Aquella peste que casi asoló Zaragoza vino desde el Mediterráneo, posiblemente desde la zona de Cataluña y Valencia, y entró en Aragón por las tropas militares de aquellas épocas, por la guerra que había en Cataluña junto a las malas cosechas y al hambre imperante en aquellos años.
Desde la zona de Caspe y Alcañiz es por donde entró en Zaragoza aquella enfermedad. Las autoridades municipales intentaron medidas que hoy nos resultan familiares. Cierre de puertas, cuarentenas y aislamiento, lazaretos para los enfermos contagiados y controles de viajeros con prohibiciones de movimientos en algunos momentos. Incluso se habilitaron hospitales improvisados fuera del casco urbano de aquella Zaragoza, para mitigar los contagios.
Existe un testimonio escrito que es excepcional, el “Tratado de la peste de Çaragoça en el año 1652”, escrito por el cirujano aragonés José Escriche, que trabajó en el interior del lazareto de los capuchinos cerca de la Puerta del Carmen.
Es uno de los documentos médicos más importantes para conocer cómo se vivió la epidemia en nuestra ciudad, qué síntomas observaban, cómo trataban a los enfermos, y cómo funcionaba Zaragoza durante el desastre.
Y contiene escenas muy duras, como los relatos de familias enteras desapareciendo, médicos muriendo, fosas comunes en Zaragoza para poder enterrar con seguridad a los fallecidos y miedo constante al contagio. Sobre todo, en ese último año de 1652, inmersos todos en una grave crisis económica y de subsistencia, guerras y sobre todo agotamiento moral.
Durante meses, Zaragoza vivió prácticamente en estado de excepción, y cuanto más se estudia aquel episodio, más se descubre una ciudad aterrorizada, improvisando medidas dentro de sus pobres conocimientos sobre la enfermedad y la sanidad, una sociedad profundamente religiosa que a veces pesaba que era un mal divino que venía como castigo, una ciudad médicamente muy limitada, pero sorprendentemente organizada para la época, lo que saló muchas vidas.
Era una Zaragoza todavía encerrada dentro de murallas, muy densa pues era pequeña de extensión, con calles estrechas y alcantarillado muy deficiente lo que actuaba como animador de la enfermedad, con muchos animales viviendo dentro del casco urbano lo que provocaba abundante suciedad y aguas estancadas sobre todo en periodos de lluvias.
El Concejo o Ayuntamiento de Zaragoza fue la autoridad civil principal. Tomó decisiones sobre el cierre de puertas y el control de viajeros en según qué días y horas, amplió sus servicios de limpieza urbana, intentó controlar el abastecimiento de agua, creó nuevos servicios de enterramientos y de hospitales, y amplió la vigilancia sanitaria, actuando como un gobierno de emergencia.
La otra institución que también trabajó en mitigar esta peste fue la Diputación del Reino de Aragón, que inició severos controles en los caminos de entrada y salida a nuestra ciudad, aislando pequeñas localidades del entorno, vigilando el movimiento de mercancías y de personas para que la enfermedad no se propagara. No era fácil, pues a los movimientos de los soldados, había que sumar el de los comerciantes, los peregrinos y los de animales de carga y transporte, pues no existía una información segura y clara de los motivos de los contagios.
Los conventos y parroquias también ejercieron un enorme trabajo de control, a través de los hospitales religiosos, de los conventos e incluso desde los vecinos que, organizados en cofradías, ayudaban a defenderse de la enfermedad como creían saber. Como se sospechaba que todo aquella era un castigo divino, se realizaron procesiones, rogativas, misas especiales, sobre todo invocando a San Roque, a San Sebastián y sobre todo a la Virgen del Pilar.
Se crearon algunas "morberías" lazaretos u hospitales especiales y fuera del caso urbano, para atender a los contagiados. El más reconocido estuvo en la zona de la Puerta del Carmen, gestionado por los capuchinos que recogían a los enfermos de la ciudad y los sacaban fuera de la misma, para que no siguieran contagiando. Aquel Convento de los Capuchinos que tantas vidas salvó del interior de la ciudad al evitar más contagios, quedó destruido en los Sitios de Zaragoza.
En aquel año tan especial, se llegó a aislar ya no solo viviendas enteras, sino casas y calles enteras para evitar contagios, cerrando el paso de salida y entrada en algunas zonas de barrios interiores de Zaragoza. Prohibición tanto de movimientos de personas como de mercancías y animales, y sobre todo de viajeros y carros.
Se creía que la peste viajaba en “malos aires” o “miasmas” y por eso se quemaban ropas, se ventilaban casas como en el COVID19, se encendían hogueras aromáticas y se usaban vinagres como desinfectantes de manos y ropas, y también diversas hierbas como el romero, el enebro, el incienso o las manzanillas. Se intuía que el contagio se producía por el contacto cercano entre personas, por la suciedad y posiblemente por el aire respirado de los alientos de las personas con más relación.
Los síntomas de aquella enfermedad encajan claramente con la peste bubónica y en algunos casos septicémica o neumónica. Con la aparición de unos bultos dolorosísimos, con inflamaciones negras o violáceas normalmente en las ingles, axilas, y zonas del cuello. Llegaba una fiebre muy intensa, a veces delirios por la propia fiebre y con alucinaciones, sudores muy altos y un agotamiento tremendo. A las manchas de la piel, negras casi siempre, le seguían hemorragias internas y una necrosis ya imposible de curar. Por eso a toda esta enfermedad se le ha denominado "La muerte negra". La muerte sobrevenía entre las pocas horas y a lo sumo dos o tres días, sin que se pudiera hacer nada por los enfermos.
La medida más útil para paliar la enfermedad y para vencerla fue el aislamiento. Todo lo demás no sirvió. Ni pomadas, ni purgas, ni hierbas medicinales ni sangrías en las zonas negras. Y sobre todo a esta enfermedad le atacó mucho el mal moral de creer que era un problema que se recibía como un castigo divino.
Las familias tenían que abandonar a veces a sus enfermos, para ser llevados a otros lugares y sin poderlos ya nunca más visitar, no se podían ayudar entre los vecinos y familiares por el cierra de algunos edificios, había sospechas incluso de que afectaba más a los pecadores, y por eso se cortó toda relación entre personas para evitar contagios. No se entraba en las casas de los vecinos, no se tocaban objetos que no fueran propios, no se iba a los funerales, no se comía nada que no fuera cocinado por la propia familia, etc.
La fatalidad era el camino que se tomaba como la respuesta lógica ante lo que se consideraba un castigo divino. No se podía hacer nada que no fuera rezar y pedir perdón. El menos las autoridades municipales de aquel momento en Zaragoza, sí creyeron que se podía hacer algo más que rezar, y supieron organizar de forma muy urgente y rápida una defensa de aquella pequeña ciudad, con hospitales en las afueras, con aislamiento y control de personas y mercancías.
Julio Puente

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