3.5.26

Monumento de la Plaza del Pilar de Zaragoza, ya desaparecido


En los primeros años del franquismo, a lo largo de toda España, proliferaron los monumentos conmemorativos al Golpe de Estado franquista, dedicados a los llamados Mártires de la Cruzada, pero olvidándose del resto de españoles que murieron y siguieron muriendo por sus ideas en una dictadura brutal.

Un decreto del general Franco del 16 de noviembre de 1938 proclamaba "Día de Luto" nacional el 20 de noviembre de cada año en memoria del fusilamiento de José Antonio Primo de Rivera. El mismo decreto también establecía —en connivencia con la autoridad de la iglesia— que "en los muros de cada parroquia figurara una inscripción que dejara constancia de los nombres de los caídos y víctimas de la revolución marxista". Un olvido tremendo para el resto de españoles muertos, que eran mayoría.

En 1941 el Ayuntamiento de Zaragoza con su alcalde Francisco Caballero al frente, propuso la construcción de un monumento para “eternizar el recuerdo de nuestros mejores” según consta en el decreto. 

Después de varios años y proyectos, se decidió realizar un monumento funerario rematado por una cruz, que fue erigido inicialmente en la Plaza del Pilar, donde hoy se encuentra la Fuente de la Hispanidad.

El monumento se terminó en 1954 y se denominó: " A los héroes y mártires de Zaragoza. Caídos en la Cruzada de Liberación 1936-1939". La imagen que vemos arriba es uno de los proyectos presentados, aunque finalmente el realizado siendo muy similar, no fue tan ostentoso, como comento a continuación.

El monumento de la Plaza del Pilar recibía la visita de las autoridades de Zaragoza cada 20 de noviembre y se realizaba un homenaje a los Caídos en la llamada Cruzada Franquista. Se celebraban misas y desfiles militares y de la Falange.

Con motivo de la remodelación de la Plaza del Pilar en el año 1990, el monumento fue trasladado hasta el camposanto de Torrero y lo localizamos a la entrada del mismo. Una cruz tan grande bien puede presidir un cementerio en donde descansan todos los zaragozanos. Todos.




Ese monumento que todavía existe, lo realizó el escultor arquitecto Manuel Laviada en el año 1954 en hormigón armado revestido de sillería de piedra de la Puebla, con el nombre de "Monumento a los Héroes y Mártires de Nuestra Gloriosa Cruzada". 

Aquel monumento en la plaza más emblemática de Zaragoza, debía rendir homenaje a los caídos en la Guerra Civil y según consta, era para "concretar la alegría por la victoria"; al entender que el espíritu católico había presidido la "cruzada de liberación" y caracterizado el Movimiento, y por ello el monumento debía estar presidido por la cruz en la plaza de las catedrales.

En los pliegos se advertía de que también se debía dar un adecuado emplazamiento en él a la estatua de Augusto, una copia en bronce del Augusto de Prima Porta, regalada por Mussolini al Ayuntamiento de Zaragoza, y por último, debía separar, sin aislar, las plazas del Pilar y de Augusto junto a las murallas romanas.

Todo se inicio en el año 1942, cuando el Ayuntamiento convocó un concurso de anteproyectos para este monumento al cual se presentaron tres candidaturas; pero el primer premio fue declarado desierto, aunque el jurado acordó conceder un segundo premio al "Anteproyecto número 3", firmado por los arquitectos Enrique Huidobro, Luis Moya, Ramiro Moya y el escultor Manuel A. Laviada de Madrid.

Aquello no convenció ni por el proyecto que vemos ni por las formas, y se convocó un nuevo concurso en el que se mantuvieran las bases del anterior, y al que se presentaron ocho anteproyectos. 

Esta vez sí hubo ganadores, curiosamente, los mismos que habían obtenido el segundo premio en el concurso anterior. 

El nuevo anteproyecto no era más que una versión ligeramente simplificada del anterior, del elegido. Cosas de las dictaduras.

En marzo de 1947 y culminada ya la primera fase de construcción del monumento, José María Sánchez Ventura, Alcalde de Zaragoza, solicitó a los arquitectos municipales José de Yarza y José Beltrán, un anteproyecto de reforma del monumento en construcción, para solucionar los dos defectos fundamentales que se encontraban al mismo.

Fue entonces, cuando se planteó la posibilidad de transformar el monumento en un edificio monumental. El coste de la reforma proyectada se estimó en cinco millones de pesetas, tras lo cual, se consideró que, desde un punto de vista económico, era altamente recomendable retomar la idea de construir solo un monumento. 

Así, el Ayuntamiento de Zaragoza solicitó a los autores del anteproyecto ganador, la redacción de un plan de reforma del monumento. En contestación a esta solicitud, Enrique Huidobro redactó en agosto de 1950 un nuevo proyecto que, ajustándose a lo ya construido, simplificaba notablemente dicho monumento. Por eso entre lo que vemos en el dibujo muy hitleriano, y lo que se hizo finalmente, hay serias variaciones.

La composición arquitectónica de la zona central del monumento no se modificó, manteniendo la cruz como motivo esencial de la composición, sin embargo, se eliminó el soporte posterior de la misma y las hornacinas situadas a ambos lados de la misma. Se sustituyeron también los arcos de los pasos laterales por grandes vanos adintelados y la decoración escultórica proyectada sobre estos pasos por pequeños angelitos situados en los extremos de los mismos y por dos estatuas ecuestres colocadas a ambos lados de la cruz central.

La parte posterior del monumento se simplificó mucho, dejando zonas de piedra lisas a modo de basamento para la cruz, único motivo que se distinguía desde la plaza de Augusto. 

El monumento se concluyó con arreglo a este último anteproyecto, sin embargo, tras realizarse la parte arquitectónica del mismo, éste se dio por concluido y los grupos escultóricos no llegaron siquiera a realizarse, de tal forma, que la única decoración que se colocó finalmente, fueron las coronas de laurel que rodeaban el basamento de la cruz. 

La imagen superior es propia, la inferior es del archivo del Ayuntamiento de Zaragoza.




2.5.26

Barrio de Montemolín de Zaragoza. Finales del siglo XIX y principios del XX


El barrio de Montemolín de Zaragoza (hoy ya casi no se llama así, pero en aquellos años era un bario muy claro y perfectamente delimitado por fronteras naturales) decide por obra y gracia de sus primeros moradores, y por la cada vez mayor importancia que iba teniendo la Estación de Cappa (Estación de Utrillas) y el nuevo Matadero de Miguel Servet, en la economía de la zona a crecer mientras en Zaragoza iban sucediendo cosas importantes y Montemolín iba aprovechándose de ello para crecer.

En estos años 1880-90, en los finales de un siglo XIX muy viejo, se estaba proyectando en Zaragoza el ensanche de la zona que después sería sede de la exposición Hispano-Francesa, por la zona de la actual Plaza de los Sitios. Aquel Zaragoza acababa como ciudad por el sureste en la Plaza de San Miguel. Toda la actual zona del barrio de Las Fuentes era rural, campos agrícolas regados por numerosas acequias.

San José ya tenía formado el entonces camino (sin asfaltar) de San José en el actual emplazamiento, y a ambas orillas de esta vía de acceso a Torrero o a Puente Virrey —al igual que en la carretera de Alcañiz, en nuestro actual Miguel Servet— había arbolado. ¡Qué maravilla de zonas naturales en aquella Zaragoza de hace casi siglo y medio!

Ya existía a finales de dicho siglo XIX el actual camino de Puente Virrey, sin haber por aquella lejana zona muchos árboles, pero sí bastantes torres desperdigadas con tierras de labor, por lo que algunos se atrevían a edificar en los lindes del propio camino, pero que en la mayoría de los casos construían solo el edificio central. Lo que ahora llamamos Torres como tipo de vivienda muy antigua.

Eran edificios grandes que ahora conocemos como torres, en medio de la heredad y campos de labor, sin tener en cuenta caminos o posibles calles que configuraran la zona. Además de edificio en donde habitaban la familia propietaria de los terrenos había edificaciones menores para aperos, algo de ganado y en algunas ocasiones pequeños edificios de planta baja para vivir las familias de los capataces.

Estamos hablando de un final de siglo XIX, en que como antes decíamos, toda la zona de Las Fuentes, Bajo Aragón y San José era una inmensa zona rural sin entidad propia, que dependía totalmente de las gentes del centro de Zaragoza, y que todavía hace pocas décadas podíamos contemplar en algunos parecidos, paseando por el actual término rural de Miraflores.

Eran torres desperdigadas, de diversa calidad y tamaño, con enormes parcelas de terreno de labor en regadío que las rodeaba, y un gran número de acequias que daban agua a todo el terreno, bien bajando por los montes de Torrero desde el Canal Imperial, bien saliendo espontáneamente en la zona de las Fuentes, bien como ramales del actual Huerva que eran dirigidas hábilmente para regar amplias zonas de terreno.

Toda esta zona de Zaragoza, rica en aguas subterráneas y de superficie, lo era también en desbordamientos y cubrimientos de los ríos Huerva y Ebro cuando las cosas venían feas. Hay que tener en cuenta que los dos ríos eran muy diferentes a como los sentimos hoy, en caudal y en posibilidad de controlar y regular sus crecidas.

Si hoy el Huerva es un río casi totalmente seco en algunas zonas de Santa Fé o Cuarte, para volver a llegar a Zaragoza casi descompuesto con aguas de desecho hasta que desde el canal en la zona de Casablanca recibe nueva agua para disimular su asquerosa realidad por los polígonos industriales, el Ebro es un río regulado sobre todo en sus afluentes; pero en aquellos tiempos, las grandes avenidas de otoño o de primavera eran habituales, las filtraciones de agua en terrenos de nuestro barrio muy normales, y por consiguiente la seguridad en las cosechas poca.

Todavía en los años 1960 y principios de los 1970, se anegaban los terrenos actuales del parque de Torre Ramona hasta la zona de la Facultad de Veterinaria, cuando el Ebro venía con fuerza. Y ya existían entre el río y el barrio, incluso gran cantidad de edificios que hacían de parapeto que sufrían en sus garajes las inundaciones, aunque estuvieran a considerable distancia del río.

Pero volvamos a los finales de aquel siglo que nos vio nacer. El 19 de octubre de 1894, en plenas Fiestas del Pilar de aquel año, se encendió por primera vez en Zaragoza la luz eléctrica. Durante dos horas se iluminó el Puente de Piedra. ¡Que adelantos! En 1893 se inauguran los Baños del Huerva, junto a la Puerta Quemada, los segundos en importancia de la ciudad en aquellos tiempos. Todo esto os suena a prehistoria, lo sé.

En ese final de siglo XIX, todavía se contaban en Zaragoza nueve puertas. La del Angel, la de Don Sancho, la del Duque de la Victoria, la del Heroismo, la de Nuestra Señora del Carmen, la de Nuestra Señora del Portillo, la de San Ildefonso, la de Santa Engracia y la del Sol. Había 251 calles, 2 pasos, 11 plazas, 30 plazuelas y 4 paseos.

En cambio, en el año 1948 (cincuenta años después), la ciudad ya había crecido y se habían saltado las murallas medievales. Ya eran 707 las calles, 14 los callejones, 45 las plazas, 8 las avenidas, 18 los paseos y 25 los caminos. Esta era ya otra ciudad. En solo medio siglo no sólo había crecido en cantidad sino también y mucho más importante en calidad, convirtiéndose poco a poco en capital importante.

Entre 1898, año del Desastre Colonial, y 1915, Zaragoza ciudad pasa de ser una entidad eminentemente rural y agrícola para empezar a tener en su economía más importancia, las nuevas actividades industriales. Son los años del despertar de la ciudad moderna, cuando se replantean nuevas ideas, y cuando buena parte de la primera inmigración de los pueblos aragoneses hacia la "Capital" empieza a acudir a Zaragoza, buscando nuevos horizontes.

Eran los años de los Basilio Paraíso, los Escoriaza, los Higuera, los Montemuzo, los Baselga, los Domingo Miral, Royo Villanova, Averly, Mecier, Uson. Eran los tiempos en que en Zaragoza trabajaban por la ciudad los Marcelino Isabal, los Izuzquiza, Dionisio Casañal, los Cucalón, Ricardo Magdalena, Mariano de Pano, Juan Móneva o Cantín y Gamboa.

Como se puede entender, todo un enorme plantel de gentes hoy conocidas por llevar muchas calles actuales sus nombres, y que supieron dar un impulso a nuestra ciudad desde dentro de ella, o desde sus puestos de Madrid. Que, o bien desde sus ideas, o desde sus creaciones o sus empresas, fortalecieron la ciudad en un momento importante de desarrollo.

Lástima que en ningún otro tiempo hayamos sabido encontrar tal ramillete de intelectuales junto, a la vez en el tiempo y con ganas de trabajar por Zaragoza, como para sacar a nuestra bella metrópolis del letargo que desde entonces le acompaña. Hoy simplemente como ejemplo nos vendrían muy bien todas estas figuras.

Pensemos solo un momento, que se pasó de un año 1900 en donde el 68% de la población zaragozana dependía de la agricultura, a un año 1930 en que ya solo el 47% lo hacía. Se habían invertido las mayorías económicas. En ese mismo periodo las personas que se dedicaban a la industria se duplicaron, pasando del 14% del total de la población al 28%.

¿De dónde veníamos? Pues en el año 1868, es decir 30 años antes de estos análisis que hemos visto, la gran mayoría de la tierra que rodeaba la ciudad era propiedad del 7% de sus habitantes.

Estos ciudadanos eran agricultores propietarios o ganaderos, mientras otro 3% eran personas de la Alta Burguesía, Propietarios de grandes fortunas, terratenientes, capitalistas de empresas, notarios o catedráticos. Pequeños burgueses había un 14%, entendiendo como tales, a los comerciantes, los maestros y aquellas personas que se dedicaban a profesiones liberales.

Otro 5% eran personas de clases pasivas. Es decir, militares, clero, estudiantes, cesantes o personas que vivían a costa de otras. Y ahora vienen el grueso de la tropa. Un 22% eran artesanos u oficiales de oficios, y un 49% vivían de ser jornaleros, sirvientes y/o pobres.

Es decir, entre jornaleros, sirvientes y artesanos de oficios vivían un 71% de las familias de aquel entonces.

Si lo desglosamos por Distritos, podemos ver que en el Segundo Distrito de las Afueras, que es donde se colocaba administrativamente Montemolín en aquel inicio del siglo XX, un 41% eran jornaleros, un 24% artesanos y un 21% agricultores y ganaderos. Un 86% del total. Nos queda un 11% para pequeños burgueses, un 3% para clases pasivas y un raquítico 2% para burgueses de los de verdad.

En un censo de 1915, realizado por Jordana de Pozas, sobre la población obrera que había en la ciudad, clasificó a 12.789 trabajadores por oficios. Estos datos nos sirven para hacernos una idea de como eran los trabajos en nuestra ciudad por aquellos años, pero son difícilmente extrapolables a nuestro barrio en particular, pues en aquellos años, era una zona eminentemente rural todavía, en pleno inicio de expansión, pero muy mediatizada por las grandes empresas que en estos terrenos se empezaban a asentar.

Aun así no quiero dejar de apuntar la curiosidad de que en aquel año 1915, teníamos ya en nuestra ciudad 300 personas trabajando para las Artes Gráficas. Que había otros 300 harineros o 900 ferroviarios. Que otros 730 vecinos trabajaban en azucareras o alcoholeras. Que había 370 barberos, 2.050 albañiles y 1.656 metalúrgicos por otros 1.500 carpinteros. Los tejedores ascendían a 414, por otros 285 sastres y 85 sombrereros, mientras que 93 eran curtidores y 70 zapateros.

En el transporte trabajaban otras 800 personas junto a otros 85 tranviarios. Dependientes de ultramarinos había 210 y de otros menesteres de comercios 1.240. Para el Ayuntamiento trabajaban 280 personas y para la repostería y los bares o cafeterías otras 298 personas. Pintores había 247 personas y electricistas 293, que no está nada mal, mientras que conserveros había 80. Que hacían cestas teníamos a 78 personas y colchoneros a 60. Para hacer mármoles o trabajando en canteras disponíamos de 95 oficiales.

A partir de aquí, que cada uno saque sus conclusiones, sus comparaciones con el día actual del siglo XXI en donde tiene otro color. Que analice como ha evolucionado la ciudad y sus oficios, y hacia donde nos hemos movido.

En aquel año de 1899 casi el último del siglo, nacieron 2955 personas y fallecieron 3167. Es decir, que tuvimos en nuestra ciudad un crecimiento negativo de 212 vecinos. Por aquel entonces la edad media de vida en la ciudad era de tan solo 28 años. Algo exiguo como todos podemos comprender si la analizamos con la actual.

En esta media está incluida la niñez que en aquellos momentos era quien realmente bajaba mucho la estadística en estos valores. Pero por seguir analizando debemos decir que, en los mismos tiempos, en Francia la edad estimada de vida era de 39 años y en Noruega de 48. Eran países en donde la sanidad infantil estaba mucho más avanzada. En aquellos años, era alcalde de nuestra ciudad Amado Laguna de Rins, que además de Militar era Ingeniero Agrónomo y fundador de la M.A.Z..

En el año 1895, de los 95.000 habitantes de nuestra ciudad Zaragoza, sólo 5.000 eran obreros industriales, lo que nos da una imagen de ciudad muy dedicada a la agricultura.

Pero hay otro dato más preocupante para nuestro presente. Mientras en al año de 1900 los ciudadanos aragoneses representábamos el 5% del total de España, hoy somos el 3% del Estado. En el mismo periodo los catalanes han pasado de un 10% a un 15%. Eran entonces el doble que nosotros y hoy, 100 años después, son 5 veces más. Y no hay que olvidarlo para entendernos.

Era aquel año de 1900 fue el último en que las horas se contaban de 12 en doce. Y me explico mejor. No existían las 15 horas ni las 23 horas. Las 3 de la tarde eran las 3 de la tarde, y punto. A partir de 1901, se puso el reloj en 24 horas, y las 3 de la tarde de aquel año, pasaron oficialmente a ser las 15 horas. Mucho más fino quedó el horario preparando a la población para los adelantos que el nuevo siglo nos iba a traer.

Solo un dato más sobre aquellos años, y es que había sólo 55 policías en la ciudad de Zaragoza, y que, de ellos, 4 eran policías secretas y únicamente 18 iban uniformados. No entiendo pues como los 33 policías sin uniforme estadístico no eran considerados policías secretas o de paisano. Se turnarían los uniformes tal vez. Eso sí, por la noche, Zaragoza quedaba bien guardada. Un cabo y 3 hombres vigilaban toda la ciudad. Jopetas.

Por desgracia no me puedo imaginar hoy nuestra Zaragoza, con tan pocos hombres vigilando, ni multiplicados por seis para corregir el índice de población de entonces con al actual. Aunque igual nos sorprendíamos de conocer los datos reales de policías que custodias algunos días la ciudad.

Dicen que en la fiesta del 5 de marzo de aquellos principios de siglo, la gente salía a celebrarlo al campo, donde preparaban calderetas, ranchos o paellas. Más o menos como ahora, después de que se rescatara esta celebración por el primer ayuntamiento socialista en la conocida como etapa democrática. Pero con algún cambio.

Entonces elegían Torrero, Montemolín, o las arboledas del Ebro y el Gállego. Es decir, no sólo se elegía la fiesta en las Balsa del Ebro Viejo, sino que se utilizaba también nuestro barrio para salir al campo a pasear y jugar, a celebrar la Cincomarzada.

En la huelga general de 1904, las autoridades se tomaron muy en serio el orden público, esperando desórdenes callejeros sobre todo en las zonas industriales. En los barrios de Torrero y Montemolín sin saber muy bien los motivos, se desplegó al ejército, mientras que por el resto de la ciudad, con la Guardia Civil pensaron que era suficiente.

El 10 de agosto de 1904 aquella huelga terminó, pero sigo pensando yo ahora, si el hecho diferencial del tipo de vigilancia era un detalle bueno o malo a la hora de entender cómo era nuestro barrio en aquellos años. Nos da un retrato eso sí, de que éramos considerados como zona industrial.

Hasta tal punto era famoso y tenido en cuenta el principio urbano de la zona de Miguel Servet —puede que, por las anchuras de su calle, pues no se entiende mucho si no es por ello— que los grandes entierros de gentes ilustres zaragozanas eran los féretros llevados hasta el cementerio de Torrero por esta calle principal de Miguel Servet hasta el cruce del puente de la acequia de Las Adulas, subiendo luego por San José. ¿No sería para dar más vuelta y que durase más el entierro? Perdón por el comentario.

Unos años después se montó en la actual zona de la plaza de Los Sitios la gran exposición Hispano Francesa de 1908, que estuvo abierta entre el 1 de mayo y el 5 de diciembre de aquel año, habiendo sido visitado por un total de 600.000 personas. No es Montemolín, pero estaba cerca.

Su recinto ferial, precioso, único en la historia de la ciudad, se componía del Palacio de las Artes y Oficios, edificado por Félix Navarro, en donde se exponían salones de maquinaria, curtidos, minería, cerámica, lana y correos; el Palacio de los Museos, edificado por Ricardo Magdalena, en donde había una exposición de Arte Retrospectiva, y que fue inaugurado por el Rey el 15 de Junio, un mes después de ser abierta el resto de Exposición, y abriendo en aquella fecha al público además de este pabellón, el Pabellón Francés y otros varios edificios de menor importancia.

A esa inauguración oficial, acudió también el ministro francés de Comercio, y de alguna manera en su puesta en funcionamiento bebió de las ideas de la Exposición Aragonesa de 1885, que se hizo en el entonces todavía sin inaugurar Matadero de Zaragoza en Miguel Servet, en el barrio de Montemolín. Vemos arriba un cartel de aquella exposición.

Ambas, fueron exposiciones predecesoras a la celebrada en Zaragoza con el lema de Agua y Desarrollo Sostenible, para celebrar el Segundo Centenario de los Sitios, aunque no se mencionara, la muy conocida Expo 2008 que tuvo lugar en el meandro de Ranillas durante tres meses de aquel verano.

En 1912 se empiezan a adoquinar las calles céntricas de la ciudad. Hasta entonces todo era barro y tierra. Es fácil suponer pues, que en el barrio de Montemolín se tardó bastante en ver los adoquines, y que estos finalmente, fueron los últimos tapados en las calles transversales a Miguel Servet por el asfalto pero bien entrada la década de 1970.

Solo en el año 1.920 — qué tiempos tan locos y de locos— hubo 23 asesinatos políticos en nuestra ciudad. Os lo dejo como un detalla bruto del funcionamiento de nuestra ciudad.

Loa alcaldes de Zaragoza a partir del momento de la Guerra Civil fueron los que a continuación se enumeran. Auténticos artífices junto a sus equipos de gobierno, de la configuración del crecimiento de nuestra ciudad para bien y para mal, que de todo hubo.

A partir de Julio de 1.936 D. Miguel López de Gera. Desde enero de 1.939 D. Juan José Rivas. Desde mayo de 1.944, D. Francisco Caballero. A partir de noviembre de 1.946 D. José María Sánchez. Desde febrero de 1.949 D. José María García Berenguer. A este le sucedió en mayo de 1.954 D. Luis Gómez Laguna, y a este D. Cesáreo Alierta.

Después trabajó por todos nosotros D. Mariano Horno Líria, quien dio el pase a D. Ramón Sainz de Varanda. Este a su muerte pasó el testigo a D. Antonio Gonzalez Triviño, y a la pérdida de las elecciones de este le sucedió Dª Luisa Fernanda Rudí que dejó el cargo para irse a Madrid en manos de D. José Atarés Martinez quien fue sustituido en junio de 2003 por D. Juan Alberto Belloch Julbe. Los y las alcaldes modernas posteriores ya no las comento.

En otro orden de cosas, y ya en el plano cultural no debemos de olvidar que en 1972 se funda la revista El Andalán. Este periódico semanario que tanto hizo por la cultura, fue también crisol de gentes que tomaron conciencia por su tierra, por su ciudad y sus barrios, creando la percepción de que podemos conseguir todo lo que nos lo proponemos con unidad; que al menos esto no se nos olvide.

Y terminar este apuntado, ligero y banal de la historia de Montemolín de aquellos años, que el 23 de Abril de 1978, se movilizaron unos150.000 aragoneses con una sola voz pidieron por las calles zaragozanas, reclamando la autonomía plena para Aragón. Fue la primera vez en que tantos aragoneses se unieron para pedir sus razones, aunque no nos hicieron caso, y nos la metieron por el Artículo 145 en vez de por el Artículo 151. Parece una tontería, pero no, era fundamental y lo seguimos pagando.

Entre 1960 y 1970, 220.000 aragoneses emigraron de sus pueblos. De ellos 100.000 lo hicieron a sus capitales de provincia con gran predominio de Zaragoza, 48.000 a Cataluña, 30.000 a Europa, 14.000 a Valencia, 9.000 a Madrid y 7.000 al País Vasco y Navarra. Entre 1950 y 1975, Aragón sin contar en el dato a Zaragoza, perdía a 100.000 habitantes siendo además estos años de gran natalidad y crecimiento en otras zonas de España.

En el mismo tiempo Zaragoza ganaba 180.000 habitantes. La gran ciudad se iba comiendo a la región, y para ello necesitaba formar nuevos asentamientos, nuevas barriadas que recibieran a la inmigración de los pueblos.

Y es en este caldo de cultivo como se fue formado y creciendo Montemolín. Con gentes en su mayoría de la zona del Bajo Aragón. Vecinos que se iban de Muniesa, Belchite, Letex, Lecera, Montalbán, Sástago, Escatrón, y que eran zonas que entregaban a sus mejores hijos a la capital y que recalaban por nuestra puerta de entrada, la estación de Utrillas, y que por aquí cerca se quedaban, al ser la primera ventana de la ciudad que ellos contemplaban.

De alguna manera vivir cerca de la estación, las deba la impresión de que se encontraban más cerca de sus pueblos de origen familiar.

Julio Puente