23.3.26

Cosas del barrio el Boterón de Zaragoza


Este cuadro nos muestra los edificios sencillos que había en la plaza San Nicolás de Zaragoza hasta los años 60. Hoy ya no queda casi nada de esta mirada urbana de un lugar tan típico, que por entonces era un lugar muy utilizado para que pintores con sus caballetes acudieran a realizar bocetos o pinturas del natural.

En este cuadro no se ve la iglesia de San Nicolás, a la derecha, aunque se ve la entrada a la casa de la monjera y dos de sus ventanas. Vemos un portón rojo en donde descansaba un pequeño camión de transporte que era propiedad de los vecinos del piso en donde vemos la persiana verde.

Y se puede observar también a una señora haciendo punto, que era ya muy mayor en los principios años 60 del siglo XX, viuda y que se dedicaba a criar conejos que vendía a los vecinos de las calles y del barrio el Boterón, y que los criaba en el sótano, en la zona en que vemos unas ventanas pequeñas a la altura del suelo.

No se ve tampoco, la casa que por la izquierda formaba esquina con la calle Sepulcro. Un enorme caserón ya derruido cuando se hizo este cuadro en 1976, y que se debió tirar a principios de los años 60. 

Era un edificio de vecinos pero de gran porte y elegancia, con un gran patio de entrada y una escalera principal grande y de madera.

Era un modelo de edificios señoriales para vecindario de los siglos XVII y XVIII, que se derribaron por falta de comodidades, pues en muchos casos no tenías las viviendas servicios individuales para la higiene, y eran pequeños habitáculos uno por planta y para todos los vecinos de la misma, fueran dos o tres familias.

Como es lógico no tenían ascensor aunque fueran muy señoriales y a veces funcionaban con pozo negro para los desagües de las aguas sucias.

En los bajos de aquel edificio, pero no hacia la plaza de San Nicolás sino mirando hacia la calle Sepulcro, había una carbonería grande. Pero solo se vendía carbón de varias clases y madera. No servía petroleo como sí hacía la otra carbonería del Boterón, en la llamada bajadica de la Trinidad, en donde era normal en inviernos, ver largas filas de personas esperando el turno para poder comprar petroleo para sus calefacciones y estufas. 

Aquel edificio con su local de carbonería en la calle Trinidad, existe todavía y está muy bien restaurado, aunque era un edificio menos ostentoso que este que comento entre la calle Sepulcro y plaza de San Nicolás. 

En aquellos años, la calle Sepulcro tenía la mitad de anchura de la que tiene en la actualidad. Eran tan estrecha que los pasos de Semana Santa para encajar en la entrada de la calle al salir de la iglesia, tenían que hacer maniobra costosa y lenta.

22.3.26

El Cid en el reino de Zaragoza


La muerte del gobernador musulmán Al-Muqtadir en 1081 marca un momento clave en la historia de la Taifa de Zaragoza, porque desencadena una división política interna que debilita profundamente uno de los estados más poderosos del valle del Ebro. Tras su muerte ya no es posible aguantar la Taifa de Zaragoza muchos años, sin ser reconquistada por los cristianos.

Al‑Muqtadir (el rey hudí de la taifa de Zaragoza) murió en la propia taifa de Zaragoza, es decir, en su reino con capital en Saraqusta (la actual Zaragoza) y reinó aproximadamente entre los años 1046 a 1081, siendo el monarca más brillante de la dinastía hudí en Zaragoza

Durante su reinado o gobierno consolidó un reino amplio con Zaragoza como capital, que abarcaba las zonas de Lérida (Lleida), Tudela hasta Tortosa en ciertos momentos.

Impulsó una corte cultural de alto nivel y fue quien mandó construir el Palacio de la Aljafería, una de las joyas del arte islámico peninsular. Mantuvo un delicado equilibrio pues pagaba parias a reinos cristianos para que se mantuviera la paz, pero conservaba autonomía política. Bajo su gobierno, Zaragoza fue una de las taifas más fuertes y sofisticadas de la península Ibérica.

A su muerte, el reino se divide entre sus hijos con serios problemas para mantener todo el entramado de poder. Por una parte Al Mutaman controla Zaragoza y toda la zona media y central del Valle del Ebro. Es un hombre muy intelectual, pero no tiene un perfil político capaz de organizar lo complejo del poder en esa época.

La zona de Lérida y Tortosa hasta Denia la controla su hermano Al Mundir, que decide romper con toda la taifa de Zaragoza y mantener un poder territorial propio. Eso logra que se entren en guerras internas entre los dos hermanos, con serias tensiones bélicas en donde cada parte busca apoyos exteriores. 

Y es cuando Al Mutaman llama en su ayuda a Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid) que realmente era el jefe de un ejército de mercenarios. Desterrado desde Castilla, acude a Zaragoza. Lucha contra los ejércitos de Al Mundir y también contra sus aliados cristianos que acuden a su ayuda desde la zona de Barcelona.

Toda la unión que había logrado durante décadas el padre, se destroza entre los hermanos al dejar entrar ejércitos ajenos a los musulmanes para apoyar a cada uno de los dos hermanos en lucha. Todo aquello precipita que Zaragoza caiga pronto, ante la presión del rey cristiano Alfonso I el Batallador

Toda esta zona de Zaragoza y el Valle del Ebro era rica pero débil en sus alianzas políticas y militares, lo que la convirtió en una zona relativamente fácil de reconquistar.

En aquellos años, Ibn Ammar de Silves, un célebre poeta andalusí y hombre muy ligado al poder de Sevilla, se refugió en la corte de Zaragoza en dos momentos de su vida política, acogido primero por Al‑Muqtadir en su reinado y después por su hijo Al‑Mutaman. 

En Zaragoza fue recibido con honores de gran intelectual, se le concedieron vivienda y sueldo y nombrado visir del rey zaragozano. Pero venía huyendo desde el Sur, hasta que logró hacerse un tiempo con el poder en Murcia.

He comentado antes que El Cid estuvo al servicio del gobernador de aquella Zaragoza, de Al‑Mutamín, rey de la taifa de Zaragoza, aproximadamente entre los años 1081 y 1086. Actuó como jefe militar y estratega de la taifa, defendiendo Zaragoza frente a otros reinos cristianos (Aragón, Barcelona) y frente a la taifa rival de Lérida.  

El Cid era el jefe Militar de las tropas del Reino de Zaragoza, con capacidad para mandar en las campañas militares y organizar lo que era la caballería de élite de aquellos años. Y su trabajo no era solo defender el reino de Zaragoza, sino atacar —cuando El Cid creyera oportuno— a las tropas rivales. Como militar profesional atacaba por igual a ejércitos cristianos o musulmanes. Se debía a quien le contrataba, a quien le pagaba los sueldos para sus soldados.

Realizó campañas ofensivas en nombre de Al‑Mutamín (batallas como Almenar y acciones en Morella y la frontera oriental), asegurando el control de rutas y fortalezas. Y sus ejércitos son los que se imponían y garantizaban el pago de los tributos de otros señores y taifas de la zona levantina, consolidando la influencia zaragozana en el valle del Ebro y Levante. Fue el responsable de la captura del Conde de Barcelona.