10.8.26

El cementerio de Zaragoza también merece respeto


Ante las constantes noticias que han aparecido en prensa en los últimos tiempos recogiendo numerosas quejas sobre la suciedad y el estado de determinadas zonas del Cementerio de Torrero, creo que merece la pena detenerse un momento y reflexionar sobre una cuestión que, más allá de polémicas, empresas, contratos o del uso político que pueda hacerse de este asunto, debería preocuparnos a todos.

 

Porque estamos hablando del cementerio de Zaragoza.

 

Y hay lugares de una ciudad en los que la limpieza y el mantenimiento son importantes. Pero hay otros en los que, además de importantes, deberían ser una cuestión de respeto. El Cementerio de Torrero pertenece, sin duda, a este segundo grupo.

 

Quienes acudimos a un cementerio no vamos simplemente a pasear por una instalación municipal. Vamos a visitar a nuestros padres, abuelos, hermanos, familiares, amigos o personas que, de una manera u otra, formaron parte de nuestra vida.

 

Vamos a recordar.

 

Vamos a detenernos unos minutos delante de una lápida.

 

Vamos, muchas veces, a mantener ese pequeño vínculo con quienes ya no están.

 

Por eso resulta especialmente desagradable llegar y encontrarse determinadas zonas con suciedad, restos vegetales, flores secas acumuladas, papeleras llenas, hojas sin recoger o espacios cuyo aspecto transmite una evidente sensación de falta de cuidado.

 

Y no se trata de pretender que un recinto de semejantes dimensiones esté impoluto las veinticuatro horas del día.

 

Sería poco realista.

 

Un cementerio tiene árboles, jardines, tierra, flores que se marchitan y una actividad diaria que inevitablemente genera residuos. También nosotros, los ciudadanos, tenemos nuestra parte de responsabilidad: cuando cambiamos unas flores, limpiamos una lápida o retiramos un ramo seco, esos restos deben terminar donde corresponde.

 

Pero una cosa es entender las dificultades de mantenimiento de un espacio enorme y otra muy distinta acostumbrarnos a la suciedad.

 

Y, ante las quejas que se están produciendo, creo que hay una pregunta que debería responderse con claridad:

 

¿A quién corresponde realmente el mantenimiento y la limpieza del Cementerio de Torrero?

 

¿A las brigadas municipales de limpieza?

 

¿A los servicios propios del cementerio?

 

¿A la empresa encargada actualmente de su gestión?

 

¿O existen unas competencias repartidas entre diferentes servicios?

 

Personalmente, no lo sé con exactitud.

 

Y precisamente ahí puede estar también parte del problema.

 

Porque cuando un ciudadano observa una zona sucia, ¿a quién debe dirigirse? ¿Quién tiene la obligación de solucionarlo? ¿Quién tiene que supervisar que esa tarea se haya realizado?

 

Tras la finalización del contrato de la anterior empresa, el Ayuntamiento decidió adjudicar la gestión a otra. No voy a cuestionar esa decisión. Entiendo que el Ayuntamiento tiene capacidad para adjudicar la gestión del servicio conforme a los procedimientos establecidos y, mientras se haga dentro de la legalidad, esa es una responsabilidad que corresponde a la administración municipal.

 

Tampoco voy a entrar en el debate sobre los problemas, discrepancias o situaciones que hayan podido surgir con otras empresas relacionadas con este asunto.

 

Ni quisiera entrar en el uso político que pueda hacerse de esta situación.

 

Porque cuando aparece un problema relacionado con un servicio público es muy fácil que termine convirtiéndose en un intercambio de acusaciones: quién gobernaba antes, quién gobierna ahora, quién adjudicó un contrato, quién lo gestionó mejor o peor, quién denunció primero el problema o quién pretende obtener un rédito político de él.

 

Todo eso forma parte del debate político y cada cual tendrá sus argumentos.

 

Pero ese no es el debate que quiero plantear.

 

Porque mientras unos discuten sobre responsabilidades políticas, contratos o adjudicaciones, hay algo que no cambia: el ciudadano que acude al cementerio continúa viendo aquello que tiene delante.

 

Y si está limpio, lo ve.

 

Y si está sucio, también.

 

Por eso creo que deberíamos intentar separar ambas cuestiones.

 

Una cosa es el legítimo debate político sobre cómo se gestiona un servicio público, y otra muy diferente que ese debate termine ocultando el problema que lo originó.

 

Porque la suciedad no tiene ideología.

 

Una papelera llena no es de izquierdas ni de derechas.

 

Unas flores secas acumuladas no saben quién gobierna en el Ayuntamiento.

 

Y una familia que acude a visitar a un ser querido probablemente tampoco esté pensando en ello cuando atraviesa las puertas del cementerio.

 

Lo que espera encontrar es un lugar cuidado y digno.

 

Ese es el debate que me interesa.

 

Me interesa saber quién debe limpiar.

 

Quién debe mantener.

 

Quién debe supervisar.

 

Y quién debe actuar cuando el resultado no es el adecuado.

 

Porque si la limpieza corresponde a las brigadas municipales, habrá que preguntarse si cuentan con personal y medios suficientes.

 

Si determinadas labores corresponden a la empresa que gestiona el cementerio, habrá que comprobar que esas obligaciones se están cumpliendo.

 

Y si las competencias están repartidas entre Ayuntamiento, brigadas y empresa gestora, tendrán que coordinarse adecuadamente.

 

Porque al ciudadano que atraviesa la puerta del cementerio para visitar a un familiar no se le puede exigir que conozca un pliego de condiciones, un contrato administrativo, una adjudicación o el reparto interno de competencias entre diferentes servicios.

 

Ni tiene por qué conocerlo.

 

El ciudadano ve el resultado.

 

A partir de ahí será la administración quien tenga que determinar quién tenía que haber realizado cada tarea.

 

Porque, al final, existe algo que a veces olvidamos cuando hablamos de contratos y adjudicaciones: independientemente de quién preste materialmente un servicio, alguien tiene que supervisar que se preste correctamente.

 

No puede convertirse en aquello de que unos señalen a otros mientras el problema permanece.

 

El Cementerio de Torrero, además, no es precisamente un pequeño camposanto.

 

Es prácticamente una ciudad dentro de Zaragoza.

 

Tiene kilómetros de calles interiores, zonas antiguas y modernas, jardines, nichos, panteones, equipamientos y espacios de enorme valor histórico, artístico y, sobre todo, sentimental.

 

Precisamente por sus dimensiones resulta evidente que mantenerlo no debe de ser una tarea sencilla.

 

Hace falta personal.

 

Hace falta maquinaria.

 

Hace falta organización.

 

Hace falta planificación.

 

Y probablemente hacen falta bastantes horas de trabajo.

 

Por eso tampoco creo que resulte justo cargar automáticamente toda la responsabilidad sobre los trabajadores que vemos realizando las tareas de limpieza o mantenimiento.

 

Quizá hacen todo lo que pueden con los medios de los que disponen.

 

Y aquí surge otra reflexión que me parece importante.

 

Antes de afirmar que alguien no hace su trabajo, quizá deberíamos preguntarnos si dispone de los medios necesarios para hacerlo.

 

Porque si una brigada tiene que atender una extensión enorme con un número insuficiente de trabajadores, difícilmente podrá llegar a todos los rincones con la frecuencia necesaria.

 

Y si ese fuera el problema, habría que solucionarlo donde corresponde: en la planificación, en la organización o en la dotación del servicio.

 

Pero hay algo que siempre me ha llamado especialmente la atención y que, pensándolo bien, resulta bastante paradójico.

 

Cuando se aproxima Todos los Santos, el cementerio parece adquirir de repente una importancia especial.

 

Todo tiene que estar preparado.

 

Se limpian espacios.

 

Se acondicionan accesos.

 

Se refuerzan determinados servicios.

 

Y se organiza todo para recibir a los miles de zaragozanos que acudirán durante esos días.

 

Y me parece perfecto que se haga.

 

Lo paradójico es que parece que necesitamos que llegue una fecha señalada para prestar una atención extraordinaria a aquello que debería cuidarse durante todo el año.

 

Además, no podemos olvidar otra circunstancia que hace todavía más necesaria esta reflexión: el Cementerio de Torrero no es únicamente el lugar al que acudimos para visitar a nuestros familiares fallecidos.

 

Es también un lugar que la propia ciudad pone en valor desde el punto de vista histórico, patrimonial, cultural e incluso turístico.

 

Se organizan rutas para conocer su patrimonio funerario.

 

Se realizan visitas guiadas.

 

Se explican las historias de personajes ilustres allí enterrados.

 

Se recorren sus esculturas, mausoleos y espacios históricos.

 

Incluso en determinadas fechas señaladas se organizan actividades culturales y pequeñas actuaciones musicales, instrumentales o corales que, realizadas desde el respeto que exige el lugar, contribuyen a poner en valor ese patrimonio y a entender el cementerio también como una parte de la historia de Zaragoza.

 

Y me parece bien.

 

Es más, creo que es positivo.

 

Un cementerio histórico puede ser también un lugar de cultura, de memoria y de conocimiento.

 

Pero precisamente por eso la contradicción resulta todavía más evidente.

 

Si ofrecemos el Cementerio de Torrero como un lugar que merece ser conocido por quienes visitan Zaragoza; si invitamos a recorrerlo para descubrir su patrimonio; si organizamos visitas, rutas y actividades culturales; si en determinadas fechas incluso utilizamos la música como una forma de recuerdo y homenaje, entonces deberíamos ser todavía más exigentes con su conservación cotidiana.

 

Porque no tendría demasiado sentido enseñar con orgullo un monumento, una escultura o un panteón y que unos metros más allá el visitante pueda encontrarse con una papelera desbordada, restos vegetales acumulados o una zona que transmita sensación de abandono.

 

Patrimonio y mantenimiento deberían caminar juntos.

 

No podemos poner en valor una parte y descuidar la otra.

 

Y aquí aparece nuevamente la paradoja de las fechas señaladas.

 

Cuando se aproxima Todos los Santos sabemos que van a acudir miles de personas y, naturalmente, el recinto debe encontrarse en las mejores condiciones posibles.

 

Pero nuestros familiares no están allí solamente el 1 de noviembre.

 

Están allí el 2 de noviembre.

 

Y el 15 de enero.

 

Y cualquier mañana de abril.

 

Y durante el mes de agosto.

 

Y el resto de los 365 días del año.

 

Del mismo modo que el valor histórico y patrimonial del Cementerio de Torrero tampoco aparece únicamente cuando se organiza una visita guiada.

 

Está allí todos los días.

 

Aunque no haya visitantes.

 

Aunque no haya una actuación musical.

 

Aunque no haya cámaras.

 

Aunque no haya ninguna fecha especial en el calendario.

 

Y, pensándolo bien, ocurre algo parecido en el resto de la ciudad.

 

Cuando llega un acontecimiento importante, unas fiestas, una celebración, una prueba deportiva, una visita destacada o cualquier evento capaz de atraer a miles de personas, de repente aparecen pequeños arreglos.

 

Se repasan determinadas zonas.

 

Se adecentan calles.

 

Se mejora aquello que llevaba algún tiempo esperando.

 

Se amplían o refuerzan los servicios de limpieza viaria.

 

Y aquellos lugares por los que sabemos que van a pasar más visitantes reciben una atención especial.

 

Insisto: me parece lógico.

 

Una ciudad debe prepararse cuando espera una gran afluencia de personas y debe intentar ofrecer su mejor imagen.

 

Pero precisamente ahí está la paradoja.

 

¿Por qué tenemos tantas veces que esperar a que llegue un acontecimiento extraordinario para hacer aquello que debería formar parte de la normalidad?

 

Es como cuando recibimos invitados en casa.

 

Ese día procuramos que todo esté especialmente limpio y ordenado.

 

Es humano.

 

Pero una cosa es dar un último repaso antes de que lleguen las visitas y otra muy distinta que determinadas habitaciones solamente se limpien cuando sabemos que alguien va a entrar en ellas.

 

Y quizá ese sea precisamente el símil que mejor resume todo esto:

 

una ciudad no debería estar cuidada solamente cuando tiene invitados.

 

Y un cementerio que forma parte de nuestro patrimonio y que queremos mostrar a quienes nos visitan tampoco debería estar especialmente cuidado únicamente cuando llega Todos los Santos, cuando se organiza una actividad cultural o cuando sabemos que va a recibir una mayor afluencia de personas.

 

Que esas fechas sirvan para reforzar los servicios.

 

Por supuesto.

 

Pero reforzar significa añadir medios a un mantenimiento que ya funciona correctamente durante el resto del año.

 

No poner al día apresuradamente aquello que debería haberse cuidado durante los meses anteriores.

 

Porque el patrimonio no tiene calendario.

 

La memoria tampoco.

 

Y mucho menos el respeto.

 

También creo que nosotros, los ciudadanos, deberíamos hacer un pequeño ejercicio de autocrítica.

 

Porque no todo puede achacarse siempre a la administración o a la empresa que gestione el recinto.

 

Si retiramos unas flores secas, unas plantas, un envoltorio o una maceta, tenemos que depositarlos donde corresponde.

 

No podemos exigir limpieza y al mismo tiempo abandonar nuestros propios residuos en cualquier lugar.

 

El civismo también forma parte del mantenimiento de un espacio público.

 

Y quizá deberíamos recordarlo más a menudo.

 

Porque resulta muy sencillo fotografiar una zona sucia y denunciarla, pero también deberíamos preguntarnos cómo llegó parte de esa suciedad hasta allí.

 

La administración tiene una responsabilidad.

 

La empresa que tenga encomendadas determinadas tareas tendrá la suya.

 

Y los ciudadanos tenemos la nuestra.

 

Ninguna elimina a las demás.

 

Por eso quizá una de las primeras cosas que habría que hacer es explicar con absoluta claridad quién se ocupa de qué dentro del Cementerio de Torrero.

 

Quién limpia las calles interiores.

 

Quién recoge los residuos.

 

Quién vacía las papeleras.

 

Quién retira los restos vegetales.

 

Quién mantiene los jardines.

 

Quién limpia determinados espacios entre nichos.

 

Quién supervisa todo ese trabajo.

 

Y, especialmente, quién debe responder cuando algo no funciona.

 

Porque cuanto más difusa es la responsabilidad, más sencillo resulta que un problema termine pasando de una mesa a otra.

 

Y ahí es donde el debate político tampoco debería servir como excusa.

 

Gobierne quien gobierne.

 

Gestione quien gestione.

 

El cementerio seguirá estando allí.

 

También seguirán estando allí nuestros familiares.

 

Y seguirán acudiendo miles de zaragozanos a visitarlos.

 

Por eso creo que determinados servicios municipales deberían quedar, en la medida de lo posible, por encima de la batalla política cotidiana.

 

Naturalmente que la oposición tiene derecho a fiscalizar al gobierno municipal y denunciar aquello que considere que funciona mal. Y naturalmente que quien gobierna tiene derecho a explicar su gestión y defenderla.

 

Eso es democracia.

 

Pero después de la denuncia y después de la respuesta política debería llegar lo verdaderamente importante:

 

la solución.

 

Porque una fotografía de suciedad puede servir para abrir un debate.

 

Una declaración puede servir para responder.

 

Una discusión en un pleno puede servir para exigir responsabilidades.

 

Pero ninguna de esas cosas recoge una sola hoja, vacía una papelera o retira unas flores marchitas.

 

Eso lo hacen personas.

 

Con organización.

 

Con medios.

 

Y con una gestión adecuada.

 

Además, el Cementerio de Torrero no debería contemplarse únicamente como una instalación municipal que necesita limpieza.

 

Es también una parte importantísima de la historia de Zaragoza.

 

Tras sus muros descansan generaciones enteras de zaragozanos.

 

Hay personajes ligados a nuestra historia, esculturas, panteones, arquitectura funeraria, acontecimientos históricos y miles y miles de historias familiares.

 

Cada lápida tiene detrás una vida.

 

Cada fotografía tiene detrás una familia.

 

Cada nombre significa algo para alguien.

 

Por eso estamos hablando de patrimonio.

 

De memoria.

 

Pero, sobre todo, estamos hablando de un lugar profundamente humano.

 

Quizá quienes tienen responsabilidades sobre su conservación deberían recorrerlo alguna mañana cualquiera.

 

Sin visita institucional.

 

Sin cámaras.

 

Sin esperar al 1 de noviembre.

 

Simplemente caminar por sus calles como lo hacemos los demás.

 

Entrar en diferentes zonas.

 

Mirar los jardines.

 

Los pasillos.

 

Las papeleras.

 

Los rincones menos transitados.

 

Y comprobar personalmente cuál es la situación.

 

Porque pedir que un cementerio esté limpio no es pedir que parezca un jardín de postal.

 

Ni significa que no pueda haber una hoja caída.

 

Ni que una flor marchita tenga que retirarse cinco minutos después.

 

Se trata de algo mucho más sencillo.

 

De una sensación general de cuidado.

 

De atención.

 

De mantenimiento.

 

Y de dignidad.

 

Y después de darle vueltas a todo esto, mi reflexión final es bastante sencilla.

 

Quizá estamos dedicando demasiado tiempo a preguntarnos quién tiene la culpa y no el suficiente a determinar quién tiene la responsabilidad de solucionarlo.

 

No es exactamente lo mismo.

 

Buscar culpables alimenta discusiones.

 

Determinar responsabilidades permite encontrar soluciones.

 

Por eso, ante todas esas noticias y quejas que estamos conociendo, antes de comenzar a repartir reproches políticos, creo que habría que responder claramente a una pregunta:

 

¿Quién tiene realmente la obligación de mantener limpio el Cementerio de Torrero?

 

Y una vez que sepamos quién la tiene, exigir simplemente que la cumpla.

 

Sea una brigada municipal.

 

Sea la empresa gestora.

 

Sean diferentes servicios trabajando conjuntamente.

 

Al ciudadano, cuando va a visitar a alguien que ya no está, le importa bastante poco quién lleva la escoba.

 

Lo que quiere es que alguien la utilice.

 

Y posiblemente esa sea la reflexión más sencilla de todas.

 

Podremos discutir de contratos.

 

De adjudicaciones.

 

De empresas.

 

De competencias.

 

De responsabilidades políticas.

 

Incluso podremos discutir sobre quién tiene razón.

 

Pero mientras discutimos, las personas seguirán entrando cada día en el Cementerio de Torrero para visitar a alguien a quien quisieron.

 

Y esas personas no van allí buscando política.

 

Van buscando recuerdos.

 

Van a dejar unas flores.

 

Van a limpiar una lápida.

 

Van a permanecer unos minutos en silencio.

 

En definitiva, van a recordar a alguien que formó parte de sus vidas.

 

Y una ciudad también demuestra lo que es por la manera en que cuida esos lugares.

 

Porque una ciudad no debería arreglarse solamente cuando tiene invitados.

 

Y su cementerio tampoco debería adecentarse únicamente cuando se acerca el día en el que sabemos que va a recibir más visitas.

 

El cuidado cotidiano es precisamente el que demuestra que no estamos actuando para ofrecer una imagen, sino para prestar correctamente un servicio.

 

Por eso lo mínimo que podemos pedir es que el Cementerio de Torrero se conserve durante todo el año con dignidad.

 

Con cuidado.

 

Con limpieza.

 

Y, sobre todo, con respeto.

 

Respeto hacia quienes acudimos allí.

 

Y mucho más importante todavía: respeto hacia quienes ya no pueden reclamarlo.


Carlos Masa

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