30.8.26

El sueño del Teatro Fleta. El teatro de debía haber sido… y en sueño se quedó

Teatro Fleta lleno de espectadores

Hay edificios que envejecen y edificios a los que dejamos envejecer. Los primeros sufren el paso del tiempo; los segundos padecen algo bastante peor: el paso de las administraciones.


Y luego están aquellos que ni siquiera tuvieron la oportunidad de envejecer, porque desaparecieron por el camino como si por Zaragoza hubiera pasado Atila con una piqueta y bastante tiempo libre.


Cada vez que paso por delante de lo que queda del antiguo Gran Teatro Fleta pienso lo mismo: si en Zaragoza hubiera que conceder un premio a la paciencia, probablemente habría que entregárselo a él.


Aunque, después de tantos años cerrado, quizá tampoco encontraríamos dónde celebrar la gala.


Yo no conocí aquel primer Fleta de los años cincuenta, pero sí he escuchado hablar de él a quienes lo vivieron, en aquella Zaragoza en la que ir al cine o al teatro era todo un acontecimiento.


Antes estuvo allí el Iris Park, construido en 1931 como complejo dedicado al ocio y los espectáculos. Aquel recinto desapareció y sobre su solar se levantó el edificio diseñado por José de Yarza García, inaugurado en 1955 como Teatro Iris.


En 1958 pasó a llamarse Teatro Fleta, aunque para muchos zaragozanos siempre fue, sencillamente, el cine Fleta.


El homenaje a Miguel Fleta no era casual. El tenor aragonés ya había actuado sobre las tablas del viejo Iris Park. En abril de 1935 cantó allí Carmen, Marina, Doña Francisquita, Luisa Fernanda y La Dolorosa.


De alguna manera, cuando el nuevo recinto recibió su nombre, Fleta volvía a aquel escenario.


El edificio, con 1.710 localidades, servía tanto para representaciones como para proyecciones cinematográficas. Por su pantalla pasaron títulos como Marcelino, pan y vino, Muerte de un ciclista, E.T., el extraterrestre o Indiana Jones y el templo maldito. Finalmente llegó La máscara del Zorro, la última película antes del cierre.


Y siempre me ha parecido una ironía difícil de mejorar.


Porque después al Fleta no le habría venido nada mal un Zorro que acudiera a rescatarlo.


Pero no apareció.


Se bajó el telón.


Se apagó el proyector.





Y comenzó otra representación muchísimo más larga y bastante menos entretenida: la del abandono.


Un drama prolongado durante décadas, casi digno de Wagner o Mozart, aunque con una diferencia importante: aquí no parece haber libreto definitivo, ni acto final, ni director capaz de indicar cuándo termina la función.


El Gobierno de Aragón había adquirido el inmueble en 1998 con la intención de recuperarlo como gran equipamiento cultural. Hubo proyectos y obras, paralizadas en 2003.


Desde entonces asistimos a una representación que podríamos titular «A ver qué hacemos con el Fleta».


Aunque quizá el título se quede corto.


Bien podría ser la versión aragonesa de La historia interminable.


Han pasado gobiernos, legislaturas, proyectos, estudios y anuncios. Se habló de un gran espacio escénico, del Centro Dramático Aragonés, de la Filmoteca y de otros usos audiovisuales.


Propuestas no han faltado.


Lo que ha faltado, hasta ahora, es el final.


Y resulta todavía más difícil de entender porque Zaragoza no permaneció culturalmente quieta mientras el Fleta esperaba.


En 1994 abrió el Auditorio de Zaragoza, necesario para ampliar una oferta que no podía descansar únicamente sobre el histórico Teatro Principal. Después llegó el Palacio de Congresos, construido con motivo de la Expo 2008 y que también acoge musicales y espectáculos. Ahí están igualmente el Teatro del Mercado y el Teatro de las Esquinas.


Principal, Auditorio, Palacio de Congresos, Mercado, Esquinas...


Y en ese puzzle sigo viendo una pieza pendiente: el Fleta.


No porque sobren los demás. Precisamente porque hacen falta todos. Un auditorio no es un teatro, un palacio de congresos cumple otra función y el Principal no tiene por qué asumir por sí solo toda la actividad escénica de Zaragoza.


Mientras todo esto ocurría también fueron desapareciendo muchas de aquellas salas de cine que acompañaron a varias generaciones.


He escuchado hablar del Elíseos, Gran Vía, Mola, Coliseo, Pax, Goya, Argensola, Doré, Coso, Avenida, Buñuel, Cine Norte o Cine París.


Y curiosamente muchos de esos nombres no pertenecen únicamente a los recuerdos que otros me transmitieron.


También forman parte de mi infancia y juventud.


Porque la memoria de una ciudad se recibe, pero también se construye. Y cuando recordamos aquellos cines rara vez recordamos solo una película: recordamos la calle, la entrada, la cola, con quién fuimos, las butacas y hasta aquel olor tan particular.


Algunos edificios siguen siendo reconocibles aunque tengan usos muy diferentes. El Elíseos terminó convertido en hamburguesería, conservando buena parte de su decoración. El Gran Vía tuvo también destino de hamburguesería. El Coliseo alberga hoy una conocida tienda de ropa y donde estuvo el Pax encontramos la Casa de la Iglesia.


El Cine París tuvo incluso varias vidas: dejó de ser cine, se convirtió después en espacio cultural vinculado a una entidad bancaria y hoy alberga actividad comercial.


Podremos sentir nostalgia, pero aquellos lugares tuvieron un destino.


El Fleta consiguió algo bastante más complicado:


dejar de ser teatro y cine sin llegar a convertirse en nada.


Y ahí sigue.


Han cambiado los cines, nuestros hábitos, las películas, los gobiernos y Zaragoza.


Lo que parece no haber cambiado es la situación del Fleta.


Hay además otra paradoja.


El Auditorio ha sido recientemente rebautizado como Auditorio de Zaragoza Princesa Leonor. Una decisión legítima.


Pero resulta curioso que una ciudad capaz de encontrar un nuevo nombre para uno de sus grandes equipamientos culturales lleve décadas sin recuperar el que ya lleva el nombre de uno de nuestros artistas más universales.


Miguel Fleta fue una figura internacional de la lírica y el tenor que interpretó a Calaf en el estreno mundial de Turandot de Puccini en La Scala de Milán, en 1926, bajo la dirección de Arturo Toscanini.


Un siglo después recordamos aquella voz, pero mantenemos cerrado el teatro que lleva su nombre.


Y eso que Zaragoza también conserva su recuerdo en una de sus grandes arterias: la avenida del Tenor Fleta.


Pero una avenida no canta, no interpreta una ópera, no levanta un telón ni llena un patio de butacas.


Para mí, ahí está la diferencia entre recordar y homenajear.


No creo que sirva ya de mucho discutir qué partido, Gobierno o responsable acumula más culpa. Han pasado demasiados años y demasiadas legislaturas. Hay responsabilidad suficiente para repartirla con generosidad.


Quiero saber qué futuro tiene el Fleta, qué puede conservarse, qué usos son viables, cuánto costaría recuperarlo y, sobre todo, cuándo se hará.


Incluso podríamos pedir algo revolucionario: que aquello que se anuncie termine haciéndose.


Y ojo, tampoco estoy diciendo que Zaragoza carezca de oferta cultural. Sería injusto. Y menos todavía en una ciudad que aspira a ejercer un papel destacado como Capital Europea de la Cultura.


Precisamente por eso creo que hay que ser más ambiciosos.


Recuperar el Fleta, sí. Pero también mirar hacia adelante, llevar más cultura a los barrios, descentralizar parte de la oferta y crear espacios donde puedan convivir teatro, música, cine, exposiciones, formación y actividades para todas las edades.


Incluso se me ocurre un lugar en la margen izquierda, a apenas cinco minutos del Pilar, que podría convertirse en un espacio cultural realmente interesante.


Pero esa es otra historia.


Y de ella hablaré en otra ocasión.


Porque hoy hablamos del Fleta y, en el fondo, no hablamos solamente de recuperar un edificio.


Hablamos de qué hacemos con nuestra memoria cuando todavía estamos a tiempo de conservarla.


El Fleta, a diferencia de muchos de aquellos cines, todavía está ahí. Podemos verlo y aún podemos decidir qué queremos hacer con él.


Por eso, si finalmente lo perdemos, no podremos decir que no lo vimos venir.


Y quizá ahí esté también la ironía del título.


El sueño era recuperar el Fleta, devolverle la vida, volver a abrir sus puertas y conseguir que escenario y pantalla dejaran de permanecer en silencio.


Pero aquel sueño lleva tantos años aplazándose que corre el riesgo de convertirse definitivamente en eso: en un sueño.


Y los sueños, cuando duran demasiado, a veces terminan despertándonos delante de un solar, de una fachada vacía o de una placa que nos recuerda lo que hubo allí.


Miguel Fleta ya tiene su avenida y su lugar en la historia.


Lo que le falta a Zaragoza es recuperar su teatro.


Mientras tanto seguirá viendo pasar el tiempo y viendo pasar Zaragoza, casi como la Puerta del Carmen: inmóvil mientras a su alrededor circulan coches, pasan generaciones y la ciudad cambia.


Con una diferencia.


La Puerta del Carmen sigue cumpliendo su función como monumento y testigo de nuestra historia.


El Fleta continúa esperando que alguien le devuelva la suya.


Quizá ya sea hora de que deje de contemplar cómo pasa el tiempo.


Y vuelva, por fin, a levantar el telón.


Porque, como sigamos esperando un poco más, igual cuando queramos hacerlo ya no queda ni telón.


Y donde un día estuvo el Fleta terminamos encontrándonos unos apartamentos turísticos modulares, unos pisos con piscina en la azotea o, puestos a soñar a lo grande, un rascacielos como los que empiezan a dibujar el entorno de la estación de Delicias.


Entonces, eso sí, quizá alguien coloque una placa:


«Aquí estuvo el Gran Teatro Fleta».


Y ya tendremos completo el homenaje.


Un nombre, un recuerdo… y ningún teatro.


Carlos Masa

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