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30.9.26

Los olores del otoño aragonés

Otoño aragonés

Una parte de la población padece el cambio de estación hacia el otoño, el día corto. Muchos disfrutamos de su madurez breve, la que pasa a podrida rápidamente.

Como pasó en verano y siguiendo al maestro Wiesenthal es oportuno iniciar un catálogo olfativo inmaterial del otoño aragonés, que tanto varía según los suelos y altura de los lugares, pues puede comenzar antes o después.

Las primeras tormentas y aires fríos secos de septiembre, que tanto embellecen y afilan la luz virándola a atardeceres pastel aunque nítidos, traen esta semana a finales de mes olores balsámicos a hierba que antes se notaban desde las tormentas de final de agosto. Con ellas rebrotaba y reverdecía los campos para el Pilar, los enfriaba preparando la primera nieve de Todos Santos.

Aunque lleva otoños oliendo solamente a polvo mojado, a bosquetes de bojes y carrascas con olor a rastrojo y después resucitados, lo que ya no parece poco.

Resecados los frutos rojos poco olorosos del final del verano pero de delicado dulzor metálico, con la mora que tanto incorpora como olor la garnacha como reina de los aragoneses, comienza la temporada de los frutos olorosos y rotundos.

Cerrado un piso con ellos en un frutero, dejados en el coche durante una semana antes de su barroca sazón, son desodorantes magníficos los melocotones tardanos, los membrillos que se metían en los armarios roperos entre las sábanas y las manzanas reinetas. Fruta que con col, ajo y vinagre joven, conforma mi ensalada favorita.

Del olor a manzanas harinosas y ácidas que me entusiasmaba en mi juventud, sentido compartido con el de la grasa a taller mecánico, helados de higo, butaca de cine limpia, interior de coche nuevo y pacharán, he pasado a disfrutar todo lo que puedo de dos aromas para mí insuperables hoy: el del tomate tardano recién arrancado de la mata y el de un racimo de uvas de parra de Alejandría, cuando se separa el grano del pedúnculo. Que ese olor está grabado lo demuestra que para el valle del Ebro la mejor brasa posible para carne sea la de sarmiento, y ojo que en Valencia y Murcia también lo hacen teniendo más árboles leñosos para secar el caldo base con sofrito de sus arroces.

El otoño me huele a parque urbano, a leña cortada amontonada en la montaña oscense y altiplano turolense, a sudor de esfuerzo de los cuerpos o laringes debido a las vueltas a coros y gimnasios. Los besos se acompasan demorados y dulces y los olores artificiales que usamos se quedan levemente incorporados a las mantas caseras que cobijan el sabio no hacer nada como es ver cine en casa.

Los almuerzos huelen más, la longaniza o chorizo con huevos fritos apetece con el fresco, se sacuden la calima y anuncian los mondongos en invierno olorosos a vino rancio, pimentón dulce y pimienta de Ceilán.

En los cotos de los pueblos se percibe el hedor breve o sostenido de la sangre de la caza mayor o menor, el olor de los menudos encebollados y el civet. Los guisos a la pastora de trozos de ternasco, conejo, pierna de corzo o jabalí cuadrados, con ajo breve, pimientos dulces de temporada y patata ácida amarilla llaman la atención a kilómetros.

Pero hay dos estrellas, frutas aparte, que brillan en mi firmamento de los sentidos desde la infancia: cuando a mi madre se le ocurre comprar por saudade medio kilo de rebollones, si no nos dan, y los guisa con ajo, pollo y conejo y el piso o la casa de Berdún pasa a oler a pino que embalsama el ajo, y el olor a la primera media docena de castañas asadas que devoro en el puesto de la plaza de San Miguel, hoy en obras.

En las Fiestas del Pilar olía a cierzo, a sayo y faltriquera empapados porque caían tormentas en la ofrenda, al cuero bueno mojado de zapatos de jotera, el algodón de caramelo de las ferias y se compartía el de cerveza ácida en los conciertos con las fiestas de verano, menos acre y más dulzón.

Cuando iba a limpiar la Feria de Muestras antes de ser montada, me entusiasmaban los aromas a taladro de hierro veloz, a serrín y viruta y cola de carpintero. Olían los gritos de los montadores a última hora y su aliento dulce a carajillo quemau para aguantar la noche. Olores que no compensaba el precio de la hora extra de limpiar de buena madrugada pero sí el de la bollería recién hecha y el café con leche de las seis de la mañana. Otros preferían el de las migas para recenar en el Loro de la Madalena, quemaban el dinero de las matrículas de la Universidad que les daban en Rioja o Navarra en una primera semana de pasión antes de empezar las clases. A veces invitándome también a mí.

Esas perras por transferencia nunca olieron, como tampoco los travelers check. Olían mejor las que te daban contra el cheque al portador de cuatro noches de extras de camarero en Zumalacárregui o el Royo, con cinco filas sudorosas exigiendo beber. Hoy sus hijos no salen y les escandalizan…

29.09 Luis Iribarren

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