Su voz bien timbrada, abaritonada, me trasladaba a la calidad de las interpretaciones operísticas de Javier Kraus: qué cantante tan fino. Correspondió Joaquín, aun con sus últimas incursiones en el somardismo musical militante, a una estirpe de cantantes de kilómetro cero pero calidad vocal innegable: Luis Pastor, Amancio Prada, Eliseo Parra y muchos meteríamos pese a la saturación de haberlos oído hasta la saciedad a Luis Eduardo Aute y a Silvio Rodríguez.
Otros autores de letras las cantaron con más testosterona, con quebradiza y excesiva emoción, llegaba el mensaje y no tanto la voz: y no voy a citar aragoneses sino a autores contemporáneos de textos imprescindibles para la poesía española como Robe Iniesta, el combo Cristina Rosenvinge en comunión con Nacho Vegas o la especialista en crear música polifónica de la Generación Y, bellísima por fuera y por dentro, María Arnal.
Joaquín tenía toma de tierra, conexión minera imantada, era rojo pero capilar con más estratos, un buen tío. Recientemente estuve en Alloza, su lugar natalicio, leyendo sus huellas, poniendo el oído en las calles como los indios en las vías para oír si venía el ferrocarril. No vino, pero visité el mejor Calvario, por su bosque de quinientos cipreses centenarios, que tiene Aragón. Gracias, maestro, por generar otro peregrino.
Y pensé en Carbonell como un ciprés bello, antiguo y enhiesto. Capaz de resistir rayos y vendavales, seis meses de sequía, agarrado a la tierra roja arcillosa y manteniendo su tronco recto que en las Cuencas Mineras deviene del color apasionado de los cedros.
Chupando la humedad como las baldosas caldero de las fábricas de gres de Alloza y Andorra, cantando, narrando y entrevistando con la finura estilística de su vecino jotero, José Iranzo, el pastor de Andorra. Que dúos no habrían hecho mis dos cantantes aragoneses vocalmente favoritos.
Como bien ha apuntado Jorge Herrero, al buen vecino con origen en un pueblo hijo del urbanismo árabe Joaquín no le haría gracia esta Zaragoza de metros de calles céntricas con comercios de fundadores jubilados reconvertidos en pisos-zulo. Ya lo denunciaron los preclaros “Arcade Fire” en su excelente disco “The Suburbs”: las ciudades las han dejado crecer hasta la deshumanización en Montreal como en Zaragoza. El volumen, según Win Butler, se concibió como un conjunto de letras dirigidas desde los extrarradios a los centros (cuánto bien has hecho y qué poco se te lee como poeta, Carver, hijo californio de Chéjov).
En Zaragoza parir así implicaría la dirección opuesta a la de las letras irónicas de Joaquín y que, como sucede con algunas de Sho-Hai, algún grupo dejase un testamento poético compuesto desde Valdespartera, Arcosur, Puerto Venecia, Platea o Zuera Sur. En concéntrico, centrifugando.
Barrios que cuentan tras inventario que acabo de hacer en Miralbueno con los siguientes equipamientos imprescindibles: un kebab y restaurantes de proximidad porque muertos los padres nadie hace comida los fines de semana, bares con terraza para el gossip y casquería, varias clínicas dentales y centros de estética, algunas peluquerías, bastantes chinos con tapas unificadas de la ruta de la rebocina que no santifican la Virgen de agosto, muchas tiendas de bicicletas, academias de inglés y, por supuesto, abundantes clínicas veterinarias. Siendo casi imposible encontrar carnicerías, verdulerías o panaderías, vacío que llenan las franquicias. Y esto es lo que hay, como dice Arcade Fire:
En una guerra suburbana, Tu parte de la ciudad contra la mía, Te vi en la orilla opuesta, Pero para cuando cayeron las primeras bombas Ya estábamos aburridos
Para superar esta clase de aburrimiento existencial , la galbana que entra cuando recorremos calles sin comercio, pueblos sin relevo para la panadería, pozas colapsadas cada verano, la vida y obra de Joaquín es inspiración permanente.
Volvamos a su pueblo natal para pasear con sus textos por su parque escultórico y leerlos con él bajo su busto de alabastro, paseemos nuevamente Teruel City Dowtown con salida y llegada en el Instituto Ibáñez Martín, tomemos un par de cervezas con patatas y batatas fritas en ese bar especial de la calle Cortes de Aragón cercano a la redacción de “El Periódico de Aragon”, revisemos su documental para Televisión Española en Aragón sobre José Iranzo en el móvil acodados en el tramo del Canal Imperial que besa a Torrero y Ruiseñores.
Si el presupuesto os da para más, podéis volver a la Barcelona de Carbonell y su público compuesto por la emigración oscense y turolense de los 70. Sus conciertos en las cocheras de Sants, barrio con un núcleo antiguo, así lo requiere.
La admiración de Joaquín por Brassens fue uno de los santos y señas de su propuesta artística, de su poesía hecha melodías bien templadas. Del modo, y aunque también actuó en el Cono Sur, que relacionamos las chacareras y los boliches con el legado musical de Mauricio Aznar, el mejor Carbonell para mí no es el de los recitales con Labordeta y La Bullonera, sino el de los intimistas que perpetró y cuajó este suave turolense en el Mediodía francés y París, donde fue profundamente valorado y respetado como su vecino de comarca: el escultor Pablo Serrano. La mina áspera escondiendo círculos perfectos de metales nobles pulidos, los aragoneses y la búsqueda inútil del alma a través de la geológica. El mito de la caverna revivido.
Hijo de la veta ferruginosa, ciprés alegre toscano de los que marcaron caminos, entrevistador diligente e independiente, aragonés trovador medieval canónico con sucursales en Barcelona y Aquitania, seguid a Joaquín, optad por su sentido de la vida de buena vecindad y diálogo. No hagáis sufrir al perro grande sin misión ni rebaño dejándolo solo en el piso para que palíe vuestra mala relación con vosotros mismos. Y si ya lo queréis más que a los amigos que estuvieron de paso en vuestras vidas, llevadlo a trotar por los caminos de Alloza.
Si el paisaje tuyo es una pensión, Sin domingos y sin pastel
No te amargues por una vez, Te dejamos ser de Teruel
Un beso Joaquín. Ya sabes que vas resucitando, que toparse con tu fantasma en tu luz es una bendición.
12.08 Luis Iribarren

