Un plano y vista de pájaro del Castillo de la Aljafería en Zaragoza, del entonces Fuerte Militar, en el año 1737, con indicación de sus dependencias. Está troceado en dos mitades para poderlo ver aquí un poco más grande.
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15.8.26
Plano de la Aljafería del año 1737
Un plano y vista de pájaro del Castillo de la Aljafería en Zaragoza, del entonces Fuerte Militar, en el año 1737, con indicación de sus dependencias. Está troceado en dos mitades para poderlo ver aquí un poco más grande.
Riglos y la cuna del Reino de Aragón: prevención y sentido común. Cuando se apaguen las llamas
Hoy mismo, oyendo comentarios desde mi particular retiro jacetano y siguiendo con preocupación lo que está sucediendo no demasiado lejos de aquí, me ha venido a la cabeza aquella conocida expresión de que Roma no se construyó en un día.
Y quizá pocas veces me haya parecido tan apropiada.
Porque, como Roma no se construyó en un día, tampoco se reconstruirán en un día los parajes que hoy vemos calcinados. La naturaleza necesitará tiempo. Mucho tiempo. Habrá lugares que volverán a cubrirse de verde relativamente pronto y otros que necesitarán años, quizá décadas, para recuperar algo parecido al paisaje que conocíamos.
Sin embargo, estos días estamos comprobando una paradoja mucho más dolorosa:
lo que no puede construirse en un día sí puede destruirse en uno.
Siglos de historia han contemplado estos montes. Generaciones enteras han pasado por ellos. Guerras, crisis, transformaciones sociales, despoblación y el inevitable paso del tiempo no consiguieron borrar un paisaje que, en cuestión de horas, ha quedado profundamente herido.
Y el fuego ha llegado incluso a amenazar uno de los lugares más simbólicos de nuestra historia: San Juan de la Peña, estrechamente ligado a los orígenes del Reino de Aragón.
Resulta estremecedor pensarlo.
Siglos construyendo una historia. Siglos conservando un patrimonio. Siglos contemplando prácticamente el mismo paisaje.
Y pueden bastar unas horas para ponerlo todo en peligro.
Roma no se construyó en un día.
Aragón tampoco.
Pero hoy mismo estamos comprobando que para amenazar siglos de naturaleza, patrimonio e historia puede bastar uno solo.
Escribo además mientras el incendio continúa siendo una emergencia. Por eso considero que todavía no es el momento de hacer balances definitivos ni, mucho menos, de dictar sentencias desde la comodidad de una silla.
Ahora mismo la prioridad es otra: apagar el fuego, proteger a las personas, defender los pueblos y evitar que las llamas sigan avanzando.
Y, por supuesto, reconocer a quienes están allí: bomberos, brigadas forestales, agentes de protección de la naturaleza, Guardia Civil, Protección Civil, UME, medios aéreos, voluntarios y tantas personas que durante estos días se están enfrentando directamente a unas llamas que no entienden de horarios, administraciones, competencias ni discursos políticos.
Ellos están donde hay que estar mientras los demás observamos.
Ya llegará el momento de analizar qué ocurrió.
Será la investigación y, en su caso, la Justicia la que determine el origen concreto del incendio y las responsabilidades que pudieran existir. Yo no quiero convertir una sospecha en una sentencia ni adelantar conclusiones que corresponde establecer a quienes investigan los hechos.
Pero sí creo que podemos empezar a hacernos otras preguntas.
Porque una cosa es preguntarnos cómo comienza un incendio y otra muy distinta preguntarnos qué condiciones permiten que, una vez iniciado, pueda adquirir semejantes dimensiones.
Y ese segundo debate no empieza ni termina con Riglos.
Se van a oír muchas cosas estos días.
Unos lo achacarán al cambio climático. Otros hablarán de la falta de lluvias, de las altas temperaturas, de la sequedad acumulada, del viento o del estado de nuestros montes. Otros pondrán el acento en la acción humana.
Y probablemente acabemos escuchando argumentos razonables mezclados con afirmaciones precipitadas.
No creo que debamos caer en el error de buscar una única explicación para un fenómeno tan complejo. El cambio climático puede favorecer condiciones más extremas. La falta de precipitaciones puede aumentar la sequedad de la vegetación. El viento puede convertir un incendio en prácticamente incontrolable. El estado del monte puede favorecer o dificultar su propagación. Y la acción humana puede estar detrás del origen de un fuego.
Varias cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.
Pero mientras discutimos sobre las causas existe una cuestión bastante más sencilla que no deberíamos olvidar:
¿qué podemos hacer nosotros?
No podemos decidir cuándo va a llover.
No podemos controlar la dirección del viento.
No podemos evitar que caiga un rayo.
Tampoco podremos garantizar nunca que desaparezcan completamente las imprudencias o incluso las acciones deliberadas.
Pero existen dos conceptos sobre los que sí podemos actuar:
prevención y sentido común.
Quizá deberíamos recuperar aquella expresión tantas veces repetida de que más vale prevenir que curar.
Porque aplicada a nuestros montes adquiere todo su sentido.
Cuando el incendio alcanza enormes dimensiones reclamamos más medios.
Más bomberos.
Más brigadas.
Más medios aéreos.
Más maquinaria.
Más personal.
Y probablemente hagan falta.
No cuestiono ni por un instante la necesidad de disponer de todos los recursos posibles cuando hay vidas, viviendas, pueblos, naturaleza y patrimonio amenazados.
Pero yo me hago otra pregunta:
¿cuándo hacen falta realmente más medios: ahora, cuando miles de hectáreas están ardiendo, o antes, cuando todavía estamos a tiempo de reducir riesgos y preparar el territorio?
Probablemente la respuesta sea menos espectacular que cualquier titular:
en ambos momentos.
Necesitamos medios para extinguir y necesitamos medios para prevenir.
El problema es que unos se ven mucho más que los otros.
Un helicóptero descargando agua sobre las llamas produce una imagen espectacular. Una brigada realizando trabajos preventivos en febrero difícilmente abrirá un informativo.
Un medio aéreo atravesando una columna de humo aparecerá en todos los medios. Una campaña de educación y concienciación realizada meses antes probablemente pasará inadvertida.
Pero ambas cosas forman parte de la misma lucha.
Quizá durante demasiado tiempo hayamos entendido la lucha contra los incendios fundamentalmente como nuestra capacidad para apagarlos y no suficientemente como nuestra capacidad para prepararnos antes de que aparezcan.
Y prevención no significa limpiar cada metro cuadrado de monte como si fuese un jardín.
Eso sería ecológicamente absurdo y económicamente imposible.
Prevención significa gestión forestal.
Significa mantener accesos e infraestructuras allí donde resulte necesario.
Significa realizar trabajos preventivos siguiendo criterios técnicos.
Significa facilitar que los equipos puedan actuar cuando exista una emergencia.
Significa apoyar aquellas actividades agrícolas y ganaderas que, además de generar economía y alimentos, contribuyen en muchos lugares a mantener vivo y gestionado el territorio.
Pero prevención también significa algo mucho más sencillo:
educar y concienciar.
Campañas en colegios.
Información dirigida a turistas y visitantes.
Formación para quienes realizan determinadas actividades en el medio natural.
Señalización.
Recordatorios sobre conductas de riesgo.
Información sobre qué debemos hacer y, quizá todavía más importante, qué no debemos hacer.
Y hacerlo antes.
No únicamente cuando tenemos una montaña ardiendo delante de nosotros.
Porque una campaña de concienciación cuando el incendio ocupa todas las portadas sirve para recordarnos el problema.
Una campaña cuando todavía no hay fuego intenta prevenirlo.
Y junto a la prevención necesitamos algo que no cuesta millones de euros ni requiere grandes infraestructuras:
sentido común.
Sentido común por parte de las administraciones para invertir antes de que llegue la emergencia.
Sentido común en la gestión de nuestros montes.
Sentido común para mantener campañas de concienciación durante todo el año.
Pero también sentido común por nuestra parte cuando entramos en un espacio natural.
Porque las administraciones tienen su responsabilidad y los ciudadanos tenemos la nuestra.
Podemos exigir montes mejor gestionados, más medios, mejores infraestructuras, campañas de prevención y una respuesta rápida ante cualquier emergencia.
Debemos exigirlo.
Pero al mismo tiempo debemos preguntarnos qué hacemos nosotros.
Hay comportamientos que no necesitan grandes debates científicos ni políticos.
Hay cosas que simplemente no deben hacerse en un monte cuando existe riesgo de incendio.
Para comprenderlo no hacen falta siglas.
Ni ideologías.
Ni grandes discursos.
Hace falta información.
Educación.
Prevención.
Y sentido común.
Porque exigir responsabilidad a las administraciones mientras nosotros actuamos irresponsablemente sería demasiado fácil.
Prevenir un incendio es responsabilidad de quienes gestionan el territorio, pero también de quienes lo utilizamos y disfrutamos.
Y quizá deberíamos recordar algo todavía más elemental: el monte que hoy disfrutamos no nos pertenece exclusivamente a quienes estamos aquí.
Lo hemos recibido de quienes estuvieron antes.
Y tendremos que dejarlo a quienes vengan después.
Naturalmente, debemos separar aquellos incendios originados por fenómenos meteorológicos.
Un rayo no entiende de campañas institucionales ni de sentido común.
Pero incluso entonces permanece una pregunta:
quizá no podamos evitar que aparezca la chispa, pero ¿podemos conseguir que encuentre un territorio mejor preparado cuando aparezca?
Para mí, ahí está la diferencia entre prevención y resignación.
Y precisamente ahí deberían entrar nuestras administraciones.
El Gobierno de España, a través del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico; las comunidades autónomas, mediante sus consejerías o departamentos competentes; y, dentro de sus respectivas responsabilidades, diputaciones, comarcas y ayuntamientos.
No se trata de señalar exclusivamente a una administración.
Se trata precisamente de lo contrario.
De comprender que la prevención necesita coordinación, continuidad y planificación.
Quizá deberíamos preguntarnos cuánto esfuerzo dedicamos a las campañas permanentes de prevención y concienciación.
Y no únicamente en julio y agosto.
También en noviembre.
En enero.
En marzo.
Precisamente cuando los incendios no son noticia.
Porque resulta paradójico reclamar enormes recursos cuando las llamas avanzan hacia una población y que, durante el resto del año, la prevención resulte mucho menos visible.
No digo que haya que quitar un solo recurso a la extinción.
Todo lo contrario.
Digo que quizá deberíamos comprender que los medios destinados a prevenir también son medios contra incendios, aunque no aparezcan fotografiados junto a una columna de humo.
Y luego llegará inevitablemente la política.
Me temo que no tardaremos demasiado.
Unos preguntarán por qué no había más medios.
Otros responderán que nunca se habían movilizado tantos.
Unos señalarán las decisiones del gobierno actual.
Otros recordarán las de gobiernos anteriores.
Escucharemos ruedas de prensa, comparecencias, cifras y acusaciones cruzadas.
Forma parte del debate democrático y, si existen errores, habrá que exigir responsabilidades.
Pero hay algo que yo pediría a unos y a otros:
que la prevención de incendios sobreviva a las elecciones.
Porque un monte no entiende de legislaturas.
Un árbol puede necesitar décadas para crecer.
Una política forestal necesita continuidad.
Y una legislatura dura cuatro años.
Si cada nuevo gobierno pretende comenzar de cero, difícilmente podremos construir una estrategia a largo plazo.
Quizá necesitemos menos enfrentamientos sobre quién hizo menos y más acuerdos sobre qué debemos seguir haciendo gobierne quien gobierne.
Porque mientras unos hablarán del cambio climático, otros de la sequía, otros del estado del monte y otros de responsabilidades políticas, existe algo bastante difícil de discutir:
no podemos decidir cuándo va a llover, pero sí podemos decidir qué hacemos antes de que deje de hacerlo.
Y ahí comienzan la prevención y el sentido común.
Todo esto me lleva además a otra cuestión de la que llevamos décadas hablando en Aragón y en buena parte de España: la despoblación.
Nuestros pueblos pierden habitantes.
Se cierran casas.
Desaparecen explotaciones agrícolas y ganaderas.
Se abandonan determinados terrenos.
Actividades tradicionales dejan de resultar rentables.
Algunas localidades multiplican su población durante unas semanas de verano para regresar después a una realidad demográfica completamente diferente.
Y eso también transforma el territorio.
Quizá haya llegado el momento de dejar de considerar a agricultores, ganaderos y habitantes del medio rural simplemente como supervivientes de otro tiempo.
También forman parte de la conservación del territorio.
Porque un territorio habitado se recorre.
Se trabaja.
Se observa.
Y se conoce.
Naturalmente, tampoco aquí existen soluciones mágicas.
No vamos a evitar todos los incendios devolviendo unas cuantas cabezas de ganado al monte ni solucionaremos la despoblación mediante una campaña institucional.
Pero quizá deberíamos abandonar esa costumbre de analizar cada problema por separado.
La política forestal.
La despoblación.
La agricultura.
La ganadería.
El turismo rural.
La conservación medioambiental.
Las comunicaciones.
La prevención de incendios.
Todo sucede sobre el mismo territorio.
Tal vez deberíamos empezar a pensar conjuntamente sobre él.
Y el incendio de Riglos ha añadido además una dimensión emocional especialmente fuerte para quienes sentimos Aragón como nuestra tierra.
San Juan de la Peña.
No es simplemente un monumento.
Es uno de esos lugares donde nuestra historia puede tocarse.
Uno de los espacios íntimamente relacionados con los orígenes del Reino de Aragón.
Por supuesto que hay que protegerlo.
Pero también debemos proteger los pueblos que existen alrededor.
Y, fundamentalmente, a las personas que viven en ellos.
Porque no deberíamos tener que elegir entre proteger las piedras que cuentan nuestra historia y proteger a las personas que continúan escribiéndola.
San Juan de la Peña es patrimonio.
Los Mallos de Riglos son patrimonio.
Nuestros bosques son patrimonio.
Pero también lo son nuestros pueblos.
Y las personas que siguen viviendo en ellos.
Sin ellas podríamos conservar edificios maravillosos y terminar convirtiendo parte del territorio en un enorme museo sin vida.
Y aquí reconozco que mi reflexión deja de ser únicamente general para convertirse también en algo personal.
Porque no quiero ni pensar cuáles serán mis propios pensamientos cuando vuelva a Riglos.
Lo digo porque este mismo año he tenido la oportunidad de contemplar esa maravilla de nuestra geografía.
Es más:
hace apenas dos semanas estuve nuevamente allí.
Dos semanas.
Parece increíble.
Tengo todavía reciente en la memoria aquel paisaje.
Los Mallos levantándose sobre Riglos.
Sus colores.
El monte que los rodea.
Los caminos.
Y esa sensación difícil de explicar que producen determinados lugares cuando uno se detiene simplemente a contemplarlos.
Y ahora veo las imágenes del incendio.
Quizá por eso me resulte todavía más difícil asumirlo.
Porque una cosa es contemplar a través de una pantalla cómo arde un lugar que conocemos y otra muy distinta recordar que hace apenas unos días estábamos allí, mirando un paisaje que dábamos por supuesto que encontraríamos igual la próxima vez.
No quiero ni imaginar qué sentiré cuando regrese.
Probablemente buscaré con la mirada aquello que recuerdo.
Compararé inevitablemente.
Pensaré dónde estaba hace dos semanas.
Qué veía.
Qué fotografié.
Qué había allí.
Y qué queda ahora.
Entonces comprenderé de una manera todavía más directa algo que estos días estamos expresando mediante cifras de hectáreas, mapas y perímetros quemados:
un paisaje también forma parte de nuestra memoria.
Y cuando un paisaje cambia violentamente, de alguna manera también cambia nuestra forma de recordarlo.
Los Mallos seguirán allí.
Riglos seguirá allí.
Y la naturaleza, con tiempo, comenzará nuevamente su trabajo.
Pero quienes hemos contemplado recientemente aquel entorno recordaremos cómo era antes del fuego.
Yo, al menos, lo recordaré.
Porque lo vi este mismo año.
Lo vi hace apenas dos semanas.
Y quizá precisamente por eso, cuando vuelva, no quiera preguntarme únicamente qué destruyó el incendio.
Querré preguntarme qué hicimos después.
Porque esa será la verdadera prueba.
Cuando finalmente se apaguen las llamas comenzará la parte menos espectacular.
La que normalmente deja de abrir los informativos.
Evaluar los daños.
Recuperar infraestructuras.
Proteger los suelos.
Estudiar qué zonas deben regenerarse naturalmente y dónde habrá que intervenir.
Ayudar a quienes hayan sufrido pérdidas.
Recuperar caminos.
Analizar qué funcionó y qué falló.
Y, sobre todo, mantener vivas dos expresiones cuando haya desaparecido la palabra incendio: prevención y sentido común.
Porque llegará ese día.
Esperemos que muy pronto.
Escucharemos primero que el incendio está controlado.
Después, que está extinguido.
Los helicópteros dejarán de volar.
Las carreteras recuperarán la normalidad.
Los vecinos volverán.
Las cámaras se marcharán.
Riglos dejará de abrir informativos.
Y aparecerá inevitablemente otra noticia.
Pero el monte quemado seguirá allí.
Y entonces comenzará una recuperación que no se medirá en horas.
Se medirá en años.
Por eso, desde mi retiro jacetano, mientras hoy escucho conversaciones y comentarios sobre el incendio, pienso también en lo que diremos dentro de seis meses.
Cuando sea invierno.
Cuando quizá la nieve cubra parte de estas montañas.
Cuando nadie esté hablando de las temperaturas de agosto.
¿Seguiremos hablando de prevención?
¿Seguiremos destinando recursos?
¿Seguiremos realizando campañas de concienciación?
¿Seguiremos preguntándonos cómo recuperar los parajes afectados?
¿O habrá que esperar nuevamente a ver una columna de humo para acordarnos de nuestros montes?
Ese será para mí el verdadero examen.
Dentro de cinco o diez años deberíamos volver a mirar este territorio y preguntarnos qué hicimos después.
Si recuperamos lo que podía recuperarse.
Si mejoramos la prevención.
Si ayudamos a sus habitantes.
Si conseguimos mantener vivos nuestros pueblos.
Si protegimos mejor nuestro patrimonio.
Si aprendimos algo.
O si simplemente esperamos al siguiente incendio para volver a hacernos exactamente las mismas preguntas.
Porque Roma no se construyó en un día.
Nuestros montes tampoco.
Nuestros pueblos tampoco.
San Juan de la Peña tampoco.
Aragón tampoco.
Todo lo que hoy contemplamos es consecuencia de siglos de naturaleza, historia y presencia humana.
Y quizá por eso resulte todavía más doloroso comprobar lo poco que puede costar ponerlo en peligro.
Cuando finalmente se apaguen las llamas tendremos derecho a sentir alivio.
Pero no deberíamos permitir que con ellas se apaguen también nuestra memoria, la prevención, la concienciación y las preguntas incómodas.
Porque el verdadero balance del incendio de Riglos no debería hacerse el día en que desaparezca la última llama.
Yo prefiero hacerlo dentro de unos años.
Cuando pueda volver por allí, mirar nuevamente aquellos montes y recordar que apenas dos semanas antes del incendio tuve la fortuna de contemplarlos como eran.
Y entonces preguntarme qué hicimos cuando desaparecieron el humo, las cámaras, las declaraciones políticas y los titulares.
Entonces sabremos si este incendio únicamente nos dejó miles de hectáreas convertidas en ceniza.
O si, al menos, además de lamentarnos, fuimos capaces de aplicar algo que parece mucho más sencillo de decir que de mantener en el tiempo: prevención y sentido común.
Carlos Masa
14.8.26
Incendio en San Juan de la Peña
Estas imágenes de ayer 13 de agosto de 2026, del Monasterio histórico de San Juan de la Peña, cuna de Aragón e icono de un territorio histórico, son sobre todo un ejemplo que nos debe obligar a reflexionar mucho más.
El incendio de toda esa zona es brutal, incontrolable, pero somos los responsables de conservar nuestros legados y nuestra historia para las generaciones que vendrán. Y debemos ser capaces con más ingenio, de saber hacer las cosas bien.
Ayer fue heroico lo que se hizo, pero este tipo de actuaciones no se deben hacer con tanta urgencia, con tan poco control profesional y lo sabemos todos.
Hubo que hacer lo que se requería y por quien pudo hacerlo. Pero eso nos debe llevar a la conclusión de que así NO. Y a saber defendernos antes de lo que podría haber sido una barbaridad histórica.
13.8.26
Territorio Joaquín Carbonell. Revisado tras un paseo por Alloza
Su voz bien timbrada, abaritonada, me trasladaba a la calidad de las interpretaciones operísticas de Javier Kraus: qué cantante tan fino. Correspondió Joaquín, aun con sus últimas incursiones en el somardismo musical militante, a una estirpe de cantantes de kilómetro cero pero calidad vocal innegable: Luis Pastor, Amancio Prada, Eliseo Parra y muchos meteríamos pese a la saturación de haberlos oído hasta la saciedad a Luis Eduardo Aute y a Silvio Rodríguez.
Otros autores de letras las cantaron con más testosterona, con quebradiza y excesiva emoción, llegaba el mensaje y no tanto la voz: y no voy a citar aragoneses sino a autores contemporáneos de textos imprescindibles para la poesía española como Robe Iniesta, el combo Cristina Rosenvinge en comunión con Nacho Vegas o la especialista en crear música polifónica de la Generación Y, bellísima por fuera y por dentro, María Arnal.
Joaquín tenía toma de tierra, conexión minera imantada, era rojo pero capilar con más estratos, un buen tío. Recientemente estuve en Alloza, su lugar natalicio, leyendo sus huellas, poniendo el oído en las calles como los indios en las vías para oír si venía el ferrocarril. No vino, pero visité el mejor Calvario, por su bosque de quinientos cipreses centenarios, que tiene Aragón. Gracias, maestro, por generar otro peregrino.
Y pensé en Carbonell como un ciprés bello, antiguo y enhiesto. Capaz de resistir rayos y vendavales, seis meses de sequía, agarrado a la tierra roja arcillosa y manteniendo su tronco recto que en las Cuencas Mineras deviene del color apasionado de los cedros.
Chupando la humedad como las baldosas caldero de las fábricas de gres de Alloza y Andorra, cantando, narrando y entrevistando con la finura estilística de su vecino jotero, José Iranzo, el pastor de Andorra. Que dúos no habrían hecho mis dos cantantes aragoneses vocalmente favoritos.
Como bien ha apuntado Jorge Herrero, al buen vecino con origen en un pueblo hijo del urbanismo árabe Joaquín no le haría gracia esta Zaragoza de metros de calles céntricas con comercios de fundadores jubilados reconvertidos en pisos-zulo. Ya lo denunciaron los preclaros “Arcade Fire” en su excelente disco “The Suburbs”: las ciudades las han dejado crecer hasta la deshumanización en Montreal como en Zaragoza. El volumen, según Win Butler, se concibió como un conjunto de letras dirigidas desde los extrarradios a los centros (cuánto bien has hecho y qué poco se te lee como poeta, Carver, hijo californio de Chéjov).
En Zaragoza parir así implicaría la dirección opuesta a la de las letras irónicas de Joaquín y que, como sucede con algunas de Sho-Hai, algún grupo dejase un testamento poético compuesto desde Valdespartera, Arcosur, Puerto Venecia, Platea o Zuera Sur. En concéntrico, centrifugando.
Barrios que cuentan tras inventario que acabo de hacer en Miralbueno con los siguientes equipamientos imprescindibles: un kebab y restaurantes de proximidad porque muertos los padres nadie hace comida los fines de semana, bares con terraza para el gossip y casquería, varias clínicas dentales y centros de estética, algunas peluquerías, bastantes chinos con tapas unificadas de la ruta de la rebocina que no santifican la Virgen de agosto, muchas tiendas de bicicletas, academias de inglés y, por supuesto, abundantes clínicas veterinarias. Siendo casi imposible encontrar carnicerías, verdulerías o panaderías, vacío que llenan las franquicias. Y esto es lo que hay, como dice Arcade Fire:
Para superar esta clase de aburrimiento existencial , la galbana que entra cuando recorremos calles sin comercio, pueblos sin relevo para la panadería, pozas colapsadas cada verano, la vida y obra de Joaquín es inspiración permanente.
Volvamos a su pueblo natal para pasear con sus textos por su parque escultórico y leerlos con él bajo su busto de alabastro, paseemos nuevamente Teruel City Dowtown con salida y llegada en el Instituto Ibáñez Martín, tomemos un par de cervezas con patatas y batatas fritas en ese bar especial de la calle Cortes de Aragón cercano a la redacción de “El Periódico de Aragon”, revisemos su documental para Televisión Española en Aragón sobre José Iranzo en el móvil acodados en el tramo del Canal Imperial que besa a Torrero y Ruiseñores.
Si el presupuesto os da para más, podéis volver a la Barcelona de Carbonell y su público compuesto por la emigración oscense y turolense de los 70. Sus conciertos en las cocheras de Sants, barrio con un núcleo antiguo, así lo requiere.
La admiración de Joaquín por Brassens fue uno de los santos y señas de su propuesta artística, de su poesía hecha melodías bien templadas. Del modo, y aunque también actuó en el Cono Sur, que relacionamos las chacareras y los boliches con el legado musical de Mauricio Aznar, el mejor Carbonell para mí no es el de los recitales con Labordeta y La Bullonera, sino el de los intimistas que perpetró y cuajó este suave turolense en el Mediodía francés y París, donde fue profundamente valorado y respetado como su vecino de comarca: el escultor Pablo Serrano. La mina áspera escondiendo círculos perfectos de metales nobles pulidos, los aragoneses y la búsqueda inútil del alma a través de la geológica. El mito de la caverna revivido.
Hijo de la veta ferruginosa, ciprés alegre toscano de los que marcaron caminos, entrevistador diligente e independiente, aragonés trovador medieval canónico con sucursales en Barcelona y Aquitania, seguid a Joaquín, optad por su sentido de la vida de buena vecindad y diálogo. No hagáis sufrir al perro grande sin misión ni rebaño dejándolo solo en el piso para que palíe vuestra mala relación con vosotros mismos. Y si ya lo queréis más que a los amigos que estuvieron de paso en vuestras vidas, llevadlo a trotar por los caminos de Alloza.
Un beso Joaquín. Ya sabes que vas resucitando, que toparse con tu fantasma en tu luz es una bendición.
12.08 Luis Iribarren
Solsticio sociológico en el Bajo Aragón Histórico, verano del 26
Me gusta revisar cuando salgo de Zaragón, como en esos bares del Bajo Aragón en que aún quedan mesas con patas de hierro colado y tablero de alabastro, las noticias de “La Comarca”: el periódico en formato de papel y digital del Bajo Aragón histórico y Cuencas Mineras. Me da tanto gusto como leer la publicación decana del periodismo aragonés, El Pirineo Aragonés, en el bar de mi pueblo.
Pilar Narvión la alcañizana (fundamental en la historia del periodismo español), Manolo Campo Vidal que colabora aún en el periódico comarcal turolense, mi querido amigo jacetano y a veces mi editor Sergio Sánchez Lanaspa como la red de corresponsales del Heraldo de Huesca de la que vengo como emborronador de ideas.
Así como otras iniciativas y me dejaré muchas, vivas y muertas, como son Radio Monegros, el Ecos del Cinca de Monzón, el digital “Hoy Cinco Villas” o el “Calatayud Noticias” y la emisora de la SER de Calatayud, han sido las escuelas del gran periodismo aragonés, aumentadas por las iniciativas del Diario de Huesca y el Aragón Digital, y el mantenimiento en el Tiempo del Diario de Teruel y la revista Turia. Todos ellos hablan de un Aragón con pulso y púa, homenajean al genial personaje que es José Luis Paricio (Radio Binéfar y Litera Radio) y al romántico e intenso equipo creador de Radio Benabarre, José Luis Brualla y Pilar Borruel. Estamos disfrutando de los últimos coletazos de las escuelas de participación, al frente personajes en ocasiones que rayaron lo tiránico.
El citado Brualla plantándose en acontecimientos sociales como los hombres de negro de Wyoming, porque, como decimos en la Jacetania pobre cuando hay un ágape en un acontecimiento relevante, “como soy de campo, aquí me zampo”.
“La Comarca” de Alcañiz viene dando cumplida cuenta sobre que el solsticio de mañana va a ser un fenómeno que está motivando más afluencia en el este de Teruel que la propia Semana Santa, patrimonio de la Humanidad. Precios de hoteles y pensiones por las nubes, entiendo que el lugar más especial para disfrutarlo será el conjunto des miradores de la Sierra de los Arcos y, especialmente, el de San Caprasio de Andorra.
La edición que leí glosaba el debate educado y hasta culto de la Corporación alcañizana en torno, y cuando pasa como en muchos municipios Alcañiz tiene suelo industrial colindante al residencial por desarrollar, a la conveniencia de priorizar un PIGA en el cruce de la Venta del Regallo, estepa plagada de instalaciones fotovoltaicas únicamente cicatrizada por un bello tramo de la vía verde de Val de Zafán.
Es que el portavoz del Grupo Socialista es Ignacio Urquizu, sociólogo que no volvió la mirada sino que dejó una de sus dos patas en Aragón, columnista del País, con trayectoria en el Congreso y Senado, que por calidad curricular y política es de esas joyas enterradas en las milhojas de alabastro de su paisaje que Aragón se permite el lujo de ignorar, de dejarlos en el aurea mediocritas de no aportar lo suficiente. Es un talento exportado pero que Alcañiz tiene la suerte de conservar como concejal (no confundir con Barrabés).
Su trayectoria política, la que tiene Guitarte en las Cortes de Aragón, la de mi compañero como independiente en CHA y alcalde de Escucha, gran escritor cuando opina: Javier Carbó, la saga de los Guía y los alcaldes históricos del PAR de Calamocha o del propio José Ángel Biel y la trayectoria de gobiernos populares en el Ayuntamiento de Teruel, el valle del Matarranya y Albarracín, nos hablan de una tierra de concordia, de saber hacer en el debate político como también sucedió y se añora en la diputación oscense.
El número que leí ponía el acento en Antonio Ariño, importantísimo sociólogo de Allepuz con carrera en Valencia (como fue el caso del arquitecto Guitarte, del músico guapísimo Álvaro Lafuente con ojos del Sistema Ibérico que ama a Carbonell (Guitarricadelafuente), del arzobispo de Barcelona de origen queretano Omella y el de tantos turolenses residentes en Cataluña y Levante) que tiene una dilatadísima trayectoria editorial.
Del mismo modo que cada verano nos vuelve el sociólogo de la Canal de Berdún, de Martes, Bienvenido Visauta Vinacua, especialista en sociología del trabajo y al que le publicó la editorial valenciana Tirant lo Blanch… Ah, ese censo pendiente de intelectuales aragoneses en el exilio. Claro, si les dejamos participar, dejarán en evidencia a los trepas de la política de cada partido.
Antonio Ariño Villaroya, catedrático de Sociología de la Universidad de Valencia que con seguridad conocerá a mi vecino canalizo, ha publicado entre otras obras en la editorial citada las tituladas “Asociacionismo y voluntariado en España”; La participación cultural en España ; Las encrucijadas de la diversidad cultural y Diccionario de la solidaridad . He tenido la oportunidad de leer la segunda y tercera citadas que me ilustraron enormemente y que me lanzan a una reflexión.
La noticia que glosa que el sociólogo del Maestrazgo ha recibido el Premio Nacional de Sociología y Ciencias Políticas de 2026 se halla enterrada como cofre en una edición del periódico especial en que al 60% se anuncian los actos de las fiestas de Caspe, de Andorra y de la mitad de la comarca de agosto, con las publicidades correspondientes de concesionarios y peluquerías.
En estas páginas podemos comprobar la continuidad de actos taurinos, de los desfiles carrozas y la conservación de las reinas de las fiestas. Sencillas y espléndidas niñas, reflejan la mítica belleza producto de la mezcla de sangre de los bajo aragoneses, pómulos altos, tez clara pero mate brillante (alabastrada), ojos claros rasgados y pelo rubio o castaño oscuro enmarcados en Semana Santa por los terceroles. Son poseedores los turolenses del este de una belleza judía y morisca legendaria, transmitida de generación en generación como el saber estar y el porte procesional. Así como la pasión artesanal representada por los negocios de Alcorisa.
Pues bien, discusiones de fondo al margen sobre la conservación de este tipo de actos (hoy dentro de la categoría tradición que espetan tantos negacionistas de la participación motivada), lo que me sorprende tras haber visitado Caspe en febrero y no haberme encontrado un sábado cualquiera ni un solo caspolino ni caspolina de origen, conocido que sus colegios públicos a las dos terceras partes de alumnado son descendientes de peones agrícolas africanos, es la nula representación de los nuevos bajo aragoneses en la Semana Santa (quizá sea normal pues no se disimula su no laicidad) como en las fiestas mayores y fiestas patronales (y esto ya se lo tengo que preguntar a Urquizu y a Ariño).
Cero referencias a ellos en ochenta páginas. La vida del interior de Aragón no solo es ese mes y medio de encuentro anual de los hijos y nietos de los emigrados a Cataluña y Levante.
Si los periódicos comarcales, como pasa con los de Huesca, únicamente se limitan a ser el altavoz la crónica de una boda y sus asistentes como es lo normal en el interior de Canadá o Nueva Zelanda, es que son un ejemplo consentido de sofismo, una máscara de la realidad cotidiana que deberse reparar moralmente. No sirven las gotas en forma de fotos de Gervasio Sánchez expuestas cada año en Alcañiz, la trinchera moral no hay que ir a Gaza ni Sarajevo para planteársela. Desde lo pequeño es desde donde se alimentan las prioridades nacionales como concepto indeterminado a adoptar caso por caso, alcalde por alcalde, oposición por oposición, como esperan las familias de las representantes de las fiestas. Muchas hasta reciben subvención para comprarse el vestido de los quince años e invitar a un almuerzo alcohólico al que pocas excepciones de niños de su clase africanos van.
En el programa de fiestas, damas y mairalesas parientes de los concejales pata negra. En el Pleno, ni un solo concejal sin origen español para que no le insulten con que si ha llegado en qué patera. En los actos, ni un solo guiño al 40% de los empadronados que mantienen abierto el colegio.
No se finge, ni en Aragón ni en el resto de los ayuntamientos de lo vaciado, como predicaba Democles con que estar en política hay que hacerlo con la actitud de ser uno de tantos. Declaró varias guerras pero afirmó que sus soldados venían de ellas con arena en las suelas de las sandalias con sangre enemiga (ver la actitud del Estado de Israel en la serie Fauda), lo que por la vía del teatro y sus dramas corrompería las instituciones y, sentenció, afectaría a la vida privada de sus guerreros.
Siembra imperialismo y recogerás civilización…
Labordeta, Carbonell, Sanchis Sinisterra y el andorrano Eloy Fernández Clemente parieron textos y artículos desolados, letras imprescindibles, narrando lo que supuso el vaciamiento aragonés en su generación. Quién está componiendo hoy las obras y dramas, la trayectoria épica de los nuevos aragoneses desde su experiencia propia, desde el rap o el reggaetón.
11.08 Luis Iribarren Betés






