27.9.26
La peste sobre Zaragoza, del año 1564
La epidemia de peste en la Zaragoza de 1564 fue, con bastante seguridad, una de las mayores catástrofes demográficas sufridas por nuestra ciudad en toda su historia moderna. Y hay una precisión importante: aunque a veces aparece citada como la peste de «1564-1565», la gran epidemia zaragozana se desarrolló esencialmente durante 1564. En 1565 encontramos todavía tareas de saneamiento, consecuencias demográficas y administrativas y, sobre todo, la publicación del tratado muy conocidos de Juan Tomás Porcell. Pero el gran brote había desaparecido meses antes.
Y por si queremos saber más hay que consultar la obra de Francisco José Alfaro Pérez, profesor de Historia Moderna de la Universidad de Zaragoza, que publicó en 2019, titulada: Zaragoza 1564. El año de la peste, editado por la Institución Fernando el Católico.
Juan Tomás Porcell escribió que la peste había afectado a Zaragoza "desde los primeros de marzo de 1564". Sin embargo, la documentación estudiada por Alfaro permite adelantar los primeros contagios probablemente a mediados o finales de febrero de 1564. El 2 de marzo ya encontramos correspondencia desde Tudela, relacionada con las medidas adoptadas en Zaragoza, y para entonces más de 500 personas principales, con sus mujeres y familias habían abandonado la ciudad, mientras el Gobernador y el Justicia de Aragón se desplazaban hacia Tarazona.
El 17 de marzo la situación era ya inequívoca: el cabildo del Pilar autorizó a sus canónigos a marcharse por "el siniestro tiempo de la pestilencia que en la ciudad de Çaragoça se ha declarado". A finales de marzo, localidades próximas trataban de incomunicarse con Zaragoza y Navarra intentaba restringir el tránsito procedente de Aragón.
Ya en abril de ese año la mortalidad era muy fuerte, para pasar a un mayo y un verano catastrófico con los máximos de epidemia. a partir de agosto la epidemia empezó a bajar en mortalidad y hay datos del 28 de agoto de ese año en el que se dice que ya solo morían unas 30 personas al día. Parece incluso un éxito esa cifra.
A partir de septiembre la epidemia bajó considerablemente, había nuevos enfermos, pero muchos menos, y convalecientes de la peste contagiada en los meses anteriores. Y es ya un periodo de clara remisión e incluso de una cierta desaparición con los primeros fríos de septiembre. Es cierto que en ese periodo brutal no se pudieron contabilizar bien, sobre todo las muertes de niños que a veces incluso recién nacidos no se pudieron registrar.
No se puede afirmar que murieran exactamente 10.000 personas, pero Porcell, testigo directo, estimó cerca de 10.000, y la documentación parroquial confirma una sobremortalidad extraordinaria; y que la historiografía moderna considera segura la muerte de varios miles de zaragozanos, sin poder establecer una cifra definitiva.
Hubo días y de eso sí hay datos, de aquel verano, que se multiplicaron por 50 los fallecimientos registrados documentalmente, en un periodo además en que los registros parroquiales a veces, dejaron de funcionar bien por falta de responsables.
Se afirma en algunos documentos que había más de nuevos 600 enfermos cada día, que en el Hospital morían algunos días hasta 150 personas, y que los habitantes recorrían las calles buscando médicos y cirujanos porque prácticamente no había quien los atendiera.
Porcell, por su parte, asegura que llegó a haber 800 enfermos y convalecientes ingresados bajo el sistema asistencial del hospital y la torre de convalecientes. Hay que corregir aquí un dato que se repite con frecuencia: Porcell no dice exactamente que hubiera 2.000 hospitalizados simultáneamente. Lo que afirma es que, con la organización implantada, un médico y cuatro cirujanos podrían llegar a atender incluso a dos mil. El máximo que documenta directamente es de unos 800 pacientes/convalecientes, ingresados en un mismo momento. Repito, en una ciudad pequeña.
No queda claro desde donde vino el contagio, aquella peste, aunque Porcell culpó expresamente a personas y ropas procedentes de Francia. Según él, algunos hombres procedentes de localidades francesas donde había peste con anterioridad introdujeron en Zaragoza ropas contaminadas y el contagio pasó después de unos individuos a otros.
Porcell razonaba —todavía dentro de conceptos médicos del siglo XVI— y hablaba de cualidades pestilenciales, vapores y corrupción del aire, e identificó correctamente algo esencial. "El contacto con personas y, sobre todo, con ropas y objetos contaminados constituía un enorme peligro". ¿Os suena eso a los años del COVID19?
Hoy sabemos que la peste está causada por Yersinia pestis y que las pulgas, especialmente asociadas a roedores, fueron fundamentales en la transmisión histórica. Una prenda transportada de un lugar a otro podía llevar consigo parásitos infectados. Pero tampoco debemos dar por probado el origen francés, pues se sabe que había brotes de peste en diferentes lugares de Aragón y del valle del Ebro ya en 1563.
Los años anteriores con sequía, cosechas escasas, hambre y presencia de otras enfermedades como tifus y fiebres tercianas lograron crear una población debilitada y que estaba en condiciones especialmente malas para enfrentarse a una enfermedad tan letal.
El Hospital Real y General de Nuestra Señora de Gracia era entonces una enorme institución asistencial, pero insuficiente para aquella Zaragoza, por lo que se habilitó también una casa o torre de convalecientes extramuros, aguas abajo del Ebro, aproximadamente a dos kilómetros y medio de la ciudad aunque otras fuentes hablan de menos de un kilómetro, para completar su recuperación evitando que regresaran inmediatamente al casco urbano.
De esa torre de convalecientes no tenemos una ubicación exacta. Sabemos que era una finca agrícola y que estaba extramuros de la ciudad, aguas abajo del Ebro, al este de Zaragoza tal y como dicen que se movían los vientos para que no llegaran a Zaragoza, luego probablemente en el ámbito de la actual ribera de Las Fuentes o de Vadorrey. Y sabemos también que estaba vigilada para que los enfermos a medio curar no se escaparan.
Tenemos dudas sobre la existencia de este edificio a donde eran llevados los enfermos y a donde acudían los desempestadores a una la casa-lavadero en donde realizaban sus labores de limpieza. Si era un único edificio, algo lógico, nos tenemos que decantar por una zona entre Las Fuentes y el río Huerva. Si fueran edificios diferentes, gana opciones un edificio que había en la zona de Torrero y que se siguió utilizando para fines similares décadas después.
La defensa contra la enfermedad era clara: separación de enfermos y sanos, aislamiento de contactos, control de desplazamientos, cuarentena domiciliaria, lazareto exterior, limpieza de ropas y viviendas y personal especializado que no podía mezclarse con la población.
Cuando aparecía un enfermo, era sacado de la vivienda y llevado al establecimiento correspondiente. Las personas que habían convivido con él quedaban encerradas durante treinta días, recibían alimentos a través de una ventana y no podían sacar las ropas de la casa. Si no aparecía otro caso, a las semanas se les levantaba el confinamiento. Las viviendas eran ventiladas y permanecían cerradas durante un periodo posterior. La ciudad llegó incluso a prohibir durante dieciocho meses la venta o subasta de determinadas ropas procedentes de casas afectadas
La situación sanitaria en Zaragoza era terrible pues seis cirujanos del hospital murieron de peste y el médico que atendía a esos enfermos enfermó gravemente. Además, numerosos médicos, cirujanos y boticarios habían abandonado Zaragoza. El Ayuntamiento llegó a amenazar a algunos de los huidos con confiscar sus bienes y derribar sus casas si no regresaban.
Durante los peores meses el propio Porcell atendió a los apestados acompañado fundamentalmente por cuatro cirujanos. Visitaba a los enfermos en sus casas dos veces al día, dedicando tres o cuatro horas por la mañana y otras tantas por la tarde. Y él mismo insiste en que examinaba personalmente orinas, pulsos, tumores y ganglios linfáticos y que no permitía que los cirujanos actuaran sin su supervisión.
Porcell no se limitó a intentar curarlos. Los estudió sistemáticamente para intentar entender qué estaba sucediendo. Llevaba una libreta en el que anotaba los enfermos, quién moría o sanaba, cuantos días habían transcurrido desde el comienzo de la enfermedad, cuándo se había abierto el ganglio, si se había abierto prematuramente, qué tratamiento se había empleado y cuál había sido el resultado. Un registro clínico de pacientes que después utilizaba para comparar resultados. Y practicó autopsias a cinco personas fallecidas por la peste, con el consiguiente peligro de contagiarse.
Lo novedoso de aquellas autopsias hechas por Porcell fue emplearlas de una manera sistemática para relacionar los síntomas observados en vida, con las lesiones encontradas después de la muerte, y utilizar esas observaciones para modificar el tratamiento.
Porcell se mostró contrario al empleo indiscriminado de sangrías y purgas y, sobre todo, a abrir los ganglios demasiado pronto. Intentaba decidir el tratamiento según la evolución observada en sus pacientes y posteriormente justificaba sus conclusiones mediante los datos que había ido anotando. Para mediados del siglo XVI, ese recurso explícito a observación, autopsia, registro de casos y comparación de resultados era excepcional.
Porcell no fue él ínico que “salvó Zaragoza”. El gran trabajo de jurados Joan Baptista Sala, Pedro de Insausti y Joan López de Tolosa, junto con cirujanos, enfermeros, clérigos, criados, enterradores, transportistas y los llamados "desempestadores" limpiando casas y pertenencias que habían tocado los enfermos, fue fundamental.
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