10.2.22

Aragón florece antes de hora - Para darnos color


La sección del tiempo de los informativos aragoneses se termina con fotos de puestas de sol llegadas desde todos los rincones de Aragón, se pone en valor determina forma de pureza o sorpresa.

Esta primera semana de febrero, la de las Candelarias pero con candelones de hielo, llamaba la atención para cualquiera en el noticiero de Aragón Televisión una de almendreras florecidas en el Somontano, en la época en que florecen las de Gran Canaria o las Alpujarras.

El personal será consciente que trasladado el tiempo que lleva haciendo desde que levantaron las boiras, después de Nochebuena, hasta esta segunda semana de febrero al mes de julio de un año estaríamos en un mes a 45 grados constantes de máxima.

Suerte se ha tenido que ha hecho hielo por las noches largas para aburrir y para que plantas y frutales o viñedos vengan sintiendo algún invierno. De no haber nevado y borrasqueado tanto en noviembre hoy hablaríamos de sed para dos años, de un Aragón sirio de norias, pero anuncios de ampliación de regadíos en las sardas de Ontiñena y Fraga para pocos a repartir, de que tras la post-pandemia no hubiera habido temporada de snow por falta de nieve.

En otras ocasiones he citado que en Japón, en toda Asia a la derecha de Turquía y ella misma incluida, se celebra lo que se llama “mavruz” o “hanami”: la consagración de la primavera. El comienzo del ciclo de renovación de la vida y cultivos hasta noviembre.

Se inicia el antes tradicional viaje Fallas-El Pilar narrado por “Tendido Cero” hasta que comienzan “las ferias americanas”, la temporada vaquillera riberana.

Los informativos japoneses anuncian cada día dónde se produce la floración plena, árboles en mankai

La caída de las efímeras flores representa poéticamente el carácter efímero de cualquier vida. 

La circunstancia se celebra volviendo con comidas familiares y grupales la vista a los árboles, santificados como dioses los cerezos o castaños que parasita la seta shiitake. Comienza el año escolar.

La mentalidad europea es colonizadora por imperial y productiva.

Una almendrera alcañizana de largueta se cubica como madre y razón del mejor turrón artesano alicantino; una oliva del Somontano oscense tendrá su sabor a clorofila exprimida prensada en frío (si no se valora aquí, ya se empadronará en Siena para aceite de Toscana); las cerezas de Ricla viajaban en primera clase cada día al aeropuerto de Moscú para rematar de postre una botella de vodka o coñac armenio; las melocotoneras de Calanda de flor rosa, aquí como en las huertas de Lorca en Murcia, dan el trabajo de clarecer y embolsar el fruto y que el productor tenga acceso directo a un intermediario que se lo compre como lo que es, el primero o segundo de calidad mejor del mundo.

Un mordisco a una fruta de altura aragonesa es equivalente a chupar el coral de una cigala de la Costa Brava y abstenerse de mal perderla con nata y pimienta en ninguna salsa americana.

En Bolea de Huesca, la que no está foradada, se organiza una feria para vender su crujiente cereza, no celebrándose que los campos se tiñan de blanco nieve, que una capa de piel de armiño cubra los páramos.

No cultivamos en Aragón el patrimonio de belleza que tenemos. 

No creo que Aragón deba tener un programa al respeto, os apelo individualmente como hijos y nietos del Neolítico. No esperemos más tiempo a que nos lo venda ningún producto en plataforma y la manera de proteger paisajes poco valorados de molinos y otros usos intensivos es vivirlos.

Os dejo con una serie de reflexiones sintoístas transformadas para combatir tanta ansia, brote verde, crecimiento por salida de pandemia para volver al silencio de aquel marzo de 2020 en que las flores brotaron sin condición humana:

El mundo se mueve gracias a la inacción. Es en el vacío donde caben todas las formas.

Todo transcurre al revés y la arquitectura histórica de los templos de madera debe renovarse y no sacralizarla. Aceptemos la caliza con mal de piedra.

La adoración de lo imperfecto obliga a considerar medicinales para el cuerpo, que no para el espíritu, tomar una taza de té, una copa de garnacha o mirar una simple flor del ciruelo japonés que adorna tu calle del Actur o Miralbueno. 

No es necesario ni siquiera tener un objetivo, organizar una salida a la huerta de La Almunia, viajar al valle del Jerte o la plaza Yamuguchi de Pamplona para sentirlo. 

El solar que te molesta por abandonado se llena porque sí de malvas.

08.02 Luis Iribarren

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