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7.5.26

Ebro 10.2: El Ebro algunas veces grita, los aragoneses épicos


Distintas generaciones de aragoneses y visitantes se arraciman y ven en silencio cada tarde los rayos de la puesta de sol que atraviesan distintos arcos del Puente de Piedra según el día del año en que estén. Es trendy, se anuncia, se puntúa como lugar a visitar en Google. Eso provoca que me haya dejado de sorprender que lo hagan debajo de mi casa en Berdún, punto de puesta de sol “El Puntal”, en que el personal no mira al interior de la Calle Santa Cruz y sus casas cada vez más deshabitadas. Van a punto fijo, no con la mirada de los buitres que tanto admiran.

En uno y otro mirados, en las colas de pantanos o debajo de la carrasca de Lecina, se concentran la mayoría de Pilar y José a secas y con nombre compuesto que nos quedan de más de ochenta años que completan los abuelos que portan los gloriosos nombres del santo o santa del santoral en que nacieron o las vírgenes de sus pueblos (Evaristo, Emiliano, Esteban,Llanos, Alegría, Quiteria, Pino, Camino).

Lo hacen con ese garbo de nunca haber parado que les queda en el genio con la siguiente generación ya más estática, activa mentalmente, de los que nacimos en los sesenta bautizados como Hans, John, Luis, Charly, Antonio, Víctor Manuel y -especialmente en Aragón- Jesús con sus derivaciones compuestas de nombres falangistas. Si todavía no se han separado y cambiado a su compañera por otra que dudamos que lo sea o, seguro que nos equivocamos, lo será más de veinte menos, pasean con las Eva, Marijose, Mariví, Paz, Elenita, Carmen, Anabel y Maribel, momento en el que en Francia se pusieron otros nombres Marc, Alain, Catherine, Brigitte y Francine.

Les acompañan en ocasiones sus hijos para los que ya se estudiaron mejor los nombres, se pusieron de cantautor o se buscó el nombre de mujer líquido con “l”: Amalia, Violeta, Laura (nos dejamos a la generación de Noelia de Nino Bravo, Rebeca y Beatriz) junto con los Iván, Óscar y especialmente David o Jorge. Cuanto más escaso pero al mismo tiempo común el nombre, más desapercibido pasará aunque queramos en el fondo lo contrario. De allí se arrasen la dupla Pablo-Paula, los Hugo y Mar correspondientes. La mediocridad como búsqueda del punto medio, porque no le vamos a cascar Adolfo ni Asunción o Pasión como sus abuelos.

Caso de ser aragonesista, el 6% de la población, les ha caído en suerte lidiar con llamarse Acher, Mascún, Oroel, Chabier o, intolerable intromisión navarra, Leire, Edurne, Iguazel, Izarbe. En Teruel supongo que con furor regeneracionista habrá Menera, Páramo,Tremedal y Rodeno.

Los más jóvenes de los zen trasladan Ibiza a la península de la ribera del Ebro en San Lázaro y disertan conmigo callado, sobre ejemplos concretos de la plasmación en sus vidas del mal menor como motivación para quedarse o establecerse en Aragón, caso de la inmigración y Erasmus in love: la falta de ayudas para alquiler, las paternas o quedarse en casa viviendo, la amarga experiencia de pasar una tarde en una población del centro de Francia cuando no eres adicto al gimnasio de tus colegas emigrados, el compromiso personal y político como eje para ser persona aquí, menos en Génova. Algunos de ellos, no tantos en número o será el sitio, aportan como nuevo elemento a considerar esa sensación que les transmiten pero que no padecen, aunque sí leen constantemente en las redes, de inseguridad, la que les venden algunos como coartada, incluso estando tan relajados, para llegar al mismo Gobierno de Aragón.

Cada generación antes de pagar el agua, la luz y la hipoteca por nosotros mismos o con ayuda de otros los pañales y el ocio de los hijos, utilizamos en el decurso de nuestra vida con distinto contenido vocablos como paz, igualdad, feminismo, falta de seguridad, centro comercial, izquierda, el ambiente, compartir turismo rural… Cada clase política, sin embargo, esculpe su interpretación de su significado en piedra, valedero para el largo plazo que son las siguientes elecciones

Escucho con atención mientras leo las narraciones épicas de mis compañeros de sunset: es un no parar de actividades, reuniones, búsquedas de empleo, redes, planificación de visitas a otras ciudades que te apartan hacia la pantalla de ver el Puente de Piedra desde abajo. Los silentes maduros o viejos que les acompañamos lo hacemos con una mirada de memoria histórica y así lo compartimos entre nosotros, sabemos que no les interesa la famosa caída del autobús y cómo se lo tragó el remolino de San Lázaro, lo imposible que fue y la suerte que tienen de bajar a un Ebro no contaminado por colectores y jeringuillas menos en el único parque que había, la Arboleda de Macanaz, o lo bien que al final quedaron los leones de Paco Rallo y las farolas cobrizas de puerto cuya instalación en el bello puente medieval promovió el futurista García Nieto a principios de los 90.

La juventud es épica exclusivamente en espacios urbanos, vota para que se repinte un puente histórico de hierro con los colores de Zaragoza, han salido a Europa a estudiar o incluso trabajar como especialistas, tienen amigos, compañeros franceses de intercambio desde niños y van por la vida con un DNI arco iris y no como el mío.

Quedar para ir en grupo pro taurino a misa cada tarde de domingo con los colegas como participar en una manifestación de condena a Netanyahu no tiene ninguna posibilidad de darse ni relación con el débil y viejo país de tus abuelos en que se colocaba a sabiendas al sinvergüenza con el peor currículo para el cargo de alguacil, que conllevaba el de chivato.

Seas un aragonés de ciudad o hijo de una familia de concejales del último municipio oscense recibes educación para emigrar, e independientemente de tu ideología, a tus padres les gustaría que te tratasen con lealtad y respeto allá donde te dirijas, y no como a ellos cuando han firmado -o padecido como morralla urbana a la que nadie se molesta políticamente en favorecer- bases de oposiciones para promover a los de casa, para no tener conflictos. Al parecer se busca un nuevo pasaporte político para superar la arbitrariedad local y declararla de interés autonómico.

Activando que los derechos solo los tengan los privilegiados y para los demás la patria sea lo residual, lo que queda en el colador sin prensar, y la única huida la constituya aferrarse a una romántica bandera republicana o asistir a tres días de jornadas de manga. Para muchos jóvenes aragoneses, nada hay más cerca que Japón.

Aragón pierde generaciones de aragoneses, no como Navarra que los conserva, porque no cree ni en sus propios hijos y cuando los consigue colocar es si apuesta por contentar a capitales externos.

Toda madre aragonesa, como toda balcánica, como cualquiera asturiana o gallega no se engaña. No es un ambiente el nuestro que vaya a proteger con derechos efectivos a sus hijos, que nacen para ser limitados, y no es buena idea ni garantía de supervivencia vacunarles en la humildad, por eso en los pequeños pueblos nos metían este veneno de desconfiar. Calculemos lo que piensan dichas madres en el caso de que lo sean además con un origen ajeno al territorio en el que nacen sus hijos: que son carne de cañón a la enésima potencia, cañón real o figurado.

Pero hubo un tiempo en que dar una vuelta por Interferencias o el Central lo mejoraba una noche en Binéfar; se comía muchísimo mejor en las fondas de Sobrarbe o restaurantes de carretera secundaria que en Zaragoza; para procesiones pero construir y reparar tambores, nada como el Bajo Aragón y se veía mejor cine en el Cineclub de la Zoiti que en la Filmoteca de Zaragoza. No digamos jazz intermedio en Teruel y Monzón o bailar en Fraga y Almudévar. Solamente tendríamos que volver a eso y no solo a que la principal empresa del lugar sea su panadería porque vende en la ciudad pero estaría cerrada con los que quedan.

Ni una sola conversación de esta guisa se escucha poniendo atención a los jóvenes, sean perroflautas o cayetanas. Las ecuaciones me las pones sencillicas, que soy de la LOGSE.

06.05 Luis Iribarren


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