Regreso ya de mi retiro jacetano y de unos días de descanso. Lo hago después de haber vivido estas jornadas con vistas a la Peña Oroel y muy cerca de la carretera que conduce hasta ella, en un lugar que normalmente invita a desconectar, contemplar el paisaje y olvidarse durante unas horas de casi todo.
Esta vez ha sido difícil hacerlo.
Han sido varios días escuchando a visitantes hablar del incendio. Conversaciones en terrazas, establecimientos o simplemente entre personas que coincidían por allí y que, tarde o temprano, terminaban hablando de lo mismo.
Días de ver pasar vehículos de la UME, de bomberos y de otros servicios de emergencia. De comprobar cómo carreteras que habitualmente asociamos al turismo, al monte o a una sencilla excursión se convertían también en vías de paso para quienes iban a enfrentarse a algo muy diferente. Y días de mirar hacia la Peña Oroel de otra manera.
Porque cuando tienes la montaña delante y sabes que el fuego ha obligado a desalojar localidades relativamente próximas, el paisaje deja por momentos de ser solamente paisaje.
Dos realidades diferentes han compartido prácticamente el mismo espacio.
Mientras unos descansábamos, disfrutábamos de unos días diferentes y aprovechábamos para reencontrarnos con amigos y conocidos de otros años, otros trabajaban durante horas para combatir el fuego.
Mientras unos hablábamos de lo que estaba ocurriendo, otros lo estaban viviendo directamente.
Y mientras ahora algunos regresamos a nuestras ciudades después de unos días de descanso, se está produciendo un regreso muchísimo más importante: el de los vecinos a sus casas.
Los evacuados han ido volviendo progresivamente a sus localidades y hoy está previsto que lo hagan también los vecinos de Santa Cruz de la Serós, los últimos que permanecían pendientes de regresar.
Es una de las mejores noticias que podíamos recibir.
Pero regresar a casa no significa que todo haya terminado.
Se puede volver a una vivienda en unas horas. Recuperar un territorio necesita mucho más tiempo.
Porque el fuego se apaga mucho antes de que desaparezcan sus consecuencias.
Quizá sea precisamente ahora, cuando los vehículos de emergencia comiencen poco a poco a desaparecer, las conversaciones de los visitantes cambien de tema y quienes estábamos allí descansando volvamos a nuestras ciudades, cuando empiece la parte más larga de esta historia.
La recuperación.
Y, sobre todo, la reflexión.
El Ayuntamiento de Jaca lo señalaba estos días en un comunicado: ahora debe llegar el momento de una reflexión serena, de analizar lo sucedido, aprender de los errores y reforzar aquello que haya funcionado.
Me parece un buen punto de partida.
Reflexionar serenamente no significa dejar de formular preguntas incómodas. Tampoco buscar culpables antes de conocer exactamente lo ocurrido.
Significa analizar.
¿Qué hemos hecho bien? ¿Qué podríamos haber hecho mejor? ¿Qué hemos aprendido? ¿Tenemos suficientes medios? ¿Dedicamos los recursos necesarios a la prevención? ¿Escuchamos suficientemente a quienes conocen y trabajan nuestros montes durante todo el año?
Durante la emergencia hemos visto colaborar a administraciones de distinto signo político con un objetivo común. Sería deseable que esa capacidad de entendimiento continuase ahora, cuando toca afrontar las consecuencias y prepararnos para el futuro.
Porque buscar responsabilidades, cuando existan, no debería convertirse necesariamente en buscar enfrentamientos.
Podemos agradecer el enorme trabajo realizado y preguntarnos al mismo tiempo si quienes lo realizaron disponían de todos los medios necesarios.
Podemos reconocer aquello que funcionó y señalar aquello que necesita mejorar.
Y podemos valorar la coordinación demostrada mientras exigimos que continúe cuando ya no haya llamas que apagar.
El presidente de Aragón anunciaba estos días la necesidad de multiplicar los medios destinados a prevención y extinción y adelantaba también un plan presupuestario extraordinario.
Que se anuncien soluciones es necesario.
Pero una cosa son los anuncios y otra convertirlos en realidad.
Una cosa es comprometer actuaciones y otra disponer después de las personas necesarias para ejecutarlas. Una cosa es hablar de inversiones y otra que existan partidas presupuestarias suficientes. Y una cosa es aprobarlas y otra ejecutarlas.
No lo digo como una crítica anticipada.
Si dentro de un año esos compromisos se han traducido en más prevención, mejores medios, más personal y una gestión más eficaz del territorio, habrá que reconocerlo.
Pero habrá que comprobarlo.
Porque encontrar soluciones no consiste únicamente en anunciarlas delante de un micrófono.
Hace falta dinero, pero también planificación, personal, coordinación, prioridades claras y continuidad.
Y no basta con gastar más.
También habrá que preguntarse dónde, cómo y para qué.
La prevención tiene un curioso inconveniente político y mediático: cuando funciona, prácticamente nadie la ve.
No hay imágenes espectaculares, helicópteros realizando descargas ni enormes columnas de humo. Nadie abre un informativo anunciando que un monte no se ha quemado porque durante años se hicieron correctamente los trabajos necesarios.
Pero precisamente ese debería ser el éxito.
También tendremos que hablar de gestión forestal, agricultura, ganadería, despoblación y de quienes mantienen vivo el territorio durante todo el año.
Porque un monte no se cuida solamente en agosto.
Y del mundo rural tampoco podemos acordarnos únicamente cuando arde.
Ahora es momento de reflexionar.
Sin prisas por encontrar culpables, pero tampoco con miedo a encontrar errores.
Sin convertir una tragedia en un enfrentamiento político, pero sin utilizar tampoco la llamada a la unidad como excusa para evitar preguntas.
Mientras tanto, la naturaleza seguirá su propio calendario.
Algún día, donde hoy vemos negro, aparecerá nuevamente un pequeño brote verde. Después otro. Y otro.
Yo regreso de mi retiro jacetano dejando atrás las vistas a la Peña Oroel, las conversaciones sobre el incendio y aquellos vehículos de emergencia cuyo paso se convirtió durante unos días en una imagen habitual.
Pero regreso también con una reflexión.
He visto cómo, durante unos días, el fuego ocupaba conversaciones, carreteras, titulares y preocupaciones. He visto cómo muchos hablábamos de ello mientras otros estaban jugándose mucho más que unas jornadas de descanso.
Y precisamente por eso creo que ahora no deberíamos limitarnos a pasar página.
Quiero pensar que dentro de unos meses seguiremos recordando lo ocurrido.
Que volveremos a preguntarnos qué se hizo, qué se mejoró y qué quedó pendiente.
Que no esperaremos al próximo incendio para volver a hablar de prevención, medios, gestión forestal o despoblación.
Porque yo también volveré a mirar la Peña Oroel.
Volveré a recorrer esas carreteras.
Volveré a reencontrarme con amigos y conocidos de otros años.
Y me gustaría hacerlo sabiendo que de todo aquello no quedaron solamente recuerdos, fotografías y titulares.
Me gustaría pensar que también quedó aprendizaje.
Que las promesas se convirtieron en decisiones.
Que las decisiones se convirtieron en medios.
Y que los medios llegaron antes de que volvieran a hacer falta.
Porque el monte tardará tiempo en recuperarse.
Ojalá nosotros no tardemos tanto en aprender.
Carlos Masa


