La vida es compleja y muy sencilla al mismo tiempo. No llegamos sino a la superficie de relaciones en que invertimos esfuerzo y merecemos, otras sin embargo van como un avión y no en su modo a partir de tres pinceladas de trazo grueso, a partir de compartir un espacio virtual o asistir a una presentación editorial en un bello espacio representativo.
Sucede cuando un amigo de amigo llega a conocerte después de quererlo, compartes coro o vas al teatro y conciertos en Sabiñánigo prácticamente con los mismos, una creadora cae para una estancia artística o incluso para vivir en tu pueblo y cuando sientes que formas parte de una comunidad de autores.
Lo leí recientemente en un viaje por la literatura latinoamericana –y la europea de esta temática encabezada por Graham Green, Valle Inclán y Lowry- que he devorado. Autores muy disímiles como el aristócrata y diplomático mexicano Carlos Fuentes, tan pagado de sí mismo y europeo despachando clasismo, y el autóctono picapedrero del español y fino estilista de la rebelión cristera, Juan Rulfo, se respetaban recíprocamente como integrantes de esa masonería sin templo como son quienes se arriesgan a publicar.
Del mismo modo sucedió con García Márquez y Álvaro Mutis en Colombia, con el romántico franco-cubano Carpentier y el barroco autobiógrafo pegado a las faldas de La Habana de su madre, poco fiable para los Castro que nunca saltó del barco, José Lezama Lima. Tan bellamente homenajeado en “Fresa y Chocolate” en el texto de Senel Paz, inmortalizado para el cine por el combo Tabío-Gutiérrez Alea. en la cinta se traslada la atmósfera oscura de color y olor a tabaco, de persiana mallorquina cerrada enmarcando paredes color albero con máculas de viruelas de salitre, de la casa del poeta maestro continuador de Juan Ramón sita en la calle de Trocadero nº 162, cerca del Prado habanero, entre Industria y Consulado.
Blanca rota en su exterior al modo de Sanlúcar o Jerez, cuartería neobarroca con una puerta y ventana de ventilación con detalles decorativos del Gran Canal veneciano, el apartamento del artista y creador Diego –magistralmente interpretado por Jorge Perugorría- viene a recrear el cuarto en el ático de Lezama y su espacio de trabajo, hoy museo, en los bajos. Disponiendo en menor superficie el despacho del que emergía el poeta habanero, como la ballena Moby Dick, de entre un mar de volúmenes y revistas. La habitación propia como viaje suficiente, el maestro solo visitó México DF y, a diferencia del pulcro embajador en París Carpentier, desde su espacio estrábico abarcó todo un universo creativo.
De idéntico modo pero con el espíritu recopilador y científico de Carpentier, al final autor como hijo de arquitecto de una arquitectura de palabras con método, se nos ha ido el veterinario y profesor Luis Miguel Ferrer. Su habitación era más amplia que la de Lezama: abarcaba todas las cabañeras de trashumancia aragonesas, los prados de la Garcipollera y Fiscal con cabañas autóctonas, la partida de Albarracín de los últimos toros que bajan en invierno a Castellón o Jaén, los pastores comiendo migas turolenses con longaniza y chinchorras de riñonada de cerdo.
Mucho más que un veterinario o docente, además un hijo de ganaderos de Sástago, era un compilador de los usos y costumbres, de las expresiones y de la clasificación del ganado previo a la globalización de nuestro común campo aragonés. Puesto que un porcentaje más que significativo de los aragoneses y también de los 70.000 sorianos de origen zaragozanos venimos de pastores trashumantes.
Es por ello que apellidos como Ansó, Berdún, Eyto, Atarés, Alastruey, Bailo, Urzainqui, Broto, Martes, Biniés, Embún, Roncal, Fanlo, Sarvisé, Aísa o Borau es más fácil encontrártelos como marca de origen de sus antepasados repatanes en Zuera, Alcubierre o Almudévar que de donde bajaron desde el Neolítico.
Debo a Luis Miguel Ferrer y la pasión que puso en sus presentaciones disfrutar del libro que más consulto, el que me bajo a las badinas del Veral junto con la novela que esté leyendo para comentarlo con mis convecinos de Martes, Bagüés, Larués –donde fueron mozos pastores los Orensanz- o Biniés. Os emplazo a comprarlo y disfrutarlo cada tarde de invierno y sentir la nostalgia del color de los pastos de puerto de Albarracín o Góriz: se trata de "Diccionario de pastor. Palabras y palabros para entenderse con el mundo rural”, Prames Editorial, que permite que yo siga hablando con mis abuelos y los de mi valle mediante un hilo directo que le debo a un hijo de los meandros del Ebro y que, con la edad y vuelta a la niñez, está aflorando en mi madre como un manantial de aguas permanentes, que sube por los estratos y canales subterráneos del sinclinal de la Canal de Berdún.
El éxito editorial y la conmoción causada por este imprescindible -para todo aragonés de pueblo pequeño librito le “obligó” a publicar nuevamente con el soporte de nuestro común maestro y poeta editor, Rafa Yuste: un buceador que busca perlas en el páramo de cierzo aragonés sin bombonas de oxígeno, un segundo precioso texto homenaje a los veterinarios rurales, que tanto oficiaron como médicos y que yo represento en la figura y anecdotario del veterinario viejo de Escarrilla que me la transmitió a finales de los años 80, cuando le ponía vinos en “El Sarao” cada tarde. Se trata del magnífico "Diccionario rural. Un mundo, una salud", a cuya presentación en Huesca, en la fantástica librería Santos Ochoa, tuve el placer de asistir.
Como renacentista inacabable, como personaje novelesco, se hallaba inmerso en presentar una edición dibujada por él mismo de las razas ganaderas autóctonas españolas que incluirían con seguridad las mías preferidas y espero: el ganado vacuno de Gredos, los caballos de tiro asturcones, las detenidas en el tiempo ovejas churras tensinas, el caballo árabe jerezano, las cabras de Beceite…
Aun coincidiendo tan poco con él, he sentido a Luis Miguel parte de mi propia vida, he estado unido por el tirante de la nave racionalista de Prames del Camino de los Molinos y por el hilo conductor de la pasión por Aragón en el que se relevan Rafa, Josu Azcona Latasa y Luis Carlos Marco entre muchos revisores, editores, maquetadores y preparadores de las premiadas por su calidad ediciones de nuestra editorial. El legado para las siguientes generaciones se está dejando con una calidad que sentimos en muchas ocasiones en vuestros interiores y emociones.
Del mismo modo que tenemos otra comunidad invisible pero de amigos que se cuentan con los dedos de diez manos en la Tribuna Digital de Aragón Digital, regalando pasión por sus profesiones, sentimientos o por nuestro territorio, dirigidos por Roberto García Bermejo con una seguridad y ligereza propia de Luis de la Fuente: qué difícil es lo fácil y coordinados e impulsados por su eficiente equipo de redacción.
A todos vosotros, que cambiáis las vidas de las personas, que regaláis conexiones con nuestros abuelos, que permitís que la emoción sea posible, Luis Miguel os seguía, amaba y devolvía regalos de toda una vida de pasión bucólica. Una vez al año peregrino al mirador de Sástago para solazarme en día de cierzo con el puente que creo más bello de todo el valle del Ebro, que adorna, dando a su vez servicio carretero para alcanzar Rueda y Escatrón, el meandro más cerrado del río padre, el río del pueblo. A partir de este año, será una ocasión para llevar uno de los diccionarios de mi querido compañero y pararle el tiempo en su pueblo.
Le dedicamos como no despedida, como fundamento de un recuerdo en mí imperecedero, un fragmento de una égloga dedicada al Virrey de Nápoles de uno de los mejores poetas pastores, con Pessoa, de todos los tiempos. El poco valorado por su cristalina perfección Garcilaso de la Vega, que tocará desaprender en el camino a la senectud infante que todos hemos emprendido, y Luis Miguel no se ha perdido como crío siempre repatán:
El dulce lamentar de dos pastores, Salicio juntamente y Nemoroso,
he de cantar, sus quejas imitando;
Cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores, de pacer olvidadas, escuchando.
16.07 Luis Iribarren


