6.8.26

La Nueva Romareda: una gran obra frente a muchas necesidades pendientes


La Nueva Romareda lleva tantos años formando parte del debate político y ciudadano que, sinceramente, creo que ya hemos perdido la cuenta. Han pasado proyectos que nunca llegaron a ver la luz, propuestas que acabaron guardadas en un cajón y debates sobre si lo mejor era remodelar el estadio existente, mantenerlo en el mismo emplazamiento o construir uno completamente nuevo en otra ubicación. También han cambiado los gobiernos municipales, las mayorías políticas, la propiedad y la gestión del propio Real Zaragoza. Han pasado los años, las promesas y las ilusiones, mientras la solución definitiva parecía no llegar nunca.

Por eso, cuando finalmente comenzaron las obras, pensé, como muchos zaragozanos, que por fin se había encontrado el camino definitivo. Sin embargo, también recuerdo que se nos trasladó la idea de que sería un proyecto que prácticamente no costaría dinero a los ciudadanos. Aquella afirmación sonaba demasiado bien para ser verdad.

Es cierto que aquellas palabras tenían entonces cierto sentido. Se esperaba que los nuevos inversores vinculados al Real Zaragoza participaran económicamente en el proyecto y que esa aportación privada redujera considerablemente el esfuerzo de las administraciones. Sin embargo, por los motivos ya conocidos, aquella inversión no llegó a materializarse en los términos esperados y, con el paso del tiempo, el peso económico de la operación ha recaído en buena medida sobre las instituciones públicas.

Desde entonces, la propiedad del club también ha vuelto a experimentar cambios con la incorporación de un nuevo accionista mayoritario. Es decir, mientras la construcción del estadio continúa avanzando, la estructura accionarial y la gestión del principal equipo que debe utilizarlo tampoco han permanecido estables.

Hoy me encuentro con una realidad muy distinta de la que se dibujó inicialmente. El presupuesto ha ido creciendo, las cifras han cambiado con el paso del tiempo y el proyecto continúa generando debate.

A todo ello se ha sumado recientemente la noticia de que una de las gradas ya construidas ha tenido que demolerse parcialmente y volver a ejecutarse tras detectarse problemas en el forjado. Aunque los responsables de la obra y los responsables municipales han explicado que la incidencia fue detectada por los controles de calidad, que no existía riesgo para las personas y que no afectará a los plazos previstos ni supondrá un sobrecoste para las arcas públicas, es inevitable que una noticia así despierte inquietud.

Especialmente cuando muchos ciudadanos recuerdan que, en los primeros planteamientos del proyecto, se transmitió la idea de que la construcción de la Nueva Romareda prácticamente no tendría coste para las arcas municipales, al margen de la inversión necesaria que hizo falta para levantar el estadio modular provisional. La evolución posterior del proyecto ha sido muy distinta, y eso explica que cada nueva incidencia sea observada con especial atención por la ciudadanía.

No es momento de hacer suposiciones ni de generar alarmismo. Precisamente para eso existen los controles de calidad, que han permitido detectar la incidencia antes de que la obra estuviera terminada. Y eso, sin duda, es una buena noticia.

Pero esta situación también pone de manifiesto la enorme responsabilidad que conlleva construir una infraestructura destinada a albergar a decenas de miles de personas en partidos de fútbol, conciertos y otros acontecimientos multitudinarios. Por eso considero que cualquier duda, por pequeña que sea, debe revisarse con el máximo rigor y transparencia. Cuando se trata de la seguridad de las personas, no caben atajos ni prisas; toda precaución es poca.

Y, por si fuera poco, el equipo que está llamado a estrenar el nuevo estadio afrontará esta temporada lejos del fútbol profesional. Confío en que esta situación sea únicamente un paréntesis y que el Real Zaragoza regrese cuanto antes al lugar que merece por historia, por afición y por sentimiento.

Quiero insistir en algo: esto no es una crítica contra el Real Zaragoza ni contra su afición. Lo dice alguien que fue abonado durante una temporada casi por azar, que ha asistido a algún partido que otro, que durante años siguió al equipo cada domingo desde el bar, como tantos zaragozanos, y que incluso ha acudido, durante esta última y desastrosa temporada, invitado por un amigo, a un partido disputado en el estadio modular provisional, al que algunos, con más ironía que mala intención, ya han bautizado como «IberChapa».

Precisamente porque sé lo que representa el club para Zaragoza, deseo que recupere cuanto antes el lugar que merece. Pero una cosa es el sentimiento deportivo y otra la obligación de reflexionar, como ciudadano, sobre la utilización de los recursos públicos y sobre las prioridades que se establecen en una ciudad.

También deseo que las obras lleguen a buen puerto y que Zaragoza pueda contar con un estadio terminado a tiempo para el Mundial de 2030. Sería una magnífica noticia para la ciudad, para su economía, para su imagen internacional y para todos los aficionados al fútbol.

Pero quiero dejar claro que estas líneas tampoco pretenden cuestionar la construcción de la Nueva Romareda. Zaragoza necesita un estadio moderno y adaptado a los nuevos tiempos. Mi reflexión va por otro camino.

Me pregunto si una parte del enorme esfuerzo económico que está suponiendo esta infraestructura también podría haberse destinado a resolver necesidades que llevan demasiados años esperando.

Pienso, por ejemplo, en el barrio Jesús. Lo pongo como ejemplo porque conozco bien sus reivindicaciones. Sus vecinos llevan más de veinte años reclamando un equipamiento deportivo. Durante este tiempo ha habido anuncios, compromisos, estudios e incluso partidas que aparecían en alguna comisión municipal o durante la presentación de los presupuestos de Urbanismo. Sin embargo, la realidad es que ese equipamiento continúa siendo una asignatura pendiente.

Y quiero hacer también una precisión importante. No pretendo responsabilizar únicamente al actual gobierno municipal de la falta de equipamientos en determinados barrios. Esta es una carencia que se arrastra desde hace muchos años y que ha atravesado gobiernos municipales de distinto signo político. Precisamente por eso resulta todavía más difícil de entender que, después de tantas promesas, anuncios y cambios de responsables, algunas reivindicaciones vecinales continúen sin una respuesta definitiva.

Y, como el barrio Jesús, seguramente podríamos citar otros barrios de Zaragoza que esperan inversiones similares. Mientras una gran infraestructura concentra inversiones, titulares y atención institucional, hay barrios que continúan esperando un equipamiento deportivo, un centro polivalente o cualquier otro espacio público que responda a las necesidades reales de sus vecinos y permita desarrollar actividades deportivas, culturales, sociales y comunitarias en condiciones dignas.

Siempre he pensado que una ciudad no se mide únicamente por sus grandes proyectos. También se mide por la calidad de vida que ofrece a quienes la habitan cada día. Un gran estadio puede proyectar la imagen de Zaragoza al mundo, atraer acontecimientos internacionales y convertirse en un símbolo de la ciudad. Pero un equipamiento deportivo de barrio o un centro polivalente también transforman la vida de miles de personas, fomentan hábitos saludables, favorecen la convivencia, ofrecen oportunidades a los jóvenes y crean espacios de encuentro para vecinos de todas las edades.

No se trata de enfrentar la Nueva Romareda con los barrios. No se trata de elegir entre una cosa u otra. Se trata de encontrar un equilibrio. De ser capaces de impulsar proyectos emblemáticos sin olvidar esas actuaciones más modestas que quizá no ocupen portadas, pero que mejoran el día a día de los ciudadanos.

Y aquí aparece una última reflexión. Zaragoza ha querido proyectarse como capital del deporte, y esa aspiración me parece positiva. Pero ser capital del deporte no debería significar únicamente contar con un gran estadio, organizar acontecimientos importantes o disponer de instalaciones emblemáticas.

También debería significar que cualquier niño, joven, adulto o persona mayor pueda practicar deporte cerca de su casa y en unas condiciones dignas, viva en el barrio que viva. Porque una ciudad no demuestra su compromiso con el deporte solo en los grandes escenarios, sino también en sus pabellones, pistas, centros polivalentes y equipamientos de proximidad.

Quizá esa sea la verdadera medida de una capital del deporte: no solo lo que enseña al exterior, sino lo que ofrece cada día a sus propios vecinos.

No escribo estas líneas para cuestionar la Nueva Romareda. Al contrario, deseo que sea un éxito y que en 2030 Zaragoza pueda presumir de un estadio moderno, lleno de vida y preparado para acoger acontecimientos internacionales. Lo que reivindico es que ese mismo esfuerzo, esa misma capacidad de gestión y esa misma voluntad política lleguen también a los barrios.

Ojalá dentro de unos años podamos sentirnos orgullosos no solo de una Nueva Romareda que haya cumplido todas las expectativas, sino también de una Zaragoza que haya sabido avanzar de forma equilibrada, haciendo compatibles los grandes proyectos con aquellas actuaciones menos visibles que realmente cambian la vida de las personas.

Porque una ciudad verdaderamente moderna no solo se reconoce por sus grandes obras, sino por su capacidad para mejorar el día a día de todos sus vecinos, vivan donde vivan.

Carlos Masa Bescós

La Expo 2008 desaparecida


Este mural, titulado "Mosaico de Ciudades de Agua", fue creado por el grupo de arte digital Eboy para la Expo 2008 en Zaragoza. Ya no existe.

Incluso ya no hay casi, ni imágenes de esta obra de arte que se puedan encontrar con facilidad en Internet.

Tenía (creo) tres caras, yo solo dispongo de una imagen de esta cara de la obra. Si alguien dispone de las otras caras, encantado de recibirlas para poderlas publicar.

La obra destaca por su estilo pixel art isométrico, representando una escena urbana colorida y detallada que evocaba el mundo digital.

Con el Arte en la Expo 2008 de Zaragoza, fuimos unos imbéciles.