16.8.26

Riglos y Oroel: calma ahora, preguntas después


Hace apenas unas horas, desde mi retiro jacetano, escribía sobre el incendio de Riglos. Lo hacía con la tristeza de quien contempla cómo el fuego avanza por un paisaje que conoce y que, en mi caso, había vuelto a contemplar apenas unas semanas antes.

 

Hoy vuelvo a escribir sobre lo mismo.

 

No porque las llamas se hayan apagado. Todo lo contrario.

 

El incendio sigue activo.

 

Es cierto que las condiciones de estas últimas horas parecen más favorables para las labores de extinción y eso permite mantener cierta esperanza. Pero en un incendio de estas dimensiones no conviene fiarse. Basta un cambio de viento, un aumento de la temperatura, una bajada de la humedad o una reproducción inesperada para que una situación que parecía evolucionar bien vuelva a complicarse.

 

Esperanza, sí. Pero también prudencia.

 

Y desde aquí, desde Jaca, inevitablemente una parte de nuestras miradas se dirige ahora hacia Peña Oroel.

 

Quienes conocemos esta tierra sabemos lo que significa su silueta dominando el paisaje jacetano. Peña Oroel no es simplemente una montaña. Es una referencia permanente, una presencia que acompaña a Jaca y que uno busca casi inconscientemente con la mirada al salir a la calle o regresar a la ciudad.

 

Primero fueron Riglos y sus Mallos. Después, la preocupación por San Juan de la Peña, cuna del Reino de Aragón. Y ahora, Peña Oroel.

 

Tres nombres profundamente ligados al paisaje y a la memoria de Aragón unidos estos días por una misma palabra: fuego.

 

Pero tampoco deberíamos quedarnos únicamente con nuestros grandes símbolos. Hay pueblos afectados, familias que han tenido que abandonar sus casas y personas pendientes de saber cuándo podrán regresar y qué encontrarán al volver. Detrás de cada hectárea hay caminos, viviendas, explotaciones, recuerdos y formas de vida.

 

Y mientras todo esto sucede, aparecen las críticas.

 

Era inevitable.

 




Se cuestiona la prevención, la limpieza de los montes, los medios disponibles, la gestión forestal, la coordinación entre administraciones y determinadas decisiones adoptadas durante la emergencia. Incluso se anuncian convocatorias de manifestaciones.

 

No voy a ser yo quien censure ninguna opinión. Cada cual es libre de pensar, criticar y expresar lo que considere oportuno. Pero esa libertad debería ir siempre acompañada de información, no de desconocimiento.

 

Seguramente quienes critican tengan sus razones. Seguramente haya decisiones que analizar y preguntas incómodas que deberán responderse. Y, si hubo errores, tendrán que reconocerse y corregirse.

 

Pero personalmente creo que ahora es momento de mantener la calma.

 

No de guardar silencio. No de conceder un cheque en blanco a ninguna administración. Simplemente de entender que cada cosa tiene su momento.

 

Esta misma mañana, durante el desayuno, coincidía con varios bomberos que están trabajando en las labores de extinción.

 

Se les veía cansados. Agotados.

 

Ese cansancio que se percibe en la cara y en el silencio de quien lleva jornadas muy duras a sus espaldas.

 

Quienes estábamos allí intentábamos darles ánimos: unas palabras, un gesto, un «mucho ánimo», un «gracias».

 

Porque nosotros podemos seguir el incendio desde una pantalla, comentar las noticias, discutir sobre decisiones políticas o preguntarnos qué debería haberse hecho. Ellos, después de desayunar, vuelven al monte.

 

Detrás de cada helicóptero, autobomba o brigada hay personas que acumulan horas de trabajo, calor, humo, tensión y cansancio.

 

Por eso resulta tan fácil criticar desde fuera.

 

Es legítimo preguntarse por qué se aplica un determinado nivel de emergencia y no otro, por qué no se moviliza cierto recurso o por qué no interviene una administración determinada.

 

Pero convendría hacerlo con conocimiento.

 

Estos días escuchamos expresiones como «alerta 3» o «nivel 3» como si cualquier cambio de nivel resolviera automáticamente el problema. Y he llegado incluso a escuchar referencias al artículo 155 de la Constitución Española.

 

No tiene nada que ver.

 

El artículo 155 no es un nivel superior para combatir un incendio ni una especie de botón constitucional de emergencia. Es un mecanismo de naturaleza completamente distinta.

 

Confundir conceptos no ayuda, y menos todavía cuando esas confusiones sirven para alimentar el enfrentamiento político mientras la emergencia continúa activa.

 

Cuando todo termine habrá que explicar qué nivel se declaró, quién tenía las competencias, qué medios se solicitaron y cómo funcionó la coordinación. Eso exigirá datos y serenidad, no titulares apresurados.

 

Por eso, ahora mismo, las prioridades deberían estar claras: proteger a las personas, apoyar a quienes trabajan sobre el terreno y conseguir que el incendio deje de avanzar hasta poder darlo por estabilizado, controlado y finalmente extinguido.

 

Después habrá que preguntar.

 

Y preguntar mucho.

 

Porque pedir calma hoy no significa pedir silencio mañana.

 

Cuando desaparezcan las llamas habrá que hablar de prevención, gestión forestal, despoblación, cortafuegos, recursos y coordinación entre administraciones.

 

Y habrá que plantearse algo que muchas veces olvidamos: cuánto estamos dispuestos a invertir en nuestros montes cuando no están ardiendo.

 

Cuando aparecen las llamas todos reclamamos helicópteros, aviones, bomberos y brigadas. Es lógico. Pero quizá deberíamos reclamar con la misma intensidad prevención durante el invierno y la primavera, cuando todavía no hay humo detrás de las montañas y las cámaras miran hacia otro lado.

 

Ese será el verdadero examen.

 

Porque existe el riesgo de que, cuando el incendio desaparezca de los informativos, desaparezcan también muchas promesas, reivindicaciones y preguntas.

 

Ahora mismo, sin embargo, el fuego sigue activo. Y aunque las condiciones sean más favorables, no debemos confiarnos.

 

Desde Jaca sigo mirando hacia Peña Oroel con preocupación, esperanza y, sobre todo, respeto hacia quienes continúan trabajando para que las llamas no lleguen más lejos.

 

Quizá algunas críticas y manifestaciones tengan razones de peso. Todo eso deberá escucharse.

 

Pero no confundamos serenidad con conformismo.

 

Mantener la calma mientras una emergencia continúa activa no significa renunciar a exigir responsabilidades después. Significa saber distinguir los tiempos.

 

Hoy toca apoyar y confiar en los profesionales.

 

Mañana tocará preguntar.

 

Y, si las respuestas no convencen, exigir.

 

Esta mañana, viendo a aquellos bomberos desayunar agotados antes de regresar a las labores de extinción, lo pensé con claridad.

 

Mientras nosotros discutimos sobre niveles, competencias, artículos constitucionales y responsabilidades, ellos probablemente estén pensando en algo mucho más sencillo: que el fuego se pare, que todos puedan volver, que ningún compañero resulte herido y que ningún pueblo más tenga que ser evacuado.

 

Hasta entonces, serenidad.

 

Sentido común.

 

Apoyo a quienes están allí.

 

Y memoria.

 

Porque cuando todo termine será precisamente la memoria la que nos obligue a hacer las preguntas que hoy, por respeto a quienes siguen luchando contra el fuego, quizá convenga formular sin gritos.

 

Que se apague pronto el fuego,

que vuelva el monte a respirar,

que el cansancio de quienes luchan

no caiga nunca en el olvidar.

 

Y cuando regrese la calma

a Riglos y a Peña Oroel,

que sepamos cuidar la tierra

antes de volverla a ver arder.


Carlos Masa

Desde mi recuerdo por Anzánigo y Salinas


Estas páginas no son un medio de comunicación, es mucho menos, un simple contenedor de historias y a veces de información actual. Pero es cierto que en esa indefinición a veces dudo en colocar informaciones que si tengo y sin duda, opiniones que configuro a base de esas informaciones. Esa es labor de otros espacios, que cobran por ello. Aquí es todo sin ánimo de lucro. pero dudo de si hago bien callándome.

Del incendio en Huesca tendría mucho que decir. Tengo mucha relación con Salinas en donde comenzó a ser serio el fuego, más con Anzánigo, bastante he conocido el devenir de las obras de la carretera, he tenido suficiente relación con El Jabalí hasta que cambió de dirección personal, y he pateado mucho toda esta zona.

Y creo que no han estado a la altura de lo que se necesitaba. Alguien ha estado flojo, y lo sabe.

No quiero señalar culpables de los fallos, pero sí aplaudir el trabajo brutal de bomberos, de vecinos, de gente voluntaria, de algunas personas que ejercen la alcaldía en la zona (no de todas) y señalar algunos errores que no deben cometerse.

Un incendio no es fácil de prever, y por ello es complicado poner todos los medios desde el primer momento. Pero hay un punto en el que las decisiones tienen que ser rápidas, brutales, adelantadas al fuego, o este te come.

Aragón tiene que demostrar que sabe cuidar su patrimonio histórico y natural. Ambos, todos. No somos un territorio de Regional como el Real Zaragoza, el Huesca o el Teruel. Y creo que hemos tenido decisiones lentas en algunos momentos, e insisto en que no quiero señalar. Los responsables lo saben.

Aragón si quiere ser lo que es, debe demostrar que sabe serlo.

Tampoco quiero hablar de algunos comentarios hechos desde el dolor, y que he leído en grupos oscenses muy cercanos al incendio. Sé que salen desde casi el miedo, a veces sin saber bien qué se dice. Pero tenemos todxs que saber qué se escribe, sobre todo cuando se tienen cargos responsables.

Es posible que haya entrado el incendio —desde este domingo—, en una fase más controlable, con ya más de 1.000 personas trabajando sobre el mismo, con 40 medios aéreos, incluso franceses, de media España, pero posiblemente en algunos casos con una movilización más lenta de la necesaria.

Tendremos tiempo todos de reflexionar, y espero que de esas reflexiones salgan decisiones válidas, distintas, que sean capaces de entender que este tipo de problemas se puede repetir en otro momento. Y las medidas deben ser mejores, y las decisiones más rápidas y es posible que mejor coordinadas al nivel máximo. 

Para terminar de joderla, un accidente de un camión de la UME ha provocado la primera tragedia. 

Julio Puente