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12.9.26

La virgen de Torreciudad. Historia

Virgen de Torreciudad

Nuestra Señora de Torreciudad es una talla románica de Virgen sentada en un Trono o Sedes de la Sabiduría Divina, realizada en madera de álamo y de 83 cm de altura, vinculada estilísticamente a los talleres de Ribagorza y al entorno artístico de Roda de Isábena.

Aunque tradicionalmente se fecha en el siglo XI y su devoción se asocia a la conquista cristiana de la zona de Ribagorza hacia 1084, hay dudas sobre el año exacto de su construcción pero es muy posible que sea cercano a esa fecha.

En esa zona de Aragón ya había una Ermita Medieval en esa época, una pequeña construcción de origen románico (siglo XI) donde se veneraba la imagen original de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. Al lado se conservan restos de una antigua torre de vigilancia defensiva árabe (turris civitatis).

Su aspecto actual está fuertemente condicionado por una restauración del siglo XX que añadió el revestimiento dorado, las coronas y diversos elementos ornamentales. La imagen que hoy vemos en Torreciudad es la talla medieval auténtica, pero su apariencia actual no es enteramente medieval. Se le han ido añadiendo los dorados, las coronas, algunas piedras semipreciosas e incluso la flor que lleva la Virgen.

La virgen y el Niño miran esencialmente hacia el espectador. Predominan la frontalidad, la solemnidad y la ausencia del sentimentalismo materno que aparecerá después en el gótico. El Niño es presentado casi como un pequeño Cristo en Majestad. El modelo tiene antecedentes bizantinos y carolingios y se extendió con extraordinaria fuerza por Europa occidental entre los siglos XI y XII.

Virgen Torreciudad antes restauración



El rostro medieval nos muestra una cabeza algo inclinada, rostro ovalado y macizo, grandes ojos almendrados bajo arcos superciliares suavemente marcados, pómulos definidos, nariz de planos laterales relativamente rectos y una boca cuidadosamente modelada que llega a insinuar una sonrisa, y cabe la posibilidad de que las manos actuales podrían ser añadidas. Es una observación que obliga a ser prudentes cuando se intenta reconstruir milimétricamente el aspecto del original medieval.

El Niño constituye una pieza separada, una talla exenta que puede retirarse del regazo de María. Es un detalle técnico muy significativo, pues es desmontable como sucede en otras vírgenes aragonesas. No se sabe el motivo exacto de esto, pero es muy posible que en algunas ceremonias solo se representara a la Virgen sin el Niño, por ejemplo, en Navidades.

El manto envuelve la figura generando una secuencia muy estudiada de pliegues. González-Simancas observó cómo el escultor intentó explicar visualmente el movimiento de la tela: el manto rodea la cintura, cae alrededor de las piernas y se deforma por el peso del Niño sentado sobre el regazo.

La silla sobre la que se sienta a modo de Trono es sumamente sencilla pero escultóricamente interesante. Posee cuatro montantes cilíndricos, pequeñas basas y remates redondeados en forma de pomo.

En la actualidad los rostros y las manos de la escultura aparecen de un marrón negruzco muy intenso, por lo que numerosas publicaciones la incluyen entre las llamadas Vírgenes negras. Pero eso no demuestra que el escultor medieval quisiera representar una Virgen negra.El envejecimiento de la madera de álamo le había dado un hermoso «tono tostado" e incluso sa sabe que ha aumentado ese tono tan oscuro con barnices o intervenciones posteriores.

La superficie dorada espectacular que ahora cubre el manto, la túnica, el Niño y el trono fue aplicada en la gran restauración del siglo XX. No estamos contemplando intacto un revestimiento de oro del siglo XI o XII que seguramente pudieron no existir en la imagen primitiva. La documentación de la restauración señala igualmente que hacia 1970 se aplicó pan de oro; otras descripciones del proceso sitúan la finalización del conjunto de trabajos en 1974, incluyendo desinsectación, consolidación, policromía y chapado dorado. 

No es una falsificación, es una decisión de restauración propia de una época para ponerla en mayor valor, posiblemente una intervención que hoy no se haría así.

La Virgen había llevado mantos textiles durante siglos y a comienzos del XX aparecía completamente vestida. En fotografías de los años sesenta se aprecia la escultura sin las actuales coronas metálicas. Según el historiador Martín Ibarra, durante la restauración moderna se añadieron las piedras ornamentales del manto y del broche, las coronas de María y del Niño y la flor de la mano derecha. La flor probablemente ocupa el lugar de un atributo desaparecido. La posición de la mano indica que originalmente debió sostener algo, pero no sabemos qué era. Podría haber sido una flor, fruto, orbe u otro objeto simbólico; afirmar cuál sería especulativo.

Del siglo XI-XII quedan esencialmente el volumen y concepción de María sedente, el Niño antiguo, el trono, la estructura del vestido y sus pliegues, la gran fíbula tallada y buena parte del modelado fundamental de las figuras. Es decir, la escultura sigue siendo medieval aunque su «vestido superficial» actual haya cambiado radicalmente.

Y precisamente la imagen desnuda de revestimientos que fotografió González-Simancas antes de la restauración —la fotografía en la que se ve la madera parduzca casi sin oro— es probablemente la que mejor permite estudiar al escultor románico del que no conocemos su nombre.

Se considera que la talla pertenece claramente al ambiente artístico de Ribagorza y relaciona ese florecimiento con la actividad cultural de la sede rotense y con personajes como San Ramón, obispo de Roda, estrechamente vinculado también al arte del valle de Boí. Señala además semejanzas muy importantes entre Torreciudad y Nuestra Señora de Villanúa, particularmente en los rostros de María y del Niño.

La zona llamada Torreciudad está dentro de uno de los territorios donde confluyen Aragón, Ribagorza, Cataluña pirenaica y las corrientes del románico internacional. La tradición afirma que la imagen fue hallada o entronizada en torno a 1083-1084, coincidiendo con la conquista cristiana definitiva de la zona conocida como Torreciudad.

En fotografías de comienzos del siglo XX aparece cubierta con grandes mantos textiles, como era habitual en muchas imágenes medievales cuya escultura original acabó casi completamente escondida bajo vestidos y coronas. En los años sesenta recibió una policromía moderna bastante llamativa, fundamentalmente roja y azul, visible en fotografías de la romería de 1964. Esa capa desapareció posteriormente durante la intervención definitiva en los años 70.

En 1964 la imagen fue llevada a los Talleres de Arte Granda, Madrid, donde se realizó una intervención relativamente limitada de consolidación. Regresó para una peregrinación desde Bolturina en mayo de ese año presidida por el obispo Jaime Flores. Alrededor de 1970, y completándose los trabajos en los primeros años setenta, se llevó a cabo la intervención decisiva, dirigida por Manuel González-Simancas Lacasa. Se eliminaron añadidos y repintes, se consolidó y trató la madera y finalmente se aplicó la presentación dorada que conocemos. 

 Desde 1975, la talla original quedó situada en el camarín central del gran retablo de alabastro del nuevo templo de Torreciudad diseñado por Heliodoro Dols y cuyo retablo realizó Joan Mayné.

Lo valioso de la Virgen de Torreciudad es sobre todo la talla de la madera: su rostro extraordinariamente contenido, el leve movimiento dentro de mirada frontal, la concepción monumental del cuerpo, la separación del Niño, el complejo plegado de las telas, la gran fíbula y el singular trono.

La posesión de la talla de la virgen es una de las claves que definen el litigio por el control del santuario de Torreciudad que enfrenta desde 2020 a la diócesis de Barbastro y el Opus Dei. En realidad debajo de esta pelea sobre documentos y una talla de la virgen, se esconde algo mayor. El control de la iglesia cristiano católica del santuario que está controlada por el Opus Dei.

11.9.26

Un antiguo zaragozano muy importante

Conocer el nombre y la historia de un zaragozano de hace 2.000 años es como poco curioso. Hablaré de Lucio Funisulano Vetoniano, senador y general romano del siglo I, fue muy probablemente natural de Caesaraugusta, aunque su nacimiento zaragozano no está demostrado con seguridad. La coincidencia de su tribu Aniense con la de la colonia de Caesaraugusta y, especialmente, la presencia de un L. Funisulanus entre los duunviros cesaraugustanos de época de Tiberio constituyen sólidos indicios de su pertenencia a una familia de la élite zaragozana y eso nos llevaría a su nacimiento en aquella Zaragoza.

Su nombre completo aparece como Lucius Funisulanus Luci filius Aniensis Vettonianus, es decir: Lucio Funisulano Vetoniano, hijo de Lucio, inscrito en la tribu Aniense.

Fue senador, militar, administrador imperial, gobernador de varias provincias, cónsul sufecto (solo lo fue unos meses) y sacerdote. Su carrera se desarrolló aproximadamente desde mediados del siglo I hasta los últimos años del mismo siglo, atravesando los reinados de Nerón y los Flavios y alcanzando probablemente los comienzos de Trajano. 

estela funeraria de Lucio Funisulano Vetoniano


Su fecha de nacimiento es desconocida. Por la secuencia normal del cursus honorum y porque en el año 62 d. C. ya mandaba una legión como antiguo pretor, cabe pensar que nació probablemente en las primeras décadas del siglo I, quizá hacia los años 20-30.

En favor de su nacimiento en Caesaraugusta hay dos indicios mucho más sugestivos. El primero es su pertenencia a la tribu Aniensis, la tribu romana en la que estaban inscritos los ciudadanos de Caesaraugusta. El segundo es todavía mejor: las monedas acuñadas en Zaragoza en época de Tiberio mencionan como duunviro de la colonia a un L. Funi(sulanus) Vet..., nombre excepcionalmente raro y prácticamente idéntico al suyo. El catálogo Roman Provincial Coinage identifica precisamente a ese magistrado como Lucius Funisulanus Vet..., duunviro de Caesaraugusta.

Francisco Beltrán ha desarrollado esta relación familiar. El magistrado monetal cesaraugustano podría pertenecer a la generación inmediatamente anterior a Vetoniano —tal vez su padre o un pariente próximo—. El propio Vetoniano era Luci filius, «hijo de Lucio», lo que refuerza la coincidencia.

Estamos ante un personaje de enorme importancia en aquellas décadas: un estudio sobre las élites senatoriales lo considera el primer cónsul conocido procedente de la Hispania Citerior.

La carrera de Vetoniano puede reconstruirse fundamentalmente gracias a tres inscripciones honoríficas. La de Andautonia, cerca de Zagreb; la de Forum Popilii en la actual Forlimpopoli; y una base de estatua descubierta en Iader, la actual Zadar, en Croacia. Entre las tres completan buena parte de su biografía pública.

Fue miembro del vigintivirato, probablemente IIIvir capitalis; la restitución exacta del primer cargo presenta alguna discusión epigráfica. En los años 40 a 50 fue Tribuno militar de la Legio VI Victrix, entonces estacionada en Hispania. Después ya en Italia fue cuestor de la provincia de Sicilia, Tribuno y Pretor. Se sabe que en el año 62 fue comandante o Legado de la Legio IV Scythica en la guerra con Armenia, Prefecto del aerarium Saturni o Hacienda romana, Curatos de la Vía Aemilia, relacionado con el control de las aguas en Roma, Cónsul Sufesto, Gobernador de Croacia, de Panonia y de Moesia Superior en donde participó en las guerras dacias, Procónsul en África y finalmente sacerdote dentro de lo que representaba este cargo en aquellos años.

Lucio Funisulano Vetoniano tuvo además una peculiaridad extraordinaria: aparece mencionado por Tácito. En el año 62 mandaba la Legio IV Scythica durante la campaña de Armenia dirigida por Lucio Junio Cesenio Peto contra los partos. Tácito dice expresamente que Funisulano Vetoniano mandaba la IV legión mientras Calavio Sabino mandaba la XII. La expedición terminó muy mal para Roma. Peto quedó cercado por las fuerzas partas de Vologases I y se produjo la humillante capitulación de Rhandeia. La IV Scythica quedó afectada por el desastre.

Lo notable es que la derrota no acabó con la carrera de Vetoniano. No parece que Roma le atribuyera la responsabilidad principal. Años después reaparece ocupando cargos financieros y administrativos de gran confianza y acaba alcanzando el consulado. Era un senador romano y zaragozano con amplia experiencia militar.

En el año 78 d. C., durante el reinado de Vespasiano, alcanzó el consulado sufecto junto con Quinto Corelio Rufo. El nundinium suele fecharse en septiembre-octubre de aquel año. Para un provincial hispano, y mucho más para alguien procedente de Caesaraugusta, llegar al consulado en esa época supone estar situado en la cúspide absoluta de la aristocracia imperial.

Es cierto que aunque nació previsiblemente en Caesaraugusta, lo hizo dentro de una élite colonial romanizada, rica y muy bien conectada, probablemente descendiente de familias relacionadas con los veteranos o primeros colonos de la ciudad. Y eso abre muchas puertas. Entonces y ahora.

Tras el consulado entró en la categoría de los grandes gobernadores imperiales. Gobernó Dalmacia aproximadamente entre 79 y 84. Pasó después a Panonia, una provincia fronteriza extraordinariamente militarizada. Hay documento que confirman que el ejército de Panonia estaba bajo el mando de Lucius Funisulanus Vettonianus en 84 y 85; uno de ellos está fechado el 5 de septiembre de 85. A continuación gobernó Moesia Superior, probablemente desde la reorganización de Moesia efectuada por Domiciano hacia 86. Se encontraba así directamente enfrentado al nuevo gran problema militar de Roma: los dacios al norte del Danubio.

Aquí Vetoniano volvió a encontrarse en una guerra importante, pero esta vez el resultado para su carrera fue completamente distinto. La inscripción de Andautonia especifica que fue condecorado durante el bellum Dacicum concuatro coronas —mural, vallaris, classica y aurea—, cuatro hastae purae y cuatro vexilla. Era el conjunto de dona militaria correspondiente a un militar de rango consular, es decir, una recompensa de extraordinario prestigio siendo comandante militar.

Alrededor de 91-92 alcanzó uno de los grandes premios finales de una carrera senatorial: el proconsulado de Africa Proconsularis. África era una de las dos provincias senatoriales de máximo prestigio —junto con Asia— reservadas normalmente a antiguos cónsules con carreras muy distinguidas. Que Vetoniano llegara hasta allí confirma que estaba situado entre la élite más alta del Senado romano. La inscripción de Forum Popilii es particularmente importante porque añade este proconsulado africano, además de su función de curator aquarum y su pertenencia a los sodales Augustales.

Vetoniano perteneció también a los septemviri epulonum, uno de los cuatro grandes colegios sacerdotales de Roma. Su función estaba relacionada con los banquetes públicos de los dioses y con grandes ceremonias religiosas del Estado. También fue sodalis Augustalis, vinculado al culto imperial. No eran cargos puramente religiosos en nuestro sentido moderno. Eran una señal pública de pertenencia a la aristocracia política romana.

El 12 de febrero de 82, una mujer llamada Funisulana Vettulla dejó una inscripción en uno de los Colosos de Memnón, en Tebas-Luxor. La inscripción dice que era esposa de Gaius Tettius Africanus, prefecto de Egipto, y que había acudido por tercera vez a escuchar el famoso sonido que emitía el coloso al amanecer. El rarísimo nombre Funisulana hace prácticamente inevitable relacionarla con Vetoniano. El parentesco exacto no figura en la inscripción: se ha considerado hija o hermana. Francisco Beltrán Lloris ha defendido específicamente que se trataba de su hermana, y ha relacionado también a ambos con Caesaraugusta. Eso nos daría una familia cesaraugustana extraordinariamente internacional en el siglo I: un hermano senador, cónsul y gobernador de medio Imperio y una hermana casada con el prefecto de Egipto.

Se conoce también una inscripción funeraria con su nombre en el entorno de la Via Latina de Roma. Su muerte suele situarse alrededor del 98 d. C., aunque yo no trataría esa fecha como absolutamente segura. Sabemos, en todo caso, que su trayectoria alcanzó el final del siglo I.

Si aceptamos su origen cesaraugustano, Lucio Funisulano Vetoniano no sería simplemente «un romano nacido en Zaragoza». Sería probablemente uno de los personajes políticamente más poderosos nacidos en Caesaraugusta durante toda la Antigüedad: senador, comandante de dos legiones en distintos momentos, cónsul de Roma, gobernador de al menos tres grandes provincias imperiales, procónsul de África, sacerdote del Estado romano y general condecorado en las guerras del Danubio.

Y resulta especialmente significativa la evolución familiar que parece reflejar: apenas unas décadas después de la fundación de Caesaraugusta, encontramos en sus monedas a un Funisulanus ejerciendo como duunviro municipal; una generación después, un miembro aparentemente de aquella misma familia se encontraba gobernando provincias y sentado entre los cónsules del Imperio.

10.9.26

Nuevos cementerios en Zaragoza

muralla romana zaragoza


En los últimos dos años, las obras públicas y proyectos de regeneración urbana en Zaragoza han sacado a la luz múltiples restos humanos históricos que están transformando de forma drástica lo que se conocía sobre los límites históricos de la ciudad. Con estos nuevos datos sabemos ya que Zaragoza era más grande, más amplia, y por ello era habitada por un número mayor de zaragozanos en la época islámica.

Los hallazgos recientes más sorprendentes demuestran que la Zaragoza musulmana extramuros en los siglos X y XI era mucho más extensa de lo calculado, expandiéndose significativamente hacia la margen derecha del río Huerva. Siempre se había pensado que la ciudad no había cruzado el Huerva en su expansión urbana y ahora se está demostrando que los musulmanes se asentaron también en esas zonas hacia Miguel Servet y Montemolín.

Calle Pomarón: Un importante hallazgo en pleno centro urbano sacó a la luz una gran necrópolis con más de 230 cuerpos enterrados bajo el rito musulmán (orientados hacia La Meca).

Camino de las Torres / Parque Villafeliche: Durante las excavaciones para la actualización del entorno del río Huerva (cerca del antiguo Convento de San José), los arqueólogos municipales descubrieron una extensión de este cementerio islámico del siglo X. Aunque inicialmente aparecieron 27 cuerpos, los trabajos posteriores terminaron por recuperar al menos 85 cuerpos en un excelente estado de conservación. Y solo se trabajó en las zonas que se tenían que modificar en el nuevo urbanismo.

Inmediaciones de la Calle Coimbra: Los enterramientos de la calle Coimbra y el Camino de las Torres, localizados en la margen derecha del Huerva, rompen por completo esa teoría: demuestran que la influencia y ocupación civil estable de la Taifa de Zaragoza cruzó el río de forma masiva. En el urbanismo islámico medieval, las necrópolis nunca se situaban al azar; se colocaban siempre extramuros pero inmediatamente conectadas a zonas habitadas (barrios periféricos o arrabales). El hallazgo de cientos de cuerpos en este eje histórico (calle Pomarón, Camino de las Torres y calle Coimbra) constata que en esa zona existió un importantísimo y densamente poblado arrabal oriental que los textos de los cronistas medievales no habían llegado a registrar con exactitud. La estricta colocación de los cuerpos en fosas simples, sin apenas ajuar, de cúbito lateral derecho y con la mirada orientada hacia La Meca, visibiliza una comunidad profundamente islamizada y homogénea en sus costumbres funerarias. Al encontrarse hombres, mujeres y niños enterrados de manera sistemática y normalizada, se descarta que fuera un cementerio improvisado por una batalla o una epidemia repentina. Era el espacio funerario cotidiano de una población civil estable que habitó la zona durante generaciones antes de la llegada de Alfonso I el Batallador en 1118.

A su vez se han encontrado en las reformas de la Plaza de San Miguel y el Coso llevadas a cabo en esta emblemática plaza y sus inmediaciones restos medievales cristianos del siglo XIV al XVI. Paralelamente a la aparición de murallas y materiales de época romana, los arqueólogos locales han documentado fragmentos óseos vinculados al antiguo cementerio medieval de la Parroquia de San Miguel.

9.9.26

La historia de Bazar X en Zaragoza

Popular Bazar X de Zaragoza

El establecimiento que conocimos de niños los hoy ya abuelos actuales y que se llamaba Bazar X había sido inaugurado en el Coso 27 el 6 de octubre de 1904 por la familia Sanz Beneded. En el año 1911 ya consta como dueña la viuda de Felipe Sanz. El local es el mismo que actualmente ocupa la FNAC con tres planas. Era pues un comercio de juguetería grande para la época.

Es cierto que el Bazar X fue ampliándose y transformándose físicamente desde su inauguración, pero siempre permaneció vinculado a ese mismo emplazamiento hasta su cierre en 1974. En las últimas décadas, las sucesivas reformas acabaron configurando un gran espacio comercial correspondiente al actual Coso 25-27, con una fachada mucho mayor que la primitiva.

De bien niño, principio de los años 60 del siglo XX, recuerdo una noche de Reyes, las horas previas, que mi padre que trabajaba todo lo que no estaba ni escrito, me llevó hasta ese comercio a ver juguetes y a mí me extraño mucho aquellos horarios nocturnos en los que las tiendas estaban abiertos todavía. Eran las únicas horas, pasadas las 10 de la noche, en las que mi padre podía estar con sus hijos fuera del trabajo.

Allí había juguetes muy simples de plástico puro y simple, y juguetes mucho más sofisticados. Yo siempre opté por los primeros. No había otra manera de tener juegos nuevos.

La prensa lo presentó ya como un comercio extraordinariamente moderno para Zaragoza. Heraldo de Aragón consideraba que estaba instalado al nivel de los mejores bazares de aquel género existentes en Madrid. Y esto es importante. Desde el principio el Bazar X no pretendió ser una modesta juguetería de barrio, sino un establecimiento cosmopolita situado en uno de los puntos comerciales más valiosos de la ciudad.

El Coso Alto era entonces uno de los grandes escaparates de la Zaragoza burguesa. En pocos metros se concentraban comercios modernos, cafés y establecimientos de ocio. El Bazar X estaba en el 27 del Coso; en el 29 se instalaría en 1908 la joyería El Trust; y muy cerca se encontraba ya la embocadura de Alfonso I y la plaza de la Constitución, actual plaza de España.

Aunque quedó en la memoria de varias generaciones fundamentalmente como juguetería, originalmente era un bazar en el sentido amplio de la palabra. Un anuncio de 1906 nos proporciona una fotografía comercial magnífica: ofrecía adornos para la cabeza, bolsos de señora, artículos de piel, bisutería fina, tarjetas postales y muchos otros objetos. Utilizaba además dos reclamos muy modernos: «Precios fijos marcados» y «Entrada libre».

Esto último tiene más importancia de la que parece. La entrada libre invitaba a pasear por el establecimiento y mirar sin estar obligado a comprar, aproximándose progresivamente al concepto de grandes almacenes. Algo que en aquellos años era toda una novedad. Se podía entrar y nadie te preguntaba nada, simplemente se entraba a mirar novedades.

Los juguetes adquirieron pronto enorme importancia. Para la campaña de Navidad de 1906, el establecimiento anunciaba remesas enviadas por importantes fabricantes de París y Núremberg, preparando una gran exposición desde el 15 de diciembre hasta Reyes. Esto confirma algo que las fotografías ya sugieren. Bazar X estaba introduciendo en Zaragoza mercancías internacionales y novedades que probablemente no resultaban fáciles de encontrar en el comercio tradicional.

El Archivo Universitario conserva una factura de Bazar X, Coso 27, por juguetes destinados a premios con motivo de las celebraciones del centenario de la muerte de Goya.

El algunos estudios se señala que originalmente tuvo una portada modernista trabajada en madera. Esta circunstancia encaja perfectamente con el momento de apertura, 1904, cuando el modernismo estaba dejando una huella muy visible en los nuevos establecimientos zaragozanos.

A partir de 1930, la familia Sanz Beneded compró a su hasta entonces arrendador, Luis Higuera Bellido, marqués de Arlanza, los edificios números 25 y 27 del Coso. El precio fue nada menos que un millón de pesetas. Desde ese momento comenzaron progresivamente las reformas que terminarían integrando ambos solares en una operación inmobiliaria mucho mayor.

Eso explica bastante bien que en fuentes o fotografías tardías aparezca unas veces Coso 27 y otras Coso 25. El establecimiento había aumentado enormemente su fachada y superficie. No parece que debamos interpretarlo como un Bazar X que abandonó un local y abrió otro más cerca de Alfonso, sino como un negocio que fue absorbiendo y transformando los inmuebles 25 y 27 del Coso. La propia monografía continúa describiendo su trayectoria como setenta años en Coso 27.

La expansión económica trajo una continua transformación física. En 1933 consta una licencia para realizar reformas interiores en el número 27: modificación de la trastienda, derribo de tabiques y entreplanta, apertura de huecos, etc. En 1935 la antigua imagen modernista había sido sustituida por otra mucho más acorde con la estética moderna del momento. Es interesante observar que el comercio no conservaba deliberadamente una imagen antigua porque tuviera éxito: se renovaba para parecer siempre moderno. Esta capacidad de reinventar su aspecto probablemente fue una de las razones de su supervivencia durante siete décadas.

En los años cuarenta volvió a modificarse su fachada, incorporando una marquesina y materiales más contemporáneos. Paralelamente fue cambiando el concepto comercial: progresivamente dejó de ser aquel pequeño bazar especializado en objetos originales y curiosidades para convertirse en un establecimiento de mayores dimensiones y dirigido a sectores sociales más amplios.

Fue un ejemplo zaragozano del paso de la tienda-bazar al concepto de almacén moderno. Al principio importaba objetos novedosos, atendía a una clientela principalmente burguesa y funcionaba también como espacio de encuentro social. Después de la guerra y especialmente entre finales de los años cuarenta y comienzos de los sesenta fue convirtiéndose en una superficie de venta mucho mayor, con abundancia de mercancía y clientela socialmente más diversa. Es decir, el Bazar X de 1910 y el Bazar X de 1965 tenían el mismo nombre y continuaban en el mismo lugar, pero ya no eran comercialmente la misma clase de tienda.

El proyecto que transformaría definitivamente los solares de Coso 25 y 27 fue realizado por los arquitectos Teodoro Ríos Balaguer y su hijo Teodoro Ríos Usón. Existe un plano de emplazamiento fechado en marzo de 1956. Las obras fueron largas y el establecimiento fue adaptándose provisionalmente conforme avanzaba la construcción. El nuevo inmueble no quedó terminado hasta 1962, una gran y larga obra pues debía mantener el comercio abierto. El edificio había sido terminado en junio de 1962 y recibió el V Trofeo Ricardo Magdalena en 1963.

Dicen que fue el primer comercio zaragozano dotado de escalera mecánica para acceder a la primera planta. Tengo mis dudas pues yo siempre creí que en Zaragoza la primera escalera mecánica la instaló SEPU en la calle Torrenueva. Hay que revisar datos.

Poco antes del cierre, José María Zaldívar recordó en El Noticiero el impacto que tenían las campañas navideñas de Bazar X: juguetes alemanes, soldados de plomo, trenes, automóviles, mecanos, muñecas y todo un universo infantil. Recordaba también la figura de un Rey Mago instalado en el establecimiento para recoger las cartas de los niños. Cuando cerró, provocó una reacción sentimental mucho mayor que la desaparición de una tienda corriente. Para varias generaciones de zaragozanos estaba asociado a la infancia y a la Navidad.

El Bazar X cerró definitivamente en enero de 1974 tras las navidades, después de casi setenta años. Su desaparición debe comprenderse dentro del cambio acelerado que experimentaba el comercio español: expansión de nuevos grandes almacenes, nuevas formas de distribución y consumo y progresiva pérdida del modelo de comercio familiar tradicional.

La familia propietaria era una notable saga empresarial zaragozana. Felipe Sanz Beneded aparece como figura fundamental en la expansión del negocio durante el siglo XX. Y existe una conexión histórica muy llamativa: uno de sus hijos fue Ángel Sanz Briz (1910-1980), el diplomático zaragozano conocido por su actuación en Budapest durante la Segunda Guerra Mundial. Fuentes biográficas sobre Sanz Briz identifican expresamente a su familia como propietaria del Bazar X.

Una biografía de Ángel Sanz Briz afirma que su abuelo, Felipe Sanz Espuis, abrió un Bazar X en Coso 27 nada menos que en 1870. La referencia utilizada para esa afirmación es un artículo de Blanco y Negro de 1934. Sin embargo, la investigación específica de Patricia Díez, la documentación municipal de la portada del establecimiento y la noticia contemporánea de Heraldo de Aragón coinciden en señalar 1904 como inauguración del Bazar X zaragozano. Además, la propia monografía establece que el negocio surgió como continuación de otro establecimiento de la familia, el Bazar de la Unión.

El comercio llamado Bazar X fue bastante más importante de lo que puede parecer por el recuerdo de una antigua juguetería. Constituye prácticamente un resumen en un solo establecimiento de setenta años de evolución comercial de Zaragoza, desde pequeño bazar modernista para una burguesía urbana en 1904, a un comercio cosmopolita de mercancías importadas, gran juguetería popular y, finalmente, almacén moderno de varias plantas en los años sesenta.


En el año 1975 (un año después de cerrar el primitivo Bazar X), otro empresario zaragozano comenzó a utilizar el nombre comercial de Bazar X en la calle La Paz 31 y en García Sánchez 14. El primer local se amplió hasta poner la entrada por Albert Schweitzer 3, pero, aunque llevan el mismo nombre comercial, han sido empresas diferentes, con dueños distintos. Actualmente esta nueva Bazar X está integrado en el Grupo Juguettos.


Anuncio 1935, todo a un duro


8.9.26

Una persona muy curiosa en la Zaragoza de 1910

Coso de Zaragoza

Esta imagen, coloreada por IA y por ello con algunos detalles que son ligeramente modificados, es del Coso zaragozano del año 1910, en el número 27. Más de un siglo. Me resulto muy curiosa pues refleja la vida cotidiana, la gente en la calle, paseando y dirigiéndose a sus tareas. 

Al verla más de cerca, con más detalle, me encontré con la zona que vemos abajo del todo. Una persona agachada, muy tapada, posiblemente un indigente de 1910, pero sentado en una silla. 

Estaba a la entrada del comercio Bazar X que luego fue ampliándose en el mismo lugar cogiendo locales de su proximidad, un local que todavía utiliza (creo que ya por pocos meses) la FNAC




7.9.26

Gran Restaurant de Rosa Fortis en Zaragoza

Gran Restaurant de Rosa Fortis








RESUMEN.: Fundado hacia 1850 por la saga piamontesa Fortis, el Gran Restaurant de Rosa Fortis fue pionero de la restauración moderna en Zaragoza. Liderado por Doña Rosa Fortis en 1880, se ubicó en la calle Don Jaime I (antigua San Gil 84, tras la reorganización urbana de 1860).

Este innovador negocio combinaba alta cocina francesa, pastelería, catering por encargo y bodega. Con iluminación de gas y comedores privados, introdujo un servicio cosmopolita orientado a la burguesía, ofreciendo desde menús accesibles de seis reales hasta selectos banquetes.

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 El Gran Restaurant de Rosa Fortis fue uno de los establecimientos pioneros de la restauración moderna en Zaragoza durante el siglo XIX. Su propia publicidad afirmaba que había sido fundado en 1850 y, que en los años 1879-1880, estaba instalado en el número 25 de la calle Don Jaime I. Sus antecedentes deben buscarse en la actividad hostelera de la familia piamontesa Fortis, vinculada desde la década de 1840 a la Fonda de las Cuatro Naciones y a la fundación de uno de los primeros restaurantes que tuvo Zaragoza en la antigua calle de San Gil, luego D. Jaime.

En 1880 el restaurante de Rosa Fortis era descrito como uno de los establecimientos culinarios más importantes de la ciudad de Zaragoza. Ofrecía cocina francesa, vinos aragoneses y andaluces, comedores espaciosos y lujosamente decorados, iluminación de gas y un servicio atendido por camareros españoles e italianos, de donde provenía la familia fundadora. 

Además de las comidas servidas en el local, preparaba encargos para particulares que se los podían llevar (sí, en el siglo XIX) , disponía de vinos y licores nacionales y extranjeros y realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería. Los cubiertos se ofrecían desde seis reales, que eran 1,5 pesetas. Traducido al año 2026 por los IPC y similares, podemos decir que estamos hablando de un menú básico de unos 7 a 8 euros actuales.

Pero ese valor es algo mentiroso si lo comparamos realmente con lo que cuesta la vida hoy y con el porcentaje del sueldo diario que representaba en ese año las 1,5 pesetas. Si lo analizamos desde ese punto de vista del sueldo diario de entonces y de ahora, el Menú saldría al cambio por unos 25 euros como mínimo.

Aunque su publicidad daba el año 1850 como año de fundación, sabemos que en esa fecha no estaba ya en el número 25 de Don Jaime I. La calle fue profundamente transformada a partir de 1857 y las fuentes de 1860-1861 sitúan el restaurante de la familia de Rosa Fortis en la antigua calle de San Gil, pero en el número 84. La aparición posterior ya con la calle cambiada de nombre a Don Jaime I, 25, parece formar parte de esa evolución urbana y comercial.

El Gran Restaurant de Rosa Fortis se anunciaba como fundado en 1850, pero no dicen esos anuncios que estuviera ya desde 1850 en el número 25 de la calle Don Jaime I. La historia del establecimiento y la transformación de esa calle son más complejas. Precisamente entre 1858 y 1863 Zaragoza cambió radicalmente ese sistema de numeración de las calles de Zaragoza, por lo que existe la duda de si realmente el restaurante de San Gil y el de Don Jaime fueran el mismo o diferente local.

La reforma urbana de Zaragoza del año 1860 hizo dos cosas al mismo tiempo. Primero, agrupó bajo un único nombre varios tramos de calles que antes tenían denominaciones diferentes: San Gil, San Pedro, Virgen del Rosario, Cuchillería, etc., pasaron a formar la nueva calle de Don Jaime I. Segundo, se procedió a renumerar completamente los edificios, y a dejarlo de hacer por manzanas y de forma correlativa, cambiando pares e impares según eran aceras de la izquierda (impares) o de la derecha (pares) con arreglo al punto de inicio en la Audiencia de Zaragoza.

El anuncio que se repite en muchos números explica además con bastante precisión qué tipo de negocio era. Servía comidas tanto en el propio establecimiento como por encargo «para fuera de la capital»; disponía de vinos y licores españoles y extranjeros; realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería; y ofrecía cubiertos desde 6 reales. No estamos ante una simple casa de comidas. Era un establecimiento que reunía varias actividades que hoy separaríamos: restaurante, catering, pastelería-confitería y comercio de vinos y licores.

La propia Revista de Aragón, al indicar uno de sus puntos de suscripción, señalaba que la librería de Juan Osés estaba en Don Jaime I, 42, «frente al restaurant de Fortis».

La gran operación de ensanche y regularización de la calle San Gil se produjo hacia 1857, derribando edificios y alterando las antiguas calles y alineaciones. El historiador Santiago Parra documenta esas transformaciones y señala que afectaron precisamente al entorno donde estaban instalados los negocios hosteleros de la familia Fortis.

La Guía de Zaragoza de 1860-1861, dice que el señor Fortis, propietario de la Fonda de las Cuatro Naciones, había abierto un restaurant en la calle de San Gil, 84. Lo describe con mesas muy bien servidas y escaparates llenos de preparaciones culinarias destinadas a atraer a gastrónomos y golosos. Y veinte años después, en mayo de 1880, cuando el establecimiento ya se anunciaba en Don Jaime I, 25, un cronista seguía refiriéndose a él como el antiguo restaurante de la calle de San Gil.

El nombre Rosa Fortis no era simplemente una razón comercial heredada. Una crónica de la Revista de Aragón de 15 de mayo de 1880 habla expresamente de «Doña Rosa Fortis» y cuenta que había invitado recientemente a varios periodistas zaragozanos a su establecimiento. El articulista elogia su generosidad y, sobre todo, dedica un largo comentario al restaurante. Es pues muy probable que Rosa Fortis ejercía personalmente como responsable o anfitriona del establecimiento en esos años. No era un nombre puramente histórico colocado sobre la puerta.

Y se habla de cocina francesa, vinos procedentes de Aragón y Andalucía, habitaciones confortables y lujosas lo que nos da idea de que además era Fonda, comedores espaciosos y artísticamente decorados; iluminación mediante gas; servicios de mesa de calidad y camareros españoles e italianos. El cronista llega a decir que aquellas mejoras habían convertido al antiguo y modesto restaurante de San Gil en «uno de los establecimientos culinarios más importantes» de Zaragoza. Hacia 1880 el de Rosa Fortis era ya un restaurante de categoría, dirigido a una clientela burguesa y acomodada, aunque ofreciera cubiertos desde seis reales.

El anuncio comercial no da una carta concreta, pero la crónica de 1880 menciona expresamente ostras, pescados, aves y vino de Jerez, además de hacer referencia a una cocina francesa muy elaborada. En sus escaparates de la calle San Gil se exponían preparaciones semejantes a las de establecimientos refinados como Lhardy en Madrid: pasteles salados, civets, fiambres, embutidos, aves y asados. En un anuncio anterior de Juan Fortis, se ofrecían pollos, capones, perdices, jamón dulce, queso de cerdo y solomillos. En 1871 se documenta igualmente la venta de un «abundantísimo surtido» de turrones para Navidad en el restaurante de los Fortis. La pastelería y la confitería que Rosa anuncia en 1879 no eran una actividad secundaria improvisada: formaban parte de una tradición familiar de elaboración y exposición de productos preparados.

Según la investigación de Santiago Parra, el primer Fortis que aparece claramente establecido en Zaragoza es Juan Fortis, relacionado con una familia de hosteleros italianos que ya operaba en Barcelona. Procedían del Piamonte, región del norte de Italia de donde llegaron a España varias familias dedicadas profesionalmente a la hostelería. Juan Fortis regentaba la Fonda de las Cuatro Naciones y está documentado en Zaragoza al menos desde 1843, cuando el establecimiento participó en el banquete celebrado con motivo de la jura de la Constitución por Isabel II. En 1849 aparece ya la firma Juan Fortis y Compañía anunciando productos preparados procedentes de un gran baile celebrado en casa de los marqueses de Lazán. La actividad hostelera de los Fortis en Zaragoza era al menos desde 1843 y que 1850 es el momento en que se independizó o formalizó como restaurante una actividad culinaria que previamente estaba integrada en la fonda.

Hasta mediados del siglo XIX, en Zaragoza lo habitual eran posadas, fondas, figones y casas de comidas. El concepto moderno de restaurant, importado principalmente de Francia, estaba empezando a introducirse. La Guía de Zaragoza de 1860-1861 tuvo incluso que explicar a sus lectores qué significaba aquel nuevo tipo de establecimiento. Se describía como algo intermedio entre una pastelería y una fonda, con un servicio de comida más refinado y posibilidad de elegir platos. Y como ejemplo destacado citaba precisamente el restaurant del señor Fortis en San Gil, 84. Por ello podemos considerar el establecimiento de los Fortis —del que posteriormente aparece Rosa como titular— como uno de los primeros restaurantes en sentido moderno de la historia de Zaragoza.

Los Fortis y otra familia fundamental en la hostelería zaragozana, los Zoppetti, eran de origen piamontés. Según Parra, fueron estos profesionales extranjeros quienes introdujeron en Zaragoza muchas pautas de la cocina francesa e internacional, especialmente en los grandes banquetes de la segunda mitad del siglo XIX, y el restaurante debió de ofrecer una experiencia relativamente cosmopolita para la Zaragoza de entonces. Recetas francesas, servicio profesionalizado, productos extranjeros, vinos españoles seleccionados y personal de procedencias diversas.

En 1859, Gaudencio Fortis solicitó una licencia municipal para modificar unas puertas de su restaurante La Esmeralda, situado en la calle San Gil. Santiago Parra considera probable que fuese el restaurante vinculado al hotel de los Fortis. Cabe la duda de saber si el establecimiento nacido hacia 1850 pasase por diferentes denominaciones o nombres comerciales antes de aparecer definitivamente como Gran Restaurant de Rosa Fortis.

El restaurante de Rosa Fortis y la Fonda —posteriormente Hotel— Universo y Cuatro Naciones pertenecen al mismo universo empresarial y familiar de los Fortis, pero no debemos considerarlos automáticamente un único establecimiento.

La primitiva Fonda de las Cuatro Naciones estuvo en la calle San Pedro número 3 y sufrió un grave incendio el 6 de julio de 1855. Después, coincidiendo con la transformación urbanística de la calle Don Jaime, los servicios hosteleros de Fortis pasaron temporalmente a la casa de la condesa de Torresecas, en el Coso número 5, mientras se reconstruía el establecimiento. Finalmente reapareció como Hotel Universo y de las Cuatro Naciones. Los Fortis continuaron gestionándolo durante décadas, aunque el inmueble pertenecía a otra familia. Al filo del siglo XX la gestión pasó a Pedro Durio.

Por eso considero muy probable que el Gran Restaurant de Rosa Fortis estuviera estrechamente ligado a esa saga hostelera.

Sabemos que Juan Fortis fue el primer gran hostelero de la familia documentado en Zaragoza y que después aparece su hijo Gaudencio Fortis gestionando diferentes negocios. Pero no he encontrado todavía un documento que diga que Rosa fuese, por ejemplo, «hija de Juan» o «hermana de Gaudencio». Sería una deducción demasiado arriesgada. Lo que sí sabemos documentalmente es que en 1880 era tratada como «Doña Rosa Fortis», que recibía personalmente a invitados y periodistas y que el establecimiento llevaba oficialmente su nombre. Es bastante para reconocerla como una de las primeras mujeres que aparecen nominalmente al frente de un restaurante importante de Zaragoza, aunque nacesitaría reconstruir su biografía para concretar.

Tampoco he encontrado todavía una fecha segura de cierre. La actividad hostelera de los Fortis continuó durante las décadas siguientes, y hacia 1890 el Hotel Universo servía elaboradas cartas de inspiración francesa. Pero esas cartas corresponden al Hotel Universo/Cuatro Naciones, por lo que no debemos atribuirlas automáticamente al establecimiento de Rosa Fortis en Don Jaime 25.

El anuncio decía: "Se sirven cubiertos desde 6 reales en adelante". El cubierto era aquí una comida a precio fijado, aproximadamente el equivalente a lo que hoy llamaríamos un menú del día, aunque la composición y el sistema de servicio eran diferentes.

Los seis reales eran el precio mínimo. El cliente podía gastar considerablemente más escogiendo productos, vinos o preparaciones especiales. No era un pequeño comedor oscuro y popular. Debía disponer de varios espacios, con comedores amplios, decoración cuidada, iluminación de gas, buenos servicios de mesa y personal especializado. Había escaparates de alimentos preparados y una parte importante del negocio consistía en encargos de comidas, pastelería y repostería. Y como era moda en aquellos tiempos, comedores privados y pequeños para familias acomodadas o reuniones de negocios con comida. Y debió de tener una clientela de cierto nivel social.

La Madrileña y Casa Montal en Zaragoza

Anuncio La Madrileña de Zaragoza

Casa Montal, como negocio de la familia Montal, abrió con ese nombre en Zaragoza en 1919 una tienda que todavía existe, algo transformada por los tiempos. Ese año, Jacinto Montal junto a sus hijos, se hizo cargo de una tienda de alimentación que ya existía en el mismo lugar, junto a la plaza de San Felipe, y la renovó e impulsó como nuevo negocio familiar.

El establecimiento de alimentación preexistía desde antes de 1890 y se llamaba «La Madrileña», antecedente directo de la posterior Casa Montal. 

La propia historia oficial de Montal dice expresamente que en 1919 Jacinto Montal "renueva e impulsa" una tienda de alimentación ya existente, que habían comprado. 

Casa Montal en la plaza San Felipe, abrió como negocio de la familia Montal en 1919, al hacerse cargo Jacinto Montal, de una tienda de ultramarinos o alimentación que funcionaba en aquel emplazamiento (se dice en algunos documentos que…) desde 1890 llamada La Madrileña. Hay dudas de la fecha en la que se instaló La Madrileña en esa plaza de San Felipe, pues algunos datos nos hablan que ya en el año 1879 existía ese local de venta de productos de alimentación y en la plaza citada.

En diciembre de 1878, la "Revista de Aragón" publicaba repetidamente anuncios de LA MADRILEÑA. Depósito exclusivo de chocolates de Matías López y López. Plaza de San Felipe, número 13, y eso me lleva a poder afirmar que en la plaza de San Felipe existía ya un comercio llamado La Madrileña como mínimo en 1878. 

Además, no parece que fuese una pequeña tienda de comestibles corrientes pues vendía chocolates, cafés y tés de Matías López; pastas italianas de sémola; tapioca, maíz o sagú, sopas extranjeras; mostazas y pepinillos; champiñones; trufas del Périgord; langosta, lubina, calamares, lamprea, truchas, anchoas y sardinas; «carne de los Estados Unidos», salchichones y conservas vegetales.

Era pues lo que entonces se llamaría un comercio de ultramarinos finos y productos coloniales, antecedente bastante reconocible del carácter gourmet o productos de calidad y diferentes, que mucho después tendría Casa Montal.

En aquellos años de finales del siglo XIX aquella zona era tremendamente comercial, muy concurrida, en una plaza que la Torrenueva era un aliciente a la vez que un estorbo para algunos comerciantes, y de eso hablaré otro día. Era el camino básico desde el centro de la ciudad hacia el Mercado Central, entonces el único mercadillo grande y moderno, y por eso era una calle, la actual calle Torrenueva desde la plaza San Felipe, un paso obligado por el que circulaba media Zaragoza.

Plaza San Felipe de Zaragoza


6.9.26

La Torre Faro de la Feria de Muestras de Zaragoza

Torre Feria Muestras de Zaragoza

La torre que vemos en la imagen se construyó fundamentalmente entre 1943 y 1944 y fue inaugurada en 1944. Fue la Feria de Muestras de Zaragoza y hoy es el edificio de la Cámara de Comercio de la ciudad.

Terminada la Guerra Civil, se planteó crear en Zaragoza un recinto permanente para la Feria de Muestras, y la iniciativa quiso vincularse inicialmente a los actos del XIX Centenario de la Venida de la Virgen del Pilar. Francisco Blesa Comín, que acabaría presidiendo la Cámara Oficial de Comercio e Industria, impulsó la idea de levantar un denominado Palacio de la Producción Aragonesa, que sirviera como recinto ferial permanente.

El proyecto fue encargado a tres arquitectos zaragozanos: Regino Borobio Ojeda (1895-1976), José Borobio Ojeda (1907-1984) y José Beltrán Navarro.

Por tanto, aunque a veces se atribuye simplemente a «los hermanos Borobio», la documentación que existe deja claro que José Beltrán Navarro fue también coautor del proyecto. El propio Ayuntamiento de Zaragoza atribuye actualmente el edificio a «los hermanos Borobio y José Beltrán Navarro». La memoria del proyecto inicial está fechada en abril de 1940. El conjunto debía comprender el Palacio de Exposiciones, la torre y los espacios al aire libre para los stands.

El nuevo recinto pudo utilizarse ya para la I Feria Nacional de Muestras, celebrada del 22 de mayo al 22 de junio de 1941, pero la torre aún no existía tal como la conocemos. Aquella primera instalación ocupaba unos 15.000 m² y reunió 270 stands.

La torre comenzó realmente a levantarse en 1943. En aquel año se construyeron los pórticos y el patio de entrada y comenzó a levantarse la torre. Al acabar aquella fase, la torre únicamente alcanzaba aproximadamente tres metros por encima de las terrazas de los pórticos. Durante 1944 se emprendió su terminación y, además, se modificó considerablemente el diseño previsto en 1940. Finalmente quedó concluida con el aspecto esencial que conserva actualmente y fue inaugurada con la IV Feria Oficial y Nacional de Muestras de Zaragoza, en 1944.

El proyecto original era bastante diferente, en el proyecto de 1940 se pensaba en una torre de ladrillo de aspecto bastante más directamente neomudéjar, terminada mediante tres cuerpos superpuestos de arquerías. En los grandes paños de ladrillo iban a introducirse labores ornamentales inspiradas en las torres mudéjares aragonesas e incluso azulejos con los cuarteles del escudo de Aragón.

Cuando se retomó definitivamente la torre en 1944, los arquitectos decidieron hacerla más espectacular. Y la realizaron mucho más grande tanto en planta como en altura. La ampliación de la base permitió colocar un ascensor que llevara a los visitantes hasta la parte superior. Y, sobre todo, abandonaron los tres cuerpos de arquerías previstos inicialmente.

En su lugar apareció el elemento que ahora resulta inconfundible en tu fotografía: el enorme mirador acristalado de dos alturas, sobre el que se levanta el chapitel. Ese cambio convirtió la torre no solamente en símbolo de la Feria, sino también en mirador sobre Zaragoza.

La torre alcanza aproximadamente 33 metros hasta la cornisa del cuerpo acristalado y 59 metros contando el chapitel. La cifra de 59 metros es también la que conserva en su información oficial el Ayuntamiento y la propia Cámara de Comercio.

En el chapitel se instaló realmente un reflector o faro. En la documentación de 1944 se afirmaba que sus destellos estaban concebidos para ser visibles hasta una distancia aproximada de 40 kilómetros, de manera que llamasen la atención de quienes se aproximasen a Zaragoza.

Resulta fácil comprender su intención si pensamos dónde estaba entonces la Feria. Lo que actualmente es una zona plenamente urbana —Romareda, Isabel la Católica, plaza Carlos V— estaba en los límites meridionales de la Zaragoza construida entonces. Una torre de casi 60 metros debía resultar extraordinariamente visible sobre un paisaje todavía muy despejado. Era el extrarradio de la ciudad.

Es de una arquitectura que mezcla la tradición local aragonesa y mudéjar, especialmente visible en el tratamiento del ladrillo y una tradición nacional herreriana o escurialense, responsable de su monumentalidad, verticalidad y severidad compositiva. Por eso la torre tiene algo muy característico de la arquitectura española de la primera posguerra. No es propiamente una torre mudéjar ni una copia histórica, pero utiliza formas reconocibles de la tradición aragonesa integrándolas en una arquitectura monumental, bastante austera.

El tratamiento de los grandes paramentos de ladrillo es particularmente interesante. No se dejaron como simples superficies lisas: están estructurados los ladrillos mediante una sucesión geométrica de figuras geométricas, que produce el relieve que se aprecia perfectamente en la fotografía. Los arquitectos no buscaban únicamente construir un mirador. La torre debía ser el reclamo visual de la Feria de Muestras.

Muy pronto se convirtió en su símbolo gráfico. Durante los certámenes se llegaron a colocar maquetas de la torre en distintas calles y plazas de Zaragoza, y su silueta pasó a protagonizar carteles y materiales publicitarios de la Feria. La idea era muy moderna desde el punto de vista publicitario al crear un edificio que fuera al mismo tiempo arquitectura, faro, señal urbana y logotipo. En ese sentido, es probablemente sea una de las piezas de arquitectura comercial e industrial más reconocibles construidas en Zaragoza durante la primera mitad del siglo XX.

La Feria de 1941 era solamente el comienzo. El recinto fue ampliándose continuamente durante las décadas siguientes. Ya en 1945 se terminaron otras dependencias, el vestíbulo y nuevos pabellones; después llegarían sucesivas ampliaciones porque el certamen crecía año tras año. En 1941 había 270 stands; en 1955 eran 600 y en 1964 se llegó a unos 2.000 stands. Ese crecimiento acabaría siendo precisamente el problema. La Feria quedó encerrada por el desarrollo urbano de Zaragoza y ya no tenía espacio suficiente.

En 1979 se decidió buscar una nueva ubicación y finalmente, en 1986, se inauguró el actual recinto de Feria de Zaragoza en la carretera de Madrid. El nuevo complejo fue proyectado por Regino Borobio Navarro, hijo de Regino Borobio Ojeda, con lo que la vinculación de la familia Borobio con la Feria continuó durante otra generación. El antiguo edificio del paseo de Isabel la Católica quedó finalmente vinculado a la Cámara Oficial de Comercio, Industria y Servicios de Zaragoza, que continúa teniendo allí su sede.

La torre que vemos actualmente tampoco es materialmente idéntica a la de 1944. En 2005, el arquitecto José Manuel Pérez Latorre redactó un proyecto de restauración y las obras se terminaron en diciembre de 2006. Se realizó una intervención bastante profunda pero destinada a recuperar el aspecto original. Se reconstruyeron el mirador acristalado y el chapitel, se instaló un nuevo ascensor y se limpió el ladrillo exterior. Además, en el chapitel el zinc sustituyó al plomo original. También se renovó el faro, haciéndolo más potente e incorporando nuevos efectos de iluminación.

2.9.26

Zaragoza y su antiguo término de la Almotilla


Termino Almotilla

El antiguo
 término de la Almotilla ocupaba una parte del sudoeste de Zaragoza, fundamentalmente en el entorno de la actual Casablanca, entre el río Huerva y el antiguo Camino Real de Madrid, y al sur del término de la Romareda. No debemos imaginarlo como un barrio con límites semejantes a los actuales, sino como uno de los antiguos términos agrícolas y de riego en los que estaba dividido el extenso territorio rural que rodeaba la ciudad.

Os dejo arriba un plano de Zaragoza de 1781, que permite comprender mejor cómo era toda esta zona occidental de la ciudad hace más de dos siglos, cuando prácticamente todo lo que hoy está ocupado por barrios, avenidas y urbanizaciones eran campos de cultivo, olivares, huertas, acequias, caminos y torres de labor.

Conviene distinguir, además, entre el término de la Almotilla propiamente dicho y el territorio recorrido o regado por la acequia de la Almotilla, porque no eran exactamente lo mismo. La acequia y sus ramales prolongaban su influencia mucho más hacia el oeste y sudoeste, penetrando en terrenos vinculados a Miralbueno y llegando por zonas que hoy identificamos con Montecanal, Rosales del Canal y Valdespartera.

Almotilla ZAragoza

Una descripción de enorme interés aparece en la Historia de la economía política de Aragón, publicada por Ignacio de Asso en Zaragoza en 1798. Al describir los términos agrícolas de la ciudad, Asso señala primero que el término de la Romareda —que él escribe «Romarera»— confinaba con los de Almotilla y Miralbueno, con el río Huerva y con la propia ciudad. A continuación describe la Almotilla indicando que: «Confronta con el término precedente, con la Huerva, y camino real de Madrid».

Añade que contaba con 179 cahizadas, dedicadas a olivares. Esta descripción resulta especialmente útil porque sitúa la Almotilla entre tres referencias perfectamente reconocibles: la Romareda al norte, el Huerva por un lado y el Camino Real de Madrid por otro. 

Por tanto, si trasladamos aproximadamente aquel paisaje a la Zaragoza actual, el núcleo histórico de la Almotilla debemos buscarlo principalmente en Casablanca y sus inmediaciones, entre el Huerva y el eje que posteriormente daría lugar a la carretera de Madrid y a la actual Vía Ibérica. No sería correcto hacer coincidir todo el antiguo término con barrios actuales como Delicias, Ciudad Jardín, Oliver o Valdefierro, porque buena parte de esas tierras pertenecían históricamente a otros términos, especialmente al enorme término de Miralbueno. Documentación sobre el Zaragoza medieval incluye, por ejemplo, Valdefierro entre las partidas pertenecientes a Miralbueno. 

La confusión es comprensible porque la acequia de la Almotilla tuvo un recorrido considerablemente mayor que el pequeño término del que tomó el nombre. Su sistema de riego atravesó o abasteció tierras situadas hacia el oeste y sudoeste y estuvo relacionado con diversos brazales y acequias secundarias. Todavía hoy su trazado permanece reconocible en algunos lugares. El propio Ayuntamiento de Zaragoza documenta la acequia en Montecanal, en las proximidades de Gómez Laguna y entre las instalaciones deportivas de El Olivar y el CDM Mudéjar; también existen documentos urbanísticos que la relacionan directamente con Valdespartera. 

El topónimo ha sobrevivido asimismo en el Camino de la Almotilla. El Ayuntamiento mantiene referencias topográficas actuales en las que aparecen juntos «Vía Ibérica» y «Almotilla, Camino», recuerdo de la antigua red viaria de esta zona rural de Zaragoza.

Todo este territorio experimentó una transformación decisiva a finales del siglo XVIII con la llegada del Canal Imperial de Aragón. La documentación de la Real Audiencia conserva un expediente de 1785-1786 en el que aparecen expresamente las juntas de los términos de Romareda, Almotilla y Miralbueno, enfrentadas con la cuestión de aceptar o no las aguas del nuevo Canal para regar determinadas tierras. Es una prueba muy clara de que los tres constituían entonces términos diferenciados, aunque geográficamente vecinos y estrechamente relacionados por sus sistemas de riego. 

La llegada del Canal Imperial alteró profundamente aquella antigua organización hidráulica. Algunas acequias quedaron integradas en el nuevo sistema, otras modificaron su función y, con el paso de los siglos, la expansión urbana terminó cubriendo buena parte de aquellas huertas y olivares. Sin embargo, nombres como Romareda, Miralbueno, Almotilla, Valdefierro o Casablanca siguen conservando en el callejero y en los barrios de la Zaragoza actual la memoria de aquel paisaje agrícola.



Plaza San Felipe de Zaragoza, 1920, a color


Esta imagen coloreada digitalmente nos muestra la plaza San Felipe de Zaragoza algo anterior a 1920, poco más de 20 años después de que se demoliera la Torrenueva.

Vemos al fondo a la izquierda un poco del actual Museo Pablo Gargallo, a la derecha el edificio del Torreón Fortea, y muy a la derecha el inicio de la actual tienda Casa Montal que entonces se llamaba La Madrileña. 

La famosa Torrenueva estaba delante del gran almacén El Número 1. Y en su lugar había en ese momento algunas tiendas. 

Como podemos ver, la hoy calle Torrenueva está muy concurrida, como sucedió hasta los años 70 del siglo XX, con muchas personas que se movían hacia el Mercado Central.

1.9.26

Historias del Teatro Cine Iris en Zaragoza


El primer Teatro Iris de Zaragoza, el que formaba parte del complejo Iris Park, cerró sus puertas el 1 de noviembre de 1953. Conviene distinguirlo muy bien del segundo Teatro Iris, construido en el mismo ámbito e inaugurado en 1955, y que desde el año 1958 fue el Teatro Fleta del que queda el esqueleto desde hacer muchos años en pleno centro de Zaragoza. Una de esas cosas vergonzosas de nuestra ciudad.

Hay dudas sobre si realmente fue 1 de noviembre de 1953 cerró pues otras noticias de aquellos años y posteriormente investigadas por José Garrido Palacios, hablan de que la Empresa Parra mantuvo la actividad del teatro Iris hasta el 24 de octubre de 1953.

El lugar que acabaría ocupando Iris Park era completamente diferente de lo que hoy conocemos. Se encontraba entre las calles Azoque y Ramón y Cajal, frente al Hospital Provincial de Nuestra Señora de Gracia y próximo a la plaza del Carmen. Una parte considerable de la actual avenida de César Augusto todavía no existía, pues era el inicio de los años 30 del siglo XX.

Allí estaban los conocidos lavaderos de Castelví o Castellví, una extensa superficie dedicada al lavado y secado de ropa, con balsas y tendederos. Las fuentes citan como propietaria a la viuda de Castelví, Ramona Boada. Era una gran extensión interior, parcialmente escondida tras los edificios de las calles circundantes. Su futuro urbanístico todavía no estaba decidido. Precisamente esa incertidumbre explica el nacimiento del Teatro Iris. Una idea animada por Mariano Sánchez Resach que era el empresario del Circo Price de Madrid.

Los propietarios de los terrenos, los hermanos Aísa, sabían que en algún momento llegarían nuevas alineaciones, calles y parcelaciones. Mientras el Ayuntamiento terminaba de determinar qué podía construirse allí, decidieron explotar provisionalmente los solares mediante un gran recinto recreativo. Amparo Martínez Herranz define expresamente Iris Park como un «complejo de atracciones provisional». Hablamos de un solar de unos 7.000 metros cuadrados.

El complejo fue inaugurado el 10 de julio de 1931, apenas unos meses después de proclamarse la Segunda República. Un estudio publicado por el Ayuntamiento de Zaragoza señala que había sido construido por los Aísa y que inicialmente disponía de atracciones, baile y un teatro de verano al aire libre, que sería cubierto en 1932. Todo el escenaario estaba cubierto por un enorme toldo.

Iris Park era un gran centro de ocio, no solo un teatro, probablemente uno de los más ambiciosos de la Zaragoza de los años treinta. Llegó a disponer de teatro, cine, pista de patinaje, pistas de baile cubiertas y al aire libre, espacios de recreo, cafetería o bar-restaurante y el denominado Palacio de Cristal.

Tras atravesar las edificaciones que daban a las calles del entorno y un pasaje interior, se llegaba a una gran explanada interior, luminosa, con cafetería, teatro, cine y pista de patinaje, un lugar de recreo en donde se recuerda incluso haber visto programado Madame Butterfly o poder ir al cine infantil con películas del Oeste, pagando 25 céntimos. Era algo parecido a lo que hoy llamaríamos un complejo integral de ocio. Y dentro de Iris Park se encontraba el Gran Teatro Iris con un aforo de aproximadamente 2.300 espectadores, lo que lo convertía en una sala extraordinariamente grande para la Zaragoza de aquellos años.

Hay que imaginarlo, además, dentro de una ciudad que en 1931 rondaba solamente los 174.000 habitantes. Es decir, en una sola función podía reunir a más del uno por ciento de los zaragozanos de entonces. Inicialmente había sido concebido como teatro de verano descubierto. En el año y viendo su éxito1932 se cubrió, lo que permitió ampliar considerablemente la temporada y utilizarlo con mayor regularidad.

Parte de sus instalaciones procedían de otros locales. Según la documentación recopilada posteriormente, las butacas habían pertenecido al Teatro de la Comedia de Madrid, los graderíos de madera procedían de la Plaza de Toros de Huesca, parte del material de guardarropía había estado en el Teatro Principal y el techo pasó de ser un simple toldo para estar cubierto con uralita.

El profesor García Guatas documenta que el telón, pintado por José Luz Corvinos e inspirado en El jardín del Amor de Rubens, había estado anteriormente en el Odeón de Huesca y posteriormente en el Parisiana de Zaragoza antes de llegar al Teatro Iris en 1931. Blasco Ijazo ofreció otra versión según la cual había sido pintado inicialmente para Saturno Park; por tanto, existe una discrepancia en las fuentes sobre el primer destino del telón, aunque su reutilización en el Iris está bien establecida.

La primera compañía teatral que actuó en el nuevo recinto fue la del compositor Manuel Penella, el 10 de julio de 1931, representando Aquí hacen falta tres hombres. La acogida fue considerable y el Iris adquirió con rapidez popularidad, especialmente durante las temporadas estivales. Su programación se volvió extraordinariamente variada.

Por su escenario pasaron compañías de comedia y drama, zarzuela, variedades, recitales, pianistas, cantantes, espectáculos de danza y temporadas circenses. Se representaron obras como Luisa Fernanda, La Dolorosa y Doña Francisquita, y las fuentes mencionan actuaciones del pianista Julián Semprini, compañías de danza clásica de Montecarlo y espectáculos circenses que llegaron a mantener animales expuestos en el propio parque. Es importante entender que su enorme capacidad permitía organizar allí espectáculos que difícilmente cabían en otros locales de aquella Zaragoza, aunque fuera un local que parecía provisional pero enorme.

El tenor aragonés Miguel Fleta actuó sobre el escenario del viejo Iris Park abril de 1935 interpretando repertorio de Carmen, Marina, Doña Francisquita, Luisa Fernanda y La Dolorosa. El hecho está recogido en la investigación de Amparo Martínez Herranz y explica algo que ocurriría muchos años después: cuando el nuevo Teatro Iris fue rebautizado en 1958, recibió precisamente el nombre de Teatro Fleta. Por tanto, la relación de Fleta con aquel lugar precedió en más de veinte años al cambio de denominación del edificio posterior.

El Iris Park no fue únicamente un lugar donde acudir a ver una obra o una película. La amplitud del teatro y de sus instalaciones hizo que se utilizase para actos sociales, festivales, asociaciones, reuniones políticas y grandes concentraciones. Por ejemplo, el 12 de octubre de 1932, el denominado Palacio de Cristal de Iris Park acogió la elección de la «Señorita Fiestas del Pilar», organizada con participación de la Asociación de la Prensa y del Sindicato de Iniciativa de Aragón.

El 1 de mayo de 1936 se organizó en el Teatro Iris Park el trascendental IV Congreso Nacional de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Fue uno de los grandes congresos del anarcosindicalismo español inmediatamente anteriores a la Guerra Civil. Documentación conservada por la Fundación Anselmo Lorenzo confirma que el congreso se inauguró aquel 1 de mayo en el Teatro Iris Park, y el Centro Documental de la Memoria Histórica conserva incluso publicaciones relacionadas con la moción sobre el «Concepto confederal del comunismo libertario», adoptada en el Teatro Iris Park durante aquel congreso.

El enorme aforo del teatro explica en buena medida su elección para aquella reunión. La prensa libertaria de esos mismos días anunciaba además funciones especiales en el Gran Teatro Iris Park para los delegados y asistentes, especificando precios de butacas, delanteras y gradas. Es un aspecto relevante de su historia porque sitúa al Teatro Iris no solo dentro de la historia cultural zaragozana, sino también dentro de la historia política y sindical española de 1936. Faltaban dos meses y unos días para que España saltara por los aires.

Tras la sublevación militar de julio de 1936 y el control de Zaragoza por los sublevados, el Teatro Iris Park fue requisado por Acción Ciudadana, organización civil armada que colaboró con las autoridades militares en labores de retaguardia. Una investigación de la Institución Fernando el Católico sobre la Zaragoza de 1936 documenta que Acción Ciudadana organizó su organización en diferentes sectores de la ciudad y estableció una de sus sedes precisamente en el Teatro Iris Park. También existe documentación gráfica del llamado «Sector Iris Park» de Acción Ciudadana, incluida su sección femenina.

En ese contexto españolista desapareció progresivamente el anglicismo Park y comenzó a cambiar el nombre y aparecer la denominación castellanizada Parque Iris. Algunas fuentes señalan expresamente que aquella «españolización» del nombre se produjo a raíz de la requisa del edificio en el año 1936. Durante la guerra no desapareció por completo la actividad escénica: se documentan algunas representaciones, al igual que ocurrió en otros teatros zaragozanos, pero naturalmente el carácter del complejo y su funcionamiento quedaron profundamente alterados.

Terminada la guerra se produjo otro cambio fundamental. En 1939, la Empresa Parra S. L. arrendó Iris Park a los hermanos Aísa mediante un contrato que incluía una opción de compra. Esa opción fue ejercida pocos años después, por lo que la familia o Empresa Parra terminó siendo propietaria tanto de los terrenos como de las instalaciones. Este dato está documentado por Amparo Martínez Herranz a partir de los propios contratos de arrendamiento facilitados por la familia Parra.

Durante la posguerra el recinto continuó funcionando, aunque cada vez adquirió mayor peso el cine de reestreno. Conviene aquí hacer una distinción que algunas historias simplificadas no dejan suficientemente clara. Dentro del complejo existían el Gran Teatro Iris y una sala cinematográfica, además del resto de instalaciones. La desaparición del viejo gran teatro en 1953 no significó necesariamente la desaparición inmediata de todo cuanto llevaba el nombre Iris Park; algunas fuentes sitúan la continuidad del antiguo cine hasta 1964.

El acceso principal primitivo se encontraba por Ramón y Cajal. Pero en 1940 se construyó otro acceso desde la calle Azoque nº 68, aproximadamente a la altura de la plaza del Carmen y frente a la calle Cádiz. Era un largo pasadizo que atravesaba entre edificaciones hasta desembocar en el recinto interior. El arquitecto Ambrós Escanella intervino en ese primer pasaje de 1940. Cuando se construyó posteriormente el nuevo Teatro Iris, José de Yarza modificó su trazado, aunque mantuvo en buena medida el aspecto de la entrada anterior. La fachada de aquel acceso y el pasaje sobrevivieron sorprendentemente hasta mediados de los años noventa.

Esto explica algunos recuerdos de los zaragozanos ya muy mayores como yo, que recordamos la sensación de atravesar una especie de túnel desde la zona de la plaza del Carmen y encontrarnos repentinamente con un enorme espacio casi escondido detrás o dentro de las viviendas.

A comienzos de los años cincuenta, la Junta de Espectáculos de la Provincia de Zaragoza inspeccionó Iris Park. Las instalaciones habían sido construidas veinte años antes con carácter provisional y se encontraban muy deterioradas. Para que el Teatro Iris pudiera cumplir las nuevas exigencias reglamentarias necesitaba reformas importantes.

Zaragoza proyectaba una nueva gran vía que debía atravesar precisamente una parte considerable de los terrenos de Iris Park. Aquella vía acabaría convirtiéndose en la actual avenida de César Augusto. Las nuevas alineaciones afectaban de tal manera al viejo teatro que reformarlo racionalmente resultaba muy difícil. El viejo Teatro Iris y el Iris Park había nacido como una construcción provisional mientras se decidía urbanísticamente qué hacer con aquellos solares.

En enero de 1952, la Empresa Parra, ya propietaria de Iris Park, encargó al arquitecto José de Yarza García un plan general de reforma. Yarza debía resolver simultáneamente dos problemas: adaptar el complejo a las exigencias de la Junta Provincial de Espectáculos y respetar las nuevas alineaciones previstas por el Plan General de Zaragoza. El enorme solar quedaba dividido en dos espacios. El estudio demostró que ambos condicionantes eran tan importantes que resultaba más lógico construir un teatro completamente nuevo que remodelar el antiguo.

Se planteaba un nuevo Teatro Iris, un cine independiente para unas 750 personas, viviendas para empleados de la Empresa Parra, un garaje en altura y un pequeño hotel destinado, entre otros usos, a alojar a los artistas que actuasen en el teatro. Finalmente solo se materializaron los dos elementos principales: el nuevo teatro y el hotel, aunque este último y en la otra acera del propio teatro, creció mucho respecto al proyecto inicial y acabó convirtiéndose en el Hotel Corona de Aragón.

Según los estudios de José Garrido Palacios se sitúa la actividad de la Empresa Parra en el viejo teatro hasta el 24 de octubre de 1953. Y durante los inicios del mes de noviembre de 1953 comenzó físicamente el derribo. Amparo Martínez Herranz establece que la demolición se prolongó hasta los últimos días de enero de 1954. Inmediatamente después comenzaron las obras del nuevo edificio. Por tanto, el viejo Gran Teatro Iris tuvo una vida de apenas 22 años, de 1931 a 1953.

El Iris Park nació porque aquellos enormes terrenos todavía no podían urbanizarse definitivamente. Los hermanos Aísa levantaron allí un centro de ocio provisional, con materiales reutilizados y estructuras relativamente económicas, para obtener rendimiento mientras esperaban la ordenación definitiva. Y resultó que aquella solución provisional se convirtió durante más de veinte años en uno de los principales centros de ocio de Zaragoza. Cuando finalmente llegó la transformación urbanística que se esperaba desde su nacimiento, el valor y la configuración de los terrenos acabaron con él.

La nueva avenida César Augusto atravesó aquel enorme espacio interior y modificó completamente la zona. Donde antes existían lavaderos y posteriormente pistas de baile, patinaje, jardines, cine y teatro apareció una nueva vía urbana y una edificación mucho más densa.

Sobre una parte de aquellos terrenos se levantó el espectacular edificio diseñado por José de Yarza García. El Teatro Fleta que se empezó llamando Teatro Iris en re cuerdo a su antecesor. Las obras fueron ejecutadas por Dragados y Construcciones y costaron aproximadamente seis millones de pesetas. El 24 de febrero de 1955 abrió el nuevo Teatro Iris. Esa tarde se representó el espectáculo Raza Aragonesa y al día siguiente comenzó la temporada de Rosario y su Ballet de Arte Español.

Era otro mundo arquitectónicamente: un moderno teatro-cine de hormigón armado, con 1.710 localidades, gran escenario y una fachada concebida para la nueva avenida. En 1958, a iniciativa de Heraldo de Aragón, dejó de llamarse Iris y fue rebautizado como Teatro Fleta, recordando precisamente al tenor que había actuado en el viejo Iris en 1935.

Creo que el Teatro Iris de 1931 merece bastante más atención de la que suele recibir. El actual problema del Fleta ha terminado eclipsándolo, como si la historia comenzara en 1955, cuando en realidad el edificio de Yarza fue heredero de más de veinte años de actividad cultural previa. El viejo Iris fue simultáneamente un gran teatro popular, sala musical y lírica, espacio circense, lugar de cine, centro recreativo y escenario de acontecimientos sociales y políticos. Y hoy nadie habla de él, aunque estuviera en el mismo solar en el que hoy nos disputamos entre todos los zaragozanos saber qué hacer para revitalizar el Teatro Fleta en un solar que nos ha costado muchos millones a todos, para ser una vergüenza.

La imagen que vemos arriba era la entrada desde la plaza del Carmen al pasaje que servía de entrada.