A principios del siglo XX, con el comienzo de la aventura automovilística, las gentes de bien paseaban con sus carruajes por las afueras de la ciudad de Zaragoza, recorriendo las zonas de huerta, respirando el buen cierzo cuando lo había o recibiendo el sol suave del atardecer cuando el calor apretaba. Las familias con posibles empezaban a utilizar el coche como ocio para ir a lugares más lejanos, pero sin abandonar la ciudad.
Unos de los barrios preferidos para pasear era Torrero, a donde subían a divisar Zaragoza y ver la silueta de sus torres, para después bajar siempre desde el canal por el barrio de Montemolín, para tener como fondo de sus miradas las torres del Pilar.
En ese paseo se encontraban y hacían parada en lo alto del Cabezo, en la finca Vista Hermoso, en donde estaba el restaurante de D. Justo Mata, que daba servicio de bar además del de bodas y banquetes. Era pues un entretenimiento de las gentes viajeras de la ciudad: pasear y conocer la nueva obra del Canal Imperial mientras disfrutaban de su nueva adquisición.
Entre Miraflores y los Montes de Torrero, esta Valderrugiana. Este emplazamiento, atravesado por el Canal Imperial, y casi cortado en dos por él, es todavía hoy un lugar lleno de pinos y vegetación, en donde las gentes de principio del siglo XX acudían con sus primeros coches de caballos de excursión, como el que va hoy a Salou o al Valle de Ordesa.
Desde principios de siglo, y hasta los años 60 de nuestro siglo nos movíamos por las afueras, que no hay que disimular ni tener reparos en decir que hasta hace bien poco íbamos de campo zaragozano los domingos y fiestas de guardar.
Durante las décadas de 1910, 1920 y especialmente los años 20, muchas familias acomodadas comenzaron a considerar el automóvil como un elemento habitual de su patrimonio. No era todavía un objeto "normal", pero sí relativamente frecuente entre médicos prestigiosos, abogados importantes, comerciantes de éxito, propietarios agrícolas, fabricantes o familias burguesas de nuestra ciudad. En aquellos años tener coche era como tener yate hoy en día.
¿Quién recuerda todavía los grandes grupos de gentes que atravesando parte de Montemolín y todo el de Las Fuentes se adentraban hasta el Soto de Cantalobos a pasar todo el festivo, en donde montaban comidas y cenas, piscinas naturales y casetas de juegos para niños, juegos de cartas y charlas de amigos hasta bien entradas las noches de verano?
Aquellos fines de semana en Cantalobos duraron hasta los años 70 aunque bajó el nivel económico de los asistentes de principio de siglo, para ser los habitantes del populoso barrio de Las Fuentes los que más utilizaban ese soto natural.
Se acudía también en estas décadas de mitad de siglo pasado al pintoresco lugar de Valderrugiana, hoy ya sucio y llenos de basurillas, pero todavía muy frecuentado por excursionistas de bicicleta y de gran andada a lo bravo, bien desde la Avenida de América, bien desde San José, campo a través.
Era la zona del sureste zaragozano precursora como zona de paso del dominguero actual hacia el campo a pasar los domingos. Conoció de cerca desde mediados del pasado siglo XX las primeras tentativas de libertad para el fin de semana, en aquellas todavía jornadas laborables de excesivas horas semanales.
Por ello no es difícil adivinar que los viajeros de aquella época que paseaban por las afueras zaragozanas en días laborables y con sus primeros coches eran gentes de posibles, y de poco trabajo que hacer. Por aquellos años de mitad del siglo XX era habitual trabajar todo el sábado, e incluso a veces algunos domingos por la mañana.
Los menos atrevidos se quedaban en las esclusas del Canal, mientras que los que tenían ganas de hacer casi escalada, se adentraban por las cuestas de los pequeños montículos, hasta encontrar la meta, que era una caseta de adobe, que había al final de la zona, y de la que todavía quedan las ruinas.
Durante las décadas de 1910, 1920 y especialmente los años 20, muchas familias acomodadas comenzaron a considerar el automóvil como un elemento habitual de su patrimonio. No era todavía un objeto "normal", pero sí relativamente frecuente entre médicos prestigiosos, abogados importantes, comerciantes de éxito, propietarios agrícolas, fabricantes o familias burguesas de nuestra ciudad. En aquellos años tener coche era como tener yate hoy en día.
¿Quién recuerda todavía los grandes grupos de gentes que atravesando parte de Montemolín y todo el de Las Fuentes se adentraban hasta el Soto de Cantalobos a pasar todo el festivo, en donde montaban comidas y cenas, piscinas naturales y casetas de juegos para niños, juegos de cartas y charlas de amigos hasta bien entradas las noches de verano?
Aquellos fines de semana en Cantalobos duraron hasta los años 70 aunque bajó el nivel económico de los asistentes de principio de siglo, para ser los habitantes del populoso barrio de Las Fuentes los que más utilizaban ese soto natural.
Se acudía también en estas décadas de mitad de siglo pasado al pintoresco lugar de Valderrugiana, hoy ya sucio y llenos de basurillas, pero todavía muy frecuentado por excursionistas de bicicleta y de gran andada a lo bravo, bien desde la Avenida de América, bien desde San José, campo a través.
Era la zona del sureste zaragozano precursora como zona de paso del dominguero actual hacia el campo a pasar los domingos. Conoció de cerca desde mediados del pasado siglo XX las primeras tentativas de libertad para el fin de semana, en aquellas todavía jornadas laborables de excesivas horas semanales.
Por ello no es difícil adivinar que los viajeros de aquella época que paseaban por las afueras zaragozanas en días laborables y con sus primeros coches eran gentes de posibles, y de poco trabajo que hacer. Por aquellos años de mitad del siglo XX era habitual trabajar todo el sábado, e incluso a veces algunos domingos por la mañana.
Los menos atrevidos se quedaban en las esclusas del Canal, mientras que los que tenían ganas de hacer casi escalada, se adentraban por las cuestas de los pequeños montículos, hasta encontrar la meta, que era una caseta de adobe, que había al final de la zona, y de la que todavía quedan las ruinas.
Era llamada La Caseta, y a su caliente chimenea se habrán contado más de una batallita en tardes oscuras o de frío. Entonces se hablaba, se intercambiaban miradas y chorizo con pan de pueblo, y se bebía en bota de las de verdad, de las forradas en su interior de pez.
Estos primeros domingueros, solían acudir a tomar los soles de la primavera y del otoño, pero nunca los del verano, pues aguantar en aquella inhóspita zona en plena canícula, es cuando menos para premio. Posiblemente los pájaros no acudirían ni a por las migas. Aunque es cierto también, que en aquellas décadas los calores de Julio y Agosto eran menores que los actuales.
Se jugaba al fútbol, a la baraja o a un recién inventado balonvolea. O se hacían excursiones de iniciados boyscout para montar sus primeros campamentos con cañas y ramas. En los domingos de más personal, acudía siempre alguien a vender gaseosas con cerveza, y me imagino que con porrón.
Mientras, los chavales más osados se acercaban al Canal, a la zona llamada de Las Cuevas, a jugar a escondecucas o a médicos, según la edad. Esta zona, muy cercana al Canal, es como una imagen de la tierra de la Luna, por lo seco y calcáreo, pero desde luego sí era una zona original y natural.
Los osados en lo físico, se remojaban en las aguas que bajaban, siempre atentos a no ser vistos por el guardia, so pena de sufrir cuando menos una buena reprimenda. Eran los atractivos festivos de hasta la mitad de este siglo, cuando el Seat 600 todavía no había conquistado las carreteras.
Volvamos “pa” tras un poco y contemos alguna anécdota, sacada de notas externas para amenizar.
En abril de 1909, las trabajadoras del lavadero cercano a Montemolín y las Fuentes, situado en la entrada de Miguel Servet nada más cruzar el río Huerva, llamado "Lavadero de la "Señá" Benita", se rebelan contra su dueño/a.
No les parece nada bien las medidas que se han tomado contra el encargado que las dirigía, que ha sido despedido sin estar de acuerdo los trabajadores en su mayoría mujeres con dicha medida. Al final se arreglan las cosas sin llegar a mayores, empleando el dialogo, cosa importante pues si los trabajadores en huelga eran muy a tener en cuenta por aquellos años, las mujeres lo eran todavía más por su carácter fuerte.
Eso era amor de compañeras hacia su encargado, para dolor de los actuales mandos intermedios que nadie aprecia. Ni sus jefes ni los compañeros.
Estos primeros domingueros, solían acudir a tomar los soles de la primavera y del otoño, pero nunca los del verano, pues aguantar en aquella inhóspita zona en plena canícula, es cuando menos para premio. Posiblemente los pájaros no acudirían ni a por las migas. Aunque es cierto también, que en aquellas décadas los calores de Julio y Agosto eran menores que los actuales.
Se jugaba al fútbol, a la baraja o a un recién inventado balonvolea. O se hacían excursiones de iniciados boyscout para montar sus primeros campamentos con cañas y ramas. En los domingos de más personal, acudía siempre alguien a vender gaseosas con cerveza, y me imagino que con porrón.
Mientras, los chavales más osados se acercaban al Canal, a la zona llamada de Las Cuevas, a jugar a escondecucas o a médicos, según la edad. Esta zona, muy cercana al Canal, es como una imagen de la tierra de la Luna, por lo seco y calcáreo, pero desde luego sí era una zona original y natural.
Los osados en lo físico, se remojaban en las aguas que bajaban, siempre atentos a no ser vistos por el guardia, so pena de sufrir cuando menos una buena reprimenda. Eran los atractivos festivos de hasta la mitad de este siglo, cuando el Seat 600 todavía no había conquistado las carreteras.
Volvamos “pa” tras un poco y contemos alguna anécdota, sacada de notas externas para amenizar.
En abril de 1909, las trabajadoras del lavadero cercano a Montemolín y las Fuentes, situado en la entrada de Miguel Servet nada más cruzar el río Huerva, llamado "Lavadero de la "Señá" Benita", se rebelan contra su dueño/a.
No les parece nada bien las medidas que se han tomado contra el encargado que las dirigía, que ha sido despedido sin estar de acuerdo los trabajadores en su mayoría mujeres con dicha medida. Al final se arreglan las cosas sin llegar a mayores, empleando el dialogo, cosa importante pues si los trabajadores en huelga eran muy a tener en cuenta por aquellos años, las mujeres lo eran todavía más por su carácter fuerte.
Eso era amor de compañeras hacia su encargado, para dolor de los actuales mandos intermedios que nadie aprecia. Ni sus jefes ni los compañeros.
Julio Puente

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