1.8.26
Médicos y cirujanos en la Zaragoza de 1723
Según el censo que se hizo para la ciudad de Zaragoza en el año 1723, cuando contábamos en total con 30.039 habitantes, estaban distribuidos los zaragozanos en 4.893 casas y edificios. El recuento comenzó el 10 de septiembre de 1723 y fue registrando casa por casa a sus residentes, oficios, situación familiar, criados, hijos y hasta las caballerías que poseían. La idea es tener claro cuantos vecinos había, para pagar impuestos según sus oficios.
Se han escrito libros sobre este censo, y análisis sesudos sobre estos datos tan valiosos e interesantes. Hoy me quiero centrar solo en unos pequeños datos curiosos. Los oficios que tenían aquellos zaragozanos, más en concreto la de los médicos y cirujanos.
Es verdad que el oficio más numeroso en aquella Zaragoza era el de Jornaleros del Campo con 1.426 personas que declararon dedicarse a ese trabajo. Y que el segundo oficio era el de sastre con 213 personas. Tremenda distancia. Había en tercer lugar un total de 162 pelaires que eran artesanos dedicados a preparar, lavar, cardar y peinar la lana cruda para dejarla lista antes de ser hilada y tejida.
Teníamos a 156 zapateros y a 148 labradores declarados, que debían ser los que tenían propiedades en el campo y no eran simplemente jornaleros. Pero a su vez teníamos 95 alpargateros, a 51 tejedores, a 36 maestros de jóvenes y 11 maestros de niños, un solo lapidario y 7 impresores.
Y 16 notarios, 34 pastores, 2 queseros, 9 sepultureros, un solo vendedor de abadejo o bacalao, 2 ingenieros, 29 cerrajeros, 8 esquiladores, 21 médicos, 12 enfermeros, 14 boticarios, 81 cirujanos y 4 devantaleros entre otros oficios, este último era el oficio paara hacer delantales de cuero.
Con estos datos choca enseguida que tuviéramos 21 médicos y 81 cirujanos en Zaragoza. ¿Tantos profesionales dispuestos a operar y tan pocos a curar?
En realidad es que por entonces la salud o la sanidad se entendía de otra manera. Un médico era menos que un cirujano, entendía de síntomas y observaba estos, bien sus temperaturas o sus humores, orinas y heces más con la vista y olfato que con otros métodos de análisis, y recetaba preparados que hacia el boticario, purgas, ayunos, sangrías o reposo.
Pero un cirujano trabajaba con el cuerpo del paciente, operaba, cosía, buscaba por dentro. resolvía roturas o quemaduras, luxaciones o úlceras, limpiaba de pus o de cuerpos raros que había por fuera o por dentro del cuerpo, atendía partos con problemas o hacía amputaciones si lo creía necesario. Un cirujano manipulaba el cuerpo del paciente, mientras que un médico observaba y recetaba sin meter mano en el enfermo.
Curiosamente a lo anterior, un médico era más importante que un cirujano. Y estaban mejor preparados. Los cirujanos eran unos simples "mecánicos arregladores" de los cuerpos.
La existencia en Zaragoza de 81 cirujanos frente a solo 21 médicos en el año 1723 no significa que la población fuera tratada principalmente mediante operaciones. En aquella época, médico y cirujano eran profesiones separadas. El médico era un universitario que diagnosticaba las enfermedades internas y prescribía remedios, mientras que el cirujano, de formación generalmente más práctica, atendía heridas, fracturas, luxaciones, abscesos, úlceras y toda clase de dolencias externas.
Muchos de los trabajos del cirujano eran curas, vendajes, suturas, sangrías o pequeñas incisiones, no grandes operaciones. Su mayor número refleja que eran profesionales más accesibles y que realizaban una asistencia manual cotidiana que hoy desempeñan médicos, enfermeros, traumatólogos, dentistas y otros especialistas.
30.7.26
La ciudad de Zaragoza, según el año 1844. Es cursi
Del libro que vemos la imagen de su portada, "Recuerdos y Bellezas de España", en sus páginas dedicadas a Aragón, en concreto cuando empieza a explicar lo que es la ciudad de Zaragoza, nos deja este texto de abajo, poético y casi cursi, por decir algo. Es (es) un libro del año 1844.
Quietud reverente y melancólica inmovilidad respira la naturaleza en torno de aquellas ciudades cuyas glorias no se ciñen a un periodo determinado, y cuyos destinos selló la Providencia con una marca de predilección. Los siglos andan, los imperios se elevan y sucumben, y ellas sobreviven a los golpes del tiempo y a los caprichos de la fortuna, engrosando de cada día su tesoro de recuerdos escritos sucesivamente en sus muros por mano de distintas naciones. Cuando caduca una dominación, no se hunden con ella en el polvo, sino que pasan cual vinculada joya a adornarla frente de su afortunada sucesora. Sus conquistadores, más bien que enemigos, son rivales que se esfuerzan engalanarla cada cual a su modo, y en hacerle olvidar el pasado cariño a fuerza de obsequios.
Monasterio de Santa Catalina en Zaragoza
Hoy voy a intentar comentar algo de la historia del Monasterio de Santa Catalina, que sigue estando en la calle San Miguede Zaragoza, aunque pase bastante desapercibido para los zaragozanos, pues parece un edificio muy moderno y escondido en una esquina.
Este Monasterio se fundó en 1234 aproximadamente en el mismo lugar donde todavía permanece, entonces situado extramuros de Zaragoza, junto a la ermita de Santa Catalina, el monasterio de Santa Engracia y las huertas próximas al río Huerva. Hoy en pleno centro de la ciudad.
Todo el antiguo conjunto medieval quedó casi destruido en su totalidad en los Sitios de Zaragoza, en el año1808. La iglesia sobrevivió parcialmente, pero el claustro y buena parte de las dependencias monásticas desaparecieron. El edificio actual, el que vemos ahora, es una suma de restos medievales, reformas del siglo XVII, reconstrucciones posteriores a la Guerra de la Independencia y profundas transformaciones realizadas entre finales del siglo XIX y el año 1931.
La fundadora de este Monasterio en el año 1234 fue doña Ermisenda o Ermesenda de las Cellas —la grafía cambia según las fuentes—, dama perteneciente a un importante linaje aragonés y tía de Teresa Gil de Vidaure, vinculada al Rey Jaime I de Aragón.
El 19 de abril de 1234, el papa Gregorio IX expidió en Roma un documento autorizando y promoviendo la fundación de un monasterio femenino de la Orden de San Damián. La nueva casa debía estar suficientemente dotada para mantener, al menos, a veinte religiosas. El documento suele identificarse por sus primeras palabras, Virtutem sibi("Para sí la virtud")
Las llamadas monjas de San Damián eran las religiosas que posteriormente serían conocidas como las monjas clarisas. El nombre procedía del convento de San Damián de Asís, donde se había establecido la primera comunidad dirigida por santa Clara.
El monasterio se instaló junto a una ermita preexistente en el mismo lugar y dedicada a Santa Catalina. Por esta razón, aunque la comunidad pertenecía a San Damián, terminó siendo conocida popularmente como convento o monasterio de Santa Catalina. La relación de su fundadora con el entorno del Rey Jaime I favoreció que recibiera protección real, donaciones y privilegios.
Es considerado con seguridad el cenobio femenino más antiguo de Zaragoza. No sería correcto afirmar que fue el primer monasterio femenino de España, pues existieron comunidades de mujeres muy anteriores.
La comunidad de monjas comenzó en 1234, pero la iglesia y el gran conjunto medieval que conocemos por documentos y grabados, debieron levantarse fundamentalmente durante la primera mitad del siglo XIV.
Era una construcción de tradición gótica y mudéjar, realizada principalmente en ladrillo. La iglesia tenía una sola nave, cabecera poligonal de cinco lados, capillas laterales y bóvedas de crucería. Parte del presbiterio y de los primeros tramos de la nave conserva todavía hoy elementos de aquella construcción medieval.
Alrededor de la iglesia se desarrollaba un complejo considerable con un claustro, una sala capitular, dormitorios y celdas para todas las monjas, refectorio y enfermería, cocinas y almacenes, locutorios y dependencias de servicio, más patios, jardines y una extensa huerta para auto alimentarse.
La desaparecida sala capitular era especialmente valiosa. Tenía decoración gótico mudéjar, arquerías pintadas, composiciones geométricas, motivos de tradición islámica y escudos nobiliarios, entre ellos los vinculados al linaje de los Luna. Según las descripciones antiguas, su decoración era una de las más ricas entre los conventos mudéjares zaragozanos.
El Monasterio de Santa Catalina no fue una pequeña comunidad aislada. Durante siglos actuó como una importante casa de formación desde la que salieron religiosas destinadas a fundar o reorganizar otros conventos de Aragón o de tierras vecinas.
Entre los casos documentados se encuentran los casos en el siglo XIII de Urraca Sánchez de Libranas que fue destinada al monasterio de Santa Isabel de Lérida, y en el año 1254, la madre Berengaria y otras religiosas participaron en la fundación de Santa María de Tarragona. En 1366 salieron cinco religiosas para la fundación de un monasterio en Teruel y en 1573 fueron enviadas cuatro monjas para consolidar la reforma del monasterio de clarisas de Huesca. Otras cuatro religiosas fundaron en 1603 el convento de Santa Clara de Borja y en 1631 otras cinco marcharon para fundar la comunidad de Gelsa. Todas ellas habían profesado desde este Monasterio zaragozano.
La comunidad poseía propiedades, rentas, derechos y tierras por Aragón y en Zaragoza, y administraba un patrimonio monástico acumulado mediante donaciones, herencias y privilegios. También fue un lugar habitual de ingreso para mujeres pertenecientes a familias nobles o acomodadas. Durante el siglo XVI recibió el apoyo del arzobispo Hernando de Aragón, nieto de Fernando el Católico, quien contribuyó a mejorar el edificio conventual.
En el año 1645 se realizó una importante renovación de la iglesia. Se reformaron capillas y arcos, se acondicionó el presbiterio y el propio convento costeó un nuevo retablo mayor. En el presbiterio se conservan dos cartelas que recuerdan la fundación de 1234 y la reforma de 1645. Aunque buena parte del interior fue alterada o perdida posteriormente, aunque esa fecha constituye uno de los grandes momentos de las reformas del monasterio.
En el siglo XVII la comunidad llegó a reunir aproximadamente 120 religiosas en este edificio, una cifra extraordinaria que demuestra el tamaño y la importancia alcanzados por Santa Catalina. No debe entenderse como una población constante durante todo el siglo, sino como el máximo de monjas documentado en determinados momentos.
La catástrofe principal se produjo durante el Primer Sitio de Zaragoza, concretamente el 4 de agosto de 1808. Las tropas francesas atacaron el sector oriental de la ciudad y penetraron por la zona de Santa Engracia y sus huertas. El monasterio de Santa Catalina quedaba inmediatamente detrás de ese frente y se convirtió en escenario de combates y destrucciones.
Según los anales conservados por la comunidad fue destruida casi la totalidad del conjunto conventual, todo el claustro quedó arruinado, desaparecieron numerosas capillas y retablos y se hundió la bóveda de la sala capitular. quedando solamente en pie algunos de sus muros y la iglesia, que sobrevivió, pero sufrió graves daños.
Las religiosas tuvieron que abandonar el edificio y refugiarse en la Santa Capilla del Pilar. Según esos mismos anales conventuales, diecisiete monjas murieron posteriormente como consecuencia de las enfermedades, el miedo y las durísimas impresiones sufridas, no necesariamente por impacto directo de las bombas o metralla. En aquel momento la comunidad estaba al máximo, integrada por unas 120 religiosas.
La magnitud de los destrozos fue representada por Juan Gálvez y Fernando Brambila en su serie de estampas Ruinas de Zaragoza. Nos muestran el patio del convento y el costado de la iglesia después del primer Sitio. Son documentos visuales fundamentales para conocer el aspecto que tenía el conjunto desaparecido.
Tras la Guerra de la Independencia, con los franceses dominando y organizando la ciudad de Zaragoza, las clarisas regresaron al mismo emplazamiento. La iglesia fue reparada y las dependencias indispensables se fueron reconstruyendo, aunque nunca se recuperó íntegramente el antiguo monasterio medieval. Ni en tamaño ni en la calidad de sus zonas nobles.
Una guía de Zaragoza publicada en 1860 afirmaba que tanto la iglesia como el convento se encontraban ya restablecidos. Esto indica que la comunidad había conseguido recomponer la vida monástica, aunque el edificio seguía siendo mucho más reducido y modificado que antes de 1808.
Paradójicamente, parte de lo que había sobrevivido a la guerra se perdió décadas después como consecuencia del crecimiento urbano. La apertura y realineación de calles, la transformación de la Huerta de Santa Engracia y la expansión de Zaragoza obligaron a expropiar terrenos conventuales y a derribar antiguas dependencias. Lo cual nos vuelve a demostrar que Zaragoza ha sido de siempre una gran ciudad destrozadora.
Entre las pérdidas se encontraba buena parte de la ya dañada sala capitular, que no se quiso reconstruir sino ir a lo más sencillo, derribarla del todo. Por ello, no toda la desaparición del monasterio medieval fue consecuencia directa de los franceses. La guerra inició su ruina, pero la urbanización de finales del siglo XIX y principios del XX consumó la desaparición de numerosos restos.
El aspecto actual del Monasterio de Santa Catalina fue configurándose mediante varias intervenciones siendo las más importantes al del año 1887 por Ricardo Magdalena quien proyectó la reja de cerramiento del convento y algunas reformas de las fachadas orientadas hacia el patio de entrada de la iglesia.
Otra reforma vino a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Se remodelaron y reedificaron diversas partes del convento, utilizando un lenguaje historicista y neogótico que pretendía armonizar con su origen medieval. En el año 1929 comenzaron nuevas obras de reforma y ampliación proyectadas por Luis de la Figuera, que continuaron en 1931 cuando Regino Borobio realizó el cerramiento del atrio de la iglesia, siguiendo en buena medida las líneas planteadas anteriormente por R. Magdalena. Por tanto, la fachada que actualmente se observa en la calle Arquitecto Magdalena no es medieval. Es una interpretación historicista levantada principalmente entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.
Del conjunto anterior a los Sitios, del Monasterio antiguo se conserva principalmente una parte importante de la iglesia del siglo XIV, la cabecera poligonal, algunos tramos con bóvedas de crucería, elementos arquitectónicos y heráldicos medievales, partes modificadas durante la reforma de 1645 y algunas piezas procedentes de las dependencias desaparecidas. El claustro medieval, la mayor parte de las construcciones conventuales y la rica sala capitular no han llegado íntegramente hasta nosotros.
Por eso, describir el edificio actual simplemente como una «reconstrucción» resulta incompleto. Es más exacto considerarlo un edificio histórico estratificado o rehecho en el mismo lugar del fundacional. Conserva un núcleo gótico-mudéjar, incorpora modificaciones barrocas y presenta una envolvente conventual reconstruida y ampliada durante los siglos XIX y XX.
La comunidad de clarisas continúa viviendo en el mismo lugar casi ocho siglos después de su fundación. La denominación actual es Monasterio de Santa Catalina y San Damián. La iglesia tiene acceso por la calle San Miguel, número 24, mientras que el conjunto conventual figura oficialmente en la calle Arquitecto Magdalena, números 1-3. Son dos referencias del mismo complejo situado en la esquina de ambas calles.
Las religiosas mantienen la vida contemplativa y la elaboración de repostería monástica. El edificio está incluido en el catálogo municipal con grado de protección de Interés Arquitectónico A, de modo que las intervenciones permitidas deben tener carácter restaurador. Lo más importante para Zaragoza y su historia es que este Monasterio de Santa Catalina ha permanecido casi ochocientos años en el mismo lugar. Lo que se perdió en 1808 fue el gran monasterio medieval, aunque la iglesia sobrevivió parcialmente y alrededor de ella fue creciendo el complejo reconstruido que hoy conocemos.
Arboleda de Macanaz en 1844
Vamos a recordar la Zaragoza del año 1844 con este grabado, una copia de un libro titulado Recuerdos y Bellezas de España, en su tomo dedicado a Aragón.
Grabado realizado desde la arboleda de Macanaz, con pocos y enclenques árboles, utilizada la zona para pasear y observar la orilla del Ebro.
En los años 60 del siglo XX, todavía los fines de semana las familais zaragozanas venían a esta zona con las meriendas o las cenas a pasar el día completo o como poco la tarde de verano, pues era una zona verde bastante salvaje todavía y en donde debajo de un árbol se estaba de maravilla, tumbados en la hierba. No, no había césped, era hierba.
27.7.26
Alfonso Sánchez García en La Lonja para este verano
Para los zaragozanos que no sepan qué hacer una mañana cálida o una tarde de mucho sol, les recomiendo que acudan a la exposición de La Lonja dedicada al fotógrafo Alfonso, de Madrid.
Alfonso Sánchez García, es decir el padre de los Alfonsos, nació en Ciudad Real aunque es considerado un fotógrafo madrileño, fotógrafo de estudio, de calle, periodista gráfico de varios medios, que durante la primera década del siglo XX realizó un trabajo ahora recordado en La Lonja de Zaragoza.
Decía en el discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en el año 1989: "La fotografía es la memoria gráfica de mis recuerdos, y el medio expresivo de mi sensibilidad".
La imagen que vemos la tituló Vendedora de pavos y es del año 1925. Una excelente exposición para ver esa España ya inexistente, a veces terriblemente duras y asquerosa, que fue la de nuestros padres o abuelos.
San Ildefonso o Santiago el Mayor de Zaragoza. Historias
La iglesia que aparece en la imagen de arriba tiene una historia bastante curiosa. Su doble denominación o nombre —San Ildefonso o Santiago el Mayor— significa que el edificio cambió de función y de titularidad parroquial con el paso de su historia. Esa imagen es de los años 40 del siglo XX, cuando delante de la iglesia no había grandes anchuras, ni la plaza que hoy envuelve a la iglesia en la avenida de Cesar Augusto.
El edificio nació como la iglesia del convento dominico de San Ildefonso. La fundación fue dispuesta por el mercader e infanzón zaragozano Alonso de Villalpando en torno a 1603-1604, mediante una importante dotación económica destinada a establecer un nuevo convento de la Orden de Predicadores. Villalpando está enterrado en el presbiterio y todavía se conserva la lápida que lo recuerda.
Hacia 1616 comenzaron los primeros trabajos bajo la dirección de Domingo Zapata y entre 1625 y 1628 se realizaron cimentaciones y trabajos iniciales. En 1651 se contrató el levantamiento de la estructura y en 1657 se trabajó en la fachada. Desde 1661, Felipe de Busiñac y Borbón dirigió la fase decisiva, terminada en gran parte hacia 1665. Entre 1692 y 1695 se modificaron la cabecera y algunos sectores del edificio. Como vemos, casi un siglo para levantar la primitiva iglesia.
También intervinieron religiosos con conocimientos constructivos, como fray Mateo Ortiz y fray Benito Gallego. Por tanto, no debe asignarse toda la iglesia a un único arquitecto ni a una sola campaña de obras. Fueron muchos años y un trabajo lento.
Es la iglesia barroca de mayores proporciones conservada en Zaragoza. Está construida fundamentalmente en ladrillo y presenta planta de cruz latina, una gran nave única, ocho capillas laterales entre los contrafuertes, crucero, presbiterio recto, coro alto y una gran cúpula central.
Su organización interior sigue el modelo difundido por la iglesia del Gesù de Roma: una nave amplia desde la que podía verse y oírse bien el altar y la predicación del que dirigía la ceremonia, con capillas comunicadas lateralmente. Cuando las guías turísticas nos hablan de una «tipología jesuítica» no quieren decir que la iglesia fuese originalmente de los jesuitas; pertenecía a los dominicos, pero utilizaba un modelo arquitectónico popularizado por la Compañía de Jesús.
El exterior es deliberadamente sobrio. La fachada utiliza pilastras, frontones, hornacinas y sencillos dibujos geométricos realizados con ladrillo resaltado. Esa austeridad contrasta con el interior, mucho más rico y solemne.
La parte más característica de esta iglesia es la decoración de las bóvedas y las cúpulas de las capillas. Está compuesta por yeserías que hoy son blancas con estrellas, lazos y entrelazos, rombos, puntas de diamante y composiciones geométricas de tradición mudéjar.
El contrato firmado el 14 de diciembre de 1661 con Felipe de Busiñac y Borbón especificaba que las bóvedas de la nave debían decorarse con yeso blanco, formando los artesones, lazos y relieves elegidos por los dominicos. Los motivos tenían que modelarse con aristas muy marcadas para que, vistos desde abajo, pareciesen recortados. No parece que estuviera coloreado como otras yeserías mudéjares.
Pero el mismo documento añade un detalle decisivo: entre las fajas y los relieves se dejarían unos espacios de «yeso negro», preparado con carbón de sarmientos o con paja de centeno, con la intención expresa de producir un color agradable y hacer que las labores sobresalieran visualmente.
El aspecto original debió de ser aproximadamente con los lazos, molduras y figuras geométricas blancas, determinados fondos y separaciones, oscuros o casi negros y un fuerte efecto de claroscuro que acentuaba la geometría de las bóvedas.
No se sabe cuándo desapareció el contraste oscuro en esa hermosa cúpula del interior de la iglesia. Lo más probable es que sucesivas limpiezas, reparaciones y capas de blanqueo cubrieran el yeso negro o redujeran mucho su visibilidad.
Estas yeserías mezclan la herencia mudéjar aragonesa con el lenguaje barroco italiano. No son propiamente medievales: fueron realizadas en el siglo XVII, pero prolongan conscientemente una tradición decorativa muy arraigada en Aragón. Este encuentro entre barroco y mudéjar constituye una de las principales razones de la importancia artística del templo de San Ildefonso o Santiago el Mayor.
Durante el siglo XVIII el convento se enriqueció considerablemente. El retablo mayor fue realizado por Simón Ubau en 1762 y muestra la influencia del nuevo gusto académico introducido en Zaragoza por Ventura Rodríguez durante la construcción de la Santa Capilla del Pilar. El retablo está dedicado a San Ildefonso de Toledo, titular original del convento.
La sacristía conserva una decoración de transición entre el rococó y el neoclasicismo. En las pechinas aparecen representados los cuatro evangelistas, obras de Francisco Bayeu, uno de los grandes pintores aragoneses del siglo XVIII y maestro fundamental en la formación del joven Francisco de Goya. De los ocho grandes lienzos que decoraban la sala únicamente se conserva uno, dedicado a la Magdalena al pie de la cruz.
Otro elemento destacado es el sepulcro del cardenal dominico Jerónimo Xavierre, figura importante de la Universidad de Zaragoza y de la Orden de Predicadores. El monumento estuvo originalmente en el convento de Santo Domingo y, tras diversos traslados, fue instalado en el crucero de San Ildefonso en el siglo XX.
La iglesia y el convento desempeñaron una función decisiva durante los Sitios de Zaragoza. En diciembre de 1808, ante la saturación de los hospitales y la epidemia de fiebres que afectaba a soldados y civiles, el convento de San Ildefonso fue habilitado como hospital militar de sangre. Los heridos quirúrgicos generalmente por heridas de la guerra fueron trasladados allí para separarlos de los enfermos contagiosos.
Aquella utilización provisional terminó convirtiéndose en permanente. Durante buena parte de los siglos XIX y XX el antiguo convento acogió el Hospital Militar de San Ildefonso, que permaneció en funcionamiento hasta que fue sustituido por el nuevo hospital militar del barrio de Casablanca. El conjunto quedó así asociado durante aproximadamente siglo y medio a la asistencia sanitaria del Ejército.
La comunidad dominica fue suprimida del recinto con la desamortización de Mendizábal entre 1835 y 1836. La iglesia logró sobrevivir, pero las restantes dependencias conventuales fueron ocupadas y transformadas para usos militares.
Finalmente, en 1958 fue derribado casi todo el antiguo convento. La iglesia quedó como único resto significativo del enorme conjunto dominico. La desaparición de claustros, celdas, biblioteca y dependencias auxiliares alteró por completo el entorno original del templo. Todavía se puedes ver en las paredes exteriores algunos restos de estas construcciones.
Esa supervivencia aislada explica su importancia patrimonial: no es solamente una iglesia barroca, sino el último testimonio de uno de los grandes conventos de la Zaragoza anterior a la desamortización. Pero vayamos ahora a los cambios hacia Santiago el Mayor.
La antigua parroquia zaragozana de Santiago el Mayor se encontraba en la calle Don Jaime I. A comienzos del siglo XX estaba en mal estado y fue cerrada al culto; posteriormente sería derribada entre 1915 y 1916. En 1902, la parroquia de Santiago fue trasladada a la antigua iglesia conventual de San Ildefonso. Desde entonces San Ildefonso es el nombre histórico y artístico del edificio y Santiago el Mayor es su denominación parroquial moderna. Por eso ambas formas son correctas, aunque para hablar de su historia anterior a 1902 resulta más preciso llamarla iglesia del convento de San Ildefonso.
La cúpula original fue destruida por un rayo en 1860 y posteriormente reconstruida siguiendo el modelo barroco del templo. Entre 1964 y 1965 fue restaurada y revestida parcialmente con tejas vidriadas, aproximando visualmente su aspecto al de las cúpulas del Pilar. Las dos torres ofrecen una historia todavía más llamativa. Durante siglos quedaron rematadas a una altura mucho menor que la actual. En la década de 1970, Fernando Chueca Goitia añadió los cuerpos superiores, siguiendo una interpretación barroco-clasicista. No son, por tanto, completamente originales del siglo XVII.
Precisamente eso puede observarse en las imágenes que vemos arriba, que corresponden al estado anterior a la intervención de Chueca Goitia. Las torres aparecen bajas y truncadas, sin los remates elevados que actualmente dominan la avenida de César Augusto.
La iglesia de San Ildefonso o Santiago el Mayor es importante por reunir varias dimensiones de la historia zaragozana. Es el mayor templo barroco conservado de la ciudad; que constituye uno de los mejores ejemplos de unión entre arquitectura barroca y ornamentación mudéjar; y que guarda obras vinculadas a Francisco Bayeu y al nuevo gusto artístico del siglo XVIII.
Además, fue hospital durante los Sitios de Zaragoza y continuó como Hospital Militar; y es el único vestigio conservado de un enorme convento dominico, aunque destruido en el siglo XX como muchos edificios importantes de la historia zaragozana. Fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1975, protección que actualmente corresponde a la categoría de Bien de Interés Cultural.
Es pues uno de los edificios que mejor permiten leer cuatro siglos de historia de Zaragoza. La religiosidad y el poder conventual del Barroco, la tragedia de los Sitios, la desamortización, la presencia militar, la destrucción urbanística del siglo XX y la posterior recuperación del patrimonio.
26.7.26
Posadas de diligencias en la Zaragoza vieja
En el siglo XIX o incluso a comienzos del siglo XX, no era habitual que las personas nos moviéramos entre grandes distancias. Solo unos pocos tenían la necesidad de hacerlo, y nadie lo hacía por el placer de irse a otro lugar a pasar unos días. Lo habitual era que si acaso, se migrara a otro lugar de forma casi permanente y se dejara atrás todo lo demás.
Moverse más de 5 leguas (unos 30 kilómetros) era casi una osadía. Que, por cierto, sí hacían los poderosos, los ricos, los jóvenes con posibles. El resto, nada de nada. Y estos se movían en colleras, que eran más lujosas que las galeras. El carro o coche de colleras llevaba cuatro ruedas, grandes dimensiones y era tirado por varias caballerías.
Debemos entender que por entonces marchar era una osadía, pero si te había ido lejos, pensar en volver a tu origen una locura, pues no se sabía nada de la forma en que se podría volver desde la ciudad a la que habías llegado.
En Zaragoza había varias estaciones o posadas en donde llegar las diligencias, una en la entrada de Montemolín (así se llamaba el parador) en el actual cruce de Miguel Servet con San José y Compromiso de Caspe. Aquellos espacios, grandes, tenían fonda para las personas y los animales, aparcamientos y lugar de reuniones de todos los que intervenían en los viajes. Eran lugares que siempre estaban llenos de gente esperando. Y en este caso era más una Fonda Posada antes de entrar en la ciudad, para dejar reposara los animales o para cambiarlos y que entraran a la ciudad animales bellos y no muy cansados.
Las diligencias o las galeras no salían todos los días al mismo destino, sino en días alternos. Un día llegaban, el conductor y los animales dormían en la posada, y al día siguiente salían de nuevo para volver al destino, por ejemplo, Madrid. Eran viajes duros, las carreteras eran lentas, llenas de baches, con muchos golpes, y eran vehículos que además de personas llevaban carga, a veces hasta 300 arrobas de peso añadido. Hablamos de 3.500 kilos encima del vehículo, sin contar a las personas.
En la calle Don Jaime de Zaragoza, en el número 37 había una oficina de billetes para Madrid y el sur de España de la familia Forés, pero había más. Estaba la de Camilo Villoro que iba a La Muela y según dicen tenía más de 80 mulas de carga para 7 galeras, y también estaba la de Andrés y Hermanos. Ojo con la duración del viaje en ese siglo XIX, se habla de entre 3 a 7 días de duración del trayecto desde Zaragoza a Madrid, con constantes paradas para descansar. No ya las personas, sino sobre todo los animales.
También había desde Zaragoza trayectos hacia Barcelona, Fraga, Reus, Igualada, Valls, y además de en Montemolín en las afueras de Zaragoza, había también posadas en la calle Ariño que convertían en aquella zona en un gran trasiego de personas y animales. A su vez había servicios hacia Huesca, hacia "El Norte", Salamanca, Panticosa, Bajo Aragón o Valencia.
La Posada más importante era la llamada Fonda de Europa y Parador de Diligencias de Oriente. Estaba en la plaza de la Constitución, actual plaza de España. No era solamente una fonda y en el plano de Zaragoza de José Yarza de 1861 la identifica expresamente como: Parador de diligencias de Oriente y fonda de Europa. Estaba situada aproximadamente en el sector ocupado actualmente por el Banco de España.
Pero constan otras muchas como las de Fonda de las Cuatro Naciones en el Coso Alto, la de Postas Generales en el Coso Medio, Casa Marraco en la Plaza de la Constitución, Casa Sardaña en la plaza del Carmen, Posada de San Juan que iba a Épila, las que llegaban a la Plaza de Ariño que eran muchas, lo mismo que a la Plaza de Santa Engracia, la Posada de Santa Ana en la calle Mayor, la Posada de Santa Cruz que iba a Teruel, la Posada de los Huevos en la plaza del Pilar, la Posada del Blanco que estaba junto al Mercado e iba a numerosos pueblos cercanos, la Posada de los Reyes en la plaza del Pilar, la Posada de la Salina en el paseo del Ebro con capacidad para 60 animales, la Posada de las Almas o de la Ánimas en la calle San Pablo, la Posada de San Braulio especializada en transportes de soldados, aunque en realidad había bastantes más.
Eran Fondas para descansar las personas, pues muchos de ellos no se quedaban en Zaragoza y seguían viaje, pero a su vez, debían tener grandes espacios para cuadras, pues el trajín de animales era enorme, pues no solo descansaban y se alimentaban, sino que se intercambiaba.
Lo normal a mediados del siglo XIX era un precio de unos 30 duros ir a Barcelona o Madrid, en un viaje que duraba sobre los 3 días y 2 noches. Ese precio era el equivalente a un alquiler modesto de una vivienda durante varios meses. Un precio solo disponible para pocas familias adineradas. Aparte estaba el precio de las comidas y dormidas.
Ojo que no era nada cómodo, pues hablamos de vehículos que podían llevar 20 personas en su interior. Entre estas dos ciudades y Zaragoza, se cambiaba de animales unas 18 veces en diferentes posadas. Una de ellas, las que todavía podemos recordar es la llamada La Venta de los Caballos cerca de Zaragoza. Eso nos da una idea de los kilómetros que podían recorrer cada tira de animales. Hacia Barcelona la primera parada para cambiar de animales se hacía en la Puebla de Alfindén.
Los conductores cobraban muy poco sueldo, sobre unas 4 pesetas al día, iban con un aprendiz o un zagal joven, y vivían más de las propinas y de los apaños con pequeños contrabandos que del sueldo que cobraban.
Los tiempos del viaje eran muy teóricos, dependía del tiempo, las lluvias, los barros, los accidentes, los propios caballos, etc. Y la llegada era algo no previsible, pues los retrasos no eran de horas, sino de días.
La llegada del ferrocarril a Zaragoza en 1861-1863 redujo las grandes diligencias hacia Madrid y Barcelona, pero no eliminó las posadas ni las galeras regionales. Estas continuaron atendiendo las comarcas sin ferrocarril. Las últimas diligencias que vinieron a Zaragoza eran las de los trayectos de Alcañiz, Belchite y Cariñena.
El tren no llegó a Jaca hasta 1893 y a Teruel hasta 1902. Por eso el transporte de mulas, ordinarios y galeras siguió teniendo importancia durante prácticamente todo el siglo XIX.
Pequeña historia de los autobuses en Zaragoza
La historia de los autobuses urbanos de Zaragoza es la de un medio de transporte que nació primero como complemento del tranvía, y que tuvo una primera etapa muy débil, casi testimonial, para luego convertirse en la base del transporte urbano cuando tranvías y trolebuses fueron desapareciendo de Zaragoza.
Podríamos remontarnos todavía más en el tiempo, y hablar de servicios de diligencias de años anteriores a los que ahora voy a comentar, algo que suena antiquísimo, pero que servían para dar servicio hacia las afueras de la ciudad tanto de personas como de mercancías.
La historia del transporte colectivo urbano en Zaragoza arranca antes de la llegada del autobús. Los primeros servicios para clientes en plural datan del año 1885 con los tranvías de sangre tirados por animales, después electrificados a partir del año 1902.
La primera noticia documentada de un servicio de autobús en Zaragoza se remonta a 1906, cuando se pidió permiso para un “ómnibus automóvil” entre la plaza del Pilar y la Playa de Torrero. Se habla de un proyecto de autobús urbano zaragozano solicitado el 12 de diciembre de 1906. Felipe González del Castillo solicitó autorización municipal para establecer un «ómnibus automóvil». Plaza del Pilar – Playa de Torrero. El vehículo debía llegar hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores pero no funcionó durante mucho tiempo.
Aun así, la implantación real fue lenta y la primera línea aprobada por el Ayuntamiento en 1907 no llegó a materializarse. La verdadera red de autobuses urbanos comenzó a tomar forma ya en los años veinte del siglo XX.
A principios de los años veinte se puso en marcha la primera línea urbana, de forma casi testimonial. En los años treinta ya existía una red con cierta relevancia, explotada por varias compañías, y entre esas líneas estaba la que a veces he nombrado “Línea del Ensanche” más otros recorridos urbanos ligados al crecimiento de la ciudad de Zaragoza. Recordemos que a su vez existía una red de servicios de tranvías.
Tras la Guerra Civil, esa primera red de autobuses de Zaragoza quedó muy debilitada y prácticamente desapareció al suprimirse líneas que coincidían con los servicios tranviarios. Se había construido de una forma un poco caótica en su diseño.
La gran consolidación de los autobuses urbanos en Zaragoza llegó a partir de 1955, cuando la concesionaria histórica de los tranvías empezó a explotar ya una red de autobuses propia.
El autobús fue ganando peso porque era más económico y versátil para el tráfico rodado que el tranvía. Cuando este entró en decadencia, el autobús ocupó su lugar poco a poco, especialmente tras la supresión de todas líneas tranviarias a partir de 1971 y la desaparición final del tranvía antiguo en el año 1976. Después de eso, la red de autobuses quedó ya como la columna vertebral del transporte urbano en Zaragoza.
Desde aquellos años y con el crecimiento importante de la ciudad de Zaragoza, la red se ha ido modernizando con vehículos articulados, accesibles, con piso bajo, aire acondicionado, billetaje electrónico y sistemas de información en tiempo real. La lógica se ha impuesto y hoy el autobús urbano ya no es solo un apoyo del tranvía, sino una red principal y muy extensa.
Volvamos un momento a esa Zaragoza en expansión, donde los autobuses servían para conectar nuevos barrios y áreas de crecimiento urbano y que el tranvía no cubría igual de "barato".
1885: empiezan los tranvías de mulas.
1902: surge el tranvía electrificado.
1906–1907: primeras iniciativas de ómnibus automóvil, aún sin consolidación.
Años 20: arranca la primera línea de autobús urbano real.
Años 30: ya existe una pequeña red, con líneas como la del Ensanche.
1940s–50s: retroceso y reordenación; luego consolidación de la red moderna.
1955 en adelante: el autobús urbano se convierte en sistema estable.
1976: desaparece el tranvía antiguo y el autobús queda como red central.
En el año 1925 ya funcionaban al menos dos líneas regulares de autobuses. La Línea 1: «Por Ruiseñores» y en donde el vehículo llevaba claramente el número 1 y el letrero Ruiseñores. Se trataba de una línea regular que subía hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores. Y la Línea 2: «Por Acacias» que subía al Canal por Cuéllar, pasando por la barriada entonces conocida como Acacias. Era un autobús de dos pisos —descrito entonces como ómnibus con imperial— y también de la marca Lancia. No tengo seguridad de que fuera un servicio doble, ni de su duración en el tiempo.
Durante los años 1932 a 1936 funcionó una línea llamada de Oliver. Iba hasta el Barrio Oliver desde la plaza de la Constitución, actual plaza de España. Se trataba de un servicio importante porque Oliver estaba todavía separado físicamente de la ciudad consolidada y carecía de tranvía. La línea solamente funcionó hasta 1936.
La red privada de autobuses urbanos en Zaragoza se inició claramente a partir del año 1934. La prueba más reveladora procede de un artículo publicado el 24 de julio de 1934 en Solidaridad Obrera, durante una huelga de los trabajadores del transporte.
El periódico habla de dos empresas, denominadas: Delicias y Ensanche. Y se puede saber que el servicio «Delicias» iba hasta el barrio de Delicias y al llamado Manicomio.
Y la empresa «Ensanche» se movía hacia lo que se consideraba entonces Ensanche, que era la zona de Gran Vía y hacia el Barrio de San José. Como es lógico suponer, no hablamos solo de dos líneas de autobuses, sino de dos empresas. En el caso de la empresa llamada Ensanche, debería tener al menos dos líneas para dar servicio entre las zonas de Gran Vía, Parque y San José.
En julio de 1934 funcionaban al menos cinco servicios privados diferenciados, a los que habría que añadir la línea de Oliver, activa desde 1932 hasta 1936. Por consiguiente, hacia 1934 Zaragoza podía contar con un mínimo de seis servicios regulares de autobús urbano, aunque dependientes de diferentes concesionarios y no integrados en una red única.
El servicio a San José es especialmente interesante porque antecedió en su trayecto al tranvía de San José. Tras la desaparición de la red privada de autobuses a finales de los años 30, se implantó nuevamente un servicio de autobuses en el barrio el 18 de noviembre de 1942. Finalmente, el 30 de agosto de 1945 fue sustituido por la línea 13 del tranvía, que comunicaba el entorno del Teatro Principal con la avenida de San José.
Los autobuses anteriores a la Guerra Civil no se limitaban siempre a cubrir lugares sin tranvía. En algunos casos complementaban, reforzaban o incluso competían con recorridos tranviarios ya existentes. Precisamente después de la guerra se eliminaron muchos servicios privados que coincidían con las líneas del tranvía.
La empresa Delicias explotaba también la denominada Línea del Manicomio. Su destino era el antiguo Manicomio Provincial situado en la zona del Terminillo, aproximadamente en el sector del actual parque de las Delicias y la calle de Franco y López, hoy entorno de Duquesa Villahermosa y Ciudad Jardín.
Entró en servicio durante los años treinta y parece que desapareció en 1934, posiblemente en el contexto de las huelgas y dificultades de aquellas pequeñas empresas privadas. No he encontrado confirmación suficiente de su cabecera central ni de todo su itinerario.
Este corredor también tuvo una historia posterior muy significativa. En 1944 se creó un tranvía provisional entre plaza de España y Terminillo. En 1945 fue sustituido por un autobús provisional Plaza de España–Terminillo. El autobús funcionó hasta el 7 de mayo de 1951.
La pequeña red de compañías privadas de autobuses urbanos de Zaragoza desapareció prácticamente tras la guerra suprimiendo especialmente las líneas que coincidían con servicios tranviarios.
En mayo de 1955 comenzó la red moderna de autobuses de la concesionaria con la llamada Línea 21. Se eligió esa numeración para diferenciar los autobuses de las líneas de tranvía, que utilizaban los números inferiores, comenzando los autobuses con este 21. Por eso a veces las fuentes la llaman «La primera línea de autobuses de Zaragoza», pero esa denominación deja fuera de su relato a las compañías privadas de los años veinte y treinta.
A veces encuentro algo de información sobre supuestas líneas anteriores a la Guerra civil que daban servicio al Arrabal, Casablanca o Torrero pero no tengo documentación suficiente. De momento no he encontrado pruebas que permitan incluirlas como líneas regulares de autobús de los años treinta.
En los años 60 del siglo XX el autobús coexiste con el trolebús y el tranvía en una ciudad que va creciendo mucho. Y el propio autobús gana cada vez más servicios y líneas, hasta que a partir de 1971 se empiezan a cambiar líneas de tranvías por líneas de autobuses. El trolebús desapareció en el año 1975 y el tranvía antiguo en 1976.
25.7.26
Los nombres de los primeros zaragozanos de los que se tiene constancia
Es muy posible que nos importe muy poco cómo se llamaban los zaragozanos de hace 2.100 años, es decir, cómo se llamaban de nombre. Pero curiosamente tenemos al menos cuatro nombres de saldubienses de aquella época que aparecen en el bronce de Áscoli.
Sabemos que de los 30 jinetes militares de Salduba que aparecen nombrados en ese bronce conmemorativo de una batalla, al menos cuatro eran ciudadanos de esta misma ciudad, aunque entonces se llamara Salduie.
Y del resto se sabe que procedían de ciudades del entorno, que habían partido de esta misma ciudad, posiblemente del puerto del Ebro hacia Tarragona por barcos fluviales, para cruzar el Mediterráneo hacia Italia.
El bronce permite considerarlos naturales, habitantes o miembros de la comunidad de Salduie, pero no describe cuál era su estatuto jurídico dentro de la ciudad indígena. Además, el nombre mejor documentado para aquella época es Salduie —también latinizado como Salduvia
Lo que sí afirma expresamente el Bronce de Ascoli es que Cneo Pompeyo Estrabón concedió la ciudadanía romana a los jinetes hispanos de la turma Salluitana como recompensa por su valor en la Guerra Social, en el año 89 a. C.
Y se llamaban: Sanibelser, hijo de Adingibas Sanibelser Adingibas f. Illurtibas —o Ilurtibas—, hijo de Bilustibas Illurtibas Bilustibas f. Estopeles, hijo de Ordennas Estopeles Ordennas f. Y Torsinno, hijo de Austinco Torsinno Austinco f. La F significaba "Hijo"
Quiosco de la Música de Zaragoza
Hoy dejo una clásico imagen del Paseo de la Independencia de Zaragoza, cuando era un paseo bulevar, con los árboles en el centro. Un paseo o avenida sin casi coches por los laterales, con zonas de sombra y muchos bancos para sentarse y descansar, charrar y relacionarse.
En medio del paseo, casi a la altura de la actual Plaza de Aragón, el quiosco de la Música en donde los domingos había conciertos de música clásica.
24.7.26
La CAI aragonesa y sus historias
Los jóvenes ya no saben bien qué fue la CAI, además de un importante equipo deportivo, sobre todo en baloncesto. La CAI era la fenecida Caja de Ahorros de la Inmaculada.
La historia de la Caja de Ahorros de la Inmaculada (CAI) es, en realidad, la historia de una parte importante del Aragón del siglo XX. Pocas instituciones aragonesas tuvieron una influencia tan grande en la economía, la cultura y la acción social de la comunidad. Era un banco bastante popular y muy importante por el número de sus oficinas y por el trato de los usuarios y a las pequeñas y medianas empresas.
La CAI nació en Zaragoza el 24 de mayo de 1903, impulsada por la Acción Social Católica de Zaragoza. Su finalidad era muy distinta de la de un banco comercial. Se creó para fomentar el ahorro entre las clases trabajadoras, combatir la usura que sufrían muchas familias y conceder pequeños préstamos en condiciones más favorables. Estamos hablando de una época en la que una gran parte de la población obrera no tenía acceso al crédito tradicional.
Al principio fue una institución pequeña y casi familiar. Sus fundadores pretendían aplicar los principios de la doctrina social de la Iglesia que había comenzado a difundirse tras la encíclica Rerum Novarum de 1891. La caja no perseguía repartir beneficios entre accionistas (las cajas de ahorros carecían de ellos), sino reinvertir sus excedentes en la llamada Obra Social.
Durante las primeras décadas del siglo XX fue creciendo lentamente. Superó años muy difíciles, como la crisis económica de comienzos de siglo, la dictadura de Primo de Rivera, la Guerra Civil y la durísima posguerra española. Precisamente durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta comenzó a consolidarse como una gran institución aragonesa.
Uno de los grandes momentos de expansión llegó entre los años sesenta y ochenta del siglo XX. La CAI abrió oficinas por prácticamente todo Aragón y comenzó a convertirse en "la caja de muchos aragoneses". Para varias generaciones fue la entidad en la que se abría la primera libreta de ahorro de un niño, se contrataba la hipoteca familiar o se pedía el préstamo para poner en marcha un pequeño negocio. La proximidad al cliente fue una de sus señas de identidad.
Su crecimiento económico vino acompañado de una extraordinaria actividad cultural y social. Miles de zaragozanos recuerdan todavía las salas CAI, sus ciclos de conferencias, exposiciones, conciertos, publicaciones, becas, ayudas sociales y actividades educativas. La Obra Social Fundación CAI llegó a convertirse en una de las más importantes de Aragón. Un hueco que nadie ocupó, aunque Ibercaja se hizo cargo de la Obra Social de la CAI y algo sí que mantuvo.
Muy conocido es el inmueble de la calle Don Jaime I, inaugurado en 1962 y primera sede central, cuya fachada incorporó un gran mural cerámico dedicado a la Inmaculada que suscitó una importante polémica artística en la Zaragoza de la época por su carácter moderno y poco convencional.
En 2012 la CAI ya integrada en el llamado Grupo Cajatres que lideraba, fue absorbida en Ibercaja Banco. De esta forma desapareció la Caja de Ahorros de la Inmaculada como entidad financiera independiente, aunque se mantuvo parte de su patrimonio social y cultural.
Durante la Transición política en España la CAI se convirtió en uno de los principales patrocinadores culturales de Aragón. Algunos sectores conservadores consideraban excesivamente abiertas determinadas actividades culturales promovidas por la entidad, mientras otros sectores progresistas seguían viendo a la caja como una institución demasiado vinculada al mundo católico tradicional. La paradoja es que era criticada desde posiciones ideológicas opuestas al mismo tiempo.
En los años 70 y 80 del siglo XX, la enemistad entre la CAI y la hoy llamada Ibercaja entonces la CAZAR, ambas aragonesas, fue muy elevado y a la vez soterrado. Si pisaban el mismo negocio, pero desde perspectivas diferentes. El anuncio de un sorteo que vemos arriba es del año 1973.
23.7.26
Patrimonio Musical Aragonés. Románico de Majones
Con un formato reducido, concentradas en un día principal, las Jornadas de Románico de Majones son una oportunidad de acercarnos a quienes desde niños hemos vivido sin saberlo sepultados por el arte románico a los expertos en cada tema de esta singular manifestación tan nuestra. Bajando al barro, mediante explicaciones detalladas pero asequibles de las que te hacen reconocer, volver a disfrutar y amar tu histórico entorno.
Este año nos convocan para celebrar su XIII Edición que, como novedad, se esparce en el tiempo entre los días 1 de agosto y 3 de octubre en la iglesia de San Salvador majonense, para que no se diga que no se programa en temporada baja y quienes vayan se volverán a encontrar. La temática central, concierto medieval introductorio aparte, es una reflexión detallada de los canteros medievales y sus marcas. Tan presentes en la iglesia citada, sublimes en la de Barós o destacables hasta el en paroxismo en la joya gótica de transición de Guara de la que tanto hemos disfrutado: San Miguel de Foces que al levantarse en pocos años por encargo, concentró a un número de canteros tal, especialmente valencianos, que presenta nada menos que 135 marcas.
Otro gran lugar para disfrutar de marcas de canteros fuera de Aragón es la sillería exterior y ábsides del monasterio cisterciense de Fitero, en la Ribera navarra.
Dejamos pendiente glosar, sin daros toda la información sino presentándolos brevemente, los conciertos de la cuidadísima y especial edición dedicada al patrimonio musical aragonés propio, ramal específico de la gran familia musical europea, de corte, trova o monasterio entre los siglos XII y XVII.
Pues bien, el festival no ha pasado por alto el famoso eclipse y el día en que acontece y se revisará en uno de los conciertos la dimensión más allá del fenómeno astronómico que han tenido para la tradición cultural china y babilónica. Pues se han relacionado los mismos y su necesaria periodicidad como puertas de entrada a otros reinados, generado asombro o advertidos como un fenómeno de silencio de la luz, fundamental en la música, que provoca la nota de contención o asombro propia del suspiro, de la parada respiratoria, de la apnea visual y del miedo a lo supra humano.
El concierto más magno, reservado siempre a la Catedral de San Pedro jacetana, revisará la influencia de la denominada “Misa de Tournai” en la música aragonesa eclesiástica: al motivar un canon ordenado de lugares de paso musicales en las ceremonias litúrgicas que no podía dejar de contener el kyrie, agnus o sanctus. Y por los que discurrieron no solo las composiciones de Bach, sino las de las cámaras musicales o capillas aragonesa y culminó cantando la feligresía pirenaica hasta la generación de mi madre. Esta misa de 1349 es fundamental en la historia de la música por combinar movimientos para su canto polifónico tanto de la Ars Antiqua –encabezada por la Escuela Polifónica de Notre Dame de París- como de las Ars Nova –en evolución hasta la consagración de la escuela musical de Borgoña, con tanta influencia en los reinos de Hispania, que se traduce en la superación del motete rígido por el más leve madrigal, apto para pasar a música la poesía cortesana-.
En Aragón el estilo se adopta con anterioridad al “Cancionero de Palacio” ordenado compilar por los Reyes Católicos y que contiene composiciones de la Corona, debido a que los matrimonios de los monarcas aragoneses era abundantísimo que fueran con damas de la aristocracia nobiliaria del sur de la actual Francia, de las que se importaban costumbres y gustos de sus familias o cortes. Además y a partir de Alfonso V el Magnánimo, directamente se importaron las novedades musicales italianas.
Especial significación, por mi admiración por su obra en su conjunto, tiene para mí el concierto programado en que la Capella de Ministrers valenciana jugará y tañerá el Cancionero de Upsala o del Duque de Calabria, renacentista, encargado por Fernando el Católico y que reúne villancicos aragoneses con cantos hasta a cinco voces. La Capella es un proyecto musical que pivota en torno a la iniciativa de recuperación de la música del Siglo de Oro valenciano de las artes (siglo XIV en que se erigiría la Lonja de la Seda), encabezado y coordinado desde 1987 por Carlos Magraner.
Grupo especializado en música renacentista y barroca de su reino, entre su extensísima obra recomiendo la audición de su discos de 2008 "Amors e Cansó. Trobadors de la Corona d'Aragó" y "Ad honorem Virginis. L'Ars Antiqua a la Corona d'Aragó" para comprobar la enorme deuda de gratitud que tenemos con ellos.
Asimismo el festival contiene conciertos que desarrollarán las obras de compositores barrocos de la Corona como el ciego de Daroca, el gran Pablo Bruna; el compositor de la Val d’Echo Sebastián Alfonso, o de Francisco Viñes y los maestros de cámara del fundamental en cuanto a música y su legado, Monasterio catalán de Montserrat y del de la Catedral de Valencia.
Una curiosa propuesta relacionará las canciones compuestas por trovadores, pensemos que el más aproximado a ello en nuestra generación sería Joan Manuel Serrat, con que los mismos recibieron los temas y motivos de sus romances de composiciones paridas por los templarios en Tierra Santa y hasta compuestas en ocasiones por reyes cultos, tales como Ricardo Corazón de León. Del mismo modo dicha influencia daba la vuelta a la cámara como en un selfi y la música europea revolucionó las composiciones islámicas en general y las moaxajas libanesas, de Granata y Fez en particular.
Por último se dedica un concierto al mejor compositor inglés que aquilató ese aire melancólico de la tradición musical inglesa y tanto influyó en Britten, como fue el músico renacentista sir John Dowland. Al que se considera como el Juan del Enzina de su país, el Marlowe musical de su tiempo y que codificó por sí mismo un estilo que en Europa continental denominaron como “el ayre inglés”.
Los instrumentos y composiciones aragoneses y europeos de la época se revisará como siguen presentes en la música popular, pues las fronteras se hallaban absolutamente desdibujadas entre ella y la culta –no como hoy- y determinados dances vivos como el de Tauste beben de composiciones más antiguas como hay fandangos que se incorporan en mudanzas bailables en la provincia turolense.
Quizás el momento cultural culminante, el más especial y especiado de este viaje musical es el concierto de “canto a tenore” sardo que contiene el festival, que proviene del siglo VII recogiendo modos de cantar a cuatro voces propios de los pastores de la isla, pero que cantan con posturas de pastor y en redondo más antiguas que respetan la forma circular de las torres fortaleza de la cultura nurágica. Castros que una vez visité e hicieron más compleja la arquitectura funeraria de los más simples menhires o talayots menorquinos.
A viajar sin salir de Jacetania. Respeto para nuestra identidad colectiva con raíces tan profundas como una higuera.
23.07 Luis Iribarren
Las monjas de Zaragoza en 1970
Esta imagen de la entrada de personas a La Seo de Zaragoza es del año 1970, o poco antes. Podemos ver que en aquellos años todavía existían monjas con sombrero de ala ancha.













