La enorme riada de la madrugada del 11 al 12 de julio del año 1923, por una gran tormenta muy mal gestionada, que desde San Juan de Mozarrifar inundo todas las tierras hasta el Ebro y la desembocadura del Gállego, se recuerda como unas horas de enorme tensión en toda la zona de Cogullada, La Jota actual y la zona de la Avenida de Cataluña, totalmente inundados y con más de medio metro de agua por encima en la zona de la carretera a Cataluña.
Durante los días 10 y 11 de julio de 1923, unas extraordinarias tormentas torrenciales provocaron graves inundaciones en el bajo Gállego y la huerta norte de Zaragoza. El desbordamiento de barrancos, la crecida del Gállego y la rotura de acequias cargadas con agua del río, multiplicaron la inundación, que alcanzó la carretera de Barcelona —actual avenida de Cataluña— y la zona que posteriormente formaría el barrio de La Jota. Unas 200 viviendas y 60 vaquerías tuvieron que ser desalojadas, mientras se hundían varias casas de adobe y el agua convirtió extensas zonas de la huerta en enormes lagunas.
La documentación más cercana a los hechos apunta sobre todo al desbordamiento del río Gállego, a unas tormentas torrenciales, los barrancos más gestionados y a la rotura o desbordamiento de acequias de la zona desde aguas arriba de San Juan.
Eran unos años en los que no existían todavía la regulación de los cauces gracias a los pantanos, y eso provocó que el Gállego se desbordara, anegando toda su margen derecha, desde San Juan, San Gregorio, la plana de Cogullada y las vaquerías, casas y torres de lo que hoy es el barrio de La Jota y la Avenida Cataluña.
Según la reconstrucción realizada a partir de los periódicos El Noticiero, El Debate y ABC de julio de 1923, el agua procedente del sistema de riego alimentado por el Gállego se sumó a las aguas de la tormenta y multiplicó la inundación.
A las 11 de la noche las aguas muy virulentas habían llegado al Puente del Gállego en la entrada de la actual Santa Isabel, buscando la desembocadura del río hacia el Ebro. En 1923 no se hablaba de La Jota exactamente como entendemos hoy el barrio. Las crónicas se refieren al «barrio de la carretera de Barcelona», la carretera del Gállego, las parcelas de Escudero y los caminos de Cogullada y del Vado.
A la altura de la entrada a la Azucarera dicen las crónicas que se encontraban agolpados una buena cantidad de vecinos, angustiados y subidos a las farolas, con algunas linternas, y que vigilaban el movimiento de las aguas para así poder —a gritos— ir informando al resto de vecinos para que intentaran salvar sus ajuares, las vacas y ganados, y salir de sus viviendas ante la inevitable inundación de toda la zona.
Estos vecinos ya en la zona entre lo que era el edificio de Galletas Patria y la Azucarera, vivían en la nueva urbanización llamada entonces Parcelas de Escudero, hoy La Jota.
Se documentó el hundimiento de la Torre del Escribano y de otra vivienda próxima a la Azucarera de Aragón; eran construcciones principalmente de adobe, muy vulnerables al agua.
Las inundaciones venían peligrosamente de los boquetes enormes que se habían hecho en la acequia del Rabal y que buscaba su natural salida hacia la zona baja, para encontrarse al Ebro. Pasadas las 12 de la noche se pudo dar luz municipal a la zona, lo que de alguna manera tranquilizó a todos los vecinos, que se habían refugiado con sus niños en el edificio de Galletas Patria, mientras que los hombres jóvenes, aguantando el tremendo aguacero, intentaban vislumbrar con faroles la magnitud de aquella riada.
Otros vecinos de las parcelas Escudero sacaron a sus animales de las casas —vacas sobre todo—, e intentaron formar defensas con tablones y sacos en las bocacalles del barrio, aunque esto no sirvió de nada y enseguida fueron desbordados por la fuerza del agua.
A la mañana siguiente las inundaciones habían llegado hasta la fábrica de anisados de Lobez que parecía una laguna, se suspendió el servicio de tranvías y tampoco los coches podían pasar por toda la zona, hasta el camino de El Vado.
El agua era tanta en toda la zona que no la podía absorber el terreno y quedaba sobre extensas zonas desde Cogullada a la actual La Jota, lo que hizo pensar a los gerentes municipales en construir con suma urgencia una especia de acequia nueva de desagüe para que las aguas pudieran retirarse hacia el río Ebro.
El miedo más alto en ese día posterior era que la tapia de La Azucarera pudiera aguantar las aguas, pues si se derrumbaba, toda la inmensa riada inundaría la fábrica de la propia azucarera y llegaría hasta la Estación del Norte.
Los moradores de las parcelas de Escudero empezaron en aquella mañana a desalojar las viviendas llevando a hombros sus enseres a unos puntos más altos pues en toda la barriada el agua llegaba de media hasta la rodilla, incluidos los interiores de las viviendas.
Según la tradición recogida en el barrio, la actual calle Once de Julio marcaría aproximadamente el punto hasta donde llegó el agua, y su nombre recordaría la fecha en la que la inundación se detuvo y los vecinos comenzaron a comprobar que el peligro remitía.
A las 11 de la noche las aguas muy virulentas habían llegado al Puente del Gállego en la entrada de la actual Santa Isabel, buscando la desembocadura del río hacia el Ebro. En 1923 no se hablaba de La Jota exactamente como entendemos hoy el barrio. Las crónicas se refieren al «barrio de la carretera de Barcelona», la carretera del Gállego, las parcelas de Escudero y los caminos de Cogullada y del Vado.
A la altura de la entrada a la Azucarera dicen las crónicas que se encontraban agolpados una buena cantidad de vecinos, angustiados y subidos a las farolas, con algunas linternas, y que vigilaban el movimiento de las aguas para así poder —a gritos— ir informando al resto de vecinos para que intentaran salvar sus ajuares, las vacas y ganados, y salir de sus viviendas ante la inevitable inundación de toda la zona.
Estos vecinos ya en la zona entre lo que era el edificio de Galletas Patria y la Azucarera, vivían en la nueva urbanización llamada entonces Parcelas de Escudero, hoy La Jota.
Se documentó el hundimiento de la Torre del Escribano y de otra vivienda próxima a la Azucarera de Aragón; eran construcciones principalmente de adobe, muy vulnerables al agua.
Las inundaciones venían peligrosamente de los boquetes enormes que se habían hecho en la acequia del Rabal y que buscaba su natural salida hacia la zona baja, para encontrarse al Ebro. Pasadas las 12 de la noche se pudo dar luz municipal a la zona, lo que de alguna manera tranquilizó a todos los vecinos, que se habían refugiado con sus niños en el edificio de Galletas Patria, mientras que los hombres jóvenes, aguantando el tremendo aguacero, intentaban vislumbrar con faroles la magnitud de aquella riada.
Otros vecinos de las parcelas Escudero sacaron a sus animales de las casas —vacas sobre todo—, e intentaron formar defensas con tablones y sacos en las bocacalles del barrio, aunque esto no sirvió de nada y enseguida fueron desbordados por la fuerza del agua.
A la mañana siguiente las inundaciones habían llegado hasta la fábrica de anisados de Lobez que parecía una laguna, se suspendió el servicio de tranvías y tampoco los coches podían pasar por toda la zona, hasta el camino de El Vado.
El agua era tanta en toda la zona que no la podía absorber el terreno y quedaba sobre extensas zonas desde Cogullada a la actual La Jota, lo que hizo pensar a los gerentes municipales en construir con suma urgencia una especia de acequia nueva de desagüe para que las aguas pudieran retirarse hacia el río Ebro.
El miedo más alto en ese día posterior era que la tapia de La Azucarera pudiera aguantar las aguas, pues si se derrumbaba, toda la inmensa riada inundaría la fábrica de la propia azucarera y llegaría hasta la Estación del Norte.
Los moradores de las parcelas de Escudero empezaron en aquella mañana a desalojar las viviendas llevando a hombros sus enseres a unos puntos más altos pues en toda la barriada el agua llegaba de media hasta la rodilla, incluidos los interiores de las viviendas.
Según la tradición recogida en el barrio, la actual calle Once de Julio marcaría aproximadamente el punto hasta donde llegó el agua, y su nombre recordaría la fecha en la que la inundación se detuvo y los vecinos comenzaron a comprobar que el peligro remitía.
Según las crónicas, según cuentan desde la Asociación de Vecinos de La Jota, las familias se refugiaron en la fábrica de Galletas Patria (donde ahora se encuentra un gimnasio) en un puesto de ayuda que organizaron los Scouts de Zaragoza y la Cruz Roja. «Se cuentan historias que hablan del olor a cacao que había en el interior y de la sopa que les dieron para que pasaran la noche», destaca el presidente vecinal.
Aquel día se trabajó en reforzar las tapias de la Azucarera, las que había en el camino de Valimaña, y hasta la estación receptora de Eléctricas.
A las cinco de la tarde del día 12 empezó a volver a llover, con piedra que presagiaba tormenta que se agravó enseguida con una caudalosa lluvia que duró brutalmente ocho minutos. Y aunque ya la Guardia Civil vigilaba toda la zona, se volvieron a reproducir escenas de pánico, pues creció el caudal de las inundaciones.
Los soldados ingenieros de Pontoneros montaron un pontón grande que se movía por encima de todas las aguas del barrio, para llegar a todos los rincones, por encima de las calles, buscando poder llegar a donde hiciera falta. Iban moviéndolo con remos para explorar todas las casas por si se habían quedado en alguna casa, personas atrapadas. Y en el camino del Vado se inició enseguida la construcción de una gran zanja que abriera toda la inundación hacia el Ebro.
La situación en San Juan y en Santa Isabel era todavía peor. Desde San Juan hasta las parcelas de Escudero había varias zonas en donde se calculaba que la profundidad del agua superaba los tres metros.
Ya en ese segundo día, se hizo notar desde el Ayuntamiento de Zaragoza que en ningún momento desde ninguna instancia del Gobierno desde Madrid, se habían hecho ofrecimientos para ayudar a Zaragoza. Y acto seguido los Diputados por Zaragoza iniciaron reuniones y consultas en Madrid, para recabar ayuda para las zonas afectadas.
Se iniciaron oficinas para recoger donativos para las familias damnificadas, siendo una de las primeras necesidades lograr ropa nueva, pues toda había quedado inutilizada por la riada. Bien ropa, sobre todo calcetines, camisetas y pantalones, como dineros, por lo que enseguida surgieron familias que iban dando desde una peseta a dos y tres pesetas.
El Vicario del Cabildo hizo un ofrecimiento de 500 pesetas, el Obispo de Tagora (Norte de África) puso 250 pesetas entre otros donativos, y familias de cierto poder económico en Zaragoza fueron entregando desde 2,50 a 25 pesetas. Los Sastres de las tiendas de La Confianza se brindaron a que en sus tres locales de sastrería se recogerían ropas para entregar, sabiendo que en donde más lo necesitaban era en San Juan.
Por otra parte, se detectaron a varias personas, siete mujeres y un hombre que iban en grupo se habían personado en conventos zaragozanos pidiendo ayuda para los damnificados, recorriendo también viviendas de la zona centro de Zaragoza, advirtiendo las autoridades que no eran vecinos de San Juan ni de Escudero, ni actuaban con órdenes de las familias damnificadas, por lo que más parecía un timo que un acto de buena fe. También se detuvo en San Juan a una persona, varón, que se dedicaba a entrar en las casas destruidas, para robar lo que encontraba entre los escombros.
El fotógrafo de Heraldo Lucas Cepedo fotografió todos estos desastres, sobre todo los de San Juan de Mozarrifar, pero no he logrado ninguna buena imagen. Este profesional gráfico murió asesinado un año después por odios personales. Las imágenes que vemos en el texto, son de él.
Aquel día se trabajó en reforzar las tapias de la Azucarera, las que había en el camino de Valimaña, y hasta la estación receptora de Eléctricas.
A las cinco de la tarde del día 12 empezó a volver a llover, con piedra que presagiaba tormenta que se agravó enseguida con una caudalosa lluvia que duró brutalmente ocho minutos. Y aunque ya la Guardia Civil vigilaba toda la zona, se volvieron a reproducir escenas de pánico, pues creció el caudal de las inundaciones.
Los soldados ingenieros de Pontoneros montaron un pontón grande que se movía por encima de todas las aguas del barrio, para llegar a todos los rincones, por encima de las calles, buscando poder llegar a donde hiciera falta. Iban moviéndolo con remos para explorar todas las casas por si se habían quedado en alguna casa, personas atrapadas. Y en el camino del Vado se inició enseguida la construcción de una gran zanja que abriera toda la inundación hacia el Ebro.
La situación en San Juan y en Santa Isabel era todavía peor. Desde San Juan hasta las parcelas de Escudero había varias zonas en donde se calculaba que la profundidad del agua superaba los tres metros.
Ya en ese segundo día, se hizo notar desde el Ayuntamiento de Zaragoza que en ningún momento desde ninguna instancia del Gobierno desde Madrid, se habían hecho ofrecimientos para ayudar a Zaragoza. Y acto seguido los Diputados por Zaragoza iniciaron reuniones y consultas en Madrid, para recabar ayuda para las zonas afectadas.
Se iniciaron oficinas para recoger donativos para las familias damnificadas, siendo una de las primeras necesidades lograr ropa nueva, pues toda había quedado inutilizada por la riada. Bien ropa, sobre todo calcetines, camisetas y pantalones, como dineros, por lo que enseguida surgieron familias que iban dando desde una peseta a dos y tres pesetas.
El Vicario del Cabildo hizo un ofrecimiento de 500 pesetas, el Obispo de Tagora (Norte de África) puso 250 pesetas entre otros donativos, y familias de cierto poder económico en Zaragoza fueron entregando desde 2,50 a 25 pesetas. Los Sastres de las tiendas de La Confianza se brindaron a que en sus tres locales de sastrería se recogerían ropas para entregar, sabiendo que en donde más lo necesitaban era en San Juan.
Por otra parte, se detectaron a varias personas, siete mujeres y un hombre que iban en grupo se habían personado en conventos zaragozanos pidiendo ayuda para los damnificados, recorriendo también viviendas de la zona centro de Zaragoza, advirtiendo las autoridades que no eran vecinos de San Juan ni de Escudero, ni actuaban con órdenes de las familias damnificadas, por lo que más parecía un timo que un acto de buena fe. También se detuvo en San Juan a una persona, varón, que se dedicaba a entrar en las casas destruidas, para robar lo que encontraba entre los escombros.
El fotógrafo de Heraldo Lucas Cepedo fotografió todos estos desastres, sobre todo los de San Juan de Mozarrifar, pero no he logrado ninguna buena imagen. Este profesional gráfico murió asesinado un año después por odios personales. Las imágenes que vemos en el texto, son de él.
Julio Puente

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