20.1.26

Paraísos Cercanos: Un canto a Australia, Eyyyy


Para Antonio Ripoll González.

Soy aragonés y aragonesista, sí, pero no le doy vueltas a la pervivencia o no de la cultura aragonesa. Desde niño, en mi Canal y el Valle de Ansó, asistí a cómo cada verano retornaban Larry Aznárez y otros pastores que se asentaron en California, en Argentina…, prosperaron y pasaban a saludar a mi abuelo en un Mercedes blanco que rentaban en Madrid.

Mi grupo de infancia de unos 70 niños y niñas contenía a 10 franceses con origen en mi pueblo, se asentaron en Berdún una colonia de cinco familias de músicos y pastores ingleses; a Asso Veral y Martes, iban a retirarse y hacer miel o mermelada de moras, franceses aquitanos; y el molino de Biniés lo regenta una pareja holandesa, como las jornadas de románico de Majones se amamantan desde Barcelona.

Y todo esto es normal, así como que cuando se propuso en mi lugar impartir aragonés –qué es eso, en la Canal se hablaba ansotano- no se apuntó nadie. Lo que debe escandalizar mucho a los de Nogará de la Madalena pero es así. Los críos de los emigrantes retornados a lo que se apuntan es a aprender a nadar en la piscina de verano, y los que lo hicieron, hoy juegan a pádel. Porque pueblo sin pista, pueblo en que la generación milennial y la Z se te piran a cenar a Iruña. Nosotros, los boomers, nos quedábamos a jugar a guiñote a parejas con los abuelos y dejábamos las perras en el bar del pueblo y, si queríamos cambiar de barra, íbamos a otro más pequeño. Comíamos peor, menos chuletón de adolescente, pero nos reíamos mucho más. Y también de nosotros.

Emigrado para poder estudiar con becas a Cheppy Windy City, mi colegio era una amalgama de hijos de la emigración española a Portugal (como es el caso de Amaral), Suiza (un compañero nacido cerca de San Galo) o mestizos filipinos nacidos en Sidney. Conservo actividades y una enorme relación en términos de sentido del humor con el pastor, poeta, profesor y versolari Antonio Ripoll, al que dedico la presente, que es el mestizo pero más personaje citado.

En los días de boira, cortos, en los que no se ve el sol una quincena, allá abajo están espantando tiburones en las playas de Nueva Gales del Sur o Perth, de bochorno total en Darwin y al norte, que es el sur, de Brisbane. Con la navidad abolida.

Supongo que los descendientes con nombre inglés de los aborígenes que vagabundean por Alice Springs deben tener un equivalente al gazpacho de su tubérculo de subsistencia, que se comen normalmente asado en tierra como el boniato, llamado quandong y que, junto con otras bayas y frutas como la naranja amarga, se están reivindicando como “Bush Tucker” por los mejores cocineros australes. A las que se acompañaba por los nativos con carnes de canguro en libertad, lagarto, emú y mucha miel, en desafío a la entrada por poco productivos de esos cultivos por las empresas de semillas alemanas que auparon a Hitler y probaron los fertilizantes que nos comemos ya suponéis dónde y con quiénes.

He tenido en una ocasión la oportunidad de probar estos alimentos aborígenes australianos en Nueva Zelanda y de sobrevolar, además de bajar al aeropuerto y pasar el único control de semillas de mi vida, el más bello escenario urbano del mundo supongo que con Río de Janeiro, Frisco y Donosti: la bahía con puente y palacio de ópera de Sidney. Qué pena que la escala no me dejara wandering, echarme una cuppa (té grande), alquilar una picka y llenarla de combustible en una servo para pasar los Montes Azules y beberme una botella de shiraz en el valle del Murray, hasta dejarla carked it, como a las personas, inservible por estrujada.

Así que cuando en este lugar de cierzo o niebla los abuelos se caen cansados por la vida, las lesiones óseas y musculares persisten por falta de vitamina solar, se carece de la ilusión suficiente para reparar la bici y retornar a la lectura de Kafka te puede llegar a rematar, qué delicia releer “La Tierra de Oz” de Manuel Leguineche oyendo un concierto en directo de “Men at Work”. Propuesta ska cachonda que me liberó de expresar mi no adoración confesa por ACDC, al que tampoco me importa oírlo en un bar a toda tralla.

Qué deliete cocinar un ratico en compañía de los Bee Gees y sus felices sucesores: los alquimistas de Perth “Time Impala”, los vocalmente perfectos y que se suceden como polifónicos en cada tema “The Parcels” de la movida playera de Siny que llaman nu-disco, … Cómo me gustaría, en esta tierra de no lectores que no lo disimulan, aguerridas viajeras y playas interminables, acercarme al festival “Splendour in the Grass” en Byron Bay y beberme una Foster helada…

Cómo echo de menos como músico al ligero pero triste Hutchence, el Antonio Vega de Oz, de exceso en exceso, en INXS. Un grupo que resucitaba a un yonki con su mezcla de pop pasado por el heavy.

Y, sí, la sutil belleza y mirada desafiante por poco ingenua, de descendiente de presidiaros, de carniceros de nativos, de Nicole Kidman quedó completamente lastrada por una operación californiana. Lo mismo que las buenas ideas artísticas de Mel Gibson, ese loco del cine, por sus actitudes a afrikáner de chulo y dispuesto a todo de Pretoria.

Por eso en un Australia o Sudáfrica-Nueva Zelanda de rugby siempre iré con los hombres de negro cuyas alas son aguerridos polinesios tatuados.

Good on ya¡¡¡ Righto¡¡¡ Rack us off¡¡¡

19.01 Luis Iribarren

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