7.1.26

En Zaragoza se prohibió vender y almacenar madera


Entre las curiosidades de los estatutos da la ciudad de Zaragoza más antigua e histórica que conocemos, hay que reconocer que existían un gran número de Leyes de obligado cumplimiento y ordenadas en y para la ciudad y sus ciudadanos, desde la alcaldía.

Una de ellas ordenada el 3 de diciembre del año de 1620, e incluida dentro de los Estatutos de Zaragoza, prohibía que los carpinteros, albañiles u obreros de obra, tuvieran en propiedad madera para venderla. 

Se había detectado que los grandes carpinteros y albañiles compraban grandes cantidades de madera que luego revendían a otros obreros más pequeños o con menor capacidad económicas, pero a precios abusivos.

Algo similar con lo que sigue sucediendo 400 años después con muchos productos de por ejemplo, alimentación. No hemos mejorado, pero ahora las normas y los estatutos ya no controlan eso.

Los señores Jurados, Capítulos y Consejo de la ciudad eran los que debían velar para que ese almacenaje no se produjera, y el Consello les daba órdenes y poderes para evitarlo. Y no la podrían comprar ni directa ni indirectamente, ni cuadrada ni redonda, y solo la podían comprar para su uso y trabajo. 

No cumplirlo suponía una multa de sesenta sueldos, y se les quitaba la madera almacenada, dividiéndose todo ese precio final entre tres partes iguales. Un tercio para los señores Jurados (Concejales) otro tercio para el Hospital de Nuestra Señora de Gracia, y la otra tercera parte para los acusadores que habían delatado el delito.

Aquella norma además dejaba todo el año 1620 para que los carpinteros y albañiles que tuvieran almacenada madera, la pudieran vender libremente durante el año. 

Goya y su El aquelarre o Sabbath de Brujas


Aragón es también tierra de grandes aragoneses, de excelentes artistas que han dejado el bien alto el nombre de su tierra por todo el mundo. Francisco de Goya es uno de ellos.

El Museo Lázaro Galdiano conserva el lienzo "El aquelarre" de Francisco de Goya, pintado hacia 1797-1798, como una de las imágenes más inquietantes y célebres de la iconografía de la brujería en la Europa moderna. Se trata de una escena de superstición popular concebida como una reunión nocturna de hechiceras o brujas y presididas por el Diablo en forma de macho cabrío

La obra es conocida también como "Sabbath de brujas", denominación que subraya su vínculo con los procesos inquisitoriales y los relatos populares que describían las asambleas nocturnas de brujas en los márgenes de la sociedad.

Este lienzo forma parte de una serie de seis pinturas sobre asuntos de brujería y superstición encargadas por los duques de Osuna, grandes protectores de Goya y figuras destacadas del reformismo ilustrado español, para la decoración de su quinta de recreo en la Alameda de Osuna(el actual Parque del Capricho, en Madrid). 

No se trataba de cuadros devocionales ni de exaltación del mal, sino de piezas de “capricho” destinadas a un público culto que contemplaba la brujería como un residuo grotesco de la ignorancia popular, digno de ser representado con ironía, horror y distancia crítica. Casi con humor de la época.

Resulta chocante, desde la sensibilidad actual, imaginar una villa de recreo decorada con escenas de sacrificios infantiles y cultos demoníacos; sin embargo, en el horizonte mental de finales del siglo XVIII, esto encajaba con el gusto por lo fantástico, lo macabro y lo satírico, siempre filtrado por la mirada ilustrada que denuncia la superstición y el fanatismo.

La versión de "El aquelarre" para los duques de Osuna presenta una composición relativamente clara y narrativa si se compara con las posteriores Pinturas negras de Goya. La escena se organiza en torno a la figura central del Macho Cabrío, representación canónica del Diablo en la tradición de los demonios. 

Este gran macho cabrío negro, erguido y dominante, luce unos cuernos desmesurados adornados con hojas de vid, un detalle que funciona como alusión a Baco y, por extensión, al vino, al vicio y a lo dionisíaco, es decir, a los aspectos irracionales, instintivos y desbordados de la naturaleza humana. 

Goya superpone así el imaginario cristiano del demonio, a referencias clásicas y festivas, creando una imagen ambigua en la que el mal tiene también algo de mascarada y de teatro, de vicio y de disfrute.

En torno a la figura diabólica se agrupa un círculo de brujas de distintas edades, desde ancianas consumidas hasta mujeres más jóvenes, deformadas, sin embargo, por la exageración expresiva. Sus rostros y gestos oscilan entre la devoción servil, el miedo reverencial y una especie de fascinación morbosa ante el poder del macho cabrío. 

Goya las presenta como un coro grotesco que personifica la credulidad, la ignorancia y la miseria moral de una sociedad que, a pesar de la Ilustración, sigue entregada a supersticiones ancestrales. La escena se convierte así en un espejo distorsionado de la realidad rural y popular de la España de su tiempo.

El centro dramático del cuadro es el sacrificio infantil, elemento que condensa el horror de las creencias sobre la brujería y sus demonios. Una de las brujas, en primer término, alza en brazos a un niño vivo, ofreciéndolo al Diablo como si se tratara de una víctima ritual. 

Otra mujer muestra un bebé esquelético, ya “chupado”, convertido en pura piel y hueso, mientras que en el suelo aparece el cuerpo inerme de otro niño muerto. Goya no escatima crueldad en estos detalles: reproduce visualmente la superstición según la cual las brujas robaban criaturas para sacrificarlas, beber su sangre o utilizar su grasa en la elaboración de ungüentos mágicos. La pintura no confirma ni legitima esa creencia; la expone con crudeza para evidenciar hasta qué punto el miedo y la ignorancia pueden generar monstruos.

La escena transcurre en un paisaje nocturno, dominado por un cielo oscuro donde brilla una luna creciente que ilumina de forma parcial y sesgada a los personajes. La luz lunar y algunos toques de claroscuro organizan el espacio y acentúan el carácter espectral de la reunión. Las figuras parecen emerger de una penumbra densa, como si estuvieran a medio camino entre el mundo de los vivos y un ámbito de pesadilla. 

Esa iluminación fragmentaria refuerza la sensación de misterio y de peligro latente. Lo que vemos, aunque se nos muestre con relativa claridad, pertenece a un territorio próximo al sueño y a la alucinación.

En este sentido, El aquelarre dialoga estrechamente con los grabados de Los Caprichos, realizados por Goya en estos mismos años. Tanto en los grabados como en las pinturas de brujas, el artista utiliza el repertorio de monstruos, sombras y escenas nocturnas no para glorificar lo sobrenatural, sino para satirizar la ignorancia, la credulidad y las estructuras de poder que se alimentan de ellas

La brujería funciona como metáfora visual del atraso cultural, del miedo manipulado y de la persistencia de las tinieblas en una época que se pretende ilustrada. No estamos ante una celebración romántica del aquelarre, sino ante una denuncia moral y racionalista, articulada mediante imágenes extremas que conmueven y repelen a la vez.

Aunque la obra conserva aún ciertos ecos compositivos del rococó tardío—en la distribución de grupos y en algunos ritmos ondulantes de la silueta—, el tono general se aleja del decorativismo amable. El dramatismo de la escena, el énfasis en lo grotesco, el uso intenso del claroscuro y la temática macabra anuncian ya una sensibilidad claramente prerromántica, que explorará sin pudor el lado oscuro de la condición humana. 

La pincelada de Goya es más suelta, nerviosa y expresiva que en sus obras tempranas; las formas se desdibujan ligeramente, como si la propia materia pictórica se contagiara de la inquietud que representa.

En conjunto, "El aquelarre" de Goya en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid no es solo una escena de brujería pintoresca, sino un programa visual complejo: combina iconografía demonológica tradicional, crítica ilustrada de la superstición, gusto por lo fantástico y anticipación de un imaginario moderno en el que el miedo, la locura y la violencia simbólica se convierten en temas centrales del arte. 

Lejos de ser un simple capricho decorativo, la obra constituye una de las primeras manifestaciones claras del universo goyesco que desembocará décadas después en las Pinturas negras, donde el aquelarre, el sacrificio y la noche se radicalizarán hasta convertirse en una visión casi absoluta de la desesperanza humana.