21.9.18

Blade Runner. Por esa Zaragoza de replicantes que hay que evitar

Para Miguel Ángel Marco, visionario compañero de educación primaria con ética y voto de riqueza.
Reconozco que Blade Runner (El Cazador Implacable o El Cazarecompensas) la vi solo parcialmente y a través de vídeos hasta fecha reciente. Una visualización completa, en pantalla grande y en versión original era oportuna y necesaria. Y precisamente fue en Etopía, un marco que difícilmente podía ser más apropiado, que casi se puede decir que existe debido o impulsado por Ridley.

Para entonces yo ya estaba sumido, y aún estoy más, en el gran hermano telemático: en la facturación y gestión unificada de expedientes administrativos, en la relación o no con los cuatro puntos cardinales, dentro de la nube que subsume cualquier autonomía. El mundo cibernético que ha hecho de los hombres y mujeres de negro los supervisores de la gestión política pero también personal, la violencia de género y las pruebas.

Blade Runner me temo que todo ello ya lo anticipaba, que creaba esa molestia cibernética a todos los que la vimos, verosímil su estética after punk en el imperio del pollo frito. No era nada agradable meterse con la mente ni por un momento en ese mundo húmedo, oscuro, ambiguo y solitario en que Harrison navegaba por un entorno que han confirmado las salas de pachinko en Japón, en que la condición humana y asimilada se movían en sus laberintos de soledades y sexo gelatinoso.

También, obviamente no inventamos ni certificamos ya nada, ese modo de comunicación lo han ratificado internet, las redes sociales y los consabidos grupos donde se habla mucho más duro de lo que toca por ausencia de testigos con glóbulos y tendones. Más seco y con largas cambiadas de lo que se haría cara a cara porque los sentimientos no se acompañan por caricias y cargan las cervicales vía tendinitis crónica del afecto.

Concebida en aquel mundo reaganiano y ultraliberal posterior a la caída de Allende, al fracaso de la España de las autonomías en su mundial naranjo, simultáneo a la dictadurísima transportada por mar y aire de Videla y en que estaban los medios de comunicación obsesionados por el contenido de 1984 de Orwell, caído en el olvido. Con la movida del caballo haciendo estrago tras estrago en las familias de las primeras reconversiones, ejecutadas por gobierno socialista.

Me voy a quedar detenido en otro punto de esa época, me voy a quedar detenido en los paseos dialogados con mi querido amigo Miguel Ángel Marco hacia una academia sita en moderno edificio del Coso, parecido al de “Armas de Mujer” con aquellas carpinterías de aluminio dorado del felipismo. Lugar en que yo mejoraba pulsaciones, mientras él y su mente afilada y práctica se empezaron a adentrar en los primeros lenguajes de programación. Vayan para él estas líneas con enorme cariño:

Se cierne la niebla cuando el Deckard del Barrio Jesús, cruza el puente de piedra decidido pero gélido y, con el tumbao que tienen los genios al decidir, entra a la academia para encontrarse con su profesor de abismo Edward James Olmos,

A medio camino entre la pana guerrista y la hombrera miamivice, sin camiseta con mensaje otandeentrada que certifique su condición de experto friky

No movían ni una pestaña alumno y discípulo en clase de MS Dos-Q2, ambos con la fuerza suficiente para golpear, levantar y arrancar la computadora

Sin lugar en la estantería del cuarto pequeño del piso de 60 m2 para guardar tanto disco perforado, tanta negación del vinilo de diskettera, Donna Summer no podía ni imaginar lo mal se suena no crudo pues hubiera dejado de seducir

La memoria RAM no alcanzaba ni para percibir, mucho menos interpretar, un pestañeo de la replicante

Quemamos mucha vista y poco colesterol bueno desde entonces sin saberlo

Ahora somos otra vez amigos gracias a tu empeño, estamos de manera no virtual uno en la vida del otro. Quizá un día repetiremos paseo.

21.09 Luis Iribarren

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