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31.7.26

Era 1976, Zaragoza y sus coches


Eran las Fiestas del Pilar del año 1976, unos días de fiestas y de turismo de fuera aunque no en la intensidad de estos últimos años. Y esta imagen es de aquellas fechas.

La Plaza del Pilar, en la zona del monumento a los Caídos, con sus cipreses y sus… coches.

¿Entienden ahora que la supresión de poder aparcar encima de la plaza del Pilar fue un acierto? Aquellos era una barbaridad en 1976.

Pensar en los mismos errores 50 años después, es un ejercicio de locura. Ya no hay coches, no hay cipreses, es posible que el nuevo diseño tampoco sea un dechado de virtudes, pero la capacidad de equivocarnos es siempre muy elevado.

30.7.26

Fundación Santa María de Albarracín. 30 Aniversario


Otra vez para Marisol y el “Gato” que forma parte de mi vida y me ha puesto algunos vinos de Mora de Rubielos en su molino.


Entre las recomendaciones para pasar una gran jornada musical de las que culminen un día tranquilo en territorio aragonés no me dejé por desidia a Albarracín, sino porque ya cuenta su programación con pregoneros relevantes.

En todo caso no se ha atendido, en mi opinión, lo suficiente desde Zaragoza el 30 aniversario de la institución cultural mejor parida de Aragón: la Fundación Santa María de Albarracín. Y qué decir de la ignorancia oscense sobre la actividad cultural en el Aragón del sur con menos reciprocidad inversa, pues se cuentan por docenas los turolenses enamorados del Pirineo.

Qué diversidad de intereses, qué profundidad de temas polifónicos perfuman cada año de actividades, qué envidia dan las jornadas que tienen desde la Fundación consolidadas y con qué ponentes.

La veteranía bien entendida se mide por el número de internacionalidades. Así este año se cumplen veintiocho años de su curso de restauración de bienes culturales (el mejor de España y que agota asistencia), el año veinticinco del seminario de fotografía y periodismo impulsado por Gervasio y, nada menos, el veintinueve aniversario de los cursos de historia y cultura medievales dirigidos por el profesor darocense José Luis Corral

Qué lujo, espero prejubilarme para hacer cada uno de ellos un año de mi vida. Dado que como componente de una coral zaragozana algo relevante sí que una vez ensayé canciones y actuamos en la iglesia auditorio de Santa María, atalaya sobre el meando cerrado del Guadalaviar, las murallas y el castillo, la catedral y el casco de la población, adornado de características fachadas de estuco rojo.

Nuestra presencia y estancia casi una semana constituyó parte de la programación de un lejano –de su época de infancia- Ciclo de Música de la ciudad de los Banu Razin, que va por veintisiete ediciones y junto al que la Fundación regala una colección de conciertos de los que no oferta ni siquiera Teruel.

No en vano, el acto conmemorativo del 30ª aniversario fue clausurado por un imponente conjunto de renovada música culta farsi, a cargo del compositor Rad que es un músico de la importancia cultural del cineasta Farhadi.

Qué ha legado desde el punto de vista patrimonial la Fundación a la ciudad de Albarracín, en qué ha contribuido en que no la visitemos exclusivamente como el decorado que podría ser sino como la ciudad andalusí más bella del mundo. 

Nada menos que a la recuperación a través de escuelas taller que han sido fuente de cuadrillas especializadas de la catedral y su patrimonio mobiliario, el palacio obispal, la conversión de Santa María en auditorio, la impecable recuperación y asentamiento de una de las murallas más largas de Europa, la de la histórica Casa de la Comunidad de Albarracín del siglo XV, monumentalizó de modo impecable la Torre Blanca y, tras adquirirla por el Ayuntamiento, preservó para siempre la casa esquinera de la Julianeta. 

Partidora de callizos de una emoción indescriptible e imagen de la arquitectura popular de Albarracín, hoy es residencia viva de artistas españoles y europeos que pasan semanas y son un tirón para los servicios que así superan la estacionalidad.

Con los años y, obtenida por la calidad de su labor recuperadora incluso un Premio Europa Nostrum, a la Fundación y su experto cuerpo de asalto patrimonial le han sido encomendados proyectos hasta en Alcañiz para extender su compromiso de salvamento patrimonial al resto de la provincia. 

Resaltaremos por su resultado y belleza o importancia haber resucitado el “Códice de Privilegios de Teruel” de 1313 –y obra cimera del derecho aragonés de extremadura-, la impecable restauración de la Escalinata modernista del Óvalo de Teruel de José Torán, la emocionante por su vinculación con que los levantaron nuestros tatarabuelos de los muretes tradicionales de piedra para abancalar en Fortanete (Maestrazgo), e incluso en la vecina Guadalajara, en su comarca colindante del Señorío de Molina, ha ejecutado restauraciones de esculturas, órganos y retablos.

Se debe culminar nuestro reconocimiento por la fundación haciendo un alto o vuelta imprescindible en uno de los ramales de interés artístico de la fundación: el de carácter más inmaterial, aun con soportes que necesariamente lo son.

El ciclo musical en la ciudad, la desacralización y conversión en auditorio de la iglesia de Santa María que nomina a la fundación, templo mudéjar de origen visigodo que oficia como castillo límite de la muralla en su extremo que mira a la belicosa Castilla y cabeza de la que fue una importante en número judería con sinagoga, no lleva camino de treinta ediciones como fruto del azar.

Las va a cumplir debido a que Albarracín, como cabeza episcopal de ciudad pequeña, dispone en los archivos de su catedral –lo que milagrosamente no fue afectado por la Batalla de Teruel- de todo un repertorio completo ceremonial barroco único en Aragón y en España. 

Contiene misas polifónicas, magnificat, himnos y salves que dominan personalidades monumentales de la música aragonesa como el organista González Uriol. Composiciones para chirimías, cornetas, cascabeles, trompas y clarines ceremoniales, al gusto de la corte de los Aragón. 

Compuestas o ejecutadas por un maestro de capilla reputado que dirigía un coro de cantores e infantes con un organista titular para una población fundamental, sí, pero que solo superó durante veinte años del siglo XIX los dos mil habitantes.

Supongamos el ambiente de erudición, conservación y capacidad de transmisión cultural con un diez por ciento de su población dedicada a conservar ceremonias. Lo demuestra un singular específico hecho: el fastuoso legado del músico zaragozano de finales del Barroco Ramón Ferreñac, el director musical afamado Clemente Barrachina y la obra capital del barroco español “Lamentaciones del Poeta Jeremías” compuesta a seis voces por el gran Pedro Ruimone, se conocen y ejecutan gracias a la fundación.

Después está la música popular, tras ello merodean las jotas de ronda de cambio de estación: los mayos de Albarracín. Principal tradición de ruptura del invierno que nos queda, navruz aragonés, porque la conservan sus familias. Llegado mayo, cuadrillas de rondadores dedican en tonadas de jota lenta coplillas destinadas a honrar y festejar los atributos de la feminidad, tan emparentados con la estación primaveral.

Ah Albarracín… Qué cortos se te quedan la postal, el plato de migas con tocino y el queso en costra de vino de garnacha de postre.

30.07 Luis Iribarren

La ciudad de Zaragoza, según el año 1844. Es cursi


Del libro que vemos la imagen de su portada, "Recuerdos y Bellezas de España"
, en sus páginas dedicadas a Aragón, en concreto cuando empieza a explicar lo que es la ciudad de Zaragoza, nos deja este texto de abajo, poético y casi cursi, por decir algo. Es (es) un libro del año 1844.

Y hay que recordar que no hacía muchos años desde que Zaragoza había sido destruida por su propia Guerra de Los sitios, y todavía se estaba recuperando.
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 Quietud reverente y melancólica inmovilidad respira la naturaleza en torno de aquellas ciudades cuyas glorias no se ciñen a un periodo determinado, y cuyos destinos selló la Providencia con una marca de predilección. Los siglos andan, los imperios se elevan y sucumben, y ellas sobreviven a los golpes del tiempo y a los caprichos de la fortuna, engrosando de cada día su tesoro de recuerdos escritos sucesivamente en sus muros por mano de distintas naciones. Cuando caduca una dominación, no se hunden con ella en el polvo, sino que pasan cual vinculada joya a adornarla frente de su afortunada sucesora. Sus conquistadores, más bien que enemigos, son rivales que se esfuerzan engalanarla cada cual a su modo, y en hacerle olvidar el pasado cariño a fuerza de obsequios.

Monasterio de Santa Catalina en Zaragoza


Hoy voy a intentar comentar algo de la historia del Monasterio de Santa Catalina, que sigue estando en la calle San Miguede Zaragoza, aunque pase bastante desapercibido para los zaragozanos, pues parece un edificio muy moderno y escondido en una esquina.

Este Monasterio se fundó en 1234 aproximadamente en el mismo lugar donde todavía permanece, entonces situado extramuros de Zaragoza, junto a la ermita de Santa Catalina, el monasterio de Santa Engracia y las huertas próximas al río Huerva. Hoy en pleno centro de la ciudad.

Todo el antiguo conjunto medieval quedó casi destruido en su totalidad en los Sitios de Zaragoza, en el año1808. La iglesia sobrevivió parcialmente, pero el claustro y buena parte de las dependencias monásticas desaparecieron. El edificio actual, el que vemos ahora, es una suma de restos medievales, reformas del siglo XVII, reconstrucciones posteriores a la Guerra de la Independencia y profundas transformaciones realizadas entre finales del siglo XIX y el año 1931.

La fundadora de este Monasterio en el año 1234 fue doña Ermisenda o Ermesenda de las Cellas —la grafía cambia según las fuentes—, dama perteneciente a un importante linaje aragonés y tía de Teresa Gil de Vidaure, vinculada al Rey Jaime I de Aragón.

El 19 de abril de 1234, el papa Gregorio IX expidió en Roma un documento autorizando y promoviendo la fundación de un monasterio femenino de la Orden de San Damián. La nueva casa debía estar suficientemente dotada para mantener, al menos, a veinte religiosas. El documento suele identificarse por sus primeras palabras, Virtutem sibi("Para sí la virtud")

Las llamadas monjas de San Damián eran las religiosas que posteriormente serían conocidas como las monjas clarisas. El nombre procedía del convento de San Damián de Asís, donde se había establecido la primera comunidad dirigida por santa Clara.

El monasterio se instaló junto a una ermita preexistente en el mismo lugar y dedicada a Santa Catalina. Por esta razón, aunque la comunidad pertenecía a San Damián, terminó siendo conocida popularmente como convento o monasterio de Santa Catalina. La relación de su fundadora con el entorno del Rey Jaime I favoreció que recibiera protección real, donaciones y privilegios.

Es considerado con seguridad el cenobio femenino más antiguo de Zaragoza. No sería correcto afirmar que fue el primer monasterio femenino de España, pues existieron comunidades de mujeres muy anteriores.

La comunidad de monjas comenzó en 1234, pero la iglesia y el gran conjunto medieval que conocemos por documentos y grabados, debieron levantarse fundamentalmente durante la primera mitad del siglo XIV.

Era una construcción de tradición gótica y mudéjar, realizada principalmente en ladrillo. La iglesia tenía una sola nave, cabecera poligonal de cinco lados, capillas laterales y bóvedas de crucería. Parte del presbiterio y de los primeros tramos de la nave conserva todavía hoy elementos de aquella construcción medieval.

Alrededor de la iglesia se desarrollaba un complejo considerable con un claustro, una sala capitular, dormitorios y celdas para todas las monjas, refectorio y enfermería, cocinas y almacenes, locutorios y dependencias de servicio, más patios, jardines y una extensa huerta para auto alimentarse.

La desaparecida sala capitular era especialmente valiosa. Tenía decoración gótico mudéjar, arquerías pintadas, composiciones geométricas, motivos de tradición islámica y escudos nobiliarios, entre ellos los vinculados al linaje de los Luna. Según las descripciones antiguas, su decoración era una de las más ricas entre los conventos mudéjares zaragozanos.

El Monasterio de Santa Catalina no fue una pequeña comunidad aislada. Durante siglos actuó como una importante casa de formación desde la que salieron religiosas destinadas a fundar o reorganizar otros conventos de Aragón o de tierras vecinas.

Entre los casos documentados se encuentran los casos en el siglo XIII de Urraca Sánchez de Libranas que fue destinada al monasterio de Santa Isabel de Lérida, y en el año 1254, la madre Berengaria y otras religiosas participaron en la fundación de Santa María de Tarragona. En 1366 salieron cinco religiosas para la fundación de un monasterio en Teruel y en 1573 fueron enviadas cuatro monjas para consolidar la reforma del monasterio de clarisas de Huesca. Otras cuatro religiosas fundaron en 1603 el convento de Santa Clara de Borja y en 1631 otras cinco marcharon para fundar la comunidad de Gelsa. Todas ellas habían profesado desde este Monasterio zaragozano.

La comunidad poseía propiedades, rentas, derechos y tierras por Aragón y en Zaragoza, y administraba un patrimonio monástico acumulado mediante donaciones, herencias y privilegios. También fue un lugar habitual de ingreso para mujeres pertenecientes a familias nobles o acomodadas. Durante el siglo XVI recibió el apoyo del arzobispo Hernando de Aragón, nieto de Fernando el Católico, quien contribuyó a mejorar el edificio conventual.

En el año 1645 se realizó una importante renovación de la iglesia. Se reformaron capillas y arcos, se acondicionó el presbiterio y el propio convento costeó un nuevo retablo mayor. En el presbiterio se conservan dos cartelas que recuerdan la fundación de 1234 y la reforma de 1645. Aunque buena parte del interior fue alterada o perdida posteriormente, aunque esa fecha constituye uno de los grandes momentos de las reformas del monasterio.

En el siglo XVII la comunidad llegó a reunir aproximadamente 120 religiosas en este edificio, una cifra extraordinaria que demuestra el tamaño y la importancia alcanzados por Santa Catalina. No debe entenderse como una población constante durante todo el siglo, sino como el máximo de monjas documentado en determinados momentos.

La catástrofe principal se produjo durante el Primer Sitio de Zaragoza, concretamente el 4 de agosto de 1808. Las tropas francesas atacaron el sector oriental de la ciudad y penetraron por la zona de Santa Engracia y sus huertas. El monasterio de Santa Catalina quedaba inmediatamente detrás de ese frente y se convirtió en escenario de combates y destrucciones.

Según los anales conservados por la comunidad fue destruida casi la totalidad del conjunto conventual, todo el claustro quedó arruinado, desaparecieron numerosas capillas y retablos y se hundió la bóveda de la sala capitular. quedando solamente en pie algunos de sus muros y la iglesia, que sobrevivió, pero sufrió graves daños.

Las religiosas tuvieron que abandonar el edificio y refugiarse en la Santa Capilla del Pilar. Según esos mismos anales conventuales, diecisiete monjas murieron posteriormente como consecuencia de las enfermedades, el miedo y las durísimas impresiones sufridas, no necesariamente por impacto directo de las bombas o metralla. En aquel momento la comunidad estaba al máximo, integrada por unas 120 religiosas.

La magnitud de los destrozos fue representada por Juan Gálvez y Fernando Brambila en su serie de estampas Ruinas de Zaragoza. Nos muestran el patio del convento y el costado de la iglesia después del primer Sitio. Son documentos visuales fundamentales para conocer el aspecto que tenía el conjunto desaparecido.

Tras la Guerra de la Independencia, con los franceses dominando y organizando la ciudad de Zaragoza, las clarisas regresaron al mismo emplazamiento. La iglesia fue reparada y las dependencias indispensables se fueron reconstruyendo, aunque nunca se recuperó íntegramente el antiguo monasterio medieval. Ni en tamaño ni en la calidad de sus zonas nobles.

Una guía de Zaragoza publicada en 1860 afirmaba que tanto la iglesia como el convento se encontraban ya restablecidos. Esto indica que la comunidad había conseguido recomponer la vida monástica, aunque el edificio seguía siendo mucho más reducido y modificado que antes de 1808.

Paradójicamente, parte de lo que había sobrevivido a la guerra se perdió décadas después como consecuencia del crecimiento urbano. La apertura y realineación de calles, la transformación de la Huerta de Santa Engracia y la expansión de Zaragoza obligaron a expropiar terrenos conventuales y a derribar antiguas dependencias. Lo cual nos vuelve a demostrar que Zaragoza ha sido de siempre una gran ciudad destrozadora.

Entre las pérdidas se encontraba buena parte de la ya dañada sala capitular, que no se quiso reconstruir sino ir a lo más sencillo, derribarla del todo. Por ello, no toda la desaparición del monasterio medieval fue consecuencia directa de los franceses. La guerra inició su ruina, pero la urbanización de finales del siglo XIX y principios del XX consumó la desaparición de numerosos restos.

El aspecto actual del Monasterio de Santa Catalina fue configurándose mediante varias intervenciones siendo las más importantes al del año 1887 por Ricardo Magdalena quien proyectó la reja de cerramiento del convento y algunas reformas de las fachadas orientadas hacia el patio de entrada de la iglesia.

Otra reforma vino a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Se remodelaron y reedificaron diversas partes del convento, utilizando un lenguaje historicista y neogótico que pretendía armonizar con su origen medieval. En el año 1929 comenzaron nuevas obras de reforma y ampliación proyectadas por Luis de la Figuera, que continuaron en 1931 cuando Regino Borobio realizó el cerramiento del atrio de la iglesia, siguiendo en buena medida las líneas planteadas anteriormente por R. Magdalena. Por tanto, la fachada que actualmente se observa en la calle Arquitecto Magdalena no es medieval. Es una interpretación historicista levantada principalmente entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX.

Del conjunto anterior a los Sitios, del Monasterio antiguo se conserva principalmente una parte importante de la iglesia del siglo XIV, la cabecera poligonal, algunos tramos con bóvedas de crucería, elementos arquitectónicos y heráldicos medievales, partes modificadas durante la reforma de 1645 y algunas piezas procedentes de las dependencias desaparecidas. El claustro medieval, la mayor parte de las construcciones conventuales y la rica sala capitular no han llegado íntegramente hasta nosotros.

Por eso, describir el edificio actual simplemente como una «reconstrucción» resulta incompleto. Es más exacto considerarlo un edificio histórico estratificado o rehecho en el mismo lugar del fundacional. Conserva un núcleo gótico-mudéjar, incorpora modificaciones barrocas y presenta una envolvente conventual reconstruida y ampliada durante los siglos XIX y XX.

La comunidad de clarisas continúa viviendo en el mismo lugar casi ocho siglos después de su fundación. La denominación actual es Monasterio de Santa Catalina y San Damián. La iglesia tiene acceso por la calle San Miguel, número 24, mientras que el conjunto conventual figura oficialmente en la calle Arquitecto Magdalena, números 1-3. Son dos referencias del mismo complejo situado en la esquina de ambas calles.

Las religiosas mantienen la vida contemplativa y la elaboración de repostería monástica. El edificio está incluido en el catálogo municipal con grado de protección de Interés Arquitectónico A, de modo que las intervenciones permitidas deben tener carácter restaurador. Lo más importante para Zaragoza y su historia es que este Monasterio de Santa Catalina ha permanecido casi ochocientos años en el mismo lugar. Lo que se perdió en 1808 fue el gran monasterio medieval, aunque la iglesia sobrevivió parcialmente y alrededor de ella fue creciendo el complejo reconstruido que hoy conocemos.


Julio Puente



Arboleda de Macanaz en 1844


Vamos a recordar la Zaragoza del año 1844 con este grabado, una copia de un libro titulado Recuerdos y Bellezas de España, en su tomo dedicado a Aragón. 

Grabado realizado desde la arboleda de Macanaz, con pocos y enclenques árboles, utilizada la zona para pasear y observar la orilla del Ebro.

En los años 60 del siglo XX, todavía los fines de semana las familais zaragozanas venían a esta zona con las meriendas o las cenas a pasar el día completo o como poco la tarde de verano, pues era una zona verde bastante salvaje todavía y en donde debajo de un árbol se estaba de maravilla, tumbados en la hierba. No, no había césped, era hierba.

29.7.26

Martorell enseña a Zaragoza. Contenedores de pequeños reciclajes



Hoy directamente no voy a comentar nada de Zaragoza, voy a mostrar un ejemplo que ya lleva años haciéndose en Martorell (Barcelona) para que los vecinos reciclen pequeños elementos que depositan en estos grandes contenedores que están repartidos por su ciudad.

En cada barrio hay uno al menos, doce en toda la ciudad, y su utilidad es en teoría enorme pues anima a reciclar y además de forma separada. Desconozco el uso que hacen los vecinos.

Permiten depositar de forma separada desde CD a pequeños aparatos eléctricos y cables, cartuchos de impresoras, a pilas y baterías, bombillas de bajo consumo y bombillas LED.

En Zaragoza tenemos contenedores para basura orgánica, también para aceite y ropa usada, y algunos pequeños ejemplos similares para pilas en marquesinas o en algunas tiendas. Este de Martorell es otro modelo más plural, una minideixalleria urbana: un pequeño punto limpio permanente.

El último balance detallado que he localizado es de mayo de 2024: las minideixalleries de Martorell habían recogido acumuladamente 25.235 kilogramos de pequeños residuos domésticos. La cifra procede de Blipvert Recologics, empresa gestora del sistema

La principal virtud de estas minideixalleries es la proximidad. Mucha gente no se desplazaría expresamente hasta un punto limpio para entregar una bombilla, dos pilas, un cargador o un cartucho vacío. Al disponer de un contenedor cercano y abierto permanentemente, el pequeño gesto resulta mucho más sencillo.

Sus limitaciones son la escasa capacidad, la necesidad de vaciarlos con frecuencia, el riesgo de introducir objetos inadecuados y la dificultad de reutilizar aparatos que podrían repararse. 

Pero para residuos pequeños, contaminantes y muy dispersos, el resultado de Martorell puede considerarse positivo. Las más de 25 toneladas recuperadas son una prueba bastante sólida de que no han sido meramente decorativos: los vecinos los han utilizado de manera continuada.

El reparto de lo recogido ese año era en Pilas, baterías y acumuladores: 16.768 kg, aproximadamente dos tercios del total. En Bombillas de distintos tipos: 3.766 kg. En CD y DVD: 2.436 kg. Pequeños aparatos eléctricos y electrónicos: 1.127 kg. Cartuchos de impresora: 1.084 kg. Bolígrafos y rotuladores: unos 54 kg. Hablamos de 25 toneladas en total.

28.7.26

Zaragoza modelo de Salud Pública


La noticia por esperada o por deseada, no ha dejado de producirme una sincera alegría. El Gobierno de España ha confirmado que finalmente Zaragoza será la sede de la nueva Agencia Estatal de Salud Pública. Una gran noticia para Aragón, para Zaragoza más en concreto, aunque sus frutos tardarán en notarse unos años. Y por eso es tal vez necesario explicar algo más esta decisión y lo que supondrá.

La Agencia Estatal de Salud Pública no tiene nada que ver directamente con la Sanidad en Aragón, y relativamente con la Sanidad Estatal dentro del concepto que a veces conocemos como "sanidad". 

La Salud Pública es bastante más que la Salud, entran en su propio paquete desde la Formación Sanitaria en todos los niveles, incluido Veterinaria, como el control y crecimiento de las Investigaciones sobre la Salud en su amplio sentido público.

A medio plazo tenemos que ver —si no se tuercen las expectativas—, una mejora en nuestras capacidades formativas en temas de Salud desde nuestras distintas universidades, pero a su vez un crecimiento de sinergias en temas de investigación clínica, incluida la veterinaria y farmacológica, con la instalación de aquellas empresas que deseen estar cerca de los espacios en donde se decide.

Al ser una Agencia Estatal, hablamos de que es un espacio de decisión encajado con el resto de Agencias similares de todos los países de la Unión Europea. Y a su vez, de otros países que quieran entrar en Europa o quieran conocer o aprender de nuestras formas.

La Salud Pública no es solo un organismo que trata de pandemias, de grandes asuntos de contagios, sino también y cada vez más, de cambios climáticos que afectan a la salud, y en cuanto a pandemias no se deja atrás ni la del crecimiento actual en los problemas de Salud Mental, como en los del envejecimiento de las sociedades y de la Soledad no Deseada. Por poner ejemplos muy reconocibles. Salud Pública es también el control de plagas o de adicciones.

Es o será una Agencia de Salud Pública en donde se apilarán los conocimientos en constante renovación, para atajar problemas de Salud de la Sociedad. Y aquí pueden entrar todos los problemas de Salud que la propia Globalización necesite constantemente actualizar. 

No solo hay que vigilar epidemias, sino analizar riesgos de todo tipo, que pueden afectar a las sociedades en el concepto más amplia de la Salud.

Insisto en que el papel de Veterinaria es fundamental para entender los enormes campos que la Salud Pública debe conocer y estudiar. Y por eso es fundamental tener muy actualizado todo el sistema de Salud, de Formación en todas las Ramas sanitarias, tener entidades científicas válidas y pioneras, y a su vez organizaciones ciudadanas que apoyen y participen.

Y también, eso supondrá que desde el Gobierno de Aragón, desde la Consejería de Sanidad aragonesa, se tendrá que cuidar mucho en ser un ejemplo de calidad en todos los aspectos. Se nos mirará desde otros puntos de vista, y eso tiene que suponer que también la Participación de la Sociedad debe ser diferente, que nuestros modelos de Salud en Aragón deben gozar de una alta calidad y sin excesivas tensiones, pues el modelo de Aragón será observado desde fuera de España.

Julio Puente - Miembro del Consejo de Salud de Aragón

27.7.26

Comunidad o caos. En sus diferentes vertientes forestales


Como todos los 15 de agosto… se repite la matraca de la rasgadura de vestiduras popular inducida por los medios de comunicación, urbanita, de cada año. España se quema, y si solo sería España (como se dice en Navarra)…

Los incendios asolan los Apeninos, amenazan los Alpes y se queman los pinos y residencias kukis de los empresarios parisinos distanciadas entre pequeños estanques de las Landas. De esas finas localidades de residencia vacacional que brotaron en el suelo arenoso de Arcachon hasta Euskadi, asentado por la política de repoblación forestal de Napoleón III

Una vasta selva de árboles oscuros, de coníferas, en tierras ganadas a los pantanos y al paludismo en la que reina la producción de oca, de ostras y abundan las becadas.

En esa región del Armagnac, la frustración impuesta y la amenaza de sanciones advertidas por “las autoridades” a los agricultores y ganaderos cuando actúen como cuerpo de extinción de incendio, ha provocado que un multimillonario anuncie que si van a la gestión directa para proteger sus patrimonios, se encargará de pagarlas. Hemos llegado al triunfal anarquismo de derechas, a la acción directa, a que los extremos cuando tenga que ser se unan…

No como pasó en Bujaraloz el sábado pasado donde Vox provocó la no colocación en la fachada de la casa que fuera su cuartel de una placa de memoria histórica que recordaba que por allí vino Durruti con catorce compañeros, pa decirle a los fascistas que no les tenemos miedo. 

En fin, la celebración de unas jornadas históricas conmemorativas históricas la consideraron por escrito una invitación a un aquelarre –y yo decidí ir desde que leí que habría uno pero luego nos limitamos a cantar-, y no sé en qué momento hubo exaltación alguna de ningún asesinato pero, por razones comprensibles de no joderle la vida a la familia que dio autorización para colocarla en su fachada ni su convivencia con sus presuntos vecinos, al final no está puesta. 

Y según su perspectiva negacionista histórica, ganarían por considerar la no colocación un gatillazo rojinegro.

Cuando de lo que se trató es de sentir o vivir que cualquier memoria histórica no deja de ser una reparación humanista y que ya nos gustaría que en las instituciones esos diablos que ellos ven, los descendientes socialistas de los represaliados, se limitaran simplemente a aplicar políticas socialdemócratas efectivas. No les pediría yo ni que fueran rojos, solo que no recularan, que no pasaran vergüenza ni miedo y se creyeran algo la participación ciudadana.

No es eso lo que sucede, la colocación de una placa, la limpieza forestal efectiva o la participación asociativa ya no se da en municipio alguno como no baje de 250 vecinos, en los que se puede votar a la persona y no a la lista. 

Quizá suceda, aun perdida la cultura de la asamblea que no existe ni en las comunidades de propietarios (donde hasta participantes en la Ofrenda de Cristal sienten que el administrador les roba), en esos escasísimos y camino de la extinción municipios que no llegan a cien habitantes. 

Los de la asamblea directa, que exige una enorme implicación de los funcionarios habilitados y no la aplicación de fórmulas de votación frías y reguladas, en el levantamiento de un acta que es más sencilla y menos comprometedora cuantas menos explicaciones den los alcaldes.

No es extraño que, llegados a este punto del verano, se recuerde que los bosques donde se crean prados intersticiales que se usan con el beneficio de las maderas y que no se rigen por las subastas de los Ayuntamientos y los planes forestales, sino que siguen siendo vecinales y los habitantes participan en su aprovechamiento, coincide que son los que menos se queman.

Los demás se salvan cuando es tarde porque no gozan de gestión alguna sino burocratizada y, si contaban con una flora protegida que solo valoraban los urbanitas, una vez quemado el bosque fin de la protección y a cobrar arrendamientos de las renovables para gastarlos cada pueblo en… días de vino y rosas, festivales y estudios cuyos beneficiaros son técnicos que viven en las cabeceras de comarca o las ciudades… no para invertirlos directamente en el paisaje, por otra parte ya expropiado, ni salvar manu militari la tienda de cada lugar.

Las Corporaciones y propietarios incluso de montes forestales del Aragón vacío, que sin embargo está perfectamente escriturado, no dejan de ser sino los embajadores en el territorio de los intereses concesionados desde el Gobierno de Aragón de los explotadores del paisaje. 

No es de extrañar que reculen a la hora de poner placas, no es de extrañar que sea más difícil para un vecino hablar con ellos, pedirles explicaciones mínimas de sus decisiones, que encontrarlos en Zaragoza o Huesca en cualquier restaurante.

Huyendo de la quema. Pero sembrando para recoger. Si tienen hijos, entonces la excusa ya es nivel dios de perfecta. Y todo esto termina en lo que algunos tratadistas llaman la “energumenocracia” pero el personal del común, dejarles para evitar que te mientan a la cara y a mirar pa Cuenca si quieres que no se te concaren en el bar como en el grupo de guassap. 

Dado que convierten en desagradable el pequeño acto de opinar, porque les jode tener que dar la explicación del testaferro que les anula el comodín del victimismo. Porque la verdad verdadera nada oculta es que son cómplices en que la sociedad sea lo que les dé la gana a los caballeros de justas medievales contra el buenismo.

No nos imaginamos a tanto presunto gestor de los que tenemos ahora, que tienen todas las posibilidades técnicas del mundo para ser transparentes, rigiendo sin dar mínimas explicaciones un territorio de frontera de los de los fueros dados por Jaime I, sufriendo la soledad aun aristócratas rurales de una comunidad de trashumancia ni liderando por estatura ética cualquier reunión en los bajos porticados de una iglesia de auto defensa, de las que permitieron hasta hace dos generaciones a los vecinos cortas para calentarse.

Si incluso las comarcas de pinares sorianas, burgalesas y segovianas que tienen incentivos para limpiar o la Comunidad de Albarracín, que debe contratar publicando y puede quedarse sin albañiles, pierden población, calculemos qué no pasará en los territorios en que la gestión interesada corre a cargo de cuatro, se decide desde fuera… Lo que no se percibe que esté cambiando ni con Vox en las consejerías agrícolas como tampoco gobiernos presuntamente socialdemócratas propiciaron…

Le dan fuego al chaparral, y después de quemarlo, ni lo quieren apagar. Hay chaparrales botánicos y chaparrales de convivencia, porque vienen del mismo.

Indudablemente estos actores que se hacen los ofendidos aprenden a nadar río arriba como los salmones, con sus intereses y patrimonios. Apuestan por el caos y nunca por la comunidad.

27.07 Luis Iribarren

Alfonso Sánchez García en La Lonja para este verano


Para los zaragozanos que no sepan qué hacer una mañana cálida o una tarde de mucho sol, les recomiendo que acudan a la exposición de La Lonja dedicada al fotógrafo Alfonso, de Madrid.

Alfonso Sánchez García, es decir el padre de los Alfonsos, nació en Ciudad Real aunque es considerado un fotógrafo madrileño, fotógrafo de estudio, de calle, periodista gráfico de varios medios, que durante la primera década del siglo XX realizó un trabajo ahora recordado en La Lonja de Zaragoza.

Decía en el discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en el año 1989: "La fotografía es la memoria gráfica de mis recuerdos, y el medio expresivo de mi sensibilidad".

La imagen que vemos la tituló Vendedora de pavos y es del año 1925. Una excelente exposición para ver esa España ya inexistente, a veces terriblemente duras y asquerosa, que fue la de nuestros padres o abuelos.

San Ildefonso o Santiago el Mayor de Zaragoza. Historias


La iglesia que aparece en la imagen de arriba tiene una historia bastante curiosa. Su doble denominación o nombre —San Ildefonso o Santiago el Mayor— significa que el edificio cambió de función y de titularidad parroquial con el paso de su historia. Esa imagen es de los años 40 del siglo XX, cuando delante de la iglesia no había grandes anchuras, ni la plaza que hoy envuelve a la iglesia en la avenida de Cesar Augusto.

El edificio nació como la iglesia del convento dominico de San Ildefonso. La fundación fue dispuesta por el mercader e infanzón zaragozano Alonso de Villalpando en torno a 1603-1604, mediante una importante dotación económica destinada a establecer un nuevo convento de la Orden de Predicadores. Villalpando está enterrado en el presbiterio y todavía se conserva la lápida que lo recuerda.

Hacia 1616 comenzaron los primeros trabajos bajo la dirección de Domingo Zapata y entre 1625 y 1628 se realizaron cimentaciones y trabajos iniciales. En 1651 se contrató el levantamiento de la estructura y en 1657 se trabajó en la fachada. Desde 1661, Felipe de Busiñac y Borbón dirigió la fase decisiva, terminada en gran parte hacia 1665. Entre 1692 y 1695 se modificaron la cabecera y algunos sectores del edificio. Como vemos, casi un siglo para levantar la primitiva iglesia.

También intervinieron religiosos con conocimientos constructivos, como fray Mateo Ortiz y fray Benito Gallego. Por tanto, no debe asignarse toda la iglesia a un único arquitecto ni a una sola campaña de obras. Fueron muchos años y un trabajo lento.

Es la iglesia barroca de mayores proporciones conservada en Zaragoza. Está construida fundamentalmente en ladrillo y presenta planta de cruz latina, una gran nave única, ocho capillas laterales entre los contrafuertes, crucero, presbiterio recto, coro alto y una gran cúpula central.

Su organización interior sigue el modelo difundido por la iglesia del Gesù de Roma: una nave amplia desde la que podía verse y oírse bien el altar y la predicación del que dirigía la ceremonia, con capillas comunicadas lateralmente. Cuando las guías turísticas nos hablan de una «tipología jesuítica» no quieren decir que la iglesia fuese originalmente de los jesuitas; pertenecía a los dominicos, pero utilizaba un modelo arquitectónico popularizado por la Compañía de Jesús.

El exterior es deliberadamente sobrio. La fachada utiliza pilastras, frontones, hornacinas y sencillos dibujos geométricos realizados con ladrillo resaltado. Esa austeridad contrasta con el interior, mucho más rico y solemne.

La parte más característica de esta iglesia es la decoración de las bóvedas y las cúpulas de las capillas. Está compuesta por yeserías que hoy son blancas con estrellas, lazos y entrelazos, rombos, puntas de diamante y composiciones geométricas de tradición mudéjar.

El contrato firmado el 14 de diciembre de 1661 con Felipe de Busiñac y Borbón especificaba que las bóvedas de la nave debían decorarse con yeso blanco, formando los artesones, lazos y relieves elegidos por los dominicos. Los motivos tenían que modelarse con aristas muy marcadas para que, vistos desde abajo, pareciesen recortados. No parece que estuviera coloreado como otras yeserías mudéjares.

Pero el mismo documento añade un detalle decisivo: entre las fajas y los relieves se dejarían unos espacios de «yeso negro», preparado con carbón de sarmientos o con paja de centeno, con la intención expresa de producir un color agradable y hacer que las labores sobresalieran visualmente.

El aspecto original debió de ser aproximadamente con los lazos, molduras y figuras geométricas blancas, determinados fondos y separaciones, oscuros o casi negros y un fuerte efecto de claroscuro que acentuaba la geometría de las bóvedas.

No se sabe cuándo desapareció el contraste oscuro en esa hermosa cúpula del interior de la iglesia. Lo más probable es que sucesivas limpiezas, reparaciones y capas de blanqueo cubrieran el yeso negro o redujeran mucho su visibilidad.

Estas yeserías mezclan la herencia mudéjar aragonesa con el lenguaje barroco italiano. No son propiamente medievales: fueron realizadas en el siglo XVII, pero prolongan conscientemente una tradición decorativa muy arraigada en Aragón. Este encuentro entre barroco y mudéjar constituye una de las principales razones de la importancia artística del templo de San Ildefonso o Santiago el Mayor.

Durante el siglo XVIII el convento se enriqueció considerablemente. El retablo mayor fue realizado por Simón Ubau en 1762 y muestra la influencia del nuevo gusto académico introducido en Zaragoza por Ventura Rodríguez durante la construcción de la Santa Capilla del Pilar. El retablo está dedicado a San Ildefonso de Toledo, titular original del convento.

La sacristía conserva una decoración de transición entre el rococó y el neoclasicismo. En las pechinas aparecen representados los cuatro evangelistas, obras de Francisco Bayeu, uno de los grandes pintores aragoneses del siglo XVIII y maestro fundamental en la formación del joven Francisco de Goya. De los ocho grandes lienzos que decoraban la sala únicamente se conserva uno, dedicado a la Magdalena al pie de la cruz.

Otro elemento destacado es el sepulcro del cardenal dominico Jerónimo Xavierre, figura importante de la Universidad de Zaragoza y de la Orden de Predicadores. El monumento estuvo originalmente en el convento de Santo Domingo y, tras diversos traslados, fue instalado en el crucero de San Ildefonso en el siglo XX.

La iglesia y el convento desempeñaron una función decisiva durante los Sitios de Zaragoza. En diciembre de 1808, ante la saturación de los hospitales y la epidemia de fiebres que afectaba a soldados y civiles, el convento de San Ildefonso fue habilitado como hospital militar de sangre. Los heridos quirúrgicos generalmente por heridas de la guerra fueron trasladados allí para separarlos de los enfermos contagiosos.

Aquella utilización provisional terminó convirtiéndose en permanente. Durante buena parte de los siglos XIX y XX el antiguo convento acogió el Hospital Militar de San Ildefonso, que permaneció en funcionamiento hasta que fue sustituido por el nuevo hospital militar del barrio de Casablanca. El conjunto quedó así asociado durante aproximadamente siglo y medio a la asistencia sanitaria del Ejército.

La comunidad dominica fue suprimida del recinto con la desamortización de Mendizábal entre 1835 y 1836. La iglesia logró sobrevivir, pero las restantes dependencias conventuales fueron ocupadas y transformadas para usos militares.

Finalmente, en 1958 fue derribado casi todo el antiguo convento. La iglesia quedó como único resto significativo del enorme conjunto dominico. La desaparición de claustros, celdas, biblioteca y dependencias auxiliares alteró por completo el entorno original del templo. Todavía se puedes ver en las paredes exteriores algunos restos de estas construcciones.

Esa supervivencia aislada explica su importancia patrimonial: no es solamente una iglesia barroca, sino el último testimonio de uno de los grandes conventos de la Zaragoza anterior a la desamortización. Pero vayamos ahora a los cambios hacia Santiago el Mayor.

La antigua parroquia zaragozana de Santiago el Mayor se encontraba en la calle Don Jaime I. A comienzos del siglo XX estaba en mal estado y fue cerrada al culto; posteriormente sería derribada entre 1915 y 1916. En 1902, la parroquia de Santiago fue trasladada a la antigua iglesia conventual de San Ildefonso. Desde entonces San Ildefonso es el nombre histórico y artístico del edificio y Santiago el Mayor es su denominación parroquial moderna. Por eso ambas formas son correctas, aunque para hablar de su historia anterior a 1902 resulta más preciso llamarla iglesia del convento de San Ildefonso.

La cúpula original fue destruida por un rayo en 1860 y posteriormente reconstruida siguiendo el modelo barroco del templo. Entre 1964 y 1965 fue restaurada y revestida parcialmente con tejas vidriadas, aproximando visualmente su aspecto al de las cúpulas del Pilar. Las dos torres ofrecen una historia todavía más llamativa. Durante siglos quedaron rematadas a una altura mucho menor que la actual. En la década de 1970, Fernando Chueca Goitia añadió los cuerpos superiores, siguiendo una interpretación barroco-clasicista. No son, por tanto, completamente originales del siglo XVII.

Precisamente eso puede observarse en las imágenes que vemos arriba, que corresponden al estado anterior a la intervención de Chueca Goitia. Las torres aparecen bajas y truncadas, sin los remates elevados que actualmente dominan la avenida de César Augusto.

La iglesia de San Ildefonso o Santiago el Mayor es importante por reunir varias dimensiones de la historia zaragozana. Es el mayor templo barroco conservado de la ciudad; que constituye uno de los mejores ejemplos de unión entre arquitectura barroca y ornamentación mudéjar; y que guarda obras vinculadas a Francisco Bayeu y al nuevo gusto artístico del siglo XVIII.

Además, fue hospital durante los Sitios de Zaragoza y continuó como Hospital Militar; y es el único vestigio conservado de un enorme convento dominico, aunque destruido en el siglo XX como muchos edificios importantes de la historia zaragozana. Fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1975, protección que actualmente corresponde a la categoría de Bien de Interés Cultural.

Es pues uno de los edificios que mejor permiten leer cuatro siglos de historia de Zaragoza. La religiosidad y el poder conventual del Barroco, la tragedia de los Sitios, la desamortización, la presencia militar, la destrucción urbanística del siglo XX y la posterior recuperación del patrimonio.

26.7.26

Posadas de diligencias en la Zaragoza vieja


En el siglo XIX o incluso a comienzos del siglo XX, no era habitual que las personas nos moviéramos entre grandes distancias. Solo unos pocos tenían la necesidad de hacerlo, y nadie lo hacía por el placer de irse a otro lugar a pasar unos días. Lo habitual era que si acaso, se migrara a otro lugar de forma casi permanente y se dejara atrás todo lo demás.

Moverse más de 5 leguas (unos 30 kilómetros) era casi una osadía. Que, por cierto, sí hacían los poderosos, los ricos, los jóvenes con posibles. El resto, nada de nada. Y estos se movían en colleras, que eran más lujosas que las galeras. El carro o coche de colleras llevaba cuatro ruedas, grandes dimensiones y era tirado por varias caballerías.

Debemos entender que por entonces marchar era una osadía, pero si te había ido lejos, pensar en volver a tu origen una locura, pues no se sabía nada de la forma en que se podría volver desde la ciudad a la que habías llegado.

En Zaragoza había varias estaciones o posadas en donde llegar las diligencias, una en la entrada de Montemolín (así se llamaba el parador) en el actual cruce de Miguel Servet con San José y Compromiso de Caspe. Aquellos espacios, grandes, tenían fonda para las personas y los animales, aparcamientos y lugar de reuniones de todos los que intervenían en los viajes. Eran lugares que siempre estaban llenos de gente esperando. Y en este caso era más una Fonda Posada antes de entrar en la ciudad, para dejar reposara los animales o para cambiarlos y que entraran a la ciudad animales bellos y no muy cansados.

Las diligencias o las galeras no salían todos los días al mismo destino, sino en días alternos. Un día llegaban, el conductor y los animales dormían en la posada, y al día siguiente salían de nuevo para volver al destino, por ejemplo, Madrid. Eran viajes duros, las carreteras eran lentas, llenas de baches, con muchos golpes, y eran vehículos que además de personas llevaban carga, a veces hasta 300 arrobas de peso añadido. Hablamos de 3.500 kilos encima del vehículo, sin contar a las personas.

En la calle Don Jaime de Zaragoza, en el número 37 había una oficina de billetes para Madrid y el sur de España de la familia Forés, pero había más. Estaba la de Camilo Villoro que iba a La Muela y según dicen tenía más de 80 mulas de carga para 7 galeras, y también estaba la de Andrés y Hermanos. Ojo con la duración del viaje en ese siglo XIX, se habla de entre 3 a 7 días de duración del trayecto desde Zaragoza a Madrid, con constantes paradas para descansar. No ya las personas, sino sobre todo los animales.

También había desde Zaragoza trayectos hacia Barcelona, Fraga, Reus, Igualada, Valls, y además de en Montemolín en las afueras de Zaragoza, había también posadas en la calle Ariño que convertían en aquella zona en un gran trasiego de personas y animales. A su vez había servicios hacia Huesca, hacia "El Norte", Salamanca, Panticosa, Bajo Aragón o Valencia.

La Posada más importante era la llamada Fonda de Europa y Parador de Diligencias de Oriente. Estaba en la plaza de la Constitución, actual plaza de España. No era solamente una fonda y en el plano de Zaragoza de José Yarza de 1861 la identifica expresamente como: Parador de diligencias de Oriente y fonda de Europa. Estaba situada aproximadamente en el sector ocupado actualmente por el Banco de España.

Pero constan otras muchas como las de Fonda de las Cuatro Naciones en el Coso Alto, la de Postas Generales en el Coso Medio, Casa Marraco en la Plaza de la Constitución, Casa Sardaña en la plaza del Carmen, Posada de San Juan que iba a Épila, las que llegaban a la Plaza de Ariño que eran muchas, lo mismo que a la Plaza de Santa Engracia, la Posada de Santa Ana en la calle Mayor, la Posada de Santa Cruz que iba a Teruel, la Posada de los Huevos en la plaza del Pilar, la Posada del Blanco que estaba junto al Mercado e iba a numerosos pueblos cercanos, la Posada de los Reyes en la plaza del Pilar, la Posada de la Salina en el paseo del Ebro con capacidad para 60 animales, la Posada de las Almas o de la Ánimas en la calle San Pablo, la Posada de San Braulio especializada en transportes de soldados, aunque en realidad había bastantes más.

Eran Fondas para descansar las personas, pues muchos de ellos no se quedaban en Zaragoza y seguían viaje, pero a su vez, debían tener grandes espacios para cuadras, pues el trajín de animales era enorme, pues no solo descansaban y se alimentaban, sino que se intercambiaba.

Lo normal a mediados del siglo XIX era un precio de unos 30 duros ir a Barcelona o Madrid, en un viaje que duraba sobre los 3 días y 2 noches. Ese precio era el equivalente a un alquiler modesto de una vivienda durante varios meses. Un precio solo disponible para pocas familias adineradas. Aparte estaba el precio de las comidas y dormidas.

Ojo que no era nada cómodo, pues hablamos de vehículos que podían llevar 20 personas en su interior. Entre estas dos ciudades y Zaragoza, se cambiaba de animales unas 18 veces en diferentes posadas. Una de ellas, las que todavía podemos recordar es la llamada La Venta de los Caballos cerca de Zaragoza. Eso nos da una idea de los kilómetros que podían recorrer cada tira de animales. Hacia Barcelona la primera parada para cambiar de animales se hacía en la Puebla de Alfindén.

Los conductores cobraban muy poco sueldo, sobre unas 4 pesetas al día, iban con un aprendiz o un zagal joven, y vivían más de las propinas y de los apaños con pequeños contrabandos que del sueldo que cobraban.

Los tiempos del viaje eran muy teóricos, dependía del tiempo, las lluvias, los barros, los accidentes, los propios caballos, etc. Y la llegada era algo no previsible, pues los retrasos no eran de horas, sino de días.

La llegada del ferrocarril a Zaragoza en 1861-1863 redujo las grandes diligencias hacia Madrid y Barcelona, pero no eliminó las posadas ni las galeras regionales. Estas continuaron atendiendo las comarcas sin ferrocarril. Las últimas diligencias que vinieron a Zaragoza eran las de los trayectos de Alcañiz, Belchite y Cariñena.

El tren no llegó a Jaca hasta 1893 y a Teruel hasta 1902. Por eso el transporte de mulas, ordinarios y galeras siguió teniendo importancia durante prácticamente todo el siglo XIX.







Pequeña historia de los autobuses en Zaragoza


La historia de los autobuses urbanos de Zaragoza es la de un medio de transporte que nació primero como complemento del tranvía, y que tuvo una primera etapa muy débil, casi testimonial, para luego convertirse en la base del transporte urbano cuando tranvías y trolebuses fueron desapareciendo de Zaragoza. 

Curiosamente existen más trabajos que han estudiado la historia del tranvía en Zaragoza, que se hayan dedicado a estudiar la de los autobuses urbanos.

Podríamos remontarnos todavía más en el tiempo, y hablar de servicios de diligencias de años anteriores a los que ahora voy a comentar, algo que suena antiquísimo, pero que servían para dar servicio hacia las afueras de la ciudad tanto de personas como de mercancías. 

No había tren y las distancias largas se efectuaban con galeras y diligencias, que también daban servicio en la ciudad, pero no eran utilizadas para moverse entre sus zonas interiores, pues eran pequeñas las distancias. 

De esto hablaré en otro momento. Vayamos pues a los autobuses de Zaragoza.

La historia del transporte colectivo urbano en Zaragoza arranca antes de la llegada del autobús. Los primeros servicios para clientes en plural datan del año 1885 con los tranvías de sangre tirados por animales, después electrificados a partir del año 1902. 

Durante décadas el tranvía fue el gran eje del sistema, con una red radial que llegó a tener en sus momentos de más uso hasta 17 líneas. El autobús apareció después que el tranvía, no para sustituirlo en un principio, sino para apoyarlo.

La primera noticia documentada de un servicio de autobús en Zaragoza se remonta a 1906, cuando se pidió permiso para un “ómnibus automóvil” entre la plaza del Pilar y la Playa de Torrero. Se habla de un proyecto de autobús urbano zaragozano solicitado el 12 de diciembre de 1906. Felipe González del Castillo solicitó autorización municipal para establecer un «ómnibus automóvil». Plaza del Pilar – Playa de Torrero. El vehículo debía llegar hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores pero no funcionó durante mucho tiempo.

Aun así, la implantación real fue lenta y la primera línea aprobada por el Ayuntamiento en 1907 no llegó a materializarse. La verdadera red de autobuses urbanos comenzó a tomar forma ya en los años veinte del siglo XX.

A principios de los años veinte se puso en marcha la primera línea urbana, de forma casi testimonial. En los años treinta ya existía una red con cierta relevancia, explotada por varias compañías, y entre esas líneas estaba la que a veces he nombrado “Línea del Ensanche” más otros recorridos urbanos ligados al crecimiento de la ciudad de Zaragoza. Recordemos que a su vez existía una red de servicios de tranvías.

Esa red de autobuses coexistía pues con los tranvías y servía como complemento en los barrios donde el tranvía no llegaba con la misma flexibilidad. Zaragoza crecía y era mucho más barato y sencillo poner servicio de autobuses que de tranvías.

Tras la Guerra Civil, esa primera red de autobuses de Zaragoza quedó muy debilitada y prácticamente desapareció al suprimirse líneas que coincidían con los servicios tranviarios. Se había construido de una forma un poco caótica en su diseño.

En la práctica, el sistema urbano volvió a organizarse sobre todo alrededor del tranvía, mientras el autobús quedaba en segundo plano. La presión de la empresa de tranvías también era importante para que su negocio no decayera a favor del autobús.

La gran consolidación de los autobuses urbanos en Zaragoza llegó a partir de 1955, cuando la concesionaria histórica de los tranvías empezó a explotar ya una red de autobuses propia. 

A partir de entonces, el autobús dejó de ser algo secundario y pasó a convertirse en el soporte más flexible del transporte urbano. En esa época convivió el autobús con el trolebús, que tuvo solo tres líneas y una vida más breve, entre 1951 y 1975. 

El trolebús, de uno y de dos pisos, era un sistema muy interesante que nunca quiso Zaragoza explorar de forma importante. Tiene las ventajas eléctricas del tranvía y además la versatilidad de que no necesita un trayecto excesivamente fijo por la anchura de las calles, permitiendo que en caso de averías o problemas, fuera sencillo moverlo sin paralizar el servicio.

El autobús fue ganando peso porque era más económico y versátil para el tráfico rodado que el tranvía. Cuando este entró en decadencia, el autobús ocupó su lugar poco a poco, especialmente tras la supresión de todas líneas tranviarias a partir de 1971 y la desaparición final del tranvía antiguo en el año 1976. Después de eso, la red de autobuses quedó ya como la columna vertebral del transporte urbano en Zaragoza.

Desde aquellos años y con el crecimiento importante de la ciudad de Zaragoza, la red se ha ido modernizando con vehículos articulados, accesibles, con piso bajo, aire acondicionado, billetaje electrónico y sistemas de información en tiempo real. La lógica se ha impuesto y hoy el autobús urbano ya no es solo un apoyo del tranvía, sino una red principal y muy extensa.

Volvamos un momento a esa Zaragoza en expansión, donde los autobuses servían para conectar nuevos barrios y áreas de crecimiento urbano y que el tranvía no cubría igual de "barato". 

Ese tipo de línea era típico de una ciudad que empezaba a desbordar su casco más compacto y necesitaba transporte más flexible hacia los barrios a veces construidos después de grandes extensiones de campos de labor como en Las Fuentes. Hagamos un pequeño resumen de la evolución.

1885: empiezan los tranvías de mulas.

1902: surge el tranvía electrificado.

1906–1907: primeras iniciativas de ómnibus automóvil, aún sin consolidación.

Años 20: arranca la primera línea de autobús urbano real.

Años 30: ya existe una pequeña red, con líneas como la del Ensanche.

1940s–50s: retroceso y reordenación; luego consolidación de la red moderna.

1955 en adelante: el autobús urbano se convierte en sistema estable.

1976: desaparece el tranvía antiguo y el autobús queda como red central.

En el año 1925 ya funcionaban al menos dos líneas regulares de autobuses. La Línea 1: «Por Ruiseñores» y en donde el vehículo llevaba claramente el número 1 y el letrero Ruiseñores. Se trataba de una línea regular que subía hasta el Canal Imperial por el paseo de Ruiseñores. Y la Línea 2: «Por Acacias» que subía al Canal por Cuéllar, pasando por la barriada entonces conocida como Acacias. Era un autobús de dos pisos —descrito entonces como ómnibus con imperial— y también de la marca Lancia. No tengo seguridad de que fuera un servicio doble, ni de su duración en el tiempo.

Durante los años 1932 a 1936 funcionó una línea llamada de Oliver. Iba hasta el Barrio Oliver desde la plaza de la Constitución, actual plaza de España. Se trataba de un servicio importante porque Oliver estaba todavía separado físicamente de la ciudad consolidada y carecía de tranvía. La línea solamente funcionó hasta 1936.

La red privada de autobuses urbanos en Zaragoza se inició claramente a partir del año 1934. La prueba más reveladora procede de un artículo publicado el 24 de julio de 1934 en Solidaridad Obrera, durante una huelga de los trabajadores del transporte.

El periódico habla de dos empresas, denominadas: Delicias y Ensanche. Y se puede saber que el servicio «Delicias» iba hasta el barrio de Delicias y al llamado Manicomio.

Y la empresa «Ensanche» se movía hacia lo que se consideraba entonces Ensanche, que era la zona de Gran Vía y hacia el Barrio de San José. Como es lógico suponer, no hablamos solo de dos líneas de autobuses, sino de dos empresas. En el caso de la empresa llamada Ensanche, debería tener al menos dos líneas para dar servicio entre las zonas de Gran Vía, Parque y San José.

En julio de 1934 funcionaban al menos cinco servicios privados diferenciados, a los que habría que añadir la línea de Oliver, activa desde 1932 hasta 1936. Por consiguiente, hacia 1934 Zaragoza podía contar con un mínimo de seis servicios regulares de autobús urbano, aunque dependientes de diferentes concesionarios y no integrados en una red única.

El servicio a San José es especialmente interesante porque antecedió en su trayecto al tranvía de San José. Tras la desaparición de la red privada de autobuses a finales de los años 30, se implantó nuevamente un servicio de autobuses en el barrio el 18 de noviembre de 1942. Finalmente, el 30 de agosto de 1945 fue sustituido por la línea 13 del tranvía, que comunicaba el entorno del Teatro Principal con la avenida de San José.

Los autobuses anteriores a la Guerra Civil no se limitaban siempre a cubrir lugares sin tranvía. En algunos casos complementaban, reforzaban o incluso competían con recorridos tranviarios ya existentes. Precisamente después de la guerra se eliminaron muchos servicios privados que coincidían con las líneas del tranvía.

La empresa Delicias explotaba también la denominada Línea del Manicomio. Su destino era el antiguo Manicomio Provincial situado en la zona del Terminillo, aproximadamente en el sector del actual parque de las Delicias y la calle de Franco y López, hoy entorno de Duquesa Villahermosa y Ciudad Jardín.

Entró en servicio durante los años treinta y parece que desapareció en 1934, posiblemente en el contexto de las huelgas y dificultades de aquellas pequeñas empresas privadas. No he encontrado confirmación suficiente de su cabecera central ni de todo su itinerario.

Este corredor también tuvo una historia posterior muy significativa. En 1944 se creó un tranvía provisional entre plaza de España y Terminillo. En 1945 fue sustituido por un autobús provisional Plaza de España–Terminillo. El autobús funcionó hasta el 7 de mayo de 1951. 

Al día siguiente comenzó el primer trolebús de Zaragoza, la línea Terminillo, entre Independencia junto a Correos y la iglesia de Santa Engracia y la calle Delicias. Este trolebús era de dos pisos.

La pequeña red de compañías privadas de autobuses urbanos de Zaragoza desapareció prácticamente tras la guerra suprimiendo especialmente las líneas que coincidían con servicios tranviarios. 

Posteriormente, una filial de la concesionaria Los Tranvías de Zaragoza, S. A. comenzó a prestar algunos servicios de autobús, pero varios de ellos fueron concebidos como soluciones provisionales y terminaron sustituidos por tranvías o trolebuses.

En mayo de 1955 comenzó la red moderna de autobuses de la concesionaria con la llamada Línea 21. Se eligió esa numeración para diferenciar los autobuses de las líneas de tranvía, que utilizaban los números inferiores, comenzando los autobuses con este 21. Por eso a veces las fuentes la llaman «La primera línea de autobuses de Zaragoza», pero esa denominación deja fuera de su relato a las compañías privadas de los años veinte y treinta.

A veces encuentro algo de información sobre supuestas líneas anteriores a la Guerra civil que daban servicio al Arrabal, Casablanca o Torrero pero no tengo documentación suficiente. De momento no he encontrado pruebas que permitan incluirlas como líneas regulares de autobús de los años treinta.

En los años 60 del siglo XX el autobús coexiste con el trolebús y el tranvía en una ciudad que va creciendo mucho. Y el propio autobús gana cada vez más servicios y líneas, hasta que a partir de 1971 se empiezan a cambiar líneas de tranvías por líneas de autobuses. El trolebús desapareció en el año 1975 y el tranvía antiguo en 1976.

Nota.: Os dejo una imagen coloreada, copiada de la página web de Facebook de Memoria Viva, a la que agradezco la creación de esta bella imagen.