11.6.26

El imperio de los Sentidos Aragoneses: El verano


Para Mauricio Wiesenthal, que no sabemos si es sobrino del cazador de nazis de Viena, pero que goza de esa capacidad al alcance de tan pocos de mejorarte un día de hospital y llevarte con él, zarpar en su barco y ver el mundo con sus sentidos.


Recientemente leí todo lo que cayó en mi mano, ampré (pedir prestau, lo que me prohibió yayo para comprar el primer coche) o merqué del cronista viajero, de costumbres y especializado en glosar la época de oro del Transiberiano: el barcelonés y gran escritor, escaso en España en su género y tributario de Josep Pla, Mauricio Wiesenthal.

Recomiendo especialmente la lectura de las obras editadas por la editorial Acantilado de este catalán old style, salido del magma de las familias que podían contratar un crucero en los años 50. Y especialmente os hago la sugerencia para que la llevéis a efecto en momentos de duda, depresión, acoso laboral o de ingreso de un familiar en el hospital. De todos sus libros, solo me queda pendiente de leer la sugerente crónica autobiográfica de este envidiable personaje y además enólogo, titulada nada menos como: “Las Reinas del Mar: Memorias de una vida aventurera”. Porque hago como en las ciudades, me gusta que me queden lugares pendientes para volver, porque bebo de las fuentes como me enseñaron en Escarrilla: “el que bebe, vuelve”.

Aventurera sí que está siendo su vida porque nuestro querido Mauricio ofició, y aun hoy lo hace exclusivamente como free lance, y en diversas entrevistas ha subrayado los riegos de dedicarse a una literatura de hacedor de crónicas sin la red de encargos previos de semanarios del maestro Pla. A su riesgo y ventura, permutando la obligación que comporta la expresión “quehacer” por el feliz palabro por él parido “quesoñar”.

Me quedé clavado en el sintasol del magnífico en instalaciones y medios Hospital Provincial de Zaragoza, una cura geriátrica que permite la de los acompañantes, cuando leí que su siguiente proyecto literario pasaría por describir la memoria afinada en el sentido del olfato, que le fue causada por los distintos jabones de pieza de los grandes hoteles europeos que visitó desde niño. Me resultó un proyecto asombroso, universal, vigente en tiempos de pérdida de los sentidos e inmediatamente le quise copiar a mi escala aragonesa, con el cierzo afinando ciertos olores pero también evitando y borrando de nuestra memoria los de pudrición, tabaco y hongos. Su asociación del hotel Ritz de Madrid con el jabón de la marca “La Toja”, o de los de ligeramente inferior categoría con el de “Heno de Pravia” que distintas generaciones llevamos impresos en la memoria olfativa, me resultaron de una brillantez indiscutible.

Y me dije, vamos a proponer un juego. Estimular la vuestra a partir de los olores y sentidos intervinientes en un verano de niño en Berdún, en los años 70. Mosaico de trencadís, roto como las relaciones interrumpidas pero algo más, en que deberéis de añadir vuestras propias teselas de memoria. Como os decía, limitarme a los olores y no combinar los cinco sentidos añadiendo el sexto, en japonés umami, se quedaría corto y me parecería una oportunidad perdida. Allá van mis propuestas desagrupadas y borbotonescas como yo, dándoos soluciones de experiencia para evitar sus efectos colaterales:

· Picor del polvillo de ordio o trigo cosechando, que causaba un recozor semejante al roce de unos canzoncillos sintéticos en un día de andada de bochorno en que te los cambiarías veinte veces y no llevas talco a mano. Antítesis: la ducha de agua fría de la salida de una manguera de corral y el primer trago de un porrón de cerveza con limón helada, al acabar la jornada y bajando el sol, que te lo quitaba de la garganta.

· Raspaduras de rodilla por caída de la bicicleta con pocos frenos al cruzarte con un coche imitando a Hinault, yendo a nadar a una badina. Se puede acompañar del grito de alerta de los demás críos, el sabor a hierro de los pequeños hilos de sangre de los pequeños raspadizos que no se resistía a catar la víctima, que manaban generalmente en franjas horizontales y la quemazón de echar agua de cantimplora revenida en la herida (era agua y respiramos oxígeno, pues completar la oraciónI. Días más tarde, sentido del tacto, se completaba el post operatorio con el gusto de quitarse las costras y la estupefacción de ver la piel virgen color cochino escaldau que quedaba al aire.

· Primera impresión de echarse a badina o ibón helaus, adicionada por una segunda de ser en el momento de los primeros baños de ambos sexos, el despertar de los pechos y sexos y el milagro de las fuentes de aguas subterráneas que las alimentan, con vetas de agua de distintas temperaturas. Nada mejor que saltar desde un saliente a bomba, gritar fuerte y echar buen trago de agua sin querer.

· El olor del pan con vino y azúcar o el pan con tomate recién arrancado de la mata. Como os recordaría Wiesenthal, en la satisfacción de cazar a un nazi (no, que era el otro), beber por primera vez un vino o comer un jamón bueno con un poco de grasa infiltrada, un ochenta por ciento es sentido del olfato. Luego ya se traga y se pierde la sensación.

· El cambio del color de la tierra después de la Virgen de agosto y las primeras tormentas. Deja de hacer calor por las noches, sentido del sueño, y los ocres y amarillos de la tierra se afinan, pasando a oler a trufa de la muy buena todo un valle. En los puertos pirenaicos, el suelo recupera esos aromas herbales, a menta y heno recién cortado, incluso a pimiento verde, que tanto se valoran como buqué en los vinos franceses. La vida se convierte en mentolada, se anuncia el olor que hace la boca agua de los revueltos de setas sofritas en poco ajo de otoño y el sabor de comerse uvas moscatel de parra.

· El verano también huele a siluro, a barro de río con estiaje; el aire de bochorno del ferragosto pesa, es una pared que atravesar en la bici; las aceras se comportan como baterías de última generación, devuelven calor e intensifican el olor a brea, único comparable a los que dominan en el trópico en que huele a putrefacción, hoja de tabaco y gasoil sin desbastar. Los días de las fiestas también se añade al sentido del tacto de suela de chancla la cerveza pegada del día anterior y su olor ácido. Antes más que ahora, el del tabaco frío de las colillas mojadas que en Jaca espanta a tantos peregrinos: porque los botellones en Holanda solo se permiten en el parque temático que es Ámsterdam desde la llegada de los judíos sefardís. Lo demás les asombra.

· Me dejo para el final los olores a grasa de maquinaria en bechamel con polvo de camino calizo, simplemente nos hallamos ante una cataplasma de olor adictivo solo comparable con pasar la mano por una ovelleta añisca recién esquirada, por mano algo sabia, que no les deje trasquilones.

El verano huele a huerto recién regado, sabe a agua de sandía y ensaladilla buena, es verde oscuro solamente en el hervido de las judías verdes al dente, se siente la alta montaña sin agua como una travesía por el desierto del Gobi y antes sonaba a tertulia de vecinos, hilo de vino bebido de porrón a gargallé pasado de mano en mano, crónicas de un año entero de los emigrados en Zaragoza, Barcelona y América que hasta los veinte años bailaron entre ellos, con el frufrú del perlé. Charradas solamente interrumpidas por el clic de los abridores de los cierres de los botellines de cerveza y las risas de las abuelas que nunca salieron de su valle.

Os toca, nos toca, que vuestros hijos conozcan este archivo aragonés. Gracias, Mauricio.

11.06 Luis Iribarren

9.6.26

Zaragoza 1778. Almagaces de la pólvora


Vamos a ver un plano parcial de la ciudad de Zaragoza y sus alrededores más cercanos, del año 1778, realizado para los planes de la construcción del Canal Imperial de Aragón. Está cortado en dos trozos que se pueden unir, para poder ver mejor los detalles de los lugares que nombra dicho plano. Pero el mapa es mucho más amplio, aquí solo veremos algunos de los alrededores de la ciudad de Zaragoza.

Son detalles hoy desaparecidos, sobre todo en la zona de Torrero y Montemolín, camino a La Cartuja, con el proyecto en líneas verde y amarillo, del que podría ser el trazado de aquel Canal Imperial, según el proyecto de Joaquín Villanova.

Hay un detalle curioso en donde vemos lo que se llama en el mapa: Almagaces de la Pólvora. El término proviene del árabe hispánico al-mahzan (derivado de mahzan), que significa "depósito", "tienda" o "negocio". A su vez, esta palabra proviene del verbo árabe hazana, que se traduce como "guardar" o "proteger". Eran los almacenes de la pólvora de la ciudad de Zaragoza.

Y también nos indica el mapa un paraje del que no tengo muchas referencias que llama "Cruz de El Plano" que efectivamente como lugar o como topónimo que existió.

El Plano se refiera a una zona de huertas y campos agrícolas planos, pero no tengo ninguna referencia de que hubiera ninguna cruz o mojón similar a una cruz, que indicara su ubicación, aunque sé que es la zona de la salida de Zaragoza hacia Alcañiz, en lo que luego se llamó Montemolín.

Julio Puente