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27.9.26

Plaza del Pilar: ¿la estamos convirtiendo en una plaza multiusos?

Valor patrimonial: la plaza ya es el acontecimiento

La Plaza del Pilar no es una explanada disponible para cualquier actividad. Es uno de los espacios más reconocibles de Zaragoza, un conjunto monumental y un lugar central en la historia y la vida cotidiana de la ciudad.

Por eso, las actuales obras de remodelación deberían obligarnos a plantear una cuestión de fondo: ¿estamos dejando que la Plaza del Pilar deje de ser una plaza monumental para convertirse en un recinto multiusos? 

Imagen de El Periódico de Aragón - 1976


La duda no es exagerada. En un extremo está la Basílica del Pilar y, en el otro, la Catedral del Salvador —La Seo—. Entre ambas se encuentra uno de los conjuntos monumentales más reconocibles de Zaragoza.

Quien visita la ciudad no necesita una feria, una carrera, un escenario, un desfile, una parada militar o una corrida goyesca para tener motivos para acercarse.

La propia plaza ya es el acontecimiento.

Su patrimonio, sus edificios, su historia y la imagen del Pilar constituyen por sí mismos un atractivo turístico extraordinario.

Y conviene dejar claro algo: celebrar eventos en la Plaza del Pilar es positivo.

Una plaza así no puede permanecer ajena a la vida de la ciudad. Las actividades culturales, deportivas, festivas, sociales, institucionales, militares o conmemorativas pueden generar ambiente, atraer visitantes y favorecer al comercio y la hostelería.

El debate no consiste en elegir entre una plaza vacía y una plaza activa. La cuestión es otra:

¿Qué atrae realmente al visitante a la Plaza del Pilar?

¿La sucesión de acontecimientos o aquello que hace que este lugar sea único?

Los eventos pueden complementar ese valor.

No deberían competir con él.

No se trata de elegir entre patrimonio y actividad.

Se trata de decidir qué debe estar al servicio de qué.

Saturación de eventos: el problema es la acumulación

La duda se entiende mejor al observar la cantidad de acontecimientos que acoge la plaza: celebraciones relacionadas con el Mundial, carreras populares, Hola Primavera, Zaragoza Luce, conciertos, campañas, exposiciones, actos institucionales, ferias, paradas militares, conmemoraciones de los Sitios de Zaragoza, corridas goyescas y numerosas instalaciones temporales.

A veces ni siquiera hace falta revisar el calendario anual.

Basta un fin de semana.

Ayer sábado, la Plaza del Pilar fue escenario de una carrera popular. Hoy domingo, acoge un desfile de moda.

Dentro de unos días llegarán las Fiestas del Pilar, con escenarios, conciertos y nuevas instalaciones.

Después llegará la Navidad, con el Belén, las casetas y toda la infraestructura que las acompaña.

Durante el resto del año continuarán los actos solemnes, las conmemoraciones históricas, los espectáculos y otras actividades.

Montar, desmontar y volver a montar.

Ese es el problema: la plaza parece asumir cada vez más funciones propias de un recinto para eventos. Las estructuras, vallas, casetas y escenarios pueden dificultar precisamente aquello que los visitantes han venido a contemplar.

¿Queremos una plaza monumental que acoja ocasionalmente grandes acontecimientos o un recinto permanente para eventos en pleno corazón histórico de Zaragoza?

No es lo mismo.

El problema no es cada acontecimiento por separado.

Muchos tienen interés cultural, social, turístico, deportivo, institucional, histórico o económico para Zaragoza.

El problema es la acumulación.

Pero tampoco parece razonable que la primera opción para casi cualquier gran acontecimiento sea siempre la Plaza del Pilar.

Zaragoza tiene otros espacios.

Distribuir parte de la programación permitiría llevar actividad a otros lugares y barrios, en vez de concentrarla permanentemente en el mismo punto.

El impacto de las obras y del uso intensivo

Para entender el debate actual conviene recordar que la Plaza del Pilar ya vivió una profunda transformación en 1991. Aquella remodelación cambió radicalmente su concepción: desapareció el tráfico rodado y se creó la gran superficie peatonal que conocemos hoy.

Los coches dejaron paso al peatón. La plaza pasó a ser el gran salón de Zaragoza, un espacio monumental y ciudadano que unificaba el entorno de las dos catedrales.

Treinta y cinco años después volvemos a actuar sobre ella.

Pero el debate no debería limitarse al pavimento, las fuentes, los árboles o la accesibilidad.

La pregunta principal es otra:

¿Qué queremos que sea la Plaza del Pilar durante las próximas décadas?

Resulta paradójico que en 1991 se retiraran los vehículos para recuperar este espacio para el peatón y que, décadas después, los montajes de acontecimientos exijan periódicamente la entrada de vehículos de servicio, estructuras e instalaciones.

No es comparable el antiguo tráfico diario con la entrada puntual de vehículos necesaria para organizar un acto. Pero sí merece la pena analizar la evolución del uso de la plaza.

Cada actividad puede implicar escenarios, estructuras, vallas, casetas, vehículos de servicio y operaciones de montaje y desmontaje. Todo ello recae sobre un espacio que durante años ha sufrido baldosas deterioradas, piezas desplazadas y reparaciones.

Ahora estamos remodelándolo.

Por eso debemos preguntarnos qué ocurrirá cuando terminen las obras.

¿Renovaremos la plaza para continuar inmediatamente con el mismo modelo de utilización intensiva?

Remodelar cuesta dinero.

Reparar continuamente también.

Propuestas para una plaza viva y protegida

No se trata de convertirla en un museo ni de impedir que tenga vida.

Las Fiestas del Pilar, los grandes actos ciudadanos, las paradas militares, las conmemoraciones históricas, las celebraciones vinculadas a los Sitios de Zaragoza, las goyescas y otros acontecimientos estrechamente vinculados con la ciudad tienen en ella un escenario difícilmente sustituible.

La plaza debe estar viva.

Debe ser lugar de encuentro, celebración y convivencia.

Debe acoger acontecimientos.

Pero los acontecimientos deben poner en valor la Plaza del Pilar, no convertirla en un espacio disponible para cualquier uso.

Cuando un acontecimiento deba celebrarse en la Plaza del Pilar, la conservación del espacio debería ser una condición esencial: protección del pavimento, limitación de vehículos, control de estructuras, inspecciones antes y después de los montajes y responsabilidades claras ante posibles desperfectos.

Las actuales obras ofrecen una oportunidad para decidir no solo cómo queremos que sea físicamente la nueva Plaza del Pilar, sino también para qué queremos utilizarla.

Antes de preguntarnos cuántos eventos necesitamos para atraer visitantes, deberíamos recordar algo esencial: tenemos el Pilar, tenemos La Seo y tenemos una plaza monumental que por sí misma ya es uno de los grandes motivos para visitar Zaragoza.

En 1991 dejamos atrás una avenida para crear una gran plaza peatonal.

Treinta y cinco años después debemos decidir si queremos conservar aquella idea o sustituirla por otra.

Porque una cosa es tener una Plaza del Pilar que acoge eventos.

Y otra muy distinta es convertirla en una plaza multiusos.


Carlos Masa

20.9.26

Los Cabezudos de los Barrios, también son de Zaragoza

Cabezudos barrio jesus zaragoza

La polémica surgida en torno a la presencia de las comparsas de cabezudos de los barrios durante las próximas Fiestas del Pilar debería servir para hacernos una pregunta aparentemente sencilla: ¿de quién son las fiestas de Zaragoza?

 

La respuesta debería ser igual de sencilla: de todos.

 

Nadie debería discutir el enorme valor de la Comparsa Municipal de Gigantes, Cabezudos y Caballitos. Hablamos de una tradición con más de dos siglos de historia, con referencias documentadas desde comienzos del siglo XIX y reconocida desde 2024 como Bien de Interés Cultural Inmaterial.

 

El Morico, el Berrugón, el Forano, el Boticario y tantos otros pertenecen al imaginario colectivo de generaciones de zaragozanos. No son simplemente personajes de unas fiestas: forman parte de la memoria sentimental de la ciudad.

 

Pero proteger la singularidad de la Comparsa Municipal no debería significar apartar a las comparsas de los barrios.

 

No deberían competir. Se complementan.

 

Cuando terminan las grandes fiestas y los focos abandonan el centro, asociaciones vecinales, comisiones de fiestas, peñas y otros colectivos continúan manteniendo esta tradición. Conservan figuras, crean personajes, buscan financiación y dedican muchas horas para conseguir que los cabezudos vuelvan cada año a nuestras calles.

 

Y consiguen algo todavía más importante: que los niños los esperen con la misma ilusión con la que los esperaban sus padres y sus abuelos.

 

Eso también es patrimonio.

 

LOS BARRIOS TAMBIÉN CUENTAN NUESTRA HISTORIA

 

Las comparsas vecinales no son pequeñas reproducciones de la Municipal. Han creado sus propios personajes y, a través de ellos, cuentan también la historia de Zaragoza.

 

Podemos encontrarnos con Fernando Simón, Marianico el Corto, Matilde Sangüesa o el Tío Jorge, con personajes vinculados a antiguos oficios, al ferrocarril o a la industria, con figuras como Sancho Panza e incluso con homenajes a personas relacionadas con la historia empresarial de determinados barrios.

 

Cada comparsa termina convirtiéndose así en una pequeña crónica del lugar al que pertenece.

 

En el Barrio Jesús sabemos bastante de ello.

 

Nuestra comparsa conserva un veterano Sancho Panza, uno de sus cabezudos más antiguos. Ahí está también el Ferroviario, homenaje a la memoria de la antigua Estación del Norte y a la importancia que tuvo el ferrocarril para esta zona.

 

Y hace unos cinco años el barrio, con esfuerzo, incorporó un nuevo cabezudo dedicado a Juan Solans, harinero vinculado a nuestra historia industrial y propietario de la conocida Casa Solans.

 

No fue simplemente añadir una figura. Fue convertir una parte de la historia del barrio en cultura popular y hacer que volviera a recorrer sus calles.

 

Después hizo su trabajo el ingenio vecinal y muchos terminaron llamando cariñosamente al personaje «el Belloch», por el parecido que encuentran con Juan Alberto Belloch, antiguo alcalde de Zaragoza.

 

Quizá algún niño que hoy corre delante del Ferroviario pregunte mañana qué fue la Estación del Norte. Quizá otro quiera saber quién era Juan Solans y qué historia guarda Casa Solans.

 

Eso también es transmitir patrimonio.

 

ENTRE PERMITIRLO TODO Y PROHIBIR EXISTE LA ORGANIZACIÓN

 

El Ayuntamiento ha argumentado cuestiones operativas y de seguridad para defender el protagonismo de la Comparsa Municipal durante el Pilar. Son razones que deben escucharse. Tampoco sería razonable que numerosas comparsas decidieran unilateralmente recorridos y horarios durante unas fiestas con centenares de actividades.

 

Pero entre permitirlo todo y no permitirlo existe bastante espacio.

 

Se llama organización.

 

Se pueden establecer horarios, recorridos, zonas y requisitos de seguridad. Se pueden evitar coincidencias y coordinar previamente las salidas entre Ayuntamiento, distritos y colectivos.

 

Además, los mensajes conocidos estos días han generado desconcierto. Desde distintos ámbitos municipales se han trasladado explicaciones que no siempre han parecido coincidentes, mientras la alcaldesa ha defendido públicamente el protagonismo de la Comparsa Municipal durante el Pilar.

 

Y, según han recogido los medios, la propia Comparsa Municipal ha recordado el acuerdo tácito y el respeto que tradicionalmente han existido con las comparsas de los barrios, organizándose para evitar coincidencias.

 

Si durante años ha sido posible convivir mediante la coordinación, resulta razonable preguntarse qué ha cambiado.

 

Existe, además, un precedente significativo: cuando en 2024 se impulsó el reconocimiento de la tradición de la Comparsa Municipal como BIC, distintas comparsas de los barrios participaron junto a ella en los actos celebrados en la plaza del Pilar.

 

Entonces podían compartir espacio.

 

¿Por qué ahora esa convivencia parece plantear tantas dificultades?

 

Porque Zaragoza no termina en la plaza del Pilar, Independencia o Echegaray.

 

Zaragoza también son sus barrios. Y el Pilar son las fiestas de toda Zaragoza.

 

DOS MODELOS, UNA MISMA TRADICIÓN

 

También conviene recordar que los portadores de la Comparsa Municipal proceden del personal del Ayuntamiento. Las convocatorias municipales para estas funciones se han dirigido a funcionarios y personal laboral en activo.

 

Son trabajadores que desempeñan habitualmente otras tareas y que, cuando forman parte de la comparsa, asumen además la responsabilidad de representar esta tradición. Existe selección y preparación para manejar las figuras y, en el caso de los gigantes, bailar y ejecutar sus coreografías.

 

Ese trabajo merece reconocimiento y respeto.

 

Frente a ese modelo están las comparsas de los barrios, sostenidas en buena medida por personas que ofrecen voluntariamente su tiempo, esfuerzo y experiencia.

 

Reconocer el trabajo de unos no significa restárselo a los otros.

 

Y quizá esta polémica permita plantearnos una posibilidad nueva.

 

¿Por qué no explorar fórmulas para que, en determinadas circunstancias, portadores experimentados de las comparsas de los barrios pudieran colaborar también con la Comparsa Municipal?

 

No hablamos de sustituir a los actuales portadores ni de que cualquiera pueda ponerse un cabezudo municipal. Hablamos de personas seleccionadas, preparadas y sujetas a los requisitos necesarios.

 

En nuestros barrios existen portadores con años de experiencia. Seguro que más de uno estaría encantado de dar vida algún día al Morico, al Berrugón, al Forano o al Boticario.

 

Podríamos citar algún nombre. Seguro. Pero sería difícil hacerlo sin dejarnos a muchos. ¿Por qué no abrir puertas en lugar de enfrentar modelos?

 

LOS LATIGAZOS SON OTRO DEBATE

 

Alrededor de los cabezudos ha aparecido también la discusión sobre los tradicionales latigazos.

 

Ese asunto merece su propia consideración. Habrá que hablar de seguridad, límites y evolución de las costumbres y escuchar las diferentes posiciones.

 

Pero no deberíamos mezclar ambas cuestiones.

 

Una cosa es discutir cómo debe desarrollarse una tradición y bajo qué condiciones y otra debatir qué presencia pueden tener las comparsas de los barrios durante las Fiestas del Pilar.

 

Ahora hablamos de comparsas, participación, barrios y patrimonio.

 

EL PATRIMONIO DE MAÑANA

 

Y quizá aquí esté la reflexión más importante.

 

La Comparsa Municipal tiene más de dos siglos de historia. Precisamente por eso hoy podemos contemplarla como un extraordinario patrimonio recibido de quienes estuvieron antes que nosotros.

 

Pero hubo un momento, hace doscientos años, en que aquella tradición tampoco tenía doscientos años.

 

Alguien tuvo que comenzarla.

 

Alguien construyó aquellas figuras. Alguien se metió debajo de ellas. Y unos niños corrieron delante de aquellos cabezudos sin imaginar que estaban participando en algo que dos siglos después Zaragoza protegería como parte de su patrimonio cultural.

 

Quizá algunos personajes que hoy recorren nuestros barrios y que todavía consideramos jóvenes sean contemplados dentro de cincuenta o cien años como parte inseparable de la historia de Zaragoza.

 

Porque el patrimonio no aparece de repente cuando una administración coloca una placa o publica una declaración oficial.

 

Se construye poco a poco.

 

Se construye cuando un abuelo explica a su nieto quién es el personaje que tiene delante. Cuando alguien repara un cabezudo para que vuelva a salir al año siguiente. Cuando unos vecinos reúnen dinero para crear una nueva figura. Cuando un portador dedica voluntariamente una tarde a correr con los niños.

 

Se construye cuando un pequeño pregunta qué fue la Estación del Norte porque acaba de encontrarse con el Ferroviario.

 

O cuando descubre quién fue Juan Solans porque un cabezudo le ha llevado hasta la historia de Casa Solans.

 

Por eso no deberíamos enfrentar la historia de la Comparsa Municipal con la de las comparsas de los barrios.

 

Una nos muestra lo que Zaragoza ha sido capaz de conservar durante más de dos siglos.

 

Las otras pueden estar construyendo una parte de lo que Zaragoza conservará mañana.

 

Naturalmente necesitamos normas, seguridad y organización. Pero también debemos comprender que la cultura popular no pertenece exclusivamente a quien la administra. Pertenece también a quienes la mantienen viva.

 

Quizá dentro de cien años nadie recuerde esta polémica.

 

Pero ojalá entonces siga habiendo niños esperando impacientes en una esquina de Zaragoza.

 

Ojalá aparezca un cabezudo. Ojalá vuelvan a echar a correr.

 

Y ojalá alguien pueda explicarles que aquella figura lleva recorriendo las calles desde hace generaciones porque, muchos años atrás, hubo personas que entendieron que conservar una tradición era importante, pero también lo era permitir que nacieran otras nuevas.


Carlos Masa

4.9.26

El nuevo Royo Villanova: que esta vez no se quede en un cajón

IA nuevo Hospital Royo Villanova


Quienes vivimos en la margen izquierda de Zaragoza sabemos perfectamente lo que significa el Hospital Royo Villanova. No es simplemente un edificio al que uno acude cuando tiene una urgencia, una consulta, una prueba o un ingreso. Es nuestro hospital de referencia, aunque la realidad del Sector Zaragoza I sea más compleja y determinados ingresos, intervenciones o tratamientos puedan recaer también en el Hospital Provincial o, en otros casos, en centros de mayor especialización como el Miguel Servet.

Por eso, cuando se habla ahora de construir un nuevo Royo Villanova, creo que no deberíamos quedarnos únicamente en una discusión sobre planos, solares o presupuestos. Estamos hablando de una infraestructura sanitaria que tendrá que prestar servicio durante décadas a una parte de Zaragoza que ha cambiado muchísimo.

Y para entender por qué hace falta un nuevo hospital conviene recordar de dónde viene el actual.

El Royo Villanova no nació como hospital general. Sus orígenes están en el antiguo sanatorio destinado a enfermos de tuberculosis. Posteriormente pasó a ser hospital de enfermedades del tórax y, con el paso de los años, fue transformándose hasta convertirse en el hospital general de referencia que conocemos hoy.

Durante mucho tiempo, la gran carga de la asistencia hospitalaria general de Zaragoza recaía principalmente en el actual Hospital Universitario Miguel Servet.

Pero Zaragoza cambió. La margen izquierda creció, aparecieron nuevos barrios, aumentó considerablemente la población y el Royo Villanova tuvo que asumir cada vez más funciones. Se ampliaron servicios, se incorporaron especialidades, se adaptaron espacios y se construyeron nuevas dependencias.

Y el hospital ha respondido. Lo ha hecho gracias a sucesivas reformas y, sobre todo, gracias a sus profesionales. Pero todo tiene un límite.

Se puede ampliar un edificio, reformarlo o añadir nuevos módulos, pero llega un momento en el que la propia estructura original condiciona cualquier crecimiento futuro.

Y ahí, para mí, está una de las grandes razones para construir un hospital nuevo desde cero.

No se trataría simplemente de sustituir un edificio antiguo por otro moderno. Se trataría de construir, por primera vez, un Royo Villanova concebido desde su origen como un hospital general del siglo XXI, preparado no solo para las necesidades actuales, sino también para las que tendrá esta parte de Zaragoza dentro de veinte, treinta o cuarenta años.

También conviene recordar que el Royo no funciona de manera aislada.

El Hospital Nuestra Señora de Gracia, el conocido Hospital Provincial, forma también parte de la atención especializada del Sector Zaragoza I. Determinados ingresos, operaciones quirúrgicas y otras prestaciones pueden realizarse allí, mientras que algunas atenciones más complejas continúan teniendo como referencia otros hospitales, entre ellos el Miguel Servet.

Por eso muchos vecinos saben que aquello de “mi hospital es el Royo” no significa necesariamente que todo vaya a hacerse allí.

Y uno de los objetivos del nuevo hospital debería ser precisamente ese: ampliar servicios y reducir desplazamientos innecesarios.

No se trata de duplicar absolutamente todas las especialidades de otros grandes hospitales. Eso tampoco tendría demasiado sentido. Pero sí de conseguir que un verdadero hospital general moderno pueda resolver la mayor parte de las necesidades de la población a la que atiende.

Ahora bien, hay algo que no debería perderse entre planos, metros cuadrados y presupuestos.

Construir un hospital no consiste únicamente en levantar un edificio. Después hay que dotarlo. De equipamiento, tecnología, quirófanos, pruebas diagnósticas y unidades especializadas. Pero, sobre todo, de medios humanos.

Médicos, enfermeras, auxiliares, técnicos, celadores, personal administrativo, especialistas y todos los profesionales necesarios para que un hospital funcione realmente.

Porque no serviría de mucho construir un edificio más grande, moderno y bonito si después seguimos teniendo los mismos problemas de falta de personal, las mismas demoras o la misma presión asistencial.

No habríamos solucionado el problema. Simplemente lo habríamos trasladado a unas instalaciones nuevas.

Por eso el proyecto tendrá que ir acompañado desde el principio de una planificación seria de recursos humanos y materiales. Porque un hospital no lo hacen los ladrillos. Lo hacen quienes trabajan dentro de él.

Y llegamos a una de las cuestiones que probablemente va a generar más debate: la ubicación.

El Gobierno de Aragón ha puesto sobre la mesa cuatro posibles emplazamientos para el nuevo Hospital Royo Villanova.

La primera opción se sitúa frente a la Academia General Militar, junto a la A-23 y la carretera de Huesca.

La segunda se localiza en San Gregorio, en el entorno próximo al actual hospital.

La tercera se plantea en la ronda de Boltaña, en el entorno de Parque Goya y del norte de la ciudad.

Y la cuarta se sitúa en la carretera de Cogullada, en los terrenos comprendidos entre Mercazaragoza y el río Gállego.

Por ahora no existe una decisión definitiva. Y quizá sea bueno que no la haya mientras las distintas alternativas se estudien con criterios técnicos, sanitarios, urbanísticos y de movilidad.

Hay opiniones que consideran que al proyecto no se le debería meter una prisa innecesaria. Y creo que esa reflexión tiene sentido.

Estamos hablando de un equipamiento que tendrá que amortizarse durante muchas décadas. Un hospital no puede trasladarse dentro de unos años si descubrimos que el lugar elegido no era el adecuado.

Una cosa es no eternizar la decisión. Y otra muy distinta tomarla con prisas.

Tampoco debería convertirse en una competición entre barrios.

Todos preferiríamos tener el hospital a diez minutos andando, pero una infraestructura de estas características se construye para cientos de miles de personas.

Por eso la pregunta debería ser otra: ¿Cuál es la mejor ubicación para el conjunto de los ciudadanos que tendrán que utilizar el nuevo Royo Villanova?

Habrá que estudiar el terreno disponible, las posibilidades de ampliación, los accesos, las conexiones viarias y la entrada y salida de ambulancias.

Pero, para mí, existe una cuestión absolutamente prioritaria: el transporte público.

No como algo que se resuelva después de elegir el solar.

Tiene que formar parte de la elección desde el primer momento.

Quienes vivimos en el Arrabal, Barrio Jesús, La Jota, Picarral, Santa Isabel y otras zonas de la margen izquierda sabemos lo que supone depender del autobús para acudir al actual Royo Villanova.

Y no es normal que para ir a tu hospital de referencia a hacerte una prueba, acudir a una consulta o visitar a un familiar ingresado dispongas de unas conexiones tan limitadas.

A veces, dicho con cierta ironía, parece que cuesta menos organizar un viaje a Huesca que llegar al hospital que te corresponde dentro de tu propia ciudad. Es una exageración, claro.

Pero quien depende del transporte público entiende perfectamente de qué estamos hablando. En algunos barrios prácticamente se depende de una única línea de autobús, con esperas, frecuencias mejorables y trayectos largos. Por eso no bastará con poner una parada delante del nuevo edificio.

Habrá que hablar de líneas directas, frecuencias, horarios, fines de semana, festivos y conexiones reales entre barrios.

En este punto conviene recordar también que el Ayuntamiento de Zaragoza anunció el año pasado un servicio de transporte a demanda para los grandes hospitales de la ciudad, entre ellos el Royo Villanova. La idea puede resultar útil como complemento.

Pero, personalmente, creo que no debería sustituir a una buena red ordinaria de autobuses.

Un hospital de referencia para más de 200.000 ciudadanos necesita transporte público frecuente, previsible y sencillo. El transporte a demanda puede sumar. Pero no debería servir de excusa para no disponer de líneas directas y buenas frecuencias.

Porque la accesibilidad sanitaria empieza cuando una persona sale de casa, no cuando cruza la puerta del hospital. Además, un hospital de estas dimensiones no es solamente un equipamiento sanitario. Es también un potente motor de transformación urbana.

A su alrededor aparecen nuevas comunicaciones, servicios, actividad económica y, en muchas ocasiones, nuevos desarrollos.

Por eso decidir dónde construir el nuevo Royo Villanova también puede condicionar cómo crezca una parte importante del norte de Zaragoza durante las próximas décadas.

Y en este debate hay incluso quienes consideran que no habría que limitarse necesariamente a las cuatro ubicaciones planteadas por el Gobierno de Aragón.

Entre esas opiniones se ha llegado a plantear una quinta alternativa en el propio polígono de Cogullada, un emplazamiento que, según quienes lo defienden, está muy bien comunicado y cuenta ya con todas las estructuras de servicios instaladas.

Conviene diferenciar esta propuesta de la cuarta opción oficial.

La alternativa del Gobierno de Aragón se sitúa en la carretera de Cogullada, entre Mercazaragoza y el río Gállego.

La quinta posibilidad planteada desde fuera de la Administración se ubicaría dentro del propio polígono de Cogullada.

No forma parte, al menos por ahora, de las cuatro opciones oficiales.

Pero si existe una alternativa que pueda ofrecer buenas comunicaciones, servicios ya instalados, capacidad de crecimiento y ventajas para los pacientes, tampoco tendría demasiado sentido descartarla simplemente porque no figuraba en el primer listado.

Lo importante no debería ser defender una ubicación concreta por orgullo de barrio o porque haya sido la primera propuesta.

Lo importante debería ser acertar.

Y queda otra pregunta.

¿Qué hacer con el actual Royo Villanova cuando abra el nuevo?

Aquí, personalmente, lo tendría bastante claro.

Mantener un uso sanitario.

Podría convertirse en un hospital de corta estancia o asumir funciones de recuperación, rehabilitación, atención a pacientes crónicos, determinadas consultas o servicios sociosanitarios.

Sería absurdo dejar vacío un edificio público de esas dimensiones.

El nuevo Royo podría asumir la actividad general y de mayor complejidad, mientras el actual seguiría prestando servicio con otra función.

En fin, ahora habrá que esperar a conocer cuál será finalmente la ubicación elegida.

Y, a partir de ahí, esperar también que el proyecto avance de verdad.

Que no se convierta en otra historia interminable.

Que no termine encadenando anuncios, estudios, cambios de criterio y nuevos capítulos cada cuatro años hasta que dentro de veinte alguien tenga que decir aquello de: Sí, de eso ya se hablaba entonces”.

Porque una cosa es estudiar con calma una infraestructura que tendrá que durar décadas.

Y otra muy distinta convertir la prudencia en una forma de no decidir nunca.

Mientras tanto, Zaragoza seguirá creciendo.

La margen izquierda seguirá sumando población.

Y los vecinos seguiremos necesitando un hospital accesible, bien comunicado, bien dotado y con medios humanos suficientes.

Así que, puestos a hacer comparaciones, casi será cuestión de ver qué llega antes: el Real Zaragoza de nuevo a Primera División o el nuevo Royo Villanova —o como finalmente se denomine— plenamente operativo.

Y esperemos también no tener que comprobar dentro de unos años que sigue siendo más sencillo organizar un viaje a Huesca que llegar con normalidad al hospital de referencia de la margen izquierda.

La ironía tiene su gracia.

Pero llega un momento en que deja de tenerla.

Sobre todo cuando hablamos de sanidad.

Y, sobre todo, esperemos no tener que aguardar más de veinte años para verlo hecho realidad, como ocurrió con el centro de salud de mi barrio.

Esperemos que esta vez haya una buena elección de ubicación, planificación, transporte público, profesionales, medios y obras.

Y, sobre todo, que haya hospital.

Antes de que el actual Royo Villanova, por antigüedad, acabe resultando más apropiado como escenario de una película histórica que como pieza central de la atención sanitaria de una Zaragoza que no ha dejado de crecer.

Carlos Masa

30.8.26

El sueño del Teatro Fleta. El teatro de debía haber sido… y en sueño se quedó

Teatro Fleta lleno de espectadores

Hay edificios que envejecen y edificios a los que dejamos envejecer. Los primeros sufren el paso del tiempo; los segundos padecen algo bastante peor: el paso de las administraciones.


Y luego están aquellos que ni siquiera tuvieron la oportunidad de envejecer, porque desaparecieron por el camino como si por Zaragoza hubiera pasado Atila con una piqueta y bastante tiempo libre.


Cada vez que paso por delante de lo que queda del antiguo Gran Teatro Fleta pienso lo mismo: si en Zaragoza hubiera que conceder un premio a la paciencia, probablemente habría que entregárselo a él.


Aunque, después de tantos años cerrado, quizá tampoco encontraríamos dónde celebrar la gala.


Yo no conocí aquel primer Fleta de los años cincuenta, pero sí he escuchado hablar de él a quienes lo vivieron, en aquella Zaragoza en la que ir al cine o al teatro era todo un acontecimiento.


Antes estuvo allí el Iris Park, construido en 1931 como complejo dedicado al ocio y los espectáculos. Aquel recinto desapareció y sobre su solar se levantó el edificio diseñado por José de Yarza García, inaugurado en 1955 como Teatro Iris.


En 1958 pasó a llamarse Teatro Fleta, aunque para muchos zaragozanos siempre fue, sencillamente, el cine Fleta.


El homenaje a Miguel Fleta no era casual. El tenor aragonés ya había actuado sobre las tablas del viejo Iris Park. En abril de 1935 cantó allí Carmen, Marina, Doña Francisquita, Luisa Fernanda y La Dolorosa.


De alguna manera, cuando el nuevo recinto recibió su nombre, Fleta volvía a aquel escenario.


El edificio, con 1.710 localidades, servía tanto para representaciones como para proyecciones cinematográficas. Por su pantalla pasaron títulos como Marcelino, pan y vino, Muerte de un ciclista, E.T., el extraterrestre o Indiana Jones y el templo maldito. Finalmente llegó La máscara del Zorro, la última película antes del cierre.


Y siempre me ha parecido una ironía difícil de mejorar.


Porque después al Fleta no le habría venido nada mal un Zorro que acudiera a rescatarlo.


Pero no apareció.


Se bajó el telón.


Se apagó el proyector.





Y comenzó otra representación muchísimo más larga y bastante menos entretenida: la del abandono.


Un drama prolongado durante décadas, casi digno de Wagner o Mozart, aunque con una diferencia importante: aquí no parece haber libreto definitivo, ni acto final, ni director capaz de indicar cuándo termina la función.


El Gobierno de Aragón había adquirido el inmueble en 1998 con la intención de recuperarlo como gran equipamiento cultural. Hubo proyectos y obras, paralizadas en 2003.


Desde entonces asistimos a una representación que podríamos titular «A ver qué hacemos con el Fleta».


Aunque quizá el título se quede corto.


Bien podría ser la versión aragonesa de La historia interminable.


Han pasado gobiernos, legislaturas, proyectos, estudios y anuncios. Se habló de un gran espacio escénico, del Centro Dramático Aragonés, de la Filmoteca y de otros usos audiovisuales.


Propuestas no han faltado.


Lo que ha faltado, hasta ahora, es el final.


Y resulta todavía más difícil de entender porque Zaragoza no permaneció culturalmente quieta mientras el Fleta esperaba.


En 1994 abrió el Auditorio de Zaragoza, necesario para ampliar una oferta que no podía descansar únicamente sobre el histórico Teatro Principal. Después llegó el Palacio de Congresos, construido con motivo de la Expo 2008 y que también acoge musicales y espectáculos. Ahí están igualmente el Teatro del Mercado y el Teatro de las Esquinas.


Principal, Auditorio, Palacio de Congresos, Mercado, Esquinas...


Y en ese puzzle sigo viendo una pieza pendiente: el Fleta.


No porque sobren los demás. Precisamente porque hacen falta todos. Un auditorio no es un teatro, un palacio de congresos cumple otra función y el Principal no tiene por qué asumir por sí solo toda la actividad escénica de Zaragoza.


Mientras todo esto ocurría también fueron desapareciendo muchas de aquellas salas de cine que acompañaron a varias generaciones.


He escuchado hablar del Elíseos, Gran Vía, Mola, Coliseo, Pax, Goya, Argensola, Doré, Coso, Avenida, Buñuel, Cine Norte o Cine París.


Y curiosamente muchos de esos nombres no pertenecen únicamente a los recuerdos que otros me transmitieron.


También forman parte de mi infancia y juventud.


Porque la memoria de una ciudad se recibe, pero también se construye. Y cuando recordamos aquellos cines rara vez recordamos solo una película: recordamos la calle, la entrada, la cola, con quién fuimos, las butacas y hasta aquel olor tan particular.


Algunos edificios siguen siendo reconocibles aunque tengan usos muy diferentes. El Elíseos terminó convertido en hamburguesería, conservando buena parte de su decoración. El Gran Vía tuvo también destino de hamburguesería. El Coliseo alberga hoy una conocida tienda de ropa y donde estuvo el Pax encontramos la Casa de la Iglesia.


El Cine París tuvo incluso varias vidas: dejó de ser cine, se convirtió después en espacio cultural vinculado a una entidad bancaria y hoy alberga actividad comercial.


Podremos sentir nostalgia, pero aquellos lugares tuvieron un destino.


El Fleta consiguió algo bastante más complicado:


dejar de ser teatro y cine sin llegar a convertirse en nada.


Y ahí sigue.


Han cambiado los cines, nuestros hábitos, las películas, los gobiernos y Zaragoza.


Lo que parece no haber cambiado es la situación del Fleta.


Hay además otra paradoja.


El Auditorio ha sido recientemente rebautizado como Auditorio de Zaragoza Princesa Leonor. Una decisión legítima.


Pero resulta curioso que una ciudad capaz de encontrar un nuevo nombre para uno de sus grandes equipamientos culturales lleve décadas sin recuperar el que ya lleva el nombre de uno de nuestros artistas más universales.


Miguel Fleta fue una figura internacional de la lírica y el tenor que interpretó a Calaf en el estreno mundial de Turandot de Puccini en La Scala de Milán, en 1926, bajo la dirección de Arturo Toscanini.


Un siglo después recordamos aquella voz, pero mantenemos cerrado el teatro que lleva su nombre.


Y eso que Zaragoza también conserva su recuerdo en una de sus grandes arterias: la avenida del Tenor Fleta.


Pero una avenida no canta, no interpreta una ópera, no levanta un telón ni llena un patio de butacas.


Para mí, ahí está la diferencia entre recordar y homenajear.


No creo que sirva ya de mucho discutir qué partido, Gobierno o responsable acumula más culpa. Han pasado demasiados años y demasiadas legislaturas. Hay responsabilidad suficiente para repartirla con generosidad.


Quiero saber qué futuro tiene el Fleta, qué puede conservarse, qué usos son viables, cuánto costaría recuperarlo y, sobre todo, cuándo se hará.


Incluso podríamos pedir algo revolucionario: que aquello que se anuncie termine haciéndose.


Y ojo, tampoco estoy diciendo que Zaragoza carezca de oferta cultural. Sería injusto. Y menos todavía en una ciudad que aspira a ejercer un papel destacado como Capital Europea de la Cultura.


Precisamente por eso creo que hay que ser más ambiciosos.


Recuperar el Fleta, sí. Pero también mirar hacia adelante, llevar más cultura a los barrios, descentralizar parte de la oferta y crear espacios donde puedan convivir teatro, música, cine, exposiciones, formación y actividades para todas las edades.


Incluso se me ocurre un lugar en la margen izquierda, a apenas cinco minutos del Pilar, que podría convertirse en un espacio cultural realmente interesante.


Pero esa es otra historia.


Y de ella hablaré en otra ocasión.


Porque hoy hablamos del Fleta y, en el fondo, no hablamos solamente de recuperar un edificio.


Hablamos de qué hacemos con nuestra memoria cuando todavía estamos a tiempo de conservarla.


El Fleta, a diferencia de muchos de aquellos cines, todavía está ahí. Podemos verlo y aún podemos decidir qué queremos hacer con él.


Por eso, si finalmente lo perdemos, no podremos decir que no lo vimos venir.


Y quizá ahí esté también la ironía del título.


El sueño era recuperar el Fleta, devolverle la vida, volver a abrir sus puertas y conseguir que escenario y pantalla dejaran de permanecer en silencio.


Pero aquel sueño lleva tantos años aplazándose que corre el riesgo de convertirse definitivamente en eso: en un sueño.


Y los sueños, cuando duran demasiado, a veces terminan despertándonos delante de un solar, de una fachada vacía o de una placa que nos recuerda lo que hubo allí.


Miguel Fleta ya tiene su avenida y su lugar en la historia.


Lo que le falta a Zaragoza es recuperar su teatro.


Mientras tanto seguirá viendo pasar el tiempo y viendo pasar Zaragoza, casi como la Puerta del Carmen: inmóvil mientras a su alrededor circulan coches, pasan generaciones y la ciudad cambia.


Con una diferencia.


La Puerta del Carmen sigue cumpliendo su función como monumento y testigo de nuestra historia.


El Fleta continúa esperando que alguien le devuelva la suya.


Quizá ya sea hora de que deje de contemplar cómo pasa el tiempo.


Y vuelva, por fin, a levantar el telón.


Porque, como sigamos esperando un poco más, igual cuando queramos hacerlo ya no queda ni telón.


Y donde un día estuvo el Fleta terminamos encontrándonos unos apartamentos turísticos modulares, unos pisos con piscina en la azotea o, puestos a soñar a lo grande, un rascacielos como los que empiezan a dibujar el entorno de la estación de Delicias.


Entonces, eso sí, quizá alguien coloque una placa:


«Aquí estuvo el Gran Teatro Fleta».


Y ya tendremos completo el homenaje.


Un nombre, un recuerdo… y ningún teatro.


Carlos Masa