En enero de 1917 hubo una huelga general solo en Zaragoza, que nació de un conflicto de los obreros metalúrgicos zaragozanos y se extendió por solidaridad a buena parte de la actividad de la ciudad. La imagen que vemos es la plaza España con las fuerzas del orden a caballo, vigilando la zona el 23 de enero de ese año.
Las fechas más reconocidas sitúan la huelga general entre el 21 por la noche y la mañana del día 22 y el 25 de enero de 1917. Sin embargo, el Heraldo de Aragón del jueves 25 decía expresamente que aquel era «el cuarto día de la huelga general», lo que sitúa el paro general efectivo desde el lunes 22 de enero. Además, la Comisión de Huelga había fijado las cinco de la mañana como hora de comienzo. La forma más prudente de expresarlo sería: organización y declaración los días 21-22; paro general efectivo desde la madrugada del 22.
Desde el otoño del año anterior, había en Zaragoza un serio conflicto con los metalúrgicos que desembocó en reuniones para preparar una Huelga General desde comienzos del año 1917. Y el día 22 de enero a las 5 de la mañana se inicia una Huelga General que explota por unos despidos en la fábrica de Escoriaza. El comienzo es pues solidario con los despedidos.
La Primera Guerra Mundial —España era neutral— había provocado una fuerte crisis de subsistencias y aumento del coste de la vida y desde 1916 se había reactivado intensamente el movimiento obrero zaragozano, siendo tras Barcelona la segunda ciudad en número e intensidad de las huelgas y conflictos laborales.
Aquel día se sentaron las bases para que realmente fuera una huelga general y no exclusivamente metalúrgica y se convirtió en un paro interprofesional de Zaragoza por solidaridad con los metalúrgicos. Pero «general» no significa que absolutamente todos los trabajadores de todos los oficios dejaran de trabajar.
Las fábricas y talleres abrieron por la mañana, pero entraron muy pocos obreros; incluso dejaron de acudir algunos que anteriormente no habían secundado la huelga metalúrgica. Los tranviarios se sumaron expresamente por solidaridad, por lo que el Ejército tuvo que mantener un servicio reducido de tranvías con soldados como conductores y cobradores, acompañados por guardias civiles. Se mantuvo un servicio reducido en las líneas de Torrero, Madrid y Bajo Aragón. En cada tranvía viajaba una pareja de Guardia Civil y los soldados que conducían y cobraban iban armados con tercerolas, carabinas cortas de caballería.
Los cafés acabaron cerrando y, durante el día, el cierre se extendió a la mayor parte del comercio del centro de Zaragoza. La propia prensa quedó afectada: Heraldo no apareció los días 23 y 24. Fue una huelga general urbana muy amplia, que se noto claramente en la vida ordinaria.
La organización que impulsó el movimiento fue la Federación Local de Sociedades Obreras de Zaragoza (FLSO). En su seno coexistían sindicalistas de diferentes tendencias, republicanos, socialistas y anarquistas, aunque algunas sociedades concretas estuvieran afiliadas a una u otra central. Zaragoza estuvo prácticamente militarizada.
Antes de las seis de la mañana del primer día se había echado arena sobre las zonas asfaltadas de las plazas de la Constitución —actual Plaza de España— y Lanuza, y sobre calles como Coso, Alfonso y Cerdán para evitar que resbalaran los caballos de los militares y guardias civiles en caso de que la caballería tuviese que efectuar cargas. A las cinco de la mañana ya salieron fuerzas de Infantería, los Lanceros del Rey, los Castillejos, artillería y Guardia Civil de infantería y caballería. Estaban muy bien informados.
Se establecieron retenes fijos de fuerzas del orden en la plaza de Lanuza, Puente de Piedra, Puente del Pilar, Tenerías, la Ribera, estación del Bajo Aragón, Campo Sepulcro y Plaza de la Constitución, además de patrullas por Azoque, Soberanía Nacional, plaza del Carmen y Cádiz. Y Zaragoza dio la impresión durante unos días de encontrarse en «pleno estado de guerra».
Hubo detenciones, incidentes con roturas de cristales, golpes, cargas con los caballos, y el incendio de los talleres de Escoriaza.
El republicano y prestigioso jurista zaragozano Marceliano Isábal se ofreció como mediador entre la Federación Patronal y la Comisión de Huelga de los metalúrgicos. Y las gestiones de Isábal dieron resultado. En tan pocos día de huelga se acabó firmando el convenio metalúrgico. En aquellas negociaciones se acordó admitir a tofos los trabajadores despedidos, y a buscar una fórmula antes de 15 día, para aumentar el sueldo de los trabajadores del metal. Para tener claro un detalle, en aquellos días se acordó con los tipógrafos un acuerdo convenio similar en donde se establecieron como mejoras una jornada de 9 horas al día y solo de seis días a la semana. Es decir, máximo de 54 horas de trabajo a la semana.











