26.7.26
Posadas de diligencias en la Zaragoza vieja
En el siglo XIX o incluso a comienzos del siglo XX, no era habitual que las personas nos moviéramos entre grandes distancias. Solo unos pocos tenían la necesidad de hacerlo, y nadie lo hacía por el placer de irse a otro lugar a pasar unos días. Lo habitual era que si acaso, se migrara a otro lugar de forma casi permanente y se dejara atrás todo lo demás.
Moverse más de 5 leguas (unos 30 kilómetros) era casi una osadía. Que, por cierto, sí hacían los poderosos, los ricos, los jóvenes con posibles. El resto, nada de nada. Y estos se movían en colleras, que eran más lujosas que las galeras. El carro o coche de colleras llevaba cuatro ruedas, grandes dimensiones y era tirado por varias caballerías.
Debemos entender que por entonces marchar era una osadía, pero si te había ido lejos, pensar en volver a tu origen una locura, pues no se sabía nada de la forma en que se podría volver desde la ciudad a la que habías llegado.
En Zaragoza había varias estaciones o posadas en donde llegar las diligencias, una en la entrada de Montemolín (así se llamaba el parador) en el actual cruce de Miguel Servet con San José y Compromiso de Caspe. Aquellos espacios, grandes, tenían fonda para las personas y los animales, aparcamientos y lugar de reuniones de todos los que intervenían en los viajes. Eran lugares que siempre estaban llenos de gente esperando. Y en este caso era más una Fonda Posada antes de entrar en la ciudad, para dejar reposara los animales o para cambiarlos y que entraran a la ciudad animales bellos y no muy cansados.
Las diligencias o las galeras no salían todos los días al mismo destino, sino en días alternos. Un día llegaban, el conductor y los animales dormían en la posada, y al día siguiente salían de nuevo para volver al destino, por ejemplo, Madrid. Eran viajes duros, las carreteras eran lentas, llenas de baches, con muchos golpes, y eran vehículos que además de personas llevaban carga, a veces hasta 300 arrobas de peso añadido. Hablamos de 3.500 kilos encima del vehículo, sin contar a las personas.
En la calle Don Jaime de Zaragoza, en el número 37 había una oficina de billetes para Madrid y el sur de España de la familia Forés, pero había más. Estaba la de Camilo Villoro que iba a La Muela y según dicen tenía más de 80 mulas de carga para 7 galeras, y también estaba la de Andrés y Hermanos. Ojo con la duración del viaje en ese siglo XIX, se habla de entre 3 a 7 días de duración del trayecto desde Zaragoza a Madrid, con constantes paradas para descansar. No ya las personas, sino sobre todo los animales.
También había desde Zaragoza trayectos hacia Barcelona, Fraga, Reus, Igualada, Valls, y además de en Montemolín en las afueras de Zaragoza, había también posadas en la calle Ariño que convertían en aquella zona en un gran trasiego de personas y animales. A su vez había servicios hacia Huesca, hacia "El Norte", Salamanca, Panticosa, Bajo Aragón o Valencia.
La Posada más importante era la llamada Fonda de Europa y Parador de Diligencias de Oriente. Estaba en la plaza de la Constitución, actual plaza de España. No era solamente una fonda y en el plano de Zaragoza de José Yarza de 1861 la identifica expresamente como: Parador de diligencias de Oriente y fonda de Europa. Estaba situada aproximadamente en el sector ocupado actualmente por el Banco de España.
Pero constan otras muchas como las de Fonda de las Cuatro Naciones en el Coso Alto, la de Postas Generales en el Coso Medio, Casa Marraco en la Plaza de la Constitución, Casa Sardaña en la plaza del Carmen, Posada de San Juan que iba a Épila, las que llegaban a la Plaza de Ariño que eran muchas, lo mismo que a la Plaza de Santa Engracia, la Posada de Santa Ana en la calle Mayor, la Posada de Santa Cruz que iba a Teruel, la Posada de los Huevos en la plaza del Pilar, la Posada del Blanco que estaba junto al Mercado e iba a numerosos pueblos cercanos, la Posada de los Reyes en la plaza del Pilar, la Posada de la Salina en el paseo del Ebro con capacidad para 60 animales, la Posada de las Almas o de la Ánimas en la calle San Pablo, la Posada de San Braulio especializada en transportes de soldados, aunque en realidad había bastantes más.
Eran Fondas para descansar las personas, pues muchos de ellos no se quedaban en Zaragoza y seguían viaje, pero a su vez, debían tener grandes espacios para cuadras, pues el trajín de animales era enorme, pues no solo descansaban y se alimentaban, sino que se intercambiaba.
Lo normal a mediados del siglo XIX era un precio de unos 30 duros ir a Barcelona o Madrid, en un viaje que duraba sobre los 3 días y 2 noches. Ese precio era el equivalente a un alquiler modesto de una vivienda durante varios meses. Un precio solo disponible para pocas familias adineradas. Aparte estaba el precio de las comidas y dormidas.
Ojo que no era nada cómodo, pues hablamos de vehículos que podían llevar 20 personas en su interior. Entre estas dos ciudades y Zaragoza, se cambiaba de animales unas 18 veces en diferentes posadas. Una de ellas, las que todavía podemos recordar es la llamada La Venta de los Caballos cerca de Zaragoza. Eso nos da una idea de los kilómetros que podían recorrer cada tira de animales. Hacia Barcelona la primera parada para cambiar de animales se hacía en la Puebla de Alfindén.
Los conductores cobraban muy poco sueldo, sobre unas 4 pesetas al día, iban con un aprendiz o un zagal joven, y vivían más de las propinas y de los apaños con pequeños contrabandos que del sueldo que cobraban.
Los tiempos del viaje eran muy teóricos, dependía del tiempo, las lluvias, los barros, los accidentes, los propios caballos, etc. Y la llegada era algo no previsible, pues los retrasos no eran de horas, sino de días.
La llegada del ferrocarril a Zaragoza en 1861-1863 redujo las grandes diligencias hacia Madrid y Barcelona, pero no eliminó las posadas ni las galeras regionales. Estas continuaron atendiendo las comarcas sin ferrocarril. Las últimas diligencias que vinieron a Zaragoza eran las de los trayectos de Alcañiz, Belchite y Cariñena.
El tren no llegó a Jaca hasta 1893 y a Teruel hasta 1902. Por eso el transporte de mulas, ordinarios y galeras siguió teniendo importancia durante prácticamente todo el siglo XIX.
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