30.7.26

Monasterio de Santa Catalina en Zaragoza


Hoy voy a intentar comentar algo de la historia del Monasterio de Santa Catalina, que sigue estando en la calle San Miguede Zaragoza, aunque pase bastante desapercibido para los zaragozanos, pues parece un edificio muy moderno y escondido en una esquina.

Este Monasterio se fundó en 1234 aproximadamente en el mismo lugar donde todavía permanece, entonces situado extramuros de Zaragoza, junto a la ermita de Santa Catalina, el monasterio de Santa Engracia y las huertas próximas al río Huerva. Hoy en pleno centro de la ciudad.

Todo el antiguo conjunto medieval quedó casi destruido en su totalidad en los Sitios de Zaragoza, en el año1808. La iglesia sobrevivió parcialmente, pero el claustro y buena parte de las dependencias monásticas desaparecieron. El edificio actual, el que vemos ahora, es una suma de restos medievales, reformas del siglo XVII, reconstrucciones posteriores a la Guerra de la Independencia y profundas transformaciones realizadas entre finales del siglo XIX y el año 1931.

La fundadora de este Monasterio en el año 1234 fue doña Ermisenda o Ermesenda de las Cellas —la grafía cambia según las fuentes—, dama perteneciente a un importante linaje aragonés y tía de Teresa Gil de Vidaure, vinculada al Rey Jaime I de Aragón.

El 19 de abril de 1234, el papa Gregorio IX expidió en Roma un documento autorizando y promoviendo la fundación de un monasterio femenino de la Orden de San Damián. La nueva casa debía estar suficientemente dotada para mantener, al menos, a veinte religiosas. El documento suele identificarse por sus primeras palabras, Virtutem sibi("Para sí la virtud")

Las llamadas monjas de San Damián eran las religiosas que posteriormente serían conocidas como las monjas clarisas. El nombre procedía del convento de San Damián de Asís, donde se había establecido la primera comunidad dirigida por santa Clara.

El monasterio se instaló junto a una ermita preexistente en el mismo lugar y dedicada a Santa Catalina. Por esta razón, aunque la comunidad pertenecía a San Damián, terminó siendo conocida popularmente como convento o monasterio de Santa Catalina. La relación de su fundadora con el entorno del Rey Jaime I favoreció que recibiera protección real, donaciones y privilegios.

Es considerado con seguridad el cenobio femenino más antiguo de Zaragoza. No sería correcto afirmar que fue el primer monasterio femenino de España, pues existieron comunidades de mujeres muy anteriores.

La comunidad de monjas comenzó en 1234, pero la iglesia y el gran conjunto medieval que conocemos por documentos y grabados, debieron levantarse fundamentalmente durante la primera mitad del siglo XIV.

Era una construcción de tradición gótica y mudéjar, realizada principalmente en ladrillo. La iglesia tenía una sola nave, cabecera poligonal de cinco lados, capillas laterales y bóvedas de crucería. Parte del presbiterio y de los primeros tramos de la nave conserva todavía hoy elementos de aquella construcción medieval.

Alrededor de la iglesia se desarrollaba un complejo considerable con un claustro, una sala capitular, dormitorios y celdas para todas las monjas, refectorio y enfermería, cocinas y almacenes, locutorios y dependencias de servicio, más patios, jardines y una extensa huerta para auto alimentarse.

La desaparecida sala capitular era especialmente valiosa. Tenía decoración gótico mudéjar, arquerías pintadas, composiciones geométricas, motivos de tradición islámica y escudos nobiliarios, entre ellos los vinculados al linaje de los Luna. Según las descripciones antiguas, su decoración era una de las más ricas entre los conventos mudéjares zaragozanos.

El Monasterio de Santa Catalina no fue una pequeña comunidad aislada. Durante siglos actuó como una importante casa de formación desde la que salieron religiosas destinadas a fundar o reorganizar otros conventos de Aragón o de tierras vecinas.

Entre los casos documentados se encuentran los casos en el siglo XIII de Urraca Sánchez de Libranas que fue destinada al monasterio de Santa Isabel de Lérida, y en el año 1254, la madre Berengaria y otras religiosas participaron en la fundación de Santa María de Tarragona. En 1366 salieron cinco religiosas para la fundación de un monasterio en Teruel y en 1573 fueron enviadas cuatro monjas para consolidar la reforma del monasterio de clarisas de Huesca. Otras cuatro religiosas fundaron en 1603 el convento de Santa Clara de Borja y en 1631 otras cinco marcharon para fundar la comunidad de Gelsa. Todas ellas habían profesado desde este Monasterio zaragozano.

La comunidad poseía propiedades, rentas, derechos y tierras por Aragón y en Zaragoza, y administraba un patrimonio monástico acumulado mediante donaciones, herencias y privilegios. También fue un lugar habitual de ingreso para mujeres pertenecientes a familias nobles o acomodadas. Durante el siglo XVI recibió el apoyo del arzobispo Hernando de Aragón, nieto de Fernando el Católico, quien contribuyó a mejorar el edificio conventual.

En el año 1645 se realizó una importante renovación de la iglesia. Se reformaron capillas y arcos, se acondicionó el presbiterio y el propio convento costeó un nuevo retablo mayor. En el presbiterio se conservan dos cartelas que recuerdan la fundación de 1234 y la reforma de 1645. Aunque buena parte del interior fue alterada o perdida posteriormente, aunque esa fecha constituye uno de los grandes momentos de las reformas del monasterio.

En el siglo XVII la comunidad llegó a reunir aproximadamente 120 religiosas en este edificio, una cifra extraordinaria que demuestra el tamaño y la importancia alcanzados por Santa Catalina. No debe entenderse como una población constante durante todo el siglo, sino como el máximo de monjas documentado en determinados momentos.

La catástrofe principal se produjo durante el Primer Sitio de Zaragoza, concretamente el 4 de agosto de 1808. Las tropas francesas atacaron el sector oriental de la ciudad y penetraron por la zona de Santa Engracia y sus huertas. El monasterio de Santa Catalina quedaba inmediatamente detrás de ese frente y se convirtió en escenario de combates y destrucciones.

Según los anales conservados por la comunidad fue destruida casi la totalidad del conjunto conventual, todo el claustro quedó arruinado, desaparecieron numerosas capillas y retablos y se hundió la bóveda de la sala capitular. quedando solamente en pie algunos de sus muros y la iglesia, que sobrevivió, pero sufrió graves daños.

Las religiosas tuvieron que abandonar el edificio y refugiarse en la Santa Capilla del Pilar. Según esos mismos anales conventuales, diecisiete monjas murieron posteriormente como consecuencia de las enfermedades, el miedo y las durísimas impresiones sufridas, no necesariamente por impacto directo de las bombas o metralla. En aquel momento la comunidad estaba al máximo, integrada por unas 120 religiosas.

La magnitud de los destrozos fue representada por Juan Gálvez y Fernando Brambila en su serie de estampas Ruinas de Zaragoza. Nos muestran el patio del convento y el costado de la iglesia después del primer Sitio. Son documentos visuales fundamentales para conocer el aspecto que tenía el conjunto desaparecido.

Tras la Guerra de la Independencia, con los franceses dominando y organizando la ciudad de Zaragoza, las clarisas regresaron al mismo emplazamiento. La iglesia fue reparada y las dependencias indispensables se fueron reconstruyendo, aunque nunca se recuperó íntegramente el antiguo monasterio medieval. Ni en tamaño ni en la calidad de sus zonas nobles.

Una guía de Zaragoza publicada en 1860 afirmaba que tanto la iglesia como el convento se encontraban ya restablecidos. Esto indica que la comunidad había conseguido recomponer la vida monástica, aunque el edificio seguía siendo mucho más reducido y modificado que antes de 1808.

Paradójicamente, parte de lo que había sobrevivido a la guerra se perdió décadas después como consecuencia del crecimiento urbano. La apertura y realineación de calles, la transformación de la Huerta de Santa Engracia y la expansión de Zaragoza obligaron a expropiar terrenos conventuales y a derribar antiguas dependencias. Lo cual nos vuelve a demostrar que Zaragoza ha sido de siempre una gran ciudad destrozadora.

Entre las pérdidas se encontraba buena parte de la ya dañada sala capitular, que no se quiso reconstruir sino ir a lo más sencillo, derribarla del todo. Por ello, no toda la desaparición del monasterio medieval fue consecuencia directa de los franceses. La guerra inició su ruina, pero la urbanización de finales del siglo XIX y principios del XX consumó la desaparición de numerosos restos.

El aspecto actual del Monasterio de Santa Catalina fue configurándose mediante varias intervenciones siendo las más importantes al del año 1887 por Ricardo Magdalena quien proyectó la reja de cerramiento del convento y algunas reformas de las fachadas orientadas hacia el patio de entrada de la iglesia.

Otra reforma vino a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Se remodelaron y reedificaron diversas partes del convento, utilizando un lenguaje historicista y neogótico que pretendía armonizar con su origen medieval. En el año 1929 comenzaron nuevas obras de reforma y ampliación proyectadas por Luis de la Figuera, que continuaron en 1931 cuando Regino Borobio realizó el cerramiento del atrio de la iglesia, siguiendo en buena medida las líneas planteadas anteriormente por R. Magdalena. Por tanto, la fachada que actualmente se observa en la calle Arquitecto Magdalena no es medieval. Es una interpretación historicista levantada principalmente entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

Del conjunto anterior a los Sitios, del Monasterio antiguo se conserva principalmente una parte importante de la iglesia del siglo XIV, la cabecera poligonal, algunos tramos con bóvedas de crucería, elementos arquitectónicos y heráldicos medievales, partes modificadas durante la reforma de 1645 y algunas piezas procedentes de las dependencias desaparecidas. El claustro medieval, la mayor parte de las construcciones conventuales y la rica sala capitular no han llegado íntegramente hasta nosotros.

Por eso, describir el edificio actual simplemente como una «reconstrucción» resulta incompleto. Es más exacto considerarlo un edificio histórico estratificado o rehecho en el mismo lugar del fundacional. Conserva un núcleo gótico-mudéjar, incorpora modificaciones barrocas y presenta una envolvente conventual reconstruida y ampliada durante los siglos XIX y XX.

La comunidad de clarisas continúa viviendo en el mismo lugar casi ocho siglos después de su fundación. La denominación actual es Monasterio de Santa Catalina y San Damián. La iglesia tiene acceso por la calle San Miguel, número 24, mientras que el conjunto conventual figura oficialmente en la calle Arquitecto Magdalena, números 1-3. Son dos referencias del mismo complejo situado en la esquina de ambas calles.

Las religiosas mantienen la vida contemplativa y la elaboración de repostería monástica. El edificio está incluido en el catálogo municipal con grado de protección de Interés Arquitectónico A, de modo que las intervenciones permitidas deben tener carácter restaurador. Lo más importante para Zaragoza y su historia es que este Monasterio de Santa Catalina ha permanecido casi ochocientos años en el mismo lugar. Lo que se perdió en 1808 fue el gran monasterio medieval, aunque la iglesia sobrevivió parcialmente y alrededor de ella fue creciendo el complejo reconstruido que hoy conocemos.


Julio Puente



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