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12.9.26

La virgen de Torreciudad. Historia

Virgen de Torreciudad

Nuestra Señora de Torreciudad es una talla románica de Virgen sentada en un Trono o Sedes de la Sabiduría Divina, realizada en madera de álamo y de 83 cm de altura, vinculada estilísticamente a los talleres de Ribagorza y al entorno artístico de Roda de Isábena.

Aunque tradicionalmente se fecha en el siglo XI y su devoción se asocia a la conquista cristiana de la zona de Ribagorza hacia 1084, hay dudas sobre el año exacto de su construcción pero es muy posible que sea cercano a esa fecha.

En esa zona de Aragón ya había una Ermita Medieval en esa época, una pequeña construcción de origen románico (siglo XI) donde se veneraba la imagen original de Nuestra Señora de los Ángeles de Torreciudad. Al lado se conservan restos de una antigua torre de vigilancia defensiva árabe (turris civitatis).

Su aspecto actual está fuertemente condicionado por una restauración del siglo XX que añadió el revestimiento dorado, las coronas y diversos elementos ornamentales. La imagen que hoy vemos en Torreciudad es la talla medieval auténtica, pero su apariencia actual no es enteramente medieval. Se le han ido añadiendo los dorados, las coronas, algunas piedras semipreciosas e incluso la flor que lleva la Virgen.

La virgen y el Niño miran esencialmente hacia el espectador. Predominan la frontalidad, la solemnidad y la ausencia del sentimentalismo materno que aparecerá después en el gótico. El Niño es presentado casi como un pequeño Cristo en Majestad. El modelo tiene antecedentes bizantinos y carolingios y se extendió con extraordinaria fuerza por Europa occidental entre los siglos XI y XII.

Virgen Torreciudad antes restauración



El rostro medieval nos muestra una cabeza algo inclinada, rostro ovalado y macizo, grandes ojos almendrados bajo arcos superciliares suavemente marcados, pómulos definidos, nariz de planos laterales relativamente rectos y una boca cuidadosamente modelada que llega a insinuar una sonrisa, y cabe la posibilidad de que las manos actuales podrían ser añadidas. Es una observación que obliga a ser prudentes cuando se intenta reconstruir milimétricamente el aspecto del original medieval.

El Niño constituye una pieza separada, una talla exenta que puede retirarse del regazo de María. Es un detalle técnico muy significativo, pues es desmontable como sucede en otras vírgenes aragonesas. No se sabe el motivo exacto de esto, pero es muy posible que en algunas ceremonias solo se representara a la Virgen sin el Niño, por ejemplo, en Navidades.

El manto envuelve la figura generando una secuencia muy estudiada de pliegues. González-Simancas observó cómo el escultor intentó explicar visualmente el movimiento de la tela: el manto rodea la cintura, cae alrededor de las piernas y se deforma por el peso del Niño sentado sobre el regazo.

La silla sobre la que se sienta a modo de Trono es sumamente sencilla pero escultóricamente interesante. Posee cuatro montantes cilíndricos, pequeñas basas y remates redondeados en forma de pomo.

En la actualidad los rostros y las manos de la escultura aparecen de un marrón negruzco muy intenso, por lo que numerosas publicaciones la incluyen entre las llamadas Vírgenes negras. Pero eso no demuestra que el escultor medieval quisiera representar una Virgen negra.El envejecimiento de la madera de álamo le había dado un hermoso «tono tostado" e incluso sa sabe que ha aumentado ese tono tan oscuro con barnices o intervenciones posteriores.

La superficie dorada espectacular que ahora cubre el manto, la túnica, el Niño y el trono fue aplicada en la gran restauración del siglo XX. No estamos contemplando intacto un revestimiento de oro del siglo XI o XII que seguramente pudieron no existir en la imagen primitiva. La documentación de la restauración señala igualmente que hacia 1970 se aplicó pan de oro; otras descripciones del proceso sitúan la finalización del conjunto de trabajos en 1974, incluyendo desinsectación, consolidación, policromía y chapado dorado. 

No es una falsificación, es una decisión de restauración propia de una época para ponerla en mayor valor, posiblemente una intervención que hoy no se haría así.

La Virgen había llevado mantos textiles durante siglos y a comienzos del XX aparecía completamente vestida. En fotografías de los años sesenta se aprecia la escultura sin las actuales coronas metálicas. Según el historiador Martín Ibarra, durante la restauración moderna se añadieron las piedras ornamentales del manto y del broche, las coronas de María y del Niño y la flor de la mano derecha. La flor probablemente ocupa el lugar de un atributo desaparecido. La posición de la mano indica que originalmente debió sostener algo, pero no sabemos qué era. Podría haber sido una flor, fruto, orbe u otro objeto simbólico; afirmar cuál sería especulativo.

Del siglo XI-XII quedan esencialmente el volumen y concepción de María sedente, el Niño antiguo, el trono, la estructura del vestido y sus pliegues, la gran fíbula tallada y buena parte del modelado fundamental de las figuras. Es decir, la escultura sigue siendo medieval aunque su «vestido superficial» actual haya cambiado radicalmente.

Y precisamente la imagen desnuda de revestimientos que fotografió González-Simancas antes de la restauración —la fotografía en la que se ve la madera parduzca casi sin oro— es probablemente la que mejor permite estudiar al escultor románico del que no conocemos su nombre.

Se considera que la talla pertenece claramente al ambiente artístico de Ribagorza y relaciona ese florecimiento con la actividad cultural de la sede rotense y con personajes como San Ramón, obispo de Roda, estrechamente vinculado también al arte del valle de Boí. Señala además semejanzas muy importantes entre Torreciudad y Nuestra Señora de Villanúa, particularmente en los rostros de María y del Niño.

La zona llamada Torreciudad está dentro de uno de los territorios donde confluyen Aragón, Ribagorza, Cataluña pirenaica y las corrientes del románico internacional. La tradición afirma que la imagen fue hallada o entronizada en torno a 1083-1084, coincidiendo con la conquista cristiana definitiva de la zona conocida como Torreciudad.

En fotografías de comienzos del siglo XX aparece cubierta con grandes mantos textiles, como era habitual en muchas imágenes medievales cuya escultura original acabó casi completamente escondida bajo vestidos y coronas. En los años sesenta recibió una policromía moderna bastante llamativa, fundamentalmente roja y azul, visible en fotografías de la romería de 1964. Esa capa desapareció posteriormente durante la intervención definitiva en los años 70.

En 1964 la imagen fue llevada a los Talleres de Arte Granda, Madrid, donde se realizó una intervención relativamente limitada de consolidación. Regresó para una peregrinación desde Bolturina en mayo de ese año presidida por el obispo Jaime Flores. Alrededor de 1970, y completándose los trabajos en los primeros años setenta, se llevó a cabo la intervención decisiva, dirigida por Manuel González-Simancas Lacasa. Se eliminaron añadidos y repintes, se consolidó y trató la madera y finalmente se aplicó la presentación dorada que conocemos. 

 Desde 1975, la talla original quedó situada en el camarín central del gran retablo de alabastro del nuevo templo de Torreciudad diseñado por Heliodoro Dols y cuyo retablo realizó Joan Mayné.

Lo valioso de la Virgen de Torreciudad es sobre todo la talla de la madera: su rostro extraordinariamente contenido, el leve movimiento dentro de mirada frontal, la concepción monumental del cuerpo, la separación del Niño, el complejo plegado de las telas, la gran fíbula y el singular trono.

La posesión de la talla de la virgen es una de las claves que definen el litigio por el control del santuario de Torreciudad que enfrenta desde 2020 a la diócesis de Barbastro y el Opus Dei. En realidad debajo de esta pelea sobre documentos y una talla de la virgen, se esconde algo mayor. El control de la iglesia cristiano católica del santuario que está controlada por el Opus Dei.

10.9.26

Neguemos el Informe PISA. Informe Atarés


EL INFORME ATARÉS PARA NEGAR EL DE PISA. EL CURSO Y FRACASO ESCOLAR, un mes y medio más tarde del incendio, sin escuela


Atarés, Botaya y Ena, todos hijos de los frailes de San Juan de la Peña (Adolfo Betés, mi abuelo). Cuando había, ahora solamente hay guías (Luis Iribarren, su nieto).

El término de Atarés no es la primera vez que se quema. Al suroeste del término de Jaca, un lugar con tan pocas casas dio lugar a una estirpe, una rama bastarda de los Aragón, que portaron ese apellido que se expandió con el navarro de Aibar hasta Borja. Donde fueron familia, palacio y condado original, con posterior sede en Pinseque.

El esplendor de este bello apellido lo encontramos en forma de ser común en la villa límite de trashumancia de Almudévar. Como sucede con la panadería Berdún que está en Alcubierre, la villa de Aisa que llevan como apellido emprendedores de Martes, Ansó como parte de las familias taustanas o Martes que es un apellido villanovense como Alastruey o Alastuey oscense y sanmateano, nuestras villas es segurísimo que produjeron generaciones de caporales y repatanes que no fueron herederos y se quedaron a vivir en los entonces desiertos con corrales que se llaman parideras de sus secanos.

Paridera es a pardina lo que esta es a mallata, según subamos de altura. Cobijos que se llaman en castellano corral y que pueden tener cerrau o no, paredes de piedra para que no se metan las alimañas. Refugios de ganado que primero se hacían provisionales y terminaron como hogares de piedra seca con equipamientos, botijos y hogar para aguantar un invierno.

Atarés llegó como clan reconquistador hasta la sierra de Albarracín, donde casi todos los clanes portan apellidos de lugar navarro, y dio apellido a la avenida y alcalde don José muy campechano Atarés, el padre de la EXPO (el también turolense Belloch y su Messi fueron sus amantes).

La geografía del entorno, su fauna y características, el ecosistema en el que los expulsados del sistema educativo acaban siendo los muy sagaces empresarios, agricultores y ganaderos del medio rural, resulta que no se enseña.

Hoy que se diagnostica tanto a los niños, que se les etiqueta como poco concentrados o de altas capacidades a la primera, en que pedagogos urbanos hablan de disminución de ratios, atención particularizada, quitarles el móvil y la Tablet que manejan desde los tres años para dejar de dar guerra a sus padres adictos a los mensajes… pensemos en este comienzo de curso qué relación tiene todo esto con el cierre de pescaderías y de carnicerías tradicionales por falta de relevo, de ganas de ser esclavo de tu propio negocio.

Los niños como sujetos únicos de derechos, los no acompañados favorecidos por convenciones que hacen imposible su expulsión, que los convierten en productos para la trata, sin considerar la dejación de sus padres. Los que llaman “nuestros” (hasta los hijos dels altres catalans, que dieba Jordi Puyol) terminando su ciclo educativo con un master a los treinta para trabajar de lunes a viernes sentados y si es posible a los 45 y con su novia canadiense, porque son así de ciudadanos del mundo, pedir teletrabajo del de cuello blanco para volver a Atarés y regular desde casa el tráfico aéreo con los controladores para un empresa suiza –y si te echan al paro, 3.000 euros al mes- o hacer la contabilidad de una empresa de telefonía. Vivir empantallados, con el estrés de compararse con el de su generación más pirata que ellos, y sin mirar ese fondo de valle casi tropical, lleno de robles y castaños, que un día tuvo el pueblo de tus abuelos.

Eso sí, la gente que sigue en el ganau y las explotaciones de sus padres, generalmente críos, bien se vale que tiene la Escuela de Pastores de Roncal “Gidari” para recibir al menos un certificado de profesionalidad. Como ha recordado Nay Salas, tampoco cuando se necesitan manos da tiempo a formar a los migrantes como camareros especializados, como tampoco lo hicieron conmigo. Ni ningún requisito se exige para hervir aluminio en Sabi y hacerlo rollo más allá de ser currante de serie, querer currar o ser tonto del pundonor, como hay cajeras muy eficientes prácticamente niñas en las medianas superficies que están reemplazando a las carnicerías del Pirineo. Algún crío también se ve, pero se conoce que son mejores reponedores.

Habrá algunos locos que se saldrán del camino marcado de controles, burocracia, abandono y falta de oportunidades de la escuela rural. Esos el sistema ya sabe que desde los 10 años no necesitarán más master que el que las generaciones anteriores y los almuerzos con sus pocos colegas de edad les proporcionan. Saben una cosa muy sencilla, el día de trabajo de su tractor son 1.200 euros brutos, mejor no explicaros los descuentos.

Así que, vaya novedad, los niños españoles no leen, no se concentran, son adictos a las pantallas, pero nadie les va a joder cuando de no trabajar el fin de semana se trate, ir al notario a firmar como herederos o manejar un tractor a cuatro pantallas mejor que Nacho Cano.

Por otra parte, qué libros han visto en casa… Como dónde enseñan a labrar con los medios de hoy a un niño de ciudad o recién llegado.

A mí el informe Pisa no me da vergüenza propia, me lo paso por el rescoldo de los tizones de los pinos de Atarés como la competitividad como criterio para elegir Teruel para vivir. Pero así se deja de hablar de otras cosas, porque España está a la cola. Lo está no solo en dejar abandonados a los escolares con un sistema de instrucción más que de educación perenne. Lo está en producir piratas dueños del territorio sin ningún tipo de formación. Su arrojo les hará conformar una nueva generación de políticos, su ignorancia todos la hemos fomentado como atrevida. Y el sistema encantado con otra hornada de ciborgs y fútbol.

Dejaros de informes y decirnos si un niño con trastorno de atención de un pueblo pero que abarca todo un valle con su mirada tiene hoy encaje o todos los de origen rural estamos matriculados en la categoría borderline, despectiva de niña sin extraescolar y campamento de inglés en Irlanda. O sucesora hipercrítica de madre sociata con los colegios del Opus para después crear la contrarréplica masona de los colegios de la Carretera del Aeropuerto.

Dos datos dejo: los institutos del Distrito 14 estaban saturados, hasta que se cerraron vías. En una reunión se aportó la innecesariedad de construir otro público porque un cuarenta por cierto de los nuevos residentes del Barrio Jesús son clientes de la concertada. No estamos hablando del Paseo de Ruiseñores y el colegio de los Labordeta, queridos rurales.

Y entre muchísimos padres del medio rural jacetano se ha vuelto trendy llevar a sus hijos y especialmente a sus hijas a internados de Olorón de lunes a viernes porque dizque después se les abre el camino de ser universitarias en Francia. Ya las veo festejando con los ganaderos de su generación con los que solo coinciden en verano, como con los nietos de Barcelona.

Otros las cambian de cole por cercanía a Jaca al quemado término de Santa Zilia y cierra Berdún, o directamente estando empadronados a la privada de Jaca y Sabiñánigo. Que es como contar y responder como alumnado aragonés a los cinco autobuses que desde Barbastro van cada día con “nuestros” críos a Lleida.

Y después buscamos panaderos y que qué está pasando que nadie quiere vivir en Salinas de Jaca. Pues llénalo tú con un TDA, a ver dónde encuentras un profesor de refuerzo si ya no va ni Correos.

Y para ser hippy, mejor con una familia con perras… Hablamos de los que necesitan trabajar, que percibo que son cada día menos.

09.09 Luis Iribarren

8.9.26

Aragón y sus políticos torpes en educación

Clase plural de niños

La torpeza de algunos políticos es de libro, claro, de libro de preescolar. Aragón suprime el programa de lengua árabe y cultura marroquí por los acuerdos entre el PP y VOX, disimulado por una idiotez de que no hay profesores titulados.

¿Alguien cree que esos niños dejarán de recibir las clases de lengua árabe y de cultura marroquí? ¿O se las darán ahora en otros espacios, por otras personas, con otro tipo de controles, con otro tipo de libros y de indicaciones culturales?

Los centros que impartía este programa de 15.30 a 16.30, es decir, fuera del horario lectivo. Tenemos que entender los problemas, si de verdad queremos resolverlos. Y si no se sabe hacer, hay peligro de que esos problemas se nos vuelvan contra nosotros.

¿Alguien tiene dudas de que estos niños, cuando sean mayores y adultos y vivan entre nosotros como ahora, recordarán estas torpezas?

7.9.26

Noticias de Aragón que no se dicen


Hablemos con sinceridad, con calma, como adultos. ¿Es casualidad o causalidad? 

La televisión aragonesa abre sus informativos de mediodía con esta noticia. Veremos qué sucede por la noche.

De los que podríamos llamar los tres medios de comunicación digital y de papel en Aragón, dos de ellos la ponen en portada y uno solo la obvia. 

Si miramos más, de los cinco más importantes, tres la ofrecen en sus mejores lugares y dos no la comentan ni la informan.

Es curioso, simplemente curioso, pues en cambio otras noticias sí se publican en todos los medios aragoneses, y aparentemente son noticias menores. ¿Casualidad, o me repito y es causalidad?

Nota.: ¿Y si los grandes es que no tienen a gente trabajando por las mañanas de un lunes? ¿O es que acaso según qué noticias, deben esperar al visto bueno de quien trabaja por las tardes? Lo observaré.

Gran Restaurant de Rosa Fortis en Zaragoza

Gran Restaurant de Rosa Fortis








RESUMEN.: Fundado hacia 1850 por la saga piamontesa Fortis, el Gran Restaurant de Rosa Fortis fue pionero de la restauración moderna en Zaragoza. Liderado por Doña Rosa Fortis en 1880, se ubicó en la calle Don Jaime I (antigua San Gil 84, tras la reorganización urbana de 1860).

Este innovador negocio combinaba alta cocina francesa, pastelería, catering por encargo y bodega. Con iluminación de gas y comedores privados, introdujo un servicio cosmopolita orientado a la burguesía, ofreciendo desde menús accesibles de seis reales hasta selectos banquetes.

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 El Gran Restaurant de Rosa Fortis fue uno de los establecimientos pioneros de la restauración moderna en Zaragoza durante el siglo XIX. Su propia publicidad afirmaba que había sido fundado en 1850 y, que en los años 1879-1880, estaba instalado en el número 25 de la calle Don Jaime I. Sus antecedentes deben buscarse en la actividad hostelera de la familia piamontesa Fortis, vinculada desde la década de 1840 a la Fonda de las Cuatro Naciones y a la fundación de uno de los primeros restaurantes que tuvo Zaragoza en la antigua calle de San Gil, luego D. Jaime.

En 1880 el restaurante de Rosa Fortis era descrito como uno de los establecimientos culinarios más importantes de la ciudad de Zaragoza. Ofrecía cocina francesa, vinos aragoneses y andaluces, comedores espaciosos y lujosamente decorados, iluminación de gas y un servicio atendido por camareros españoles e italianos, de donde provenía la familia fundadora. 

Además de las comidas servidas en el local, preparaba encargos para particulares que se los podían llevar (sí, en el siglo XIX) , disponía de vinos y licores nacionales y extranjeros y realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería. Los cubiertos se ofrecían desde seis reales, que eran 1,5 pesetas. Traducido al año 2026 por los IPC y similares, podemos decir que estamos hablando de un menú básico de unos 7 a 8 euros actuales.

Pero ese valor es algo mentiroso si lo comparamos realmente con lo que cuesta la vida hoy y con el porcentaje del sueldo diario que representaba en ese año las 1,5 pesetas. Si lo analizamos desde ese punto de vista del sueldo diario de entonces y de ahora, el Menú saldría al cambio por unos 25 euros como mínimo.

Aunque su publicidad daba el año 1850 como año de fundación, sabemos que en esa fecha no estaba ya en el número 25 de Don Jaime I. La calle fue profundamente transformada a partir de 1857 y las fuentes de 1860-1861 sitúan el restaurante de la familia de Rosa Fortis en la antigua calle de San Gil, pero en el número 84. La aparición posterior ya con la calle cambiada de nombre a Don Jaime I, 25, parece formar parte de esa evolución urbana y comercial.

El Gran Restaurant de Rosa Fortis se anunciaba como fundado en 1850, pero no dicen esos anuncios que estuviera ya desde 1850 en el número 25 de la calle Don Jaime I. La historia del establecimiento y la transformación de esa calle son más complejas. Precisamente entre 1858 y 1863 Zaragoza cambió radicalmente ese sistema de numeración de las calles de Zaragoza, por lo que existe la duda de si realmente el restaurante de San Gil y el de Don Jaime fueran el mismo o diferente local.

La reforma urbana de Zaragoza del año 1860 hizo dos cosas al mismo tiempo. Primero, agrupó bajo un único nombre varios tramos de calles que antes tenían denominaciones diferentes: San Gil, San Pedro, Virgen del Rosario, Cuchillería, etc., pasaron a formar la nueva calle de Don Jaime I. Segundo, se procedió a renumerar completamente los edificios, y a dejarlo de hacer por manzanas y de forma correlativa, cambiando pares e impares según eran aceras de la izquierda (impares) o de la derecha (pares) con arreglo al punto de inicio en la Audiencia de Zaragoza.

El anuncio que se repite en muchos números explica además con bastante precisión qué tipo de negocio era. Servía comidas tanto en el propio establecimiento como por encargo «para fuera de la capital»; disponía de vinos y licores españoles y extranjeros; realizaba trabajos de confitería, repostería y pastelería; y ofrecía cubiertos desde 6 reales. No estamos ante una simple casa de comidas. Era un establecimiento que reunía varias actividades que hoy separaríamos: restaurante, catering, pastelería-confitería y comercio de vinos y licores.

La propia Revista de Aragón, al indicar uno de sus puntos de suscripción, señalaba que la librería de Juan Osés estaba en Don Jaime I, 42, «frente al restaurant de Fortis».

La gran operación de ensanche y regularización de la calle San Gil se produjo hacia 1857, derribando edificios y alterando las antiguas calles y alineaciones. El historiador Santiago Parra documenta esas transformaciones y señala que afectaron precisamente al entorno donde estaban instalados los negocios hosteleros de la familia Fortis.

La Guía de Zaragoza de 1860-1861, dice que el señor Fortis, propietario de la Fonda de las Cuatro Naciones, había abierto un restaurant en la calle de San Gil, 84. Lo describe con mesas muy bien servidas y escaparates llenos de preparaciones culinarias destinadas a atraer a gastrónomos y golosos. Y veinte años después, en mayo de 1880, cuando el establecimiento ya se anunciaba en Don Jaime I, 25, un cronista seguía refiriéndose a él como el antiguo restaurante de la calle de San Gil.

El nombre Rosa Fortis no era simplemente una razón comercial heredada. Una crónica de la Revista de Aragón de 15 de mayo de 1880 habla expresamente de «Doña Rosa Fortis» y cuenta que había invitado recientemente a varios periodistas zaragozanos a su establecimiento. El articulista elogia su generosidad y, sobre todo, dedica un largo comentario al restaurante. Es pues muy probable que Rosa Fortis ejercía personalmente como responsable o anfitriona del establecimiento en esos años. No era un nombre puramente histórico colocado sobre la puerta.

Y se habla de cocina francesa, vinos procedentes de Aragón y Andalucía, habitaciones confortables y lujosas lo que nos da idea de que además era Fonda, comedores espaciosos y artísticamente decorados; iluminación mediante gas; servicios de mesa de calidad y camareros españoles e italianos. El cronista llega a decir que aquellas mejoras habían convertido al antiguo y modesto restaurante de San Gil en «uno de los establecimientos culinarios más importantes» de Zaragoza. Hacia 1880 el de Rosa Fortis era ya un restaurante de categoría, dirigido a una clientela burguesa y acomodada, aunque ofreciera cubiertos desde seis reales.

El anuncio comercial no da una carta concreta, pero la crónica de 1880 menciona expresamente ostras, pescados, aves y vino de Jerez, además de hacer referencia a una cocina francesa muy elaborada. En sus escaparates de la calle San Gil se exponían preparaciones semejantes a las de establecimientos refinados como Lhardy en Madrid: pasteles salados, civets, fiambres, embutidos, aves y asados. En un anuncio anterior de Juan Fortis, se ofrecían pollos, capones, perdices, jamón dulce, queso de cerdo y solomillos. En 1871 se documenta igualmente la venta de un «abundantísimo surtido» de turrones para Navidad en el restaurante de los Fortis. La pastelería y la confitería que Rosa anuncia en 1879 no eran una actividad secundaria improvisada: formaban parte de una tradición familiar de elaboración y exposición de productos preparados.

Según la investigación de Santiago Parra, el primer Fortis que aparece claramente establecido en Zaragoza es Juan Fortis, relacionado con una familia de hosteleros italianos que ya operaba en Barcelona. Procedían del Piamonte, región del norte de Italia de donde llegaron a España varias familias dedicadas profesionalmente a la hostelería. Juan Fortis regentaba la Fonda de las Cuatro Naciones y está documentado en Zaragoza al menos desde 1843, cuando el establecimiento participó en el banquete celebrado con motivo de la jura de la Constitución por Isabel II. En 1849 aparece ya la firma Juan Fortis y Compañía anunciando productos preparados procedentes de un gran baile celebrado en casa de los marqueses de Lazán. La actividad hostelera de los Fortis en Zaragoza era al menos desde 1843 y que 1850 es el momento en que se independizó o formalizó como restaurante una actividad culinaria que previamente estaba integrada en la fonda.

Hasta mediados del siglo XIX, en Zaragoza lo habitual eran posadas, fondas, figones y casas de comidas. El concepto moderno de restaurant, importado principalmente de Francia, estaba empezando a introducirse. La Guía de Zaragoza de 1860-1861 tuvo incluso que explicar a sus lectores qué significaba aquel nuevo tipo de establecimiento. Se describía como algo intermedio entre una pastelería y una fonda, con un servicio de comida más refinado y posibilidad de elegir platos. Y como ejemplo destacado citaba precisamente el restaurant del señor Fortis en San Gil, 84. Por ello podemos considerar el establecimiento de los Fortis —del que posteriormente aparece Rosa como titular— como uno de los primeros restaurantes en sentido moderno de la historia de Zaragoza.

Los Fortis y otra familia fundamental en la hostelería zaragozana, los Zoppetti, eran de origen piamontés. Según Parra, fueron estos profesionales extranjeros quienes introdujeron en Zaragoza muchas pautas de la cocina francesa e internacional, especialmente en los grandes banquetes de la segunda mitad del siglo XIX, y el restaurante debió de ofrecer una experiencia relativamente cosmopolita para la Zaragoza de entonces. Recetas francesas, servicio profesionalizado, productos extranjeros, vinos españoles seleccionados y personal de procedencias diversas.

En 1859, Gaudencio Fortis solicitó una licencia municipal para modificar unas puertas de su restaurante La Esmeralda, situado en la calle San Gil. Santiago Parra considera probable que fuese el restaurante vinculado al hotel de los Fortis. Cabe la duda de saber si el establecimiento nacido hacia 1850 pasase por diferentes denominaciones o nombres comerciales antes de aparecer definitivamente como Gran Restaurant de Rosa Fortis.

El restaurante de Rosa Fortis y la Fonda —posteriormente Hotel— Universo y Cuatro Naciones pertenecen al mismo universo empresarial y familiar de los Fortis, pero no debemos considerarlos automáticamente un único establecimiento.

La primitiva Fonda de las Cuatro Naciones estuvo en la calle San Pedro número 3 y sufrió un grave incendio el 6 de julio de 1855. Después, coincidiendo con la transformación urbanística de la calle Don Jaime, los servicios hosteleros de Fortis pasaron temporalmente a la casa de la condesa de Torresecas, en el Coso número 5, mientras se reconstruía el establecimiento. Finalmente reapareció como Hotel Universo y de las Cuatro Naciones. Los Fortis continuaron gestionándolo durante décadas, aunque el inmueble pertenecía a otra familia. Al filo del siglo XX la gestión pasó a Pedro Durio.

Por eso considero muy probable que el Gran Restaurant de Rosa Fortis estuviera estrechamente ligado a esa saga hostelera.

Sabemos que Juan Fortis fue el primer gran hostelero de la familia documentado en Zaragoza y que después aparece su hijo Gaudencio Fortis gestionando diferentes negocios. Pero no he encontrado todavía un documento que diga que Rosa fuese, por ejemplo, «hija de Juan» o «hermana de Gaudencio». Sería una deducción demasiado arriesgada. Lo que sí sabemos documentalmente es que en 1880 era tratada como «Doña Rosa Fortis», que recibía personalmente a invitados y periodistas y que el establecimiento llevaba oficialmente su nombre. Es bastante para reconocerla como una de las primeras mujeres que aparecen nominalmente al frente de un restaurante importante de Zaragoza, aunque nacesitaría reconstruir su biografía para concretar.

Tampoco he encontrado todavía una fecha segura de cierre. La actividad hostelera de los Fortis continuó durante las décadas siguientes, y hacia 1890 el Hotel Universo servía elaboradas cartas de inspiración francesa. Pero esas cartas corresponden al Hotel Universo/Cuatro Naciones, por lo que no debemos atribuirlas automáticamente al establecimiento de Rosa Fortis en Don Jaime 25.

El anuncio decía: "Se sirven cubiertos desde 6 reales en adelante". El cubierto era aquí una comida a precio fijado, aproximadamente el equivalente a lo que hoy llamaríamos un menú del día, aunque la composición y el sistema de servicio eran diferentes.

Los seis reales eran el precio mínimo. El cliente podía gastar considerablemente más escogiendo productos, vinos o preparaciones especiales. No era un pequeño comedor oscuro y popular. Debía disponer de varios espacios, con comedores amplios, decoración cuidada, iluminación de gas, buenos servicios de mesa y personal especializado. Había escaparates de alimentos preparados y una parte importante del negocio consistía en encargos de comidas, pastelería y repostería. Y como era moda en aquellos tiempos, comedores privados y pequeños para familias acomodadas o reuniones de negocios con comida. Y debió de tener una clientela de cierto nivel social.

1.9.26

Historias del Teatro Cine Iris en Zaragoza


El primer Teatro Iris de Zaragoza, el que formaba parte del complejo Iris Park, cerró sus puertas el 1 de noviembre de 1953. Conviene distinguirlo muy bien del segundo Teatro Iris, construido en el mismo ámbito e inaugurado en 1955, y que desde el año 1958 fue el Teatro Fleta del que queda el esqueleto desde hacer muchos años en pleno centro de Zaragoza. Una de esas cosas vergonzosas de nuestra ciudad.

Hay dudas sobre si realmente fue 1 de noviembre de 1953 cerró pues otras noticias de aquellos años y posteriormente investigadas por José Garrido Palacios, hablan de que la Empresa Parra mantuvo la actividad del teatro Iris hasta el 24 de octubre de 1953.

El lugar que acabaría ocupando Iris Park era completamente diferente de lo que hoy conocemos. Se encontraba entre las calles Azoque y Ramón y Cajal, frente al Hospital Provincial de Nuestra Señora de Gracia y próximo a la plaza del Carmen. Una parte considerable de la actual avenida de César Augusto todavía no existía, pues era el inicio de los años 30 del siglo XX.

Allí estaban los conocidos lavaderos de Castelví o Castellví, una extensa superficie dedicada al lavado y secado de ropa, con balsas y tendederos. Las fuentes citan como propietaria a la viuda de Castelví, Ramona Boada. Era una gran extensión interior, parcialmente escondida tras los edificios de las calles circundantes. Su futuro urbanístico todavía no estaba decidido. Precisamente esa incertidumbre explica el nacimiento del Teatro Iris. Una idea animada por Mariano Sánchez Resach que era el empresario del Circo Price de Madrid.

Los propietarios de los terrenos, los hermanos Aísa, sabían que en algún momento llegarían nuevas alineaciones, calles y parcelaciones. Mientras el Ayuntamiento terminaba de determinar qué podía construirse allí, decidieron explotar provisionalmente los solares mediante un gran recinto recreativo. Amparo Martínez Herranz define expresamente Iris Park como un «complejo de atracciones provisional». Hablamos de un solar de unos 7.000 metros cuadrados.

El complejo fue inaugurado el 10 de julio de 1931, apenas unos meses después de proclamarse la Segunda República. Un estudio publicado por el Ayuntamiento de Zaragoza señala que había sido construido por los Aísa y que inicialmente disponía de atracciones, baile y un teatro de verano al aire libre, que sería cubierto en 1932. Todo el escenaario estaba cubierto por un enorme toldo.

Iris Park era un gran centro de ocio, no solo un teatro, probablemente uno de los más ambiciosos de la Zaragoza de los años treinta. Llegó a disponer de teatro, cine, pista de patinaje, pistas de baile cubiertas y al aire libre, espacios de recreo, cafetería o bar-restaurante y el denominado Palacio de Cristal.

Tras atravesar las edificaciones que daban a las calles del entorno y un pasaje interior, se llegaba a una gran explanada interior, luminosa, con cafetería, teatro, cine y pista de patinaje, un lugar de recreo en donde se recuerda incluso haber visto programado Madame Butterfly o poder ir al cine infantil con películas del Oeste, pagando 25 céntimos. Era algo parecido a lo que hoy llamaríamos un complejo integral de ocio. Y dentro de Iris Park se encontraba el Gran Teatro Iris con un aforo de aproximadamente 2.300 espectadores, lo que lo convertía en una sala extraordinariamente grande para la Zaragoza de aquellos años.

Hay que imaginarlo, además, dentro de una ciudad que en 1931 rondaba solamente los 174.000 habitantes. Es decir, en una sola función podía reunir a más del uno por ciento de los zaragozanos de entonces. Inicialmente había sido concebido como teatro de verano descubierto. En el año y viendo su éxito1932 se cubrió, lo que permitió ampliar considerablemente la temporada y utilizarlo con mayor regularidad.

Parte de sus instalaciones procedían de otros locales. Según la documentación recopilada posteriormente, las butacas habían pertenecido al Teatro de la Comedia de Madrid, los graderíos de madera procedían de la Plaza de Toros de Huesca, parte del material de guardarropía había estado en el Teatro Principal y el techo pasó de ser un simple toldo para estar cubierto con uralita.

El profesor García Guatas documenta que el telón, pintado por José Luz Corvinos e inspirado en El jardín del Amor de Rubens, había estado anteriormente en el Odeón de Huesca y posteriormente en el Parisiana de Zaragoza antes de llegar al Teatro Iris en 1931. Blasco Ijazo ofreció otra versión según la cual había sido pintado inicialmente para Saturno Park; por tanto, existe una discrepancia en las fuentes sobre el primer destino del telón, aunque su reutilización en el Iris está bien establecida.

La primera compañía teatral que actuó en el nuevo recinto fue la del compositor Manuel Penella, el 10 de julio de 1931, representando Aquí hacen falta tres hombres. La acogida fue considerable y el Iris adquirió con rapidez popularidad, especialmente durante las temporadas estivales. Su programación se volvió extraordinariamente variada.

Por su escenario pasaron compañías de comedia y drama, zarzuela, variedades, recitales, pianistas, cantantes, espectáculos de danza y temporadas circenses. Se representaron obras como Luisa Fernanda, La Dolorosa y Doña Francisquita, y las fuentes mencionan actuaciones del pianista Julián Semprini, compañías de danza clásica de Montecarlo y espectáculos circenses que llegaron a mantener animales expuestos en el propio parque. Es importante entender que su enorme capacidad permitía organizar allí espectáculos que difícilmente cabían en otros locales de aquella Zaragoza, aunque fuera un local que parecía provisional pero enorme.

El tenor aragonés Miguel Fleta actuó sobre el escenario del viejo Iris Park abril de 1935 interpretando repertorio de Carmen, Marina, Doña Francisquita, Luisa Fernanda y La Dolorosa. El hecho está recogido en la investigación de Amparo Martínez Herranz y explica algo que ocurriría muchos años después: cuando el nuevo Teatro Iris fue rebautizado en 1958, recibió precisamente el nombre de Teatro Fleta. Por tanto, la relación de Fleta con aquel lugar precedió en más de veinte años al cambio de denominación del edificio posterior.

El Iris Park no fue únicamente un lugar donde acudir a ver una obra o una película. La amplitud del teatro y de sus instalaciones hizo que se utilizase para actos sociales, festivales, asociaciones, reuniones políticas y grandes concentraciones. Por ejemplo, el 12 de octubre de 1932, el denominado Palacio de Cristal de Iris Park acogió la elección de la «Señorita Fiestas del Pilar», organizada con participación de la Asociación de la Prensa y del Sindicato de Iniciativa de Aragón.

El 1 de mayo de 1936 se organizó en el Teatro Iris Park el trascendental IV Congreso Nacional de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Fue uno de los grandes congresos del anarcosindicalismo español inmediatamente anteriores a la Guerra Civil. Documentación conservada por la Fundación Anselmo Lorenzo confirma que el congreso se inauguró aquel 1 de mayo en el Teatro Iris Park, y el Centro Documental de la Memoria Histórica conserva incluso publicaciones relacionadas con la moción sobre el «Concepto confederal del comunismo libertario», adoptada en el Teatro Iris Park durante aquel congreso.

El enorme aforo del teatro explica en buena medida su elección para aquella reunión. La prensa libertaria de esos mismos días anunciaba además funciones especiales en el Gran Teatro Iris Park para los delegados y asistentes, especificando precios de butacas, delanteras y gradas. Es un aspecto relevante de su historia porque sitúa al Teatro Iris no solo dentro de la historia cultural zaragozana, sino también dentro de la historia política y sindical española de 1936. Faltaban dos meses y unos días para que España saltara por los aires.

Tras la sublevación militar de julio de 1936 y el control de Zaragoza por los sublevados, el Teatro Iris Park fue requisado por Acción Ciudadana, organización civil armada que colaboró con las autoridades militares en labores de retaguardia. Una investigación de la Institución Fernando el Católico sobre la Zaragoza de 1936 documenta que Acción Ciudadana organizó su organización en diferentes sectores de la ciudad y estableció una de sus sedes precisamente en el Teatro Iris Park. También existe documentación gráfica del llamado «Sector Iris Park» de Acción Ciudadana, incluida su sección femenina.

En ese contexto españolista desapareció progresivamente el anglicismo Park y comenzó a cambiar el nombre y aparecer la denominación castellanizada Parque Iris. Algunas fuentes señalan expresamente que aquella «españolización» del nombre se produjo a raíz de la requisa del edificio en el año 1936. Durante la guerra no desapareció por completo la actividad escénica: se documentan algunas representaciones, al igual que ocurrió en otros teatros zaragozanos, pero naturalmente el carácter del complejo y su funcionamiento quedaron profundamente alterados.

Terminada la guerra se produjo otro cambio fundamental. En 1939, la Empresa Parra S. L. arrendó Iris Park a los hermanos Aísa mediante un contrato que incluía una opción de compra. Esa opción fue ejercida pocos años después, por lo que la familia o Empresa Parra terminó siendo propietaria tanto de los terrenos como de las instalaciones. Este dato está documentado por Amparo Martínez Herranz a partir de los propios contratos de arrendamiento facilitados por la familia Parra.

Durante la posguerra el recinto continuó funcionando, aunque cada vez adquirió mayor peso el cine de reestreno. Conviene aquí hacer una distinción que algunas historias simplificadas no dejan suficientemente clara. Dentro del complejo existían el Gran Teatro Iris y una sala cinematográfica, además del resto de instalaciones. La desaparición del viejo gran teatro en 1953 no significó necesariamente la desaparición inmediata de todo cuanto llevaba el nombre Iris Park; algunas fuentes sitúan la continuidad del antiguo cine hasta 1964.

El acceso principal primitivo se encontraba por Ramón y Cajal. Pero en 1940 se construyó otro acceso desde la calle Azoque nº 68, aproximadamente a la altura de la plaza del Carmen y frente a la calle Cádiz. Era un largo pasadizo que atravesaba entre edificaciones hasta desembocar en el recinto interior. El arquitecto Ambrós Escanella intervino en ese primer pasaje de 1940. Cuando se construyó posteriormente el nuevo Teatro Iris, José de Yarza modificó su trazado, aunque mantuvo en buena medida el aspecto de la entrada anterior. La fachada de aquel acceso y el pasaje sobrevivieron sorprendentemente hasta mediados de los años noventa.

Esto explica algunos recuerdos de los zaragozanos ya muy mayores como yo, que recordamos la sensación de atravesar una especie de túnel desde la zona de la plaza del Carmen y encontrarnos repentinamente con un enorme espacio casi escondido detrás o dentro de las viviendas.

A comienzos de los años cincuenta, la Junta de Espectáculos de la Provincia de Zaragoza inspeccionó Iris Park. Las instalaciones habían sido construidas veinte años antes con carácter provisional y se encontraban muy deterioradas. Para que el Teatro Iris pudiera cumplir las nuevas exigencias reglamentarias necesitaba reformas importantes.

Zaragoza proyectaba una nueva gran vía que debía atravesar precisamente una parte considerable de los terrenos de Iris Park. Aquella vía acabaría convirtiéndose en la actual avenida de César Augusto. Las nuevas alineaciones afectaban de tal manera al viejo teatro que reformarlo racionalmente resultaba muy difícil. El viejo Teatro Iris y el Iris Park había nacido como una construcción provisional mientras se decidía urbanísticamente qué hacer con aquellos solares.

En enero de 1952, la Empresa Parra, ya propietaria de Iris Park, encargó al arquitecto José de Yarza García un plan general de reforma. Yarza debía resolver simultáneamente dos problemas: adaptar el complejo a las exigencias de la Junta Provincial de Espectáculos y respetar las nuevas alineaciones previstas por el Plan General de Zaragoza. El enorme solar quedaba dividido en dos espacios. El estudio demostró que ambos condicionantes eran tan importantes que resultaba más lógico construir un teatro completamente nuevo que remodelar el antiguo.

Se planteaba un nuevo Teatro Iris, un cine independiente para unas 750 personas, viviendas para empleados de la Empresa Parra, un garaje en altura y un pequeño hotel destinado, entre otros usos, a alojar a los artistas que actuasen en el teatro. Finalmente solo se materializaron los dos elementos principales: el nuevo teatro y el hotel, aunque este último y en la otra acera del propio teatro, creció mucho respecto al proyecto inicial y acabó convirtiéndose en el Hotel Corona de Aragón.

Según los estudios de José Garrido Palacios se sitúa la actividad de la Empresa Parra en el viejo teatro hasta el 24 de octubre de 1953. Y durante los inicios del mes de noviembre de 1953 comenzó físicamente el derribo. Amparo Martínez Herranz establece que la demolición se prolongó hasta los últimos días de enero de 1954. Inmediatamente después comenzaron las obras del nuevo edificio. Por tanto, el viejo Gran Teatro Iris tuvo una vida de apenas 22 años, de 1931 a 1953.

El Iris Park nació porque aquellos enormes terrenos todavía no podían urbanizarse definitivamente. Los hermanos Aísa levantaron allí un centro de ocio provisional, con materiales reutilizados y estructuras relativamente económicas, para obtener rendimiento mientras esperaban la ordenación definitiva. Y resultó que aquella solución provisional se convirtió durante más de veinte años en uno de los principales centros de ocio de Zaragoza. Cuando finalmente llegó la transformación urbanística que se esperaba desde su nacimiento, el valor y la configuración de los terrenos acabaron con él.

La nueva avenida César Augusto atravesó aquel enorme espacio interior y modificó completamente la zona. Donde antes existían lavaderos y posteriormente pistas de baile, patinaje, jardines, cine y teatro apareció una nueva vía urbana y una edificación mucho más densa.

Sobre una parte de aquellos terrenos se levantó el espectacular edificio diseñado por José de Yarza García. El Teatro Fleta que se empezó llamando Teatro Iris en re cuerdo a su antecesor. Las obras fueron ejecutadas por Dragados y Construcciones y costaron aproximadamente seis millones de pesetas. El 24 de febrero de 1955 abrió el nuevo Teatro Iris. Esa tarde se representó el espectáculo Raza Aragonesa y al día siguiente comenzó la temporada de Rosario y su Ballet de Arte Español.

Era otro mundo arquitectónicamente: un moderno teatro-cine de hormigón armado, con 1.710 localidades, gran escenario y una fachada concebida para la nueva avenida. En 1958, a iniciativa de Heraldo de Aragón, dejó de llamarse Iris y fue rebautizado como Teatro Fleta, recordando precisamente al tenor que había actuado en el viejo Iris en 1935.

Creo que el Teatro Iris de 1931 merece bastante más atención de la que suele recibir. El actual problema del Fleta ha terminado eclipsándolo, como si la historia comenzara en 1955, cuando en realidad el edificio de Yarza fue heredero de más de veinte años de actividad cultural previa. El viejo Iris fue simultáneamente un gran teatro popular, sala musical y lírica, espacio circense, lugar de cine, centro recreativo y escenario de acontecimientos sociales y políticos. Y hoy nadie habla de él, aunque estuviera en el mismo solar en el que hoy nos disputamos entre todos los zaragozanos saber qué hacer para revitalizar el Teatro Fleta en un solar que nos ha costado muchos millones a todos, para ser una vergüenza.

La imagen que vemos arriba era la entrada desde la plaza del Carmen al pasaje que servía de entrada.

31.8.26

Santo Dominguito del Val fue festivo en Zaragoza


El jueves 31 de agosto de 1978 fue festivo laboral en Zaragoza, conmemorando a Santo Dominguito de Val, un festivo que nunca se ha repetido. Curiosidades de nuestra Zaragoza Sí.Y he podido encontrar la explicación, y parece bastante más sencilla de lo que cabría imaginar: el 31 de agosto de 1978 fue festivo en Zaragoza por una circunstancia excepcional del calendario laboral de aquel año, no porque se celebrase un centenario especial de Santo Dominguito de Val. El Ayuntamiento de Zaragoza decidió que para 1978 debían considerarse fiestas locales el 19 de junio, San Lamberto (lunes) y el 31 de agosto, Santo Dominguito de Val (jueves).

Posteriormente, la Orden del Ministerio de Trabajo de 17 de febrero de 1978 incorporó oficialmente esas dos fechas al calendario laboral. Por entonces no se celebraba todavía la Cincomarzada, el día de San Valero caía en domingo como San Jorge y hubo que improvisar pues era y es obligación disfrutar de dos días locales como festivos laborales por la ciudad de Zaragoza. Ahora hay veces que se añade alguna fecha muy cercana al 12 de Octubre, Día del Pilar.

Según la tradición eclesiástica, su muerte se situaba el 31 de agosto de 1250, y por eso ese día era —y sigue siendo en la diócesis de Zaragoza— una fecha de fiesta litúrgica. En 1978 se cumplirían 728 años, por lo que no era ningún centenario ni aniversario redondo.

Esto explica también por qué la excepcionalidad desapareció inmediatamente. Al año siguiente en 1979, San Valero cayó en lunes y San Jorge también en lunes, y Zaragoza volvió a elegir oficialmente precisamente esas dos fechas: 29 de enero y 23 de abril.

Posteriormente cambió otra vez el sistema, cuando San Jorge pasó a convertirse en festivo aragonés, y Zaragoza pudo dedicar sus dos fiestas específicamente locales a San Valero y la Cincomarzada, combinación que encontramos ya claramente documentada en los años ochenta y que continúa hoy.

Santo Dominguito de Val es una figura tradicional de Zaragoza, vinculada a la Seo y a los “infanticos” del Pilar que tienen su sede física en el interior de la Seo. Según la tradición zaragozana, Domingo de Val habría nacido en Zaragoza hacia 1243, hijo del notario Sancho de Val e Isabel. A los siete años sería infante de coro o seise de la Catedral del Salvador, La Seo, participando en el canto y en el servicio litúrgico. La tradición sitúa su muerte el 31 de agosto de 1250, durante el reinado de Jaime I y siendo obispo de Zaragoza Arnaldo de Peralta.

Hay un relato tradicional que parece claramente falso, y que sostiene que fue secuestrado por un judío llamado Mosé Albayuceto y entregado a miembros de la aljama judía zaragozana, quienes lo habrían crucificado para reproducir la Pasión de Cristo. Después habrían mutilado y ocultado el cadáver junto al Ebro, y que un resplandor habría permitido encontrar los restos, que fueron llevados primero a San Gil y posteriormente a La Seo. No existe documentación de este hecho, y al contrario, varios indicios a que suena a una noticia bulo anti judio, pues los datos y relaciones entre la Monarquía de Aragón y los judíos en esa época era buena.

Incluso sabemos que lo más riguroso sería decir que no consta una canonización formal romana equivalente a la de los santos canonizados mediante un proceso pontificio. Un estudio académico de Gómez Zorraquino señala expresamente que los esfuerzos realizados por la iglesia aragonesa no consiguieron su canonización en Roma y que su santidad se fundamentó esencialmente en un culto tradicional. Además, Santo Dominguito no figura en el Martirologio Romano.

Santo Dominguito de Val es tradicionalmente patrono y protector de los Infanticos de Zaragoza, es decir, de los niños de la Escolanía que sirven y cantan en el Pilar y La Seo. Pero no de todos los monaguillos españoles, que tienen otros santos particulares como San Tarsicio o Santo Domingo Savio.

A finales del siglo XIX existía en Zaragoza un Patronato o Sociedad de Santo Dominguito de Val, de carácter benéfico, relacionado con la atención y educación de niños pobres. Un estudio publicado por el Ayuntamiento recoge en 1898 las relaciones entre la naciente sociedad de beneficencia La Caridad y el que era anterior "Patronato de Santo Dominguito de Val". Esta institución mantenía un asilo-escuela para niños necesitados, del que se preveía de niños cantores a los llamados Infanticos del Pilar.


30.8.26

El sueño del Teatro Fleta. El teatro de debía haber sido… y en sueño se quedó

Teatro Fleta lleno de espectadores

Hay edificios que envejecen y edificios a los que dejamos envejecer. Los primeros sufren el paso del tiempo; los segundos padecen algo bastante peor: el paso de las administraciones.


Y luego están aquellos que ni siquiera tuvieron la oportunidad de envejecer, porque desaparecieron por el camino como si por Zaragoza hubiera pasado Atila con una piqueta y bastante tiempo libre.


Cada vez que paso por delante de lo que queda del antiguo Gran Teatro Fleta pienso lo mismo: si en Zaragoza hubiera que conceder un premio a la paciencia, probablemente habría que entregárselo a él.


Aunque, después de tantos años cerrado, quizá tampoco encontraríamos dónde celebrar la gala.


Yo no conocí aquel primer Fleta de los años cincuenta, pero sí he escuchado hablar de él a quienes lo vivieron, en aquella Zaragoza en la que ir al cine o al teatro era todo un acontecimiento.


Antes estuvo allí el Iris Park, construido en 1931 como complejo dedicado al ocio y los espectáculos. Aquel recinto desapareció y sobre su solar se levantó el edificio diseñado por José de Yarza García, inaugurado en 1955 como Teatro Iris.


En 1958 pasó a llamarse Teatro Fleta, aunque para muchos zaragozanos siempre fue, sencillamente, el cine Fleta.


El homenaje a Miguel Fleta no era casual. El tenor aragonés ya había actuado sobre las tablas del viejo Iris Park. En abril de 1935 cantó allí Carmen, Marina, Doña Francisquita, Luisa Fernanda y La Dolorosa.


De alguna manera, cuando el nuevo recinto recibió su nombre, Fleta volvía a aquel escenario.


El edificio, con 1.710 localidades, servía tanto para representaciones como para proyecciones cinematográficas. Por su pantalla pasaron títulos como Marcelino, pan y vino, Muerte de un ciclista, E.T., el extraterrestre o Indiana Jones y el templo maldito. Finalmente llegó La máscara del Zorro, la última película antes del cierre.


Y siempre me ha parecido una ironía difícil de mejorar.


Porque después al Fleta no le habría venido nada mal un Zorro que acudiera a rescatarlo.


Pero no apareció.


Se bajó el telón.


Se apagó el proyector.





Y comenzó otra representación muchísimo más larga y bastante menos entretenida: la del abandono.


Un drama prolongado durante décadas, casi digno de Wagner o Mozart, aunque con una diferencia importante: aquí no parece haber libreto definitivo, ni acto final, ni director capaz de indicar cuándo termina la función.


El Gobierno de Aragón había adquirido el inmueble en 1998 con la intención de recuperarlo como gran equipamiento cultural. Hubo proyectos y obras, paralizadas en 2003.


Desde entonces asistimos a una representación que podríamos titular «A ver qué hacemos con el Fleta».


Aunque quizá el título se quede corto.


Bien podría ser la versión aragonesa de La historia interminable.


Han pasado gobiernos, legislaturas, proyectos, estudios y anuncios. Se habló de un gran espacio escénico, del Centro Dramático Aragonés, de la Filmoteca y de otros usos audiovisuales.


Propuestas no han faltado.


Lo que ha faltado, hasta ahora, es el final.


Y resulta todavía más difícil de entender porque Zaragoza no permaneció culturalmente quieta mientras el Fleta esperaba.


En 1994 abrió el Auditorio de Zaragoza, necesario para ampliar una oferta que no podía descansar únicamente sobre el histórico Teatro Principal. Después llegó el Palacio de Congresos, construido con motivo de la Expo 2008 y que también acoge musicales y espectáculos. Ahí están igualmente el Teatro del Mercado y el Teatro de las Esquinas.


Principal, Auditorio, Palacio de Congresos, Mercado, Esquinas...


Y en ese puzzle sigo viendo una pieza pendiente: el Fleta.


No porque sobren los demás. Precisamente porque hacen falta todos. Un auditorio no es un teatro, un palacio de congresos cumple otra función y el Principal no tiene por qué asumir por sí solo toda la actividad escénica de Zaragoza.


Mientras todo esto ocurría también fueron desapareciendo muchas de aquellas salas de cine que acompañaron a varias generaciones.


He escuchado hablar del Elíseos, Gran Vía, Mola, Coliseo, Pax, Goya, Argensola, Doré, Coso, Avenida, Buñuel, Cine Norte o Cine París.


Y curiosamente muchos de esos nombres no pertenecen únicamente a los recuerdos que otros me transmitieron.


También forman parte de mi infancia y juventud.


Porque la memoria de una ciudad se recibe, pero también se construye. Y cuando recordamos aquellos cines rara vez recordamos solo una película: recordamos la calle, la entrada, la cola, con quién fuimos, las butacas y hasta aquel olor tan particular.


Algunos edificios siguen siendo reconocibles aunque tengan usos muy diferentes. El Elíseos terminó convertido en hamburguesería, conservando buena parte de su decoración. El Gran Vía tuvo también destino de hamburguesería. El Coliseo alberga hoy una conocida tienda de ropa y donde estuvo el Pax encontramos la Casa de la Iglesia.


El Cine París tuvo incluso varias vidas: dejó de ser cine, se convirtió después en espacio cultural vinculado a una entidad bancaria y hoy alberga actividad comercial.


Podremos sentir nostalgia, pero aquellos lugares tuvieron un destino.


El Fleta consiguió algo bastante más complicado:


dejar de ser teatro y cine sin llegar a convertirse en nada.


Y ahí sigue.


Han cambiado los cines, nuestros hábitos, las películas, los gobiernos y Zaragoza.


Lo que parece no haber cambiado es la situación del Fleta.


Hay además otra paradoja.


El Auditorio ha sido recientemente rebautizado como Auditorio de Zaragoza Princesa Leonor. Una decisión legítima.


Pero resulta curioso que una ciudad capaz de encontrar un nuevo nombre para uno de sus grandes equipamientos culturales lleve décadas sin recuperar el que ya lleva el nombre de uno de nuestros artistas más universales.


Miguel Fleta fue una figura internacional de la lírica y el tenor que interpretó a Calaf en el estreno mundial de Turandot de Puccini en La Scala de Milán, en 1926, bajo la dirección de Arturo Toscanini.


Un siglo después recordamos aquella voz, pero mantenemos cerrado el teatro que lleva su nombre.


Y eso que Zaragoza también conserva su recuerdo en una de sus grandes arterias: la avenida del Tenor Fleta.


Pero una avenida no canta, no interpreta una ópera, no levanta un telón ni llena un patio de butacas.


Para mí, ahí está la diferencia entre recordar y homenajear.


No creo que sirva ya de mucho discutir qué partido, Gobierno o responsable acumula más culpa. Han pasado demasiados años y demasiadas legislaturas. Hay responsabilidad suficiente para repartirla con generosidad.


Quiero saber qué futuro tiene el Fleta, qué puede conservarse, qué usos son viables, cuánto costaría recuperarlo y, sobre todo, cuándo se hará.


Incluso podríamos pedir algo revolucionario: que aquello que se anuncie termine haciéndose.


Y ojo, tampoco estoy diciendo que Zaragoza carezca de oferta cultural. Sería injusto. Y menos todavía en una ciudad que aspira a ejercer un papel destacado como Capital Europea de la Cultura.


Precisamente por eso creo que hay que ser más ambiciosos.


Recuperar el Fleta, sí. Pero también mirar hacia adelante, llevar más cultura a los barrios, descentralizar parte de la oferta y crear espacios donde puedan convivir teatro, música, cine, exposiciones, formación y actividades para todas las edades.


Incluso se me ocurre un lugar en la margen izquierda, a apenas cinco minutos del Pilar, que podría convertirse en un espacio cultural realmente interesante.


Pero esa es otra historia.


Y de ella hablaré en otra ocasión.


Porque hoy hablamos del Fleta y, en el fondo, no hablamos solamente de recuperar un edificio.


Hablamos de qué hacemos con nuestra memoria cuando todavía estamos a tiempo de conservarla.


El Fleta, a diferencia de muchos de aquellos cines, todavía está ahí. Podemos verlo y aún podemos decidir qué queremos hacer con él.


Por eso, si finalmente lo perdemos, no podremos decir que no lo vimos venir.


Y quizá ahí esté también la ironía del título.


El sueño era recuperar el Fleta, devolverle la vida, volver a abrir sus puertas y conseguir que escenario y pantalla dejaran de permanecer en silencio.


Pero aquel sueño lleva tantos años aplazándose que corre el riesgo de convertirse definitivamente en eso: en un sueño.


Y los sueños, cuando duran demasiado, a veces terminan despertándonos delante de un solar, de una fachada vacía o de una placa que nos recuerda lo que hubo allí.


Miguel Fleta ya tiene su avenida y su lugar en la historia.


Lo que le falta a Zaragoza es recuperar su teatro.


Mientras tanto seguirá viendo pasar el tiempo y viendo pasar Zaragoza, casi como la Puerta del Carmen: inmóvil mientras a su alrededor circulan coches, pasan generaciones y la ciudad cambia.


Con una diferencia.


La Puerta del Carmen sigue cumpliendo su función como monumento y testigo de nuestra historia.


El Fleta continúa esperando que alguien le devuelva la suya.


Quizá ya sea hora de que deje de contemplar cómo pasa el tiempo.


Y vuelva, por fin, a levantar el telón.


Porque, como sigamos esperando un poco más, igual cuando queramos hacerlo ya no queda ni telón.


Y donde un día estuvo el Fleta terminamos encontrándonos unos apartamentos turísticos modulares, unos pisos con piscina en la azotea o, puestos a soñar a lo grande, un rascacielos como los que empiezan a dibujar el entorno de la estación de Delicias.


Entonces, eso sí, quizá alguien coloque una placa:


«Aquí estuvo el Gran Teatro Fleta».


Y ya tendremos completo el homenaje.


Un nombre, un recuerdo… y ningún teatro.


Carlos Masa