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3.1.26

Alfonso XIII se presenta en Zaragoza


En las Fiestas del Pilar del año 1903 el Rey Alfonso XIII se presentaba en Zaragoza vestido con el uniforme de gala de capitán general el día 16 de octubre. Portaba además el toisón de oro, el collar, cruz y banda de Carlos III, las placas de las cuatro órdenes militares y la de la Maestranza de San Jorge. Vino como presentación de Rey casi recién nombrado, tras haber recorrido media España de visitas oficiales.

La cita en Zaragoza casi duró tres días, pero dejaría honda huella tanto en los zaragozanos de la época como en el jovencísimo monarca, cuya mayoría de edad había sido adelantada para que pudiera reinar antes de lo que era costumbre. Contaba con 17 años.

Era pues un rey adolescente, sin experiencia ni conciencia de lo que suponía gobernar en un país como España tan afecto a pronunciamientos, derrocamientos y salidas de los monarcas por diversos motivos siempre militares, como ya habían experimentado algunos de sus antecesores.

Llegó a Zaragoza en tren, y nada más bajar del vagón se montó en un caballo alazán de nombre "Alí" que llevaba a trote corto, el mismo que había montado en Madrid el día de su coronación; rodeado de estudiantes que lo envolvían y aclamaban, tal y como lo contaba por aquellas fechas “La Correspondencia de España”.

En la estación de Campo Sepulcro entró a las cuatro en punto mientras una batería de Artillería situada en terrenos próximos a la estación hizo los honores de ordenanza. Dentro había una compañía de Infantería con bandera y música. En el andén le esperaban las autoridades locales y los Sres. Moret y Castellano, encabezadas por el alcalde Don Amado Laguna y las Corporaciones oficiales. También estaba la Real Maestranza de Caballería.

El señor alcalde Amado Laguna inició su discurso de bienvenida: «Señor: en nombre de las autoridades, Corporaciones oficiales del pueblo dé Zaragoza y de los distintos organismos que constituyen nuestra vida social, doy a S. M. el Rey la bienvenida al recinto de esta ciudad, muy noble, muy leal y muy heroica. Y ahora que tenemos al Rey entre nosotros, me callo como alcalde y dejo á Zaragoza misma que sea ella la que dé á V. M. la bienvenida.»

El muy joven Rey sonriente, con el sombrero en la mano, dio un potente ¡Viva la siempre heroica ciudad de Zaragoza! Este viva de S. M. entusiasmó a los allí presentes y contestaron con un unánime ¡Viva el Rey! Todo precioso y acaramelado, como mandan las historias escritas.

El regente padre a pequeña distancia y detrás sus ayudantes, el coronel San Cristóbal y Ripollés y el Ministro de la Guerra. El capitán general, Sr. March, y la escolta de Estado Mayor cerraban el grupo.
El pueblo caminaba extendido a lo largo del trayecto por la calle de María Agustín, vitoreando continuamente al joven Monarca, éste, sonriendo, saludaba afablemente, contestando a las muestras de afecto que recibía.

Al pasar el rey frente al edificio que ocupa la Facultad de Medicina recibió una enorme ovación y allí un numeroso grupo compuesto en su mayoría de estudiantes rodeó el caballo en el que iba S. M. Después, pasó por la Puerta de Santa Engracia, desde donde se divisaba la ciudad entera, y llegó hasta el artístico arco que en su honor había levantado el ejército y la Real Maestranza de Caballería.

Al llegar a él soltaron desde los ventanales de los hoteles del señor Castellano y la duquesa de Villahermosa, infinidad de palomas que produjeron admirable efecto. Y en estas palabras se nota que sin existir el NO-DO ya existía en la mentalidad de los cronistas de la época.

Durante el trayecto, el joven monarca fijó su mirada en cuanto a su paso encontró, recreándose en los arcos que el Ayuntamiento y la Real Maestranza habían levantado en su honor, mientras los zaragozanos intentaban romper las files de protocolo para acercarse al Rey.

El soberano acudió a misa en la catedral del Pilar asistida por el arzobispo Soldevila, siendo invitado del prelado en las estancias del Palacio Arzobispal. Descendió primero de su caballo entrando por la puerta baja del tempo, bajo palio, sostenido por los seis prebendados más antiguos, dirigiéndose al altar mayor, donde estaba colocado el trono, dando guardia a este dos soldados de la Escolta Real.

Sentado el Rey en él se cantó un solemne Te Deum, administrando luego el arzobispo la bendición. A pesar de la aglomeración de gente dentro de la iglesia, el orden fue perfecto según quedó escrito en los diarios de la época.

Terminado el oficio, el monarca llegó hasta el camarín de la Virgen del Pilar para adorarla, entregando antes su espada al maestro de ceremonias, pues la adoración a la Virgen no puede hacerse con armas. Y ya acabada la función religiosa, el Rey se dirigió al Palacio arzobispal y allí, en el patio, los estudiantes, lo volvieron a aclamar en cuanto llegó.

Don Alfonso subió a las habitaciones del Palacio Arzobispal que estaban adornadas con verdadera suntuosidad. Desde el principio de la escalera cubrían las paredes y muros riquísimos tapices pertenecientes a la catedral, y cuyas estancias también estaban vestidas con todo lujo.

Tan pronto el Rey penetró en el interior se dio comienzo a la recepción de autoridades. Los estudiantes también tomaron parte en la ceremonia, desfilando cinco individuos de cada facultad. A la terminación del acto, el Rey se asomó a uno de los balcones posteriores del Palacio para ver desfilar las tropas a las orillas del Ebro.

La nota discordante la protagonizaba el alumbrado que decoraba aquellos días Zaragoza, pues gran parte de las iluminaciones que había preparadas no pudieron encenderse a causa de una avería ocurrida en la fábrica de electricidad Electra Peral

En total se habían montado 88 arcos voltaicos y 26 más de diferentes clases en distintas calles y plazas fueron preparadas para lucir en todo su esplendor. Valgan como ejemplo, los cuatro arcos voltaicos entre las calles de Espartero y la Magdalena que sirvieron de iluminación en esos días festivos del Pilar haciendo las delicias de los viandantes zaragozanos.

La iluminación en la “Electra Peral”, Diputación Provincial y calle de Alfonso I; el balcón central del Casino; iluminación en el Centro Mercantil, Agrícola e Industrial; la fachada de la Casa del Canal y oficinas de Obras públicas; el despacho de S. M. en su residencia; el arco levantado por el Ayuntamiento; se sumaron algunos establecimientos públicos como las joyerías Aladrén y Mainar, además de la casa Orús y la sede del periódico "El Independiente". 

Nota.: Las imágenes son de la colección y archivo de María Pilar Bernad Arilla




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