30.9.26
Los olores del otoño aragonés
Una parte de la población padece el cambio de estación hacia el otoño, el día corto. Muchos disfrutamos de su madurez breve, la que pasa a podrida rápidamente.
Como pasó en verano y siguiendo al maestro Wiesenthal es oportuno iniciar un catálogo olfativo inmaterial del otoño aragonés, que tanto varía según los suelos y altura de los lugares, pues puede comenzar antes o después.
Las primeras tormentas y aires fríos secos de septiembre, que tanto embellecen y afilan la luz virándola a atardeceres pastel aunque nítidos, traen esta semana a finales de mes olores balsámicos a hierba que antes se notaban desde las tormentas de final de agosto. Con ellas rebrotaba y reverdecía los campos para el Pilar, los enfriaba preparando la primera nieve de Todos Santos.
Aunque lleva otoños oliendo solamente a polvo mojado, a bosquetes de bojes y carrascas con olor a rastrojo y después resucitados, lo que ya no parece poco.
Resecados los frutos rojos poco olorosos del final del verano pero de delicado dulzor metálico, con la mora que tanto incorpora como olor la garnacha como reina de los aragoneses, comienza la temporada de los frutos olorosos y rotundos.
Cerrado un piso con ellos en un frutero, dejados en el coche durante una semana antes de su barroca sazón, son desodorantes magníficos los melocotones tardanos, los membrillos que se metían en los armarios roperos entre las sábanas y las manzanas reinetas. Fruta que con col, ajo y vinagre joven, conforma mi ensalada favorita.
Del olor a manzanas harinosas y ácidas que me entusiasmaba en mi juventud, sentido compartido con el de la grasa a taller mecánico, helados de higo, butaca de cine limpia, interior de coche nuevo y pacharán, he pasado a disfrutar todo lo que puedo de dos aromas para mí insuperables hoy: el del tomate tardano recién arrancado de la mata y el de un racimo de uvas de parra de Alejandría, cuando se separa el grano del pedúnculo. Que ese olor está grabado lo demuestra que para el valle del Ebro la mejor brasa posible para carne sea la de sarmiento, y ojo que en Valencia y Murcia también lo hacen teniendo más árboles leñosos para secar el caldo base con sofrito de sus arroces.
El otoño me huele a parque urbano, a leña cortada amontonada en la montaña oscense y altiplano turolense, a sudor de esfuerzo de los cuerpos o laringes debido a las vueltas a coros y gimnasios. Los besos se acompasan demorados y dulces y los olores artificiales que usamos se quedan levemente incorporados a las mantas caseras que cobijan el sabio no hacer nada como es ver cine en casa.
Los almuerzos huelen más, la longaniza o chorizo con huevos fritos apetece con el fresco, se sacuden la calima y anuncian los mondongos en invierno olorosos a vino rancio, pimentón dulce y pimienta de Ceilán.
En los cotos de los pueblos se percibe el hedor breve o sostenido de la sangre de la caza mayor o menor, el olor de los menudos encebollados y el civet. Los guisos a la pastora de trozos de ternasco, conejo, pierna de corzo o jabalí cuadrados, con ajo breve, pimientos dulces de temporada y patata ácida amarilla llaman la atención a kilómetros.
Pero hay dos estrellas, frutas aparte, que brillan en mi firmamento de los sentidos desde la infancia: cuando a mi madre se le ocurre comprar por saudade medio kilo de rebollones, si no nos dan, y los guisa con ajo, pollo y conejo y el piso o la casa de Berdún pasa a oler a pino que embalsama el ajo, y el olor a la primera media docena de castañas asadas que devoro en el puesto de la plaza de San Miguel, hoy en obras.
En las Fiestas del Pilar olía a cierzo, a sayo y faltriquera empapados porque caían tormentas en la ofrenda, al cuero bueno mojado de zapatos de jotera, el algodón de caramelo de las ferias y se compartía el de cerveza ácida en los conciertos con las fiestas de verano, menos acre y más dulzón.
Cuando iba a limpiar la Feria de Muestras antes de ser montada, me entusiasmaban los aromas a taladro de hierro veloz, a serrín y viruta y cola de carpintero. Olían los gritos de los montadores a última hora y su aliento dulce a carajillo quemau para aguantar la noche. Olores que no compensaba el precio de la hora extra de limpiar de buena madrugada pero sí el de la bollería recién hecha y el café con leche de las seis de la mañana. Otros preferían el de las migas para recenar en el Loro de la Madalena, quemaban el dinero de las matrículas de la Universidad que les daban en Rioja o Navarra en una primera semana de pasión antes de empezar las clases. A veces invitándome también a mí.
Esas perras por transferencia nunca olieron, como tampoco los travelers check. Olían mejor las que te daban contra el cheque al portador de cuatro noches de extras de camarero en Zumalacárregui o el Royo, con cinco filas sudorosas exigiendo beber. Hoy sus hijos no salen y les escandalizan…
29.09 Luis Iribarren
Huelga General en Zaragoza, en enero de 1917
En enero de 1917 hubo una huelga general solo en Zaragoza, que nació de un conflicto de los obreros metalúrgicos zaragozanos y se extendió por solidaridad a buena parte de la actividad de la ciudad. La imagen que vemos es la plaza España con las fuerzas del orden a caballo, vigilando la zona el 23 de enero de ese año.
Las fechas más reconocidas sitúan la huelga general entre el 21 por la noche y la mañana del día 22 y el 25 de enero de 1917. Sin embargo, el Heraldo de Aragón del jueves 25 decía expresamente que aquel era «el cuarto día de la huelga general», lo que sitúa el paro general efectivo desde el lunes 22 de enero. Además, la Comisión de Huelga había fijado las cinco de la mañana como hora de comienzo. La forma más prudente de expresarlo sería: organización y declaración los días 21-22; paro general efectivo desde la madrugada del 22.
Desde el otoño del año anterior, había en Zaragoza un serio conflicto con los metalúrgicos que desembocó en reuniones para preparar una Huelga General desde comienzos del año 1917. Y el día 22 de enero a las 5 de la mañana se inicia una Huelga General que explota por unos despidos en la fábrica de Escoriaza. El comienzo es pues solidario con los despedidos.
La Primera Guerra Mundial —España era neutral— había provocado una fuerte crisis de subsistencias y aumento del coste de la vida y desde 1916 se había reactivado intensamente el movimiento obrero zaragozano, siendo tras Barcelona la segunda ciudad en número e intensidad de las huelgas y conflictos laborales.
Aquel día se sentaron las bases para que realmente fuera una huelga general y no exclusivamente metalúrgica y se convirtió en un paro interprofesional de Zaragoza por solidaridad con los metalúrgicos. Pero «general» no significa que absolutamente todos los trabajadores de todos los oficios dejaran de trabajar.
Las fábricas y talleres abrieron por la mañana, pero entraron muy pocos obreros; incluso dejaron de acudir algunos que anteriormente no habían secundado la huelga metalúrgica. Los tranviarios se sumaron expresamente por solidaridad, por lo que el Ejército tuvo que mantener un servicio reducido de tranvías con soldados como conductores y cobradores, acompañados por guardias civiles. Se mantuvo un servicio reducido en las líneas de Torrero, Madrid y Bajo Aragón. En cada tranvía viajaba una pareja de Guardia Civil y los soldados que conducían y cobraban iban armados con tercerolas, carabinas cortas de caballería.
Los cafés acabaron cerrando y, durante el día, el cierre se extendió a la mayor parte del comercio del centro de Zaragoza. La propia prensa quedó afectada: Heraldo no apareció los días 23 y 24. Fue una huelga general urbana muy amplia, que se noto claramente en la vida ordinaria.
La organización que impulsó el movimiento fue la Federación Local de Sociedades Obreras de Zaragoza (FLSO). En su seno coexistían sindicalistas de diferentes tendencias, republicanos, socialistas y anarquistas, aunque algunas sociedades concretas estuvieran afiliadas a una u otra central. Zaragoza estuvo prácticamente militarizada.
Antes de las seis de la mañana del primer día se había echado arena sobre las zonas asfaltadas de las plazas de la Constitución —actual Plaza de España— y Lanuza, y sobre calles como Coso, Alfonso y Cerdán para evitar que resbalaran los caballos de los militares y guardias civiles en caso de que la caballería tuviese que efectuar cargas. A las cinco de la mañana ya salieron fuerzas de Infantería, los Lanceros del Rey, los Castillejos, artillería y Guardia Civil de infantería y caballería. Estaban muy bien informados.
Se establecieron retenes fijos de fuerzas del orden en la plaza de Lanuza, Puente de Piedra, Puente del Pilar, Tenerías, la Ribera, estación del Bajo Aragón, Campo Sepulcro y Plaza de la Constitución, además de patrullas por Azoque, Soberanía Nacional, plaza del Carmen y Cádiz. Y Zaragoza dio la impresión durante unos días de encontrarse en «pleno estado de guerra».
Hubo detenciones, incidentes con roturas de cristales, golpes, cargas con los caballos, y el incendio de los talleres de Escoriaza.
El republicano y prestigioso jurista zaragozano Marceliano Isábal se ofreció como mediador entre la Federación Patronal y la Comisión de Huelga de los metalúrgicos. Y las gestiones de Isábal dieron resultado. En tan pocos día de huelga se acabó firmando el convenio metalúrgico. En aquellas negociaciones se acordó admitir a tofos los trabajadores despedidos, y a buscar una fórmula antes de 15 día, para aumentar el sueldo de los trabajadores del metal. Para tener claro un detalle, en aquellos días se acordó con los tipógrafos un acuerdo convenio similar en donde se establecieron como mejoras una jornada de 9 horas al día y solo de seis días a la semana. Es decir, máximo de 54 horas de trabajo a la semana.
29.9.26
Antiguo Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza
Aquel Hospital de Nuestra Señora de Gracia que atendió a los zaragozanos infectado por la peste de 1564 no era simplemente «un hospital antiguo» de Zaragoza. Durante casi cuatro siglos fue una de las instituciones asistenciales más importantes de la Corona de Aragón y, en determinados periodos, una de las grandes instituciones hospitalarias españolas.
El Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia se creó en el año 1425 y duró en su ubicación, en la plaza de España de la que luego señalaremos mejor, hasta su destrucción en los Sitios de Zaragoza, en concreto en1808/1809. El actual edificio de Madre Rafoll era originalmente el Hospital de Convalecientes o de Nuestra Señora de la Piedad y heredó el nombre y funciones del antiguo después de su destrucción en 1808.
Estaba en el extremo meridional de la Zaragoza medieval, inmediatamente fuera del antiguo recinto romano, frente a la Puerta Cinegia, ocupando una enorme superficie junto al Coso. La actual plaza de España se llamaba entonces plaza de San Francisco.
El conjunto ocupaba aproximadamente un gran espacio comprendido entre el Coso en donde hoy está el Banco de España, el inicio del actual paseo de la Independencia, la calle Porcell (en honor a su insigne doctor) y llegaba hasta la zona de la calle Jerónimo Zurita atravesando San Miguel y las huertas de los conventos de Santa Catalina y Jerusalén.
La entrada principal estaba aproximadamente donde hoy se levanta el Banco de España. La iglesia del Hospital ocupaba el ángulo del Coso con la antigua calle del Hospital/Santa Engracia. Por tanto, cuando hoy estás delante del Banco de España en la plaza de España, estás prácticamente sobre una parte fundamental del antiguo hospital.
Había crecido durante siglos mediante compras, construcciones y anexiones, formando un conjunto irregular de pabellones, patios, huertas y dependencias. Precisamente porque el archivo del Hospital desapareció en gran parte con el incendio de 1808, su planta exacta en diferentes siglos no puede reconstruirse documentalmente con absoluta certeza.
Su fundación data del año 1425, y la iniciativa parece haber surgido del propio Concejo (Ayuntamiento) de Zaragoza, que buscó inmediatamente la protección real. Alfonso V el Magnánimo convirtió la iniciativa en una fundación regia. El 27 de febrero de 1425 los jurados de Zaragoza se reunieron con el franciscano Francisco de Berbegal, hombre de confianza del rey, quien comunicó la adquisición de unas casas próximas al convento de San Francisco para establecer el nuevo hospital. La administración inicial quedaba representada por el concejo zaragozano y el cabildo de La Seo.
Aquellos terrenos fueron adquiridos a Simón de Auerro por 500 florines. La forma del apellido varía en alguna bibliografía posterior, por lo que conservaría «Auerro» si se cita la fuente municipal. En aquel momento (principios del siglo XV) Zaragoza ya tenía hospitales pequeños relacionados con parroquias, órdenes religiosas, peregrinos, leprosos, etc. La novedad consistía en crear un Hospital General, concentrando progresivamente buena parte de aquellas funciones asistenciales.
Podían ingresar enfermos independientemente de su procedencia y, según los estudios sobre el Hospital, tampoco constituían obstáculo la nacionalidad o la religión. Atendía enfermedad común, cirugía, enfermedades contagiosas, enfermedad mental, mujeres embarazadas, niños expósitos y diferentes formas de pobreza y desamparo.
Su lema terminó expresándolo perfectamente:Domus infirmorum urbis et orbis; es decir, aproximadamente: "Casa de los enfermos de la ciudad y del mundo". Se atribuye al papa Eugenio IV, en 1438, la concesión de ese carácter o título universalista. El lema figuró posteriormente en placas de mármol del hospital.
La Sitiada (reunirse en Sesión) era la junta rectora del Hospital. Sus miembros eran los regidores. La denominación procedía de la expresión utilizada cuando los administradores se reunían «en sitiada». Las primeras ordenanzas conocidas fueron otorgadas por Alfonso V el 5 de marzo de 1427. Los regidores no cobraban salario y tenían amplísimas facultades para realizar obras, recaudar limosnas, administrar propiedades e incluso vender bienes del Hospital, siempre en nombre de la Corona.
Durante el siglo XV eran cuatro regidores: dos eclesiásticos, normalmente vinculados a La Seo, y dos seglares. Posteriormente la composición fue evolucionando. En el XVI continuaron siendo cuatro, pero uno de los seglares debía pertenecer al orden ecuestre o militar y el otro proceder de la nobleza o de las familias principales. En el XVII aumentó el número y durante el XVIII volvió a modificarse la composición. Las ordenaciones de 1496 describen cuatro regidores, dos mayores y dos menores. El regidor mayor eclesiástico presidía la Sitiada y el mayor secular intervenía especialmente en la gestión ordinaria. Fernando el Católico promulgó nuevas ordinaciones el 27 de marzo de 1503; la historiografía las considera fundamentales en la consolidación administrativa del Hospital. Felipe II volvió a modificar las ordenanzas en 1587. No era estrictamente un hospital municipal, ni exclusivamente eclesiástico, ni puramente real. Era una institución peculiar en la que coexistían Corona, ciudad y autoridades eclesiásticas.
Ya en el siglo XV existía el denominado Spitalet, una especie de recepción o primera estancia para los enfermos, junto a la portería, en donde se hacían las urgencias, las primeras curas y separar a los que llegaban por su urgencia. Después estaban las grandes salas, llamadas quadras de las que se cree había unas once o doce. Nueve estaban inicialmente destinadas a hombres: siete a enfermos de «calenturas» y dos a cirugía. Había salas específicas para mujeres, parturientas y las llamadas «madalenas», además de departamentos para expósitos y dementes.
El complejo disponía también de iglesia; cementerio; botica o farmacia; viviendas de empleados; huertas y corrales con animales propios; graneros; talleres; su propio horno de pan; un molino de aceite; una posada o mesón para comer y posteriormente incluso teatro.
En el siglo XVI se construyeron siete salas nuevas. Entre ellas había salas de convalecientes para hombres y mujeres, cirugía femenina y una denominada sala de «vergonzantes», destinada a personas empobrecidas que anteriormente habían pertenecido a estratos sociales acomodados. El conjunto de aquel hospital era mucho más parecido a una pequeña ciudad asistencial que a lo que actualmente entendemos por un único edificio hospitalario, pues el Hospital desempeñaba también una función científica. Era pues un Hospital casi Universitario.
El 28 de enero de 1488, Fernando el Católico concedió un privilegio perpetuo que permitía realizar disecciones de cadáveres, vinculadas a la formación médica y a la Cofradía de San Cosme y San Damián. Es una fecha muy temprana para la enseñanza anatómica práctica.
Durante la gran peste de Zaragoza de 1564, el Hospital fue el principal centro asistencial de la ciudad. Juan Tomás Porcell atendió allí personalmente a los apestados, acompañado en los momentos críticos por únicamente cuatro cirujanos. El Hospital de Gracia fue también el escenario de uno de los episodios más interesantes de la medicina europea del siglo XVI.
El muy reconocido psiquiatra francés en el siglo XVIII Philippe Pinel, conocía el funcionamiento del hospital zaragozano, lo citó expresamente y elogió el empleo del trabajo, cultivo agrícola y ocupaciones regulares de los dementes. Estudios recientes indican que probablemente conoció estas prácticas mediante informes enviados a Francia; aunque se desconoce si estuvo físicamente en Zaragoza. Las prácticas del Hospital de Gracia de Zaragoza fueron conocidas y elogiadas por Philippe Pinel y formaron parte del debate europeo sobre el tratamiento humanitario de la enfermedad mental.
Para el siglo XVIII que está considerado como su mejor momento se habla de 800 a 1.000 camas, aunque la capacidad ordinaria documentada hacia 1725-1736 era de 472 camas, ampliables a 641, sin contar determinados departamentos de dementes y tiñosos. De ellas entre 300 a 400 estaban ocupadas. Pensemos que en este 2026 el Hospital Clínico universitario tiene unas 800 camas, y el actual Hospital Nuestra Señora de Gracia tiene 145 camas. La diferencia de tamaño de la ciudad es tremenda.
Datos de 1807 contabilizan ingresados unos 400 enfermos y otros 200 "dementes" atendidos por 240 personas que trabajaban allí. Un hospital que recibía entre 6.000 y 8.000 ingresos cada año. Y atendía a entre 600 y 1.000 niños sin familias que eran entregados a amas de cría o a familias de fuera del Hospital. Hablamos de una ciudad que no llegaría a los 50.000 habitantes.
La Casa de Comedias zaragozana (junto al Hospital) estaba vinculada económicamente al centro y sus beneficios contribuían a financiar la asistencia. En determinados periodos la Sitiada arrendaba la explotación teatral a particulares o contrataba directamente compañías y el teatro del Hospital terminó teniendo una importancia considerable en la historia teatral de Zaragoza. El edificio teatral sufrió un terrible incendio en 1778, que causó decenas de muertos; según datos recientes unos 77 fallecidos y alrededor de medio centenar de heridos.
También se citan ingresos económicos relacionados con juegos como pelota y bochas y tuvo una importante imprenta propia que trabajaba para la ciudad. Y su propio cementerio, que en un inicio estivo cerca de Puerta Cinegia en la entrada del popular Tubo, y a partir del siglo XV se trasladó hacia las huertas cercanas al Huerva. A finales del siglo XVIII se construyó el Cementerio de la Cartuja Baja, en las afueras de la ciudad, al final de Montemolín.
A comienzos del siglo XIX se intentó reorganizar profundamente el cuidado de los enfermos. El 28 de diciembre de 1804 llegaron desde Cataluña doce hermanos y doce hermanas relacionados con el padre Juan Bonal. La superiora del grupo femenino era María Rafols. Comenzaron su asistencia efectiva a los enfermos el 1 de enero de 1805. Es el origen de la posterior Congregación de Hermanas de la Caridad de Santa Ana, íntimamente vinculada desde entonces a la historia del Hospital.
Las monjas no eran las propietarias ni sustituyeron a la Sitiada como órgano rector. Se incorporaron fundamentalmente al cuidado asistencial y a la organización cotidiana del servicio.
Tenemos incluso datos del personal que trabajaba en su interior en el momento inmediatamente anterior a la destrucción. Había en plantilla tres médicos colegiales, dos médicos «velantes», diez cirujanos, dieciocho practicantes y personal específico de botica, además de personal de enfermería, servidores y las Hermanas de la Caridad. Los médicos realizaban visitas por la mañana y por la tarde y la farmacia botica estaba dirigida por un regente acompañado de mancebos y aprendices.
Durante el Primer Sitio, el bombardeo francés se intensificó entre el 31 de julio y el 4 de agosto de 1808. El Hospital se convirtió en uno de los puntos sometidos a fuego intenso. El 3 de agosto de 1808 se contabilizaban nada menos que 2.111 enfermos y heridos, según los estados citados por Arcarazo. No era su capacidad ordinaria; era el resultado de cincuenta días de guerra. Los pacientes capaces de caminar fueron licenciados. Los restantes fueron trasladados a la Real Audiencia, Casas Consistoriales, Lonja, Hospital de Convalecientes y diferentes edificios de la ciudad.
En total, el número de estancias hospitalarias en el Hospital General de Nuestra Señora de Gracia en la Guerra de la Independencia, desde el 1 de junio de 1808 al último día de febrero de 1809, fue de 4.700 de oficiales y 380.083 de personal tropa. No hay constancia del personal civil y vecinos, aunque muchos estarían incluidos en las listas de personal de tropa.
El complejo terminó incendiado y prácticamente destruido. Algunas fuentes sitúan el comienzo del incendio general en los primeros días de agosto; posteriormente Palafox ordenó destruir partes restantes del propio Hospital ya parcialmente derruido para impedir que fueran utilizadas militarmente por los franceses, pues atacaban desde esa zona para entrar en Zaragoza.
En el año 1814 apenas quedaban secciones de muros y de las antiguas salas. Nunca se pensó en reconstruirlo en el mismo lugar. Sus funciones se trasladaron al Hospital de Nuestra Señora de la Piedad o de Convalecientes, fundado por el arzobispo Diego de Castrillo en 1677 y construido en las décadas siguientes, situado en la actual calle Ramón y Cajal.
Aquel hospital provisional terminó convirtiéndose en definitivo. El Hospital de Convalecientes heredó la personalidad, el nombre y buena parte de las funciones del antiguo Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia. Los terrenos del viejo hospital acabaron integrándose en la gran transformación urbana que produciría el futuro paseo de la Independencia y la actual plaza de España.
El Hospital de Nuestra Señora de Gracia fue durante casi cuatro siglos simultáneamente hospital general, hospital quirúrgico, maternidad, inclusa, institución psiquiátrica, centro asistencial para pobres, establecimiento docente, centro anatómico, botica, propietario inmobiliario, empresario teatral e incluso impresor. Se le considera una de las instituciones hospitalarias más relevantes de España en la Edad Moderna y con proyección internacional. Durante el siglo XVI fue considerado uno de los cinco grandes hospitales generales españoles.
Julio Puente
28.9.26
Buscando en Zaragoza la Casa de Convalecientes de 1564
En ese proceso tremendo del verano de 1564 en el que Zaragoza perdió casi el 30% de su población por una peste, hay un dato cierto, pero del que desconocemos su ubicación. Me refiero al que se llamó entonces Casa de Convalecientes y a donde se destinaban los enfermos todavía no recuperados del todo, que eran dados de alta del Hospital. Sabemos perfectamente que existía, que debía ser grande, que era visitado con normalidad por los doctores, pero tenemos muy pocos datos del lugar concreto en donde estaba.
Sabemos a ciencia cierta que estaba situado a las afueras de la ciudad, que era una zona que se habilitó como la Casa de Convalecientes y junto a ella se encontraba un lavadero donde se realizaba la limpieza de la ropa y una vez purificada se devolvía a los propietarios.
Ya sabemos que esa Casa de Convalecientes de la peste de 1564 estaba extramuros, fuera del perímetro amurallado de la ciudad. Era la práctica habitual en toda Europa para los lazaretos y casas de cuarentena, alejar a los convalecientes del núcleo urbano para evitar el contagio.
La Zaragoza de 1564 tenía sus puertas principales orientadas hacia los caminos de salida naturales. Las instalaciones de cuarentena se solían ubicar en las zonas más alejadas del centro urbano y con acceso a agua. En el caso de Zaragoza, las zonas extramuros más lógicas para ese uso habrían sido la orilla del Ebro fuera de las murallas, hacia el norte, la zona del Huerva, hacia el sur, o incluso en algunos apuntes se habla de los caminos hacia Torrero o hacia el actual paseo de la Independencia, entonces campo abierto.
Pero la mención de que había un lavadero de ropa junto a la casa de convalecientes es un indicador muy útil pues requería una zona en donde hubiera agua corriente abundante, lo que apunta a una ubicación próxima al Ebro, al Huerva o a una acequia importante. Aguas abajo del Ebro o de los vientos que llegaban a la ciudad.
La documentación original proporciona tres pistas fundamentales. En la Memoria de la orden que se tubo en desempestar la ciudad de Çaragoça, conservada en el Archivo Municipal de Zaragoza y enviada a Burgos en 1565, se dice que el Ayuntamiento tomó "una casa fuera de la ciudad apartada medio quarto de legua… y que se encontraba situada de manera que los vientos no devolvieran hacia Zaragoza el aire que se consideraba contaminado".
Porcell confirma además que era una «torre fuera de la ciudad». Allí enviaba él como médico y desde el Hospital de Nuestra Señora de Gracia a los pacientes que ya habían superado la fase más peligrosa y tenían las úlceras limpias, para dejar camas libres a los nuevos apestados. La describe también como «una casa grande» destinada expresamente por los jurados de Zaragoza a los convalecientes.
Lo lógico es pensar en la desembocadura del Huerva – inicio del barrio actual de Las Fuentes – o en la ribera oriental del Ebro – antes del entorno del actual azud de Vadorrey, aproximadamente.
Pero existe un dato muy interesante con la distancia. "Medio quarto de legua de distancia de la ciudad, pues no es un dato exacta ya que había ligeras maneras de saber qué media entonces una legua.
Una legua de la época rondaba, según el patrón utilizado, aproximadamente entre los 4,2 a 5,6 km (leguas de distinta longitud, incluida la común de unos 5.572 m y la legal de unos 4.179 m). Un cuarto serían alrededor de 1,4 km y medio cuarto unos 700 metros aproximadamente. Como referencia, para Zaragoza se suele dar una legua tradicional próxima a 5.573 m. En algunos momentos se ha hablado de unos dos kilómetros de la ciudad, pero este dato nos lleva a 700 metros. Y esta distancia nos parece más lógica pensando en que tenía que haber un trasiego constante de médicos, enfermos y proveedores, entre la ciudad y la casa de convalecientes.
Si fueran aproximadamente esos 700 a 800 metros desde el límite oriental de la Zaragoza de 1564, estaríamos probablemente hablando alrededor del sector Tenerías, hacia la desembocadura del Huerva o el inicio de Las Fuentes.
Si aceptamos los 2,5 km de los que habla Alfaro, habría que desplazarnos bastante más hacia el este, aproximadamente hacia Las Fuentes oriental o al entorno del azud y la ribera frente a Vadorrey.
También sabemos que muy cerca de la Torre de los Convalecientes existía un lavadero en el Ebro utilizado durante la epidemia. Y ese es otro dato interesante. Los llamados "trabajadores municipales desempestadores" sacaban de las casas infectadas las ropa, colchones, lanas y objetos textiles, los transportaban en carros fuera de la ciudad y los llevaban a las proximidades de la Casa de Convalecientes. Allí eran lavados o «purificados» utilizando las propias aguas del Ebro.
Esto refuerza mucho la localización ribereña. No estamos hablando simplemente de una torre agrícola situada genéricamente en las afueras: tenía que estar muy próxima al cauce del río Ebro.
El conocido Hospital de Nuestra Señora de la Piedad o de Convalecientes, que posteriormente estuvo aproximadamente en el sector de la actual calle Madre Rafols y que acabó relacionado con el Hospital Provincial, no es la Torre de los Convalecientes de la peste de 1564. Ese Hospital de Convalecientes permanente fue fundado mucho después, en el siglo XVII; se inauguró hacia 1686.
La Casa de Convalecientes de 1564 era una gran casa de campo o torre preexistente fuera de la ciudad y que el Ayuntamiento requisó o destinó temporalmente como lazareto. Y se tuvo en cuenta el cierzo para evitar que los vientos trajeran a la ciudad las contaminaciones. Pero hay dudas de si realmente era una sola casa o torre o existían dos casas con fines diferentes. Una para los enfermos en proceso de curación y otra para la limpieza de todos los materiales contaminados. Si pensamos en Torrero, también en esa zona el cierzo se lleva fuera los posibles aires contaminantes de la enfermedad.
Alguna publicación histórica aragonesa documenta que la antigua Torre del señor Torrero estuvo efectivamente dedicada a hospital de cuarentena durante las epidemias del siglo XVII y la sitúa donde confluían las acequias de las Adulas y del Plano con el camino de Cuarte. Es decir, en el antiguo sector meridional de Zaragoza que dio nombre al actual barrio de Torrero. ¿Es otra opción posible?
María Isabel Falcón documenta ya en el siglo XV el término de Las Fuentes, que comprendía las partidas de Zaragoza la Vieja, Rabalete, Cantalobos, Plano de Fuentes y Soto del Peón. Cantalobos aparece documentalmente en 1468. Es decir, estos nombres existían casi un siglo antes de la peste de Porcell. Además, Cantalobos forma parte precisamente de la ribera oriental del Ebro; el actual Soto de Cantalobos continúa estando en el barrio de Las Fuentes y junto al río.
Por eso, cuando el documento municipal habla de una casa "en la ribera del rio debaxo de la ciudat" sería en la franja desde Tenerías a la desembocadura del Huerva, hacia Las Fuentes camino de Cantalobos la línea que resulta geográficamente más convincente, para el establecimiento donde se limpiaban las ropas. Nadie dice que no fueran dos lugares cercanos pero diferentes, y a cierta distancia. Las pertenencias de los enfermos se trasladarían en grandes carros y por ello la distancia pudo ser mayor.
Para Porcell y el personal del Hospital General llevar a los enfermos lejos supondría cruzar el Ebro —condicionado al puente de Piedra— para trasladar constantemente enfermos, alimentos y personal. No es imposible, pero resulta menos sencillo que disponer de una torre en el sector cercano al río Huerva.
Hay otra opción que nos puede servir para buscar este lugar de la Casa de Convalecientes. Sería intentar saber si existía algún cementerio o zona de enterramientos que fuera importante.
La Casa de Convalecientes de 1564 era una gran casa de campo o torre preexistente fuera de la ciudad y que el Ayuntamiento requisó o destinó temporalmente como lazareto. Y se tuvo en cuenta el cierzo para evitar que los vientos trajeran a la ciudad las contaminaciones. Pero hay dudas de si realmente era una sola casa o torre o existían dos casas con fines diferentes. Una para los enfermos en proceso de curación y otra para la limpieza de todos los materiales contaminados. Si pensamos en Torrero, también en esa zona el cierzo se lleva fuera los posibles aires contaminantes de la enfermedad.
Alguna publicación histórica aragonesa documenta que la antigua Torre del señor Torrero estuvo efectivamente dedicada a hospital de cuarentena durante las epidemias del siglo XVII y la sitúa donde confluían las acequias de las Adulas y del Plano con el camino de Cuarte. Es decir, en el antiguo sector meridional de Zaragoza que dio nombre al actual barrio de Torrero. ¿Es otra opción posible?
María Isabel Falcón documenta ya en el siglo XV el término de Las Fuentes, que comprendía las partidas de Zaragoza la Vieja, Rabalete, Cantalobos, Plano de Fuentes y Soto del Peón. Cantalobos aparece documentalmente en 1468. Es decir, estos nombres existían casi un siglo antes de la peste de Porcell. Además, Cantalobos forma parte precisamente de la ribera oriental del Ebro; el actual Soto de Cantalobos continúa estando en el barrio de Las Fuentes y junto al río.
Por eso, cuando el documento municipal habla de una casa "en la ribera del rio debaxo de la ciudat" sería en la franja desde Tenerías a la desembocadura del Huerva, hacia Las Fuentes camino de Cantalobos la línea que resulta geográficamente más convincente, para el establecimiento donde se limpiaban las ropas. Nadie dice que no fueran dos lugares cercanos pero diferentes, y a cierta distancia. Las pertenencias de los enfermos se trasladarían en grandes carros y por ello la distancia pudo ser mayor.
Para Porcell y el personal del Hospital General llevar a los enfermos lejos supondría cruzar el Ebro —condicionado al puente de Piedra— para trasladar constantemente enfermos, alimentos y personal. No es imposible, pero resulta menos sencillo que disponer de una torre en el sector cercano al río Huerva.
Hay otra opción que nos puede servir para buscar este lugar de la Casa de Convalecientes. Sería intentar saber si existía algún cementerio o zona de enterramientos que fuera importante.
Aunque los enfermos que llegaba a esa Casa habían pasado los primeros estados de la enfermedad y estaban convalecientes, hay que pensar que los fallecimientos allí serían de grado medio al menos, pero por ahora no hay constancia documental de que en la peste de 1564 se habilitara en Zaragoza un gran cementerio extramuros junto a la Torre de los Convalecientes. Lo habitual por constancia escrita, es que eran las parroquias las que tenían sus propios cementerios. Lo lógico es que en estos procesos de tantísimos fallecidos contaminados, se habilitara un lugar común, fuera de la ciudad.
Es cierto que la Torre de los Convalecientes no parece haber funcionado principalmente como hospital de enfermos graves. Porcell explica que enviaba allí desde el Hospital de Nuestra Señora de Gracia a quienes ya tenían las úlceras «mundificadas», es decir, limpias y en proceso favorable, precisamente para dejar sitio en el Hospital a nuevos enfermos.
Eso quiere decir que, aunque indudablemente pudieron morir personas en la Torre, no podemos presuponer que allí se concentrara una mortalidad enorme. La mayor mortalidad debió producirse en las propias viviendas de la ciudad y dentro del Hospital General.
Una publicación municipal de aquella época en Zaragoza se señala que en aquellos años había hasta quince cementerios o fosales parroquiales, además del carnerario del Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia y los cementerios de conventos y monasterios para sus habitantes.
Y sabemos incluso que el Hospital de Gracia tenía cementerio propio desde mucho antes: en 1466 los jurados habían hecho trasladar su antiguo fosal, próximo a la Puerta Cinegia, a la parte posterior del hospital, dentro de su huerta. Ojo, en otra entrada hablaré de este hospital que no debemos confundir con el actual, pues del que hablamos, con el mismo nombre, estaba en la actual Plaza de España.
En la famosa vista de Zaragoza realizada por Anton van den Wyngaerde en 1563, un año anterior a la peste se nos muestra ligeramente la ciudad desde el Puente de Piedra hacia aguas abajo, y en ella se puede ver tanto el convento de San Lázaro, situado en la orilla izquierda, como algunas construcciones extramuros en el margen derecho, hacia el Huerva o el inicio de Las Fuentes. Y aquí entra como posibilidad el antiguo convento-hospital de San Lázaro que estaba inmediatamente al otro lado del Puente de Piedra, en la margen izquierda.
Las excavaciones arqueológicas realizadas en su solar en 2007 recuperaron numerosas inhumaciones, y hay algunos datos interesantes. Había enterramientos en el lugar; el establecimiento tuvo funciones relacionadas con enfermos y lazaretos; y en una peste posterior a la de 1564 se enterró allí al menos al menos a una víctima de la enfermedad que era conocida en aquellos años.
Sabemos que los "desempestadores" trabajaban entre la ciudad, la Casa de los Convalecientes y un lavadero situado no muy lejos de ella. Cuando sacaban las ropas contaminadas de Zaragoza buscaban la salida más rápida, bordeaban la ciudad por fuera y volvían hacia las proximidades de la casa. Los documentos de la época nos dicen que quienes limpiaban las ropas estaban en una casa tomada "debaxo de la ribera del rio".
Es cierto que la Torre de los Convalecientes no parece haber funcionado principalmente como hospital de enfermos graves. Porcell explica que enviaba allí desde el Hospital de Nuestra Señora de Gracia a quienes ya tenían las úlceras «mundificadas», es decir, limpias y en proceso favorable, precisamente para dejar sitio en el Hospital a nuevos enfermos.
Eso quiere decir que, aunque indudablemente pudieron morir personas en la Torre, no podemos presuponer que allí se concentrara una mortalidad enorme. La mayor mortalidad debió producirse en las propias viviendas de la ciudad y dentro del Hospital General.
Una publicación municipal de aquella época en Zaragoza se señala que en aquellos años había hasta quince cementerios o fosales parroquiales, además del carnerario del Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia y los cementerios de conventos y monasterios para sus habitantes.
Y sabemos incluso que el Hospital de Gracia tenía cementerio propio desde mucho antes: en 1466 los jurados habían hecho trasladar su antiguo fosal, próximo a la Puerta Cinegia, a la parte posterior del hospital, dentro de su huerta. Ojo, en otra entrada hablaré de este hospital que no debemos confundir con el actual, pues del que hablamos, con el mismo nombre, estaba en la actual Plaza de España.
En la famosa vista de Zaragoza realizada por Anton van den Wyngaerde en 1563, un año anterior a la peste se nos muestra ligeramente la ciudad desde el Puente de Piedra hacia aguas abajo, y en ella se puede ver tanto el convento de San Lázaro, situado en la orilla izquierda, como algunas construcciones extramuros en el margen derecho, hacia el Huerva o el inicio de Las Fuentes. Y aquí entra como posibilidad el antiguo convento-hospital de San Lázaro que estaba inmediatamente al otro lado del Puente de Piedra, en la margen izquierda.
Las excavaciones arqueológicas realizadas en su solar en 2007 recuperaron numerosas inhumaciones, y hay algunos datos interesantes. Había enterramientos en el lugar; el establecimiento tuvo funciones relacionadas con enfermos y lazaretos; y en una peste posterior a la de 1564 se enterró allí al menos al menos a una víctima de la enfermedad que era conocida en aquellos años.
Sabemos que los "desempestadores" trabajaban entre la ciudad, la Casa de los Convalecientes y un lavadero situado no muy lejos de ella. Cuando sacaban las ropas contaminadas de Zaragoza buscaban la salida más rápida, bordeaban la ciudad por fuera y volvían hacia las proximidades de la casa. Los documentos de la época nos dicen que quienes limpiaban las ropas estaban en una casa tomada "debaxo de la ribera del rio".
Por tanto, deberíamos buscar una configuración muy concreta. Una torre o casa grande extramuros junto a otra instalación o dependencia próxima con acceso fácil al Ebro y en un camino directo desde las puertas orientales de Zaragoza pero con suficiente aislamiento a la ciudad.
27.9.26
Plaza del Pilar: ¿la estamos convirtiendo en una plaza multiusos?
Valor patrimonial: la plaza ya es el acontecimiento
La Plaza del Pilar no es una explanada disponible para cualquier actividad. Es uno de los espacios más reconocibles de Zaragoza, un conjunto monumental y un lugar central en la historia y la vida cotidiana de la ciudad.
Por eso, las actuales obras de remodelación deberían obligarnos a plantear una cuestión de fondo: ¿estamos dejando que la Plaza del Pilar deje de ser una plaza monumental para convertirse en un recinto multiusos?
La Plaza del Pilar no es una explanada disponible para cualquier actividad. Es uno de los espacios más reconocibles de Zaragoza, un conjunto monumental y un lugar central en la historia y la vida cotidiana de la ciudad.
Por eso, las actuales obras de remodelación deberían obligarnos a plantear una cuestión de fondo: ¿estamos dejando que la Plaza del Pilar deje de ser una plaza monumental para convertirse en un recinto multiusos?
La duda no es exagerada. En un extremo está la Basílica del Pilar y, en el otro, la Catedral del Salvador —La Seo—. Entre ambas se encuentra uno de los conjuntos monumentales más reconocibles de Zaragoza.
Quien visita la ciudad no necesita una feria, una carrera, un escenario, un desfile, una parada militar o una corrida goyesca para tener motivos para acercarse.
La propia plaza ya es el acontecimiento.
Su patrimonio, sus edificios, su historia y la imagen del Pilar constituyen por sí mismos un atractivo turístico extraordinario.
Y conviene dejar claro algo: celebrar eventos en la Plaza del Pilar es positivo.
Una plaza así no puede permanecer ajena a la vida de la ciudad. Las actividades culturales, deportivas, festivas, sociales, institucionales, militares o conmemorativas pueden generar ambiente, atraer visitantes y favorecer al comercio y la hostelería.
El debate no consiste en elegir entre una plaza vacía y una plaza activa. La cuestión es otra:
¿Qué atrae realmente al visitante a la Plaza del Pilar?
¿La sucesión de acontecimientos o aquello que hace que este lugar sea único?
Los eventos pueden complementar ese valor.
No deberían competir con él.
No se trata de elegir entre patrimonio y actividad.
Se trata de decidir qué debe estar al servicio de qué.
Saturación de eventos: el problema es la acumulación
La duda se entiende mejor al observar la cantidad de acontecimientos que acoge la plaza: celebraciones relacionadas con el Mundial, carreras populares, Hola Primavera, Zaragoza Luce, conciertos, campañas, exposiciones, actos institucionales, ferias, paradas militares, conmemoraciones de los Sitios de Zaragoza, corridas goyescas y numerosas instalaciones temporales.
A veces ni siquiera hace falta revisar el calendario anual.
Basta un fin de semana.
Ayer sábado, la Plaza del Pilar fue escenario de una carrera popular. Hoy domingo, acoge un desfile de moda.
Dentro de unos días llegarán las Fiestas del Pilar, con escenarios, conciertos y nuevas instalaciones.
Después llegará la Navidad, con el Belén, las casetas y toda la infraestructura que las acompaña.
Durante el resto del año continuarán los actos solemnes, las conmemoraciones históricas, los espectáculos y otras actividades.
Montar, desmontar y volver a montar.
Ese es el problema: la plaza parece asumir cada vez más funciones propias de un recinto para eventos. Las estructuras, vallas, casetas y escenarios pueden dificultar precisamente aquello que los visitantes han venido a contemplar.
¿Queremos una plaza monumental que acoja ocasionalmente grandes acontecimientos o un recinto permanente para eventos en pleno corazón histórico de Zaragoza?
No es lo mismo.
El problema no es cada acontecimiento por separado.
Muchos tienen interés cultural, social, turístico, deportivo, institucional, histórico o económico para Zaragoza.
El problema es la acumulación.
Pero tampoco parece razonable que la primera opción para casi cualquier gran acontecimiento sea siempre la Plaza del Pilar.
Zaragoza tiene otros espacios.
Distribuir parte de la programación permitiría llevar actividad a otros lugares y barrios, en vez de concentrarla permanentemente en el mismo punto.
El impacto de las obras y del uso intensivo
Para entender el debate actual conviene recordar que la Plaza del Pilar ya vivió una profunda transformación en 1991. Aquella remodelación cambió radicalmente su concepción: desapareció el tráfico rodado y se creó la gran superficie peatonal que conocemos hoy.
Los coches dejaron paso al peatón. La plaza pasó a ser el gran salón de Zaragoza, un espacio monumental y ciudadano que unificaba el entorno de las dos catedrales.
Treinta y cinco años después volvemos a actuar sobre ella.
Pero el debate no debería limitarse al pavimento, las fuentes, los árboles o la accesibilidad.
La pregunta principal es otra:
¿Qué queremos que sea la Plaza del Pilar durante las próximas décadas?
Resulta paradójico que en 1991 se retiraran los vehículos para recuperar este espacio para el peatón y que, décadas después, los montajes de acontecimientos exijan periódicamente la entrada de vehículos de servicio, estructuras e instalaciones.
No es comparable el antiguo tráfico diario con la entrada puntual de vehículos necesaria para organizar un acto. Pero sí merece la pena analizar la evolución del uso de la plaza.
Cada actividad puede implicar escenarios, estructuras, vallas, casetas, vehículos de servicio y operaciones de montaje y desmontaje. Todo ello recae sobre un espacio que durante años ha sufrido baldosas deterioradas, piezas desplazadas y reparaciones.
Ahora estamos remodelándolo.
Por eso debemos preguntarnos qué ocurrirá cuando terminen las obras.
¿Renovaremos la plaza para continuar inmediatamente con el mismo modelo de utilización intensiva?
Remodelar cuesta dinero.
Reparar continuamente también.
Propuestas para una plaza viva y protegida
No se trata de convertirla en un museo ni de impedir que tenga vida.
Las Fiestas del Pilar, los grandes actos ciudadanos, las paradas militares, las conmemoraciones históricas, las celebraciones vinculadas a los Sitios de Zaragoza, las goyescas y otros acontecimientos estrechamente vinculados con la ciudad tienen en ella un escenario difícilmente sustituible.
La plaza debe estar viva.
Debe ser lugar de encuentro, celebración y convivencia.
Debe acoger acontecimientos.
Pero los acontecimientos deben poner en valor la Plaza del Pilar, no convertirla en un espacio disponible para cualquier uso.
Cuando un acontecimiento deba celebrarse en la Plaza del Pilar, la conservación del espacio debería ser una condición esencial: protección del pavimento, limitación de vehículos, control de estructuras, inspecciones antes y después de los montajes y responsabilidades claras ante posibles desperfectos.
Las actuales obras ofrecen una oportunidad para decidir no solo cómo queremos que sea físicamente la nueva Plaza del Pilar, sino también para qué queremos utilizarla.
Antes de preguntarnos cuántos eventos necesitamos para atraer visitantes, deberíamos recordar algo esencial: tenemos el Pilar, tenemos La Seo y tenemos una plaza monumental que por sí misma ya es uno de los grandes motivos para visitar Zaragoza.
En 1991 dejamos atrás una avenida para crear una gran plaza peatonal.
Treinta y cinco años después debemos decidir si queremos conservar aquella idea o sustituirla por otra.
Porque una cosa es tener una Plaza del Pilar que acoge eventos.
Y otra muy distinta es convertirla en una plaza multiusos.
Quien visita la ciudad no necesita una feria, una carrera, un escenario, un desfile, una parada militar o una corrida goyesca para tener motivos para acercarse.
La propia plaza ya es el acontecimiento.
Su patrimonio, sus edificios, su historia y la imagen del Pilar constituyen por sí mismos un atractivo turístico extraordinario.
Y conviene dejar claro algo: celebrar eventos en la Plaza del Pilar es positivo.
Una plaza así no puede permanecer ajena a la vida de la ciudad. Las actividades culturales, deportivas, festivas, sociales, institucionales, militares o conmemorativas pueden generar ambiente, atraer visitantes y favorecer al comercio y la hostelería.
El debate no consiste en elegir entre una plaza vacía y una plaza activa. La cuestión es otra:
¿Qué atrae realmente al visitante a la Plaza del Pilar?
¿La sucesión de acontecimientos o aquello que hace que este lugar sea único?
Los eventos pueden complementar ese valor.
No deberían competir con él.
No se trata de elegir entre patrimonio y actividad.
Se trata de decidir qué debe estar al servicio de qué.
Saturación de eventos: el problema es la acumulación
La duda se entiende mejor al observar la cantidad de acontecimientos que acoge la plaza: celebraciones relacionadas con el Mundial, carreras populares, Hola Primavera, Zaragoza Luce, conciertos, campañas, exposiciones, actos institucionales, ferias, paradas militares, conmemoraciones de los Sitios de Zaragoza, corridas goyescas y numerosas instalaciones temporales.
A veces ni siquiera hace falta revisar el calendario anual.
Basta un fin de semana.
Ayer sábado, la Plaza del Pilar fue escenario de una carrera popular. Hoy domingo, acoge un desfile de moda.
Dentro de unos días llegarán las Fiestas del Pilar, con escenarios, conciertos y nuevas instalaciones.
Después llegará la Navidad, con el Belén, las casetas y toda la infraestructura que las acompaña.
Durante el resto del año continuarán los actos solemnes, las conmemoraciones históricas, los espectáculos y otras actividades.
Montar, desmontar y volver a montar.
Ese es el problema: la plaza parece asumir cada vez más funciones propias de un recinto para eventos. Las estructuras, vallas, casetas y escenarios pueden dificultar precisamente aquello que los visitantes han venido a contemplar.
¿Queremos una plaza monumental que acoja ocasionalmente grandes acontecimientos o un recinto permanente para eventos en pleno corazón histórico de Zaragoza?
No es lo mismo.
El problema no es cada acontecimiento por separado.
Muchos tienen interés cultural, social, turístico, deportivo, institucional, histórico o económico para Zaragoza.
El problema es la acumulación.
Pero tampoco parece razonable que la primera opción para casi cualquier gran acontecimiento sea siempre la Plaza del Pilar.
Zaragoza tiene otros espacios.
Distribuir parte de la programación permitiría llevar actividad a otros lugares y barrios, en vez de concentrarla permanentemente en el mismo punto.
El impacto de las obras y del uso intensivo
Para entender el debate actual conviene recordar que la Plaza del Pilar ya vivió una profunda transformación en 1991. Aquella remodelación cambió radicalmente su concepción: desapareció el tráfico rodado y se creó la gran superficie peatonal que conocemos hoy.
Los coches dejaron paso al peatón. La plaza pasó a ser el gran salón de Zaragoza, un espacio monumental y ciudadano que unificaba el entorno de las dos catedrales.
Treinta y cinco años después volvemos a actuar sobre ella.
Pero el debate no debería limitarse al pavimento, las fuentes, los árboles o la accesibilidad.
La pregunta principal es otra:
¿Qué queremos que sea la Plaza del Pilar durante las próximas décadas?
Resulta paradójico que en 1991 se retiraran los vehículos para recuperar este espacio para el peatón y que, décadas después, los montajes de acontecimientos exijan periódicamente la entrada de vehículos de servicio, estructuras e instalaciones.
No es comparable el antiguo tráfico diario con la entrada puntual de vehículos necesaria para organizar un acto. Pero sí merece la pena analizar la evolución del uso de la plaza.
Cada actividad puede implicar escenarios, estructuras, vallas, casetas, vehículos de servicio y operaciones de montaje y desmontaje. Todo ello recae sobre un espacio que durante años ha sufrido baldosas deterioradas, piezas desplazadas y reparaciones.
Ahora estamos remodelándolo.
Por eso debemos preguntarnos qué ocurrirá cuando terminen las obras.
¿Renovaremos la plaza para continuar inmediatamente con el mismo modelo de utilización intensiva?
Remodelar cuesta dinero.
Reparar continuamente también.
Propuestas para una plaza viva y protegida
No se trata de convertirla en un museo ni de impedir que tenga vida.
Las Fiestas del Pilar, los grandes actos ciudadanos, las paradas militares, las conmemoraciones históricas, las celebraciones vinculadas a los Sitios de Zaragoza, las goyescas y otros acontecimientos estrechamente vinculados con la ciudad tienen en ella un escenario difícilmente sustituible.
La plaza debe estar viva.
Debe ser lugar de encuentro, celebración y convivencia.
Debe acoger acontecimientos.
Pero los acontecimientos deben poner en valor la Plaza del Pilar, no convertirla en un espacio disponible para cualquier uso.
Cuando un acontecimiento deba celebrarse en la Plaza del Pilar, la conservación del espacio debería ser una condición esencial: protección del pavimento, limitación de vehículos, control de estructuras, inspecciones antes y después de los montajes y responsabilidades claras ante posibles desperfectos.
Las actuales obras ofrecen una oportunidad para decidir no solo cómo queremos que sea físicamente la nueva Plaza del Pilar, sino también para qué queremos utilizarla.
Antes de preguntarnos cuántos eventos necesitamos para atraer visitantes, deberíamos recordar algo esencial: tenemos el Pilar, tenemos La Seo y tenemos una plaza monumental que por sí misma ya es uno de los grandes motivos para visitar Zaragoza.
En 1991 dejamos atrás una avenida para crear una gran plaza peatonal.
Treinta y cinco años después debemos decidir si queremos conservar aquella idea o sustituirla por otra.
Porque una cosa es tener una Plaza del Pilar que acoge eventos.
Y otra muy distinta es convertirla en una plaza multiusos.
Carlos Masa
La peste en Zaragoza de 1564. Síntomas y peligros
He escrito antes sobre la peste en Zaragoza del año 1564, y quiero continuar con algunos datos más para entender qué representó aquella barbaridad contra los ciudadanos de nuestra ciudad. Y hay que ponerse en el lugar de aquellos zaragozanos sin información suficiente para poder defenderse es una enfermedad de la que desconocían todo.
Hablamos de una ciudad de unos 25.000 vecinos en la que más de la mitad de ellos enfermaron, y de estos más de un 50% fallecieron sin un tratamiento válido, con síntomas brutales. La medicina actual distingue principalmente aquella enfermedad como peste bubónica, septicémica y neumónica. Porcell dejó escritos sus síntomas en su libro tras tratar a numerosos pacientes.
Tras una incubación que hoy sabemos que suele ser de unos 2 a 8 días en la peste bubónica, podían aparecer fiebre intensa, escalofríos, agotamiento extremo, dolor de cabeza y malestar general. Pero el signo que Porcell describe con mayor precisión eran los tumores en los ganglios linfáticos enormemente inflamados y dolorosos. Dice que podían ser desde pequeños como un garbanzo o una avellana hasta alcanzar el tamaño de una nuez o un huevo. Los encontraba particularmente en ingles y axilas, pero también alrededor del cuello, debajo de las orejas y en otras regiones. Los califica expresamente de «muy sensibles y dolorosos».
Aquella peste una vez contagiada desde la picadura de una pulga hasta llegar a los ganglios linfáticos, donde se multiplica y produce un bubón extremadamente doloroso, habitualmente inguinal, axilar o cervical.
Porcell dijo que muchos enfermos desarrollaban lo que él llama «carbúnculos» o «ántraces». No debemos confundir ese término antiguo con el ántrax bacteriano moderno. Eran lesiones cutáneas de tamaños muy variables, algunas como un garbanzo y otras tan extensas como el contorno de un tazón de sopa. Y sobre ellas aparecían pústulas parecidas a quemaduras. Porcell describe colores azulados, verdosos, amarillos e incluso negros, y señala que algunas eran extraordinariamente dolorosas. También describe una erupción que llama «pulgón»: pequeñas manchas distribuidas por pecho, cuello y a veces por todo el cuerpo, parecidas a picaduras de pulga, de ahí el nombre.
Y hablamos de un tiempo, mediados del siglo XVI, con muy pocos tratamientos incluso para aliviar los dolores, no ya para curar, pues no se sabía casa nada de esta enfermedad.
Algunos caían enfermos de repente y quedaban —según las palabras de Porcell— como si hubieran sido “apaleados”, agotados y completamente abatidos y sin fuerzas. Sufrían gran ansiedad e inquietud, cambiando continuamente de postura en la cama, y sentían un intenso calor interior aunque exteriormente podían estar fríos mientras quedaban lívidos o amarillentos, con un fuerte dolor de cabeza.
Muchos no podían dormir y algunos presentaban delirio, confusión y alteraciones del comportamiento, diciendo y haciendo, según Porcell, “locuras y disparates” por la fiebre elevada, sepsis grave, deshidratación y posible afectación neurológica. Tenían náuseas muy intensas, pérdida casi total del apetito con una sed extrema, dolor de estómago y como decía antes, un profundo cansancio y debilidad por las diarreas.
Y una observación médicamente interesante: dice que en algunos casos el aliento y las excreciones desprendían un olor muy fuerte y desagradable. La evolución podía ser fulminante. Porcell cuenta que algunos enfermos parecían relativamente bien durante los tres primeros días y al cuarto día sufrían un empeoramiento brutal y morían. Eso es también compatible con la historia natural de una infección grave por Y. pestis sin tratamiento con antibióticos: desde un bubón inicial la bacteria podía pasar a la sangre y producir peste septicémica, shock, fallo multiorgánico y muerte rápida.
Hay, además, un detalle de Porcell que considero extraordinario desde el punto de vista histórico. Él mismo advierte que no todos los enfermos presentaban todos estos síntomas. Dice expresamente que no se podía diagnosticar peste simplemente porque alguien tuviera fiebre, vómitos y un tumor en la ingle o bajo el brazo; había que observar el conjunto y el contexto epidémico. Eso, escrito en el año 1565 a partir de su experiencia directa como médico en la Zaragoza de 1564, revela una actitud clínica bastante moderna frente a la peste bubónica y septicémica.
Pudo haber sido una enfermedad fatal para la totalidad de los zaragozanos, pero no hacía falta ningún tratamiento eficaz para que sobreviviera una gran parte de la población. Había dos filtros sucesivos. Primero, no todos los zaragozanos llegaban a infectarse; y segundo, incluso entre los infectados por peste bubónica, una proporción considerable sobrevivía espontáneamente por sus auto defensas.
La peste bubónica no se comporta como una infección respiratoria extremadamente contagiosa que vaya pasando inevitablemente de vecino a vecino, pues se transmite principalmente mediante pulgas infectadas asociadas a pequeños mamíferos; la transmisión directa entre personas es poco eficiente en la forma bubónica.
Esto significa que en una misma calle de Zaragoza podían morir varias personas de una casa y permanecer indemnes otras familias cercanas. Dependía enormemente de dónde estaban los animales y pulgas infectados, de las ropas y enseres que se trasladaban, de las condiciones de la vivienda y de los contactos concretos. De hecho, la documentación zaragozana de 1564 insistía en que mover ropa de unas casas a otras contribuía al contagio, y las autoridades acabaron desarrollando procedimientos bastante estrictos de aislamiento, limpieza, lavado y retirada de enseres.
Además, sabemos que una parte importante de la población con medios económicos altos abandonó enseguida Zaragoza al iniciarse la epidemia. Por tanto, cuando hablamos de una ciudad de quizá 25.000-30.000 habitantes y de los aproximadamente 10.000 muertos calculados por Porcell, no debemos imaginar a 30.000 personas permaneciendo encerradas dentro de la ciudad durante toda la peste. Hubo desplazamientos, huida de familias enteras y aislamiento de enfermos y contactos.
Pero hay un segundo factor todavía más importante: contraer peste bubónica sin antibióticos no equivalía necesariamente a morir. La OMS calcula actualmente que, sin tratamiento, la peste bubónica tiene una letalidad aproximadamente del 30 al 60 %. Dicho al revés, incluso sin antibióticos, aproximadamente entre el 40 y el 70 % de los enfermos bubónicos podrían sobrevivir. Las formas septicémica y, especialmente, neumónica son muchísimo más mortales.
Imaginemos, únicamente como ejercicio, una mortalidad media del 50 % entre los infectados. Para que muriesen 10.000 personas tendrían que haber enfermado unas 20.000 y aproximadamente otras 10.000 habrían superado la enfermedad. No estoy diciendo que eso fuera exactamente lo sucedido —no conocemos la tasa real de infección ni la mezcla de formas clínicas—, pero demuestra que 10.000 muertos no implican 10.000 infectados sino muchos más.
La famosa Torre de los Convalecientes existía precisamente porque el Hospital de Nuestra Señora de Gracia acumulaba enfermos que habían superado la fase peligrosa y estaban recuperándose. Porcell enviaba a la torre a aquellos cuyas úlceras estaban ya limpias, liberando así camas para los nuevos enfermos. En algún momento hubo hasta unos 800 enfermos y convalecientes bajo el dispositivo asistencial.
Incluso entre el personal sanitario encontramos ejemplos extraordinarios. Seis cirujanos que atendían a los apestados murieron; otro médico enfermó gravemente durante mayo, junio y julio, pero sobrevivió y volvió a trabajar. El propio Porcell atendió y tocó diariamente a enormes cantidades de enfermos durante los meses más peligrosos y afirma que nunca llegó a enfermar. Exposición enorme a la enfermedad pero, aparentemente, ninguna enfermedad clínica. No podemos saber por qué.
La edad, estado nutricional y enfermedades previas probablemente influían en la evolución. Zaragoza venía de años difíciles, con carestías y otros problemas sanitarios, por lo que habría personas debilitadas con peor capacidad para soportar una infección sistémica. Pero tampoco sería correcto pensar que todos los jóvenes y fuertes sobrevivían y todos los débiles morían: una septicemia por Y. pestis puede matar a una persona previamente sana. Hay además algo que tendemos a infravalorar cuando hablamos de medicina anterior a los antibióticos: el organismo humano sí dispone de tratamiento; es su propio sistema inmunitario.
Ahí probablemente Porcell podía ayudar indirectamente pues no tenía todos los conocimientos actuales. Proporcionar al enfermo reposo, agua, alimento, higiene, vigilancia, curación de heridas y cuidados continuos podía marcar diferencias en alguien que debía sobrevivir durante varios días hasta controlar la infección. Y Porcell era especialmente contrario a aplicar indiscriminadamente sangrías, purgas y aperturas prematuras de los bubones, prácticas que podían debilitar aún más al paciente.
Una epidemia de peste puede extinguirse sin haber infectado a toda la población humana porque depende de una cadena ecológica compleja. Al modificarse las poblaciones animales, disminuir las pulgas infectadas, aislarse viviendas, destruirse o limpiarse ropas y enseres, cambiar las condiciones ambientales y separarse enfermos de sanos, disminuyen las oportunidades de transmisión de la enfermedad. No hace falta que todos los habitantes hayan adquirido inmunidad para que bajen los contagios graves.
Zaragoza pudo perder quizá alrededor de un tercio de su población y, al mismo tiempo, conservar miles y miles de personas que nunca enfermaron y otros miles que enfermaron y se recuperaron. Y todos ellos con inmunidad, evitaban que el contagio creciera indiscriminadamente.
La peste sobre Zaragoza, del año 1564
La epidemia de peste en la Zaragoza de 1564 fue, con bastante seguridad, una de las mayores catástrofes demográficas sufridas por nuestra ciudad en toda su historia moderna. Y hay una precisión importante: aunque a veces aparece citada como la peste de «1564-1565», la gran epidemia zaragozana se desarrolló esencialmente durante 1564. En 1565 encontramos todavía tareas de saneamiento, consecuencias demográficas y administrativas y, sobre todo, la publicación del tratado muy conocidos de Juan Tomás Porcell. Pero el gran brote había desaparecido meses antes.
Y por si queremos saber más hay que consultar la obra de Francisco José Alfaro Pérez, profesor de Historia Moderna de la Universidad de Zaragoza, que publicó en 2019, titulada: Zaragoza 1564. El año de la peste, editado por la Institución Fernando el Católico.
Juan Tomás Porcell escribió que la peste había afectado a Zaragoza "desde los primeros de marzo de 1564". Sin embargo, la documentación estudiada por Alfaro permite adelantar los primeros contagios probablemente a mediados o finales de febrero de 1564. El 2 de marzo ya encontramos correspondencia desde Tudela, relacionada con las medidas adoptadas en Zaragoza, y para entonces más de 500 personas principales, con sus mujeres y familias habían abandonado la ciudad, mientras el Gobernador y el Justicia de Aragón se desplazaban hacia Tarazona.
El 17 de marzo la situación era ya inequívoca: el cabildo del Pilar autorizó a sus canónigos a marcharse por "el siniestro tiempo de la pestilencia que en la ciudad de Çaragoça se ha declarado". A finales de marzo, localidades próximas trataban de incomunicarse con Zaragoza y Navarra intentaba restringir el tránsito procedente de Aragón.
Ya en abril de ese año la mortalidad era muy fuerte, para pasar a un mayo y un verano catastrófico con los máximos de epidemia. a partir de agosto la epidemia empezó a bajar en mortalidad y hay datos del 28 de agoto de ese año en el que se dice que ya solo morían unas 30 personas al día. Parece incluso un éxito esa cifra.
A partir de septiembre la epidemia bajó considerablemente, había nuevos enfermos, pero muchos menos, y convalecientes de la peste contagiada en los meses anteriores. Y es ya un periodo de clara remisión e incluso de una cierta desaparición con los primeros fríos de septiembre. Es cierto que en ese periodo brutal no se pudieron contabilizar bien, sobre todo las muertes de niños que a veces incluso recién nacidos no se pudieron registrar.
No se puede afirmar que murieran exactamente 10.000 personas, pero Porcell, testigo directo, estimó cerca de 10.000, y la documentación parroquial confirma una sobremortalidad extraordinaria; y que la historiografía moderna considera segura la muerte de varios miles de zaragozanos, sin poder establecer una cifra definitiva.
Hubo días y de eso sí hay datos, de aquel verano, que se multiplicaron por 50 los fallecimientos registrados documentalmente, en un periodo además en que los registros parroquiales a veces, dejaron de funcionar bien por falta de responsables.
Se afirma en algunos documentos que había más de nuevos 600 enfermos cada día, que en el Hospital morían algunos días hasta 150 personas, y que los habitantes recorrían las calles buscando médicos y cirujanos porque prácticamente no había quien los atendiera.
Porcell, por su parte, asegura que llegó a haber 800 enfermos y convalecientes ingresados bajo el sistema asistencial del hospital y la torre de convalecientes. Hay que corregir aquí un dato que se repite con frecuencia: Porcell no dice exactamente que hubiera 2.000 hospitalizados simultáneamente. Lo que afirma es que, con la organización implantada, un médico y cuatro cirujanos podrían llegar a atender incluso a dos mil. El máximo que documenta directamente es de unos 800 pacientes/convalecientes, ingresados en un mismo momento. Repito, en una ciudad pequeña.
No queda claro desde donde vino el contagio, aquella peste, aunque Porcell culpó expresamente a personas y ropas procedentes de Francia. Según él, algunos hombres procedentes de localidades francesas donde había peste con anterioridad introdujeron en Zaragoza ropas contaminadas y el contagio pasó después de unos individuos a otros.
Porcell razonaba —todavía dentro de conceptos médicos del siglo XVI— y hablaba de cualidades pestilenciales, vapores y corrupción del aire, e identificó correctamente algo esencial. "El contacto con personas y, sobre todo, con ropas y objetos contaminados constituía un enorme peligro". ¿Os suena eso a los años del COVID19?
Hoy sabemos que la peste está causada por Yersinia pestis y que las pulgas, especialmente asociadas a roedores, fueron fundamentales en la transmisión histórica. Una prenda transportada de un lugar a otro podía llevar consigo parásitos infectados. Pero tampoco debemos dar por probado el origen francés, pues se sabe que había brotes de peste en diferentes lugares de Aragón y del valle del Ebro ya en 1563.
Los años anteriores con sequía, cosechas escasas, hambre y presencia de otras enfermedades como tifus y fiebres tercianas lograron crear una población debilitada y que estaba en condiciones especialmente malas para enfrentarse a una enfermedad tan letal.
El Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia era entonces una enorme institución asistencial, pero insuficiente para aquella Zaragoza, por lo que se habilitó también una casa o torre de convalecientes extramuros, aguas abajo del Ebro, aproximadamente a dos kilómetros y medio de la ciudad aunque otras fuentes hablan de menos de un kilómetro, para completar su recuperación evitando que regresaran inmediatamente al casco urbano.
De esa torre de convalecientes no tenemos una ubicación exacta. Sabemos que era una finca agrícola y que estaba extramuros de la ciudad, aguas abajo del Ebro, al este de Zaragoza tal y como dicen que se movían los vientos para que no llegaran a Zaragoza, luego probablemente en el ámbito de la actual ribera de Las Fuentes o de Vadorrey. Y sabemos también que estaba vigilada para que los enfermos a medio curar no se escaparan.
Tenemos dudas sobre la existencia de este edificio a donde eran llevados los enfermos y a donde acudían los desempestadores a una la casa-lavadero en donde realizaban sus labores de limpieza. Si era un único edificio, algo lógico, nos tenemos que decantar por una zona entre Las Fuentes y el río Huerva. Si fueran edificios diferentes, gana opciones un edificio que había en la zona de Torrero y que se siguió utilizando para fines similares décadas después.
La defensa contra la enfermedad era clara: separación de enfermos y sanos, aislamiento de contactos, control de desplazamientos, cuarentena domiciliaria, lazareto exterior, limpieza de ropas y viviendas y personal especializado que no podía mezclarse con la población.
Cuando aparecía un enfermo, era sacado de la vivienda y llevado al establecimiento correspondiente. Las personas que habían convivido con él quedaban encerradas durante treinta días, recibían alimentos a través de una ventana y no podían sacar las ropas de la casa. Si no aparecía otro caso, a las semanas se les levantaba el confinamiento. Las viviendas eran ventiladas y permanecían cerradas durante un periodo posterior. La ciudad llegó incluso a prohibir durante dieciocho meses la venta o subasta de determinadas ropas procedentes de casas afectadas
La situación sanitaria en Zaragoza era terrible pues seis cirujanos del hospital murieron de peste y el médico que atendía a esos enfermos enfermó gravemente. Además, numerosos médicos, cirujanos y boticarios habían abandonado Zaragoza. El Ayuntamiento llegó a amenazar a algunos de los huidos con confiscar sus bienes y derribar sus casas si no regresaban.
Durante los peores meses el propio Porcell atendió a los apestados acompañado fundamentalmente por cuatro cirujanos. Visitaba a los enfermos en sus casas dos veces al día, dedicando tres o cuatro horas por la mañana y otras tantas por la tarde. Y él mismo insiste en que examinaba personalmente orinas, pulsos, tumores y ganglios linfáticos y que no permitía que los cirujanos actuaran sin su supervisión.
Porcell no se limitó a intentar curarlos. Los estudió sistemáticamente para intentar entender qué estaba sucediendo. Llevaba una libreta en el que anotaba los enfermos, quién moría o sanaba, cuantos días habían transcurrido desde el comienzo de la enfermedad, cuándo se había abierto el ganglio, si se había abierto prematuramente, qué tratamiento se había empleado y cuál había sido el resultado. Un registro clínico de pacientes que después utilizaba para comparar resultados. Y practicó autopsias a cinco personas fallecidas por la peste, con el consiguiente peligro de contagiarse.
Lo novedoso de aquellas autopsias hechas por Porcell fue emplearlas de una manera sistemática para relacionar los síntomas observados en vida, con las lesiones encontradas después de la muerte, y utilizar esas observaciones para modificar el tratamiento.
Porcell se mostró contrario al empleo indiscriminado de sangrías y purgas y, sobre todo, a abrir los ganglios demasiado pronto. Intentaba decidir el tratamiento según la evolución observada en sus pacientes y posteriormente justificaba sus conclusiones mediante los datos que había ido anotando. Para mediados del siglo XVI, ese recurso explícito a observación, autopsia, registro de casos y comparación de resultados era excepcional.
Porcell no fue él ínico que “salvó Zaragoza”. El gran trabajo de jurados Joan Baptista Sala, Pedro de Insausti y Joan López de Tolosa, junto con cirujanos, enfermeros, clérigos, criados, enterradores, transportistas y los llamados "desempestadores" limpiando casas y pertenencias que habían tocado los enfermos, fue fundamental.
Convento y cuartel de San Lázaro en el Rabal de Zaragoza
Hay muy pocas imágenes de lo que fue el convento de San Lázaro en Zaragoza, a orillas de Ebro en la entrada del Rabal zaragozano. Una institución pública dedicada a los enfermos pobres (sobre todo enfermos de lepra) de la ciudad de Zaragoza y creada en el año 1224 por el Rey Jaime I el Conquistador a través de la Orden de la Merced, en las afueras de la entonces pequeña ciudad de Zaragoza.
El edificio, que contenía una de las mejores bibliotecas de Aragón, fue destruido casi en su totalidad en el Segundo Sitio de Zaragoza, pues se utilizó por los defensores desde el Arrabal, para intentar que no se tomara el Puente de Piedra, tan cercano a él, colocándose en el edificio casi como una fortaleza, donde Palafox instaló su cuartel general.
En el año 1835 se convirtió primero en almacén y luego en cuartel, ya totalmente desvirtuadas las ruinas que quedaban del antiguo Convento de San Lázaro, cuyos restos se pueden visitar (según fechas) en un pequeño museo que nos recuerda la zona del claustro y del pozo del convento, junto a los restos de algunas zonas de las calles del entorno.
23.9.26
San Cosme y San Damián en el imaginario zaragozano
Este cuadro en el que vemos a San Cosme y a San Damián, hermanos gemelos aunque en la obra no lo parezcan, es del artista Asensio de Eléicegui, realizado a finales del siglo XVII posiblemente en 1680, en una época en que vivía en Zaragoza.
Son santos de origen oriental, vinculados por la tradición a Siria y Cilicia, y su culto se difundió muy pronto por todo el mundo cristiano como patronos de médicos y cirujanos. Y este cuadro es propiedad de la iglesia de Nuestra Señora de Gracia adjunta al Hospital de su mismo nombre en la ciudad de Zaragoza. Ambos eran médicos que ejercían gratuitamente, por lo que en Oriente recibieron el nombre de anárgyroi, «los que no reciben dinero». Desde la Antigüedad tardía fueron venerados como santos médicos en el cristianismo oriental
En el siglo XV con el Hospital de Nuestra Señora de Gracia. El gran hospital zaragozano fue fundado en 1425, por iniciativa de Alfonso V, y pronto se convirtió en uno de los principales centros sanitarios de la Corona de Aragón.
Y treinta años después, el 7 de marzo de 1455, se aprobaron las ordenanzas de la Cofradía de San Cosme y San Damián, formada inicialmente por cirujanos y barberos y estrechamente relacionada con el hospital. El actual Colegio Oficial de Médicos de Zaragoza considera expresamente aquella cofradía como uno de sus antecedentes históricos.
En 1488 Fernando el Católico confirmó sus privilegios y autorizó algo extraordinariamente avanzado para la época: la realización de disecciones de cadáveres procedentes del Hospital de Nuestra Señora de Gracia con finalidad anatómica y docente. Además, durante largos periodos el ejercicio profesional de médicos y cirujanos en Zaragoza quedó sometido al control de esta corporación.
Por ello San Cosme y San Damián aparezcan tan estrechamente unidos a la historia de la medicina zaragozana. En el propio Hospital de Nuestra Señora de Gracia hubo una capilla dedicada a ellos, utilizada por médicos y cirujanos como lugar de reunión y también de enterramiento. Está documentado incluso que la corporación tenía allí sus propias cisternas funerarias. En 1791, por razones sanitarias y eclesiásticas, se construyó otra capilla de San Cosme y San Damián en las huertas del hospital.
Además en Zaragoza, existió durante los siglos XVII y XVIII una Hermandad de Mancebos Cirujanos de San Cosme y San Damián, documentada al menos entre 1674 y 1761. Existe una relación histórica excepcionalmente fuerte entre su culto y la medicina zaragozana, que podemos documentar al menos desde el siglo XIV y que se consolidó durante más de tres siglos alrededor del Hospital de Nuestra Señora de Gracia y de la poderosa Cofradía y Colegio de médicos y cirujanos zaragozanos.
La presencia de un altar dedicado a San Cosme y San Damián en la antigua iglesia de Santiago de Zaragoza en el siglo XIV, demuestra que su devoción zaragozana es anterior al Hospital de Gracia y a la cofradía de 1455. Un estudio de la Institución Fernando el Católico basado en inventarios medievales lo sitúa en los pies del templo y señala que su culto probablemente experimentó un fuerte crecimiento a consecuencia de las epidemias de peste del siglo XIV. En los inventarios de la década de 1370 aparecen incluso las cortinas verdes que cerraban su altar.
No sé cuándo aparecen documentalmente por primera vez en Zaragoza, porque podríamos estar hablando de una implantación bastante anterior a la que suele citarse, pues literalmente, son los santos corporativos de quienes ejercían la medicina y la cirugía en la ciudad de Zaragoza desde al menos el siglo XIV.
En el ámbito católico han sido tradicionalmente considerados patronos de médicos y cirujanos, y en numerosos lugares también de farmacéuticos, boticarios, barberos-cirujanos y otras profesiones sanitarias.
Y aunque San Cosme y San Damián son patronos tradicionales de la medicina en gran parte de la cristiandad (hay otros santos), en Zaragoza constituye uno de las grandes ciudades en donde ese patronazgo adquirió una presencia histórica especialmente fuerte y organizada.
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