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25.8.26

Cuando el calor también va al colegio en Zaragoza


Ante las quejas por las elevadas temperaturas alcanzadas en algunos colegios públicos de Zaragoza, con aulas en las que se asegura que los termómetros han llegado incluso a rondar los 40 grados, cabe preguntarnos si estamos ante algo puntual o ante un problema que requiere soluciones.

 

Porque 40 grados dentro de un aula ya no es simplemente pasar calor.

 

Estamos hablando de niños y profesores que permanecen durante horas intentando enseñar, aprender y mantener la concentración. Y la pregunta resulta inevitable: ¿cuántos adultos aceptaríamos trabajar toda una jornada a semejante temperatura?

 

No voy a ser yo quien diga que el calor es una fuente de inspiración, como algún dirigente político ha señalado recurriendo a la creatividad de un conocido autor literario. Pero, puestos a citarlo, también me surge una curiosidad: ¿qué temperaturas había en la época en la que vivió aquel escritor? ¿Escribía quizá con un abanico en la mano?

 

Porque si sus veranos eran calurosos, sus inviernos serían aún más fríos, de esos propios de un crudo invierno. Y, siguiendo el mismo razonamiento, podríamos concluir que el frío también era una magnífica fuente de inspiración.

 

Quizá al final descubramos que no era ni el frío ni el calor lo que inspiraba al escritor, sino sencillamente su talento.

 

Tampoco voy a entrar en aquello de la «claridad mental» a la que ha aludido algún concejal de mi ciudad, porque acabaría diciendo lo que pienso sobre la claridad mental de quienes, por el cargo que ocupan, deberían medir especialmente bien determinadas declaraciones.

 

Bromas y sarcasmos aparte, cabe preguntarnos: ¿el problema existe? Pues claro que existe. Zaragoza no es precisamente una ciudad en la que el calor pueda considerarse una sorpresa. Sin embargo, cada vez que suben las temperaturas volvemos a preguntarnos si los colegios deberían tener aire acondicionado.

 

Quizá estamos formulando mal la pregunta.

 

No se trata de convertir las aulas en frigoríficos ni de instalar aparatos indiscriminadamente. Se trata de garantizar unas condiciones razonables para estudiar y trabajar.

 

Yo también he sido niño y recuerdo aquellos inviernos en los que nos calentábamos en clase con una estufa de butano. Cuando llegaban los últimos días del curso aparecían las mangas cortas y los pantalones cortos, aunque alguno todavía aguantara con pantalón largo.

 

Era otra época y eran otras circunstancias. Y sé que no es comparable.

 

Que nosotros pasáramos frío en invierno o calor al terminar el curso no significa que aquellas condiciones fueran las adecuadas ni que debamos mantenerlas décadas después. Una cosa era aquel calor de los últimos días de clase y otra hablar de aulas que pueden acercarse a los 40 grados.

 

No creo que la respuesta pueda ser: «Nosotros también pasábamos calor». Siguiendo ese razonamiento, podríamos recuperar también la estufa de butano de mi infancia.

 

Y no creo que nadie lo proponga.

 


Climatizar, además, no significa necesariamente instalar aire acondicionado en todas partes. Hay colegios y aulas con orientaciones, antigüedad y aislamientos muy diferentes.

 

Aire acondicionado donde resulte necesario, pero también toldos, persianas, ventiladores, mejores ventanas y aislamientos, árboles o zonas de sombra.

 

Primero medir. Después estudiar. Y finalmente actuar.

 

Naturalmente aparecerá la cuestión de las competencias: Ayuntamiento de Zaragoza, Gobierno de Aragón, mantenimiento, inversión, consumo eléctrico...

 

Habrá que determinar quién debe pagar, instalar y mantener cada cosa. Pero mientras discutimos sobre competencias, el termómetro no entiende de ellas.

 

Marca 35, 37, 38 o cerca de 40 grados.

 

Y los alumnos siguen dentro.

 

También aparecerá el eterno debate entre educación pública, concertada y privada.

 

En España conviven básicamente tres modelos: la enseñanza pública, de titularidad y financiación públicas; la concertada, de titularidad privada pero financiada con fondos públicos para las enseñanzas concertadas; y la privada no concertada, sostenida fundamentalmente con sus propios ingresos y las cuotas de las familias.

 

Volveremos a escuchar aquello de «ni un euro a la privada» o «más inversión en la pública».

 

Es un debate legítimo, pero no debería ser este su campo de batalla.

 

El actual modelo de conciertos quedó configurado en los años ochenta, cuando era necesario garantizar suficientes plazas escolares y la red pública no podía absorber inmediatamente toda la demanda. Con sus virtudes y defectos, lleva más de cuarenta años formando parte de nuestro sistema educativo.

 

Y aquí intento mantenerme imparcial.

 

Uno de aquellos colegios beneficiados por el modelo fue precisamente el colegio de mi infancia, con el que sigo manteniendo una buena relación y al que guardo cariño.

 

Eso no significa menospreciar la educación pública. Puedo valorar el colegio en el que estudié y reconocer el papel de la concertada mientras defiendo que nuestros colegios públicos tengan los recursos e instalaciones que necesitan.

 

No hace falta enfrentar unos contra otros.

 

Si existen aulas públicas que rondan los 40 grados, actuemos sobre ellas.

 

Y después tenemos el cambio climático.

 

Entiendo que la temperatura media global ha aumentado durante las últimas décadas y que puede seguir haciéndolo. Existe una amplia evidencia científica de la importante contribución humana al calentamiento observado.

 

Pero junto a la reducción de emisiones hay una palabra que deberíamos utilizar mucho más: adaptación.

 

No tenemos un mando a distancia con el que decidir exactamente qué temperatura hará en Zaragoza dentro de treinta años. Pero sí podemos decidir cómo estarán preparados nuestros colegios.

 

Ahí sí está la mano del hombre.

 

Quizá no podamos decidir qué temperatura hará fuera, pero sí en qué condiciones estarán nuestros hijos dentro.

 

Entramos en edificios administrativos, oficinas, bibliotecas o comercios y damos por hecho que estarán climatizados. Incluso protestamos cuando el aire acondicionado no funciona.

 

¿Cuántos aceptaríamos trabajar siete u ocho horas en una oficina a 38 o 40 grados?

 

No propongo mantener las aulas a veinte grados cuando fuera tenemos cuarenta. Hablo de sentido común y también de planificación.

 

No necesitamos llenar mañana todos los colegios de aparatos. Necesitamos conocer qué centros tienen mayores problemas, establecer prioridades y aprovechar las obras de mantenimiento para adaptarlos progresivamente.

 

Medir antes de actuar. Planificar antes de gastar. Y actuar antes de que vuelva el problema.

 

Seguramente, si mañana se convocara una manifestación para reclamar mejoras en los centros educativos y medidas frente a las altas temperaturas, acudirían muchas familias.

 

Pero tampoco tengo demasiadas dudas de que alguno aprovecharía que el Pisuerga pasa por Valladolid —o, en nuestro caso, que el Ebro pasa por Zaragoza— para añadir reivindicaciones que poco o nada tendrían que ver con aquello que llevó a esas familias a la calle.

 

Si reclamamos que nuestros hijos no estudien en aulas próximas a los 40 grados, reclamemos eso. Para debatir sobre financiación, conciertos, ratios, condiciones laborales o modelos educativos habrá otros momentos.

 

Porque cuando una reivindicación concreta termina convertida en un catálogo de todas las causas posibles, aquello que consiguió unir a mucha gente corre el riesgo de diluirse.

 

A veces defender una causa también consiste en no utilizarla como excusa para defender todas las demás.

 

Y llegará septiembre.

 

Si continúa la tendencia de los últimos años, probablemente el calor seguirá acompañándonos. Llegará octubre y quizá continuemos teniendo días extraordinariamente cálidos.

 

Después llegará noviembre.

 

Llegará el cierzo.

 

Encenderemos las calefacciones.

 

O no.

 

Porque, a estas alturas, ¿quién se atreve a asegurar cuándo llegará realmente el frío?

 

Y unos meses después volverán mayo y junio.

 

Quizá nuestro error sea seguir considerando el calor en los colegios como un problema excepcional de unas pocas semanas.

 

El debate no debería ser qué hacemos cuando un aula alcanza los 40 grados.

 

Debería ser qué hacemos para evitar que vuelva a alcanzarlos.

 

El calendario escolar seguirá siendo prácticamente el mismo.

 

El clima, parece que no tanto.

 

No podremos elegir la temperatura que marcará el termómetro, pero sí decidir qué hacemos cuando la marque.

 

Porque cuidar nuestros colegios también significa cuidar el lugar donde se imparten conocimientos, se aprende a convivir y se complementa la educación que comienza y se recibe en casa.

 

Carlos Masa

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