, leprosos, etc. La novedad consistía en crear un Hospital General, concentrando progresivamente buena parte de aquellas funciones asistenciales.
Podían ingresar enfermos independientemente de su procedencia y, según los estudios sobre el Hospital, tampoco constituían obstáculo la nacionalidad o la religión. Atendía enfermedad común, cirugía, enfermedades contagiosas, enfermedad mental, mujeres embarazadas, niños expósitos y diferentes formas de pobreza y desamparo.
Su lema terminó expresándolo perfectamente:Domus infirmorum urbis et orbis; es decir, aproximadamente: "Casa de los enfermos de la ciudad y del mundo". Se atribuye al papa Eugenio IV, en 1438, la concesión de ese carácter o título universalista. El lema figuró posteriormente en placas de mármol del hospital.
La Sitiada (reunirse en Sesión) era la junta rectora del Hospital. Sus miembros eran los regidores. La denominación procedía de la expresión utilizada cuando los administradores se reunían «en sitiada». Las primeras ordenanzas conocidas fueron otorgadas por Alfonso V el 5 de marzo de 1427. Los regidores no cobraban salario y tenían amplísimas facultades para realizar obras, recaudar limosnas, administrar propiedades e incluso vender bienes del Hospital, siempre en nombre de la Corona.
Durante el siglo XV eran cuatro regidores: dos eclesiásticos, normalmente vinculados a La Seo, y dos seglares. Posteriormente la composición fue evolucionando. En el XVI continuaron siendo cuatro, pero uno de los seglares debía pertenecer al orden ecuestre o militar y el otro proceder de la nobleza o de las familias principales. En el XVII aumentó el número y durante el XVIII volvió a modificarse la composición. Las ordenaciones de 1496 describen cuatro regidores, dos mayores y dos menores. El regidor mayor eclesiástico presidía la Sitiada y el mayor secular intervenía especialmente en la gestión ordinaria. Fernando el Católico promulgó nuevas ordinaciones el 27 de marzo de 1503; la historiografía las considera fundamentales en la consolidación administrativa del Hospital. Felipe II volvió a modificar las ordenanzas en 1587. No era estrictamente un hospital municipal, ni exclusivamente eclesiástico, ni puramente real. Era una institución peculiar en la que coexistían Corona, ciudad y autoridades eclesiásticas.
Ya en el siglo XV existía el denominado Spitalet, una especie de recepción o primera estancia para los enfermos, junto a la portería, en donde se hacían las urgencias, las primeras curas y separar a los que llegaban por su urgencia. Después estaban las grandes salas, llamadas quadras de las que se cree había unas once o doce. Nueve estaban inicialmente destinadas a hombres: siete a enfermos de «calenturas» y dos a cirugía. Había salas específicas para mujeres, parturientas y las llamadas «madalenas», además de departamentos para expósitos y dementes.
El complejo disponía también de iglesia; cementerio; botica o farmacia; viviendas de empleados; huertas y corrales con animales propios; graneros; talleres; su propio horno de pan; un molino de aceite; una posada o mesón para comer y posteriormente incluso teatro.
En el siglo XVI se construyeron siete salas nuevas. Entre ellas había salas de convalecientes para hombres y mujeres, cirugía femenina y una denominada sala de «vergonzantes», destinada a personas empobrecidas que anteriormente habían pertenecido a estratos sociales acomodados. El conjunto de aquel hospital era mucho más parecido a una pequeña ciudad asistencial que a lo que actualmente entendemos por un único edificio hospitalario, pues el Hospital desempeñaba también una función científica. Era pues un Hospital casi Universitario.
El 28 de enero de 1488, Fernando el Católico concedió un privilegio perpetuo que permitía realizar disecciones de cadáveres, vinculadas a la formación médica y a la Cofradía de San Cosme y San Damián. Es una fecha muy temprana para la enseñanza anatómica práctica.
Durante la gran peste de Zaragoza de 1564, el Hospital fue el principal centro asistencial de la ciudad. Juan Tomás Porcell atendió allí personalmente a los apestados, acompañado en los momentos críticos por únicamente cuatro cirujanos. El Hospital de Gracia fue también el escenario de uno de los episodios más interesantes de la medicina europea del siglo XVI.
El muy reconocido psiquiatra francés en el siglo XVIII Philippe Pinel, conocía el funcionamiento del hospital zaragozano, lo citó expresamente y elogió el empleo del trabajo, cultivo agrícola y ocupaciones regulares de los dementes. Estudios recientes indican que probablemente conoció estas prácticas mediante informes enviados a Francia; aunque se desconoce si estuvo físicamente en Zaragoza. Las prácticas del Hospital de Gracia de Zaragoza fueron conocidas y elogiadas por Philippe Pinel y formaron parte del debate europeo sobre el tratamiento humanitario de la enfermedad mental.
Para el siglo XVIII que está considerado como su mejor momento se habla de 800 a 1.000 camas, aunque la capacidad ordinaria documentada hacia 1725-1736 era de 472 camas, ampliables a 641, sin contar determinados departamentos de dementes y tiñosos. De ellas entre 300 a 400 estaban ocupadas. Pensemos que en este 2026 el Hospital Clínico universitario tiene unas 800 camas, y el actual Hospital Nuestra Señora de Gracia tiene 145 camas. La diferencia de tamaño de la ciudad es tremenda.
Datos de 1807 contabilizan ingresados unos 400 enfermos y otros 200 "dementes" atendidos por 240 personas que trabajaban allí. Un hospital que recibía entre 6.000 y 8.000 ingresos cada año. Y atendía a entre 600 y 1.000 niños sin familias que eran entregados a amas de cría o a familias de fuera del Hospital. Hablamos de una ciudad que no llegaría a los 50.000 habitantes.
La Casa de Comedias zaragozana (junto al Hospital) estaba vinculada económicamente al centro y sus beneficios contribuían a financiar la asistencia. En determinados periodos la Sitiada arrendaba la explotación teatral a particulares o contrataba directamente compañías y el teatro del Hospital terminó teniendo una importancia considerable en la historia teatral de Zaragoza. El edificio teatral sufrió un terrible incendio en 1778, que causó decenas de muertos; según datos recientes unos 77 fallecidos y alrededor de medio centenar de heridos.
También se citan ingresos económicos relacionados con juegos como pelota y bochas y tuvo una importante imprenta propia que trabajaba para la ciudad. Y su propio cementerio, que en un inicio estivo cerca de Puerta Cinegia en la entrada del popular Tubo, y a partir del siglo XV se trasladó hacia las huertas cercanas al Huerva. A finales del siglo XVIII se construyó el Cementerio de la Cartuja Baja, en las afueras de la ciudad, al final de Montemolín.
A comienzos del siglo XIX se intentó reorganizar profundamente el cuidado de los enfermos. El 28 de diciembre de 1804 llegaron desde Cataluña doce hermanos y doce hermanas relacionados con el padre Juan Bonal. La superiora del grupo femenino era María Rafols. Comenzaron su asistencia efectiva a los enfermos el 1 de enero de 1805. Es el origen de la posterior Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana, íntimamente vinculada desde entonces a la historia del Hospital.
Las monjas no eran las propietarias ni sustituyeron a la Sitiada como órgano rector. Se incorporaron fundamentalmente al cuidado asistencial y a la organización cotidiana del servicio.
Tenemos incluso datos del personal que trabajaba en su interior en el momento inmediatamente anterior a la destrucción. Había en plantilla tres médicos colegiales, dos médicos «velantes», diez cirujanos, dieciocho practicantes y personal específico de botica, además de personal de enfermería, servidores y las Hermanas de la Caridad. Los médicos realizaban visitas por la mañana y por la tarde y la farmacia botica estaba dirigida por un regente acompañado de mancebos y aprendices.
Durante el Primer Sitio, el bombardeo francés se intensificó entre el 31 de julio y el 4 de agosto de 1808. El Hospital se convirtió en uno de los puntos sometidos a fuego intenso. El 3 de agosto de 1808 se contabilizaban nada menos que 2.111 enfermos y heridos, según los estados citados por Arcarazo. No era su capacidad ordinaria; era el resultado de cincuenta días de guerra. Los pacientes capaces de caminar fueron licenciados. Los restantes fueron trasladados a la Real Audiencia, Casas Consistoriales, Lonja, Hospital de Convalecientes y diferentes edificios de la ciudad.
En total, el número de estancias hospitalarias en el Hospital General de Nuestra Señora de Gracia en la Guerra de la Independencia, desde el 1 de junio de 1808 al último día de febrero de 1809, fue de 4.700 de oficiales y 380.083 de personal tropa. No hay constancia del personal civil y vecinos, aunque muchos estarían incluidos en las listas de personal de tropa.
El complejo terminó incendiado y prácticamente destruido. Algunas fuentes sitúan el comienzo del incendio general en los primeros días de agosto; posteriormente Palafox ordenó destruir partes restantes del propio Hospital ya parcialmente derruido para impedir que fueran utilizadas militarmente por los franceses, pues atacaban desde esa zona para entrar en Zaragoza.
En el año 1814 apenas quedaban secciones de muros y de las antiguas salas. Nunca se pensó en reconstruirlo en el mismo lugar. Sus funciones se trasladaron al Hospital de Nuestra Señora de la Piedad o de Convalecientes, fundado por el arzobispo Diego de Castrillo en 1677 y construido en las décadas siguientes, situado en la actual calle Ramón y Cajal.
Aquel hospital provisional terminó convirtiéndose en definitivo. El Hospital de Convalecientes heredó la personalidad, el nombre y buena parte de las funciones del antiguo Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia. Los terrenos del viejo hospital acabaron integrándose en la gran transformación urbana que produciría el futuro paseo de la Independencia y la actual plaza de España.
El Hospital de Nuestra Señora de Gracia fue durante casi cuatro siglos simultáneamente hospital general, hospital quirúrgico, maternidad, inclusa, institución psiquiátrica, centro asistencial para pobres, establecimiento docente, centro anatómico, botica, propietario inmobiliario, empresario teatral e incluso impresor. Se le considera una de las instituciones hospitalarias más relevantes de España en la Edad Moderna y con proyección internacional. Durante el siglo XVI fue considerado uno de los cinco grandes hospitales generales españoles.
Julio Puente
7.9.26
Gran Restaurant de Rosa Fortis en Zaragoza
Este innovador negocio combinaba alta cocina francesa, pastelería, catering por encargo y bodega. Con iluminación de gas y comedores privados, introdujo un servicio cosmopolita orientado a la burguesía, ofreciendo desde menús accesibles de seis reales hasta selectos banquetes.
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El Gran Restaurant de Rosa Fortis fue uno de los establecimientos pioneros de la restauración moderna en Zaragoza durante el siglo XIX. Su propia publicidad afirmaba que había sido fundado en 1850 y, que en los años 1879-1880, estaba instalado en el número 25 de la calle Don Jaime I. Sus antecedentes deben buscarse en la actividad hostelera de la familia piamontesa Fortis, vinculada desde la década de 1840 a la Fonda de las Cuatro Naciones y a la fundación de uno de los primeros restaurantes que tuvo Zaragoza en la antigua calle de San Gil, luego D. Jaime.
En 1880 el restaurante de Rosa Fortis era descrito como uno de los establecimientos culinarios más importantes de la ciudad de Zaragoza. Ofrecía cocina francesa, vinos aragoneses y andaluces, comedores espaciosos y lujosamente decorados, iluminación de gas y un servicio atendido por camareros españoles e italianos, de donde provenía la familia fundadora.
En 1880 el restaurante de Rosa Fortis era descrito como uno de los establecimientos culinarios más importantes de la ciudad de Zaragoza. Ofrecía cocina francesa, vinos aragoneses y andaluces, comedores espaciosos y lujosamente decorados, iluminación de gas y un servicio atendido por camareros españoles e italianos, de donde provenía la familia fundadora.
Además de las comidas servidas en el local, preparaba encargos para particulares que se los podían llevar (sí, en el siglo XIX) , disponía de vinos y licores nacionales y extranjeros y realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería. Los cubiertos se ofrecían desde seis reales, que eran 1,5 pesetas. Traducido al año 2026 por los IPC y similares, podemos decir que estamos hablando de un menú básico de unos 7 a 8 euros actuales.
Pero ese valor es algo mentiroso si lo comparamos realmente con lo que cuesta la vida hoy y con el porcentaje del sueldo diario que representaba en ese año las 1,5 pesetas. Si lo analizamos desde ese punto de vista del sueldo diario de entonces y de ahora, el Menú saldría al cambio por unos 25 euros como mínimo.
Aunque su publicidad daba el año 1850 como año de fundación, sabemos que en esa fecha no estaba ya en el número 25 de Don Jaime I. La calle fue profundamente transformada a partir de 1857 y las fuentes de 1860-1861 sitúan el restaurante de la familia de Rosa Fortis en la antigua calle de San Gil, pero en el número 84. La aparición posterior ya con la calle cambiada de nombre a Don Jaime I, 25, parece formar parte de esa evolución urbana y comercial.
El Gran Restaurant de Rosa Fortis se anunciaba como fundado en 1850, pero no dicen esos anuncios que estuviera ya desde 1850 en el número 25 de la calle Don Jaime I. La historia del establecimiento y la transformación de esa calle son más complejas. Precisamente entre 1858 y 1863 Zaragoza cambió radicalmente ese sistema de numeración de las calles de Zaragoza, por lo que existe la duda de si realmente el restaurante de San Gil y el de Don Jaime fueran el mismo o diferente local.
La reforma urbana de Zaragoza del año 1860 hizo dos cosas al mismo tiempo. Primero, agrupó bajo un único nombre varios tramos de calles que antes tenían denominaciones diferentes: San Gil, San Pedro, Virgen del Rosario, Cuchillería, etc., pasaron a formar la nueva calle de Don Jaime I. Segundo, se procedió a renumerar completamente los edificios, y a dejarlo de hacer por manzanas y de forma correlativa, cambiando pares e impares según eran aceras de la izquierda (impares) o de la derecha (pares) con arreglo al punto de inicio en la Audiencia de Zaragoza.
El anuncio que se repite en muchos números explica además con bastante precisión qué tipo de negocio era. Servía comidas tanto en el propio establecimiento como por encargo «para fuera de la capital»; disponía de vinos y licores españoles y extranjeros; realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería; y ofrecía cubiertos desde 6 reales. No estamos ante una simple casa de comidas. Era un establecimiento que reunía varias actividades que hoy separaríamos: restaurante, catering, pastelería-confitería y comercio de vinos y licores.
La propia Revista de Aragón, al indicar uno de sus puntos de suscripción, señalaba que la librería de Juan Osés estaba en Don Jaime I, 42, «frente al restaurant de Fortis».
La gran operación de ensanche y regularización de la calle San Gil se produjo hacia 1857, derribando edificios y alterando las antiguas calles y alineaciones. El historiador Santiago Parra documenta esas transformaciones y señala que afectaron precisamente al entorno donde estaban instalados los negocios hosteleros de la familia Fortis.
La Guía de Zaragoza de 1860-1861, dice que el señor Fortis, propietario de la Fonda de las Cuatro Naciones, había abierto un restaurant en la calle de San Gil, 84. Lo describe con mesas muy bien servidas y escaparates llenos de preparaciones culinarias destinadas a atraer a gastrónomos y golosos. Y veinte años después, en mayo de 1880, cuando el establecimiento ya se anunciaba en Don Jaime I, 25, un cronista seguía refiriéndose a él como el antiguo restaurante de la calle de San Gil.
El nombre Rosa Fortis no era simplemente una razón comercial heredada. Una crónica de la Revista de Aragón de 15 de mayo de 1880 habla expresamente de «Doña Rosa Fortis» y cuenta que había invitado recientemente a varios periodistas zaragozanos a su establecimiento. El articulista elogia su generosidad y, sobre todo, dedica un largo comentario al restaurante. Es pues muy probable que Rosa Fortis ejercía personalmente como responsable o anfitriona del establecimiento en esos años. No era un nombre puramente histórico colocado sobre la puerta.
Y se habla de cocina francesa, vinos procedentes de Aragón y Andalucía, habitaciones confortables y lujosas lo que nos da idea de que además era Fonda, comedores espaciosos y artísticamente decorados; iluminación mediante gas; servicios de mesa de calidad y camareros españoles e italianos. El cronista llega a decir que aquellas mejoras habían convertido al antiguo y modesto restaurante de San Gil en «uno de los establecimientos culinarios más importantes» de Zaragoza. Hacia 1880 el de Rosa Fortis era ya un restaurante de categoría, dirigido a una clientela burguesa y acomodada, aunque ofreciera cubiertos desde seis reales.
El anuncio comercial no da una carta concreta, pero la crónica de 1880 menciona expresamente ostras, pescados, aves y vino de Jerez, además de hacer referencia a una cocina francesa muy elaborada. En sus escaparates de la calle San Gil se exponían preparaciones semejantes a las de establecimientos refinados como Lhardy en Madrid: pasteles salados, civets, fiambres, embutidos, aves y asados. En un anuncio anterior de Juan Fortis, se ofrecían pollos, capones, perdices, jamón dulce, queso de cerdo y solomillos. En 1871 se documenta igualmente la venta de un «abundantísimo surtido» de turrones para Navidad en el restaurante de los Fortis. La pastelería y la confitería que Rosa anuncia en 1879 no eran una actividad secundaria improvisada: formaban parte de una tradición familiar de elaboración y exposición de productos preparados.
Según la investigación de Santiago Parra, el primer Fortis que aparece claramente establecido en Zaragoza es Juan Fortis, relacionado con una familia de hosteleros italianos que ya operaba en Barcelona. Procedían del Piamonte, región del norte de Italia de donde llegaron a España varias familias dedicadas profesionalmente a la hostelería. Juan Fortis regentaba la Fonda de las Cuatro Naciones y está documentado en Zaragoza al menos desde 1843, cuando el establecimiento participó en el banquete celebrado con motivo de la jura de la Constitución por Isabel II. En 1849 aparece ya la firma Juan Fortis y Compañía anunciando productos preparados procedentes de un gran baile celebrado en casa de los marqueses de Lazán. La actividad hostelera de los Fortis en Zaragoza era al menos desde 1843 y que 1850 es el momento en que se independizó o formalizó como restaurante una actividad culinaria que previamente estaba integrada en la fonda.
Hasta mediados del siglo XIX, en Zaragoza lo habitual eran posadas, fondas, figones y casas de comidas. El concepto moderno de restaurant, importado principalmente de Francia, estaba empezando a introducirse. La Guía de Zaragoza de 1860-1861 tuvo incluso que explicar a sus lectores qué significaba aquel nuevo tipo de establecimiento. Se describía como algo intermedio entre una pastelería y una fonda, con un servicio de comida más refinado y posibilidad de elegir platos. Y como ejemplo destacado citaba precisamente el restaurant del señor Fortis en San Gil, 84. Por ello podemos considerar el establecimiento de los Fortis —del que posteriormente aparece Rosa como titular— como uno de los primeros restaurantes en sentido moderno de la historia de Zaragoza.
Los Fortis y otra familia fundamental en la hostelería zaragozana, los Zoppetti, eran de origen piamontés. Según Parra, fueron estos profesionales extranjeros quienes introdujeron en Zaragoza muchas pautas de la cocina francesa e internacional, especialmente en los grandes banquetes de la segunda mitad del siglo XIX, y el restaurante debió de ofrecer una experiencia relativamente cosmopolita para la Zaragoza de entonces. Recetas francesas, servicio profesionalizado, productos extranjeros, vinos españoles seleccionados y personal de procedencias diversas.
En 1859, Gaudencio Fortis solicitó una licencia municipal para modificar unas puertas de su restaurante La Esmeralda, situado en la calle San Gil. Santiago Parra considera probable que fuese el restaurante vinculado al hotel de los Fortis. Cabe la duda de saber si el establecimiento nacido hacia 1850 pasase por diferentes denominaciones o nombres comerciales antes de aparecer definitivamente como Gran Restaurant de Rosa Fortis.
El restaurante de Rosa Fortis y la Fonda —posteriormente Hotel— Universo y Cuatro Naciones pertenecen al mismo universo empresarial y familiar de los Fortis, pero no debemos considerarlos automáticamente un único establecimiento.
La primitiva Fonda de las Cuatro Naciones estuvo en la calle San Pedro número 3 y sufrió un grave incendio el 6 de julio de 1855. Después, coincidiendo con la transformación urbanística de la calle Don Jaime, los servicios hosteleros de Fortis pasaron temporalmente a la casa de la condesa de Torresecas, en el Coso número 5, mientras se reconstruía el establecimiento. Finalmente reapareció como Hotel Universo y de las Cuatro Naciones. Los Fortis continuaron gestionándolo durante décadas, aunque el inmueble pertenecía a otra familia. Al filo del siglo XX la gestión pasó a Pedro Durio.
Por eso considero muy probable que el Gran Restaurant de Rosa Fortis estuviera estrechamente ligado a esa saga hostelera.
Sabemos que Juan Fortis fue el primer gran hostelero de la familia documentado en Zaragoza y que después aparece su hijo Gaudencio Fortis gestionando diferentes negocios. Pero no he encontrado todavía un documento que diga que Rosa fuese, por ejemplo, «hija de Juan» o «hermana de Gaudencio». Sería una deducción demasiado arriesgada. Lo que sí sabemos documentalmente es que en 1880 era tratada como «Doña Rosa Fortis», que recibía personalmente a invitados y periodistas y que el establecimiento llevaba oficialmente su nombre. Es bastante para reconocerla como una de las primeras mujeres que aparecen nominalmente al frente de un restaurante importante de Zaragoza, aunque nacesitaría reconstruir su biografía para concretar.
Tampoco he encontrado todavía una fecha segura de cierre. La actividad hostelera de los Fortis continuó durante las décadas siguientes, y hacia 1890 el Hotel Universo servía elaboradas cartas de inspiración francesa. Pero esas cartas corresponden al Hotel Universo/Cuatro Naciones, por lo que no debemos atribuirlas automáticamente al establecimiento de Rosa Fortis en Don Jaime 25.
El anuncio decía: "Se sirven cubiertos desde 6 reales en adelante". El cubierto era aquí una comida a precio fijado, aproximadamente el equivalente a lo que hoy llamaríamos un menú del día, aunque la composición y el sistema de servicio eran diferentes.
Los seis reales eran el precio mínimo. El cliente podía gastar considerablemente más escogiendo productos, vinos o preparaciones especiales. No era un pequeño comedor oscuro y popular. Debía disponer de varios espacios, con comedores amplios, decoración cuidada, iluminación de gas, buenos servicios de mesa y personal especializado. Había escaparates de alimentos preparados y una parte importante del negocio consistía en encargos de comidas, pastelería y repostería. Y como era moda en aquellos tiempos, comedores privados y pequeños para familias acomodadas o reuniones de negocios con comida. Y debió de tener una clientela de cierto nivel social.
La Madrileña y Casa Montal en Zaragoza
Casa Montal, como negocio de la familia Montal, abrió con ese nombre en Zaragoza en 1919 una tienda que todavía existe, algo transformada por los tiempos. Ese año, Jacinto Montal junto a sus hijos, se hizo cargo de una tienda de alimentación que ya existía en el mismo lugar, junto a la plaza de San Felipe, y la renovó e impulsó como nuevo negocio familiar.
El establecimiento de alimentación preexistía desde antes de 1890 y se llamaba «La Madrileña», antecedente directo de la posterior Casa Montal.
La propia historia oficial de Montal dice expresamente que en 1919 Jacinto Montal "renueva e impulsa" una tienda de alimentación ya existente, que habían comprado.
Casa Montal en la plaza San Felipe, abrió como negocio de la familia Montal en 1919, al hacerse cargo Jacinto Montal, de una tienda de ultramarinos o alimentación que funcionaba en aquel emplazamiento (se dice en algunos documentos que…) desde 1890 llamada La Madrileña. Hay dudas de la fecha en la que se instaló La Madrileña en esa plaza de San Felipe, pues algunos datos nos hablan que ya en el año 1879 existía ese local de venta de productos de alimentación y en la plaza citada.
En diciembre de 1878, la "Revista de Aragón" publicaba repetidamente anuncios de LA MADRILEÑA. Depósito exclusivo de chocolates de Matías López y López. Plaza de San Felipe, número 13, y eso me lleva a poder afirmar que en la plaza de San Felipe existía ya un comercio llamado La Madrileña como mínimo en 1878.
En diciembre de 1878, la "Revista de Aragón" publicaba repetidamente anuncios de LA MADRILEÑA. Depósito exclusivo de chocolates de Matías López y López. Plaza de San Felipe, número 13, y eso me lleva a poder afirmar que en la plaza de San Felipe existía ya un comercio llamado La Madrileña como mínimo en 1878.
Además, no parece que fuese una pequeña tienda de comestibles corrientes pues vendía chocolates, cafés y tés de Matías López; pastas italianas de sémola; tapioca, maíz o sagú, sopas extranjeras; mostazas y pepinillos; champiñones; trufas del Périgord; langosta, lubina, calamares, lamprea, truchas, anchoas y sardinas; «carne de los Estados Unidos», salchichones y conservas vegetales.
Era pues lo que entonces se llamaría un comercio de ultramarinos finos y productos coloniales, antecedente bastante reconocible del carácter gourmet o productos de calidad y diferentes, que mucho después tendría Casa Montal.
En aquellos años de finales del siglo XIX aquella zona era tremendamente comercial, muy concurrida, en una plaza que la Torrenueva era un aliciente a la vez que un estorbo para algunos comerciantes, y de eso hablaré otro día. Era el camino básico desde el centro de la ciudad hacia el Mercado Central, entonces el único mercadillo grande y moderno, y por eso era una calle, la actual calle Torrenueva desde la plaza San Felipe, un paso obligado por el que circulaba media Zaragoza.
Era pues lo que entonces se llamaría un comercio de ultramarinos finos y productos coloniales, antecedente bastante reconocible del carácter gourmet o productos de calidad y diferentes, que mucho después tendría Casa Montal.
En aquellos años de finales del siglo XIX aquella zona era tremendamente comercial, muy concurrida, en una plaza que la Torrenueva era un aliciente a la vez que un estorbo para algunos comerciantes, y de eso hablaré otro día. Era el camino básico desde el centro de la ciudad hacia el Mercado Central, entonces el único mercadillo grande y moderno, y por eso era una calle, la actual calle Torrenueva desde la plaza San Felipe, un paso obligado por el que circulaba media Zaragoza.
6.9.26
La Torre Faro de la Feria de Muestras de Zaragoza
La torre que vemos en la imagen se construyó fundamentalmente entre 1943 y 1944 y fue inaugurada en 1944. Fue la Feria de Muestras de Zaragoza y hoy es el edificio de la Cámara de Comercio de la ciudad.
Terminada la Guerra Civil, se planteó crear en Zaragoza un recinto permanente para la Feria de Muestras, y la iniciativa quiso vincularse inicialmente a los actos del XIX Centenario de la Venida de la Virgen del Pilar. Francisco Blesa Comín, que acabaría presidiendo la Cámara Oficial de Comercio e Industria, impulsó la idea de levantar un denominado Palacio de la Producción Aragonesa, que sirviera como recinto ferial permanente.
El proyecto fue encargado a tres arquitectos zaragozanos: Regino Borobio Ojeda (1895-1976), José Borobio Ojeda (1907-1984) y José Beltrán Navarro.
Por tanto, aunque a veces se atribuye simplemente a «los hermanos Borobio», la documentación que existe deja claro que José Beltrán Navarro fue también coautor del proyecto. El propio Ayuntamiento de Zaragoza atribuye actualmente el edificio a «los hermanos Borobio y José Beltrán Navarro». La memoria del proyecto inicial está fechada en abril de 1940. El conjunto debía comprender el Palacio de Exposiciones, la torre y los espacios al aire libre para los stands.
El nuevo recinto pudo utilizarse ya para la I Feria Nacional de Muestras, celebrada del 22 de mayo al 22 de junio de 1941, pero la torre aún no existía tal como la conocemos. Aquella primera instalación ocupaba unos 15.000 m² y reunió 270 stands.
La torre comenzó realmente a levantarse en 1943. En aquel año se construyeron los pórticos y el patio de entrada y comenzó a levantarse la torre. Al acabar aquella fase, la torre únicamente alcanzaba aproximadamente tres metros por encima de las terrazas de los pórticos. Durante 1944 se emprendió su terminación y, además, se modificó considerablemente el diseño previsto en 1940. Finalmente quedó concluida con el aspecto esencial que conserva actualmente y fue inaugurada con la IV Feria Oficial y Nacional de Muestras de Zaragoza, en 1944.
El proyecto original era bastante diferente, en el proyecto de 1940 se pensaba en una torre de ladrillo de aspecto bastante más directamente neomudéjar, terminada mediante tres cuerpos superpuestos de arquerías. En los grandes paños de ladrillo iban a introducirse labores ornamentales inspiradas en las torres mudéjares aragonesas e incluso azulejos con los cuarteles del escudo de Aragón.
Cuando se retomó definitivamente la torre en 1944, los arquitectos decidieron hacerla más espectacular. Y la realizaron mucho más grande tanto en planta como en altura. La ampliación de la base permitió colocar un ascensor que llevara a los visitantes hasta la parte superior. Y, sobre todo, abandonaron los tres cuerpos de arquerías previstos inicialmente.
En su lugar apareció el elemento que ahora resulta inconfundible en tu fotografía: el enorme mirador acristalado de dos alturas, sobre el que se levanta el chapitel. Ese cambio convirtió la torre no solamente en símbolo de la Feria, sino también en mirador sobre Zaragoza.
La torre alcanza aproximadamente 33 metros hasta la cornisa del cuerpo acristalado y 59 metros contando el chapitel. La cifra de 59 metros es también la que conserva en su información oficial el Ayuntamiento y la propia Cámara de Comercio.
En el chapitel se instaló realmente un reflector o faro. En la documentación de 1944 se afirmaba que sus destellos estaban concebidos para ser visibles hasta una distancia aproximada de 40 kilómetros, de manera que llamasen la atención de quienes se aproximasen a Zaragoza.
Resulta fácil comprender su intención si pensamos dónde estaba entonces la Feria. Lo que actualmente es una zona plenamente urbana —Romareda, Isabel la Católica, plaza Carlos V— estaba en los límites meridionales de la Zaragoza construida entonces. Una torre de casi 60 metros debía resultar extraordinariamente visible sobre un paisaje todavía muy despejado. Era el extrarradio de la ciudad.
Es de una arquitectura que mezcla la tradición local aragonesa y mudéjar, especialmente visible en el tratamiento del ladrillo y una tradición nacional herreriana o escurialense, responsable de su monumentalidad, verticalidad y severidad compositiva. Por eso la torre tiene algo muy característico de la arquitectura española de la primera posguerra. No es propiamente una torre mudéjar ni una copia histórica, pero utiliza formas reconocibles de la tradición aragonesa integrándolas en una arquitectura monumental, bastante austera.
El tratamiento de los grandes paramentos de ladrillo es particularmente interesante. No se dejaron como simples superficies lisas: están estructurados los ladrillos mediante una sucesión geométrica de figuras geométricas, que produce el relieve que se aprecia perfectamente en la fotografía. Los arquitectos no buscaban únicamente construir un mirador. La torre debía ser el reclamo visual de la Feria de Muestras.
Muy pronto se convirtió en su símbolo gráfico. Durante los certámenes se llegaron a colocar maquetas de la torre en distintas calles y plazas de Zaragoza, y su silueta pasó a protagonizar carteles y materiales publicitarios de la Feria. La idea era muy moderna desde el punto de vista publicitario al crear un edificio que fuera al mismo tiempo arquitectura, faro, señal urbana y logotipo. En ese sentido, es probablemente sea una de las piezas de arquitectura comercial e industrial más reconocibles construidas en Zaragoza durante la primera mitad del siglo XX.
La Feria de 1941 era solamente el comienzo. El recinto fue ampliándose continuamente durante las décadas siguientes. Ya en 1945 se terminaron otras dependencias, el vestíbulo y nuevos pabellones; después llegarían sucesivas ampliaciones porque el certamen crecía año tras año. En 1941 había 270 stands; en 1955 eran 600 y en 1964 se llegó a unos 2.000 stands. Ese crecimiento acabaría siendo precisamente el problema. La Feria quedó encerrada por el desarrollo urbano de Zaragoza y ya no tenía espacio suficiente.
En 1979 se decidió buscar una nueva ubicación y finalmente, en 1986, se inauguró el actual recinto de Feria de Zaragoza en la carretera de Madrid. El nuevo complejo fue proyectado por Regino Borobio Navarro, hijo de Regino Borobio Ojeda, con lo que la vinculación de la familia Borobio con la Feria continuó durante otra generación. El antiguo edificio del paseo de Isabel la Católica quedó finalmente vinculado a la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Servicios de Zaragoza, que continúa teniendo allí su sede.
La torre que vemos actualmente tampoco es materialmente idéntica a la de 1944. En 2005, el arquitecto José Manuel Pérez Latorre redactó un proyecto de restauración y las obras se terminaron en diciembre de 2006. Se realizó una intervención bastante profunda pero destinada a recuperar el aspecto original. Se reconstruyeron el mirador acristalado y el chapitel, se instaló un nuevo ascensor y se limpió el ladrillo exterior. Además, en el chapitel el zinc sustituyó al plomo original. También se renovó el faro, haciéndolo más potente e incorporando nuevos efectos de iluminación.
27.8.26
Tren Zaragoza, Teruel, Valencia. Un asunto para estudiar
Lo de la Línea ferroviaria Zaragoza Teruel Valencia, suprimida por obras en el año 2025, es de premio y la incapacidad y al descontrol. Que se diga otra vez más, ahora en agosto de 2026, que tendremos varios meses más de retraso sin explicación válida, cuando se debería haber abierto en noviembre de 2025, es de una estulticia tremenda. Ahora se habla de 2027, seguramente pocas semanas antes de las elecciones generales, para disimular.
Estamos hablando de una línea de tren que une la tercera y la cuarta ciudad de España. Así de simple.
Una línea ferroviaria que une la capital de Aragón con una de sus capitales de provincia.
Y se nos toma el pelo con explicaciones de preescolar. Y la sociedad guardamos silencio, excepto cuatro grititos torpes de políticos de barrio.
¿No es de inteligencia política que el propio PSOE saliera en las Cortes Generales de Aragón a dar explicaciones reales y no mentirosas?
¿No opina nada y de forma contundente, una CHA que ve como durante casi dos años no hay comunicación de personas y mercancías por tren, entre Zaragoza y la zona de Teruel?
Alguien o "álguienes" son incapaces, o mejor dicho, varios "señoros" importantes con mando, son unos incapaces y nadie les despide de su trabajo por incompetentes.
Hablan sin ruborizarse además, de que todavía hay que formar a ferroviarios para llevar esos trenes, como si esa línea fuera nueva, o como si no se pudieran formar con meses de anticipación. ¿Hablamos de Aragón o de Senegal o Zambia? Con perdón para África.
Se nos dice que: "hay desestabilizaciones imprevistas en puntos críticos, específicamente en la intersección de taludes naturales, los accesos a los túneles y en el interior de estos". O la tontada de: "características geotécnicas del terreno, así como la incidencia de fenómenos meteorológicos de especial intensidad".
Hablamos de una obra que se inició en febrero de 2025.
¿No opina nada y de forma contundente, una CHA que ve como durante casi dos años no hay comunicación de personas y mercancías por tren, entre Zaragoza y la zona de Teruel?
Alguien o "álguienes" son incapaces, o mejor dicho, varios "señoros" importantes con mando, son unos incapaces y nadie les despide de su trabajo por incompetentes.
Hablan sin ruborizarse además, de que todavía hay que formar a ferroviarios para llevar esos trenes, como si esa línea fuera nueva, o como si no se pudieran formar con meses de anticipación. ¿Hablamos de Aragón o de Senegal o Zambia? Con perdón para África.
Se nos dice que: "hay desestabilizaciones imprevistas en puntos críticos, específicamente en la intersección de taludes naturales, los accesos a los túneles y en el interior de estos". O la tontada de: "características geotécnicas del terreno, así como la incidencia de fenómenos meteorológicos de especial intensidad".
Hablamos de una obra que se inició en febrero de 2025.
¿No se analizaron antes todas las posibles incidencias del terreno?, ¿o se paralizó el tráfico sin haber hecho los estudios pertinentes? ¿nos hablan de fenómenos atmosféricos como las lluvias, cuando llevamos tres meses que no llueve nada?
Y nos cuentan (no creo que venga de cuento) que hay que tramitar ahora en agosto de 2026 dos nuevos expedientes de emergencia para continuar desarrollando estudios detallados en nueve túneles. ¿Estamos de verdad hablando en serio de una obra fundamental para vertebrar Aragón?
Y nos cuentan (no creo que venga de cuento) que hay que tramitar ahora en agosto de 2026 dos nuevos expedientes de emergencia para continuar desarrollando estudios detallados en nueve túneles. ¿Estamos de verdad hablando en serio de una obra fundamental para vertebrar Aragón?
6.8.26
La Nueva Romareda: una gran obra frente a muchas necesidades pendientes
La Nueva Romareda lleva tantos años formando parte del debate político y ciudadano que, sinceramente, creo que ya hemos perdido la cuenta. Han pasado proyectos que nunca llegaron a ver la luz, propuestas que acabaron guardadas en un cajón y debates sobre si lo mejor era remodelar el estadio existente, mantenerlo en el mismo emplazamiento o construir uno completamente nuevo en otra ubicación. También han cambiado los gobiernos municipales, las mayorías políticas, la propiedad y la gestión del propio Real Zaragoza. Han pasado los años, las promesas y las ilusiones, mientras la solución definitiva parecía no llegar nunca.
Por eso, cuando finalmente comenzaron las obras, pensé, como muchos zaragozanos, que por fin se había encontrado el camino definitivo. Sin embargo, también recuerdo que se nos trasladó la idea de que sería un proyecto que prácticamente no costaría dinero a los ciudadanos. Aquella afirmación sonaba demasiado bien para ser verdad.
Es cierto que aquellas palabras tenían entonces cierto sentido. Se esperaba que los nuevos inversores vinculados al Real Zaragoza participaran económicamente en el proyecto y que esa aportación privada redujera considerablemente el esfuerzo de las administraciones. Sin embargo, por los motivos ya conocidos, aquella inversión no llegó a materializarse en los términos esperados y, con el paso del tiempo, el peso económico de la operación ha recaído en buena medida sobre las instituciones públicas.
Desde entonces, la propiedad del club también ha vuelto a experimentar cambios con la incorporación de un nuevo accionista mayoritario. Es decir, mientras la construcción del estadio continúa avanzando, la estructura accionarial y la gestión del principal equipo que debe utilizarlo tampoco han permanecido estables.
Hoy me encuentro con una realidad muy distinta de la que se dibujó inicialmente. El presupuesto ha ido creciendo, las cifras han cambiado con el paso del tiempo y el proyecto continúa generando debate.
A todo ello se ha sumado recientemente la noticia de que una de las gradas ya construidas ha tenido que demolerse parcialmente y volver a ejecutarse tras detectarse problemas en el forjado. Aunque los responsables de la obra y los responsables municipales han explicado que la incidencia fue detectada por los controles de calidad, que no existía riesgo para las personas y que no afectará a los plazos previstos ni supondrá un sobrecoste para las arcas públicas, es inevitable que una noticia así despierte inquietud.
Especialmente cuando muchos ciudadanos recuerdan que, en los primeros planteamientos del proyecto, se transmitió la idea de que la construcción de la Nueva Romareda prácticamente no tendría coste para las arcas municipales, al margen de la inversión necesaria que hizo falta para levantar el estadio modular provisional. La evolución posterior del proyecto ha sido muy distinta, y eso explica que cada nueva incidencia sea observada con especial atención por la ciudadanía.
No es momento de hacer suposiciones ni de generar alarmismo. Precisamente para eso existen los controles de calidad, que han permitido detectar la incidencia antes de que la obra estuviera terminada. Y eso, sin duda, es una buena noticia.
Pero esta situación también pone de manifiesto la enorme responsabilidad que conlleva construir una infraestructura destinada a albergar a decenas de miles de personas en partidos de fútbol, conciertos y otros acontecimientos multitudinarios. Por eso considero que cualquier duda, por pequeña que sea, debe revisarse con el máximo rigor y transparencia. Cuando se trata de la seguridad de las personas, no caben atajos ni prisas; toda precaución es poca.
Y, por si fuera poco, el equipo que está llamado a estrenar el nuevo estadio afrontará esta temporada lejos del fútbol profesional. Confío en que esta situación sea únicamente un paréntesis y que el Real Zaragoza regrese cuanto antes al lugar que merece por historia, por afición y por sentimiento.
Quiero insistir en algo: esto no es una crítica contra el Real Zaragoza ni contra su afición. Lo dice alguien que fue abonado durante una temporada casi por azar, que ha asistido a algún partido que otro, que durante años siguió al equipo cada domingo desde el bar, como tantos zaragozanos, y que incluso ha acudido, durante esta última y desastrosa temporada, invitado por un amigo, a un partido disputado en el estadio modular provisional, al que algunos, con más ironía que mala intención, ya han bautizado como «IberChapa».
Precisamente porque sé lo que representa el club para Zaragoza, deseo que recupere cuanto antes el lugar que merece. Pero una cosa es el sentimiento deportivo y otra la obligación de reflexionar, como ciudadano, sobre la utilización de los recursos públicos y sobre las prioridades que se establecen en una ciudad.
También deseo que las obras lleguen a buen puerto y que Zaragoza pueda contar con un estadio terminado a tiempo para el Mundial de 2030. Sería una magnífica noticia para la ciudad, para su economía, para su imagen internacional y para todos los aficionados al fútbol.
Pero quiero dejar claro que estas líneas tampoco pretenden cuestionar la construcción de la Nueva Romareda. Zaragoza necesita un estadio moderno y adaptado a los nuevos tiempos. Mi reflexión va por otro camino.
Me pregunto si una parte del enorme esfuerzo económico que está suponiendo esta infraestructura también podría haberse destinado a resolver necesidades que llevan demasiados años esperando.
Pienso, por ejemplo, en el barrio Jesús. Lo pongo como ejemplo porque conozco bien sus reivindicaciones. Sus vecinos llevan más de veinte años reclamando un equipamiento deportivo. Durante este tiempo ha habido anuncios, compromisos, estudios e incluso partidas que aparecían en alguna comisión municipal o durante la presentación de los presupuestos de Urbanismo. Sin embargo, la realidad es que ese equipamiento continúa siendo una asignatura pendiente.
Y quiero hacer también una precisión importante. No pretendo responsabilizar únicamente al actual gobierno municipal de la falta de equipamientos en determinados barrios. Esta es una carencia que se arrastra desde hace muchos años y que ha atravesado gobiernos municipales de distinto signo político. Precisamente por eso resulta todavía más difícil de entender que, después de tantas promesas, anuncios y cambios de responsables, algunas reivindicaciones vecinales continúen sin una respuesta definitiva.
Y, como el barrio Jesús, seguramente podríamos citar otros barrios de Zaragoza que esperan inversiones similares. Mientras una gran infraestructura concentra inversiones, titulares y atención institucional, hay barrios que continúan esperando un equipamiento deportivo, un centro polivalente o cualquier otro espacio público que responda a las necesidades reales de sus vecinos y permita desarrollar actividades deportivas, culturales, sociales y comunitarias en condiciones dignas.
Siempre he pensado que una ciudad no se mide únicamente por sus grandes proyectos. También se mide por la calidad de vida que ofrece a quienes la habitan cada día. Un gran estadio puede proyectar la imagen de Zaragoza al mundo, atraer acontecimientos internacionales y convertirse en un símbolo de la ciudad. Pero un equipamiento deportivo de barrio o un centro polivalente también transforman la vida de miles de personas, fomentan hábitos saludables, favorecen la convivencia, ofrecen oportunidades a los jóvenes y crean espacios de encuentro para vecinos de todas las edades.
No se trata de enfrentar la Nueva Romareda con los barrios. No se trata de elegir entre una cosa u otra. Se trata de encontrar un equilibrio. De ser capaces de impulsar proyectos emblemáticos sin olvidar esas actuaciones más modestas que quizá no ocupen portadas, pero que mejoran el día a día de los ciudadanos.
Y aquí aparece una última reflexión. Zaragoza ha querido proyectarse como capital del deporte, y esa aspiración me parece positiva. Pero ser capital del deporte no debería significar únicamente contar con un gran estadio, organizar acontecimientos importantes o disponer de instalaciones emblemáticas.
También debería significar que cualquier niño, joven, adulto o persona mayor pueda practicar deporte cerca de su casa y en unas condiciones dignas, viva en el barrio que viva. Porque una ciudad no demuestra su compromiso con el deporte solo en los grandes escenarios, sino también en sus pabellones, pistas, centros polivalentes y equipamientos de proximidad.
Quizá esa sea la verdadera medida de una capital del deporte: no solo lo que enseña al exterior, sino lo que ofrece cada día a sus propios vecinos.
No escribo estas líneas para cuestionar la Nueva Romareda. Al contrario, deseo que sea un éxito y que en 2030 Zaragoza pueda presumir de un estadio moderno, lleno de vida y preparado para acoger acontecimientos internacionales. Lo que reivindico es que ese mismo esfuerzo, esa misma capacidad de gestión y esa misma voluntad política lleguen también a los barrios.
Ojalá dentro de unos años podamos sentirnos orgullosos no solo de una Nueva Romareda que haya cumplido todas las expectativas, sino también de una Zaragoza que haya sabido avanzar de forma equilibrada, haciendo compatibles los grandes proyectos con aquellas actuaciones menos visibles que realmente cambian la vida de las personas.
Porque una ciudad verdaderamente moderna no solo se reconoce por sus grandes obras, sino por su capacidad para mejorar el día a día de todos sus vecinos, vivan donde vivan.
Carlos Masa Bescós
1.8.26
Médicos y cirujanos en la Zaragoza de 1723
Según el censo que se hizo para la ciudad de Zaragoza en el año 1723, cuando contábamos en total con 30.039 habitantes, estaban distribuidos los zaragozanos en 4.893 casas y edificios. El recuento comenzó el 10 de septiembre de 1723 y fue registrando casa por casa a sus residentes, oficios, situación familiar, criados, hijos y hasta las caballerías que poseían. La idea es tener claro cuantos vecinos había, para pagar impuestos según sus oficios.
Se han escrito libros sobre este censo, y análisis sesudos sobre estos datos tan valiosos e interesantes. Hoy me quiero centrar solo en unos pequeños datos curiosos. Los oficios que tenían aquellos zaragozanos, más en concreto la de los médicos y cirujanos.
Es verdad que el oficio más numeroso en aquella Zaragoza era el de Jornaleros del Campo con 1.426 personas que declararon dedicarse a ese trabajo. Y que el segundo oficio era el de sastre con 213 personas. Tremenda distancia. Había en tercer lugar un total de 162 pelaires que eran artesanos dedicados a preparar, lavar, cardar y peinar la lana cruda para dejarla lista antes de ser hilada y tejida.
Teníamos a 156 zapateros y a 148 labradores declarados, que debían ser los que tenían propiedades en el campo y no eran simplemente jornaleros. Pero a su vez teníamos 95 alpargateros, a 51 tejedores, a 36 maestros de jóvenes y 11 maestros de niños, un solo lapidario y 7 impresores.
Y 16 notarios, 34 pastores, 2 queseros, 9 sepultureros, un solo vendedor de abadejo o bacalao, 2 ingenieros, 29 cerrajeros, 8 esquiladores, 21 médicos, 12 enfermeros, 14 boticarios, 81 cirujanos y 4 devantaleros entre otros oficios, este último era el oficio paara hacer delantales de cuero.
Con estos datos choca enseguida que tuviéramos 21 médicos y 81 cirujanos en Zaragoza. ¿Tantos profesionales dispuestos a operar y tan pocos a curar?
En realidad es que por entonces la salud o la sanidad se entendía de otra manera. Un médico era menos que un cirujano, entendía de síntomas y observaba estos, bien sus temperaturas o sus humores, orinas y heces más con la vista y olfato que con otros métodos de análisis, y recetaba preparados que hacia el boticario, purgas, ayunos, sangrías o reposo.
Pero un cirujano trabajaba con el cuerpo del paciente, operaba, cosía, buscaba por dentro. resolvía roturas o quemaduras, luxaciones o úlceras, limpiaba de pus o de cuerpos raros que había por fuera o por dentro del cuerpo, atendía partos con problemas o hacía amputaciones si lo creía necesario. Un cirujano manipulaba el cuerpo del paciente, mientras que un médico observaba y recetaba sin meter mano en el enfermo.
Curiosamente a lo anterior, un médico era más importante que un cirujano. Y estaban mejor preparados. Los cirujanos eran unos simples "mecánicos arregladores" de los cuerpos.
La existencia en Zaragoza de 81 cirujanos frente a solo 21 médicos en el año 1723 no significa que la población fuera tratada principalmente mediante operaciones. En aquella época, médico y cirujano eran profesiones separadas. El médico era un universitario que diagnosticaba las enfermedades internas y prescribía remedios, mientras que el cirujano, de formación generalmente más práctica, atendía heridas, fracturas, luxaciones, abscesos, úlceras y toda clase de dolencias externas.
Muchos de los trabajos del cirujano eran curas, vendajes, suturas, sangrías o pequeñas incisiones, no grandes operaciones. Su mayor número refleja que eran profesionales más accesibles y que realizaban una asistencia manual cotidiana que hoy desempeñan médicos, enfermeros, traumatólogos, dentistas y otros especialistas.
28.7.26
Zaragoza modelo de Salud Pública
La noticia por esperada o por deseada, no ha dejado de producirme una sincera alegría. El Gobierno de España ha confirmado que finalmente Zaragoza será la sede de la nueva Agencia Estatal de Salud Pública. Una gran noticia para Aragón, para Zaragoza más en concreto, aunque sus frutos tardarán en notarse unos años. Y por eso es tal vez necesario explicar algo más esta decisión y lo que supondrá.
La Agencia Estatal de Salud Pública no tiene nada que ver directamente con la Sanidad en Aragón, y relativamente con la Sanidad Estatal dentro del concepto que a veces conocemos como "sanidad".
La Salud Pública es bastante más que la Salud, entran en su propio paquete desde la Formación Sanitaria en todos los niveles, incluido Veterinaria, como el control y crecimiento de las Investigaciones sobre la Salud en su amplio sentido público.
A medio plazo tenemos que ver —si no se tuercen las expectativas—, una mejora en nuestras capacidades formativas en temas de Salud desde nuestras distintas universidades, pero a su vez un crecimiento de sinergias en temas de investigación clínica, incluida la veterinaria y farmacológica, con la instalación de aquellas empresas que deseen estar cerca de los espacios en donde se decide.
Al ser una Agencia Estatal, hablamos de que es un espacio de decisión encajado con el resto de Agencias similares de todos los países de la Unión Europea. Y a su vez, de otros países que quieran entrar en Europa o quieran conocer o aprender de nuestras formas.
La Salud Pública no es solo un organismo que trata de pandemias, de grandes asuntos de contagios, sino también y cada vez más, de cambios climáticos que afectan a la salud, y en cuanto a pandemias no se deja atrás ni la del crecimiento actual en los problemas de Salud Mental, como en los del envejecimiento de las sociedades y de la Soledad no Deseada. Por poner ejemplos muy reconocibles. Salud Pública es también el control de plagas o de adicciones.
Es o será una Agencia de Salud Pública en donde se apilarán los conocimientos en constante renovación, para atajar problemas de Salud de la Sociedad. Y aquí pueden entrar todos los problemas de Salud que la propia Globalización necesite constantemente actualizar.
No solo hay que vigilar epidemias, sino analizar riesgos de todo tipo, que pueden afectar a las sociedades en el concepto más amplia de la Salud.
Insisto en que el papel de Veterinaria es fundamental para entender los enormes campos que la Salud Pública debe conocer y estudiar. Y por eso es fundamental tener muy actualizado todo el sistema de Salud, de Formación en todas las Ramas sanitarias, tener entidades científicas válidas y pioneras, y a su vez organizaciones ciudadanas que apoyen y participen.
Y también, eso supondrá que desde el Gobierno de Aragón, desde la Consejería de Sanidad aragonesa, se tendrá que cuidar mucho en ser un ejemplo de calidad en todos los aspectos. Se nos mirará desde otros puntos de vista, y eso tiene que suponer que también la Participación de la Sociedad debe ser diferente, que nuestros modelos de Salud en Aragón deben gozar de una alta calidad y sin excesivas tensiones, pues el modelo de Aragón será observado desde fuera de España.
Julio Puente - Miembro del Consejo de Salud de Aragón
26.7.26
Pequeña historia de los autobuses en Zaragoza
La historia de los autobuses urbanos de Zaragoza es la de un medio de transporte que nació primero como complemento del tranvía, y que tuvo una primera etapa muy débil, casi testimonial, para luego convertirse en la base del transporte urbano cuando tranvías y trolebuses fueron desapareciendo de Zaragoza.
Curiosamente existen más trabajos que han estudiado la historia del tranvía en Zaragoza, que se hayan dedicado a estudiar la de los autobuses urbanos.
Podríamos remontarnos todavía más en el tiempo, y hablar de servicios de diligencias de años anteriores a los que ahora voy a comentar, algo que suena antiquísimo, pero que servían para dar servicio hacia las afueras de la ciudad tanto de personas como de mercancías.
Podríamos remontarnos todavía más en el tiempo, y hablar de servicios de diligencias de años anteriores a los que ahora voy a comentar, algo que suena antiquísimo, pero que servían para dar servicio hacia las afueras de la ciudad tanto de personas como de mercancías.
No había tren y las distancias largas se efectuaban con galeras y diligencias, que también daban servicio en la ciudad, pero no eran utilizadas para moverse entre sus zonas interiores, pues eran pequeñas las distancias.
De esto hablaré en otro momento. Vayamos pues a los autobuses de Zaragoza.
La historia del transporte colectivo urbano en Zaragoza arranca antes de la llegada del autobús. Los primeros servicios para clientes en plural datan del año 1885 con los tranvías de sangre tirados por animales, después electrificados a partir del año 1902.
La historia del transporte colectivo urbano en Zaragoza arranca antes de la llegada del autobús. Los primeros servicios para clientes en plural datan del año 1885 con los tranvías de sangre tirados por animales, después electrificados a partir del año 1902.
Durante décadas el tranvía fue el gran eje del sistema, con una red radial que llegó a tener en sus momentos de más uso hasta 17 líneas. El autobús apareció después que el tranvía, no para sustituirlo en un principio, sino para apoyarlo.
La primera noticia documentada de un servicio de autobús en Zaragoza se remonta a 1906, cuando se pidió permiso para un “ómnibus automóvil” entre la plaza del Pilar y la Playa de Torrero. Se habla de un proyecto de autobús urbano zaragozano solicitado el 12 de diciembre de 1906. Felipe González del Castillo solicitó autorización municipal para establecer un «ómnibus automóvil». Plaza del Pilar – Playa de Torrero. El vehículo debía llegar hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores pero no funcionó durante mucho tiempo.
Aun así, la implantación real fue lenta y la primera línea aprobada por el Ayuntamiento en 1907 no llegó a materializarse. La verdadera red de autobuses urbanos comenzó a tomar forma ya en los años veinte del siglo XX.
A principios de los años veinte se puso en marcha la primera línea urbana, de forma casi testimonial. En los años treinta ya existía una red con cierta relevancia, explotada por varias compañías, y entre esas líneas estaba la que a veces he nombrado “Línea del Ensanche” más otros recorridos urbanos ligados al crecimiento de la ciudad de Zaragoza. Recordemos que a su vez existía una red de servicios de tranvías.
La primera noticia documentada de un servicio de autobús en Zaragoza se remonta a 1906, cuando se pidió permiso para un “ómnibus automóvil” entre la plaza del Pilar y la Playa de Torrero. Se habla de un proyecto de autobús urbano zaragozano solicitado el 12 de diciembre de 1906. Felipe González del Castillo solicitó autorización municipal para establecer un «ómnibus automóvil». Plaza del Pilar – Playa de Torrero. El vehículo debía llegar hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores pero no funcionó durante mucho tiempo.
Aun así, la implantación real fue lenta y la primera línea aprobada por el Ayuntamiento en 1907 no llegó a materializarse. La verdadera red de autobuses urbanos comenzó a tomar forma ya en los años veinte del siglo XX.
A principios de los años veinte se puso en marcha la primera línea urbana, de forma casi testimonial. En los años treinta ya existía una red con cierta relevancia, explotada por varias compañías, y entre esas líneas estaba la que a veces he nombrado “Línea del Ensanche” más otros recorridos urbanos ligados al crecimiento de la ciudad de Zaragoza. Recordemos que a su vez existía una red de servicios de tranvías.
Esa red de autobuses coexistía pues con los tranvías y servía como complemento en los barrios donde el tranvía no llegaba con la misma flexibilidad. Zaragoza crecía y era mucho más barato y sencillo poner servicio de autobuses que de tranvías.
Tras la Guerra Civil, esa primera red de autobuses de Zaragoza quedó muy debilitada y prácticamente desapareció al suprimirse líneas que coincidían con los servicios tranviarios. Se había construido de una forma un poco caótica en su diseño.
Tras la Guerra Civil, esa primera red de autobuses de Zaragoza quedó muy debilitada y prácticamente desapareció al suprimirse líneas que coincidían con los servicios tranviarios. Se había construido de una forma un poco caótica en su diseño.
En la práctica, el sistema urbano volvió a organizarse sobre todo alrededor del tranvía, mientras el autobús quedaba en segundo plano. La presión de la empresa de tranvías también era importante para que su negocio no decayera a favor del autobús.
La gran consolidación de los autobuses urbanos en Zaragoza llegó a partir de 1955, cuando la concesionaria histórica de los tranvías empezó a explotar ya una red de autobuses propia.
La gran consolidación de los autobuses urbanos en Zaragoza llegó a partir de 1955, cuando la concesionaria histórica de los tranvías empezó a explotar ya una red de autobuses propia.
A partir de entonces, el autobús dejó de ser algo secundario y pasó a convertirse en el soporte más flexible del transporte urbano. En esa época convivió el autobús con el trolebús, que tuvo solo tres líneas y una vida más breve, entre 1951 y 1975.
El trolebús, de uno y de dos pisos, era un sistema muy interesante que nunca quiso Zaragoza explorar de forma importante. Tiene las ventajas eléctricas del tranvía y además la versatilidad de que no necesita un trayecto excesivamente fijo por la anchura de las calles, permitiendo que en caso de averías o problemas, fuera sencillo moverlo sin paralizar el servicio.
El autobús fue ganando peso porque era más económico y versátil para el tráfico rodado que el tranvía. Cuando este entró en decadencia, el autobús ocupó su lugar poco a poco, especialmente tras la supresión de todas líneas tranviarias a partir de 1971 y la desaparición final del tranvía antiguo en el año 1976. Después de eso, la red de autobuses quedó ya como la columna vertebral del transporte urbano en Zaragoza.
Desde aquellos años y con el crecimiento importante de la ciudad de Zaragoza, la red se ha ido modernizando con vehículos articulados, accesibles, con piso bajo, aire acondicionado, billetaje electrónico y sistemas de información en tiempo real. La lógica se ha impuesto y hoy el autobús urbano ya no es solo un apoyo del tranvía, sino una red principal y muy extensa.
Volvamos un momento a esa Zaragoza en expansión, donde los autobuses servían para conectar nuevos barrios y áreas de crecimiento urbano y que el tranvía no cubría igual de "barato".
El autobús fue ganando peso porque era más económico y versátil para el tráfico rodado que el tranvía. Cuando este entró en decadencia, el autobús ocupó su lugar poco a poco, especialmente tras la supresión de todas líneas tranviarias a partir de 1971 y la desaparición final del tranvía antiguo en el año 1976. Después de eso, la red de autobuses quedó ya como la columna vertebral del transporte urbano en Zaragoza.
Desde aquellos años y con el crecimiento importante de la ciudad de Zaragoza, la red se ha ido modernizando con vehículos articulados, accesibles, con piso bajo, aire acondicionado, billetaje electrónico y sistemas de información en tiempo real. La lógica se ha impuesto y hoy el autobús urbano ya no es solo un apoyo del tranvía, sino una red principal y muy extensa.
Volvamos un momento a esa Zaragoza en expansión, donde los autobuses servían para conectar nuevos barrios y áreas de crecimiento urbano y que el tranvía no cubría igual de "barato".
Ese tipo de línea era típico de una ciudad que empezaba a desbordar su casco más compacto y necesitaba transporte más flexible hacia los barrios a veces construidos después de grandes extensiones de campos de labor como en Las Fuentes. Hagamos un pequeño resumen de la evolución.
1885: empiezan los tranvías de mulas.
1902: surge el tranvía electrificado.
1906–1907: primeras iniciativas de ómnibus automóvil, aún sin consolidación.
Años 20: arranca la primera línea de autobús urbano real.
Años 30: ya existe una pequeña red, con líneas como la del Ensanche.
1940s–50s: retroceso y reordenación; luego consolidación de la red moderna.
1955 en adelante: el autobús urbano se convierte en sistema estable.
1976: desaparece el tranvía antiguo y el autobús queda como red central.
En el año 1925 ya funcionaban al menos dos líneas regulares de autobuses. La Línea 1: «Por Ruiseñores» y en donde el vehículo llevaba claramente el número 1 y el letrero Ruiseñores. Se trataba de una línea regular que subía hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores. Y la Línea 2: «Por Acacias» que subía al Canal por Cuéllar, pasando por la barriada entonces conocida como Acacias. Era un autobús de dos pisos —descrito entonces como ómnibus con imperial— y también de la marca Lancia. No tengo seguridad de que fuera un servicio doble, ni de su duración en el tiempo.
Durante los años 1932 a 1936 funcionó una línea llamada de Oliver. Iba hasta el Barrio Oliver desde la plaza de la Constitución, actual plaza de España. Se trataba de un servicio importante porque Oliver estaba todavía separado físicamente de la ciudad consolidada y carecía de tranvía. La línea solamente funcionó hasta 1936.
La red privada de autobuses urbanos en Zaragoza se inició claramente a partir del año 1934. La prueba más reveladora procede de un artículo publicado el 24 de julio de 1934 en Solidaridad Obrera, durante una huelga de los trabajadores del transporte.
El periódico habla de dos empresas, denominadas: Delicias y Ensanche. Y se puede saber que el servicio «Delicias» iba hasta el barrio de Delicias y al llamado Manicomio.
Y la empresa «Ensanche» se movía hacia lo que se consideraba entonces Ensanche, que era la zona de Gran Vía y hacia el Barrio de San José. Como es lógico suponer, no hablamos solo de dos líneas de autobuses, sino de dos empresas. En el caso de la empresa llamada Ensanche, debería tener al menos dos líneas para dar servicio entre las zonas de Gran Vía, Parque y San José.
En julio de 1934 funcionaban al menos cinco servicios privados diferenciados, a los que habría que añadir la línea de Oliver, activa desde 1932 hasta 1936. Por consiguiente, hacia 1934 Zaragoza podía contar con un mínimo de seis servicios regulares de autobús urbano, aunque dependientes de diferentes concesionarios y no integrados en una red única.
El servicio a San José es especialmente interesante porque antecedió en su trayecto al tranvía de San José. Tras la desaparición de la red privada de autobuses a finales de los años 30, se implantó nuevamente un servicio de autobuses en el barrio el 18 de noviembre de 1942. Finalmente, el 30 de agosto de 1945 fue sustituido por la línea 13 del tranvía, que comunicaba el entorno del Teatro Principal con la avenida de San José.
Los autobuses anteriores a la Guerra Civil no se limitaban siempre a cubrir lugares sin tranvía. En algunos casos complementaban, reforzaban o incluso competían con recorridos tranviarios ya existentes. Precisamente después de la guerra se eliminaron muchos servicios privados que coincidían con las líneas del tranvía.
La empresa Delicias explotaba también la denominada Línea del Manicomio. Su destino era el antiguo Manicomio Provincial situado en la zona del Terminillo, aproximadamente en el sector del actual parque de las Delicias y la calle de Franco y López, hoy entorno de Duquesa Villahermosa y Ciudad Jardín.
Entró en servicio durante los años treinta y parece que desapareció en 1934, posiblemente en el contexto de las huelgas y dificultades de aquellas pequeñas empresas privadas. No he encontrado confirmación suficiente de su cabecera central ni de todo su itinerario.
Este corredor también tuvo una historia posterior muy significativa. En 1944 se creó un tranvía provisional entre plaza de España y Terminillo. En 1945 fue sustituido por un autobús provisional Plaza de España–Terminillo. El autobús funcionó hasta el 7 de mayo de 1951.
1885: empiezan los tranvías de mulas.
1902: surge el tranvía electrificado.
1906–1907: primeras iniciativas de ómnibus automóvil, aún sin consolidación.
Años 20: arranca la primera línea de autobús urbano real.
Años 30: ya existe una pequeña red, con líneas como la del Ensanche.
1940s–50s: retroceso y reordenación; luego consolidación de la red moderna.
1955 en adelante: el autobús urbano se convierte en sistema estable.
1976: desaparece el tranvía antiguo y el autobús queda como red central.
En el año 1925 ya funcionaban al menos dos líneas regulares de autobuses. La Línea 1: «Por Ruiseñores» y en donde el vehículo llevaba claramente el número 1 y el letrero Ruiseñores. Se trataba de una línea regular que subía hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores. Y la Línea 2: «Por Acacias» que subía al Canal por Cuéllar, pasando por la barriada entonces conocida como Acacias. Era un autobús de dos pisos —descrito entonces como ómnibus con imperial— y también de la marca Lancia. No tengo seguridad de que fuera un servicio doble, ni de su duración en el tiempo.
Durante los años 1932 a 1936 funcionó una línea llamada de Oliver. Iba hasta el Barrio Oliver desde la plaza de la Constitución, actual plaza de España. Se trataba de un servicio importante porque Oliver estaba todavía separado físicamente de la ciudad consolidada y carecía de tranvía. La línea solamente funcionó hasta 1936.
La red privada de autobuses urbanos en Zaragoza se inició claramente a partir del año 1934. La prueba más reveladora procede de un artículo publicado el 24 de julio de 1934 en Solidaridad Obrera, durante una huelga de los trabajadores del transporte.
El periódico habla de dos empresas, denominadas: Delicias y Ensanche. Y se puede saber que el servicio «Delicias» iba hasta el barrio de Delicias y al llamado Manicomio.
Y la empresa «Ensanche» se movía hacia lo que se consideraba entonces Ensanche, que era la zona de Gran Vía y hacia el Barrio de San José. Como es lógico suponer, no hablamos solo de dos líneas de autobuses, sino de dos empresas. En el caso de la empresa llamada Ensanche, debería tener al menos dos líneas para dar servicio entre las zonas de Gran Vía, Parque y San José.
En julio de 1934 funcionaban al menos cinco servicios privados diferenciados, a los que habría que añadir la línea de Oliver, activa desde 1932 hasta 1936. Por consiguiente, hacia 1934 Zaragoza podía contar con un mínimo de seis servicios regulares de autobús urbano, aunque dependientes de diferentes concesionarios y no integrados en una red única.
El servicio a San José es especialmente interesante porque antecedió en su trayecto al tranvía de San José. Tras la desaparición de la red privada de autobuses a finales de los años 30, se implantó nuevamente un servicio de autobuses en el barrio el 18 de noviembre de 1942. Finalmente, el 30 de agosto de 1945 fue sustituido por la línea 13 del tranvía, que comunicaba el entorno del Teatro Principal con la avenida de San José.
Los autobuses anteriores a la Guerra Civil no se limitaban siempre a cubrir lugares sin tranvía. En algunos casos complementaban, reforzaban o incluso competían con recorridos tranviarios ya existentes. Precisamente después de la guerra se eliminaron muchos servicios privados que coincidían con las líneas del tranvía.
La empresa Delicias explotaba también la denominada Línea del Manicomio. Su destino era el antiguo Manicomio Provincial situado en la zona del Terminillo, aproximadamente en el sector del actual parque de las Delicias y la calle de Franco y López, hoy entorno de Duquesa Villahermosa y Ciudad Jardín.
Entró en servicio durante los años treinta y parece que desapareció en 1934, posiblemente en el contexto de las huelgas y dificultades de aquellas pequeñas empresas privadas. No he encontrado confirmación suficiente de su cabecera central ni de todo su itinerario.
Este corredor también tuvo una historia posterior muy significativa. En 1944 se creó un tranvía provisional entre plaza de España y Terminillo. En 1945 fue sustituido por un autobús provisional Plaza de España–Terminillo. El autobús funcionó hasta el 7 de mayo de 1951.
Al día siguiente comenzó el primer trolebús de Zaragoza, la línea Terminillo, entre Independencia junto a Correos y la iglesia de Santa Engracia y la calle Delicias. Este trolebús era de dos pisos.
La pequeña red de compañías privadas de autobuses urbanos de Zaragoza desapareció prácticamente tras la guerra suprimiendo especialmente las líneas que coincidían con servicios tranviarios.
La pequeña red de compañías privadas de autobuses urbanos de Zaragoza desapareció prácticamente tras la guerra suprimiendo especialmente las líneas que coincidían con servicios tranviarios.
Posteriormente, una filial de la concesionaria Los Tranvías de Zaragoza, S. A. comenzó a prestar algunos servicios de autobús, pero varios de ellos fueron concebidos como soluciones provisionales y terminaron sustituidos por tranvías o trolebuses.
En mayo de 1955 comenzó la red moderna de autobuses de la concesionaria con la llamada Línea 21. Se eligió esa numeración para diferenciar los autobuses de las líneas de tranvía, que utilizaban los números inferiores, comenzando los autobuses con este 21. Por eso a veces las fuentes la llaman «La primera línea de autobuses de Zaragoza», pero esa denominación deja fuera de su relato a las compañías privadas de los años veinte y treinta.
A veces encuentro algo de información sobre supuestas líneas anteriores a la Guerra civil que daban servicio al Arrabal, Casablanca o Torrero pero no tengo documentación suficiente. De momento no he encontrado pruebas que permitan incluirlas como líneas regulares de autobús de los años treinta.
En los años 60 del siglo XX el autobús coexiste con el trolebús y el tranvía en una ciudad que va creciendo mucho. Y el propio autobús gana cada vez más servicios y líneas, hasta que a partir de 1971 se empiezan a cambiar líneas de tranvías por líneas de autobuses. El trolebús desapareció en el año 1975 y el tranvía antiguo en 1976.
En mayo de 1955 comenzó la red moderna de autobuses de la concesionaria con la llamada Línea 21. Se eligió esa numeración para diferenciar los autobuses de las líneas de tranvía, que utilizaban los números inferiores, comenzando los autobuses con este 21. Por eso a veces las fuentes la llaman «La primera línea de autobuses de Zaragoza», pero esa denominación deja fuera de su relato a las compañías privadas de los años veinte y treinta.
A veces encuentro algo de información sobre supuestas líneas anteriores a la Guerra civil que daban servicio al Arrabal, Casablanca o Torrero pero no tengo documentación suficiente. De momento no he encontrado pruebas que permitan incluirlas como líneas regulares de autobús de los años treinta.
En los años 60 del siglo XX el autobús coexiste con el trolebús y el tranvía en una ciudad que va creciendo mucho. Y el propio autobús gana cada vez más servicios y líneas, hasta que a partir de 1971 se empiezan a cambiar líneas de tranvías por líneas de autobuses. El trolebús desapareció en el año 1975 y el tranvía antiguo en 1976.
Nota.: Os dejo una imagen coloreada, copiada de la página web de Facebook de Memoria Viva, a la que agradezco la creación de esta bella imagen.
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