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11.4.26

José Yarza Miñana, un aragonés algo olvidado


He mostrado en anteriores entrada detalles o al completo, el famoso plano de Zaragoza del año 1861, realizado por el arquitecto municipal José Yarza Miñana, nacido en el año 1801. Tal vez le deba una entrada propia, por la importancia que tuvieron sus ideas en el desarrollo de la Zaragoza de mitad del siglo XIX.

José de Yarza y Miñana es una de esas figuras que, sin haber alcanzado una gran proyección nacional, resultan esenciales para comprender la evolución urbana de Zaragoza en el siglo XIX. Su trabajo como arquitecto municipal lo sitúa en un momento clave: el tránsito y cambio obligado de la ciudad histórica hacia una ciudad moderna, sometida a nuevas necesidades higiénicas, de circulación y de crecimiento.

Nacido en los inicios del siglo XIX —en un contexto marcado por las consecuencias de la Guerra de la Independencia y por una ciudad en reconstrucción—, algunas fuentes hablan de 1801 como fecha de nacimiento pero sin confirmar, Yarza se formó dentro de la tradición académica propia de los arquitectos de su tiempo. No existe información clara del año de nacimiento ni de si realmente nació en 
Zaragoza, como se puede presuponer.

Se tituló en Madrid en el año 1826 porque quiso obtener el grado oficial de arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que era la vía reconocida para ejercer con ese rango en la arquitectura española del momento. Se le concedió el título de maestro arquitecto el 17 de septiembre de 1826 por la citada Real Academia de San Fernando de Madrid, que era la única institución que otorgaba la titulación oficial de arquitecto en aquellos años. El proyecto presentado para ese examen era para la construcción de un nuevo palacio consistorial (Ayuntamiento) de la capital aragonesa.

Su formación se apoyaba en el rigor técnico, el conocimiento de la arquitectura clásica y, cada vez más, en una sensibilidad hacia los problemas urbanos derivados de la industrialización incipiente y de una ciudad que necesitaba crecer desde las ruinas de una guerra. 

Su nombramiento como arquitecto municipal de Zaragoza lo situó en el centro de las decisiones urbanísticas de la ciudad. En esa función, su labor no se limitaba a proyectar edificios, sino que abarcaba cuestiones mucho más amplias. Alineaciones de calles, control de obras, infraestructuras, saneamiento y propuestas de transformación urbana. Era, en esencia, una figura técnica al servicio del Ayuntamiento, pero con una capacidad real de influir en el futuro de la ciudad.

Hoy nos puede resultar imposible entender que un Arquitecto Municipal tenga tanta capacidad de decisión, pero en la actualidad, sin dar tanto brillo a los nombres de los técnicos municipales, su labor y asesoramiento son imprescindibles para que Zaragoza y el resto de ciudades, sean como son, evoluciones de una manera determinada. 

Los políticos deciden, pero los que dictan las opciones son los profesionales. En Urbanismo —o a la hora de decidir de qué manera se tienen que poder los árboles, con ejemplos en este último caso tremendamente diferentes entre ciudades— los técnicos tienen voz y potente.

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo de José Yarza Miñana es su preocupación por el río Huerva, un cauce que, a su paso por Zaragoza, generaba problemas de insalubridad, inundaciones y desorden urbano. 

En su conocido plano de 1861, Yarza planteó una propuesta ambiciosa: modificar el curso del río dentro de la ciudad, integrándolo mejor en la trama urbana y solucionando sus efectos negativos. Este tipo de intervención se enmarca en las corrientes higienistas del siglo XIX, que buscaban mejorar la salubridad de las ciudades mediante grandes reformas estructurales.

Sin embargo, como ocurrió con muchos proyectos de la época, su propuesta no llegó a ejecutarse. Las razones fueron probablemente múltiples: el elevado coste económico, la complejidad técnica y la falta de consenso político o social. Aun así, el proyecto de Yarza resulta muy revelador, porque anticipa preocupaciones urbanísticas que no se resolverían plenamente hasta décadas más tarde, como el encauzamiento o cubrimiento parcial del Huerva.

Además de sus planteamientos sobre el río, su trabajo cotidiano contribuyó a ordenar el crecimiento de Zaragoza en un momento en que la ciudad comenzaba a expandirse más allá de sus límites tradicionales. Su intervención ayudó a establecer criterios técnicos y urbanísticos que, aunque hoy puedan parecer discretos, fueron fundamentales para la configuración de la ciudad contemporánea.

José de Yarza y Miñana representa, en definitiva, el perfil del arquitecto municipal decimonónico: un profesional que combina formación académica, responsabilidad pública y visión urbana. Su legado no se mide tanto en grandes edificios emblemáticos como en la huella menos visible, pero decisiva, de haber participado en la construcción de la Zaragoza moderna.

Fue arquitecto municipal de Zaragoza, cargo en el que coincidió con Joaquín Gironza Jorge y, más adelante, con Miguel Jeliner Germá. También fue director de la Sección de Arquitectura de la Academia de Bellas Artes de San Luis de Zaragoza, institución en la que ejerció, asimismo, la docencia.

Perteneciente a la dinastía de arquitectos local de los Yarza, la familia Yarza constituye un caso interesante dentro de la historia urbana de Zaragoza, porque refleja algo muy propio del siglo XIX: la continuidad de determinadas sagas familiares vinculadas a oficios técnicos y a la administración local. 

Sin embargo, conviene ser riguroso; no estamos ante una “dinastía” en sentido estricto como las de grandes arquitectos cortesanos, sino ante una familia con presencia técnica relevante y cierta continuidad en cargos municipales, como profesionales muy cualificados, para gestionar la ciudad de Zaragoza, tras los Sitios que destruyeron la ciudad.

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