22.10.21

Por una mejor relación Murcia - Aragón. 1ª


Por una mejor relación Murcia y Aragón. O al menos, existente.
Endurecidas hasta el colmo de la burocracia sanitaria las cabalgadas que muchos dábamos para refrescar puntos de vista con los de otros lejanos lugares y fogones, el éxito de reservas del sector turístico aragonés de 2021 revela que nos hemos quedado como muchos otros de este estado asimétrico y plurinacional nos han conocido.

Entre los viajes pendientes, yo tenía el de visitar con algo de detenimiento Murcia.
Debido a que en alguna ocasión me había llamado poderosamente la atención la posible extensión desde Aragón del sur del toque popular y no procesionario de tambor y bombo en municipios del sur de Albacete y sierras penibéticas del territorio histórico del que me ocupo.

Su principal paseo no miente, está dedicado a Alfonso X el Sabio que conquistó para Castilla la rica huerta de Murcia desde ese nido de águilas que es la localidad albaceteña de Alcaraz.

Ahora bien, en Mula o Moratalla, como en las manchegas de límite Hellín y Tobarra, se goza del mismo Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que en Alcañiz y otras localidades del Bajo Aragón: debido a sus, así se las conoce como en Donosti, tamboradas de Semana Santa.

Llevado el toque, al parecer, por franciscanos bajo aragoneses a esta comarca montañosa y seca, de gentes cordiales, hospitalarias y de trato directo, se distingue de nuestra tradición por lo colorista de sus “anarcotúnicas” y lo desordenado de su puesta en escena.

De lejos y cuando se llega, la ciudad de Murcia presenta casi el mismo aspecto de oasis en mitad de planicies desérticas de polvo blanco y almendros plantados por goteo que Zaragoza. Sucede que tiene un telón serrano montañoso que la separa del irreductible cantón de Cartagena, aún hoy regida por independientes en coalición, que le da un aspecto de rematada por una cortina verde.

Lo que han hecho los ingenieros forestales murcianos desde finales del siglo XIX reforestando las sierras de la ciudad y de la cercana a la misma Sierra Espuña ha sido ejemplo de reforestación para el Estado de Israel de las colinas de Judea y Galilea. Solo por este pequeño detalle, no imitado en las resecas y peladas sierras alicantinas, la región merece una mirada reposada admirativa hacia sus gentes.

La cinta de escasa agua del río Segura no genera en la ciudad de Murcia una separación entre márgenes de barrios significativa. Profundizaré sobre su magnífico sistema de transportes urbanos y cuidadísimo aspecto.

Se vende en el exterior una imagen del lugar turbulenta en política, escorada hacia la extrema derecha, sí. Pero pese a la brevedad de mi visita lo que descubrí es una ciudad magnífica culturalmente, muy bella y bastante ordenada. Con un conjunto de palacios e iglesias barrocos y un casino al que glosar y comparar con nuestros queridos edificios de Huesca y Zaragoza con la misma función.

Gozamos y padecimos cuando el Ayuntamiento de Zaragoza lo lideró Belloch, en los buenos tiempos de las permutas, a un arzobispo murciano como mínimo singular: Manuel Ureña Pastor. Que convirtió a ese juez alcalde de centro-centro: capaz al alimón de ir al entierro de Labordeta y querer dedicarle calle principal al gurú económico de Barbastro, ese tal Escrivá sanjosemaría.

A Ureña cabe imputarle con su convertido contertulio el traslado que tantas gestiones ha entorpecido de la Casa Consistorial en su dimensión mayoritaria de atención a la ciudad a un extremo de la misma: al Seminario de Vía Hispanidad.

Es difícil encontrar una ciudad donde se joda tanto al personal y lamine su participación, llevando como decisiones políticas la estación de ferrocarril y su corazón a puntos de lejanísima nueva centralidad. Sabemos por qué se hizo, pues un macro edificio de treinta plantas lo constata. Que la dimensión de Zaragoza lo requiriese y pueda llenar tanto nuevo barrio es otra cuestión. De momento, las carreras de taxis a 10 euros y el tranvía pasando lejos de juzgados y equipamientos.

Pero Ureña dejó el positivo legado de la rehabilitación como efecto de la permuta de parte del Palacio Arzobispal como espacio museo en que son visitables los restos del Palacio de los Reyes de Aragón erigido con anterioridad en las mismas dependencias.

La quinta y séptima ciudades estatales no pueden seguir ignorándose porque que se predicara por los gobiernos de Aznar que era necesaria la masiva llegada de agua para usos turísticos con la Ley del Suelo del momento liberalizando todo el suelo rústico.

Se deben restañar heridas. Murcia y Zaragoza han seguido sus caminos, como también lo ha hecho Valencia, sin que ello les haya afectado en sus vidas cotidianas, ni siquiera en la belleza de sus zonas verdes y equipamientos.

Seguiremos con la matraca murciana para general conocimiento e invitarles a su visita. Desmontando tanta postverdad, como la generalizada opinión acerca de la cazurrez y nobleza aragonesas.

21.10 Luis Iribarren

De la invasión puntual del Aragón no tan profundo


Volví de un descanso en la denostada Murcia a Aragón por la estresante autovía Sagunto-Teruel: íbamos el sábado del puente del Pilar en doble fila un celemín de vehículos –la mayoría mastodónticos- y no podía ni ver las estrellas mudéjares hechas con ferralla sobrante que tanto me gustan y distinguen los puentes de sus salidas.

Preparado para lo peor de atravesar Valencia, me han multado varias veces, y la imprevisible incorporación a carriles de tantos de sus habitantes que conducen sus coches como si de sus motos se tratara, y van por la vida con un acelere bakalao y todas las operaciones a que haya lugar en bárbara generalización que ya me perdonarán la Oltra y el Baldoví, resulta que la angustia por pasar de carril a toda hostia por tantos la tuve después, subiendo al altiplano de Barracas y Sarrión.

Me salí desesperado en Mora de Rubielos para conducir por comarcales, para cicatrizar slow Aragón, que dice José Luis Soro.

Pero entre la bifurcación de la autovía y Gúdar me adelantaron sin exagerar unos ochenta moteros, adelanté a como cincuenta ciclistas –la mayoría de los cuales iban en paralelo charrando- y tuvimos todos la enorme suerte de que los agricultores de Gúdar tengan poco que arañar y que sembrar. Si es que los del resto de Aragón pueden llegar a hacerlo con los costes actuales de los abonos triplicados.

La crisis de precios post-Covid especulativa seguramente se puede cobrar como indeseadas víctimas la tan cacareada soberanía energética en manos de la italiana ENEL (que allí es pública e hija del primer INI que copió López Rodó) como también la alimentaria. He llegado a escuchar que faltarán canales de carne para los distribuidores alimentarios al estar vendiéndose animales jóvenes por los productores debido a la falta de rentabilidad de cebarlos.

Comarca de Gúdar arriba, fin del apocalipsis valenciano. Antes, parecía que había mucho movimiento de vermú pero almorcé un par de huevos con longaniza turolense yo solo y no hice cola en la panadería de Alcalá de la Selva (hoy por su urbanización salvaje previa, Alcalá Vitrificada) para comprar refollau ni pastas de coco, mi cena prevista en el Parque Geológico de Aliaga.

Fue coger la carretera de Camarillas y no parecía ni que estaba volviendo al principio de un puente. Ni un solo coche, y la gente justa en la senda de pasarelas que arranca junto a ese monumento energético abandonado, ese dinosaurio industrial no integrado en Dinópolis, que es la Central Eléctrica de Aliaga.

Combinación entre que la geología no interesa con que Zaragoza ciudad no llena el territorio hasta su saturación, más allá del Valle de Tena.

Ante semejante estado de ilusión pero falta de vida, que se tiene volviendo del fértil y cálido Levante, recordé dos frases como cencelladas al raso que me rondan en la cabeza de la poetisa canadiense Anne Carson, concebidas en un territorio con semejante falta de pulso humano. Son las siguientes que me gustaría compartir y que sacuden más que los diagnósticos y monografías sobre el Teruel y la España vaciados:

Si la prosa es una casa, la poesía es un hombre corriendo en llamas a través de ella.

Una herida desprende su propia luz, dicen los cirujanos.

En Gúdar se me quejaron de que los habitantes de Zaragoza no van a Teruel. Hacía ni sabían cuánto, que no veían a un oscense de origen. Me apuntaron que ellos sí que iban al norte, pero no dijeron Huesca sino “al Pirineo”. Imagen de marca que sabemos que condena a Sariñena como a Binéfar fuera de su día a día, que les convierte en paraísos en los que visitar se convierte en vivir, no en experimentar.

Me llamó la atención que me nombraran que veían a Jaca cara, cutre, con la hostelería regulera. Dicho por un camarero y ratificado por otro del pueblo, en un establecimiento-inversión concebido para su uso por presuntos forasteros máximo cuatro veces al año que habrá recibido un porcentaje altísimo de subvenciones, previa certificación de su viabilidad como hacía de Lehmann Brothers en 2006 de la de España.

Yo les contesté que ahora es cuando me empieza a gustar Jaca. Con sus manzanas enteras de gotelé exterior y pizarra que baja dos pisos bloques abajo, mucha madera a veces barnizada y otras no, expuesta a rosadas y ventoleras, calles enteras vacías un martes y con las contraventanas cerradas por sus fantasmas…

Ya siento mi ciudad como irremediablemente perdida y superada, pidiendo a gritos que le escribamos. Que describamos tanta risa de primer contacto con la nieve y con el frío de propios y emigrantes americanos llegados desde los trópicos utópicos.

Te quiero Jaca por tus ecos y secretos, vas camino de convertirte en esas viñas de más de cuarenta años, irregulares pero dan el vino justo y siempre con sabor. Al servicio de visitantes pero con heridas que desprenden luz.

19.10 Luis Iribarren