19.8.26

Riglos y Oroel: ahora llegan las preguntas

Peña Oroel Jaca

Hace unos días escribía «Riglos y Oroel: calma ahora, preguntas después». Entonces el fuego seguía avanzando, varias localidades permanecían pendientes de su evolución y cientos de profesionales trabajaban para intentar contenerlo.

 

Pedía calma. Y sigo creyendo que era lo correcto.

 

Hoy no quiero repetir aquellos argumentos. Quiero mirar lo ocurrido desde entonces y, sobre todo, pensar en lo que quedará cuando desaparezcan el humo, las cámaras y los titulares.

 

Vuelvo a escribir desde mi retiro jacetano, donde durante estas últimas jornadas estoy coincidiendo, a la hora del desayuno, con bomberos llegados desde Madrid, Cataluña, Castilla-La Mancha e incluso Polonia.

 

Los veo llegar. Los veo desayunar. En algunos rostros se percibe el cansancio después de jornadas interminables. Y contemplándolos uno comprende algo que a veces olvidamos cuando hablamos de incendios: detrás de cada helicóptero, cada vehículo y cada cifra de efectivos desplegados hay personas.

 

Personas que llevan muchas horas luchando contra el fuego. Algunas han recorrido cientos o miles de kilómetros para hacerlo.

 

Y entre todo lo sucedido llegó también la noticia que nunca hubiéramos querido conocer: un integrante de la Unidad Militar de Emergencias perdía la vida mientras cumplía con su deber, haciendo lo que más le gustaba: servir a los demás.

 

Ante algo así, las cifras dejan de importar durante unos instantes.

 

Detrás del uniforme había una persona. Una familia, compañeros, amigos y una vida que ya no regresará a casa.

 

Hay pérdidas que no admiten estadísticas.

 

El pasado lunes fui uno de los muchos que nos congregamos en las calles de mi retiro jacetano para guardar un minuto de silencio en su memoria.

 

Después llegaron los aplausos.

 

Más de cinco minutos de aplausos continuados y sinceros. De esos que no necesitan consignas ni demasiadas explicaciones.

 

Yo estaba allí.

 

Y mientras aplaudía pensaba en aquellos bomberos con los que coincido durante mis desayunos; en los miembros de la UME, las brigadas forestales, pilotos, agentes, sanitarios, voluntarios y en cuantos continúan trabajando sobre el terreno.

 

Para nosotros, un incendio puede terminar convirtiéndose en una imagen en una pantalla.

 

Para ellos es su trabajo, su responsabilidad y, desgraciadamente, en ocasiones también puede ser su vida.

 

Por eso hoy quiero hablar, antes que de responsabilidades, de personas y memoria.

 

Y hoy mismo parece que algunos de los vecinos que tuvieron que ser evacuados podrán empezar a regresar a sus casas. Es una buena noticia, aunque conviene mantener la prudencia. Volver no significa que todo haya terminado, pero sí que, poco a poco, comienza otra etapa.

 

Una etapa en la que habrá que mirar atrás para entender lo ocurrido, pero también hacia delante para decidir qué hacemos a partir de ahora.

 

Precisamente por respeto a quienes han estado ahí, a quienes continúan estando y, especialmente, a quien ya no podrá regresar, tenemos también la obligación de aprender.

 

En aquel primer artículo escribí dos palabras:

 

«Preguntas después».

 

Ese después empieza a llegar.

 

Habrá que conocer qué ocurrió, qué decisiones se adoptaron, qué funcionó correctamente y qué pudo hacerse mejor. Habrá que analizar los medios disponibles, la coordinación, la prevención y la gestión del territorio.

 

Preguntar no significa acusar. Significa conocer.

 

Cada uno tendrá su opinión, y todas merecen ser escuchadas. Pero yo prefiero esperar a los datos, conocer qué ocurrió realmente y opinar después desde la información, no desde el desconocimiento.

 

Las responsabilidades, si las hubiera, deberán determinarse cuando tengamos respuestas.

 

Sin embargo, hay una pregunta que personalmente me preocupa todavía más:

 

¿Qué haremos cuando Riglos deje de ser noticia?

 

Porque ese día llegará.

 

Desaparecerá el humo. Los helicópteros dejarán de cruzar nuestros cielos. Muchos efectivos regresarán a sus lugares de origen. Las cámaras se marcharán y las redes sociales encontrarán otro asunto sobre el que discutir.


Bomberos de Cataluña


 

Pero Riglos seguirá allí.

 

Los Mallos continuarán levantándose sobre el paisaje.

 

Oroel seguirá observándonos desde las alturas.

 

Y los pueblos permanecerán cuando llegue el invierno y casi nadie recuerde ya las imágenes de este verano.

 

Será entonces cuando empiece otra tarea, menos espectacular y seguramente mucho más larga: recuperar y cuidar el territorio.

 

Habrá que conocer el alcance real de los daños, estudiar las zonas afectadas, proteger los suelos y decidir qué actuaciones serán necesarias.

 

También tendremos que volver la mirada hacia nuestros pueblos.

 

Porque cuidar el territorio no consiste únicamente en disponer de medios cuando aparece el fuego. Significa mantenerlo vivo durante los doce meses del año.

 

Un territorio habitado no garantiza que no vaya a sufrir incendios. Pero un territorio que pierde habitantes, servicios y oportunidades difícilmente tendrá más facilidades para afrontar su futuro.

 

Y aquí aparece una pregunta que, para mí, resume muchas otras:

 

¿Recordaremos en enero aquello que durante agosto nos parecía imprescindible?

 

Es relativamente sencillo preocuparnos cuando vemos las llamas acercándose a un pueblo. Lo difícil es mantener esa preocupación cuando llega el invierno, desaparecen las imágenes y el monte vuelve a ser simplemente parte del paisaje.

 

Dentro de unos días seguramente seré yo quien regrese a mi ciudad y deje atrás, al menos físicamente, este retiro jacetano.

 

Quizá algunos de aquellos bomberos con los que coincido durante mis desayunos continúen aquí. Quizá otros hayan regresado ya a Madrid, Cataluña, Castilla-La Mancha o Polonia.

 

Yo volveré a mi rutina.

 

Como tantos otros.

 

Pero el monte no puede regresar a la rutina tan deprisa.

 

Riglos llevará durante mucho tiempo las huellas de lo ocurrido. Y quienes viven en este territorio convivirán con ellas mucho después de que los demás hayamos dejado de hablar del incendio.

 

Pero sigo creyendo que todavía estamos a tiempo de aprender de lo ocurrido. De recordar cuando pase el humo, de actuar cuando desaparezcan las cámaras y de comprender que cuidar el territorio no puede ser una preocupación de unos cuantos días de agosto, sino una responsabilidad durante todo el año.

 

Entonces pedía calma.

 

Hoy creo que empieza el momento de recordar, preguntar y, sobre todo, aprender.

 

Y ojalá después de las preguntas lleguen las respuestas y, especialmente, las soluciones.

 

Homenaje

 

Por quien cayó cumpliendo su deber,

por bomberos, brigadas y voluntarios,

por quienes frente al fuego, sin ceder,

hicieron del valor su gesto diario.

 

Por quienes regresaron agotados,

por quienes siguen combatiendo aún,

que Riglos y Oroel guarden su recuerdo

y nuestro aplauso permanezca siempre.

 

Una última reflexión

 

Quizá dentro de unos meses el verde comience a cubrir algunas de las cicatrices y pensemos que todo ha quedado atrás.

 

Pero olvidar sería la peor manera de cerrar este incendio.

 

Porque la cuestión no es solamente qué hicimos mientras ardían nuestros montes, sino qué haremos cuando nadie esté mirando.

 

El minuto de silencio terminó. Los aplausos terminaron. Algún día también terminará esta emergencia.

 

Lo que no debería terminar es nuestra memoria.

 

Y me quedo con una última pregunta: cuando llegue el próximo verano, ¿habremos aprendido algo de este?


Carlos Masa

No hay comentarios: