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4.9.26

El nuevo Royo Villanova: que esta vez no se quede en un cajón



Quienes vivimos en la margen izquierda de Zaragoza sabemos perfectamente lo que significa el Hospital Royo Villanova. No es simplemente un edificio al que uno acude cuando tiene una urgencia, una consulta, una prueba o un ingreso. Es nuestro hospital de referencia, aunque la realidad del Sector Zaragoza I sea más compleja y determinados ingresos, intervenciones o tratamientos puedan recaer también en el Hospital Provincial o, en otros casos, en centros de mayor especialización como el Miguel Servet.

Por eso, cuando se habla ahora de construir un nuevo Royo Villanova, creo que no deberíamos quedarnos únicamente en una discusión sobre planos, solares o presupuestos. Estamos hablando de una infraestructura sanitaria que tendrá que prestar servicio durante décadas a una parte de Zaragoza que ha cambiado muchísimo.

Y para entender por qué hace falta un nuevo hospital conviene recordar de dónde viene el actual.

El Royo Villanova no nació como hospital general. Sus orígenes están en el antiguo sanatorio destinado a enfermos de tuberculosis. Posteriormente pasó a ser hospital de enfermedades del tórax y, con el paso de los años, fue transformándose hasta convertirse en el hospital general de referencia que conocemos hoy.

Durante mucho tiempo, la gran carga de la asistencia hospitalaria general de Zaragoza recaía principalmente en el actual Hospital Universitario Miguel Servet.

Pero Zaragoza cambió. La margen izquierda creció, aparecieron nuevos barrios, aumentó considerablemente la población y el Royo Villanova tuvo que asumir cada vez más funciones. Se ampliaron servicios, se incorporaron especialidades, se adaptaron espacios y se construyeron nuevas dependencias.

Y el hospital ha respondido.

Lo ha hecho gracias a sucesivas reformas y, sobre todo, gracias a sus profesionales.

Pero todo tiene un límite.

Se puede ampliar un edificio, reformarlo o añadir nuevos módulos, pero llega un momento en el que la propia estructura original condiciona cualquier crecimiento futuro.

Y ahí, para mí, está una de las grandes razones para construir un hospital nuevo desde cero.

No se trataría simplemente de sustituir un edificio antiguo por otro moderno. Se trataría de construir, por primera vez, un Royo Villanova concebido desde su origen como un hospital general del siglo XXI, preparado no solo para las necesidades actuales, sino también para las que tendrá esta parte de Zaragoza dentro de veinte, treinta o cuarenta años.

También conviene recordar que el Royo no funciona de manera aislada.

El Hospital Nuestra Señora de Gracia, el conocido Hospital Provincial, forma también parte de la atención especializada del Sector Zaragoza I. Determinados ingresos, operaciones quirúrgicas y otras prestaciones pueden realizarse allí, mientras que algunas atenciones más complejas continúan teniendo como referencia otros hospitales, entre ellos el Miguel Servet.

Por eso muchos vecinos saben que aquello de “mi hospital es el Royo” no significa necesariamente que todo vaya a hacerse allí.

Y uno de los objetivos del nuevo hospital debería ser precisamente ese: ampliar servicios y reducir desplazamientos innecesarios.

No se trata de duplicar absolutamente todas las especialidades de otros grandes hospitales. Eso tampoco tendría demasiado sentido. Pero sí de conseguir que un verdadero hospital general moderno pueda resolver la mayor parte de las necesidades de la población a la que atiende.

Ahora bien, hay algo que no debería perderse entre planos, metros cuadrados y presupuestos.

Construir un hospital no consiste únicamente en levantar un edificio.

Después hay que dotarlo.

De equipamiento, tecnología, quirófanos, pruebas diagnósticas y unidades especializadas.

Pero, sobre todo, de medios humanos.

Médicos, enfermeras, auxiliares, técnicos, celadores, personal administrativo, especialistas y todos los profesionales necesarios para que un hospital funcione realmente.

Porque no serviría de mucho construir un edificio más grande, moderno y bonito si después seguimos teniendo los mismos problemas de falta de personal, las mismas demoras o la misma presión asistencial.

No habríamos solucionado el problema.

Simplemente lo habríamos trasladado a unas instalaciones nuevas.

Por eso el proyecto tendrá que ir acompañado desde el principio de una planificación seria de recursos humanos y materiales.

Porque un hospital no lo hacen los ladrillos.

Lo hacen quienes trabajan dentro de él.

Y llegamos a una de las cuestiones que probablemente va a generar más debate: la ubicación.

El Gobierno de Aragón ha puesto sobre la mesa cuatro posibles emplazamientos para el nuevo Hospital Royo Villanova.

La primera opción se sitúa frente a la Academia General Militar, junto a la A-23 y la carretera de Huesca.

La segunda se localiza en San Gregorio, en el entorno próximo al actual hospital.

La tercera se plantea en la ronda de Boltaña, en el entorno de Parque Goya y del norte de la ciudad.

Y la cuarta se sitúa en la carretera de Cogullada, en los terrenos comprendidos entre Mercazaragoza y el río Gállego.

Por ahora no existe una decisión definitiva.

Y quizá sea bueno que no la haya mientras las distintas alternativas se estudien con criterios técnicos, sanitarios, urbanísticos y de movilidad.

Hay opiniones que consideran que al proyecto no se le debería meter una prisa innecesaria.

Y creo que esa reflexión tiene sentido.

Estamos hablando de un equipamiento que tendrá que amortizarse durante muchas décadas. Un hospital no puede trasladarse dentro de unos años si descubrimos que el lugar elegido no era el adecuado.

Una cosa es no eternizar la decisión.

Y otra muy distinta tomarla con prisas.

Tampoco debería convertirse en una competición entre barrios.

Todos preferiríamos tener el hospital a diez minutos andando, pero una infraestructura de estas características se construye para cientos de miles de personas.

Por eso la pregunta debería ser otra:

¿Cuál es la mejor ubicación para el conjunto de los ciudadanos que tendrán que utilizar el nuevo Royo Villanova?

Habrá que estudiar el terreno disponible, las posibilidades de ampliación, los accesos, las conexiones viarias y la entrada y salida de ambulancias.

Pero, para mí, existe una cuestión absolutamente prioritaria: el transporte público.

No como algo que se resuelva después de elegir el solar.

Tiene que formar parte de la elección desde el primer momento.

Quienes vivimos en el Arrabal, Barrio Jesús, La Jota, Picarral, Santa Isabel y otras zonas de la margen izquierda sabemos lo que supone depender del autobús para acudir al actual Royo Villanova.

Y no es normal que para ir a tu hospital de referencia a hacerte una prueba, acudir a una consulta o visitar a un familiar ingresado dispongas de unas conexiones tan limitadas.

A veces, dicho con cierta ironía, parece que cuesta menos organizar un viaje a Huesca que llegar al hospital que te corresponde dentro de tu propia ciudad.

Es una exageración, claro.

Pero quien depende del transporte público entiende perfectamente de qué estamos hablando.

En algunos barrios prácticamente se depende de una única línea de autobús, con esperas, frecuencias mejorables y trayectos largos.

Por eso no bastará con poner una parada delante del nuevo edificio.

Habrá que hablar de líneas directas, frecuencias, horarios, fines de semana, festivos y conexiones reales entre barrios.

En este punto conviene recordar también que el Ayuntamiento de Zaragoza anunció el año pasado un servicio de transporte a demanda para los grandes hospitales de la ciudad, entre ellos el Royo Villanova.

La idea puede resultar útil como complemento.

Pero, personalmente, creo que no debería sustituir a una buena red ordinaria de autobuses.

Un hospital de referencia para más de 200.000 ciudadanos necesita transporte público frecuente, previsible y sencillo.

El transporte a demanda puede sumar.

Pero no debería servir de excusa para no disponer de líneas directas y buenas frecuencias.

Porque la accesibilidad sanitaria empieza cuando una persona sale de casa, no cuando cruza la puerta del hospital.

Además, un hospital de estas dimensiones no es solamente un equipamiento sanitario.

Es también un potente motor de transformación urbana.

A su alrededor aparecen nuevas comunicaciones, servicios, actividad económica y, en muchas ocasiones, nuevos desarrollos.

Por eso decidir dónde construir el nuevo Royo Villanova también puede condicionar cómo crezca una parte importante del norte de Zaragoza durante las próximas décadas.

Y en este debate hay incluso quienes consideran que no habría que limitarse necesariamente a las cuatro ubicaciones planteadas por el Gobierno de Aragón.

Entre esas opiniones se ha llegado a plantear una quinta alternativa en el propio polígono de Cogullada, un emplazamiento que, según quienes lo defienden, está muy bien comunicado y cuenta ya con todas las estructuras de servicios instaladas.

Conviene diferenciar esta propuesta de la cuarta opción oficial.

La alternativa del Gobierno de Aragón se sitúa en la carretera de Cogullada, entre Mercazaragoza y el río Gállego.

La quinta posibilidad planteada desde fuera de la Administración se ubicaría dentro del propio polígono de Cogullada.

No forma parte, al menos por ahora, de las cuatro opciones oficiales.

Pero si existe una alternativa que pueda ofrecer buenas comunicaciones, servicios ya instalados, capacidad de crecimiento y ventajas para los pacientes, tampoco tendría demasiado sentido descartarla simplemente porque no figuraba en el primer listado.

Lo importante no debería ser defender una ubicación concreta por orgullo de barrio o porque haya sido la primera propuesta.

Lo importante debería ser acertar.

Y queda otra pregunta.

¿Qué hacer con el actual Royo Villanova cuando abra el nuevo?

Aquí, personalmente, lo tendría bastante claro.

Mantener un uso sanitario.

Podría convertirse en un hospital de corta estancia o asumir funciones de recuperación, rehabilitación, atención a pacientes crónicos, determinadas consultas o servicios sociosanitarios.

Sería absurdo dejar vacío un edificio público de esas dimensiones.

El nuevo Royo podría asumir la actividad general y de mayor complejidad, mientras el actual seguiría prestando servicio con otra función.

En fin, ahora habrá que esperar a conocer cuál será finalmente la ubicación elegida.

Y, a partir de ahí, esperar también que el proyecto avance de verdad.

Que no se convierta en otra historia interminable.

Que no termine encadenando anuncios, estudios, cambios de criterio y nuevos capítulos cada cuatro años hasta que dentro de veinte alguien tenga que decir aquello de: Sí, de eso ya se hablaba entonces”.

Porque una cosa es estudiar con calma una infraestructura que tendrá que durar décadas.

Y otra muy distinta convertir la prudencia en una forma de no decidir nunca.

Mientras tanto, Zaragoza seguirá creciendo.

La margen izquierda seguirá sumando población.

Y los vecinos seguiremos necesitando un hospital accesible, bien comunicado, bien dotado y con medios humanos suficientes.

Así que, puestos a hacer comparaciones, casi será cuestión de ver qué llega antes: el Real Zaragoza de nuevo a Primera División o el nuevo Royo Villanova —o como finalmente se denomine— plenamente operativo.

Y esperemos también no tener que comprobar dentro de unos años que sigue siendo más sencillo organizar un viaje a Huesca que llegar con normalidad al hospital de referencia de la margen izquierda.

La ironía tiene su gracia.

Pero llega un momento en que deja de tenerla.

Sobre todo cuando hablamos de sanidad.

Y, sobre todo, esperemos no tener que aguardar más de veinte años para verlo hecho realidad, como ocurrió con el centro de salud de mi barrio.

Esperemos que esta vez haya una buena elección de ubicación, planificación, transporte público, profesionales, medios y obras.

Y, sobre todo, que haya hospital.

Antes de que el actual Royo Villanova, por antigüedad, acabe resultando más apropiado como escenario de una película histórica que como pieza central de la atención sanitaria de una Zaragoza que no ha dejado de crecer.

Carlos Masa

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