19.2.18

Las Redes Sociales y sus trucos. Incluso en Zaragoza

Vamos a imaginar que a nuestra Red Social nos llegaba hace dos años un mensaje debajo de otro, y desde dos identidades diferentes a nuestra pantalla zaragozana. Uno era de un personaje centrado, culto, amigable, serio, un poco quejicas. El otro era una persona alegre, soez algunas veces, duro y contundente, simpático siempre. Nosotros mismos le dábamos a “me gusta” o le hacíamos un RT a uno de ellos. Multiplicamos sus propios mensajes entre todos nuestros amigos zaragozanos sin casi darnos cuenta. El otro contrapesaba al uno, lo leíamos pero nada más.

Poco a poco el programa de la Red Social, que es muy listo y que sabe agradecernos nuestro trabajo, fue mostrándonos más y más aquellos mensajes de los “me gusta” y mucho menos los que en apariencia nos daban igual pues no les hacemos RT. Ambos seguían siendo amigos nuestros en la red social, ambos escribían 6 veces por día, pero nosotros al cabo de dos meses ya no recibíamos en primer plano y arriba del todo, aquellos mensajes del culto pero quejicas amigo. Llegamos a creer que ya no escribía.

La Red Social trabaja para nosotros, seleccionando lo que nos gusta. Muy bien.

Claro que…, esto lo puede hacer la Red Social a través de nuestros gustos…, o a través de “sus” propios gustos. Ella también está diseñada para que los mensajes que en un momento dado —o siempre— le interese a la Red Social que leas por encima de todos los demás, sean los mensajes que te aparezcan por delante, privilegiados, destacados. 

Es decir…, estamos leyendo una mezcla entre lo que nos hace gracia y mueve nuestras entrañas, y lo que quieren por nosotros aquellos que diseñan todas las semanas cambiando los algoritmos desde las Redes Sociales. Y sin que parezca publicidad o promoción.

Lo que se publica, si no se lee, si no se promociona, si no está arriba del todo…, no existe.


Pero ahora vayamos a dar otro paso. Este es más complicado aunque real.

Hace dos años, decíamos, teníamos dos amigos en aquellas Redes Sociales que aparecían juntos en nuestra pantalla, uno debajo del otro. El primero se llamaba “Rabalero” y el otro “Ciudad Jardín” (son identidades falsas) y hablaban en diferente tono de mi Zaragoza, de mi sociedad, de mis problemas. Eran gentes cercanas. Me hicieron gracias y los agregué como mis amigos, entre los otros 1.348 amigos que tenía. Cuantos más amigos, más mensajes guapos me llegaban.

Lo que yo no sabía era que uno de ellos lo habían creado en un despacho de Madrid, y formaba parte de una secta ultraconservador de una iglesia americana, o era un invento del Partido Comunista Renovado del ACTUR, o era una sección montada desde un medio de comunicación con muchas ganas de controlarme. El falso amigo se llama Rabalero o Ciudad Jardín, y por su nombre y su biografía, por los temas de los que trata, nada me hacía sospechar que era alguien que programado para joder. 

Aunque mientras tanto era muy simpático.

En las Redes Sociales no se trata solo de prohibir las tetas o los culos y promocionar los insultos y los ataques. Se trata también de hacer personalidades atractivas, donde poco a poco van diciendo lo que todos queremos oir para que nos resulten agradables, y así cuando suelten una nota bien manipulada, caiga como verdad sin contestación. Nos la creamos y le demos al “me gusta” y al RT. Hacemos de carteros.

Para todo ello se inventaron las interacciones. Todos los animales, incluidos los racionales --que por ser racionales somos más fáciles de manipular--, queremos recibir el premio tras cualquier acción. Un poquito de plátano cada vez que hagamos una gracia con las manos.

Así que nada como tener una suma de nuestros RT o “me gusta” para saber que somos importantes, que influimos, que nos leen y nos responden. Da igual si nos responden insultando o de forma agradable —aunque mejor lo primero—, pero lo que nos da “premio” es tener muchos “me gusta”. Es el precio que nos paga la Red Social por viralizar los mensajes que ella misma nos ofrece en bandeja. Con nombres de nuestro entorno aunque los hayan escrito en China.

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