5.1.26

El Día del Fin del Mundo en Zaragoza y Berdún


La noche del 9 al 10 de julio del año 1923, ya era martes día 10 de julio, se vivieron en Zaragoza un día Negro que algunos calificaron como el Día del Fin del Mundo. Esa noche, a las 4 y a las 5,30 de la madrugada se produjeron dos temblores de tierra a 155 kilómetros de Zaragoza, en Berdún, pero que se notaron muy fuertes en la capital del Ebro.

El segundo sobre todo fue, de una gran violencia lo que generó un gran pánico entre los vecinos de Zaragoza, que salieron de sus casas a la calle, creyendo que podrían venir más temblores y cada vez más fuertes.

Hubo pequeños derrumbamientos, muchas roturas de cristales y grietas en edificios viejos, y caída de muebles, cuadros o espejos dentro de las viviendas de Zaragoza. Se dice que una de las chimeneas de Galletas Patria fue derribada ese mismo día por el temblor.

Pero no calmados del terremoto, a continuación vino un tremendo ciclón de viento muy fuerte, y unas tormentas de intensidad apocalípticas.

El Terremoto: Características Técnicas

El terremoto más fuerte, el conocido como Terremoto de Martes (o Terremoto de Berdún) se inició a las 5 horas y 31 minutos de la madrugada del 10 de julio de 1923, en el corazón del Pirineo oscense. Su epicentro se localizaba en la Canal de Berdún, una fosa tectónica entre los pueblos navarros de Burgui y Castillonuevo, y los aragoneses Tiermas y Salvatierra de Esca, en las orillas del actual embalse de Yesa.

En términos de magnitud, el terremoto alcanzó 5.3 en la escala de Richter antigua (equivalente a magnitudes estimadas entre 5.8 y 6.2 en la escala de Richter moderna). Su intensidad máxima en la escala de Mercalli—entonces el estándar internacional para medir terremotos—fue de VIII (Muy Fuerte), particularmente en la zona del epicentro.

Lo que hizo extraordinariamente peligroso este terremoto fue su profundidad, excepcionalmente superficial, pus se produjo aproximadamente solo a un kilómetro bajo tierra. Esta combinación de profundidad superficial con magnitud moderada generó una amplificación sísmica desproporcionada, produciendo destructividad comparada a la del terremoto de Lorca de 2011 (que alcanzó intensidad VII a pesar de magnitud similar).

La sacudida principal duró 18 a 20 segundos de trepidación violenta, seguida de múltiples réplicas en los días subsiguientes. Aunque el evento principal del 10 de julio fue el más destructivo, la crisis sísmica se prolongaría durante meses, con 87 réplicas registradas hasta finales de diciembre de 1923, algunas de intensidad V-VII en la escala de Mercalli.

El Impacto en Zaragoza: La Sacudida Lejana

Aunque Zaragoza se encuentra aproximadamente a 155 kilómetros de distancia del epicentro, la intensidad del terremoto fue lo suficientemente grande para ser percibida dramáticamente en la ciudad. Las crónicas contemporáneas documentan que "tembló todo el suelo de Zaragoza y gran parte de su provincia. 

Minutos después de las cinco y media se registró la sacudida terrestre, que se dejó sentir con notable intensidad y duración". Los relatos describen que la tierra "trepidó con violencia" durante más de veinte segundos, causando terror entre la población que despertaba en la madrugada.

Los daños sísmicos directos en la ciudad fueron relativamente moderados comparados con la zona epicentral: solo cristales rotos, daños estructurales menores, pánico generalizado, pero sin colapsos catastróficos. Sin embargo, el terremoto fue solo el preludio de lo que vendría después.

Ciclón y Tormenta Apocalíptica

La verdadera catástrofe de aquel día llegó después de las dos de la tarde, cuando un ciclón de aire muy fuerte barrió la ciudad de Zaragoza. Los testimonios de la época describen que "volaron persianas y toldos, se golpearon puertas y balcones con gran estrépito", generando un caos de ruido y destrucción menor que advertía de lo que se aproximaba.

Tras el ciclón llegó la tormenta más violenta que la memoria histórica de Zaragoza recordaba. Una descarga de granizo de proporciones apocalípticas que se prolongaría durante horas. El granizo caía en "gran abundancia y de grueso tamaño", rompiendo masivamente cristales de marquesinas, lucernarios y especialmente balcones orientados al sur.

Los daños de esta tormenta fueron catastróficos: 

Inundaciones urbanas masivas por acumulación de agua en las calles
Desbordamiento del Ebro y otros ríos (Jalón, Jiloca, Gállego)
Pérdidas agrícolas tremendas en la huerta zaragozana, que era la base de la economía local
Rotura generalizada de cristales en edificios y negocios
Corte de servicios: la vía férrea quedó cortada, las comunicaciones telefónicas y telegráficas se perdieron, carreteras y caminos se tornaron impracticables
Apagón prolongado: barrios como Torrero tardaron varios días en recuperar la luz eléctrica
Zaragoza quedó prácticamente incomunicada del resto del país

Mientras Zaragoza sufría estos daños significativos, la zona del epicentro vivía una devastación casi total desde las primeras horas de la mañana. La localidad de Martes fue prácticamente destruida; de sus 100 casas, dos fueron demolidas completamente y las otras 98 tuvieron que ser derribadas o reformadas profundamente. La afortunada circunstancia de que muchos habitantes estaban en el campo durmiendo, en esa época de julio de cosechas y siega, probablemente salvó vidas.

La cercana Berdún sufrió aún más; fueron 11 casas completamente demolidas y 249 de sus 260 edificios totales, presentaban daños considerables. La torre de la iglesia de Tiermas se desplomó, y la de Mianos quedó gravemente agrietada—grietas que permanecen visibles en el siglo XXI.

En el pueblo de Mianos, todos los relojes se pararon simultáneamente, incluido el del templo parroquial. La pila bautismal se desplazó, el baldaquino tornavoz se dañó, y la torre se agrietó tan severamente que aún hoy conserva cicatrices del terremoto.

En San Juan de Mozarrifar, ubicado más al sur y muy cerca de Zaragoza, el impacto de las tormentas fue catastrófico: 33 casas se hundieron y la población hubo de ser evacuada en barca, siendo la zona cercana a la capital en donde más destrucción hubo.

La extraordinaria circunstancia de que la mayoría de las estructuras (especialmente iglesias) permanecieran en pie o parcialmente reparables se debió a que la construcción tradicional pirenaica—basada en vigas de madera y teja—es más antisísmica que las estructuras de hormigón moderno, pues la construcción tradicional flexible absorbió la energía sísmica que estructuras modernas hubieran colapsado los edificios.

La Investigación Científica

El sismólogo Alfonso Rey Pastor, director del Centro de Sismología de Toledo y uno de los expertos más destacados de España en el estudio de terremotos, se trasladó a la zona a principios de agosto de 1923. Rey Pastor ubicó con precisión el epicentro en la localidad de Martes y realizó investigaciones exhaustivas que culminarían en la publicación de su monografía técnica: "El período sísmico de la Canal de Berdún (Pirineos) 1923-25" (1931), con un documento de referencia en la sismología española.

La investigación de Rey Pastor fue importante porque documentó que la zona del Pirineo aragonés forma parte de un sistema de fallas activas con historia sísmica documentada desde períodos medievales. El terremoto de 1700, por ejemplo, había destruido los pueblos de Bahón y Ena en el mismo valle del Aragón, demostrando que la zona posee actividad sísmica periódica de considerable magnitud.

El pánico en la zona rural fue considerable. Algunos periódicos especularon con la posibilidad de que la sismicidad fuera preludio de la activación de un volcán dormido en los Pirineos durante milenios. Hubo reportajes que hablaron de "llamaradas" saliendo del suelo (posiblemente producidas por fricción de bloques rocosos) e incendios de montes desencadenados por la agitación telúrica.

Estas especulaciones catalizaron una evacuación ampliada y muchas poblaciones de la zona fueron evacuadas a campamentos militares improvisados, incluyendo a tropas de Jaca que acogieron a los damnificados en tiendas de campaña durante semanas.

La Memoria Histórica

El 11 de julio de 1923, el diario Heraldo de Aragón dedicó prácticamente su edición completa al evento, un hecho extraordinario en la época. La portada ocupaba un titular de toda página: "TEMBLORES DE TIERRA, CICLÓN, TEMPESTADES", con subtítulos que hablaban de "los elementos naturales en furia", "espectáculos pavorosos" y "daños y estragos sin cuento” o "El Día Que Zaragoza Vivió el Fin del Mundo".

Lo notable de la cobertura no fue simplemente la escala de la catástrofe, sino el carácter sin precedentes de la concatenación de eventos. 

En una sola jornada, Zaragoza y Aragón experimentaron simultáneamente: 

Un terremoto de intensidad VIII (máxima destructividad en escala tradicional)
Un ciclón de velocidades extremas
Una tormenta con granizo de proporciones extraordinarias
Inundaciones catastróficas

Los historiadores locales refieren el 10 de julio de 1923 como "el día más movido que la historia de Zaragoza recuerda, meteorológicamente hablando”. Aunque las fuentes históricas hablaron de víctimas mortales (cantidad no especificada), el número fue milagrosamente bajo dadas las circunstancias extraordinarias. Sin embargo, los daños materiales fueron extensos: pérdidas agrícolas en la huerta, destrucción de infraestructuras rurales, daños estructurales urbanos generalizados.

Zaragoza tardó semanas en sobreponerse, y la zona del epicentro mucho más. La reconstrucción de Martes, Berdún, Mianos y otros pueblos se extendió durante meses, con asistencia de autoridades militares y civiles.

El terremoto de 1923 fue el mayor terremoto registrado en Aragón en los últimos 100 años, y permanece como punto de referencia obligatorio en la sismología española. Su estudio por Alfonso Rey Pastor proporcionó información crítica sobre la estructura tectónica de los Pirineos y la presencia de fallas activas capaces de generar terremotos de magnitud comparable a los que amenazan regiones más tradicionalmente asociadas con sismicidad en España (como Andalucía o Murcia).

Además, el evento de 1923 se convirtió en factor catalizador de las tradiciones locales posteriores. Por ejemplo, se especula que el origen de las "Fiestas del Barrio de La Jota" en Zaragoza está conectado con celebraciones posteriores de recuperación y resistencia tras los eventos de 1923.

El 10 de julio de 1923 permanece en la memoria histórica zaragozana como un momento en que la naturaleza desplegó toda su fuerza destructiva sin restricción: una jornada que merecidamente ha sido descrita como aquella en que "Zaragoza vivió el fin del mundo".



No hay comentarios: