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7.9.26

Gran Restaurant de Rosa Fortis en Zaragoza

Gran Restaurant de Rosa Fortis








RESUMEN.: Fundado hacia 1850 por la saga piamontesa Fortis, el Gran Restaurant de Rosa Fortis fue pionero de la restauración moderna en Zaragoza. Liderado por Doña Rosa Fortis en 1880, se ubicó en la calle Don Jaime I (antigua San Gil 84, tras la reorganización urbana de 1860).

Este innovador negocio combinaba alta cocina francesa, pastelería, catering por encargo y bodega. Con iluminación de gas y comedores privados, introdujo un servicio cosmopolita orientado a la burguesía, ofreciendo desde menús accesibles de seis reales hasta selectos banquetes.

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 El Gran Restaurant de Rosa Fortis fue uno de los establecimientos pioneros de la restauración moderna en Zaragoza durante el siglo XIX. Su propia publicidad afirmaba que había sido fundado en 1850 y, que en los años 1879-1880, estaba instalado en el número 25 de la calle Don Jaime I. Sus antecedentes deben buscarse en la actividad hostelera de la familia piamontesa Fortis, vinculada desde la década de 1840 a la Fonda de las Cuatro Naciones y a la fundación de uno de los primeros restaurantes que tuvo Zaragoza en la antigua calle de San Gil, luego D. Jaime.

En 1880 el restaurante de Rosa Fortis era descrito como uno de los establecimientos culinarios más importantes de la ciudad de Zaragoza. Ofrecía cocina francesa, vinos aragoneses y andaluces, comedores espaciosos y lujosamente decorados, iluminación de gas y un servicio atendido por camareros españoles e italianos, de donde provenía la familia fundadora. 

Además de las comidas servidas en el local, preparaba encargos para particulares que se los podían llevar (sí, en el siglo XIX) , disponía de vinos y licores nacionales y extranjeros y realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería. Los cubiertos se ofrecían desde seis reales, que eran 1,5 pesetas. Traducido al año 2026 por los IPC y similares, podemos decir que estamos hablando de un menú básico de unos 7 a 8 euros actuales.

Pero ese valor es algo mentiroso si lo comparamos realmente con lo que cuesta la vida hoy y con el porcentaje del sueldo diario que representaba en ese año las 1,5 pesetas. Si lo analizamos desde ese punto de vista del sueldo diario de entonces y de ahora, el Menú saldría al cambio por unos 25 euros como mínimo.

Aunque su publicidad daba el año 1850 como año de fundación, sabemos que en esa fecha no estaba ya en el número 25 de Don Jaime I. La calle fue profundamente transformada a partir de 1857 y las fuentes de 1860-1861 sitúan el restaurante de la familia de Rosa Fortis en la antigua calle de San Gil, pero en el número 84. La aparición posterior ya con la calle cambiada de nombre a Don Jaime I, 25, parece formar parte de esa evolución urbana y comercial.

El Gran Restaurant de Rosa Fortis se anunciaba como fundado en 1850, pero no dicen esos anuncios que estuviera ya desde 1850 en el número 25 de la calle Don Jaime I. La historia del establecimiento y la transformación de esa calle son más complejas. Precisamente entre 1858 y 1863 Zaragoza cambió radicalmente ese sistema de numeración de las calles de Zaragoza, por lo que existe la duda de si realmente el restaurante de San Gil y el de Don Jaime fueran el mismo o diferente local.

La reforma urbana de Zaragoza del año 1860 hizo dos cosas al mismo tiempo. Primero, agrupó bajo un único nombre varios tramos de calles que antes tenían denominaciones diferentes: San Gil, San Pedro, Virgen del Rosario, Cuchillería, etc., pasaron a formar la nueva calle de Don Jaime I. Segundo, se procedió a renumerar completamente los edificios, y a dejarlo de hacer por manzanas y de forma correlativa, cambiando pares e impares según eran aceras de la izquierda (impares) o de la derecha (pares) con arreglo al punto de inicio en la Audiencia de Zaragoza.

El anuncio que se repite en muchos números explica además con bastante precisión qué tipo de negocio era. Servía comidas tanto en el propio establecimiento como por encargo «para fuera de la capital»; disponía de vinos y licores españoles y extranjeros; realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería; y ofrecía cubiertos desde 6 reales. No estamos ante una simple casa de comidas. Era un establecimiento que reunía varias actividades que hoy separaríamos: restaurante, catering, pastelería-confitería y comercio de vinos y licores.

La propia Revista de Aragón, al indicar uno de sus puntos de suscripción, señalaba que la librería de Juan Osés estaba en Don Jaime I, 42, «frente al restaurant de Fortis».

La gran operación de ensanche y regularización de la calle San Gil se produjo hacia 1857, derribando edificios y alterando las antiguas calles y alineaciones. El historiador Santiago Parra documenta esas transformaciones y señala que afectaron precisamente al entorno donde estaban instalados los negocios hosteleros de la familia Fortis.

La Guía de Zaragoza de 1860-1861, dice que el señor Fortis, propietario de la Fonda de las Cuatro Naciones, había abierto un restaurant en la calle de San Gil, 84. Lo describe con mesas muy bien servidas y escaparates llenos de preparaciones culinarias destinadas a atraer a gastrónomos y golosos. Y veinte años después, en mayo de 1880, cuando el establecimiento ya se anunciaba en Don Jaime I, 25, un cronista seguía refiriéndose a él como el antiguo restaurante de la calle de San Gil.

El nombre Rosa Fortis no era simplemente una razón comercial heredada. Una crónica de la Revista de Aragón de 15 de mayo de 1880 habla expresamente de «Doña Rosa Fortis» y cuenta que había invitado recientemente a varios periodistas zaragozanos a su establecimiento. El articulista elogia su generosidad y, sobre todo, dedica un largo comentario al restaurante. Es pues muy probable que Rosa Fortis ejercía personalmente como responsable o anfitriona del establecimiento en esos años. No era un nombre puramente histórico colocado sobre la puerta.

Y se habla de cocina francesa, vinos procedentes de Aragón y Andalucía, habitaciones confortables y lujosas lo que nos da idea de que además era Fonda, comedores espaciosos y artísticamente decorados; iluminación mediante gas; servicios de mesa de calidad y camareros españoles e italianos. El cronista llega a decir que aquellas mejoras habían convertido al antiguo y modesto restaurante de San Gil en «uno de los establecimientos culinarios más importantes» de Zaragoza. Hacia 1880 el de Rosa Fortis era ya un restaurante de categoría, dirigido a una clientela burguesa y acomodada, aunque ofreciera cubiertos desde seis reales.

El anuncio comercial no da una carta concreta, pero la crónica de 1880 menciona expresamente ostras, pescados, aves y vino de Jerez, además de hacer referencia a una cocina francesa muy elaborada. En sus escaparates de la calle San Gil se exponían preparaciones semejantes a las de establecimientos refinados como Lhardy en Madrid: pasteles salados, civets, fiambres, embutidos, aves y asados. En un anuncio anterior de Juan Fortis, se ofrecían pollos, capones, perdices, jamón dulce, queso de cerdo y solomillos. En 1871 se documenta igualmente la venta de un «abundantísimo surtido» de turrones para Navidad en el restaurante de los Fortis. La pastelería y la confitería que Rosa anuncia en 1879 no eran una actividad secundaria improvisada: formaban parte de una tradición familiar de elaboración y exposición de productos preparados.

Según la investigación de Santiago Parra, el primer Fortis que aparece claramente establecido en Zaragoza es Juan Fortis, relacionado con una familia de hosteleros italianos que ya operaba en Barcelona. Procedían del Piamonte, región del norte de Italia de donde llegaron a España varias familias dedicadas profesionalmente a la hostelería. Juan Fortis regentaba la Fonda de las Cuatro Naciones y está documentado en Zaragoza al menos desde 1843, cuando el establecimiento participó en el banquete celebrado con motivo de la jura de la Constitución por Isabel II. En 1849 aparece ya la firma Juan Fortis y Compañía anunciando productos preparados procedentes de un gran baile celebrado en casa de los marqueses de Lazán. La actividad hostelera de los Fortis en Zaragoza era al menos desde 1843 y que 1850 es el momento en que se independizó o formalizó como restaurante una actividad culinaria que previamente estaba integrada en la fonda.

Hasta mediados del siglo XIX, en Zaragoza lo habitual eran posadas, fondas, figones y casas de comidas. El concepto moderno de restaurant, importado principalmente de Francia, estaba empezando a introducirse. La Guía de Zaragoza de 1860-1861 tuvo incluso que explicar a sus lectores qué significaba aquel nuevo tipo de establecimiento. Se describía como algo intermedio entre una pastelería y una fonda, con un servicio de comida más refinado y posibilidad de elegir platos. Y como ejemplo destacado citaba precisamente el restaurant del señor Fortis en San Gil, 84. Por ello podemos considerar el establecimiento de los Fortis —del que posteriormente aparece Rosa como titular— como uno de los primeros restaurantes en sentido moderno de la historia de Zaragoza.

Los Fortis y otra familia fundamental en la hostelería zaragozana, los Zoppetti, eran de origen piamontés. Según Parra, fueron estos profesionales extranjeros quienes introdujeron en Zaragoza muchas pautas de la cocina francesa e internacional, especialmente en los grandes banquetes de la segunda mitad del siglo XIX, y el restaurante debió de ofrecer una experiencia relativamente cosmopolita para la Zaragoza de entonces. Recetas francesas, servicio profesionalizado, productos extranjeros, vinos españoles seleccionados y personal de procedencias diversas.

En 1859, Gaudencio Fortis solicitó una licencia municipal para modificar unas puertas de su restaurante La Esmeralda, situado en la calle San Gil. Santiago Parra considera probable que fuese el restaurante vinculado al hotel de los Fortis. Cabe la duda de saber si el establecimiento nacido hacia 1850 pasase por diferentes denominaciones o nombres comerciales antes de aparecer definitivamente como Gran Restaurant de Rosa Fortis.

El restaurante de Rosa Fortis y la Fonda —posteriormente Hotel— Universo y Cuatro Naciones pertenecen al mismo universo empresarial y familiar de los Fortis, pero no debemos considerarlos automáticamente un único establecimiento.

La primitiva Fonda de las Cuatro Naciones estuvo en la calle San Pedro número 3 y sufrió un grave incendio el 6 de julio de 1855. Después, coincidiendo con la transformación urbanística de la calle Don Jaime, los servicios hosteleros de Fortis pasaron temporalmente a la casa de la condesa de Torresecas, en el Coso número 5, mientras se reconstruía el establecimiento. Finalmente reapareció como Hotel Universo y de las Cuatro Naciones. Los Fortis continuaron gestionándolo durante décadas, aunque el inmueble pertenecía a otra familia. Al filo del siglo XX la gestión pasó a Pedro Durio.

Por eso considero muy probable que el Gran Restaurant de Rosa Fortis estuviera estrechamente ligado a esa saga hostelera.

Sabemos que Juan Fortis fue el primer gran hostelero de la familia documentado en Zaragoza y que después aparece su hijo Gaudencio Fortis gestionando diferentes negocios. Pero no he encontrado todavía un documento que diga que Rosa fuese, por ejemplo, «hija de Juan» o «hermana de Gaudencio». Sería una deducción demasiado arriesgada. Lo que sí sabemos documentalmente es que en 1880 era tratada como «Doña Rosa Fortis», que recibía personalmente a invitados y periodistas y que el establecimiento llevaba oficialmente su nombre. Es bastante para reconocerla como una de las primeras mujeres que aparecen nominalmente al frente de un restaurante importante de Zaragoza, aunque nacesitaría reconstruir su biografía para concretar.

Tampoco he encontrado todavía una fecha segura de cierre. La actividad hostelera de los Fortis continuó durante las décadas siguientes, y hacia 1890 el Hotel Universo servía elaboradas cartas de inspiración francesa. Pero esas cartas corresponden al Hotel Universo/Cuatro Naciones, por lo que no debemos atribuirlas automáticamente al establecimiento de Rosa Fortis en Don Jaime 25.

El anuncio decía: "Se sirven cubiertos desde 6 reales en adelante". El cubierto era aquí una comida a precio fijado, aproximadamente el equivalente a lo que hoy llamaríamos un menú del día, aunque la composición y el sistema de servicio eran diferentes.

Los seis reales eran el precio mínimo. El cliente podía gastar considerablemente más escogiendo productos, vinos o preparaciones especiales. No era un pequeño comedor oscuro y popular. Debía disponer de varios espacios, con comedores amplios, decoración cuidada, iluminación de gas, buenos servicios de mesa y personal especializado. Había escaparates de alimentos preparados y una parte importante del negocio consistía en encargos de comidas, pastelería y repostería. Y como era moda en aquellos tiempos, comedores privados y pequeños para familias acomodadas o reuniones de negocios con comida. Y debió de tener una clientela de cierto nivel social.

7.8.26

CLVNIA 2. Del turismo arqueológico por ruinas romanas


Una expresión que me gusta es la granadina de que: alguien o un conjunto de personal tiene malafollá por contestar de forma destemplada o de mala hostia las invectivas de los cansinos voceros de su propia vida, que nos la recetan sin dialogar ni mediando pregunta alguna por castigo. Pregoneros de sí, del vocablo pregón (pre-vocare, citar en voz alta por delante), acepción reservada en Roma a la vida pública y las noticias faustas o infaustas.

No parece provenir malafollá de una expresión soez, tener relación con poner rictus de centurión romano que no podía hacer el amor durante meses e iba a la batalla con las tripas vacías para que no se le infectasen en caso de ser asaeteado en las campañas de Diocleciano, sino de los fuelles de los herreros del Sacromonte que perdían aire, que por ello no mantenían la temperatura de la fragua. Equivaldría en nuestro castellano actual a dar una contestación con cajas destempladas.

El legado romano a nuestro alrededor es un recurso, una pasión y no hay que referirse a Tarragona para comprobarlo. Dado que Navarra saca partido de sus restos romanos y propone una visita de los restos de villas, ingeniería hidráulica y de caminos y puentes, propone conocer a fondo el soberbio conjunto –excavado y museizado de forma impecable- de la villa romana de Arellano y su magnífico mosaico juntamente y en el mismo día con una visita detenida de la ciudad de Andelos, próxima a Mendigorría.

Este yacimiento es especial pues, a semejanza del largo acueducto romano para regar el Jiloca Alto de Albarracín, la ciudad fue dotada con un numeroso conjunto de presas, depósitos y acueductos que garantizaban el agua en sequías prolongadas, dando servicio a varias termas, extensas viviendas y edificaciones que tuvieron servicio de vías pavimentadas. Andelos fue una fundación romana previa a Pamplona y llegó a albergar hasta tres mil residentes. Es interesante según los historiadores su urbanismo: pues contó con varios barrios como el residencial, el artesano, equipamientos públicos y una cisterna o castillo de agua.

De modo semejante, Clunia constituye junto con la enología y la riqueza patrimonial de sus villas el recurso fundamental turístico del sureste burgalés. Si consideramos el refuerzo que supone a la comarca ser el arranque natural desde Vivar y Burgos del Camino del Cid y las visitas numerosas al Monasterio de Silos y Covarrubia.

Como se citó en un primer texto dedicado a esta desconocida ciudad romana en Aragón, sus equipamientos como capital de convento son equivalentes a los de una capital provincial de nuestros días pero la cuestión es que desapareció y decayó en sus funciones, lo que la hace interesantísima y la aproxima, excepto en el caso de York y Londres, a la casi completa desaparición de las ciudades de Britania. Ello supone que el resto romano más visitado del Reino Unido sea la Muralla de Adriano, sistema defensivo que aparece como referencia inequívoca en el “Señor de los Anillos” y asaltaban pictos pintados como William Wallace según nos lo han mostrado en “Braveheart” de manera anacrónica.

A Clunia no le faltaba nada como a su prima Cesaraugusta. Tenía muchísimos más equipamientos que Osma (Uxama), ciudad que sí pasó a la posteridad como sede obispal que conserva. Ambas, lo mismo que Zaragoza (Salduie), lo que se afirma de Clunia (Kluniaku), se urbanizan en terrenos próximos a asentamientos celtíberos o iberos a controlarse y con algo de agua o previsión para transportarla y acumularla.

Las capitales de convento contaban con una función simbólica y las legiones romanas que les dieron origen no solo contaban con una jefatura, centuriones y milites en un campamento o castro militar que después crecía. Desplazaban con ellas otros números como arquitectos militares (zapadores, pontoneros), agrimensores pues se levantaban de nueva planta y había que marcar por dónde labraban los bueyes, sacerdotes especializados en auspiciar, ingenieros de minas e hidráulicos, artesanos al servicio del ejército que reparaban carros o armas e incluso exactores (hoy interventores) que pagaban las soldadas en sal o dineros –denarios- y hacían la contabilidad. 

Tras una larga vida de servicio militar, algunos soldados gozaban de inmunidad (segunda actividad retribuida consultiva o de seguridad básica en que se dejaba de portar armas con las manos).

Después estaba la atracción premeditada por el Imperio que ejercían las ciudades romanas sobre la población local que las dotaba de industriales agroalimentarios, trabajadores en los servicios de ocio y gestores de baños romanos. Y aun así nos dejaríamos a la más de la mitad de la población de los vicus: las mujeres de los soldados veteranos licenciados tras veinte años de mili, sus hijas e hijos producto de cruces con la población local, las concubinas y esclavas y esclavos.

Roma fundaba con efecto demostración, no para dotar de servicios a territorios a cuya población local diera estatus de ciudadana. Sus ciudades policromadas y visibles a distancia fueron capitales territoriales en que proveerse de servicios médicos encabezados por galenos griegos, asistir a instituciones educativas los hijos de la nobleza local (principal función de la Osca sertoriana), ir al anfiteatro o al circo a apostar, gozar de una obra teatral con la que curar el alma y asistir, por fuerza o como representante cuestor, a las ceremonias y acontecimientos que tenían lugar en el foro.

En el cruce del cardo y decumano se levantaba por cada cabecera de convento y en su foro un capitolio (templo con tres cellas o salas dedicadas a Júpiter, Juno y Minerva), la curia en que se celebraron las reuniones del senado del convento y una basílica (del griego, casa de los basilios o reyes) que heredan las impactantes cortes judiciales de Estados Unidos. Al tratarse de un espacio público relevante arquitectónicamente para la administración de justicia que, como puede ser con renglones torcidos, mejor que te caiga en una sala de mármol y por una jueza en toga, atención, y peluca empolvada.

Las basílicas remataban plazas porticadas aprovechadas en sus retranqueos para tiendas y bares (tabernas) pues se consideraba salutífera la confrontación directa por terrenal entre magistrados y ciudadanos. 

Añadamos a todos estos equipamientos funcionales y bellos –a partir de Le Corbusier el urbanismo es orgullosamente feo pero qué bonito y platónico que te lo explica- otros edificios especializados en acuñar monedas y servir como depósitos monetarios de protección reforzada o cecas (erarius, de donde viene lo del erario público y surge la Zuda zaragozana o Torre del Oro sevillana), los arcos triunfales, las columnas, los altares ceremoniales glorificando las victorias y las estatuas.

En Clunia como por la ciudad minera conquense de Segóbriga y las soberbias ruinas y puente de Emérita Augusta, al estar desplazada de la capital romana la Mérida actual, paseamos por una copia en miniatura de Roma antes ensayada en Neapolis, Marsella, Tarragona y Split. Ciudades con función administrativa completadas por barrios donde residen las élites representativas, los legionarios terratenientes y el resto de población local en ocasiones enriquecida como comerciantes (en algunas ciudades con una capa de judíos exiliados). 

Todos ellos presentes en la mezcla genética base de las legiones romanas a partir de Augusto. Dado que la romanización en Hispania tuvo un fuerte componente colonizador a cargo de legionarios itálicos, concretamente etrurios y de Campania, presentes en la fundación de Osca, Zaragoza y Clunia como componentes de las centurias desde Escipión y las guerras púnicas.

Clunia cuenta con un teatro soberbio para 10.000 personas que se acuesta, como el de Epidauro y por razones de sonoridad, sobre la espalda de una colina. Aún hoy se mantiene en uso y alberga cada verano una campaña espectacular de actuaciones teatrales. Además en la cima del cerro que domina el valle medio del Duero visitaréis los restos de un foro con basílica, templo de Júpiter y tabernas; aljibes para represar aguas de manantial; mosaicos y bellas esculturas y termas. Una ciudad que nos traslada en estado puro y sin las capas de posteriores edificaciones superpuestas a lo que fueron el resto de ciudades romanas en Hispania de modo indeleble.

Aragón tiene malafollá, falta de fuelle, con su patrimonio romano propio. Abandona parece que a propósito una labor integral en Bilbilis. Al menos presentemos qué podría encontrarse de hacer un esfuerzo como el de Navarra en Andelos.

07.08 Luis Iribarren

2.8.26

La Granja Agrícola en Montemolín de Zaragoza


La Granja Agrícola de Zaragoza es la institución precursora del actual Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón (CITA). Fue creada en Zaragoza el 23 de septiembre de 1881 por Real Decreto como Granja-Modelo para el estudio y la formación en conocimientos agrarios en su más amplio sentido, formación de personal especializado, así como ensayar e introducir cultivos de nuevas especies vegetales, y cría, mejora y multiplicación de animales de granja.

El 18 de mayo de 1881 se publicó en la Gaceta de Madrid un Real Decreto por el que el Gobierno de entonces se comprometía a auxiliar con el personal técnico y con el material que fuera necesario a las tres provincias aragonesas que enseguida solicitaron en aquel verano la instalación de una Granja Modelo o una Estación Agronómica. De las solicitadas en toda España, solo se aprobaron tres Granjas Experimentales, una la de Aragón instalada en Zaragoza.


En la solicitud, las Diputaciones Aragonesas debían consignar las condiciones de la finca en que habían de establecerla y las cantidades que dedicaban a su instalación y sostenimiento. La Diputación Provincial de Zaragoza contrató al arquitecto Félix Navarro, quien desarrolló el proyecto para que se instalara el Centro en la finca llamada “Torre de la Infanta” entre los barrios de San José y Montemolín de Zaragoza, una finca agrícola fue una propiedad histórica de unas 21,5 hectáreas situada en la partida de Rabalete, cerca del Puente del Virrey.

El 24 de septiembre se publica en la Gaceta de Madrid el Real Decreto por el que el Ministerio de Fomento aprobaba el proyecto presentado por Aragón. El centro se creó con el objetivo de “convertir al propietario rural en director con formación suficiente de sus propias explotaciones, aumentar el catálogo de las plantas cultivadas en la región, mejorar la técnica de los trabajos mediante los nuevos elementos de fertilización de las tierras y fomentar la ganadería como elemento indispensable para una agricultura con aspiración de intensiva”. Era 1881, hace casi 150 años.

Unos meses después, el 9 de marzo de 1940 dictan desde los Centros, Estaciones, Subestaciones y Anejos en que habrá de desarrollar su labor el Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas, que sea la Estación de Cultivos de los Grandes Regadíos de Zaragoza, como continuadora de la Granja Agrícola, y cuya principal labor sería la introducción en Aragón del cultivo de la remolacha azucarera.

La antigua Granja Agrícola de Zaragoza no fue simplemente una explotación ganadera o una finca donde se ensayaban cultivos. En términos actuales, reunía en un mismo recinto cuatro funciones, ser un centro de investigación agraria, un laboratorio de análisis agrario y ganadero, una escuela práctica para agricultores y técnicos y un servicio de divulgación y asesoramiento al campo aragonés.

Su influencia fue considerable en la introducción de la remolacha azucarera en Aragón, en el uso de los fertilizantes minerales, en el estudio de nuevas plantas forrajeras, en la formación paraa la utilización de maquinaria agrícola, con mejoras en la producción vinícola y nuevas y modernas experiencias de selección ganadera. Fue, además, el antecedente remoto del actual Centro de Investigación y Tecnología Agroalimentaria de Aragón, el CITA.

En 1883 ya se estaba proyectándose o construyéndose la Granja-Escuela zaragozana. El proyecto arquitectónico fue encargado a Félix Navarro Pérez, uno de los arquitectos más innovadores de la Zaragoza de finales del siglo XIX. También en ese mismo 1883 se realizaron ya algunas plantaciones experimentales de árboles frutales, maíz y otros cultivos de regadío.

Varias fuentes municipales y locales consideran 1884 el año de apertura efectiva de la Granja. En ese momento quedó absorbida por ella la Estación Vitícola y Enológica que había comenzado a funcionar en Zaragoza como respuesta a la amenaza de la filoxera. Esta integración explicaría que 1884 aparezca frecuentemente como fecha inaugural. Aunque ya habían realizado trabajos anteriores, el programa organizado de investigación agronómica comenzó en 1885 en el denominado Campo Experimental anejo a la Granja.

La creación de la Granja formaba parte de un intento estatal por superar la agricultura tradicional basada en conocimientos transmitidos por costumbre, barbechos prolongados, semillas poco seleccionadas, escasa fertilización y una mecanización muy reducida.

Las nuevas estaciones agronómicas europeas aplicaban al campo el método experimental de dividir parcelas, cambiar una sola variable, medir rendimientos de las cosechas, analizar químicamente tierras y productos y publicar los resultados. Las teorías de Justus von Liebig sobre la nutrición mineral de las plantas tuvieron una influencia decisiva en este cambio.

La institución zaragozana debía obtener datos aplicables específicamente al clima, los suelos arcillosos, el viento, el regadío y los cultivos del valle medio del Ebro. No se pretendía copiar sin más los métodos franceses o centroeuropeos, sino determinar cuáles podían funcionar realmente en Aragón. xxxx

La Granja se instaló en una gran propiedad agrícola conocida como Torre de la Infanta, vinculada tradicionalmente a la zaragozana María Teresa de Vallabriga, viuda del infante don Luis de Borbón. La finca se encontraba en la partida de Rabalete, dentro del espacio rural que entonces se identificaba con Montemolín y que hoy se reparte entre los barrios de San José y Las Fuentes. María Teresa de Vallabriga y Rozas era esposa morganática del infante don Luis Antonio de Borbón, hermano de Carlos III. El Ayuntamiento de Zaragoza confirma que la Granja Agrícola Experimental se instaló sobre los terrenos de aquella torre o finca de María Teresa de Vallabriga.

Una descripción del siglo XIX indica que la propiedad contenía un palacete ya en aquel momento bastante deteriorado, dos cahíces de tierra con frutales y un olivar de once cahíces. Era un espacio grande 
regada por el agua del Canal Imperial, y disponía de otras 20 Ha de secano en los campos de San Gregorio

Al morir María Teresa de Vallabriga en 1820, la heredó su hija María Teresa de Borbón y Vallabriga, XV condesa de Chinchón, esposa de Manuel Godoy. Pero cuando esta Torre de la Infanta se vendió para ser la Granja Agrícola, no se yo de quien era su propiedad, pues las anteriores ya habían fallecido.

El recinto se extendía aproximadamente entre el camino del Puente de Virrey, el camino de Cabaldós, la estación ferroviaria de Cappa, después llamada de Utrillas y los terrenos próximos al camino del Bajo Aragón, actual avenida de Miguel Servet.

El 17 de Noviembre de 1896 se crea dentro de la propia Granja, una Escuela Regional de Agricultura, para dar carácter universitario a los estudios agrícolas. En principio el éxito es escaso entre los nuevos jóvenes con estudios capaces de acceder a esta escuela. No era sencillo introducir nuevas técnicas en la mentalidad de aquellos años, en los que las innovaciones no eran siempre bien recibidas.


En 1903 pasa a denominarse la Granja, como Centro Regional Agronómico; cambiando en 1907 por el nombre de Escuela Práctica Regional de Agricultura y volviendo a cambiar de nombre el 8 de Diciembre de 1910 para  denominarse Escuela General de Agricultura Española y Granja Modelo.


En 1906 se celebran con varios concursos las bodas de plata de la Granja Experimental Agrícola que ya estaba perfectamente asentada en la sociedad rural aragonesa. Uno de los logros más importantes y que más costó ser aceptado por los agricultores en estos 25 años de ardua labor docente, fue la de que no era necesario dejar los campos sin trabajar en años alternos, debiendo añadir a las tierras abonos minerales para poder cosechar todos los años. Era cambiar el "Año y Vez" por abonos minerales.


En el año 1911, un grupo de congresistas agrícolas extranjeros visitaron la ciudad de Zaragoza, para conocer tanto el matadero nuevo de Miguel Servet como la Granja Experimental Agrícola, como ejemplos adelantados a su tiempo y a un trabajo bien realizado en el mundo agrícola.


El 25 de Mayo de 1915 se inaugura un busto en la misma Granja, del que fue su Director e impulsor, el Ingeniero Agrónomo D. Manuel Rodríguez Ayuso. 
En esa época se crearon las Granjas de Almudevar y el Centro Agronómico de Ejea de los Caballeros, dependiendo de nuestra cercana Granja Agrícola.


Desde Miguel Servet partía hacia la Granja un camino de acceso situado prácticamente frente al posterior palacio de Larrinaga. Las fotografías antiguas permiten identificar la casa de Larrinaga desde los campos de experimentación. En aquel camino o avenida con un buen número de árboles de morera a donde íbamos los chicos del barrio a coger hojas en primavera para nuestras cajas de gusanos de seda, desapareció y en el año 2004 se talaron las últimas cinco moreras que estaban en la calle José Galiay, centenarias todas ellas, y que supuso un buen cabreo de los vecinos de la zona. Eran árboles de 9 metros de altura y con una copa de 13 por 16 metros, es decir, árboles históricos que molestaban para hacer edificios caros.

El recinto era considerablemente mayor que el actual parque de La Granja. Sus terrenos se corresponden, aproximadamente, con el Parque de la Granja, el Centro Deportivo Municipal de la Granja, parte del entorno del Pabellón Príncipe Felipe, varias zonas de edificios y viviendas privadas y distintos equipamientos educativos y deportivos levantados después de la desaparición de la institución. El monumento a Rodríguez Ayuso se encontraba concretamente en el espacio ocupado hoy por el polideportivo.

Félix Navarro concibió una auténtica Granja-Escuela, no una simple casa de labor. El conjunto debía permitir enseñar mediante la práctica, con el uso en la Granja de campos de ensayo, dependencias docentes, alojamientos, laboratorios, talleres y edificios ganaderos. La documentación municipal describe el proyecto de 1883 como una apuesta por la capacitación de jóvenes agricultores, basada en la combinación de conocimientos teóricos y trabajo directo.

En su etapa de más actividad, la Granja llegó a disponer de pabellones administrativos y docentes, vivienda del director y alojamientos, laboratorios químicos, su propia biblioteca, un buen observatorio meteorológico, bodega y dependencias enológicas, cuadras, establos y porquerizas, almacenes y cobertizos para maquinaria, zona amplia de semilleros y viveros, unas parcelas experimentales, su propias instalaciones para aves y ganado y en los caminos interiores una hermosa zona de paseos arbolados. No todas estas dependencias pertenecían necesariamente al proyecto inicial de 1883; muchas fueron incorporadas conforme crecieron las competencias de la institución.

No queda claro para mi quien fue el primer Director. Una publicación conservada por el CITA señala a Antonio Berbegal y Celestino en 1881, durante la etapa inicial de organización. Otras investigaciones lo denominan director provisional. Berbegal era una figura ligada a la jardinería, las arboledas y la administración municipal zaragozana. La historiografía agronómica y el Ayuntamiento consideran generalmente a Julio Otero López-Páez el primer director técnico efectivo de la Granja. Un estudio de la Institución Fernando el Católico fija su dirección entre 1882 y 1894, mientras otro trabajo amplía su presencia hasta 1902.

La explicación más probable es que Berbegal interviniera en la organización provisional, la finca y las plantaciones iniciales, mientras que Otero asumió la dirección agronómica una vez constituido el centro. Parece ser que Julio Otero López-Páez fue quien estableció las primeras grandes líneas de investigación, aumentando y racionalizando el uso de fertilizantes, modificandoprácticas tradicionales de cultivo, y trabajando en localizar variedades vegetales más productivas y adecuadas al medio aragonés. Bajo su dirección comenzaron los ensayos sistemáticos, los análisis de tierras y abonos, el estudio del viñedo, la introducción de maquinaria y las experiencias con remolacha azucarera.

Pero Manuel Rodríguez Ayuso fue la figura más conocida y decisiva de la etapa de consolidación. El Ayuntamiento sitúa su dirección entre 1891 y 1908, aunque algunas publicaciones distinguen entre su incorporación como ingeniero, su participación en los trabajos y su dirección efectiva, que comenzaría algunos años después. Rodríguez Ayuso destacó tanto por sus investigaciones como por su capacidad de divulgación. Publicó memorias, dio conferencias, asesoró a agricultores y empresarios y trató de convertir los resultados del campo experimental en actividades económicamente viables. Su trabajo fue tan valorado que en 1915 se inauguró en la propia Granja un monumento dedicado a él. Después de la desaparición del centro, el monumento fue trasladado y actualmente se encuentra en las instalaciones del CITA en Montañana.

El laboratorio de la Granja analizaba tierras, aguas y abonos, la composición de los suelos, la calidad de las aguas de riego, los estiércoles y fertilizantes minerales, los productos vegetales y el resultado tanto en materia vegetal como en mostos, vinos, vinagres y alcoholes. También prestaba servicios a particulares. Un agricultor podía enviar una muestra de tierra, un abono o un producto para determinar su composición o detectar adulteraciones.

Como el centro contaba con instrumental meteorológico, se registraban lluvias, temperaturas, heladas, vientos y otros fenómenos que influían en germinaciones, plagas y rendimientos en las zonas allí plantadas. La meteorología no era una actividad separada y servía para relacionar cada resultado agrícola con las condiciones ambientales en las que se había obtenido.

Uno de los primeros problemas que en esos tiempos tenía el campo aragonés era la escasa fertilización de las tierras de labor aragonesas. La ganadería no proporcionaba estiércol suficiente y los fertilizantes minerales eran prácticamente desconocidos para muchos agricultores. La Granja comparó, por ejemplo, los efectos del estiércol y los superfosfatos sobre la cebada. La desconfianza fue inicialmente considerable: algunos campesinos llamaban a los abonos minerales «los polvos embusteros de la Granja», creyendo que podían perjudicar los cultivos. Para combatir esa resistencia se hicieron demostraciones en parcelas y se publicaron memorias explicativas.

La investigación de Otero y Rodríguez Ayuso contribuyó a la creación, en 1899, de la Industrial Química de Zaragoza, dedicada a la fabricación de abonos minerales. Ambos técnicos formaron parte de su consejo de administración. Es un ejemplo de cómo la investigación pública de la Granja generó después una actividad industrial privada.

Debido al elevado coste de los fertilizantes minerales, se buscaban plantas capaces de enriquecer naturalmente el suelo. Una de las seleccionadas fue el trébol encarnado o trébol rojo, Trifolium incarnatum.

Los ensayos indicaron que aportaba nitrógeno y materia orgánica, podía enterrarse como abono verde, servía también como alimento del ganado, permitía alternarlo con el trigo y en las condiciones ensayadas, su efecto fertilizante sobre el trigo era muy superior al del estiércol. Además como forraje ofrecía rendimientos elevados respecto a la alfalfa. Rodríguez Ayuso publicó trabajos sobre esta planta en 1894, 1899 y 1906. El trébol tuvo gran importancia hasta la introducción y extensión de la veza en las primeras décadas del siglo XX.

Pero el trabajo histórico más trascendental de la Granja Experimental de Zaragoza fue la adaptación de la remolacha azucarera a los regadíos del valle del Ebro. Los métodos europeos no funcionaban bien en Zaragoza. La siembra directa o a voleo encontraba varias dificultades, los suelos arcillosos formaban una costra después del riego y el viento perjudicaba la germinación, además de que determinadas plagas destruían las plantas jóvenes y el nacimiento de las semillas era irregular.

Después de numerosos ensayos, la Granja desarrolló un método basado en germinar primero las plantas en semilleros y trasplantarlas posteriormente al terreno definitivo. Esto permitía seleccionar las plantas más fuertes y evitar parte de las pérdidas iniciales.

La Granja no se limitó a demostrar que la remolacha crecía. Sus ingenieros calcularon rendimientos, estudiaron el contenido de azúcar, de la planta, aconsejaron variedades y fertilización, enseñaron el cultivo a los agricultores y garantizaron a los inversores que podía obtenerse materia prima suficiente, animaron a empresarios a crear fábricas azucareras en todo el Valle del Ebro.

En 1894 se instaló La Azucarera de Aragón, considerada la primera gran fábrica regional vinculada directamente a estos ensayos. La nueva industria transformó los regadíos, creó empleo industrial y estimuló talleres mecánicos, transporte y producción de fertilizantes. Es importante precisar que esto ocurrió antes de la pérdida de Cuba en 1898. La crisis colonial aceleró posteriormente la industria remolachera española, pero no fue este conflicto el origen de los experimentos zaragozanos, que ya estaban plenamente desarrollados en 1892 y habían dado lugar a una fábrica en 1894. Antes de la Guerra de Cuba y de perder la remolacha de esta zona de España en aquellos años.

Antes de crearse la Granja Experimental ya existía en Zaragoza una Estación Vitícola creada dentro del programa nacional contra la filoxera. En 1883 había elaborado 44 tipos o clases de vino empleando distintas uvas regionales, con el propósito de analizar sus cualidades y determinar las mezclas más convenientes. El centro mantenía un vivero de cepas americanas resistentes a la filoxera y distribuía material a los viticultores.

También estudió la composición de mostos y vinos, la mezclas de uvas para tener más seguridad y mejor cosecha, la fabricación de vinagre y alcohol, pero además estudió con gran determinación las posibles enfermedades de la vid, la aplicación de sales de cobre contra el mildiu, y el uso de arados profundos para reconstruir viñedos atacados por la filoxera.

En los campos aragoneses y por indicación de esta Granja Experimental, se comparaban variedades y sistemas de rotación. Entre las especies ensayadas estuvieron el trigo y otros cereales, el maíz y la remolacha, la alfalfa, el trébol rojo y la veza, nuevos tipos de árboles frutales, nuevas variedades de plantas de huerta, la planta del tabaco, nuevas plantas forrajeras y sin duda distintas variedades de vid.

Y a su vez, hay que recordar la importancia en la lucha e información de las plagas de la langosta, el pulgón y el chinche de los cereales aragoneses. 

En 1891, por encargo de la Dirección General de Agricultura, se probaron diversas variedades de tabaco. Las plantas podían desarrollarse en Zaragoza, pero necesitaban una fertilización demasiado costosa para alcanzar calidad comercial, por lo que la Granja desaconsejó su implantación. Este caso muestra algo importante. El centro no tenía solo como función principal el promocionar indiscriminadamente cualquier novedad, sino determinar también qué cultivos no eran rentables.

En 1903, después de estudiar diferentes rotaciones, se consideró especialmente favorable la sucesión de trébol rojo y trigo. El maíz por poner otro ejemplo no produjo en aquellas pruebas beneficios insuficientes y fue desaconsejado dentro de ese sistema concreto.

La Granja actuó como lugar de ensayo y demostración de máquinas que la mayoría de los agricultores aragoneses nunca había visto. Probó y difundió el arado Bravant, mazadas mecánicas tiradas por caballos, diversos tipos de rodillos y escarificadores, aporcadores y arados de desfonde o mecanismos accionados mediante malacates con aperos adaptados a los regadíos y al viñedo.

Los agricultores podían observar las máquinas trabajando y comparar su resultado con los métodos tradicionales que ellos ya utilizaban. El éxito del arado Bravant impulsó a la empresa zaragozana Simón y Lucia a fabricar modelos semejantes, hasta entonces importados.

La Granja también desarrolló un programa de mejora ganadera, especialmente del ganado lanar. Se realizaron cruces entre ovejas británicas Shropshire Down y razas españolas como la manchega y la rasa aragonesa, buscando animales mejor adaptados y con mayor rendimiento.

Y a su vez para lograr más rentabilidad ganadera, Rodríguez Ayuso estudió alimentos baratos procedentes de la agricultura y de la industria con los de pulpas sobrantes de las fábricas azucareras, los de sarmientos de vid, el trébol y otros forrajes, diversas mezclas para el engorde de ovejas. Publicó trabajos sobre las pulpas azucareras en 1896, los sarmientos como alimento en 1897 y ensayos de cebo en 1898. Estas investigaciones tenían además una lógica de aprovechamiento integral. Los residuos de la nueva industria azucarera podían convertirse en alimento ganadero.

La palabra Granja Escuela era literal en aquella Granja Experimental Agraria de Zaragoza. Además de investigar, debía preparar profesionalmente a jóvenes agricultores.

Las granjas experimentales formaban inicialmente a capataces agrícolas, y a su vez a encargados de explotaciones y a operarios especializados y, desde la reforma de 1894, determinados niveles de peritaje agrícola. La enseñanza se desarrollaba en las aulas, los laboratorios, las cuadras y las parcelas. Los alumnos aprendían a sembrar, injertar, podar, manejar maquinaria, alimentar ganado, tomar datos y reconocer enfermedades.

La divulgación llegaba también a los agricultores adultos y veteranos mediante cursos gratuitos, conferencias, consultas particulares que atendían a los interesados con análisis solicitados por ellos, demostraciones de maquinaria, memorias impresas y distribución de semillas, plantas y estacas que muchas veces se hacían tras las visitas organizadas. Era una forma temprana de lo que más tarde se llamaría extensión agraria. Poder llevar los conocimientos científicos fuera del laboratorio y ponerlos a disposición del agricultor.

La Granja fue también uno de los elementos que transformaron el paisaje rural de Montemolín. Junto con el Matadero, la estación de Cappa-Utrillas, las cocheras de tranvías y las primeras industrias, atrajo trabajadores, estudiantes, técnicos y servicios. La apertura de la línea de tranvía del Bajo Aragón en 1885 facilitó el acceso a aquella periferia. El antiguo camino del Bajo Aragón terminó convirtiéndose en Miguel Servet y el conjunto de grandes equipamientos fue impulsando el nacimiento de núcleos obreros y residenciales.

Por ello, es históricamente correcto situar la Granja en Montemolín, aunque el actual Parque de la Granja se encuentre administrativamente dentro del distrito de San José. La configuración contemporánea de San José y Las Fuentes dividió un espacio que durante el siglo XIX y buena parte del XX era reconocido como término o barrio de Montemolín.

Durante la Guerra Civil los terrenos y edificios fueron utilizados con finalidades militares y logísticas. La proximidad del palacio de Larrinaga y de la carretera de salida hacia los frentes de Aragón y Levante hizo del entorno una zona de aprovisionamiento e intendencia. Ya parecía que no era tan importante el campo como matarnos entre vecinos.

Después de la guerra hubo algunas actividades agrarias, pero la institución histórica fue perdiendo progresivamente sus funciones. La investigación pública fue trasladándose a otros centros y fincas, especialmente al entorno de Aula Dei y Montañana. La línea institucional continuó, con diferentes reorganizaciones, hasta llegar al actual modelo, el CITA. 



La Granja tenía todavía 60.000 m2 en los años 60,  y en el plan general de 1968 pasa de ser zona verde, a zona de servicios, diseñándose en ella lo que hoy es el pabellón Príncipe Felipe, el parque de La Granja, las piscinas de su mismo nombre, y todas las nuevas urbanizaciones que recientemente se están construyendo en la prolongación de Cesáreo Alierta. 


Los edificios permanecieron durante años parcialmente abandonados. En fotografías de 1977 todavía aparecían los dos pabellones principales, los establos y los restos del cobertizo de maquinaria, y su propia estación de trenes que enseguida desapareció. El vecindario reclamaba entonces el antiguo polígono de la Granja para colegios, instalaciones deportivas y espacios públicos. Finalmente fueron derribados prácticamente todos los edificios y el terreno se transformó en el actual conjunto de parques, colegios y equipamientos. El nombre La Granja sobrevivió en el parque, el polideportivo, el sector urbano y la memoria popular.

La Granja Agrícola merece ser considerada una de las instituciones decisivas de la modernización económica de Zaragoza entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Sus resultados no quedaron encerrados en una finca experimental pues la remolacha impulsó la industria azucarera, los estudios de fertilización favorecieron la industria química o la experimentación mecánica estimuló la fabricación local de aperos. Además, las investigaciones forrajeras conectaron agricultura y ganadería, los análisis enológicos mejoraron el vino en todo Aragón, la formación difundió conocimientos entre agricultores, ganaderos y técnicos, sin olvidarnos de que su presencia allí contribuyó a estructurar el futuro barrio de Montemolín-San José.

Hay un detalle que no he podido comprobar para asegurarlo. La proximidad entre la antigua Granja Agrícola Experimental y la actual Facultad de Veterinaria en Zaragoza a poca distancia entre ambas instituciones formativas en el barrio dentro del barrio de Montemolín, no parece casual desde el punto de vista territorial. Ambas instituciones necesitaban terrenos amplios, periféricos y vinculados al medio agrícola y ganadero, por lo que encontraron en Montemolín y el camino del Bajo Aragón un emplazamiento adecuado. ¿Tuvo algo que ver que estuviera cerca la Granja, para montar allí la Facultad de Veterinaria? Pues parece que directamente no.

Pero la presencia previa de la Granja pudo reforzar el carácter agropecuario y científico de aquella zona, aunque no he localizado documentación que demuestre que fuera la causa directa de la elección de los terrenos de la Facultad de Veterinaria tan cerca de la Granja. La Veterinaria se instaló en el año 1951 en una propiedad distinta y desarrolló posteriormente sus propias granjas e instalaciones experimentales. En los años setenta del siglo XX se levantaron los edificios de Clínicas y Zootecnia y las primeras instalaciones ganaderas en la parte posterior del campus. Pudo existir una influencia indirecta, pero nada más, pues por aquellos años la Granja Agrícola ya estaba en horas bajas.

Julio Puente



28.7.26

Zaragoza modelo de Salud Pública


La noticia por esperada o por deseada, no ha dejado de producirme una sincera alegría. El Gobierno de España ha confirmado que finalmente Zaragoza será la sede de la nueva Agencia Estatal de Salud Pública. Una gran noticia para Aragón, para Zaragoza más en concreto, aunque sus frutos tardarán en notarse unos años. Y por eso es tal vez necesario explicar algo más esta decisión y lo que supondrá.

La Agencia Estatal de Salud Pública no tiene nada que ver directamente con la Sanidad en Aragón, y relativamente con la Sanidad Estatal dentro del concepto que a veces conocemos como "sanidad". 

La Salud Pública es bastante más que la Salud, entran en su propio paquete desde la Formación Sanitaria en todos los niveles, incluido Veterinaria, como el control y crecimiento de las Investigaciones sobre la Salud en su amplio sentido público.

A medio plazo tenemos que ver —si no se tuercen las expectativas—, una mejora en nuestras capacidades formativas en temas de Salud desde nuestras distintas universidades, pero a su vez un crecimiento de sinergias en temas de investigación clínica, incluida la veterinaria y farmacológica, con la instalación de aquellas empresas que deseen estar cerca de los espacios en donde se decide.

Al ser una Agencia Estatal, hablamos de que es un espacio de decisión encajado con el resto de Agencias similares de todos los países de la Unión Europea. Y a su vez, de otros países que quieran entrar en Europa o quieran conocer o aprender de nuestras formas.

La Salud Pública no es solo un organismo que trata de pandemias, de grandes asuntos de contagios, sino también y cada vez más, de cambios climáticos que afectan a la salud, y en cuanto a pandemias no se deja atrás ni la del crecimiento actual en los problemas de Salud Mental, como en los del envejecimiento de las sociedades y de la Soledad no Deseada. Por poner ejemplos muy reconocibles. Salud Pública es también el control de plagas o de adicciones.

Es o será una Agencia de Salud Pública en donde se apilarán los conocimientos en constante renovación, para atajar problemas de Salud de la Sociedad. Y aquí pueden entrar todos los problemas de Salud que la propia Globalización necesite constantemente actualizar. 

No solo hay que vigilar epidemias, sino analizar riesgos de todo tipo, que pueden afectar a las sociedades en el concepto más amplia de la Salud.

Insisto en que el papel de Veterinaria es fundamental para entender los enormes campos que la Salud Pública debe conocer y estudiar. Y por eso es fundamental tener muy actualizado todo el sistema de Salud, de Formación en todas las Ramas sanitarias, tener entidades científicas válidas y pioneras, y a su vez organizaciones ciudadanas que apoyen y participen.

Y también, eso supondrá que desde el Gobierno de Aragón, desde la Consejería de Sanidad aragonesa, se tendrá que cuidar mucho en ser un ejemplo de calidad en todos los aspectos. Se nos mirará desde otros puntos de vista, y eso tiene que suponer que también la Participación de la Sociedad debe ser diferente, que nuestros modelos de Salud en Aragón deben gozar de una alta calidad y sin excesivas tensiones, pues el modelo de Aragón será observado desde fuera de España.

Julio Puente - Miembro del Consejo de Salud de Aragón

24.7.26

La CAI aragonesa y sus historias


Los jóvenes ya no saben bien qué fue la CAI, además de un importante equipo deportivo, sobre todo en baloncesto. La CAI era la fenecida Caja de Ahorros de la Inmaculada.

La historia de la Caja de Ahorros de la Inmaculada (CAI) es, en realidad, la historia de una parte importante del Aragón del siglo XX. Pocas instituciones aragonesas tuvieron una influencia tan grande en la economía, la cultura y la acción social de la comunidad. Era un banco bastante popular y muy importante por el número de sus oficinas y por el trato de los usuarios y a las pequeñas y medianas empresas.

La CAI nació en Zaragoza el 24 de mayo de 1903, impulsada por la Acción Social Católica de Zaragoza. Su finalidad era muy distinta de la de un banco comercial. Se creó para fomentar el ahorro entre las clases trabajadoras, combatir la usura que sufrían muchas familias y conceder pequeños préstamos en condiciones más favorables. Estamos hablando de una época en la que una gran parte de la población obrera no tenía acceso al crédito tradicional. 

Al principio fue una institución pequeña y casi familiar. Sus fundadores pretendían aplicar los principios de la doctrina social de la Iglesia que había comenzado a difundirse tras la encíclica Rerum Novarum de 1891. La caja no perseguía repartir beneficios entre accionistas (las cajas de ahorros carecían de ellos), sino reinvertir sus excedentes en la llamada Obra Social. 

Durante las primeras décadas del siglo XX fue creciendo lentamente. Superó años muy difíciles, como la crisis económica de comienzos de siglo, la dictadura de Primo de Rivera, la Guerra Civil y la durísima posguerra española. Precisamente durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta comenzó a consolidarse como una gran institución aragonesa. 

Uno de los grandes momentos de expansión llegó entre los años sesenta y ochenta del siglo XX. La CAI abrió oficinas por prácticamente todo Aragón y comenzó a convertirse en "la caja de muchos aragoneses". Para varias generaciones fue la entidad en la que se abría la primera libreta de ahorro de un niño, se contrataba la hipoteca familiar o se pedía el préstamo para poner en marcha un pequeño negocio. La proximidad al cliente fue una de sus señas de identidad. 

Su crecimiento económico vino acompañado de una extraordinaria actividad cultural y social. Miles de zaragozanos recuerdan todavía las salas CAI, sus ciclos de conferencias, exposiciones, conciertos, publicaciones, becas, ayudas sociales y actividades educativas. La Obra Social Fundación CAI llegó a convertirse en una de las más importantes de Aragón. Un hueco que nadie ocupó, aunque Ibercaja se hizo cargo de la Obra Social de la CAI y algo sí que mantuvo.

Muy conocido es el inmueble de la calle Don Jaime I, inaugurado en 1962 y primera sede central, cuya fachada incorporó un gran mural cerámico dedicado a la Inmaculada que suscitó una importante polémica artística en la Zaragoza de la época por su carácter moderno y poco convencional.

En 2012 la CAI ya integrada en el llamado Grupo Cajatres que lideraba, fue absorbida en Ibercaja Banco. De esta forma desapareció la Caja de Ahorros de la Inmaculada como entidad financiera independiente, aunque se mantuvo parte de su patrimonio social y cultural.

Durante la Transición política en España la CAI se convirtió en uno de los principales patrocinadores culturales de Aragón. Algunos sectores conservadores consideraban excesivamente abiertas determinadas actividades culturales promovidas por la entidad, mientras otros sectores progresistas seguían viendo a la caja como una institución demasiado vinculada al mundo católico tradicional. La paradoja es que era criticada desde posiciones ideológicas opuestas al mismo tiempo. 

En los años 70 y 80 del siglo XX, la enemistad entre la CAI y la hoy llamada Ibercaja entonces la CAZAR, ambas aragonesas, fue muy elevado y a la vez soterrado. Si pisaban el mismo negocio, pero desde perspectivas diferentes. El anuncio de un sorteo que vemos arriba es del año 1973.


7.6.26

Zaragoza Sueña Fuerte, un grito al futuro


Hay una iniciativa en Zaragoza que como muchas de ellas, no siempre saltan a la opinión pública, no siempre son conocidas, aunque sean conformadas por numerosos ciudadanos de gran conocimiento de la ciudad por sus trabajos. En este caso me voy a referir a la llamada:Zaragoza Sueña Fuerte.

Se trata simplemente de soñar con y por Zaragoza, de criticar su forma y fondo, pero a la vez de hablar de Zaragoza, de reflexionar y preguntarnos hacia dónde queremos ir, de reclamar una ciudad mejor e intentar que se escuchen las ideas de los ciudadanos, sin tener en cuanta espacios políticos, sino sociales, intelectuales, a personas con gran experiencia en el mundo del urbanismo o de la sociología urbana.

La directora de cine Paula Ortiz inició la idea desde su propio punto de vista en el Pregón de Fiestas del Pilar de 2025.

“Somos ciudad. Somos foro. Somos asamblea, hogar. Lo somos a pesar de la dureza del viento, del polvo, de la niebla y del sol abrasador. A pesar de todo eso, somos una gran ciudad que recibe a quien llega sin preguntar.”

Somos Foro, somos Hogar, Comunidad, y debemos entender las ciudades como eso tan fundamental en la vida y hacia el futuro. Las ciudades no son solo negocio urbanístico o comercial. No estamos llenos de personas dispuestas a comprar, sino de ciudadanos dispuestos a ser mejores y a vivir mejor.

Una ciudad no nos pertenece, no es nuestra. Zaragoza lleva 2.000 años siendo ciudad y lo seguirá siendo por muchos más. Nosotros simplemente debemos cuidarla, mejorarla, pensando en los que van a venir después de nosotros.

Como somos el hogar de miles y miles de personas, debemos analizarla fuera del negocio que representa un espacio urbano

No somos un producto casual, sino un lugar atractivo desde hace miles de años que debemos lograr que sea habitable, una ciudad fuerte en su propios espacio geográfico, en donde las personas incluso con el condicionante de nuestro clima, quieran quedarse a gusto.

Y para ello, lo que se plantea desde “Zaragoza Sueña Fuerte” no son simples utopías de mesa de bar, sino estudios de despachos, imaginarnos nuestra ciudad con esas utopías posibles que requieren mucho trabajo, imaginando una ciudad diferente a muchas otras ciudades grises y apáticas, una ciudad en donde sea posible soñar pensando en las generaciones que van a venir, en nuestros nietos, en los nietos de nuestros vecinos.

Ya somos una ciudad cómoda y lo sabemos valorar. Y somos también una ciudad llena de oportunidades

Pero cuidado, no somos el ombligo ni el culo de nuestros vecinos. Estar entre Barcelona, Madrid, Valencia y Bilbao tiene sus ventajas pero si no lo entendemos bien, tiene también sus inconvenientes. Los problemas propios por estar en este punto medio nos obliga a ser vigilantes para que no nos legue a nosotros toda la mierda que no quieran tener por diversas causas los vecinos geográficos.

No podemos ser tampoco el Barrio Grande de las muy grandes ciudades, que solo recojan para dormir o para trabajar en empresas que ellos quieran, lo que no son capaces de tener o soportar, mientras las oficinas que pagan los impuestos, las cabeceras de esas empresas, se quedan en sus grandes ciudades. Queremos ser parte del futuro, pero Zaragoza quiere ser inteligente y saber qué parte del pastel económico nos corresponde por ser quienes somos.

Zaragoza, como toda España y gran parte de Europa, tiene en la actualidad dos grandes problemas estratégicos serios y con solución compleja, La Vivienda y el Acceso de los Jóvenes a la Emancipación por no disponer de un Empleo de calidad, por tener una precariedad inaguantable..

Zaragoza además de muy plural, es una ciudad de Cultura, de Arte, y por ello es fundamental sentarnos a pensar sobre qué queremos hacer con nuestra Cultura en todos sus aspectos. Tenemos vergüenzas inexplicables en forma de decenas de edificios culturales parados y congelados en el tiempo. 

Podría listarlos, pero me da pena, incluso ansia. Hay proyectos que se suman que de entrada ya sabemos que no tendremos agallas para llevarlos a buen puerto.

Sabemos lo que necesitamos, pero como ciudad Faro, no somos capaces de conseguirlo. Y hay que reconocerlo, el Gobierno de Aragón no ayuda como sucede en otros territorios de Espada. 

En este caso es el temido “Aragón contra Zaragoza” como si Zaragoza no fuera Aragón, o como si para dignificar Aragón hubiera que sacrificar Zaragoza.

Debemos seguir siendo una ciudad saludable, con calidad en el aire y en sus aguas, con entornos naturales a nuestro alrededor, cuidando lo que tenemos, refrescando lo que hemos ido perdiendo. Cantalobos o Juslibol son dos ejemplos a reflexionar, pero hay varios más muy carca o rodeando la Zaragoza que necesita respirar mejor.

Hay que pensar en mantener nuestra huerta de una forma mucho más inteligente, con infraestructuras verdes que amplíen la naturaleza que nos rodea, y adaptada a nuestro clima.

Y debemos seguir trabajando de forma muy inteligente por modelos de movilidad, copiando de ciudades europeas que sean válidos para nuestra ciudad. Hemos avanzado mucho, hay que proseguir en esto. 

Debemos romper nuestra Isla de Calor, a base de imaginación y nuevas tecnologías. Hay ejemplos en ciudad mucho más calorosas y duras que Zaragoza. No siempre hay que inventar, a veces sirve copiar. 

Julio Puente

21.5.26

La acequia de las Adulas, en Zaragoza


Ya he hablado en alguna ocasión de la acequia de Las Adulas de la Huerva. Y puede ser el momento para adentrarnos un poco más en su historia que llega hasta nuestros días. Es verdad que no es una acequia muy ben estudiada. La acequia de Las Adulas —también citada en ocasiones como “Abdulas”, "Adolas" e incluso vinculada posteriormente con la acequia de San José— es una de las infraestructuras hidráulicas históricas menos estudiadas y, precisamente por eso, una de las más interesantes del sistema tradicional de riegos del río Huerva en Zaragoza

La acequia de Las Adulas de la Huerva es un canal muy posiblemente de construcción árabe, que partiendo desde un azud que se realizó al río por la zona de Casablanca hacia Cuarte de Huerva (junto a la actual urbanización de Las Abdulas de donde recoge el nombre), viene cruzando todo el sur de la ciudad, por el recorrido actual del camino de Las Torres hasta la zona de Montemolín y Las Fuentes, pasando desde el cruce actual del cruce histórico de San José con Miguel Servet pasando por detrás del edificio del Matadero, a volver otra vez al Huerva ya cerca de su desembocadura junto al Ebro. 

La acequia de Las Adulas pertenece al antiguo sistema de riegos del bajo Huerva, anterior incluso al Canal Imperial.

Por su recorrido surgían en un principio y poco a poco, las torres como edificios agrícolas que se amplían hasta convertirse en residencias al menos de épocas de tiempos de cosecha, y que configuran un crecimiento de la ciudad hacia el Sur, dando nacimiento a una población en principio escasa por estas zonas pero que se va asentando de manera más sedentaria cada siglo que pasa. Por eso a toda esa zona y la avenida que circula junto a la acequia se le llama desde hace muchos años Camino de las Torres.

Como hemos comentado toma su nombre del árabe AD-DAWR, (Adula = Periodo de turno) es decir, si atendemos a su nombre, sería una acequia para regar las zonas por las que discurre, dando turnos a los propietarios de las tierras a través de alguna junta árabe de regantes, que ordenaría su utilización.

Algunos de los actuales habitantes de Zaragoza es muy posible que recuerden dicha acequia discurriendo por el centro del actual Camino de Las Torres, entonces un camino de tierra sobre el que se veía crecer poco a poco en los años 60 del siglo XX, como se cambiaban sus campos de huerta e higueras por edificios altos que convivían con la acequia, algunos de ellos todavía existiendo hoy.

Y recordarán algunos vecinos de la zona desde sus atalayas actuales como se modificaba toda aquella extensa zona, rodeada de campos de labor mezclado poco a poco con casi rascacielos que nacían en una ordenación urbana que casi nadie entendía. Y es posible incluso que recuerden algunas de las primeras fuentes de beber agua que se colocaron en dicho camino de tierra muy transitado, y que servía para aliviar necesidades y para juego de los chavales del cercano colegio de los Padres Agustinos.

Esta importante acequia en un estado más primitivo, pudo haber sido iniciada por los romanos, e incluso es posible que su primera utilización partiera de los celtíberos, que ya empezaron a trabajar y dominar las aguas para su provecho, si bien fueron los árabes quienes la mimaron y cuidaron llenándola de caudal para mantenerla hasta nuestros días tal y como hicieron con otras acequias de la ciudad como las de la Almozara, la Romareda y muchas otras que rodeaban nuestra ciudad para sacar de sus tierras los alimentos que el bronco Ebro no siempre dejaba.

Es curioso como nombres que hoy se mantienen en nuestro callejero deben su etimología a épocas tan remotas; como estructuras de la ciudad moderna, deben su nombre y sin saberlo a decisiones de hace miles de años. La red de acequias configura caminos, estos calles y parcelas, y por ende barrios enteros y crecimientos en diferentes momentos de la historia que se siguen manteniendo en los siglos.

Muy posiblemente esta acequia de Las Adulas sería durante siglos la acequia más importante de la orilla derecha del río Huerva.

Debemos tener en cuenta siempre que Las Fuentes y Montemolín son tierras rodeadas de agua. Si por el principio de Montemolín barrio es el Huerva el que nos da entrada y salida desde la ciudad, y el que nos ha marcado bastante nuestra historia y nuestro desarrollo, el Ebro nos envuelve, primero por nuestra izquierda según bajamos, bordeando todo el barrio de Las Fuentes, para después terminar arrimándose a nosotros, cuando al acabar Miraflores empiezan las zonas industriales de la carretera de Castellón, cerca del puente de La Media Legua. Tenemos al Ebro rodeando Zaragoza por el sudeste, mucho más cerca de lo que nos pensamos a veces.

Pero además por la derecha, siempre bajando por Montemolín, mirando hacia nuestro vecino Torrero al que dejamos a la derecha, tenemos el Canal Imperial de Aragón, que en su zona de las esclusas de Valderrugiana, también bordea Miraflores y está cerca del final de la zona del actual Palacio de Deportes del Principe Felipe.

Es pues el sureste de Zaragoa una tierra o zona rica en humedad, y por consiguiente próspera en productos agrícolas. Pero además al ser zona bordeada de aguas naturales o canales, fue zona proclive a desbordamientos, a aguas incontroladas o a ser un poco zona de difícil crecimiento urbano.

El río Huerva (La Huerva), corta la ciudad actual casi sin sentirlos los vecinos, pero formó una defensa natural, una muralla no solo de agua sino también de altura, que separaba las afueras del centro de la ciudad. Si nos fijamos bien y sobre el terreno, veremos que la orilla izquierda del Huerva, la más cercana a la ciudad antigua es más alta que la otra, lo que posibilita utilizar al Huerva como una defensa natural, tanto que, como luego veremos, tuvo que ser Napoleón quien supiera vencer y entender dicha muralla natural para nuestra desgracia.

Por eso las riadas y desbordes del Huerva a su paso por la ciudad de Zaragoza, siempre se iban hacia Las Fuentes y Montemolín o San José, y nunca hacia el centro de la ciudad.

Si a eso le añadimos no solo la gran acequia de Las Adulas, sino también los numerosos ramales que partían de ella o de otras acequias secundarias, formando una auténtica malla de agua, que organizaba a su lado caminos que hoy conocemos como calles perfectamente asfaltadas, podemos asegurar que desde antes del siglo XIX ya existía nuestra actual configuración de calles a través de acequias o riegos que dividían campos y propiedades.

Los mismos caminos y divisiones de terrenos que después al vender estos campos de labor, formaron las separaciones de las calles actuales. Toda esta zona de Zaragoza, según veremos más adelante, está en un principio formado por un número bajo de grandes extensiones de terreno en forma de Torres, que se van vendiendo y disgregando, pero manteniendo sus perfiles, sus separaciones.

La zona final de Montemolín, de la zona también llamada de El Plano, eran de muy antiguo unas zonas que el hombre no dominaba para su cultivo, un conjunto informe incluso de selvas umbrosas, un soto de ribera en la zona de Las Fuentes como todavía nos queda de recuerdo el soto de Cantalobos, de terrenos embalsados, de cañizos en las veras de los caminos que nadie cortaba y se hacían altísimos, de boscajes de matorrales y de sendas que a veces se mezclaban sin parecer llevar a ninguna parte, regateando los pequeños montículos, dentro de una gran espesura de arbustos o de árboles gigantescos pues nadie cuidaba ni cortaba.

Era peligroso caminar, y muy fácil perderse por aquellos vericuetos caminos. Estamos hablando hasta el siglo XVII, y se accedía a esa zona de la ciudad desde la Puerta Quemada, cruzando La Huerva, buscando el camino que ya existía del Bajo Aragón. Un ejemplo de cómo sería aquella zona la tendríamos ahora en la configuración menos cercana al agua del Ebro en el Soto de Cantalobos que antes he nombrado.

Porque normalmente hoy se recuerda más acequias como Romareda, Ontonar, Plano, Ojo de Gallo, etc. Pero Las Adulas era acequia madre de la que derivaban varias acequias menores para muchos términos de toda esta zona. Tras la construcción del Canal Imperial de Aragón, Las Adulas pasó a alimentarse o depender parcialmente de él, pues el Canal reorganizó todo el sistema hidráulico de Zaragoza, para agua de boca y para riego. Eso supuso también que una vez con más cantidad de agua, se dividiera en tres zonas de reparto del líquido tan valioso. el de San José, el de Miraflores y el de El Plano.

Era también una acequia que pasaba junto al Penal y/o Convento de San José en la zona de la calle Alperche. Los conventos tenían grandes huertos, muchas personas que necesitaban agua de boca, ellos mismos organizaban labores de limpieza de las cequias y del reparto de la vez, organizaban las servidumbres y los pleitos por los turnos de riego.

En estos momentos la acequia de Las Adulas creo que ya no es posible verla en ningún tramo de la ciudad de Zaragoza. Hasta no hace mucho todavía se podía ver al final de la calle Rusiñol.