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15.8.26

Riglos y la cuna del Reino de Aragón: prevención y sentido común. Cuando se apaguen las llamas


Hoy mismo, oyendo comentarios desde mi particular retiro jacetano y siguiendo con preocupación lo que está sucediendo no demasiado lejos de aquí, me ha venido a la cabeza aquella conocida expresión de que Roma no se construyó en un día.

 

Y quizá pocas veces me haya parecido tan apropiada.

 

Porque, como Roma no se construyó en un día, tampoco se reconstruirán en un día los parajes que hoy vemos calcinados. La naturaleza necesitará tiempo. Mucho tiempo. Habrá lugares que volverán a cubrirse de verde relativamente pronto y otros que necesitarán años, quizá décadas, para recuperar algo parecido al paisaje que conocíamos.

 

Sin embargo, estos días estamos comprobando una paradoja mucho más dolorosa:

 

lo que no puede construirse en un día sí puede destruirse en uno.

 

Siglos de historia han contemplado estos montes. Generaciones enteras han pasado por ellos. Guerras, crisis, transformaciones sociales, despoblación y el inevitable paso del tiempo no consiguieron borrar un paisaje que, en cuestión de horas, ha quedado profundamente herido.

 

Y el fuego ha llegado incluso a amenazar uno de los lugares más simbólicos de nuestra historia: San Juan de la Peña, estrechamente ligado a los orígenes del Reino de Aragón.

 

Resulta estremecedor pensarlo.

 

Siglos construyendo una historia. Siglos conservando un patrimonio. Siglos contemplando prácticamente el mismo paisaje.

 

Y pueden bastar unas horas para ponerlo todo en peligro.

 

Roma no se construyó en un día.

 

Aragón tampoco.

 

Pero hoy mismo estamos comprobando que para amenazar siglos de naturaleza, patrimonio e historia puede bastar uno solo.

 

Escribo además mientras el incendio continúa siendo una emergencia. Por eso considero que todavía no es el momento de hacer balances definitivos ni, mucho menos, de dictar sentencias desde la comodidad de una silla.

 

Ahora mismo la prioridad es otra: apagar el fuego, proteger a las personas, defender los pueblos y evitar que las llamas sigan avanzando.

 

Y, por supuesto, reconocer a quienes están allí: bomberos, brigadas forestales, agentes de protección de la naturaleza, Guardia Civil, Protección Civil, UME, medios aéreos, voluntarios y tantas personas que durante estos días se están enfrentando directamente a unas llamas que no entienden de horarios, administraciones, competencias ni discursos políticos.

 

Ellos están donde hay que estar mientras los demás observamos.

 

Ya llegará el momento de analizar qué ocurrió.

 

Será la investigación y, en su caso, la Justicia la que determine el origen concreto del incendio y las responsabilidades que pudieran existir. Yo no quiero convertir una sospecha en una sentencia ni adelantar conclusiones que corresponde establecer a quienes investigan los hechos.

 

Pero sí creo que podemos empezar a hacernos otras preguntas.

 

Porque una cosa es preguntarnos cómo comienza un incendio y otra muy distinta preguntarnos qué condiciones permiten que, una vez iniciado, pueda adquirir semejantes dimensiones.

 

Y ese segundo debate no empieza ni termina con Riglos.

 

Se van a oír muchas cosas estos días.

 

Unos lo achacarán al cambio climático. Otros hablarán de la falta de lluvias, de las altas temperaturas, de la sequedad acumulada, del viento o del estado de nuestros montes. Otros pondrán el acento en la acción humana.

 

Y probablemente acabemos escuchando argumentos razonables mezclados con afirmaciones precipitadas.

 

No creo que debamos caer en el error de buscar una única explicación para un fenómeno tan complejo. El cambio climático puede favorecer condiciones más extremas. La falta de precipitaciones puede aumentar la sequedad de la vegetación. El viento puede convertir un incendio en prácticamente incontrolable. El estado del monte puede favorecer o dificultar su propagación. Y la acción humana puede estar detrás del origen de un fuego.

 

Varias cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

 

Pero mientras discutimos sobre las causas existe una cuestión bastante más sencilla que no deberíamos olvidar:

 

¿qué podemos hacer nosotros?

 

No podemos decidir cuándo va a llover.

 

No podemos controlar la dirección del viento.

 

No podemos evitar que caiga un rayo.

 

Tampoco podremos garantizar nunca que desaparezcan completamente las imprudencias o incluso las acciones deliberadas.

 

Pero existen dos conceptos sobre los que sí podemos actuar:

 

prevención y sentido común.

 

Quizá deberíamos recuperar aquella expresión tantas veces repetida de que más vale prevenir que curar.

 

Porque aplicada a nuestros montes adquiere todo su sentido.

 

Cuando el incendio alcanza enormes dimensiones reclamamos más medios.

 

Más bomberos.

 

Más brigadas.

 

Más medios aéreos.

 

Más maquinaria.

 

Más personal.

 

Y probablemente hagan falta.

 

No cuestiono ni por un instante la necesidad de disponer de todos los recursos posibles cuando hay vidas, viviendas, pueblos, naturaleza y patrimonio amenazados.

 

Pero yo me hago otra pregunta:

 

¿cuándo hacen falta realmente más medios: ahora, cuando miles de hectáreas están ardiendo, o antes, cuando todavía estamos a tiempo de reducir riesgos y preparar el territorio?

 

Probablemente la respuesta sea menos espectacular que cualquier titular:

 

en ambos momentos.

 

Necesitamos medios para extinguir y necesitamos medios para prevenir.

 

El problema es que unos se ven mucho más que los otros.

 

Un helicóptero descargando agua sobre las llamas produce una imagen espectacular. Una brigada realizando trabajos preventivos en febrero difícilmente abrirá un informativo.

 

Un medio aéreo atravesando una columna de humo aparecerá en todos los medios. Una campaña de educación y concienciación realizada meses antes probablemente pasará inadvertida.

 

Pero ambas cosas forman parte de la misma lucha.

 

Quizá durante demasiado tiempo hayamos entendido la lucha contra los incendios fundamentalmente como nuestra capacidad para apagarlos y no suficientemente como nuestra capacidad para prepararnos antes de que aparezcan.

 

Y prevención no significa limpiar cada metro cuadrado de monte como si fuese un jardín.

 

Eso sería ecológicamente absurdo y económicamente imposible.

 

Prevención significa gestión forestal.

 

Significa mantener accesos e infraestructuras allí donde resulte necesario.

 

Significa realizar trabajos preventivos siguiendo criterios técnicos.

 

Significa facilitar que los equipos puedan actuar cuando exista una emergencia.

 

Significa apoyar aquellas actividades agrícolas y ganaderas que, además de generar economía y alimentos, contribuyen en muchos lugares a mantener vivo y gestionado el territorio.

 

Pero prevención también significa algo mucho más sencillo:

 

educar y concienciar.

 

Campañas en colegios.

 

Información dirigida a turistas y visitantes.

 

Formación para quienes realizan determinadas actividades en el medio natural.

 

Señalización.

 

Recordatorios sobre conductas de riesgo.

 

Información sobre qué debemos hacer y, quizá todavía más importante, qué no debemos hacer.

 

Y hacerlo antes.

 

No únicamente cuando tenemos una montaña ardiendo delante de nosotros.

 

Porque una campaña de concienciación cuando el incendio ocupa todas las portadas sirve para recordarnos el problema.

 

Una campaña cuando todavía no hay fuego intenta prevenirlo.

 

Y junto a la prevención necesitamos algo que no cuesta millones de euros ni requiere grandes infraestructuras:

 

sentido común.

 

Sentido común por parte de las administraciones para invertir antes de que llegue la emergencia.

 

Sentido común en la gestión de nuestros montes.

 

Sentido común para mantener campañas de concienciación durante todo el año.

 

Pero también sentido común por nuestra parte cuando entramos en un espacio natural.

 

Porque las administraciones tienen su responsabilidad y los ciudadanos tenemos la nuestra.

 

Podemos exigir montes mejor gestionados, más medios, mejores infraestructuras, campañas de prevención y una respuesta rápida ante cualquier emergencia.

 

Debemos exigirlo.

 

Pero al mismo tiempo debemos preguntarnos qué hacemos nosotros.

 

Hay comportamientos que no necesitan grandes debates científicos ni políticos.

 

Hay cosas que simplemente no deben hacerse en un monte cuando existe riesgo de incendio.

 

Para comprenderlo no hacen falta siglas.

 

Ni ideologías.

 

Ni grandes discursos.

 

Hace falta información.

 

Educación.

 

Prevención.

 

Y sentido común.

 

Porque exigir responsabilidad a las administraciones mientras nosotros actuamos irresponsablemente sería demasiado fácil.

 

Prevenir un incendio es responsabilidad de quienes gestionan el territorio, pero también de quienes lo utilizamos y disfrutamos.

 

Y quizá deberíamos recordar algo todavía más elemental: el monte que hoy disfrutamos no nos pertenece exclusivamente a quienes estamos aquí.

 

Lo hemos recibido de quienes estuvieron antes.

 

Y tendremos que dejarlo a quienes vengan después.

 

Naturalmente, debemos separar aquellos incendios originados por fenómenos meteorológicos.

 

Un rayo no entiende de campañas institucionales ni de sentido común.

 

Pero incluso entonces permanece una pregunta:

 

quizá no podamos evitar que aparezca la chispa, pero ¿podemos conseguir que encuentre un territorio mejor preparado cuando aparezca?

 

Para mí, ahí está la diferencia entre prevención y resignación.

 

Y precisamente ahí deberían entrar nuestras administraciones.

 

El Gobierno de España, a través del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico; las comunidades autónomas, mediante sus consejerías o departamentos competentes; y, dentro de sus respectivas responsabilidades, diputaciones, comarcas y ayuntamientos.

 

No se trata de señalar exclusivamente a una administración.

 

Se trata precisamente de lo contrario.

 

De comprender que la prevención necesita coordinación, continuidad y planificación.

 

Quizá deberíamos preguntarnos cuánto esfuerzo dedicamos a las campañas permanentes de prevención y concienciación.

 

Y no únicamente en julio y agosto.

 

También en noviembre.

 

En enero.

 

En marzo.

 

Precisamente cuando los incendios no son noticia.

 

Porque resulta paradójico reclamar enormes recursos cuando las llamas avanzan hacia una población y que, durante el resto del año, la prevención resulte mucho menos visible.

 

No digo que haya que quitar un solo recurso a la extinción.

 

Todo lo contrario.

 

Digo que quizá deberíamos comprender que los medios destinados a prevenir también son medios contra incendios, aunque no aparezcan fotografiados junto a una columna de humo.

 

Y luego llegará inevitablemente la política.

 

Me temo que no tardaremos demasiado.

 

Unos preguntarán por qué no había más medios.

 

Otros responderán que nunca se habían movilizado tantos.

 

Unos señalarán las decisiones del gobierno actual.

 

Otros recordarán las de gobiernos anteriores.

 

Escucharemos ruedas de prensa, comparecencias, cifras y acusaciones cruzadas.

 

Forma parte del debate democrático y, si existen errores, habrá que exigir responsabilidades.

 

Pero hay algo que yo pediría a unos y a otros:

 

que la prevención de incendios sobreviva a las elecciones.

 

Porque un monte no entiende de legislaturas.

 

Un árbol puede necesitar décadas para crecer.

 

Una política forestal necesita continuidad.

 

Y una legislatura dura cuatro años.

 

Si cada nuevo gobierno pretende comenzar de cero, difícilmente podremos construir una estrategia a largo plazo.

 

Quizá necesitemos menos enfrentamientos sobre quién hizo menos y más acuerdos sobre qué debemos seguir haciendo gobierne quien gobierne.

 

Porque mientras unos hablarán del cambio climático, otros de la sequía, otros del estado del monte y otros de responsabilidades políticas, existe algo bastante difícil de discutir:

 

no podemos decidir cuándo va a llover, pero sí podemos decidir qué hacemos antes de que deje de hacerlo.

 

Y ahí comienzan la prevención y el sentido común.

 

Todo esto me lleva además a otra cuestión de la que llevamos décadas hablando en Aragón y en buena parte de España: la despoblación.

 

Nuestros pueblos pierden habitantes.

 

Se cierran casas.

 

Desaparecen explotaciones agrícolas y ganaderas.

 

Se abandonan determinados terrenos.

 

Actividades tradicionales dejan de resultar rentables.

 

Algunas localidades multiplican su población durante unas semanas de verano para regresar después a una realidad demográfica completamente diferente.

 

Y eso también transforma el territorio.

 

Quizá haya llegado el momento de dejar de considerar a agricultores, ganaderos y habitantes del medio rural simplemente como supervivientes de otro tiempo.

 

También forman parte de la conservación del territorio.

 

Porque un territorio habitado se recorre.

 

Se trabaja.

 

Se observa.

 

Y se conoce.

 

Naturalmente, tampoco aquí existen soluciones mágicas.

 

No vamos a evitar todos los incendios devolviendo unas cuantas cabezas de ganado al monte ni solucionaremos la despoblación mediante una campaña institucional.

 

Pero quizá deberíamos abandonar esa costumbre de analizar cada problema por separado.

 

La política forestal.

 

La despoblación.

 

La agricultura.

 

La ganadería.

 

El turismo rural.

 

La conservación medioambiental.

 

Las comunicaciones.

 

La prevención de incendios.

 

Todo sucede sobre el mismo territorio.

 

Tal vez deberíamos empezar a pensar conjuntamente sobre él.

 

Y el incendio de Riglos ha añadido además una dimensión emocional especialmente fuerte para quienes sentimos Aragón como nuestra tierra.

 

San Juan de la Peña.

 

No es simplemente un monumento.

 

Es uno de esos lugares donde nuestra historia puede tocarse.

 

Uno de los espacios íntimamente relacionados con los orígenes del Reino de Aragón.

 

Por supuesto que hay que protegerlo.

 

Pero también debemos proteger los pueblos que existen alrededor.

 

Y, fundamentalmente, a las personas que viven en ellos.

 

Porque no deberíamos tener que elegir entre proteger las piedras que cuentan nuestra historia y proteger a las personas que continúan escribiéndola.

 

San Juan de la Peña es patrimonio.

 

Los Mallos de Riglos son patrimonio.

 

Nuestros bosques son patrimonio.

 

Pero también lo son nuestros pueblos.

 

Y las personas que siguen viviendo en ellos.

 

Sin ellas podríamos conservar edificios maravillosos y terminar convirtiendo parte del territorio en un enorme museo sin vida.

 

Y aquí reconozco que mi reflexión deja de ser únicamente general para convertirse también en algo personal.

 

Porque no quiero ni pensar cuáles serán mis propios pensamientos cuando vuelva a Riglos.

 

Lo digo porque este mismo año he tenido la oportunidad de contemplar esa maravilla de nuestra geografía.

 

Es más:

 

hace apenas dos semanas estuve nuevamente allí.

 

Dos semanas.

 

Parece increíble.

 

Tengo todavía reciente en la memoria aquel paisaje.

 

Los Mallos levantándose sobre Riglos.

 

Sus colores.

 

El monte que los rodea.

 

Los caminos.

 

Y esa sensación difícil de explicar que producen determinados lugares cuando uno se detiene simplemente a contemplarlos.

 

Y ahora veo las imágenes del incendio.

 

Quizá por eso me resulte todavía más difícil asumirlo.

 

Porque una cosa es contemplar a través de una pantalla cómo arde un lugar que conocemos y otra muy distinta recordar que hace apenas unos días estábamos allí, mirando un paisaje que dábamos por supuesto que encontraríamos igual la próxima vez.

 

No quiero ni imaginar qué sentiré cuando regrese.

 

Probablemente buscaré con la mirada aquello que recuerdo.

 

Compararé inevitablemente.

 

Pensaré dónde estaba hace dos semanas.

 

Qué veía.

 

Qué fotografié.

 

Qué había allí.

 

Y qué queda ahora.

 

Entonces comprenderé de una manera todavía más directa algo que estos días estamos expresando mediante cifras de hectáreas, mapas y perímetros quemados:

 

un paisaje también forma parte de nuestra memoria.

 

Y cuando un paisaje cambia violentamente, de alguna manera también cambia nuestra forma de recordarlo.

 

Los Mallos seguirán allí.

 

Riglos seguirá allí.

 

Y la naturaleza, con tiempo, comenzará nuevamente su trabajo.

 

Pero quienes hemos contemplado recientemente aquel entorno recordaremos cómo era antes del fuego.

 

Yo, al menos, lo recordaré.

 

Porque lo vi este mismo año.

 

Lo vi hace apenas dos semanas.

 

Y quizá precisamente por eso, cuando vuelva, no quiera preguntarme únicamente qué destruyó el incendio.

 

Querré preguntarme qué hicimos después.

 

Porque esa será la verdadera prueba.

 

Cuando finalmente se apaguen las llamas comenzará la parte menos espectacular.

 

La que normalmente deja de abrir los informativos.

 

Evaluar los daños.

 

Recuperar infraestructuras.

 

Proteger los suelos.

 

Estudiar qué zonas deben regenerarse naturalmente y dónde habrá que intervenir.

 

Ayudar a quienes hayan sufrido pérdidas.

 

Recuperar caminos.

 

Analizar qué funcionó y qué falló.

 

Y, sobre todo, mantener vivas dos expresiones cuando haya desaparecido la palabra incendio: prevención y sentido común.

 

Porque llegará ese día.

 

Esperemos que muy pronto.

 

Escucharemos primero que el incendio está controlado.

 

Después, que está extinguido.

 

Los helicópteros dejarán de volar.

 

Las carreteras recuperarán la normalidad.

 

Los vecinos volverán.

 

Las cámaras se marcharán.

 

Riglos dejará de abrir informativos.

 

Y aparecerá inevitablemente otra noticia.

 

Pero el monte quemado seguirá allí.

 

Y entonces comenzará una recuperación que no se medirá en horas.

 

Se medirá en años.

 

Por eso, desde mi retiro jacetano, mientras hoy escucho conversaciones y comentarios sobre el incendio, pienso también en lo que diremos dentro de seis meses.

 

Cuando sea invierno.

 

Cuando quizá la nieve cubra parte de estas montañas.

 

Cuando nadie esté hablando de las temperaturas de agosto.

 

¿Seguiremos hablando de prevención?

 

¿Seguiremos destinando recursos?

 

¿Seguiremos realizando campañas de concienciación?

 

¿Seguiremos preguntándonos cómo recuperar los parajes afectados?

 

¿O habrá que esperar nuevamente a ver una columna de humo para acordarnos de nuestros montes?

 

Ese será para mí el verdadero examen.

 

Dentro de cinco o diez años deberíamos volver a mirar este territorio y preguntarnos qué hicimos después.

 

Si recuperamos lo que podía recuperarse.

 

Si mejoramos la prevención.

 

Si ayudamos a sus habitantes.

 

Si conseguimos mantener vivos nuestros pueblos.

 

Si protegimos mejor nuestro patrimonio.

 

Si aprendimos algo.

 

O si simplemente esperamos al siguiente incendio para volver a hacernos exactamente las mismas preguntas.

 

Porque Roma no se construyó en un día.

 

Nuestros montes tampoco.

 

Nuestros pueblos tampoco.

 

San Juan de la Peña tampoco.

 

Aragón tampoco.

 

Todo lo que hoy contemplamos es consecuencia de siglos de naturaleza, historia y presencia humana.

 

Y quizá por eso resulte todavía más doloroso comprobar lo poco que puede costar ponerlo en peligro.

 

Cuando finalmente se apaguen las llamas tendremos derecho a sentir alivio.

 

Pero no deberíamos permitir que con ellas se apaguen también nuestra memoria, la prevención, la concienciación y las preguntas incómodas.

 

Porque el verdadero balance del incendio de Riglos no debería hacerse el día en que desaparezca la última llama.

 

Yo prefiero hacerlo dentro de unos años.

 

Cuando pueda volver por allí, mirar nuevamente aquellos montes y recordar que apenas dos semanas antes del incendio tuve la fortuna de contemplarlos como eran.

 

Y entonces preguntarme qué hicimos cuando desaparecieron el humo, las cámaras, las declaraciones políticas y los titulares.

 

Entonces sabremos si este incendio únicamente nos dejó miles de hectáreas convertidas en ceniza.

 

O si, al menos, además de lamentarnos, fuimos capaces de aplicar algo que parece mucho más sencillo de decir que de mantener en el tiempo: prevención y sentido común.


Carlos Masa

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