14.8.26

Incendio en San Juan de la Peña


Estas imágenes de ayer 13 de agosto de 2026, del Monasterio histórico de San Juan de la Peña, cuna de Aragón e icono de un territorio histórico, son sobre todo un ejemplo que nos debe obligar a reflexionar mucho más.

El incendio de toda esa zona es brutal, incontrolable, pero somos los responsables de conservar nuestros legados y nuestra historia para las generaciones que vendrán. Y debemos ser capaces con más ingenio, de saber hacer las cosas bien.

Ayer fue heroico lo que se hizo, pero este tipo de actuaciones no se deben hacer con tanta urgencia, con tan poco control profesional y lo sabemos todos. 

Hubo que hacer lo que se requería y por quien pudo hacerlo. Pero eso nos debe llevar a la conclusión de que así NO. Y a saber defendernos antes de lo que podría haber sido una barbaridad histórica.



13.8.26

Territorio Joaquín Carbonell. Revisado tras un paseo por Alloza


Su voz bien timbrada, abaritonada, me trasladaba a la calidad de las interpretaciones operísticas de Javier Kraus: qué cantante tan fino. Correspondió Joaquín, aun con sus últimas incursiones en el somardismo musical militante, a una estirpe de cantantes de kilómetro cero pero calidad vocal innegable: Luis Pastor, Amancio Prada, Eliseo Parra y muchos meteríamos pese a la saturación de haberlos oído hasta la saciedad a Luis Eduardo Aute y a Silvio Rodríguez.

Otros autores de letras las cantaron con más testosterona, con quebradiza y excesiva emoción, llegaba el mensaje y no tanto la voz: y no voy a citar aragoneses sino a autores contemporáneos de textos imprescindibles para la poesía española como Robe Iniesta, el combo Cristina Rosenvinge en comunión con Nacho Vegas o la especialista en crear música polifónica de la Generación Y, bellísima por fuera y por dentro, María Arnal.

Joaquín tenía toma de tierra, conexión minera imantada, era rojo pero capilar con más estratos, un buen tío. Recientemente estuve en Alloza, su lugar natalicio, leyendo sus huellas, poniendo el oído en las calles como los indios en las vías para oír si venía el ferrocarril. No vino, pero visité el mejor Calvario, por su bosque de quinientos cipreses centenarios, que tiene Aragón. Gracias, maestro, por generar otro peregrino.

Y pensé en Carbonell como un ciprés bello, antiguo y enhiesto. Capaz de resistir rayos y vendavales, seis meses de sequía, agarrado a la tierra roja arcillosa y manteniendo su tronco recto que en las Cuencas Mineras deviene del color apasionado de los cedros.

Chupando la humedad como las baldosas caldero de las fábricas de gres de Alloza y Andorra, cantando, narrando y entrevistando con la finura estilística de su vecino jotero, José Iranzo, el pastor de Andorra. Que dúos no habrían hecho mis dos cantantes aragoneses vocalmente favoritos.

Como bien ha apuntado Jorge Herrero, al buen vecino con origen en un pueblo hijo del urbanismo árabe Joaquín no le haría gracia esta Zaragoza de metros de calles céntricas con comercios de fundadores jubilados reconvertidos en pisos-zulo. Ya lo denunciaron los preclaros “Arcade Fire” en su excelente disco “The Suburbs”: las ciudades las han dejado crecer hasta la deshumanización en Montreal como en Zaragoza. El volumen, según Win Butler, se concibió como un conjunto de letras dirigidas desde los extrarradios a los centros (cuánto bien has hecho y qué poco se te lee como poeta, Carver, hijo californio de Chéjov).

En Zaragoza parir así implicaría la dirección opuesta a la de las letras irónicas de Joaquín y que, como sucede con algunas de Sho-Hai, algún grupo dejase un testamento poético compuesto desde Valdespartera, Arcosur, Puerto Venecia, Platea o Zuera Sur. En concéntrico, centrifugando.

Barrios que cuentan tras inventario que acabo de hacer en Miralbueno con los siguientes equipamientos imprescindibles: un kebab y restaurantes de proximidad porque muertos los padres nadie hace comida los fines de semana, bares con terraza para el gossip y casquería, varias clínicas dentales y centros de estética, algunas peluquerías, bastantes chinos con tapas unificadas de la ruta de la rebocina que no santifican la Virgen de agosto, muchas tiendas de bicicletas, academias de inglés y, por supuesto, abundantes clínicas veterinarias. Siendo casi imposible encontrar carnicerías, verdulerías o panaderías, vacío que llenan las franquicias. Y esto es lo que hay, como dice Arcade Fire:

En una guerra suburbana, Tu parte de la ciudad contra la mía, Te vi en la orilla opuesta, Pero para cuando cayeron las primeras bombas Ya estábamos aburridos

Para superar esta clase de aburrimiento existencial , la galbana que entra cuando recorremos calles sin comercio, pueblos sin relevo para la panadería, pozas colapsadas cada verano, la vida y obra de Joaquín es inspiración permanente.

Volvamos a su pueblo natal para pasear con sus textos por su parque escultórico y leerlos con él bajo su busto de alabastro, paseemos nuevamente Teruel City Dowtown con salida y llegada en el Instituto Ibáñez Martín, tomemos un par de cervezas con patatas y batatas fritas en ese bar especial de la calle Cortes de Aragón cercano a la redacción de “El Periódico de Aragon”, revisemos su documental para Televisión Española en Aragón sobre José Iranzo en el móvil acodados en el tramo del Canal Imperial que besa a Torrero y Ruiseñores.

Si el presupuesto os da para más, podéis volver a la Barcelona de Carbonell y su público compuesto por la emigración oscense y turolense de los 70. Sus conciertos en las cocheras de Sants, barrio con un núcleo antiguo, así lo requiere.

La admiración de Joaquín por Brassens fue uno de los santos y señas de su propuesta artística, de su poesía hecha melodías bien templadas. Del modo, y aunque también actuó en el Cono Sur, que relacionamos las chacareras y los boliches con el legado musical de Mauricio Aznar, el mejor Carbonell para mí no es el de los recitales con Labordeta y La Bullonera, sino el de los intimistas que perpetró y cuajó este suave turolense en el Mediodía francés y París, donde fue profundamente valorado y respetado como su vecino de comarca: el escultor Pablo Serrano. La mina áspera escondiendo círculos perfectos de metales nobles pulidos, los aragoneses y la búsqueda inútil del alma a través de la geológica. El mito de la caverna revivido.

Hijo de la veta ferruginosa, ciprés alegre toscano de los que marcaron caminos, entrevistador diligente e independiente, aragonés trovador medieval canónico con sucursales en Barcelona y Aquitania, seguid a Joaquín, optad por su sentido de la vida de buena vecindad y diálogo. No hagáis sufrir al perro grande sin misión ni rebaño dejándolo solo en el piso para que palíe vuestra mala relación con vosotros mismos. Y si ya lo queréis más que a los amigos que estuvieron de paso en vuestras vidas, llevadlo a trotar por los caminos de Alloza.

Si el paisaje tuyo es una pensión, Sin domingos y sin pastel

No te amargues por una vez, Te dejamos ser de Teruel

Un beso Joaquín. Ya sabes que vas resucitando, que toparse con tu fantasma en tu luz es una bendición.

12.08 Luis Iribarren


Solsticio sociológico en el Bajo Aragón Histórico, verano del 26


Me gusta revisar cuando salgo de Zaragón, como en esos bares del Bajo Aragón en que aún quedan mesas con patas de hierro colado y tablero de alabastro, las noticias de “La Comarca”: el periódico en formato de papel y digital del Bajo Aragón histórico y Cuencas Mineras. Me da tanto gusto como leer la publicación decana del periodismo aragonés, El Pirineo Aragonés, en el bar de mi pueblo.

Pilar Narvión la alcañizana (fundamental en la historia del periodismo español), Manolo Campo Vidal que colabora aún en el periódico comarcal turolense, mi querido amigo jacetano y a veces mi editor Sergio Sánchez Lanaspa como la red de corresponsales del Heraldo de Huesca de la que vengo como emborronador de ideas.

Así como otras iniciativas y me dejaré muchas, vivas y muertas, como son Radio Monegros, el Ecos del Cinca de Monzón, el digital “Hoy Cinco Villas” o el “Calatayud Noticias” y la emisora de la SER de Calatayud, han sido las escuelas del gran periodismo aragonés, aumentadas por las iniciativas del Diario de Huesca y el Aragón Digital, y el mantenimiento en el Tiempo del Diario de Teruel y la revista Turia. Todos ellos hablan de un Aragón con pulso y púa, homenajean al genial personaje que es José Luis Paricio (Radio Binéfar y Litera Radio) y al romántico e intenso equipo creador de Radio Benabarre, José Luis Brualla y Pilar Borruel. Estamos disfrutando de los últimos coletazos de las escuelas de participación, al frente personajes en ocasiones que rayaron lo tiránico.

El citado Brualla plantándose en acontecimientos sociales como los hombres de negro de Wyoming, porque, como decimos en la Jacetania pobre cuando hay un ágape en un acontecimiento relevante, “como soy de campo, aquí me zampo”.

“La Comarca” de Alcañiz viene dando cumplida cuenta sobre que el solsticio de mañana va a ser un fenómeno que está motivando más afluencia en el este de Teruel que la propia Semana Santa, patrimonio de la Humanidad. Precios de hoteles y pensiones por las nubes, entiendo que el lugar más especial para disfrutarlo será el conjunto des miradores de la Sierra de los Arcos y, especialmente, el de San Caprasio de Andorra.

La edición que leí glosaba el debate educado y hasta culto de la Corporación alcañizana en torno, y cuando pasa como en muchos municipios Alcañiz tiene suelo industrial colindante al residencial por desarrollar, a la conveniencia de priorizar un PIGA en el cruce de la Venta del Regallo, estepa plagada de instalaciones fotovoltaicas únicamente cicatrizada por un bello tramo de la vía verde de Val de Zafán.

Es que el portavoz del Grupo Socialista es Ignacio Urquizu, sociólogo que no volvió la mirada sino que dejó una de sus dos patas en Aragón, columnista del País, con trayectoria en el Congreso y Senado, que por calidad curricular y política es de esas joyas enterradas en las milhojas de alabastro de su paisaje que Aragón se permite el lujo de ignorar, de dejarlos en el aurea mediocritas de no aportar lo suficiente. Es un talento exportado pero que Alcañiz tiene la suerte de conservar como concejal (no confundir con Barrabés).

Su trayectoria política, la que tiene Guitarte en las Cortes de Aragón, la de mi compañero como independiente en CHA y alcalde de Escucha, gran escritor cuando opina: Javier Carbó, la saga de los Guía y los alcaldes históricos del PAR de Calamocha o del propio José Ángel Biel y la trayectoria de gobiernos populares en el Ayuntamiento de Teruel, el valle del Matarranya y Albarracín, nos hablan de una tierra de concordia, de saber hacer en el debate político como también sucedió y se añora en la diputación oscense.

El número que leí ponía el acento en Antonio Ariño, importantísimo sociólogo de Allepuz con carrera en Valencia (como fue el caso del arquitecto Guitarte, del músico guapísimo Álvaro Lafuente con ojos del Sistema Ibérico que ama a Carbonell (Guitarricadelafuente), del arzobispo de Barcelona de origen queretano Omella y el de tantos turolenses residentes en Cataluña y Levante) que tiene una dilatadísima trayectoria editorial.

Del mismo modo que cada verano nos vuelve el sociólogo de la Canal de Berdún, de Martes, Bienvenido Visauta Vinacua, especialista en sociología del trabajo y al que le publicó la editorial valenciana Tirant lo Blanch… Ah, ese censo pendiente de intelectuales aragoneses en el exilio. Claro, si les dejamos participar, dejarán en evidencia a los trepas de la política de cada partido.

Antonio Ariño Villaroya, catedrático de Sociología de la Universidad de Valencia que con seguridad conocerá a mi vecino canalizo, ha publicado entre otras obras en la editorial citada las tituladas “Asociacionismo y voluntariado en España”; La participación cultural en España ; Las encrucijadas de la diversidad cultural y Diccionario de la solidaridad . He tenido la oportunidad de leer la segunda y tercera citadas que me ilustraron enormemente y que me lanzan a una reflexión.

La noticia que glosa que el sociólogo del Maestrazgo ha recibido el Premio Nacional de Sociología y Ciencias Políticas de 2026 se halla enterrada como cofre en una edición del periódico especial en que al 60% se anuncian los actos de las fiestas de Caspe, de Andorra y de la mitad de la comarca de agosto, con las publicidades correspondientes de concesionarios y peluquerías.

En estas páginas podemos comprobar la continuidad de actos taurinos, de los desfiles carrozas y la conservación de las reinas de las fiestas. Sencillas y espléndidas niñas, reflejan la mítica belleza producto de la mezcla de sangre de los bajo aragoneses, pómulos altos, tez clara pero mate brillante (alabastrada), ojos claros rasgados y pelo rubio o castaño oscuro enmarcados en Semana Santa por los terceroles. Son poseedores los turolenses del este de una belleza judía y morisca legendaria, transmitida de generación en generación como el saber estar y el porte procesional. Así como la pasión artesanal representada por los negocios de Alcorisa.

Pues bien, discusiones de fondo al margen sobre la conservación de este tipo de actos (hoy dentro de la categoría tradición que espetan tantos negacionistas de la participación motivada), lo que me sorprende tras haber visitado Caspe en febrero y no haberme encontrado un sábado cualquiera ni un solo caspolino ni caspolina de origen, conocido que sus colegios públicos a las dos terceras partes de alumnado son descendientes de peones agrícolas africanos, es la nula representación de los nuevos bajo aragoneses en la Semana Santa (quizá sea normal pues no se disimula su no laicidad) como en las fiestas mayores y fiestas patronales (y esto ya se lo tengo que preguntar a Urquizu y a Ariño).

Cero referencias a ellos en ochenta páginas. La vida del interior de Aragón no solo es ese mes y medio de encuentro anual de los hijos y nietos de los emigrados a Cataluña y Levante.

Si los periódicos comarcales, como pasa con los de Huesca, únicamente se limitan a ser el altavoz la crónica de una boda y sus asistentes como es lo normal en el interior de Canadá o Nueva Zelanda, es que son un ejemplo consentido de sofismo, una máscara de la realidad cotidiana que deberse reparar moralmente. No sirven las gotas en forma de fotos de Gervasio Sánchez expuestas cada año en Alcañiz, la trinchera moral no hay que ir a Gaza ni Sarajevo para planteársela. Desde lo pequeño es desde donde se alimentan las prioridades nacionales como concepto indeterminado a adoptar caso por caso, alcalde por alcalde, oposición por oposición, como esperan las familias de las representantes de las fiestas. Muchas hasta reciben subvención para comprarse el vestido de los quince años e invitar a un almuerzo alcohólico al que pocas excepciones de niños de su clase africanos van.

En el programa de fiestas, damas y mairalesas parientes de los concejales pata negra. En el Pleno, ni un solo concejal sin origen español para que no le insulten con que si ha llegado en qué patera. En los actos, ni un solo guiño al 40% de los empadronados que mantienen abierto el colegio.

No se finge, ni en Aragón ni en el resto de los ayuntamientos de lo vaciado, como predicaba Democles con que estar en política hay que hacerlo con la actitud de ser uno de tantos. Declaró varias guerras pero afirmó que sus soldados venían de ellas con arena en las suelas de las sandalias con sangre enemiga (ver la actitud del Estado de Israel en la serie Fauda), lo que por la vía del teatro y sus dramas corrompería las instituciones y, sentenció, afectaría a la vida privada de sus guerreros.

Siembra imperialismo y recogerás civilización…

Labordeta, Carbonell, Sanchis Sinisterra y el andorrano Eloy Fernández Clemente parieron textos y artículos desolados, letras imprescindibles, narrando lo que supuso el vaciamiento aragonés en su generación. Quién está componiendo hoy las obras y dramas, la trayectoria épica de los nuevos aragoneses desde su experiencia propia, desde el rap o el reggaetón.

11.08 Luis Iribarren Betés

El eclipse de sol desde Zaragoza


Ayer 12 de agosto de 2026, la Luna eclipsó totalmente al Sol y proyectó su sombra sobre Siberia, Groenlandia, Islandia, España y Portugal. La imagen de hoy muestra el eclipse solar total vistos desde Zaragoza, España, sobre la Catedral Basílica de Nuestra Señora del Pilar mientras el sol quedaba reflejado en el río Ebro. 

Durante unos instantes, España presenció su primer gran eclipse solar total desde 1905. Quienes presenciaron la totalidad pudieron sentir un escalofrío, el silencio de los pájaros, el zumbido confuso de los insectos y la admiración compartida por muchos. Fue el momento de brillar de la corona solar, ya que el disco brillante del Sol quedó oculto por la Luna. 

Entre otras razones para estudiar los eclipses, estos ayudan a los científicos a comprender por qué la corona solar es millones de grados más caliente que la superficie del Sol. Los ciudadanos entusiastas pueden contribuir a estos estudios registrando cómo responde la fauna silvestre, imaginando la presencia de la corona solar y monitorizando las temperaturas del aire y de las nubes.

El texto anterior es de la Nasa, que ha elegido esta fotografía tomada en Zaragoza, como la imagen del día de hoy, 13 de agosto. Una imagen tomada por Ruiyu Zhang desde el Puente de la Unión con un encuadre realmente precioso.

10.8.26

El cementerio de Zaragoza también merece respeto


Ante las constantes noticias que han aparecido en prensa en los últimos tiempos recogiendo numerosas quejas sobre la suciedad y el estado de determinadas zonas del Cementerio de Torrero, creo que merece la pena detenerse un momento y reflexionar sobre una cuestión que, más allá de polémicas, empresas, contratos o del uso político que pueda hacerse de este asunto, debería preocuparnos a todos.

 

Porque estamos hablando del cementerio de Zaragoza.

 

Y hay lugares de una ciudad en los que la limpieza y el mantenimiento son importantes. Pero hay otros en los que, además de importantes, deberían ser una cuestión de respeto. El Cementerio de Torrero pertenece, sin duda, a este segundo grupo.

 

Quienes acudimos a un cementerio no vamos simplemente a pasear por una instalación municipal. Vamos a visitar a nuestros padres, abuelos, hermanos, familiares, amigos o personas que, de una manera u otra, formaron parte de nuestra vida.

 

Vamos a recordar.

 

Vamos a detenernos unos minutos delante de una lápida.

 

Vamos, muchas veces, a mantener ese pequeño vínculo con quienes ya no están.

 

Por eso resulta especialmente desagradable llegar y encontrarse determinadas zonas con suciedad, restos vegetales, flores secas acumuladas, papeleras llenas, hojas sin recoger o espacios cuyo aspecto transmite una evidente sensación de falta de cuidado.

 

Y no se trata de pretender que un recinto de semejantes dimensiones esté impoluto las veinticuatro horas del día.

 

Sería poco realista.

 

Un cementerio tiene árboles, jardines, tierra, flores que se marchitan y una actividad diaria que inevitablemente genera residuos. También nosotros, los ciudadanos, tenemos nuestra parte de responsabilidad: cuando cambiamos unas flores, limpiamos una lápida o retiramos un ramo seco, esos restos deben terminar donde corresponde.

 

Pero una cosa es entender las dificultades de mantenimiento de un espacio enorme y otra muy distinta acostumbrarnos a la suciedad.

 

Y, ante las quejas que se están produciendo, creo que hay una pregunta que debería responderse con claridad:

 

¿A quién corresponde realmente el mantenimiento y la limpieza del Cementerio de Torrero?

 

¿A las brigadas municipales de limpieza?

 

¿A los servicios propios del cementerio?

 

¿A la empresa encargada actualmente de su gestión?

 

¿O existen unas competencias repartidas entre diferentes servicios?

 

Personalmente, no lo sé con exactitud.

 

Y precisamente ahí puede estar también parte del problema.

 

Porque cuando un ciudadano observa una zona sucia, ¿a quién debe dirigirse? ¿Quién tiene la obligación de solucionarlo? ¿Quién tiene que supervisar que esa tarea se haya realizado?

 

Tras la finalización del contrato de la anterior empresa, el Ayuntamiento decidió adjudicar la gestión a otra. No voy a cuestionar esa decisión. Entiendo que el Ayuntamiento tiene capacidad para adjudicar la gestión del servicio conforme a los procedimientos establecidos y, mientras se haga dentro de la legalidad, esa es una responsabilidad que corresponde a la administración municipal.

 

Tampoco voy a entrar en el debate sobre los problemas, discrepancias o situaciones que hayan podido surgir con otras empresas relacionadas con este asunto.

 

Ni quisiera entrar en el uso político que pueda hacerse de esta situación.

 

Porque cuando aparece un problema relacionado con un servicio público es muy fácil que termine convirtiéndose en un intercambio de acusaciones: quién gobernaba antes, quién gobierna ahora, quién adjudicó un contrato, quién lo gestionó mejor o peor, quién denunció primero el problema o quién pretende obtener un rédito político de él.

 

Todo eso forma parte del debate político y cada cual tendrá sus argumentos.

 

Pero ese no es el debate que quiero plantear.

 

Porque mientras unos discuten sobre responsabilidades políticas, contratos o adjudicaciones, hay algo que no cambia: el ciudadano que acude al cementerio continúa viendo aquello que tiene delante.

 

Y si está limpio, lo ve.

 

Y si está sucio, también.

 

Por eso creo que deberíamos intentar separar ambas cuestiones.

 

Una cosa es el legítimo debate político sobre cómo se gestiona un servicio público, y otra muy diferente que ese debate termine ocultando el problema que lo originó.

 

Porque la suciedad no tiene ideología.

 

Una papelera llena no es de izquierdas ni de derechas.

 

Unas flores secas acumuladas no saben quién gobierna en el Ayuntamiento.

 

Y una familia que acude a visitar a un ser querido probablemente tampoco esté pensando en ello cuando atraviesa las puertas del cementerio.

 

Lo que espera encontrar es un lugar cuidado y digno.

 

Ese es el debate que me interesa.

 

Me interesa saber quién debe limpiar.

 

Quién debe mantener.

 

Quién debe supervisar.

 

Y quién debe actuar cuando el resultado no es el adecuado.

 

Porque si la limpieza corresponde a las brigadas municipales, habrá que preguntarse si cuentan con personal y medios suficientes.

 

Si determinadas labores corresponden a la empresa que gestiona el cementerio, habrá que comprobar que esas obligaciones se están cumpliendo.

 

Y si las competencias están repartidas entre Ayuntamiento, brigadas y empresa gestora, tendrán que coordinarse adecuadamente.

 

Porque al ciudadano que atraviesa la puerta del cementerio para visitar a un familiar no se le puede exigir que conozca un pliego de condiciones, un contrato administrativo, una adjudicación o el reparto interno de competencias entre diferentes servicios.

 

Ni tiene por qué conocerlo.

 

El ciudadano ve el resultado.

 

A partir de ahí será la administración quien tenga que determinar quién tenía que haber realizado cada tarea.

 

Porque, al final, existe algo que a veces olvidamos cuando hablamos de contratos y adjudicaciones: independientemente de quién preste materialmente un servicio, alguien tiene que supervisar que se preste correctamente.

 

No puede convertirse en aquello de que unos señalen a otros mientras el problema permanece.

 

El Cementerio de Torrero, además, no es precisamente un pequeño camposanto.

 

Es prácticamente una ciudad dentro de Zaragoza.

 

Tiene kilómetros de calles interiores, zonas antiguas y modernas, jardines, nichos, panteones, equipamientos y espacios de enorme valor histórico, artístico y, sobre todo, sentimental.

 

Precisamente por sus dimensiones resulta evidente que mantenerlo no debe de ser una tarea sencilla.

 

Hace falta personal.

 

Hace falta maquinaria.

 

Hace falta organización.

 

Hace falta planificación.

 

Y probablemente hacen falta bastantes horas de trabajo.

 

Por eso tampoco creo que resulte justo cargar automáticamente toda la responsabilidad sobre los trabajadores que vemos realizando las tareas de limpieza o mantenimiento.

 

Quizá hacen todo lo que pueden con los medios de los que disponen.

 

Y aquí surge otra reflexión que me parece importante.

 

Antes de afirmar que alguien no hace su trabajo, quizá deberíamos preguntarnos si dispone de los medios necesarios para hacerlo.

 

Porque si una brigada tiene que atender una extensión enorme con un número insuficiente de trabajadores, difícilmente podrá llegar a todos los rincones con la frecuencia necesaria.

 

Y si ese fuera el problema, habría que solucionarlo donde corresponde: en la planificación, en la organización o en la dotación del servicio.

 

Pero hay algo que siempre me ha llamado especialmente la atención y que, pensándolo bien, resulta bastante paradójico.

 

Cuando se aproxima Todos los Santos, el cementerio parece adquirir de repente una importancia especial.

 

Todo tiene que estar preparado.

 

Se limpian espacios.

 

Se acondicionan accesos.

 

Se refuerzan determinados servicios.

 

Y se organiza todo para recibir a los miles de zaragozanos que acudirán durante esos días.

 

Y me parece perfecto que se haga.

 

Lo paradójico es que parece que necesitamos que llegue una fecha señalada para prestar una atención extraordinaria a aquello que debería cuidarse durante todo el año.

 

Además, no podemos olvidar otra circunstancia que hace todavía más necesaria esta reflexión: el Cementerio de Torrero no es únicamente el lugar al que acudimos para visitar a nuestros familiares fallecidos.

 

Es también un lugar que la propia ciudad pone en valor desde el punto de vista histórico, patrimonial, cultural e incluso turístico.

 

Se organizan rutas para conocer su patrimonio funerario.

 

Se realizan visitas guiadas.

 

Se explican las historias de personajes ilustres allí enterrados.

 

Se recorren sus esculturas, mausoleos y espacios históricos.

 

Incluso en determinadas fechas señaladas se organizan actividades culturales y pequeñas actuaciones musicales, instrumentales o corales que, realizadas desde el respeto que exige el lugar, contribuyen a poner en valor ese patrimonio y a entender el cementerio también como una parte de la historia de Zaragoza.

 

Y me parece bien.

 

Es más, creo que es positivo.

 

Un cementerio histórico puede ser también un lugar de cultura, de memoria y de conocimiento.

 

Pero precisamente por eso la contradicción resulta todavía más evidente.

 

Si ofrecemos el Cementerio de Torrero como un lugar que merece ser conocido por quienes visitan Zaragoza; si invitamos a recorrerlo para descubrir su patrimonio; si organizamos visitas, rutas y actividades culturales; si en determinadas fechas incluso utilizamos la música como una forma de recuerdo y homenaje, entonces deberíamos ser todavía más exigentes con su conservación cotidiana.

 

Porque no tendría demasiado sentido enseñar con orgullo un monumento, una escultura o un panteón y que unos metros más allá el visitante pueda encontrarse con una papelera desbordada, restos vegetales acumulados o una zona que transmita sensación de abandono.

 

Patrimonio y mantenimiento deberían caminar juntos.

 

No podemos poner en valor una parte y descuidar la otra.

 

Y aquí aparece nuevamente la paradoja de las fechas señaladas.

 

Cuando se aproxima Todos los Santos sabemos que van a acudir miles de personas y, naturalmente, el recinto debe encontrarse en las mejores condiciones posibles.

 

Pero nuestros familiares no están allí solamente el 1 de noviembre.

 

Están allí el 2 de noviembre.

 

Y el 15 de enero.

 

Y cualquier mañana de abril.

 

Y durante el mes de agosto.

 

Y el resto de los 365 días del año.

 

Del mismo modo que el valor histórico y patrimonial del Cementerio de Torrero tampoco aparece únicamente cuando se organiza una visita guiada.

 

Está allí todos los días.

 

Aunque no haya visitantes.

 

Aunque no haya una actuación musical.

 

Aunque no haya cámaras.

 

Aunque no haya ninguna fecha especial en el calendario.

 

Y, pensándolo bien, ocurre algo parecido en el resto de la ciudad.

 

Cuando llega un acontecimiento importante, unas fiestas, una celebración, una prueba deportiva, una visita destacada o cualquier evento capaz de atraer a miles de personas, de repente aparecen pequeños arreglos.

 

Se repasan determinadas zonas.

 

Se adecentan calles.

 

Se mejora aquello que llevaba algún tiempo esperando.

 

Se amplían o refuerzan los servicios de limpieza viaria.

 

Y aquellos lugares por los que sabemos que van a pasar más visitantes reciben una atención especial.

 

Insisto: me parece lógico.

 

Una ciudad debe prepararse cuando espera una gran afluencia de personas y debe intentar ofrecer su mejor imagen.

 

Pero precisamente ahí está la paradoja.

 

¿Por qué tenemos tantas veces que esperar a que llegue un acontecimiento extraordinario para hacer aquello que debería formar parte de la normalidad?

 

Es como cuando recibimos invitados en casa.

 

Ese día procuramos que todo esté especialmente limpio y ordenado.

 

Es humano.

 

Pero una cosa es dar un último repaso antes de que lleguen las visitas y otra muy distinta que determinadas habitaciones solamente se limpien cuando sabemos que alguien va a entrar en ellas.

 

Y quizá ese sea precisamente el símil que mejor resume todo esto:

 

una ciudad no debería estar cuidada solamente cuando tiene invitados.

 

Y un cementerio que forma parte de nuestro patrimonio y que queremos mostrar a quienes nos visitan tampoco debería estar especialmente cuidado únicamente cuando llega Todos los Santos, cuando se organiza una actividad cultural o cuando sabemos que va a recibir una mayor afluencia de personas.

 

Que esas fechas sirvan para reforzar los servicios.

 

Por supuesto.

 

Pero reforzar significa añadir medios a un mantenimiento que ya funciona correctamente durante el resto del año.

 

No poner al día apresuradamente aquello que debería haberse cuidado durante los meses anteriores.

 

Porque el patrimonio no tiene calendario.

 

La memoria tampoco.

 

Y mucho menos el respeto.

 

También creo que nosotros, los ciudadanos, deberíamos hacer un pequeño ejercicio de autocrítica.

 

Porque no todo puede achacarse siempre a la administración o a la empresa que gestione el recinto.

 

Si retiramos unas flores secas, unas plantas, un envoltorio o una maceta, tenemos que depositarlos donde corresponde.

 

No podemos exigir limpieza y al mismo tiempo abandonar nuestros propios residuos en cualquier lugar.

 

El civismo también forma parte del mantenimiento de un espacio público.

 

Y quizá deberíamos recordarlo más a menudo.

 

Porque resulta muy sencillo fotografiar una zona sucia y denunciarla, pero también deberíamos preguntarnos cómo llegó parte de esa suciedad hasta allí.

 

La administración tiene una responsabilidad.

 

La empresa que tenga encomendadas determinadas tareas tendrá la suya.

 

Y los ciudadanos tenemos la nuestra.

 

Ninguna elimina a las demás.

 

Por eso quizá una de las primeras cosas que habría que hacer es explicar con absoluta claridad quién se ocupa de qué dentro del Cementerio de Torrero.

 

Quién limpia las calles interiores.

 

Quién recoge los residuos.

 

Quién vacía las papeleras.

 

Quién retira los restos vegetales.

 

Quién mantiene los jardines.

 

Quién limpia determinados espacios entre nichos.

 

Quién supervisa todo ese trabajo.

 

Y, especialmente, quién debe responder cuando algo no funciona.

 

Porque cuanto más difusa es la responsabilidad, más sencillo resulta que un problema termine pasando de una mesa a otra.

 

Y ahí es donde el debate político tampoco debería servir como excusa.

 

Gobierne quien gobierne.

 

Gestione quien gestione.

 

El cementerio seguirá estando allí.

 

También seguirán estando allí nuestros familiares.

 

Y seguirán acudiendo miles de zaragozanos a visitarlos.

 

Por eso creo que determinados servicios municipales deberían quedar, en la medida de lo posible, por encima de la batalla política cotidiana.

 

Naturalmente que la oposición tiene derecho a fiscalizar al gobierno municipal y denunciar aquello que considere que funciona mal. Y naturalmente que quien gobierna tiene derecho a explicar su gestión y defenderla.

 

Eso es democracia.

 

Pero después de la denuncia y después de la respuesta política debería llegar lo verdaderamente importante:

 

la solución.

 

Porque una fotografía de suciedad puede servir para abrir un debate.

 

Una declaración puede servir para responder.

 

Una discusión en un pleno puede servir para exigir responsabilidades.

 

Pero ninguna de esas cosas recoge una sola hoja, vacía una papelera o retira unas flores marchitas.

 

Eso lo hacen personas.

 

Con organización.

 

Con medios.

 

Y con una gestión adecuada.

 

Además, el Cementerio de Torrero no debería contemplarse únicamente como una instalación municipal que necesita limpieza.

 

Es también una parte importantísima de la historia de Zaragoza.

 

Tras sus muros descansan generaciones enteras de zaragozanos.

 

Hay personajes ligados a nuestra historia, esculturas, panteones, arquitectura funeraria, acontecimientos históricos y miles y miles de historias familiares.

 

Cada lápida tiene detrás una vida.

 

Cada fotografía tiene detrás una familia.

 

Cada nombre significa algo para alguien.

 

Por eso estamos hablando de patrimonio.

 

De memoria.

 

Pero, sobre todo, estamos hablando de un lugar profundamente humano.

 

Quizá quienes tienen responsabilidades sobre su conservación deberían recorrerlo alguna mañana cualquiera.

 

Sin visita institucional.

 

Sin cámaras.

 

Sin esperar al 1 de noviembre.

 

Simplemente caminar por sus calles como lo hacemos los demás.

 

Entrar en diferentes zonas.

 

Mirar los jardines.

 

Los pasillos.

 

Las papeleras.

 

Los rincones menos transitados.

 

Y comprobar personalmente cuál es la situación.

 

Porque pedir que un cementerio esté limpio no es pedir que parezca un jardín de postal.

 

Ni significa que no pueda haber una hoja caída.

 

Ni que una flor marchita tenga que retirarse cinco minutos después.

 

Se trata de algo mucho más sencillo.

 

De una sensación general de cuidado.

 

De atención.

 

De mantenimiento.

 

Y de dignidad.

 

Y después de darle vueltas a todo esto, mi reflexión final es bastante sencilla.

 

Quizá estamos dedicando demasiado tiempo a preguntarnos quién tiene la culpa y no el suficiente a determinar quién tiene la responsabilidad de solucionarlo.

 

No es exactamente lo mismo.

 

Buscar culpables alimenta discusiones.

 

Determinar responsabilidades permite encontrar soluciones.

 

Por eso, ante todas esas noticias y quejas que estamos conociendo, antes de comenzar a repartir reproches políticos, creo que habría que responder claramente a una pregunta:

 

¿Quién tiene realmente la obligación de mantener limpio el Cementerio de Torrero?

 

Y una vez que sepamos quién la tiene, exigir simplemente que la cumpla.

 

Sea una brigada municipal.

 

Sea la empresa gestora.

 

Sean diferentes servicios trabajando conjuntamente.

 

Al ciudadano, cuando va a visitar a alguien que ya no está, le importa bastante poco quién lleva la escoba.

 

Lo que quiere es que alguien la utilice.

 

Y posiblemente esa sea la reflexión más sencilla de todas.

 

Podremos discutir de contratos.

 

De adjudicaciones.

 

De empresas.

 

De competencias.

 

De responsabilidades políticas.

 

Incluso podremos discutir sobre quién tiene razón.

 

Pero mientras discutimos, las personas seguirán entrando cada día en el Cementerio de Torrero para visitar a alguien a quien quisieron.

 

Y esas personas no van allí buscando política.

 

Van buscando recuerdos.

 

Van a dejar unas flores.

 

Van a limpiar una lápida.

 

Van a permanecer unos minutos en silencio.

 

En definitiva, van a recordar a alguien que formó parte de sus vidas.

 

Y una ciudad también demuestra lo que es por la manera en que cuida esos lugares.

 

Porque una ciudad no debería arreglarse solamente cuando tiene invitados.

 

Y su cementerio tampoco debería adecentarse únicamente cuando se acerca el día en el que sabemos que va a recibir más visitas.

 

El cuidado cotidiano es precisamente el que demuestra que no estamos actuando para ofrecer una imagen, sino para prestar correctamente un servicio.

 

Por eso lo mínimo que podemos pedir es que el Cementerio de Torrero se conserve durante todo el año con dignidad.

 

Con cuidado.

 

Con limpieza.

 

Y, sobre todo, con respeto.

 

Respeto hacia quienes acudimos allí.

 

Y mucho más importante todavía: respeto hacia quienes ya no pueden reclamarlo.


Carlos Masa