He escrito antes sobre la peste en Zaragoza del año 1564, y quiero continuar con algunos datos más para entender qué representó aquella barbaridad contra los ciudadanos de nuestra ciudad. Y hay que ponerse en el lugar de aquellos zaragozanos sin información suficiente para poder defenderse es una enfermedad de la que desconocían todo.
Hablamos de una ciudad de unos 25.000 vecinos en la que más de la mitad de ellos enfermaron, y de estos más de un 50% fallecieron sin un tratamiento válido, con síntomas brutales. La medicina actual distingue principalmente aquella enfermedad como peste bubónica, septicémica y neumónica. Porcell dejó escritos sus síntomas en su libro tras tratar a numerosos pacientes.
Tras una incubación que hoy sabemos que suele ser de unos 2 a 8 días en la peste bubónica, podían aparecer fiebre intensa, escalofríos, agotamiento extremo, dolor de cabeza y malestar general. Pero el signo que Porcell describe con mayor precisión eran los tumores en los ganglios linfáticos enormemente inflamados y dolorosos. Dice que podían ser desde pequeños como un garbanzo o una avellana hasta alcanzar el tamaño de una nuez o un huevo. Los encontraba particularmente en ingles y axilas, pero también alrededor del cuello, debajo de las orejas y en otras regiones. Los califica expresamente de «muy sensibles y dolorosos».
Aquella peste una vez contagiada desde la picadura de una pulga hasta llegar a los ganglios linfáticos, donde se multiplica y produce un bubón extremadamente doloroso, habitualmente inguinal, axilar o cervical.
Porcell dijo que muchos enfermos desarrollaban lo que él llama «carbúnculos» o «ántraces». No debemos confundir ese término antiguo con el ántrax bacteriano moderno. Eran lesiones cutáneas de tamaños muy variables, algunas como un garbanzo y otras tan extensas como el contorno de un tazón de sopa. Y sobre ellas aparecían pústulas parecidas a quemaduras. Porcell describe colores azulados, verdosos, amarillos e incluso negros, y señala que algunas eran extraordinariamente dolorosas. También describe una erupción que llama «pulgón»: pequeñas manchas distribuidas por pecho, cuello y a veces por todo el cuerpo, parecidas a picaduras de pulga, de ahí el nombre.
Y hablamos de un tiempo, mediados del siglo XVI, con muy pocos tratamientos incluso para aliviar los dolores, no ya para curar, pues no se sabía casa nada de esta enfermedad.
Algunos caían enfermos de repente y quedaban —según las palabras de Porcell— como si hubieran sido “apaleados”, agotados y completamente abatidos y sin fuerzas. Sufrían gran ansiedad e inquietud, cambiando continuamente de postura en la cama, y sentían un intenso calor interior aunque exteriormente podían estar fríos mientras quedaban lívidos o amarillentos, con un fuerte dolor de cabeza.
Muchos no podían dormir y algunos presentaban delirio, confusión y alteraciones del comportamiento, diciendo y haciendo, según Porcell, “locuras y disparates” por la fiebre elevada, sepsis grave, deshidratación y posible afectación neurológica. Tenían náuseas muy intensas, pérdida casi total del apetito con una sed extrema, dolor de estómago y como decía antes, un profundo cansancio y debilidad por las diarreas.
Y una observación médicamente interesante: dice que en algunos casos el aliento y las excreciones desprendían un olor muy fuerte y desagradable. La evolución podía ser fulminante. Porcell cuenta que algunos enfermos parecían relativamente bien durante los tres primeros días y al cuarto día sufrían un empeoramiento brutal y morían. Eso es también compatible con la historia natural de una infección grave por Y. pestis sin tratamiento con antibióticos: desde un bubón inicial la bacteria podía pasar a la sangre y producir peste septicémica, shock, fallo multiorgánico y muerte rápida.
Hay, además, un detalle de Porcell que considero extraordinario desde el punto de vista histórico. Él mismo advierte que no todos los enfermos presentaban todos estos síntomas. Dice expresamente que no se podía diagnosticar peste simplemente porque alguien tuviera fiebre, vómitos y un tumor en la ingle o bajo el brazo; había que observar el conjunto y el contexto epidémico. Eso, escrito en el año 1565 a partir de su experiencia directa como médico en la Zaragoza de 1564, revela una actitud clínica bastante moderna frente a la peste bubónica y septicémica.
Pudo haber sido una enfermedad fatal para la totalidad de los zaragozanos, pero no hacía falta ningún tratamiento eficaz para que sobreviviera una gran parte de la población. Había dos filtros sucesivos. Primero, no todos los zaragozanos llegaban a infectarse; y segundo, incluso entre los infectados por peste bubónica, una proporción considerable sobrevivía espontáneamente por sus auto defensas.
La peste bubónica no se comporta como una infección respiratoria extremadamente contagiosa que vaya pasando inevitablemente de vecino a vecino, pues se transmite principalmente mediante pulgas infectadas asociadas a pequeños mamíferos; la transmisión directa entre personas es poco eficiente en la forma bubónica.
Esto significa que en una misma calle de Zaragoza podían morir varias personas de una casa y permanecer indemnes otras familias cercanas. Dependía enormemente de dónde estaban los animales y pulgas infectados, de las ropas y enseres que se trasladaban, de las condiciones de la vivienda y de los contactos concretos. De hecho, la documentación zaragozana de 1564 insistía en que mover ropa de unas casas a otras contribuía al contagio, y las autoridades acabaron desarrollando procedimientos bastante estrictos de aislamiento, limpieza, lavado y retirada de enseres.
Además, sabemos que una parte importante de la población con medios económicos altos abandonó enseguida Zaragoza al iniciarse la epidemia. Por tanto, cuando hablamos de una ciudad de quizá 25.000-30.000 habitantes y de los aproximadamente 10.000 muertos calculados por Porcell, no debemos imaginar a 30.000 personas permaneciendo encerradas dentro de la ciudad durante toda la peste. Hubo desplazamientos, huida de familias enteras y aislamiento de enfermos y contactos.
Pero hay un segundo factor todavía más importante: contraer peste bubónica sin antibióticos no equivalía necesariamente a morir. La OMS calcula actualmente que, sin tratamiento, la peste bubónica tiene una letalidad aproximadamente del 30 al 60 %. Dicho al revés, incluso sin antibióticos, aproximadamente entre el 40 y el 70 % de los enfermos bubónicos podrían sobrevivir. Las formas septicémica y, especialmente, neumónica son muchísimo más mortales.
Imaginemos, únicamente como ejercicio, una mortalidad media del 50 % entre los infectados. Para que muriesen 10.000 personas tendrían que haber enfermado unas 20.000 y aproximadamente otras 10.000 habrían superado la enfermedad. No estoy diciendo que eso fuera exactamente lo sucedido —no conocemos la tasa real de infección ni la mezcla de formas clínicas—, pero demuestra que 10.000 muertos no implican 10.000 infectados sino muchos más.
La famosa Torre de los Convalecientes existía precisamente porque el Hospital de Nuestra Señora de Gracia acumulaba enfermos que habían superado la fase peligrosa y estaban recuperándose. Porcell enviaba a la torre a aquellos cuyas úlceras estaban ya limpias, liberando así camas para los nuevos enfermos. En algún momento hubo hasta unos 800 enfermos y convalecientes bajo el dispositivo asistencial.
Incluso entre el personal sanitario encontramos ejemplos extraordinarios. Seis cirujanos que atendían a los apestados murieron; otro médico enfermó gravemente durante mayo, junio y julio, pero sobrevivió y volvió a trabajar. El propio Porcell atendió y tocó diariamente a enormes cantidades de enfermos durante los meses más peligrosos y afirma que nunca llegó a enfermar. Exposición enorme a la enfermedad pero, aparentemente, ninguna enfermedad clínica. No podemos saber por qué.
La edad, estado nutricional y enfermedades previas probablemente influían en la evolución. Zaragoza venía de años difíciles, con carestías y otros problemas sanitarios, por lo que habría personas debilitadas con peor capacidad para soportar una infección sistémica. Pero tampoco sería correcto pensar que todos los jóvenes y fuertes sobrevivían y todos los débiles morían: una septicemia por Y. pestis puede matar a una persona previamente sana. Hay además algo que tendemos a infravalorar cuando hablamos de medicina anterior a los antibióticos: el organismo humano sí dispone de tratamiento; es su propio sistema inmunitario.
Ahí probablemente Porcell podía ayudar indirectamente pues no tenía todos los conocimientos actuales. Proporcionar al enfermo reposo, agua, alimento, higiene, vigilancia, curación de heridas y cuidados continuos podía marcar diferencias en alguien que debía sobrevivir durante varios días hasta controlar la infección. Y Porcell era especialmente contrario a aplicar indiscriminadamente sangrías, purgas y aperturas prematuras de los bubones, prácticas que podían debilitar aún más al paciente.
Una epidemia de peste puede extinguirse sin haber infectado a toda la población humana porque depende de una cadena ecológica compleja. Al modificarse las poblaciones animales, disminuir las pulgas infectadas, aislarse viviendas, destruirse o limpiarse ropas y enseres, cambiar las condiciones ambientales y separarse enfermos de sanos, disminuyen las oportunidades de transmisión de la enfermedad. No hace falta que todos los habitantes hayan adquirido inmunidad para que bajen los contagios graves.
Zaragoza pudo perder quizá alrededor de un tercio de su población y, al mismo tiempo, conservar miles y miles de personas que nunca enfermaron y otros miles que enfermaron y se recuperaron. Y todos ellos con inmunidad, evitaban que el contagio creciera indiscriminadamente.

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