30.9.19

Tres paseos de agua, en ciudades aragonesas

Sugerimos en esta ocasión, llegado el otoño, tres paseos por bosques urbanos en tres ciudades aragonesas no capitales de provincia, sí de comarca.

Las mismas gozan de equipamientos urbanos de calidad y de riberas bien amuebladas, dotadas de uso y de vida. Se trata de localidades donde la práctica de deporte o de senderimo de salud no solo es posible, sino también sugerente. Permitiendo a su población, sobre todo la más joven y la más envejecida, esos paseos posibles y tranquilos que dan salud.

La conservación y mantenimiento de sotos y espacios de calidad también ha dependido de la voluntad de sus vecinos y escolares.

Los paseos cotidianos y de día a día permiten gozar en Aragón de una calidad de cielo, de aguas y de una riqueza faunística complementada con el conocimiento de la riqueza del territorio y patrimonio ecológico más monumental, del que gozamos también en cada comarca.

Pero también es tiempo de chopo, álamo y agua rumorosa detenida por hoja de abedul, de avellano y, en tierra baja, de cualquier especie de soto pardo amarillenta.

La cultura japonesa tiene una palabra para la acción de dación de salud que nos aporta una estancia bajo árboles. Un baño de luz, olor, sombra y alma de árbol. Se denomina “shinrin-yoku” o baño de bosques.

Quizá no lleguemos a semejante inmersión, más propia de un paseo en los bosques de rodeno turolenses, el hayedo mocaíno o por el fascinante bosque de la Pardina del Señor, en las inmediaciones de Sarvisé, Sobrarbe.

Seremos menos ambiciosos pero ello dará lugar a paseos posibles de martes por la tarde en paraísos urbanos cercanos. En este caso de las capitales aragonesas. Sin que vayamos a mencionar ninguno de sus edificios o entornos señeros, se trata de volver a ellas o mirarlas de otro modo.

Un paseo por el Embalse del Arquillo y los sotos del Turia

Teruel ciudad es afortunada. Está enclavada en un amplio teatro natural, rodeada por sierras lejanas. Ello le aporta luz, noches frescas de verano, disponibilidad de purísima agua y calidad de aire.

A un solo paseo de la ciudad, la naturaleza no puede hallarse invadida por ella por insuficiente dimensión, es posible penetrar en los mundos de formas de las arcillas excavadas. Que han dado a Castellón su pujanza universal en el sector. Dado que sabiamente se ha creado un corredor lineal transitable, o parque denominado “Parque de las Arcillas”. Que permite su decurso por BTT o senderistas de manera sencilla, con el telón de la trasera de Ambeles de la ciudad mudéjar de fondo.

También es obligado la visita a la Rambla Barrachina que se glosará en otra ocasión.

Ahora toca la fuente de provisión de agua de Teruel, a veces casi seca por falta de lluvias en Albarracín y caudales del Guadalaviar todavía, cada vez con régimen estacional.

Se trata de, como Vadiello en Huesca y la Loteta en Zaragoza, una lámina de agua no solo estéticamente apreciable, sino garantía de desarrollo industrial y turístico.

Un entorno navegable por embarcaciones de recreo y dador de vida. Un oasis en el páramo de vegetación con monte bajo de visita obligada.

Navegación a complementar en otoño por un demorado paseo por los paseos fluviales del río Turia, generado tras la fusión del Alfambra y el Guadalaviar en la ciudad. Desde el Óvalo se advierte la belleza de los mechones ocres y dorados de sus chopos y álamos.

Desde el río se disfruta del perfil uzbeko de las torres turolenses, de la rotundidad de su Seminario, de la ligereza de la escalinata neomudéjar y del primer viaducto. Es un entorno a potenciarse, sí, pero en su estado actual el soto es una oportunidad magnífica de ver Teruel contrapicado y enriscado que no debe perderse.

Zaragoza desde sus muelas propias.

La lengua fluvial del Huerva discurriendo desde la Junquera hasta la desembocadura del Ebro permite magníficos paseos de otoño. A completar con visitas al Botánico del Parque José Antonio Labordeta en noviembre, donde se advierte muy bien la distinta coloración y caída de hojas, especie por especie, de las implantadas en la ciudad o existentes en Aragón propias.

Son lugares bien conocidos y apreciados por los zaragozanos. Esas puestas de sol con luz de cierzo, recién caída una tormenta, desde el Cabezo. Oteando el castillo de Valdespartera, las muelas e incluso el Moncayo.
Bajando la vista, toda la paleta del otoño refulge con la luz de la tarde. Presentando una casi única imagen de gran ciudad no agobiante, conectada con su entorno de páramo y río como la vieron las legiones de César Augusto.
Pero hoy se trata de poner en valor nuevos altozanos y lugares vacíos, no hollados pero que pueden permitir viajar y despejarse en 15 minutos de trayecto. Incluso pertenecientes a la ciudad inmortal.

Estoy pensando en las vistas de Zaragoza con la puesta de sol que se advierten desde el cementerio y yesos de Juslibol y desde la carretera autonómica de Sariñena, un poco más arriba de Villamayor.

En otoño, desierto y páramo afilan con la luz violeta de cierzo sus contornos. El espacio se llena de colores lápiz y ocres anaranjadas son las manchas de panizo recién cortado. Como las de los arrozales segados de Cinco Villas. El verde alfalfa torna oscurísimo pero brillante, caqui camuflaje.

La cinta del Ebro lejana y las torres del Pilar, iglesias y edificios altos se recortan de manera tan nítida que incluso un astigmático como yo puede solazarse.

Precedido de un paseo-visita a la diosa Sabina de Villamayor y un café o merienda-paseo por las calles de mudéjar popular de la localidad, o un vino en la plaza de Peñaflor, del bar de Juslibol o de la plaza de Movera o Pastriz, permiten en tardes de noche corta reestablecer esa conexión necesaria con el espacio cercano, por donde respira la urbe.

Desde sus cerros y muelas, como bien advirtió Pepe Cerdá en una de sus series, la ciudad se diluye como parte de su geología. Se empantana y crea en todo momento un lienzo confuso pero expresionista abstracto.

Huesca ciudad, keniata.

Comprendí el entorno de la Hoya de Huesca desde el valle del Rift. Reflexión que aplicaría a la Canal de Berdún, a la Val Ancha o la Fueva pero no tanto a los altiplanos turolenses, tan bolivianos por rojizos y por falta de precipitación suficiente.

Pero sí, la Hoya se convierte en una sabana varios veces al año, presenta visiones lineales hacia el este y el oeste de colinas, altozanos y pendientes donde todavía reina la carrasca y sabina. Se puede advertir perfectamente incluso en las inmediaciones de Walqa, el parque tecnológico.
Es por esta razón que propongo que todos los aragoneses conozcamos los humedales que la circundan, accesibles mediante paseo corto para cualquier edad o condición física.

Llenos de especies de avifauna, presentes ante la calidad ambiental de su entorno pues Huesca ciudad no emite CO2 suficiente como para empañarla.

La ciudad guarda como sorpresa, además del decurso urbano del río Isuela –felizmente urbanizado- y su airoso puente modernista, dos lagunitas o albercas. Desde las que las puestas de sol son magníficas.

Se trata de las Alberca de Loreto –detrás de la Pirámide, campo de entrenamiento de la S.D. Huesca- y de la Alberca de Cortés, al lado de Chimillas. Municipio residencial que permite una merienda o café reposados. Ambos en el oeste de la capital, recomendamos las puestas de sol referidas por su exposición al cierzo. Lo que les dota de una pureza de luz semejante a la del Parque del Agua de Zaragoza. Además de una visión de la avifauna sin obstáculos, no impedida por edificio alguno.

Para completar el paseo y pasar un día entero en Huesca, disfrutando de su afamada hostelería, el paseo puede iniciarse, con luz de levante, con otro por el entorno de ribera de la Ermita de Salas, tan querido por los oscenses y situada al este de la ciudad. Ribereña del Isuela aguas abajo.

Como sorpresa natural urbana, en este lugar donde el peso de Ramón Acín y los Saura son tan acusados para bien y obligan a una buena arquitectura, recomiendo visitar el parque más reciente de la ciudad.

El Parque Padre Querbes es un fecundísimo ejemplo de integración de espacio verde en manzana. Que se nutre pero supera vía recuperación del racionalismo, con gran tradición arquitectónica oscense, a todo el paisajismo contemporáneo japonés.

Nada menos y nunca suficientemente ponderado, no olvidéis un libro de poemas de Katya Acín, una novela de Manuel Vilas o de Luz Gabás y unos cascos con música de los Mestizos para acompañaros en vuestro día oscense total.

23.09 Luis Iribarren

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