10.3.26

Aragonesxs: Joaquín Palacín Eltoro, servidor público


Joaquín Palacín: montisonense, apasionado del deporte que ha puesto a su ciudad en el olimpo español, director de servicios medioambientales con cargos relacionados en su ayuntamiento y el Gobierno de Aragón, compañero de tribuna de clara prosa…, ha muerto Joaquín.

Al que he tratado con luces largas pues las cortas se las reservaba en las comarcas de Huesca a su principal colaborador y mi amigo, otro gran suave, José Ramón Ceresuela de Vallibroto al que le mando un abrazo de los que secan las lloreras.

La muerte de Palacín ha acontecido en este periodo de renovación puntual del esplendor electoral de la CHA que no va a vivir. Por superación con una campaña distinta de su hijo político Pueyo de su techo de cristal que la visión de la política poco frentista, nada barriobajera, gestora de izquierdas aragonesista de Soro, Lasobras y Palacín no rompió por no calar en la sociedad pública aragonesa. Por ser tan poco populista para bien.

Joaquín era amable, distinguido en el trato, nada zorrocotroco, un exponente de la generación de los de diez años menos que la mía más instruida, capaz pero sin tanto mordiente ni rabia contenida.

Aunque si naces al abrigo de la Catedral de Santa María de Monzón en la que se celebraron tantas y variadas Cortes de Aragón que a sus naves llamó Baltasar Gracián y Morales “emporio y oficina de tantas leyes y paces”; te crías paseando los fines de semana por Chistau y de lunes a viernes en el soto del Cinca, y te amamanta la sombra de la Historia del principal castillo templario de la Corona en que fue criado por los maestres Jaime I, si no tienes la sensibilidad y dolor por tu país que tuvo Joaquín, es para que pidas hora en algún especialista y que te diga algo sobre tu falta de sentimientos que harás huella genética.

Quizás los políticos aragonesistas de tierra plana no puedan en su actitud y desempeño hacer sentir, como sucede con los que tenemos origen montañés, cómo Aragón es el resultado de nuestro desarraigo. 

Cómo nuestras historias familiares todavía las presiden cruces de fronteras obligados o casuales, una muerte en carne propia vecinal, actos heroicos de emigración de nuestros abuelos a buscar fortuna y empresas por cabañeras, en barcos de la línea Bilbao-Coruña-Nueva York o Buenos Aires, jugándose su destino en la Guerra de África a cambio de unas pesetas y liberar del sorteo a un señorito.

Los políticos de izquierdas contenidos de ciudad son alféreces de complemento de los narradores de relatos de sacrificio. Los conocen, empatizan con ellos pero nacieron en otro momento, no sujetaron ninguna pata de cerdo para degollarlo y hacer mondongo. 

Las canciones de mi abuela que reiventan grupos folk no tenían ninguna gracia cuando se cantaban porque el marqués las encorría, eran de fatalidad y regusto a despedida como el rebético de taberna ateniense. Describían que a tu pareja mayoral o repatán, el del rebaño de ovejas, como el folklore gallego a los pescadores, no se les veía más que dos veces al año. De alegría desesperada, naturalmente.

De todo tiene que haber, es fundamental que esta capa ilustrada de políticos de izquierdas no haya tenido que labrar recuerdos colectivos, buscar un lugar donde poder vivir y en su acción política, ya les gustaría, hayan podido superar el pasado como la sociedad alemana decretó con el nazi.

¿Si mañana España fuera republicana o Aragón independiente se produciría el mismo traspaso de jueces, fuerzas y cuerpos de seguridad, notarios y curas a una realidad distinta como en la transición, por querida por una mayoría del personal? ¿Podríamos verlo en una nueva sociedad aragonesa, pero habrá que empujarla para que pueda ser?

Joaquín no solo deja el legado de su familia y sus tres hijos, deja retazos escritos de defensa de la sociedad aragonesa que son para todos. Su base reservada y tímida no le hacía menos exponente humano e intelectual de la última generación del siglo XX, la que floreció en los años 90, educada en que la Historia contra las dictaduras se debía escribir especialmente desde las consecuencias que tuvieron contra sus víctimas y perdedores.

Hoy en que Santiago Segura publicita su último “Torrente” con la afortunada por descriptiva entradilla “30 años blanqueando el fascismo” y la pequeña historia vuelve a escribirse por una generación de escasos jóvenes blancos españoles de padres de la generación de Joaquín, hijos únicos que vuelven a misa para ser grey y encontrar consuelo, Palacín seguía de pie como sucesor del sentimiento democrático y aragonesista de tantas capas de clase media de nuestra común sociedad oscense. 

De los hombres y mujeres corrientes de Monzón y sus conversaciones apagadas sobre la colectivización, pero como dice Scurati “nunca comunes”.

Están echando luz, revisando, la herencia de Franco. Hablamos como presunto estadista que dejó España al albur de ser ordenada por media orden jesuita, el Opus y el ejército de Armada, Carrero y compañía, no la suya patrimonial y la de su familia que tampoco saldría de su asignación como Jefe del Estado.

Les atrae y se da la matraca desde muchos medios porque pueden afirmar que en su sociedad no había inmigración –cómo, si se depuró a un alto porcentaje y otra tenía que salir fuera-, lo bien que se vivía callando y que los pocos universitarios elegidos tenían trabajo todos al terminar los estudios superiores. 

Están borrando la Historia, la de mi propia familia integrada por represores requetés que no conocieron pero demonizaron a sus víctimas de la plaza de toros de Santander.

Joaquín sí tenía alma partisana, de negociar a favor de una mayor justicia social, fue hijo de nuestra historia pero sabiendo conducir su destino sin cegarse por ella. Tuvo, aunque el sustantivo se lo han apropiado otros, horizonte. Levantaba la vista de Monzón y apelaba en sus textos e intervenciones al futuro como herramienta de justicia por tantos milenios de silencio de nuestros antepasados vasallos.

Lo hizo perfectamente y con educación, a mí me representó. Y tampoco estuvo en política a ningún precio, se puede.

No tengo hijos pero mi heredero será mi pueblo, como dijo el filántropo judío Hirsch. Entre ellos tus hijos, Joaquín.

10.03 Luis Iribarren

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