16.3.20

Old Manila, para una oveja nunca descarriada en Aragón

Muchos tenemos malos a los padres de Carlos Conde y Antonio Ripoll, que se llama igual aunque Senior. Los tenemos en una planta del Royo Villanova, ese airoso hospital racionalista, pero los van a trasladar por motivos evidentes. A ambos, más que octogeniarios, y quienes les visitan, quieren y también cuidan les dedicamos estas letras.

A uno lo conozco más que al otro: es mi padre filipino, fue mi maestro de ajedrez.

Estoy vinculado a él profunda y arraigadamente. En él pensé cuando vi Sidney desde el aire, no me compré un koala de trapo y transbordé a mi crucial en tantos aspectos paisaje de Nueva Zelanda.

Sentí en el duro border australiano –que sale en Discovery- una emoción equivalente a salir del aeropuerto. Dado que uno de los controles era para no introducir semillas negras ni plagas. Ahora quién sabe si los incendios y lo que estamos viviendo darán para ver a sus hermanos y sobrinos… Que me quiten ese vuelo sobre la ciudad más bella del mundo, si ponemos Frisco y miramos Donosti con esos ojos…

Les deseo vivir más de corazón puesto que los amigos y sus familias de la infancia tienen ese sabor. E incluso sonido, el del padre de Alejandro troceando pollos y corderos. Imágenes de artesano con las que me quedaba ensimismado. Pero también por conveniencia, porque necesito seguir aprendiendo de su templanza.

Ya no puedo buscar la mirada fija de los forjistas y herreros de Berdún cuando haciendo sus propias piezas, como hoy en Soweto, reparaban maquinaria y en varios corrales saltaban chispas. Fueron mis fuegos artificiales verdaderos, a los otros les tenía miedo.

Antonio padre está unido a mí porque una época de mi vida he comido con arroz y no con pan, porque aun sin ir a Filipinas aderezo con salsa de soja, paso por el wok la verdura del valle del Ebro y soy un poco menos impaciente de lo que era gracias a él.

El resto, mi escasa y deslumbrante carrera como actor –que incluyen todos los efectos que padecéis- se debe a la capacidad de concentración en la anarquía que me dio el karate, ese sutil arte marcial que para que la gente no se matara se inventó en su vecina Okinawa.

Así que para mí Antonio Sr. es arroz, de ese pulimentado y brillante de la única y mejor cosecha de Shizuoka, bajo el Fuji. También es té verde de hoja recién cortada subiendo sus laderas. Es perfume a gengible y a requemado de hamburguesa americana.

Sobre todo es Elvis, una manopla de béisbol que tendrá ahora Carla y el lápiz de los bomberos de la Base Americana en que trabajó. Con los que quiero que siga bordando sus poemas Cristina, o llevaré a juicio a todos los que no protejan a quienes trabajen para nosotros… Y lo perderé desconsolado…

Por lo tanto, Lydia Canales –radióloga de Berdún a cuyo padre lustro la hornacina de ceniza en nuestro cementerio- también es hija de Antonio y fue a Franciscanos, aunque no fuera mixto.

Ese lápiz cuyo conocimiento tanto emocionó a sir Marty Prater, disciplinado amigo de South Chicago a quien tengo el honor de velar en estos días. Como él me vela a mí desde su dignidad y memoria de la música que oyeron sus abuelos, solo destinada a negros.

Finalmente Antonio Ripoll Sr. sabe japonés y guardaba una joya que mi analogismo no me ha permitido conservar. Su libro de escolarización básica en ese idioma, de cuando fueron invadidos ese feraz y volcánico conjunto de islas que producen las cuatro cosechas al año.

Que con dolor aseguraron la soberanía alimentaria de Nihon First.

He podido leer ese libro con mis ojos de niño con arrugas de cincuenta años.

Ahora que la vida me os ha traído y puedo hasta compartiros, no os vayáis ninguno. Mucho menos los que tengan ese aroma a bar de caoba con toques de vainilla y pimienta negra de árbol. El del café solo con clavo y cardamomo. El de los vestidos de tul, los mantones de seda y los trajes de tres cuerpos de lino. Que también sois todos.

El olor a Old Manila que podéis distinguir en determinados días de bochorno, que sube desde Barcelona y Tortosa. Yo lo llevo en mis aletas, aunque no me las pueda tocar. Me han acompañado siempre y toda la vida la he visto con los ojos de mis maestros, salieran de Berdún o Sidney.

Fuerte abrazo senseis.
Vuestro comportamiento será un manual de educación en estos días de cascajo.

Porque yo he conocido a Joseph Conrad… Era el humilde y alegre padre de un compañero de pupitre… Y también he conocido a Toni Morrison a través de ti, Marty… Es ejemplar que te quedes entre nosotros y que se sepa… Se te cuidará al menos como a tu compañero Antonio y lo sabes…

16-03 Luis Iribarren

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