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17.2.26

Ebro 9: La producción energética y de papel, en el Valle del Ebro


Aun leyendo con atención todo escrito que producen mis compañeros fijos o eventuales de columna de opinión he de confesar que por amistad e interés temático disfruto especialmente del magisterio predicado en términos accesibles en materia de microeconomía doméstica a lo José Luis Sampedro que nos regala Miguel Ángel Otín y la serie temática sobre pasado industrial aragonés, cines, patrimonio ferroviario y afectivo de José Garrido.

Sin llegar a su profundidad de análisis y claridad de exposición, compuse para mi guía del Ebro un texto-ficha general que quiero compartir. Puesto que Zaragoza oficia como metrópolis no solo aragonesa sino punto de referencia del valle medio del río y su importancia industrial y de servicios desborda enfocarla como solamente aragonesa. Es más, se entiende mejor la agroalimentación del este oscense y trazamos un compás de dinamismo de 60 kilómetros descansando su punta en Lérida y que la de grafito rodee “les terres de Llevant”.



La cuenca del Ebro es un territorio compuesto por fondos de valle, somontanos y montañas, no muy poblado en términos de densidad por kilómetro cuadrado.

Las poco abundantes precipitaciones, el viento y el frío parecen las causas. Sin embargo es un territorio que sí es rico en agua gracias a los afluentes que bajan de las montañas y cordilleras que lo enmarcan. Además de sano en términos climáticos con el cierzo como fungicida natural.

Ello lo ha convertido históricamente, desde la colonización romana, en granero de especies alimentarias ricas en calidad de proteína y azúcar por la insolación. Con pocas ciudades mercado como cabeceras, se reveló el valle como territorio apto para el asentamiento de colonos en villas. Tras ello, en ubérrima huerta árabe en la larga pero escasa en anchura cinta regable de cada mejana del Ebro y sus afluentes. Un Nilo ibérico en toda regla, fertilizado cada año hasta el represamiento de sus aguas de deshielo bárbaras por los pantanos del Ebro y en sus poderosos afluentes de Ullibarri-Ganboa, Itoiz y Yesa que tantas avenidsa y destrucción de Tudela al sureste han contenido.



Solo a partir de mediados del siglo pasado el valle que representa el mapa de la Confederación Hidrológica del Ebro, y que no incluye al centro-sur del territorio turolense, fue transformado y planificado por su abundancia de suelos y agua, como la principal reserva logística española, la referencia aeroportuaria de mercancías del sur europeo, demarcación líder en la producción de energías renovables y primera sede de las industrias papelera, química a partir de la alcoholera por abundancia del cultivo de remolacha y nuclear de toda la Península. Dado que a su alrededor y en menos de dos horas habitan veinte millones de personas en las costas peninsulares o el conglomerado metropolitano de Madrid, todo ello se fabrica o genera con ellos como seguros consumidores, del mismo modo que sucedió con la industria cárnica que hoy se expande como producto de exportación fundamental en la Ruta de la Seda ferroviaria, uno de cuyos nudos principales es el puerto secto de Zaragoza.

Considerar en términos energéticos el tramo fluvial del Ebro burgalés es tener que citar necesariamente la primera central nuclear española: la construida en Santa María de Garoña entre Frías y Miranda. Fue promovida en uno de los sinuosos meandros de este curso alto de aguas puras a mediados de los 60, cesó en su actividad en la pasada década y utilizaba para refrigerar su complejo reactor de General Electric un canal de derivación de las aguas del río padre, que calentaba durante algunos kilómetros tras su paso hasta convertir las aguas del embalse de Sobrón en casi termales por temperatura.



Cuestión semejante, pues se necesita un importante curso para su refrigeración, sucedió con la elección y construcción de las centrales nucleares tarraconenses de Ascó I y II y Vandellós. Las primeras se erigieron con tecnología alemana, reactores Siemens, en la margen derecha del río en la comarca de la Ribera del Ebro que comienza al sureste de la presa de Riba-Roja. La ubicación se halla próxima a la célebre por literaria comarca de la Terra Alta y a las localizaciones y escenarios de la Batalla del Ebro. Musealizados en Fayón, Pobla de Massaluca y el museo memorial y centro de estudios de la batalla sitos en Gandesa.

Las centrales tarraconenses de Ascó se proyectaron y ejecutaron en los años 80 del pasado siglo, inaugurándose por el primer gobierno socialista de la Transición en medio de enconadas y apasionadas reacciones anti nucleares. Vivir para ver, la localidad citada, para mantener su población y empleo industrial, se ha auto postulado como sede de un almacén de residuos radiactivos.

Cercana a ella, y recogiendo su tradición industrial, se halla la, en su día, muy contaminante industria química de la población de Flix. Villa sita en un meandro del Ebro, en latín “flexu”, aprovechó la producción hidroeléctrica de Mequinenza-Ribarroja, la abundancia de lignito próxima y su ubicación y estación de la vía férrea Zaragoza-Barcelona (línea de Mora de Ebro) para industrializarse. Siendo sede de la mítica Ercros, que nos encontramos asimismo en la oscense Sabiñánigo, a orillas del Ebro se produjeron para toda España y Europa aquellos insecticidas tipo flit que se bombeaban para conseguir que el DDT fuera esparcido o rociado. La casi total homonimia flix-flit produjo que en España se dijera “pásame el flix” cuando se enronaban las cocinas de moscas.



Dentro del valle del Ebro, las industrias papeleras y cartoneras se concentraron y concentran especialmente en Aragón, Zaragoza y Alcolea de Cinca, como también produjeron la industrialización de la merindad navarra de Sangüesa, aprovechando las caudalosas aguas del binomio río Aragón-río Irati. Su papelera, en la que trabajó toda mi familia como primer empleo industrial, cocía papel gracias a contar con canal propio de alimentación, dejando un olor característico en la ciudad en tantos días de bochorno de verano en que nos refrescábamos saltando a la presa.

Hoy y en el futuro, el hidrógeno y energías renovables son las opciones que van a ocupar los cabezos y secanos de yeso del valle central, puesto que son pocos los que están protegidos. En la comarca de Monegros, a ambos lados de la Sierra de Alcubierre, existe una fuerte oposición de su población y agricultores a que sus páramos y sierras sean parque nacional.

Sin embargo, en la planicie de La Fueva de la montaña oscense se produjo un reciente importante rechazo a ocupar el paisaje con acumuladores subterráneos de baterías, de esos que nos van a meter en el Aragón vaciado para dizque sostener el precio de la luz y evitar apagones.

La batalla por liberarse de las opciones de desarrollo que necesitan una ocupación intensiva del espacio no puede darse en igualdad por los habitantes de los territorios sin población, sin asociaciones ni participación ciudadana, parcialmente vendidos a los intereses o aburridos de que expresarse en un procedimiento de información pública requiera altos costes en peritos y abogados.

La producción de energía y su consumo del suelo siempre fue preferente por motivos legales al urbanismo, hubo que batallar para que el Pirineo cobrase los IBI de las presas que soportan, no atiende al patrimonio paisajístico ni inmaterial. Se resume en una papelera SAICA 2 de casi un kilómetro de extensión en plena huerta romana que nos regala las mejores cebollas del Imperio.

Todo esto sin energía ni luz gratuita para los emprendedores y habitantes del Valle del Ebro. Quizá deberíamos volver a los molinos con centrales que dieron luz gratuita a partir de pequeños saltos a Jaca o Ansó, y con el sobrante se pagaron las becas de los que valían, porque querían, estudiar.

Si repoblamos Aragón con un 15% de población venida de fuera de Europa, hay que dar el salto que se ha dado en vida privada de que estas becas a estudiantes locales y las tarjetas gratis para cazar las puedan disfrutar como vecinos.

16.02 Luis Iribarren

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