21.5.26

Las pinturas de Sijena. Unos colores perdidos


La Sala Capitular del Monasterio de María de Sijena en Huesca la perdimos en 1936 por un incendio provocado entre los días 
30 de julio y el 3 de agosto de 1936. Quedaron aproximadamente la mitad de las pinturas sin quemar del todo, pero terriblemente dañadas por las temperaturas y el humo, y los colores se perdieron para siempre.

Era una sala y unos pinturas únicas en España, similares a las que se pueden contemplar en algunos monasterios de ortodoxos de Rumania. En ese siglo XII la esposa del rey Alfonso II de Aragón mandó construir este monasterio único.

Hoy y mientras no lleguen de vuelta a su monasterio original, aunque se pueden contemplar en Barcelona, sabemos todos que son los restos, los esqueletos de aquellas obras de arte. Lo que se 
pudo salvar, que fue mucho pero no suficiente.

El incendio fue provocado por personas ajenas a la zona, posiblemente llegadas desde Cataluña pues en aquellas fechas eran numerosas las milicias que venían desde esa zona de España a defender estos territorios de los avances de las tropas nacionales, consecuencia del clima revolucionario y anticlerical de los primeros días de guerra.

Probablemente ejecutado por milicias armadas republicanas y anarquistas, en un contexto caótico, con autorías concretas todavía parcialmente discutidas. Y admitiendo además que aunque la mayoría de los habitantes de la zona estaban en contra de cualquier ataque al Monasterio, hay también datos que avanzan que no todos opinaban lo mismo sobre salvar o destrozar el edificio religioso.

Las monjas habían huido ante el clima de terror de la zona y de algunos vecinos, y los que entraron no solo quemaron el monasterio, sino que antes lo saquearon, destruyeron los archivos y diversos elementos artísticos y el mobiliario antiguo que había, dejando el monasterio sin techo y a la intemperie 
por el incendio, para que las lluvias terminaran de destrozar todo. Entre lo perdido estuvo la extraordinaria techumbre mudéjar de madera

Al fuego y destrucción con saqueo le acompañó el inevitable desmontaje desde las paredes medio destruidas, de unas obras en las que en los años 40 no se podían tratar como ahora, casi un siglo después. Había que intentar salvar "algo" de aquel desastre.

Las pinturas murales de la Sala Capitular del Monasterio de Sijena fueron arrancadas entre agosto y septiembre de 1936, pocas semanas después del incendio del monasterio ocurrido al inicio de la Guerra Civil española.

La operación fue dirigida principalmente por el historiador y restaurador catalán Josep Gudiol Ricart, junto con técnicos vinculados a la Junta de Museos de Barcelona y a los servicios de protección artística de la Generalitat republicana. el motivo principal de la urgencia era que había quedado abiertas y al aire, sin techos y sin protección.


Se empleó la técnica del “strappo” y en parte también la del “stacco”, métodos habituales en conservación mural del siglo XX, que consistían básicamente en adherir telas y colas sobre la superficie pintada, separar la capa pictórica del muro, enrollarla y transportarla, para después montarla sobre nuevos soportes. Eso supone perder muchos trozos pequeños y sobre todo, los parcialmente dañados.

Era una técnica muy agresiva en la que seguramente se perdió también una parte de las obras, pero en aquella época se consideraba un procedimiento legítimo de salvamento de emergencia. España estaba en guerra.

Y se sumaron con posterioridad algunas restauraciones hechas sin los adelantos actuales en cuanto a técnicas o instrumentos y productos modernos, para salvar todo lo necesario.

A mediados del siglo XIX, Valentín Carderera hizo un cuadro con la imagen de esa sala capitular que podemos ver abajo. Y en el año 1918 los alumnos del arquitecto modernista Lluís Domènech i Montaner hicieron unos dibujos al natural de la sala, de escena que se veían en ella. Uno de esos dibujos es el que abre este texto. Lleno del color original. Hoy desaparecido.

El diario El País nos lo ha recordado estos dibujos en esta semana. Y nos habla de que siendo similares a las pinturas europeas de la época, estas llevan un relieve en las expresiones que no tienen muchas de las imágenes ortodoxas. No quedan las pinturas de las paredes, solo parte de los techos, 

Y a partir de esta realidad actual, tienen que surgir muchas preguntas tanto sobre Sijena como sobre el Arte ya desaparecido. ¿Podemos hacer algo más, con las técnicas que tenemos hoy en día, ante cualquier obra de Arte que no se debe perder nunca?

Julio Puente



La acequia de las Adulas, en Zaragoza


Ya he hablado en alguna ocasión de la acequia de Las Adulas de la Huerva. Y puede ser el momento para adentrarnos un poco más en su historia que llega hasta nuestros días. Es verdad que no es una acequia muy ben estudiada. La acequia de Las Adulas —también citada en ocasiones como “Abdulas”, "Adolas" e incluso vinculada posteriormente con la acequia de San José— es una de las infraestructuras hidráulicas históricas menos estudiadas y, precisamente por eso, una de las más interesantes del sistema tradicional de riegos del río Huerva en Zaragoza

La acequia de Las Adulas de la Huerva es un canal muy posiblemente de construcción árabe, que partiendo desde un azud que se realizó al río por la zona de Casablanca hacia Cuarte de Huerva (junto a la actual urbanización de Las Abdulas de donde recoge el nombre), viene cruzando todo el sur de la ciudad, por el recorrido actual del camino de Las Torres hasta la zona de Montemolín y Las Fuentes, pasando desde el cruce actual del cruce histórico de San José con Miguel Servet pasando por detrás del edificio del Matadero, a volver otra vez al Huerva ya cerca de su desembocadura junto al Ebro. 

La acequia de Las Adulas pertenece al antiguo sistema de riegos del bajo Huerva, anterior incluso al Canal Imperial.

Por su recorrido surgían en un principio y poco a poco, las torres como edificios agrícolas que se amplían hasta convertirse en residencias al menos de épocas de tiempos de cosecha, y que configuran un crecimiento de la ciudad hacia el Sur, dando nacimiento a una población en principio escasa por estas zonas pero que se va asentando de manera más sedentaria cada siglo que pasa. Por eso a toda esa zona y la avenida que circula junto a la acequia se le llama desde hace muchos años Camino de las Torres.

Como hemos comentado toma su nombre del árabe AD-DAWR, (Adula = Periodo de turno) es decir, si atendemos a su nombre, sería una acequia para regar las zonas por las que discurre, dando turnos a los propietarios de las tierras a través de alguna junta árabe de regantes, que ordenaría su utilización.

Algunos de los actuales habitantes de Zaragoza es muy posible que recuerden dicha acequia discurriendo por el centro del actual Camino de Las Torres, entonces un camino de tierra sobre el que se veía crecer poco a poco en los años 60 del siglo XX, como se cambiaban sus campos de huerta e higueras por edificios altos que convivían con la acequia, algunos de ellos todavía existiendo hoy.

Y recordarán algunos vecinos de la zona desde sus atalayas actuales como se modificaba toda aquella extensa zona, rodeada de campos de labor mezclado poco a poco con casi rascacielos que nacían en una ordenación urbana que casi nadie entendía. Y es posible incluso que recuerden algunas de las primeras fuentes de beber agua que se colocaron en dicho camino de tierra muy transitado, y que servía para aliviar necesidades y para juego de los chavales del cercano colegio de los Padres Agustinos.

Esta importante acequia en un estado más primitivo, pudo haber sido iniciada por los romanos, e incluso es posible que su primera utilización partiera de los celtíberos, que ya empezaron a trabajar y dominar las aguas para su provecho, si bien fueron los árabes quienes la mimaron y cuidaron llenándola de caudal para mantenerla hasta nuestros días tal y como hicieron con otras acequias de la ciudad como las de la Almozara, la Romareda y muchas otras que rodeaban nuestra ciudad para sacar de sus tierras los alimentos que el bronco Ebro no siempre dejaba.

Es curioso como nombres que hoy se mantienen en nuestro callejero deben su etimología a épocas tan remotas; como estructuras de la ciudad moderna, deben su nombre y sin saberlo a decisiones de hace miles de años. La red de acequias configura caminos, estos calles y parcelas, y por ende barrios enteros y crecimientos en diferentes momentos de la historia que se siguen manteniendo en los siglos.

Muy posiblemente esta acequia de Las Adulas sería durante siglos la acequia más importante de la orilla derecha del río Huerva.

Debemos tener en cuenta siempre que Las Fuentes y Montemolín son tierras rodeadas de agua. Si por el principio de Montemolín barrio es el Huerva el que nos da entrada y salida desde la ciudad, y el que nos ha marcado bastante nuestra historia y nuestro desarrollo, el Ebro nos envuelve, primero por nuestra izquierda según bajamos, bordeando todo el barrio de Las Fuentes, para después terminar arrimándose a nosotros, cuando al acabar Miraflores empiezan las zonas industriales de la carretera de Castellón, cerca del puente de La Media Legua. Tenemos al Ebro rodeando Zaragoza por el sudeste, mucho más cerca de lo que nos pensamos a veces.

Pero además por la derecha, siempre bajando por Montemolín, mirando hacia nuestro vecino Torrero al que dejamos a la derecha, tenemos el Canal Imperial de Aragón, que en su zona de las esclusas de Valderrugiana, también bordea Miraflores y está cerca del final de la zona del actual Palacio de Deportes del Principe Felipe.

Es pues el sureste de Zaragoa una tierra o zona rica en humedad, y por consiguiente próspera en productos agrícolas. Pero además al ser zona bordeada de aguas naturales o canales, fue zona proclive a desbordamientos, a aguas incontroladas o a ser un poco zona de difícil crecimiento urbano.

El río Huerva (La Huerva), corta la ciudad actual casi sin sentirlos los vecinos, pero formó una defensa natural, una muralla no solo de agua sino también de altura, que separaba las afueras del centro de la ciudad. Si nos fijamos bien y sobre el terreno, veremos que la orilla izquierda del Huerva, la más cercana a la ciudad antigua es más alta que la otra, lo que posibilita utilizar al Huerva como una defensa natural, tanto que, como luego veremos, tuvo que ser Napoleón quien supiera vencer y entender dicha muralla natural para nuestra desgracia.

Por eso las riadas y desbordes del Huerva a su paso por la ciudad de Zaragoza, siempre se iban hacia Las Fuentes y Montemolín o San José, y nunca hacia el centro de la ciudad.

Si a eso le añadimos no solo la gran acequia de Las Adulas, sino también los numerosos ramales que partían de ella o de otras acequias secundarias, formando una auténtica malla de agua, que organizaba a su lado caminos que hoy conocemos como calles perfectamente asfaltadas, podemos asegurar que desde antes del siglo XIX ya existía nuestra actual configuración de calles a través de acequias o riegos que dividían campos y propiedades.

Los mismos caminos y divisiones de terrenos que después al vender estos campos de labor, formaron las separaciones de las calles actuales. Toda esta zona de Zaragoza, según veremos más adelante, está en un principio formado por un número bajo de grandes extensiones de terreno en forma de Torres, que se van vendiendo y disgregando, pero manteniendo sus perfiles, sus separaciones.

La zona final de Montemolín, de la zona también llamada de El Plano, eran de muy antiguo unas zonas que el hombre no dominaba para su cultivo, un conjunto informe incluso de selvas umbrosas, un soto de ribera en la zona de Las Fuentes como todavía nos queda de recuerdo el soto de Cantalobos, de terrenos embalsados, de cañizos en las veras de los caminos que nadie cortaba y se hacían altísimos, de boscajes de matorrales y de sendas que a veces se mezclaban sin parecer llevar a ninguna parte, regateando los pequeños montículos, dentro de una gran espesura de arbustos o de árboles gigantescos pues nadie cuidaba ni cortaba.

Era peligroso caminar, y muy fácil perderse por aquellos vericuetos caminos. Estamos hablando hasta el siglo XVII, y se accedía a esa zona de la ciudad desde la Puerta Quemada, cruzando La Huerva, buscando el camino que ya existía del Bajo Aragón. Un ejemplo de cómo sería aquella zona la tendríamos ahora en la configuración menos cercana al agua del Ebro en el Soto de Cantalobos que antes he nombrado.

Porque normalmente hoy se recuerda más acequias como Romareda, Ontonar, Plano, Ojo de Gallo, etc. Pero Las Adulas era acequia madre de la que derivaban varias acequias menores para muchos términos de toda esta zona. Tras la construcción del Canal Imperial de Aragón, Las Adulas pasó a alimentarse o depender parcialmente de él, pues el Canal reorganizó todo el sistema hidráulico de Zaragoza, para agua de boca y para riego. Eso supuso también que una vez con más cantidad de agua, se dividiera en tres zonas de reparto del líquido tan valioso. el de San José, el de Miraflores y el de El Plano.

Era también una acequia que pasaba junto al Penal y/o Convento de San José en la zona de la calle Alperche. Los conventos tenían grandes huertos, muchas personas que necesitaban agua de boca, ellos mismos organizaban labores de limpieza de las cequias y del reparto de la vez, organizaban las servidumbres y los pleitos por los turnos de riego.

En estos momentos la acequia de Las Adulas creo que ya no es posible verla en ningún tramo de la ciudad de Zaragoza. Hasta no hace mucho todavía se podía ver al final de la calle Rusiñol.