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La Granja Agrícola en Montemolín de Zaragoza


La Granja Agrícola de Zaragoza es la institución precursora del actual Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA). Fue creada en Zaragoza el 23 de septiembre de 1881 por Real Decreto como Granja-Modelo para el estudio y la formación en conocimientos agrarios en su más amplio sentido, formación de personal especializado, así como ensayar e introducir cultivos de nuevas especies vegetales, y cría, mejora y multiplicación de animales de granja.

El 18 de mayo de 1881 se publicó en la Gaceta de Madrid un Real Decreto por el que el Gobierno de entonces se comprometía a auxiliar con el personal técnico y con el material que fuera necesario a las tres provincias aragonesas que enseguida solicitaron en aquel verano la instalación de una Granja Modelo o una Estación Agronómica. De las solicitadas en toda España, solo se aprobaron tres Granjas Experimentales, una la de Aragón instalada en Zaragoza.


En la solicitud, las Diputaciones Aragonesas debían consignar las condiciones de la finca en que habían de establecerla y las cantidades que dedicaban a su instalación y sostenimiento. La Diputación Provincial de Zaragoza contrató al arquitecto Félix Navarro, quien desarrolló el proyecto para que se instalara el Centro en la finca llamada “Torre de la Infanta” entre los barrios de San José y Montemolín de Zaragoza, una finca agrícola fue una propiedad histórica de unas 21,5 hectáreas situada en la partida de Rabalete, cerca del Puente del Virrey.

El 24 de septiembre se publica en la Gaceta de Madrid el Real Decreto por el que el Ministerio de Fomento aprobaba el proyecto presentado por Aragón. El centro se creó con el objetivo de “convertir al propietario rural en director con formación suficiente de sus propias explotaciones, aumentar el catálogo de las plantas cultivadas en la región, mejorar la técnica de los trabajos mediante los nuevos elementos de fertilización de las tierras y fomentar la ganadería como elemento indispensable para una agricultura con aspiración de intensiva”. Era 1881, hace casi 150 años.

Unos meses después, el 9 de marzo de 1940 dictan desde los Centros, Estaciones, Subestaciones y Anejos en que habrá de desarrollar su labor el Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas, que sea la Estación de Cultivos de los Grandes Regadíos de Zaragoza, como continuadora de la Granja Agrícola, y cuya principal labor sería la introducción en Aragón del cultivo de la remolacha azucarera.

La antigua Granja Agrícola de Zaragoza no fue simplemente una explotación ganadera o una finca donde se ensayaban cultivos. En términos actuales, reunía en un mismo recinto cuatro funciones, ser un centro de investigación agraria, un laboratorio de análisis agrario y ganadero, una escuela práctica para agricultores y técnicos y un servicio de divulgación y asesoramiento al campo aragonés.

Su influencia fue considerable en la introducción de la remolacha azucarera en Aragón, en el uso de los fertilizantes minerales, en el estudio de nuevas plantas forrajeras, en la formación paraa la utilización de maquinaria agrícola, con mejoras en la producción vinícola y nuevas y modernas experiencias de selección ganadera. Fue, además, el antecedente remoto del actual Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón, el CITA.

En 1883 ya se estaba proyectándose o construyéndose la Granja-Escuela zaragozana. El proyecto arquitectónico fue encargado a Félix Navarro Pérez, uno de los arquitectos más innovadores de la Zaragoza de finales del siglo XIX. También en ese mismo 1883 se realizaron ya algunas plantaciones experimentales de árboles frutales, maíz y otros cultivos de regadío.

Varias fuentes municipales y locales consideran 1884 el año de apertura efectiva de la Granja. En ese momento quedó absorbida por ella la Estación Vitícola y Enológica que había comenzado a funcionar en Zaragoza como respuesta a la amenaza de la filoxera. Esta integración explicaría que 1884 aparezca frecuentemente como fecha inaugural. Aunque ya habían realizado trabajos anteriores, el programa organizado de investigación agronómica comenzó en 1885 en el denominado Campo Experimental anejo a la Granja.

La creación de la Granja formaba parte de un intento estatal por superar la agricultura tradicional basada en conocimientos transmitidos por costumbre, barbechos prolongados, semillas poco seleccionadas, escasa fertilización y una mecanización muy reducida.

Las nuevas estaciones agronómicas europeas aplicaban al campo el método experimental de dividir parcelas, cambiar una sola variable, medir rendimientos de las cosechas, analizar químicamente tierras y productos y publicar los resultados. Las teorías de Justus von Liebig sobre la nutrición mineral de las plantas tuvieron una influencia decisiva en este cambio.

La institución zaragozana debía obtener datos aplicables específicamente al clima, los suelos arcillosos, el viento, el regadío y los cultivos del valle medio del Ebro. No se pretendía copiar sin más los métodos franceses o centroeuropeos, sino determinar cuáles podían funcionar realmente en Aragón. xxxx

La Granja se instaló en una gran propiedad agrícola conocida como Torre de la Infanta, vinculada tradicionalmente a la zaragozana María Teresa de Vallabriga, viuda del infante don Luis de Borbón. La finca se encontraba en la partida de Rabalete, dentro del espacio rural que entonces se identificaba con Montemolín y que hoy se reparte entre los barrios de San José y Las Fuentes. María Teresa de Vallabriga y Rozas era esposa morganática del infante don Luis Antonio de Borbón, hermano de Carlos III. El Ayuntamiento de Zaragoza confirma que la Granja Agrícola Experimental se instaló sobre los terrenos de aquella torre o finca de María Teresa de Vallabriga.

Una descripción del siglo XIX indica que la propiedad contenía un palacete ya en aquel momento bastante deteriorado, dos cahíces de tierra con frutales y un olivar de once cahíces. Era un espacio grande 
regada por el agua del Canal Imperial, y disponía de otras 20 Ha de secano en los campos de San Gregorio

Al morir María Teresa de Vallabriga en 1820, la heredó su hija María Teresa de Borbón y Vallabriga, XV condesa de Chinchón, esposa de Manuel Godoy. Pero cuando esta Torre de la Infanta se vendió para ser la Granja Agrícola, no se yo de quien era su propiedad, pues las anteriores ya habían fallecido.

El recinto se extendía aproximadamente entre el camino del Puente de Virrey, el camino de Cabaldós, la estación ferroviaria de Cappa, después llamada de Utrillas y los terrenos próximos al camino del Bajo Aragón, actual avenida de Miguel Servet.

El 17 de Noviembre de 1896 se crea dentro de la propia Granja, una Escuela Regional de Agricultura, para dar carácter universitario a los estudios agrícolas. En principio el éxito es escaso entre los nuevos jóvenes con estudios capaces de acceder a esta escuela. No era sencillo introducir nuevas técnicas en la mentalidad de aquellos años, en los que las innovaciones no eran siempre bien recibidas.


En 1903 pasa a denominarse la Granja, como Centro Regional Agronómico; cambiando en 1907 por el nombre de Escuela Práctica Regional de Agricultura y volviendo a cambiar de nombre el 8 de Diciembre de 1910 para  denominarse Escuela General de Agricultura Española y Granja Modelo.


En 1906 se celebran con varios concursos las bodas de plata de la Granja Experimental Agrícola que ya estaba perfectamente asentada en la sociedad rural aragonesa. Uno de los logros más importantes y que más costó ser aceptado por los agricultores en estos 25 años de ardua labor docente, fue la de que no era necesario dejar los campos sin trabajar en años alternos, debiendo añadir a las tierras abonos minerales para poder cosechar todos los años. Era cambiar el "Año y Vez" por abonos minerales.


En el año 1911, un grupo de congresistas agrícolas extranjeros visitaron la ciudad de Zaragoza, para conocer tanto el matadero nuevo de Miguel Servet como la Granja Experimental Agrícola, como ejemplos adelantados a su tiempo y a un trabajo bien realizado en el mundo agrícola.


El 25 de Mayo de 1915 se inaugura un busto en la misma Granja, del que fue su Director e impulsor, el Ingeniero Agrónomo D. Manuel Rodríguez Ayuso. 
En esa época se crearon las Granjas de Almudevar y el Centro Agronómico de Ejea de los Caballeros, dependiendo de nuestra cercana Granja Agrícola.


Desde Miguel Servet partía hacia la Granja un camino de acceso situado prácticamente frente al posterior palacio de Larrinaga. Las fotografías antiguas permiten identificar la casa de Larrinaga desde los campos de experimentación. En aquel camino o avenida con un buen número de árboles de morera a donde íbamos los chicos del barrio a coger hojas en primavera para nuestras cajas de gusanos de seda, desapareció y en el año 2004 se talaron las últimas cinco moreras que estaban en la calle José Galiay, centenarias todas ellas, y que supuso un buen cabreo de los vecinos de la zona. Eran árboles de 9 metros de altura y con una copa de 13 por 16 metros, es decir, árboles históricos que molestaban para hacer edificios caros.

El recinto era considerablemente mayor que el actual parque de La Granja. Sus terrenos se corresponden, aproximadamente, con el Parque de la Granja, el Centro Deportivo Municipal de la Granja, parte del entorno del Pabellón Príncipe Felipe, varias zonas de edificios y viviendas privadas y distintos equipamientos educativos y deportivos levantados después de la desaparición de la institución. El monumento a Rodríguez Ayuso se encontraba concretamente en el espacio ocupado hoy por el polideportivo.

Félix Navarro concibió una auténtica Granja-Escuela, no una simple casa de labor. El conjunto debía permitir enseñar mediante la práctica, con el uso en la Granja de campos de ensayo, dependencias docentes, alojamientos, laboratorios, talleres y edificios ganaderos. La documentación municipal describe el proyecto de 1883 como una apuesta por la capacitación de jóvenes agricultores, basada en la combinación de conocimientos teóricos y trabajo directo.

En su etapa de más actividad, la Granja llegó a disponer de pabellones administrativos y docentes, vivienda del director y alojamientos, laboratorios químicos, su propia biblioteca, un buen observatorio meteorológico, bodega y dependencias enológicas, cuadras, establos y porquerizas, almacenes y cobertizos para maquinaria, zona amplia de semilleros y viveros, unas parcelas experimentales, su propias instalaciones para aves y ganado y en los caminos interiores una hermosa zona de paseos arbolados. No todas estas dependencias pertenecían necesariamente al proyecto inicial de 1883; muchas fueron incorporadas conforme crecieron las competencias de la institución.

No queda claro para mi quien fue el primer Director. Una publicación conservada por el CITA señala a Antonio Berbegal y Celestino en 1881, durante la etapa inicial de organización. Otras investigaciones lo denominan director provisional. Berbegal era una figura ligada a la jardinería, las arboledas y la administración municipal zaragozana. La historiografía agronómica y el Ayuntamiento consideran generalmente a Julio Otero López-Páez el primer director técnico efectivo de la Granja. Un estudio de la Institución Fernando el Católico fija su dirección entre 1882 y 1894, mientras otro trabajo amplía su presencia hasta 1902.

La explicación más probable es que Berbegal interviniera en la organización provisional, la finca y las plantaciones iniciales, mientras que Otero asumió la dirección agronómica una vez constituido el centro. Parece ser que Julio Otero López-Páez fue quien estableció las primeras grandes líneas de investigación, aumentando y racionalizando el uso de fertilizantes, modificandoprácticas tradicionales de cultivo, y trabajando en localizar variedades vegetales más productivas y adecuadas al medio aragonés. Bajo su dirección comenzaron los ensayos sistemáticos, los análisis de tierras y abonos, el estudio del viñedo, la introducción de maquinaria y las experiencias con remolacha azucarera.

Pero Manuel Rodríguez Ayuso fue la figura más conocida y decisiva de la etapa de consolidación. El Ayuntamiento sitúa su dirección entre 1891 y 1908, aunque algunas publicaciones distinguen entre su incorporación como ingeniero, su participación en los trabajos y su dirección efectiva, que comenzaría algunos años después. Rodríguez Ayuso destacó tanto por sus investigaciones como por su capacidad de divulgación. Publicó memorias, dio conferencias, asesoró a agricultores y empresarios y trató de convertir los resultados del campo experimental en actividades económicamente viables. Su trabajo fue tan valorado que en 1915 se inauguró en la propia Granja un monumento dedicado a él. Después de la desaparición del centro, el monumento fue trasladado y actualmente se encuentra en las instalaciones del CITA en Montañana.

El laboratorio de la Granja analizaba tierras, aguas y abonos, la composición de los suelos, la calidad de las aguas de riego, los estiércoles y fertilizantes minerales, los productos vegetales y el resultado tanto en materia vegetal como en mostos, vinos, vinagres y alcoholes. También prestaba servicios a particulares. Un agricultor podía enviar una muestra de tierra, un abono o un producto para determinar su composición o detectar adulteraciones.

Como el centro contaba con instrumental meteorológico, se registraban lluvias, temperaturas, heladas, vientos y otros fenómenos que influían en germinaciones, plagas y rendimientos en las zonas allí plantadas. La meteorología no era una actividad separada y servía para relacionar cada resultado agrícola con las condiciones ambientales en las que se había obtenido.

Uno de los primeros problemas que en esos tiempos tenía el campo aragonés era la escasa fertilización de las tierras de labor aragonesas. La ganadería no proporcionaba estiércol suficiente y los fertilizantes minerales eran prácticamente desconocidos para muchos agricultores. La Granja comparó, por ejemplo, los efectos del estiércol y los superfosfatos sobre la cebada. La desconfianza fue inicialmente considerable: algunos campesinos llamaban a los abonos minerales «los polvos embusteros de la Granja», creyendo que podían perjudicar los cultivos. Para combatir esa resistencia se hicieron demostraciones en parcelas y se publicaron memorias explicativas.

La investigación de Otero y Rodríguez Ayuso contribuyó a la creación, en 1899, de la Industrial Química de Zaragoza, dedicada a la fabricación de abonos minerales. Ambos técnicos formaron parte de su consejo de administración. Es un ejemplo de cómo la investigación pública de la Granja generó después una actividad industrial privada.

Debido al elevado coste de los fertilizantes minerales, se buscaban plantas capaces de enriquecer naturalmente el suelo. Una de las seleccionadas fue el trébol encarnado o trébol rojo, Trifolium incarnatum.

Los ensayos indicaron que aportaba nitrógeno y materia orgánica, podía enterrarse como abono verde, servía también como alimento del ganado, permitía alternarlo con el trigo y en las condiciones ensayadas, su efecto fertilizante sobre el trigo era muy superior al del estiércol. Además como forraje ofrecía rendimientos elevados respecto a la alfalfa. Rodríguez Ayuso publicó trabajos sobre esta planta en 1894, 1899 y 1906. El trébol tuvo gran importancia hasta la introducción y extensión de la veza en las primeras décadas del siglo XX.

Pero el trabajo histórico más trascendental de la Granja Experimental de Zaragoza fue la adaptación de la remolacha azucarera a los regadíos del valle del Ebro. Los métodos europeos no funcionaban bien en Zaragoza. La siembra directa o a voleo encontraba varias dificultades, los suelos arcillosos formaban una costra después del riego y el viento perjudicaba la germinación, además de que determinadas plagas destruían las plantas jóvenes y el nacimiento de las semillas era irregular.

Después de numerosos ensayos, la Granja desarrolló un método basado en germinar primero las plantas en semilleros y trasplantarlas posteriormente al terreno definitivo. Esto permitía seleccionar las plantas más fuertes y evitar parte de las pérdidas iniciales.

La Granja no se limitó a demostrar que la remolacha crecía. Sus ingenieros calcularon rendimientos, estudiaron el contenido de azúcar, de la planta, aconsejaron variedades y fertilización, enseñaron el cultivo a los agricultores y garantizaron a los inversores que podía obtenerse materia prima suficiente, animaron a empresarios a crear fábricas azucareras en todo el Valle del Ebro.

En 1894 se instaló La Azucarera de Aragón, considerada la primera gran fábrica regional vinculada directamente a estos ensayos. La nueva industria transformó los regadíos, creó empleo industrial y estimuló talleres mecánicos, transporte y producción de fertilizantes. Es importante precisar que esto ocurrió antes de la pérdida de Cuba en 1898. La crisis colonial aceleró posteriormente la industria remolachera española, pero no fue este conflicto el origen de los experimentos zaragozanos, que ya estaban plenamente desarrollados en 1892 y habían dado lugar a una fábrica en 1894. Antes de la Guerra de Cuba y de perder la remolacha de esta zona de España en aquellos años.

Antes de crearse la Granja Experimental ya existía en Zaragoza una Estación Vitícola creada dentro del programa nacional contra la filoxera. En 1883 había elaborado 44 tipos o clases de vino empleando distintas uvas regionales, con el propósito de analizar sus cualidades y determinar las mezclas más convenientes. El centro mantenía un vivero de cepas americanas resistentes a la filoxera y distribuía material a los viticultores.

También estudió la composición de mostos y vinos, la mezclas de uvas para tener más seguridad y mejor cosecha, la fabricación de vinagre y alcohol, pero además estudió con gran determinación las posibles enfermedades de la vid, la aplicación de sales de cobre contra el mildiu, y el uso de arados profundos para reconstruir viñedos atacados por la filoxera.

En los campos aragoneses y por indicación de esta Granja Experimental, se comparaban variedades y sistemas de rotación. Entre las especies ensayadas estuvieron el trigo y otros cereales, el maíz y la remolacha, la alfalfa, el trébol rojo y la veza, nuevos tipos de árboles frutales, nuevas variedades de plantas de huerta, la planta del tabaco, nuevas plantas forrajeras y sin duda distintas variedades de vid.

Y a su vez, hay que recordar la importancia en la lucha e información de las plagas de la langosta, el pulgón y el chinche de los cereales aragoneses. 

En 1891, por encargo de la Dirección General de Agricultura, se probaron diversas variedades de tabaco. Las plantas podían desarrollarse en Zaragoza, pero necesitaban una fertilización demasiado costosa para alcanzar calidad comercial, por lo que la Granja desaconsejó su implantación. Este caso muestra algo importante. El centro no tenía solo como función principal el promocionar indiscriminadamente cualquier novedad, sino determinar también qué cultivos no eran rentables.

En 1903, después de estudiar diferentes rotaciones, se consideró especialmente favorable la sucesión de trébol rojo y trigo. El maíz por poner otro ejemplo no produjo en aquellas pruebas beneficios insuficientes y fue desaconsejado dentro de ese sistema concreto.

La Granja actuó como lugar de ensayo y demostración de máquinas que la mayoría de los agricultores aragoneses nunca había visto. Probó y difundió el arado Bravant, mazadas mecánicas tiradas por caballos, diversos tipos de rodillos y escarificadores, aporcadores y arados de desfonde o mecanismos accionados mediante malacates con aperos adaptados a los regadíos y al viñedo.

Los agricultores podían observar las máquinas trabajando y comparar su resultado con los métodos tradicionales que ellos ya utilizaban. El éxito del arado Bravant impulsó a la empresa zaragozana Simón y Lucia a fabricar modelos semejantes, hasta entonces importados.

La Granja también desarrolló un programa de mejora ganadera, especialmente del ganado lanar. Se realizaron cruces entre ovejas británicas Shropshire Down y razas españolas como la manchega y la rasa aragonesa, buscando animales mejor adaptados y con mayor rendimiento.

Y a su vez para lograr más rentabilidad ganadera, Rodríguez Ayuso estudió alimentos baratos procedentes de la agricultura y de la industria con los de pulpas sobrantes de las fábricas azucareras, los de sarmientos de vid, el trébol y otros forrajes, diversas mezclas para el engorde de ovejas. Publicó trabajos sobre las pulpas azucareras en 1896, los sarmientos como alimento en 1897 y ensayos de cebo en 1898. Estas investigaciones tenían además una lógica de aprovechamiento integral. Los residuos de la nueva industria azucarera podían convertirse en alimento ganadero.

La palabra Granja Escuela era literal en aquella Granja Experimental Agraria de Zaragoza. Además de investigar, debía preparar profesionalmente a jóvenes agricultores.

Las granjas experimentales formaban inicialmente a capataces agrícolas, y a su vez a encargados de explotaciones y a operarios especializados y, desde la reforma de 1894, determinados niveles de peritaje agrícola. La enseñanza se desarrollaba en las aulas, los laboratorios, las cuadras y las parcelas. Los alumnos aprendían a sembrar, injertar, podar, manejar maquinaria, alimentar ganado, tomar datos y reconocer enfermedades.

La divulgación llegaba también a los agricultores adultos y veteranos mediante cursos gratuitos, conferencias, consultas particulares que atendían a los interesados con análisis solicitados por ellos, demostraciones de maquinaria, memorias impresas y distribución de semillas, plantas y estacas que muchas veces se hacían tras las visitas organizadas. Era una forma temprana de lo que más tarde se llamaría extensión agraria. Poder llevar los conocimientos científicos fuera del laboratorio y ponerlos a disposición del agricultor.

La Granja fue también uno de los elementos que transformaron el paisaje rural de Montemolín. Junto con el Matadero, la estación de Cappa-Utrillas, las cocheras de tranvías y las primeras industrias, atrajo trabajadores, estudiantes, técnicos y servicios. La apertura de la línea de tranvía del Bajo Aragón en 1885 facilitó el acceso a aquella periferia. El antiguo camino del Bajo Aragón terminó convirtiéndose en Miguel Servet y el conjunto de grandes equipamientos fue impulsando el nacimiento de núcleos obreros y residenciales.

Por ello, es históricamente correcto situar la Granja en Montemolín, aunque el actual Parque de la Granja se encuentre administrativamente dentro del distrito de San José. La configuración contemporánea de San José y Las Fuentes dividió un espacio que durante el siglo XIX y buena parte del XX era reconocido como término o barrio de Montemolín.

Durante la Guerra Civil los terrenos y edificios fueron utilizados con finalidades militares y logísticas. La proximidad del palacio de Larrinaga y de la carretera de salida hacia los frentes de Aragón y Levante hizo del entorno una zona de aprovisionamiento e intendencia. Ya parecía que no era tan importante el campo como matarnos entre vecinos.

Después de la guerra hubo algunas actividades agrarias, pero la institución histórica fue perdiendo progresivamente sus funciones. La investigación pública fue trasladándose a otros centros y fincas, especialmente al entorno de Aula Dei y Montañana. La línea institucional continuó, con diferentes reorganizaciones, hasta llegar al actual modelo, el CITA. 



La Granja tenía todavía 60.000 m2 en los años 60,  y en el plan general de 1968 pasa de ser zona verde, a zona de servicios, diseñándose en ella lo que hoy es el pabellón Príncipe Felipe, el parque de La Granja, las piscinas de su mismo nombre, y todas las nuevas urbanizaciones que recientemente se están construyendo en la prolongación de Cesáreo Alierta. 


Los edificios permanecieron durante años parcialmente abandonados. En fotografías de 1977 todavía aparecían los dos pabellones principales, los establos y los restos del cobertizo de maquinaria, y su propia estación de trenes que enseguida desapareció. El vecindario reclamaba entonces el antiguo polígono de la Granja para colegios, instalaciones deportivas y espacios públicos. Finalmente fueron derribados prácticamente todos los edificios y el terreno se transformó en el actual conjunto de parques, colegios y equipamientos. El nombre La Granja sobrevivió en el parque, el polideportivo, el sector urbano y la memoria popular.

La Granja Agrícola merece ser considerada una de las instituciones decisivas de la modernización económica de Zaragoza entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sus resultados no quedaron encerrados en una finca experimental pues la remolacha impulsó la industria azucarera, los estudios de fertilización favorecieron la industria química o la experimentación mecánica estimuló la fabricación local de aperos. Además, las investigaciones forrajeras conectaron agricultura y ganadería, los análisis enológicos mejoraron el vino en todo Aragón, la formación difundió conocimientos entre agricultores, ganaderos y técnicos, sin olvidarnos de que su presencia allí contribuyó a estructurar el futuro barrio de Montemolín-San José.

Hay un detalle que no he podido comprobar para asegurarlo. La proximidad entre la antigua Granja Agrícola Experimental y la actual Facultad de Veterinaria en Zaragoza a poca distancia entre ambas instituciones formativas en el barrio dentro del barrio de Montemolín, no parece casual desde el punto de vista territorial. Ambas instituciones necesitaban terrenos amplios, periféricos y vinculados al medio agrícola y ganadero, por lo que encontraron en Montemolín y el camino del Bajo Aragón un emplazamiento adecuado. ¿Tuvo algo que ver que estuviera cerca la Granja, para montar allí la Facultad de Veterinaria? Pues parece que directamente no.

Pero la presencia previa de la Granja pudo reforzar el carácter agropecuario y científico de aquella zona, aunque no he localizado documentación que demuestre que fuera la causa directa de la elección de los terrenos de la Facultad de Veterinaria tan cerca de la Granja. La Veterinaria se instaló en el año 1951 en una propiedad distinta y desarrolló posteriormente sus propias granjas e instalaciones experimentales. En los años setenta del siglo XX se levantaron los edificios de Clínicas y Zootecnia y las primeras instalaciones ganaderas en la parte posterior del campus. Pudo existir una influencia indirecta, pero nada más, pues por aquellos años la Granja Agrícola ya estaba en horas bajas.

Julio Puente



Y con Calatayud… ¿qué nos pasa a los aragoneses?


Categoría en la que entra su población y funcionarios destinados yendo y viniendo por la autovía, pero que feliz San Roque to the bilbilitans…


Sabía que entre mis queridos amigos, por su capacidad de crítica y trayectoria viviendo en el mundo rural, mi loa a la Fundación Santa María de Albarracín escocería. Parece que no sea propio o se espere de un aragonesista de izquierdas reconocer gestiones de administraciones conservadoras.

No es mi caso, así como he sido crítico con Motorland, aprecio y disfruto de las iniciativas del PAR seguidas a veces desde el Gobierno de Aragón por la CHA, no me parece extraña la dupla, que han garantizado un sector inaudito espacial y aéreo en Teruel, han consolidado con todos los partidos aragoneses los festivales musicales de verano, han potenciado Caspe o Mequinenza como puertos pesqueros en aguas dulces de relevancia universal y el éxito de participación del Monegros Desert o del Festival de Música Antigua de Daroca.

Bien, pero la fundación turolense es patrimonial, pone en recurso un valor permanente, garantiza visitas todo el año. Y qué sucede con otras comarcas con un patrimonio asimismo relevante.

Porque Tarazona tiene una impecable gestión propia patrimonial pero no pudo consolidar su Casa del Traductor de origen medieval, tiene pendiente de compilar y poner en valor su impresionante patrimonio musical, organiza el Festival de Cine Martínez Soria justo antes del Cipotegato o no cuenta un programa propio para una de entre las tres juderías mejores de España (con Tudela y Toledo, el factor T).

Porque los alimentos del Maestrazgo especiales del altura y el queso de Tronchón pues sí pero poco; porque lo goyesco bien, pero disperso y poco unificado un programa de difusión; dado que Daroca o Fonz, qué villa, languidecen en invierno por falta de programación y hasta Borja, Graus y el patrimonio ribagorzano, y Andorra tosen.

El patrimonio industrial de Sabiñánigo vivo, la tradición atlética montisonense, el museo minero de Escucha que atrae poco personal o el aceite de Belchite no arrojan un input suficiente en sus villas o ciudades, no son integrales, son brillantes pinceladas parciales, brochazos impresionistas como los de Goya.

Aragón es de brocha gorda hasta en Zaragoza, la muy heroica, benéfica y siempre levantada con obras, como la Urbs Victrix Osca –el campamento universitario y culto de Suetonio- nunca ha conseguido ganar ni su propio paisaje, ser la indiscutible puerta del Pirineo (allí le demarró con justicia mi Sabi). Le queda muchísimo para aspirar a ser la Girona de Aragón.

Después están los que llamo territorios Aragón-Parker, a ellos sí puede pertenecer Calatayud y su comarca, en ellos están ya Veruela y Almonacid de la Cuba, como de él huye el gran productor de litros del Somontano y se quieren escapan de la maldición las bodegas de pago de Épila y de Muel

Son los territorios ocupados con bosques de viña que atrapan CO2 y nadie se plantea que tampoco se queman, las comarcas que vertebra el sector del vino que pueden estar bendecidas por la cultura de la enología y enoturismo en directa proporción a que sus vinos más raros de más de 90parker, en la escala de Richter, no los podamos comprar, pasen de 50 euros, pero nos visiten canadienses.

¿Pero qué pasa con Calatayud que es todo y nada al mismo tiempo?


Ese cuartel, sede universitaria y parada de AVE, cuarta ciudad aragonesa en la Ruta del Cid. Qué dentadura ve el visitante europeo y americano atraído por sus cavas premiados y tintos raros de pizarra cuando se da una vuelta por su casco viejo.

Lo que ve, habiendo tenido alcaldes muy capaces, es que Aragón no ha cuidado la patria del chocolate europeo sino con cuentagotas, ha dejado todo a la iniciativa privada cuando la no quedan barones de Wersage, su sector vinícola extraordinario no apellida a la comarca, el yacimiento de Bílbilis no ha sido potenciado como clave en términos aragoneses y su extraordinario patrimonio mudéjar, más relevante que el de Albarracín y comparable al de Teruel, se diluye salvo excepciones en la denominación del Patrimonio de la Humanidad, pues le penaliza que haya iglesias en Zaragoza y capital del sur de la misma familia.

No ha habido un proyecto ni fundación como la de Albarracín, como tampoco funcionó la parida en Uncastillo para aprovechar el románico, pues no podía competir en potencia con el Museo Diocesano y la catedral de Jaca. Ni ellos mismos son el primer motivo, como todos sabemos, para consolidar visitantes en Jacetania como tampoco el origen de la primera capital de Aragón: la puerta de Aquitania por el Camino de Santiago.

Sí, Albarracín ha ido a la competición cultural dopada, es una ciudad de bótox y ácido hialurónico monumentales, ya aplicados como en Toledo o Segovia por el ministerio de Fomento de Fraga Iribarne (Spain is different, versión decorado de Ben Hur). Es prima hermana de la “gloriosa” reconstrucción de Teruel por el organismo “Regiones Devastadas” por la administración franquista cuyos hijos son parte de los actuales patronos.

Es como llamar a los nuevos pueblos creados en los regadíos de los desiertos, como promovidos por un “Instituto de colonización”. Quiénes fueron colonizados: ¿los fardachos?, ¿los pastores trashumantes que los comían como mi abuelo?, ¿la expropiada en avenencia y acuerdo a parte Duquesa de Villahermosa?

Día que pasa, día que languidece y avanza la ruina en la otrora nobilísima calle Dato de Calatayud. Si queréis saber lo que fue en potencia, comparadla con la Calle Echegaray de Jaca, la subida a la plaza del Mercado de Huesca aunque tampoco le desearíamos el destino de la calle Visconti de Tarazona, de los cascos históricos de Borja, Fraga y Monzón.

Llamada urgente para todo Aragón: ¿Qué hacemos con la gloriosa y desconocida Calatayud en la que nunca paráis cuando vais a la T4 para salir hacia Túnez, Acre o Malta que solamente pueden empatar con ella, cuando no tienen patrimonio menos interesante?

31.07 Luis Iribarren